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Mi entretenida y curiosa carrera cinematográfica.

Veía el fin de semana la gala de los insoportables premios Goya de este año, y me acordaba de mi incursión por el mundo de la cinematografía. Hay bastantes escritores que antes de escribir se sintieron muy atraídos por el cine, y que luego, viendo que era un campo imposible por endogámico, optaron por escribir, que es más barato y más satisfactorio. Además, siempre hay que pelotear menos a la gente y bajarse menos los pantalones ante los consagrados de todos los tiempos. ¿Qué hay de lo mío? Eso en el mundo del cine es lo habitual.

El caso es que el gusanillo por el cine me vino por culpa de la película que vi en la Seminci de un director novel llamado Fernando León de Aranoa, y que se titulaba Familia. La peli me resultó fascinante, incluso yo diría que mágica. Aquella actriz desconocida llamada Elena Anaya, y aquella trama tan sugerente sobre la verdad y la mentira en la vida de las personas me mantuvo en vilo, en reflexión permanente y asombrado durante varios días. Yo quería hacer algo así, hacer cine y arte. ¿Era imposible?

Conocía la mecánica de la música y la mecánica de la pintura. En aquel año, octubre del año 96, estaba acabando la carrera de teología, con la finalidad de ser ordenado sacerdote no tardando mucho, sin embargo aquella película me embriagó y me sacó de un itinerario que parecía marcado. Ya era Licenciado en Derecho, y era una persona leída, pero desconocía todo lo que había detrás de una cámara, y me empecé a interesar y a obsesionar por el Séptimo Arte. ¿Qué era aquello? ¿Cómo se hacía? ¿Era posible el arte?

Durante ese curso escolar busqué todo lo que pude sobre el mundo del cine. Me metí en él, me interesaba todo y quería aprender mucho. Soy autodidacta por naturaleza, sobre todo cuando no existe otra posibilidad. Me hubiera ido de buena gana a Madrid, o a Miami, o a Los Ángeles a alguna escuela de Cine que me enseñara, pero no podría ni quería dejar los estudios de Teología, que como he dicho, concluía ese mismo año.

Participé en un curso breve de guión y cine impartido por Primitivo Aguado. Primi era el productor ejecutivo que trabajaba habitualmente con Elías Querejeta, y ahí conocí a un buen número de personas jóvenes, todas amantes del cine y de hacer cine. Leí todo lo que puede sobre narrativa cinematográfica, guiones de cine. Estudié y estudié. Comprendía que el guión y el guionista es la madre de todas las historias y todas las películas. Luego el director hace y rehace, y finalmente el montador. Era como una danza de varias personas donde la sincronización era fundamental.

El caso es que lo aprendí todo. Tuve la oportunidad, me invito una amiga, a participar como extra en el rodaje de la película Mamá es boba de Santiago Lorenzo. Me gustó la experiencia tanto, que le pedí al director si podía quedarme por allí viendo y aprendiendo. Me dijo que sí, y sin que habláramos demasiado, estuve durante la semana que rodaron en Valladolid husmeando todo lo que pude, preguntando a unos y otros y aprendiendo. Script, iluminación, sonido, maquillaje. lo único que no hice fue molestar a los actores, que estaban en lo suyo. Todo aquello me parecía un gran engranaje, una especie de orquesta filarmónica que dirigía un maestro con su batuta.

Uno de los días me dijo Santiago si quería decir una frase en la película, propuso a varios y tras hacer una recitación, me eligió y debuté en el celuloide. La frase, encajada en una conversación, la pronuncio con Gines García Millán, un buen actor al que saludé. ¿Mi frase? “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él”. Hicimos tres tomas, todas de lujo que debieron sorprender al montador. Según me contó Santiago, le encandiló mi ejecución vocal.

En esos meses me sucedieron muchas más cosas sorprendentes, pero sería muy prolijo contar ahora. Entre otras, saludé al Papa, Juan Pablo II en Roma, abandoné el seminario, obtuve la Licenciatura en Ciencias Eclesiásticas (Teología) y continué estudiando cine. Me empapaba de todo lo que podía.  Durante aquel verano hice buena relación con el joven director de cine Ivan Sainz-Pardo, participando como asesino, o algo así, en uno de sus primeros cortos. No recuerdo si participé en algún otro rodaje suyo. El chico rodaba cámara en mano con mucha habilidad y talento. Eran historias llenas de vida. Iván luego se fue a Alemania y continúa dirigiendo cortos, algunos de los cuales han sido premiados, hoy es un tipo muy reconocido, al que por supuesto, también le gusta escribir. Reconocido, pero no en los Goya, claro. El cine es el cine.

El caso es que durante ese verano acudí a un curso de cámara de televisión y de realización para deempleados. Era curioso pero mi vida parecía girar de nuevo hacia un mundo desconocido para mi. Escribí varios guiones de cine, cortos; y rodé, en formato Betamax, creo, mi primer corto con ayuda de varios enamorados del cine. Choco y varios más. Yo mismo participo como actor en un corto suyo. En esos días, fundé la Asociación de Cineastas Quinito Films, cuya continuidad terminó en un armario de mi casa. Sorpresa tras sorpresa. De esta manera escribí mi primer guión de cine, y registré mi primera obra literaria, si es que se puede llamar así. Era un proyecto de cineasta, de jurista, de teólogo y de merluzo que tenía toda la vida por delante.

Sin embargo, los garbanzos son los garbanzos. Por eso, cuando en septiembre me propusieron trabajar como profesor de Religión en el Ferrari de Valladolid, en media jornada, no me lo pensé. Era algo de dinero, y ya seguiría con el cine cuando pudiera. ¿Acaso era imposible compaginar la vida? Desde entonces he dado clase, y como la faceta de cineasta no he podido desarrollarla, pues me he dedicado a escribir, que es bastante más barato.

¿Qué por qué dejé lo del cine? Es una afición demasiado cara; además, se necesita a mucha gente para sacar adelante una peli. La suerte última que me desesperó fue la excesiva endogamia de los que se dedican a ésto en España; o tienes apellido o eres amiguete de los amiguetes progres y guays de ese mundillo. Ni siquiera los que estaban bien relacionados son atendidos ni tienen suerte. Daba igual que fueras un genio o un pardillo, se necesita abuela y padrino. Y bajarse los pantalones. Opté por ir al cine sin más, y disfrutar viendo lo que otros hacían.

Por eso, cuando veo una fotograma de una película recuerdo lo que significa estar al otro lado, esperando que llegue el cámara, que suene la claqueta, que se ilumine la escena, que haya treinta personas mirando cuando parece que no hay nadie. Y me veo a mi mismo haciendo cine otra vez. Al menos por unas horas y hasta el día siguiente, hasta que me siento a escribir las siguientes letras de mi próxima novela.

¡Terminé de escribir otro libro!

Por fin, se acabó. Ya estaba algo más que harto, porque escribir es costosísimo, y llevaba dando vueltas a esta historia como cuatro o cinco años. Lo he acabado tras la decimocuarta revisión, y he pasado casi de contar una historia a contar algo diferente, con otra perspectiva y con más fuerza. Hay más en la historia que no cuento y se ha caído de la versión final que lo que aparece en ella, pero es para que mejore y sea más entretenida de leer. Siempre para mejorar. Lo que he desechado era bueno, alguna parte incluso muy buena, pero lo importante en una novela es el todo… y hay que sacrificarse, chicos. Bye, bye.

Comprendo que haya gente que no revise lo que escribe y le salgan novelas como churros azucarados, pero no es mi caso. Yo las trabajo y las corrijo una y otra vez hasta que quedan, para mi gusto, aceptables tirando a buenas. Por menos de un notable, no publico. Luego uno se sorprende, porque le ponen mejor nota, (los que me suspenden no me han dicho todavía nada a la cara) pero me da igual. Dicen que a quién le tiene que gustar la novela es al novelista, y sí, a mi me gustan. Además, para eso soy su madre, y me cuesta parir a fuerza de dilatar y empujar unos cuantos años para que salga el nene.

Quizás sea un defecto que comparto con Walt Whitman, que revisaba y reeditaba muchísimas veces hasta que sacaba lo definitivo. “Hojas de Hierba” es un ejemplo de aburrimiento escrituril y falta de seguridad en un juntaletras, pero también es una obra maestra de la poesía. ¡Un abrazo Walt, ejemplo de orgullo gay no histriónico!

En cambio Cervantes, que me cae mejor, no debía revisar mucho, porque el Quijote está lleno de defectos. Desde variar el nombre de la señora de Sancho Panza, hasta meter con calzador otro par de novelas ejemplares en las tripas de la susodicha obra. Proust tampoco debía revisar mucho y me encanta. Y Faulkner escribía de corrido y con la memoria trabajando. Yo no podría, querido. Mi cabeza no da para tanto.

Es verdad que el problema de revisar hasta morir es que no sacas demasiadas novelas al año, pero la ventaja es que lo que sacas es de calidad. O eso te crees. Y ese es mi objetivo, publicar calidad… En realidad tengo varias novelas terminadas, definitivamente terminadas… Al menos dos más, pero me da cosa que salgan a la calle, que todavía son jovencitas y casaderas.

En cambio ésta que he re-terminado por decimocuarta vez, ésta que ya la consideraba finiquitada, ha sido recuperada y revisada unas cuantas veces más para entrar en el olimpo de los dioses publicados. Porque esta sí que la echo de casa en cuanto pueda.

No me explayo. Terminar un libro es muy agradable. Se tiene una sensación de tranquilidad, de paz conseguida, de felicidad, y de horizonte por delante. Mi idea es publicarla antes de las navidades. Por supuesto la autopublicaré, porque las editoriales convencionales cada vez me dan más grima, sobre todo viendo lo que le hacen a algunos compañeros escritores que van de putada en putada.

La novela, si no le cambio el título, que no creo, se llamará DAVID35. LA ISLA DE LAS ESFERAS. Ciencia ficción, novela para pensar, para entretener y para denunciar los males de nuestra sociedad, que no son pocos. Sé que os gustará, pero tendréis que esperar. He, he.

Feliz Verano.

Lecturas y sosiego.

Me reconozco en estas tardes de lluvia, primaverales y venturosas, refugiado en la lectura y en el sosiego. No siempre es fácil encontrar silencios y huecos en los hogares. Convivimos con muchas realidades, algunas de una tecnología invasiva capaz de hacernos perder la cabeza y la tranquilidad. Pero hoy puede ser distinto. Hoy quiero verme refugiado en la lectura de los clásicos, en el silencio que inunda mi hogar cuando mis hijas se van a la cama. En la paz que otorga, feliz buenaventura, unas sencillas páginas que nunca antes han sido abiertas, ni recorridas, ni pasadas con mimo y tacto por mis manos que hoy quieren ser más delicadas y amables que nunca con su contenido.

Huelo el lomo del libro, me impregno del aliento de sus páginas. Como si se tratara de un plato exquisito, de esos que los nuevos cocineros jefes califican con una descripción interminable. Nada puede superar las palabras de una novela, mucho menos de un poema, incluso el teatro leído es diferente al interpretado. Si una fotografía se esconde bajo cien palabras muertas, y el cine trata de vivificar cien palabras en movimiento de manera interminable, con una historia, la palabra puede ir más alla. Va maś allá y se convirte en arte, en experiencia sublime, en un atisbo de la trascendencia. Tal cosa sucede cuando las palabras están escritas con la máxima belleza y el escritor es alguien que lo sabe hacer. ¡Ojalá fuera yo ese escritor!

Una novela es capaz de mil cosas. Puede permitir examinar los pensamientos del asesino, descubrir sus sentimientos con precisión, nos hace imaginar con nuestra propia experiencia lo que le sucede al protagonista. Nunca una película será mejor que un libro. Salvo que el libro sea muy malo, cutre y fofo. Casi siempre el libro es mejor que la película.  Yo los prefiero, y es que una foto es algo mudo, un trozo congelado del tiempo. En cambio, las palabras nunca enmudecen. Recorres sus capítulos despacio y reverdecen, es como si despertaran los personajes, la vida que estaba oculta durante meses, quizás años, se levanta mientras las palabras son pronunciadas en silencio por nuestra mente. Silencio y lectura, una combinación espectacular.

Las palabras son superiores a las imágenes, entre otras cosas porque trasmiten una paz que no logra el cine, ni las películas, ni la televisíon. Tampoco las redes sociales, tan cargadas de imágenes insulsas, de mensajitos ñoños, de vulgaridades y chistes fáciles se pueden comparar. Gente posando su inanidad, grandezas y vilezas que necesitan una simple frase para tener algo de vida. No dicen nada, salvo que haya un pie de foto, una palabra que rompa su silencio.

Y es que sin palabras el mundo se muere, el hombre se muere, la civilización se muere. Somos palabras, palabras puras y firmes, decisivas. Las necesitamos para expresar el amor, para expresar los sentimientos, las ideas, las contrariedades y para despedir a los muertos. Para decir lo que es el mundo, para decir lo que somos nosotros, para decir lo mucho que nos importan los que están a nuestro lado. Los rayos catódicos malvados de los miles de redes mortecinas, que ahora nos piden permiso para molestarnos, son agonías que no prosperarán. Se extinguirán cuando sus luces nos aburran. Y ya nos aburren y nos maltratan. Un libro no. Un libro nunca fulmina el sueño, al contrario, lo acompaña por la noche hasta obligarnos a conciliar el sueño con el recuerdo y el aliento de la historia, el verso, o la palabra que acabamos de escuchar.

Un libro es un compañero, una obra de arte escondida en una estantería. Un libro acompaña, seduce, invade la vida con el máximo cuidado. Por eso leer es un placer único. Solo basta dedicarles un pequeño rato al día para que sus beneficios duren horas, semanas, meses y años. Hay libros que los recordamos durante años porque nos han dejado una impronta inolvidable. Eterna. Los libros calman la ansiedad, alientan la vida, distraen las preocupaciones, motivan la vida y nos hacen pensar. ¿Se puede pedir más a los escritores que logran tal cosa?

Ahora solo nos quedará elegir un buen libro, un próximo libro. El mejor de los posibles para el momento presente. Necesitamos encontrarnos con una historia, con unas ideas que nos seduzcan y un mundo que nos haga ser más nosotros mismos. Para eso están los libros.

Y para estamos los escritores, para buscar la mejor de las historias o de las palabras, las que sean capaces de levantar a los hombres, de elevarlos hasta lo trascendente. La historia que conceda la esperanza a los que han perdido toda esperanza. Ese es el libro que me gustaría volver a escribir, para así poder agradecer lo que me regalaron Proust, Conrad, o Juan Ramón Jiménez.

 

Poema del escritor en oración.

Quiero Señor, confiar en Tí, en Vos. En el padre.

Poner mis manos en sus manos,

Mi inteligencia en su inteligencia.

Mi mente en su mente.

Para así desgranar palabras y versos buenos

que ensanchen el alma de los atareados,

que abran el corazón de los que lo dejaron de mirar,

que suspiren el aliento que el mismo Espíritu Santo da a sus hijos.

Señor, que no escriba palabras para mi, sino para tus hijos.

que tu inspires mis relatos y mis textos,

que no busque la fortuna, sino tu voluntad.

Para que así, al final de los días

pueda llegar dichoso, con el corazón contrito por mi pecado

a las fuentes de la misericordia.

Cualquier palabra que escriba, que sea para ese fin,

para mejorar a una humanidad

que sangra por un desencuentro, soledad.

Y que se haga tu Voluntad.

Antonio José López Serrano

(Fotografía Roberto Tabarés)

La misión del escritor.

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Es algo que nunca se termina uno de plantear, me refiero a las razones por las que uno escribe y los motivos por los que sigue haciéndolo. Decía Mark Twain algo así como que “si hubiera sabido lo costoso que era escribir un libro, nunca hubiera empezado a escribir”. Y recuerdo, porque es obligación de un vallisoletano de adopción, recordar el trabajo y el cansancio que soportaba el maestro Miguel Delibes cuando concluyó su novela “El hereje”. Es la última, dijo. Y es que escribir es cansado. Compensa, pero es cansado. y a veces, no nos engañemos, no compensa tanto.

Detrás de un escritor (que pretende que lo publiquen, claro) siempre hay un pequeño exhibicionista al que le agrada que la gente sepa de él. La fama y la notoriedad no son lo mejor del mundo, pero salvo que te falte un tornillo, el reconocimiento de los demás siempre se agradece, y creo que eso es válido en cualquier trabajo. En mi caso, prefiero el reconocimiento a la fama, así que de momento me va bien.

En este sentido, se escribe además – y es común a cualquier persona creadora – porque necesitamos expresarnos de una manera especial que nos proporcione placer, aunque también nos obsesione. Eso es válido para músicos, escritores, pintores, etc. Necesitamos expresarnos y crear, aunque muchos no les guste exhibir lo que crean, por vergüenza o miedo. En mi caso, me gusta ofrecer lo que hago, aunque solo sea por el gusto de que agrade y lo disfruten los demás, supongo que así doy rienda suelta al exhibicionista que llevo dentro. Mantengo así la mente ocupada en algo atractivo y como un niño pequeño voy con mi dibujo a la gente: ¿te gusta? Un artista es como un pequeño niño que ha crecido y pide ser aprobado por los demás. Algo de eso hay.

Yo tuve varias razones para escribir “Los caballeros de Valeolit”, aunque la más apremiante fue que echaba de menos una novela ambientada en Valladolid en el siglo XI donde se contara su origen. Valladolid y España están impregnadas de historia y de lugares especiales, y me parecía interesante llenarlas de vida, con historias y personajes. Luego, como lo quieres hacer bien, lo mejor posible, pues te animas a seguir corrigiendo, escribiendo y te enganchas al oficio. Así fue.

Tuve una segunda razón, y era dejar a mis hijas algo que pudieran apreciar de su padre cuando fueran mayores. Algo más que fuera un par de fotos y un recuerdo borroso. Conforme han crecido, esa necesidad se ha ido paliando, pues los libros ya están escritos, y también he ido escribiendo cosas buenas en sus tiernas y delicadas almas. Supongo que esto segundo se llama educar, y no es una tarea menos fácil que la primera. Algo inacabado, pues siguen siendo unas niñas.

Pero hay una tercera razón que atisbé de alguna manera cuando me puse con “El ángel amado”, que era la necesidad de ofrecer algo más que una historieta entretenida. Es verdad que de manera indirecta los personajes llegan al lector, que los lugares escogidos y las acciones diseñadas hablan del autor, pero siempre hay un mensaje que uno quiere trasmitir y que no logra fácilmente. En este sentido me gusta Jiménez Lozano porque es lo que hace con delicadeza, dar cuenta de la trascendencia que le embriaga; o José Saramago, que intenta hacer pensar y reflexionar con muchos de sus escritos.

Como escritor me gustaría trasmitir que Dios nos está esperando pacientemente, y que tal amistad es la felicidad misma. Eso me convierte en un místico de tercera, claro; pero un místico al fin y al cabo. Además, como lo he experimentado, no hablo de boquilla, sino desde lo que he vivido. Más místico todavía. Me gustaría contar que la piedra que desecharon los que edifican la sociedad contemporánea es la piedra angular de nuestra cultura, y que abandonarla supondrá contemplar el derrumbe lento y agónico de muchas cosas que hoy valoramos, pero que en el futuro no se apreciarán: libros, cultura, Dios, esperanza, fraternidad, libertad, humanidad, etc. Todo esto me convierte en un desfasado, en una persona molesta para el sistema contemporáneo posmoderno. Quiero ser el Boecio de mi tiempo, pero uno termina siéndolo aunque no quiera, porque un escritor, y más un poeta, es alguien molesto, alguien que saca de sus casillas a la gente. Es un filósofo que mariposea con un aguijón, una especie de Sócrates, un filósofo que incomoda a las ideas correctas e inmutables.

Eso es nada menos que una misión, una tarea encomendada, una forma de estar en el mundo. en el fondo un escritor que no está comprometido es un escritor que no tiene nada que decir. Por supuesto siempre queda un compromiso con el arte y el buen gusto. Y es que no solo cambiamos el mundo con ideas, también con belleza y con arte. En mi caso me gustaría crear belleza y hacer pensar. Las dos cosas. No se puede tener mejor oficio. Aunque sea terriblemente costoso.

DISTRIBUIMOS CON ARCADIA LIBROS S.L. PARA TODO CASTILLA Y LEÓN

Hemos dado un salto importante, y es que a partir de este mes de abril vamos a distribuir con Arcadia Libros, distribuidora que sirve a las librerías de Castilla y León de manera preferente, y que puede atender las demandas del libro para el resto del país, incluso del mundo.

No me he podido resistir, entre otras cosas porque últimamente me llegaban varios mensajes de librerías de Valladolid que me solicitaban el libro, lectores de otros lugares de la geografía española; y yo, superado por el tiempo y los deseos cotidianos, no he podido atenderles como se merecían. Con esta decisión cierro una pequeña etapa, pido ayuda a profesionales como son los de Arcadia Libros, y me evito repartir libros por las librerías. Dejo el oficio de distribuidor.

Es una etapa nueva, ni más ni menos.

Hasta ahora las librerías de Valladolid, donde he distribuido personalmente, me han tratado muy bien. Realmente, los libreros son los que están cerca de los lectores, saben lo que pide la gente, escuchan y atienden lo mejor que pueden las necesidades de sus clientes. Viven de ellos, y conocen su oficio. Un oficio, por cierto, más duro y complicado de lo que parece, además de un oficio con vocación.

Muchos libreros aman los libros, los buenos libros. Tiene que vender y vivir, lógicamente, pero eso no quita, que prefieran vender una buena novela antes que una mala. Se entretienen clasificando, ordenando, revisando… para luego recomendar al lector, a veces impaciente y desorientado, la mejor posibilidad. Su riesgo es “mantener” un libro mucho tiempo, a sabiendas de que es bueno, con la duda de si se venderá o si lo tendrá que almacenar en la estantería durante años. De ahí que algunos libreros apenas arriesguen manteniendo libros, cambian cada tres meses las novedades y no se casan con nadie: intentan sobrevivir como pueden. Otros, por el contrario, arriesgan y apuestan por aquellos libros que saben que son buenos, que les gusta venderlos, por la razón que sea, y que ofrecen desde sus expositores incansablemente, aunque se vendan menos que los salvíficos best-seller de turno. Todos ellos tienen mi reconocimiento, porque ninguna de las dos posturas es fácil de tomar cuando se juega con lo de comer.

Muchos libreros sobreviven gracias a las abundantísimas ventas que hacen en Navidad, donde regalar un libro sigue siendo una buena idea. También tienen otros periodos buenos, como el mes de abril, gracias al Día del Libro, 23 de abril, y las Ferias del Libro. Pero hay otros meses donde las librerías están vacías. Días donde no entra nadie, o casi nadie, porque llueve, porque hace frío, porque en enero las rebajas no llegan a los libreros. Da igual, porque gestionar un negocio siempre es duro y difícil, y cuando ves que no vendes, te desesperas.

La excusa actual del negocio editorial y librero es el libro electrónico, pero la experiencia nos va diciendo que tienden a convivir los dos formatos. Los lectores que viajan, de grandes ciudades preferentemente, y que hacen horas de metro y autobús, prefieren libros electrónicos, pero suelen descargarlos piratas. De ahí que las plataformas de libros electrónicos no terminen de despuntar en España, y escojamos plataformas extranjeras tipo Amazon. Pero incluso en esos ámbitos de trasporte público, son muchos  los que prefieren libros impresos. Abundan los lectores que se resisten a la electrónica, aunque ocupen sitio en casa y se acumulen. Según los estudios estadísticos, la gente que usa formato electrónico, suele alternar los formatos de manera natural, según apetencias o disponibilidades. Así que no hay por qué asustarse ni ser catastrofista, porque los libros y los escritores seguirán existiendo a pesar de las dificultades y de los problemas. Y me fijo en lo segundo, por la crisis más que nada.

Todos vivimos cerca de algunos lugares donde tal o cual librería ha desaparecido. Porque no es un buen negocio, porque cuesta mantenerlo, porque en España no se lee. Editamos mucho, tiradas cada vez más cortas, pero leemos poco. Supongo que el buen tiempo ayuda a que la gente prefiera salir de cañas que quedarse en casa leyendo, pero la realidad en España habla de menos librerías, más libros y menos tirada. El problema es que el número de lectores no crece, y sin lectores no hay ni librerías, ni distribuidoras, ni editoriales. Quedarán los escritores, aislados y reducidos a la autopublicación o al ámbito local o regional, que es donde me muevo.

Es curioso que en el mundo de la globalización, no exista, por ejemplo ninguna distribuidora de ámbito nacional siquiera. Y es que distribuir es caro, lo más caro y costoso del proceso, además de escribir supongo.

Durante estos meses he aprendido mucho del negocio. Pero no es mérito mío. Me han ayudado algunas librerías, me han animado y he firmado libros con ellos. He preguntado y me han respondido. Me he sentido apoyado, incluso admirado y reconocido, y eso se agradece. Ser librero es algo más que un oficio o una profesión. Y les doy las gracias.

El escritor en crisis.

Me confieso escritor en crisis. Ya está, lo dije, lo solté. Es normal. Todo escritor pasa por un trance semejante. Soy alcohólico, drogata, adicto al sexo, al mando de la tele, fumeta ludópata e insípido paterfamiliaris… da igual, lo importante es reconocerlo delante del grupo de autoayuda que es este blog: chicos, estoy en crisis. Y punto. Iba bien con los relatos y de repente me he mirado al espejo y he descubierto lo que pensaba que nunca me sucedería: los personajes se me han cabreado y no me cumplen en la historia, los relatos me parecen livianos y sin interés, y no sé si empezar nuevo o seguir con el mismo relato hasta que sea perfecto. Alea iacta est y quod natura non dat… Ale.

En realidad lo que necesito es que alguien me diga que soy bueno, cojonudo, que no abandone, que lo vuelva a intentar; y que ese alguien sea el que reparte los premios Nobel, el de los Planeta, los Ateneos y los Alfaguara. Premios, que por cierto es imposible que gane, porque no he enviado nada. Y es que estoy en crisis. Es imposible ganar un premio cuando no se participa en él, me dicen los amigos. Bueno no, digo yo: gané el Miguel Delibes de narrativa por mi primera novela, y que conste que no envié nada. Así que estoy en crisis y sin enviar nada.

Ando con la depre, y no por falta de ideas nuevas, creatividad o miedo al folio en blanco. No, no. Estoy en crisis porque es la forma habitual de estar cuando se crea algo. Tengo un lío con los personajes y las tramas, y estas cosas, que solo le pasan a los grandes escritores, también nos sucede a los pequeños y desconocidos. Yo creía que estaba vacunado de esas enfermedades molestas. Y ya ven. Me ha pasado y estoy más ojiplático que contento. No es un tema que me guste tratar, entre otras cosas porque supongo que entra dentro de la intimidad de cada uno, pero cuando uno está en crisis artística y literaria, pues es capaz de escribir, aunque solo sea, para reconocer sus miserias, y mi miseria más contemporánea es la de la pena mora que llevo en el alma.

El problema – y voy a confesarme como la Pantoja ante su público –  es que tras LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, trilogía que ya está escrita, escribí en un tiempo relativamente breve EL ÁNGEL AMADO. Era una novelita sencilla y pequeña, pero que me resultó fácil de componer y narrar. Apenas dos o tres correcciones, y ya estuvo terminada. Como se suele decir: de sopetón y sin entretenerme demasiado. Me gusta además como quedó. Y me embarqué con otras dos novelas distintas que he ido atendiendo y abandonando simultáneamente sin demasiado éxito. En los dos casos voy por la quinta o sexta redacción, y me siguen sin convencer. He aprendido mucho de mis errores con ellas, pero a cambio me he quedado compuesto y sin pareja de tango.

La primera es una novela introspectiva, con muchos volcados de mi infancia. Muy bien escrita, supongo, aunque con exceso de adjetivos y adverbios. Algo que por cierto, no gusta a los editores, agentes, etc. La releo y me gusta; pero también me disgusta. El personaje no me cuadra, y es que cuando se emplea un narrador omnisciente los personajes se mosquean y desbordan al autor. Y ahí ando, intentando que vuelvan al redil. Esta la veía ganando el premio Nadal, pero claro, a estas alturas de la historia, bastante lograré con que el protagonista no me despierte por la noche contándome que por qué le tengo haciendo el tonto por la trama. Me he vuelto un indolente, y mis personajes son ahora unos plastas que me persiguen. De tal palo tal astilla, claro.

La otra novela, de ciencia ficción, es estupenda. Empieza como un cañón, pero luego se me cae. Entre otras cosas porque al protagonista no le dejo que se líe la manta a la cabeza y se entregue a la aventura. Faltaría más. Mi historia no es de aventureros, y eso tiene un precio. Una novela donde el prota es un insulso no vale para mucho, sobre todo cuando hay que salvar el mundo y a la humanidad. Así que estoy en crisis, porque no me da la gana que el prota salve el mundo, que eso es una vulgaridad, y yo quiero escribir como Proust, y que mis personajes aburran a las ovejas mientras se contemplan a sí mismos.

Esto me recuerda que he cometido también un nefasto error, que ha despertado todos los demonios del críticón que llevamos dentro todos los escritores, y es que me gustan los clásicos; o sea, me emociona la literatura que no se me cae de las manos. Leí el otro día a Patrick Modiano, fantástico. Releo Platero y yo, sublime. Ando a vueltas con Victor Hugo. Y me entra la depre. No por ellos, sino por mi. Por que me veo incapaz de escribir Cien años de soledad, que es lo que me gustaría.

Me dice mi yo listillo que eso es absurdo, que cada uno escribe su obra maestra, y que no repetimos las obras que ya están escritas. Es verdad que Cien años de soledad ya está escrita, así que no tengo porque escribirla de nuevo. Cada uno tiene su estilo, su forma de hacer literatura, y no tengo porqué ser tan exigente conmigo. Que estoy llamado a escribir una obra maestra, pero la mía. Y yo digo que vale, pero no me lo termino de creer. Así que estoy en crisis, aunque seguramente, tras esta entrada, encuentre una salida digna a la crisis: Obedeceré al prota de la primera novela, y montaré un prota aventurero que te cagas en la de ciencia ficción. ¡Qué fácil! ¿No?

PD: Esto lo escribí hace veinte días, así que no me preguntéis por la crisis. En realidad estoy cojonudo, acabo de matar al narrador omnisciente de la tercera novela, y me está quedando de muerte. En un mesecito o dos termino y me abro la botella de champán esa que nunca tenemos los escritores a mano. Esa. La que nos prohíbe el médico y que nos trincamos a las cuatro de la mañana.

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