¿Por qué se pierde la fe?

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El otro día, hablando con un amigo con el que compartí la fe en años mozos, me contaba que la mayoría de los amigos comunes de los grupos cristianos de la juventud, amigos comunes suyos y míos, habían perdido la fe. Son unos ateorros, me comentó con desolación. Y me hizo pensar.

¿Por qué se pierde la fe? Desde luego la respuesta no es sencilla, y la tendencia a echar culpas al ambiente social, al mundo secularizado en el que vivimos, o a la bisoñez de un cura poco empático, no me parece responsable, aunque esconda una parte de razón. Creo que prefiero ahondar en las causas filosóficas, psicológicas y espirituales, más cercanas a las personas y a cada uno. Quiero buscar las razones, pensar la vida de las personas.

Primero decir que los asuntos de fe no funcionan igual que las cuestiones ideológicas, aunque algunos lo pretendan inconscientemente. Los de izquierdas no dejan de ser de izquierdas y viceversa por una repentina avalancha de descubrimientos que les llevan a cambiar la forma de vivir. Los cambios políticos suele tener que ver con un  descubrimiento hecho desde la inteligencia, la razón, o la reflexión profunda sobre el devenir del mundo, de la historia, o las ideas políticas; pero no implican un cambio de vida, una metanous, una conversión, o un cambio de mentalidad. Las conversiones no existen políticamente, salvo que haya pasta por medio, claro, pero ese es otro tema.

Las cosas de Dios van de otro modo, entre otras cosas porque Dios ofrece un sentido vital, un horizonte existencial y de sentido que no ofrecen las ideologías políticas. La fe no es solo una adhesión a unas verdades, sino una experiencia con la trascendencia, con Dios, desde nosotros personalmente con Jesucristo. De ahí que no sea extraño que la fe se debilite en unos años, o sobrevenga y se recupere ante acontecimientos vitales únicos: enfermedad grave, vejez, nacimiento de un hijo, pérdida de trabajo, etc. Hay periodos en la vida donde las personas viven la fe con más fuerza que en otros periodos, aunque también es verdad que para muchos la fe no vuelve, no retorna, quizás por estar demasiado anclados en redes racionales que impiden ver con claridad la luz de Dios, quizás porque es posible vivir alejado de Dios sin hacerse demasiadas preguntas existenciales. Quizás durante muchos años, quizás toda la vida. No sabemos tanto del misterio humano.

Lo que sí podemos afirmar es que una de las primeras causas de pérdida de fe es que la fe, para muchas personas, choca con la “verdad” que suelen identificar como verdad racional, matemática, ajustada, limitada y estática. Se inicia con las llamadas dudas de fe, y si no se resuelven de manera satisfactoria desenganchan al “dudoso” de su relación con Dios. La solución satisfactoria no depende del grado de racionalidad, ni de lógica de la fe, como equivocadamente se cree, sino del momento personal del creyente, de la inteligencia existencial (añadida a las 8 de Gardner) para sintetizar lo teleológico con lo real, y con lo verbalizado. Es un problema de lenguaje, pero también es un problema de docilidad ante Dios mismo. De ahí que las dudas oradas y vividas desde la relación con Dios se resuelvan mejor, ayudan a encajar el puzzle de la Verdad. Cuando no se hace así, es fácil que salga victoriosa la conclusión más fácil y reduccionista: Dios no existe, y nos ahorramos dolores de cabeza. Aunque luego se reproduzcan con fuerza la pregunta existenciales de la vida. Pensar la vida, decía Ortega.

La duda de fe  puede fortalecer a la persona en sus convicciones, pero precisa del estudio y la formación, cosa que no siempre es fácil de obtener y conseguir en una sociedad donde la teología está denostada, y la filosofía es cosa de frikies. Pero son muy habituales estas crisis de fe. De hecho yo me he encontrado a menudo con personas que han perdido la fe, y que arrastran desde años cientos de preguntas teológicas mal resueltas, o resueltas de aquella manera. Con el tiempo estas dudas se sedimentan aflorando los estratos más banales de unas conclusiones simples, a modo de eslogan: esto es una monserga de curas, o es un invento de la iglesia, o la iglesia es un negocio. El error de fondo fue querer reducir a Dios a una cuadratura, y cuando se percibe su imposibilidad se abandona la fe como algo absurdo o ridículo, para acabar creyendo en cualquier apunte pasajero. Las dudas iniciales, sin resolver, han sido sustituidas por afirmaciones de supervivencia ante el misterio de la trascendencia. Excusas que eluden la pregunta.

2 pensamientos en “¿Por qué se pierde la fe?

  1. Maga

    Gran artículo, Antonio. Creo que has dado en la diana, aunque el ambiente también ayuda. Los Catolicos somos vistos en esta sociedad como carcas y casi como escoria social. Entiendo a tu amigo y, de hecho, me identifico con él . De mi generación, es casi imposible encontrarse a un Creyente en Nuestro Señor Jesucristo. Es un ambiente desolador. Muchas veces en Misa soy el más joven con diferencia y ya no digamos en el ambiente social. Tratar de defender la Fe de un modo racional, con una buena Teodicea y con muy sólidos argumentos históricos es casi imposible. En cuanto empiezas, ya eres motejado de Dogmático y de que lo que voy a decir es irracional y luego en nuestro gremio profesional, entre Sectarismo ideológico y demás, los pseudodefensores de la libertad nos tienen en las catacumbas y tienes que andarte con mucho cuidado con cuestionar los nuevos Dogmas para no acabar en la Tinieblas exteriores. La verdad es que me hace bien ver que no estoy solo bregando contra el ambiente apóstata y de odio a Cristo y a su Iglesia, en el que vivimos. Muchas gracias, Antonio.

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  2. José Cervera

    El otro día leí en Wikipedia, en inglés, la biografía de C.S. Lewis, quien perdió la fe en su infancia, después de que su madre muriera, y sufrir algún otro golpe de la vida. Desde lo que he observado (también en mí mismo) la pérdida de fe viene a veces de unos esquemas racionalistas y positivistas muy rígidos, y a los que es muy fácil agarrarse porque son moneda común (también es verdad que todo es muy líquido ahora y es mucho más fácil encontrar agnósticos que ateos).

    Y otras muchas veces la fe se pierde por un desafecto emocional hacia el Jefe, como le ocurrió a Lewis. Y te pongo un ejemplo. Si quieres, busca en Youtube una canción de uno de mis grupos favoritos, XTC. La canción se llama “Dear God”, atento a la letra. Para un creyente (aunque sea poco ortodoxo como yo) es doloroso escucharla, aunque sea bella la melodía. La sensación que me da la persona que la escribió, el mismo que la canta, es que está furioso con Dios porque no puede entender el problema del mal y el sufrimiento en el mundo, el gran tópico (nadie puede entender eso porque no es algo para entender sino para aceptar). Es como un hijo enfadado con su padre. Si no cree en Dios, ¿por qué le pide cuentas de lo que ocurre? A quienes me plantean el problema del mal, les digo, no sé si con acierto, lo siguiente. Olvídate un momento de Dios, vamos a dar por hecho que no existe. Así visto, ¿la vida es una total desgracia, un total sinsentido? ¿Solo ocurren crímenes y cosas tristes? ¿No está el mundo, también, lleno de maravillas, no nacen niños todos los días cuya vida nueva es una promesa para todo el género humano? ¿No existe la belleza y la bondad para consolarnos de la desgracia? Alguien que escupa contra la vida porque hay mal, se está equivocando, porque hay mucho más de lo que cree ver en su ofuscación. Mucho más si no damos por hecho que solo existe lo que vemos y tocamos, si no damos por hecho que solo existe esta vida efímera y nada más. Si vale la pena la vida a pesar del mal, por qué no va a valer la pena reconocer a Dios, su presencia, a pesar de lo mismo. Lo único que lo impide es nuestra ignorancia y nuestro orgullo.

    Y para mí esa es una clave importante. Si percibimos desde nuestro “pequeño yo”, o desde nuestro “yo profundo”. El primero se rige por lo que siente, percibe, razona, por sus deseos, caprichos, obsesiones, pasiones… El segundo es, a mi juicio, el que fue hecho a imagen del Padre según nos dice el Génesis. No niega la razón sino que la usa, pero con la consciencia firme de que hay un conocimiento que va mucho más allá de la razón. Un conocimiento que nos conecta con la Voluntad divina, aunque nuestra voluntad y razón no puedan entenderla. Cada uno de nosotros es, en esencia, en su ser más profundo, una gota del océano que es Dios; indistinguible en su ser. Pero, y esto va contra ciertos listillos, o ignorantillos, de la Nueva Era, la gota de océano no es el Océano, aunque tengan la misma esencia.

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