Naturaleza muerta con gato erótico de porcelana.

Nunca pensó Melquíades Finosa, licenciado en artes marciales, que cuando se comprara un gato de porcelana para el salón de muertos, tropezaría su vida con la más trigonométrica tranquilidad a la que estaba acostumbrado. La imagen era ordinaria, pues se trataba de un gato simple con bigotes y sonrisa de tresillo, pero los movimientos incómodos de la porcelana se le antojaron demasiado acordes a su gusto por el caldo de pollo destilado en el alambique.

En cuanto se mojaba Melquíades en los caldos del alcohol, el gato mutaba el rostro. Entonces miraba despacio a su interlocutor, para luego sorber el aguafuerte que otrora le diera tantas tardes de gloria. Sucedió, para su desgracia, que se agitaba el minino de porcelana profiriendo un ronroneo característico. Terminada la fiesta, se bebió a chorros de la garrafa, con la intención mortal de ahuyentar su mal, pero sólo obtuvo como exiguo resultado una camisa blanca desesperanzada y un maullido en fa menor sostenido, que todavía lo recuerdan los músicos de la aldea de Catalicapanga, por haber logrado la erección del retorcido olmo de la plaza de la Revolución.

Melquíades se atolondró por la fatiguita del día, pues quedó adicto a los contoneos de su gato, y tras destilar los muebles del salón, el hamster japonés de la cocina y licuar en fermento de alambique varios de sus pañuelos de tela, guardados de la época en que los hombres tenían mocos en las narices, apuró y se bebió todo esperando que el gato siguiera con sus movimientos de polichinela en celo. Y así fue. La porcelana se le insinuó con más descaro que una gallina contemporánea.

Luego destiló el televisor, convirtió en bebida sus cinco móviles de última generación, e incluso se atrevió a destilar las quince garrapatas de un perro vagabundo que en soledad se lamía el desempleo. Todo era destilable y convertible en bebida espirituosa, y aquello no había hecho más que empezar.

El gato de porcelana mostró que tras sus barnices había todo un infierno de placer oculto en él, abrió la pata trasera derecha desocultando sus encantos. Melquiades estaba enamorado de una porcelana preciosa y buscó más elementos que beber y que destilar en su alambique.

Destiló el vecindario entero, con sus mascotas y sus vecinos de orejas puntiagudas. Destiló coches, estaciones espaciales, autopistas y ciudades enteras. Incluso acudió a un plató de televisión para destilar a cientos de famosos más aporcelanados que su gato, acometió y convirtió en bebida espirituosa a cincuenta presentadores de telediario de su país, y acabó con la vida de miles de políticos de verso suelto y de frase idiota. Se los bebió a todos tras destilar en su alambique a un sistema solar que no le daba más que sinsabores.

Y entonces sí. Entonces el gato habló y dijo algo que Melquiades Finosa, licenciado en artes marciales, nunca pudo olvidar.

“Tienes que dejar la bebida antes de que hables con los cuadros”.

Y él obedeció, pues quería de veras a la que iba a ser su esposa.

 

(Lo sentimos, pero no continuará).

Artistas libres; artistas controlados.

Cuando a un artista se le encarga una obra, la ejecuta y cobra. No hace lo que quiere, pero gana dinero. En este mundo del arte, el que paga, manda. O mandaba. Así ha sido durante mucho tiempo en el mundo del arte, de los artistas y de los escritores. Por eso, amigo lector, si quieres vivir de esto, tienes que buscarte un mecenas. O ser independiente y funcionario.

Te recuerdo que un mecenas es cualquiera que te da dinero por lo tuyo. Puede ser un lector o amazon. El problema es que a veces la obra no gusta mucho cuando es terminada, o que gusta pasado un tiempo, o que no es ubicada donde te esperabas.

Me cuentan que a veces el cuadro no hace juego con el tresillo de casa porque es de colores apagados, aunque también hay casos donde el pagador se “pasa” de cuando en cuando por el taller del artista y le da instrucciones, aporta su visión de lo que debe ser, y lo que considera que está bien o mal según su criterio y su bolsa. Poderío, que se llama. Sí moana, dice el artista. Mejor colores claros que hagan juego con el tresillo. Lo que usted mande, señor editor.

Lo dicho, tú eliges, o independiente o lo que diga el jefe.

Esta visión no está tan superada como podría parecer. El que paga sigue mandando, y salvo que un artista tenga una familia con pasta, le tocará plegarse a las exigencias de su jefe.

Hoy los que pagan son muchos (lectores y compradores) y piden que tu obra sea agradable, rentable y que valga algo, aunque sea en el futuro. Que no es poco. Ya saben, si no gusta tu cuadro al propietario de la galería de arte, siempre puedes venderlo a tus amigos, conocidos, despistados y turistas manirrotos. A veces te lo compran pensando que vas a ser famoso en el futuro. Ya está. Se lo vendes.

A los poetas siempre les queda un último recurso. ¡Amigo escritor, si tu poesía no le gusta a tu editor, siempre puede declamarla en el Campo Grande de Valladolid a los pavos reales! No pasa nada. Así empezó Clarín y terminó suicidándose.

Cada uno tiene su caché y para no amargarnos, nos recordamos una y otra vez que van Gogh no vendió una morcilla en su vida, y que mira ahora. Lo descubrimos tarde. ¿Seguro? Digamos que generó dinero tarde, cuando el pobre ya había palmado y no podía hacernos cientos de cuadros de girasoles similares. Si le hubiéramos pillado a tiempo…

Pocos artistas ha habido en la historia del arte que hayan sido verdaderamente libres. Pero los ha habido. Casi siempre responden al creador que ha logrado alcanzar un estatus y reconocimiento a partir del cual, hagan lo que hagan, tienen éxito y son apreciados. Dejan de ser deudores de sus intermediarios, e incluso de su público. Hacen lo que quieren, desde el punto de vista creativo, y todo se les perdona y se les compra. Porque son de fulanito.

Esto permite a los autores liberados crear sin cortapisas, construir su obra, pintar lo que les da la gana y como les da la gana. O escribir lo que les parezca sin que nadie les diga lo que tienen o no que hacer. Así le sucedió a Victor Hugo, pero no a Cervantes ni a Shakespeare.

Siempre me hace gracia que los mismos que coartan en el presente la libertad de sus artistas en nómina, son los que afirman guardar un amor desmedido por lo que hicieron los genios con toda la libertad del mundo. Y así encontramos al mismo editor que rechazó “Cien años de soledad” o abomina de “Marcel Proust” dando lecciones de lectoescritura a una camarilla de adláteres escritores que trabajan sometidos a él en la editorial equis. Ese mismo editor es además el que otorga los títulos de buenos escritores a los de su pesebre con la concesión de suculentos premios. Si les dices algo te contarán que si el mercado patatín, el mercado patatán. Y que ellos defienden el arte. Pero no es verdad. Lo esquilman sin sostenibilidad para el artista.

Picasso pudo pintar lo que le daba la gana cuando tuvo un estatus de pintor genial. Antes no, pero luego sí. Lo mismo le sucedió a Dali, que firmaba lienzos en blanco para incrementar su cuenta corriente. En la música popular, los Beatles decidieron dejar de actuar en directo y pasaron a experimentar en el estudio de grabación de Abbey Road en Londres, entre otras cosas, porque estaban hasta los mismísimos tarantinos de dar conciertos donde no se escuchaban ni a sí mismos desafinar del griterío que había. Hasta aquí hemos llegado, Paul, dijeron. Y se acabó. Y tres años después “Let it be”.

Los Beatles hicieron lo que quisieron, experimentaron e inventaron como quisieron. Revolucionaron gran parte de la música, y siguieron vendiendo discos. Son seguramente sus mejores discos, los menos comerciales y los más interesantes. Si no hubieran sido tan famosos, no habrían editado ni la mitad de sus discos, y hoy serían un grupo más de los muchos que hubo en los años 60 por la pérfida albión. No habrían salido de su pueblo, vaya. Por muy molonas que sean sus canciones no tendríamos la psicodelia del Sgt Peppers, ni el album blanco, ni habrían llegado a cruzar Abbey Road, frente a los estudios Apple, que ellos mismos fundaron.

El otro día me contaban las penas de varios escritores consagrados, teóricamente consagrados y conocidos. Escriben lo que todos esperan que escriban. Si han parido una novela histórica buena tienen que escribir una trilogía. Y cuando tienen una trilogía, otra segunda parte de la trilogía. Y así se pasan su vida de artistas escribiendo lo mismo que una vez escribieron. Son envidiados por el resto de escritores; pero es curioso que muchos escritores consagrados envidian a los que no tenemos tanto éxito, entre otras cosas porque disfrutamos de libertad para escribir lo que nos sale del prepucio, el pucio y el pospucio.

Ellos viven de escribir, o mejor dicho, viven de reescribir aquello que les dio éxito, y lo reescriben una y otra vez. Nueva novela del año, la última de fulanito. Y es igual que las anteriores, incluso peor. No tienen el suficiente éxito para escribir lo que quieren y en ocasiones se van autodestruyendo. En cambio los pequeños escritores que no vivimos del tema, podemos escribir más libremente, aunque tenemos que alimentarnos de otro empleo para sobrevivir.

Es curioso que haya sido así en la historia de la literatura de manera tan generalizada. Abundan los escritores militares, periodistas, profesores, funcionarios, hijos de papá, etc.

Los artistas de nuestro tiempo están controlados por el pensamiento políticamente correcto. Pero también por los grandes inversores de arte, gente que ha construido una maquinaria para vender y comprar arte, libros o cuadros al por mayor. Esa maquinaria tiene mucho que ver con la política y las ideologías del mercado democrático. Artistas de izquierdas y artistas contraculturales. ¿Les suena? Hay público para todo, es verdad, pero los grandes del negocio quieren productos de bajo coste y mucha venta. Por eso hay arte basura, arte para usar y tirar, arte mercado y arte clandestino. Libros basura y libros de usar y tirar.

Por eso muchos artistas hoy se rebelan. Autoeditan sus discos, sus libros, sus novelas y su pintura. Son los nuevos genios que no quieren someterse al viejo mecenas, ni a las viejas formas.

Yo quiero ser uno de ellos. Como los poetas, que son los más libres de todos. A ellos les basta con compartirlo en las redes sembrando luces de belleza donde antes solo había caos.

 

 

Polifonía de pinreles en verano.

El verano es un momento propicio para sacar los quesos a relucir. Me refiero a los pinreles, a los pies, a los quesos, a los frijolitos o a los sapos que Dios haya dado a cada uno. Y cada una, que en esto de la discriminación positiva en pies feos nos ganan por goleada.

Mi fijación por el tema es antigua, pues desde que era niño he relacionado los pies con el culo, y me producía la misma vergüenza tanto verlos como mostrarlos. Con el tiempo, mi socialización ha ido en aumento, y actualmente lo mismo hago un calvo que me rasco la entrepierna. Pero lo de los pies es superior a mis fuerzas. Es la parte más pudenda del cuerpo, y no es porque tenga antepasados orientales, que igual sí, sino porque enseñarlos me molesta;  en cambio verlos me resulta entre excitante, curioso, grimoso, morboso, agradable, asqueroso y admirable. Por eso me fijo.

Y es que los pies presentan dos caras. La de la planta es redondita, con garbancitos simpáticos colocados a modo de familia telerín; en cambio la superior son como la bruja de blancanieves, con uñascos terroríficos, juanetes deformantes, clavos, callos y demás floraciones. Son como la cara y el culo, que cuanto más guapa es la modelo y la moza, peores son sus cascos.

Los españoles tenemos una relación pudorosa con nuestros pies que no la tienen el resto de europeos. Es raro que uno de los nuestros, sobre todo si tiene más de cincuenta años, saque un queso en público y se lo rasque por entre los dedillos. En cambio, esa misma educación no la practican muchos europeos, que les encanta descalzase mostrando sus calcetines blanquecinos de deporte, y si se tercia, metiendo sus pies en cualquier charco cuando hace calor. Los españoles “prelogse” somos como de otra manera. Los extranjeros cuando vienen a nuestro país, traen sandalias con calcetines; en cambio los españoles cuando vamos fuera usamos zapatillas deportivas, bien tapados y con discreción. Spain is different, of course. Pero el mundo cambia, y ahora los jóvenes autóctonos llevan chancleta masiva y lo mismo te plantan un pie en asiento de enfrente del tren que se masajean los dedos mientras miran su móvil. ¡Qué se le va a hacer si los españoles caminamos hacia nuestra extinción!

Recuerdo haber desayunado rodeado de guiris en los albergues juveniles de esos países de por ahí, donde los únicos tipos calzados éramos nosotros. Ellos preferían los pies al viento y los pelos enmarañados al estilo Boris Johnson, que debe tener unos quesos de espanto. Por eso esta gente gusta descalzarse en el trasporte público y colocar sus pies en el asiento de enfrente. Ni que decir tiene que ir a rezar a Taizé, en Francia, con moqueta bajo una carpa, es un muestrario ecuménico de calcetines donde tienen que echar sándalo para que la humanidad no sucumba fácilmente al delirio espiritual. Yo me entiendo.

Dada mi condición curiosa, una de las cosas que más me entretiene cuando hojeo una revista del corazón (o de los pies) es ver los pezuños que se gastan las guapas de turno. Primero cuento el número de pies que veo, y luego me entretengo en examinar con detalle lo feos que son. No falla, cuanto más hermosa y diáfana es la sonrisa de la hembra, peores son sus garrapuchos. Están tensos, endurecidos, desparramados y delirantes. Imagino su olor tras una jornada de paddel en la élite. Da igual que la señora sea princesa, reina, infanta, duquesa, modelo o actriz de reparto, les encanta enseñar sus juanetes y exhibirse – en todos los sentidos – ante un público sediento de emociones fuertes. Incluso aunque sea invierno y haga un frío de asustar, llevan zapato abierto (así se llama al exhibidor). Y además te lo dicen los gurús de la moda: donde esté la elegancia de unos estiletess con unos dedorros decorados que se quite lo demás. Perdón, pero lo de los dedorros es mío.

Porque esa es otra. Los uñascos se pintan y se repintan. Y a mi eso también me llama la atención. Porque cuando veo una dama estirada e inalcanzable, me la imagino en el baño de su casa tomando posturas fetales para adecentarse la cutícula del queso y la coloración del mejillón. Luego posa con ese rigor que da la condición de diva, pero al mirarle los pies descubro una sirvienta agachada disimulando los batracios en que se han convertido sus pies.

Las revistas de féminas dedican muchos meses, siempre previos al verano, para que tengan todas sus lectoras los pies más delicados del mundo. Pero claro. Quod natura non dat… Ahí aparecen los cientos de consejos para suavizar talones, separar soldaditos, amaestrar callos y perfilar contornos. Si dedicaran tanto tiempo a cuidar su alma, otro gallo nos cantaría, y no lo digo por los espolones que desarrollan, sino porque el culto al cuerpo tiene un límite. Y me temo que ese límite son los pies, los quesos, los garrapuchos, los pinreles o los pezuñones.

Supongo que Dios ha hecho así los pies para que desarrollemos la humildad, que es una virtud muy necesaria en estos tiempos de exhibición y soberbia.

Pues eso, feliz verano polifónico de pinreles y quesos.

 

 

Pensar la vida. Marcel Proust

Proust es uno de mis escritores preferidos. Quizás porque no tengo tantas lecturas tras mis ojos como anhelos en mi vida, pero es así. Es un autor arduo, que no está al nivel de muchos lectores devoradores de historias. Ya lo digo, Proust no escribe historietas, sino que escribe sobre la gran historia que es la vida. Su vida y la nuestra. Por eso es otra cosa. Es un escritor diferente, un devorador de la vida, un constructor de espejos del pasado donde mirarse. Es un escritor con dulce pluma, donde lo importante no es ejercitar la memoria lectora sino el recuerdo propio. Proust te deja contemplar personajes y pensamientos, reflexiones y vidas. Es un espejo donde mirar la propia vida, y de esta manera pensarla. Pensarnos a nosotros en lo que observamos.

Confieso que no soy el primero en calificarlo como uno de los mejores escritores de todos los tiempos; y proclamo este año – por la autoridad que me confiere el planeta Neptuno – como el verano de Marcel Proust y sus muchachas en flor. El año de los cortesanos fatuos y ridículos, y el año de los nobles innobles de Guermantes. Este es el año del desamor y el amor de nuestro queridísimo Swan. Año de la vida que pasa y que merece ser pensad.

Añado además que Proust es el autor que rompe todas las reglas de los narradores cinematográficos, donde el mundo se ordena en presentación, nudo y desenlace. Si no pasan cosas nos aburrimos, profe. Pues bien, amigo lector, pequeño padawan, Proust no presenta, no enreda y no desmaraña. Y es lógico que sea así, pues la vida – la tuya y la mía – es de otra forma. No es una película que tengas que contar cada poco ni exhibir. No es un griterío. Sino un silencio.

Y eso es de agradecer en el mundo actual. Cientos de millones de novelas se escriben para engancharnos como si fuéramos jumentos tras un mercadillo de zanahorias ambulantes. Pero Proust no. Marcel Proust nos quiere mostrar la vida a través de su alma. Y eso es único.

Ortega y Gasset, el filósofo español, habló de pensar la vida. Una vida no pensada es quizás una vida mortecina, un mero dejar pasar los días en espera del ataúd. Los cerdos son seres vivos, y también las mariposas, las moscas y las arañas. Los gansos folloneros son seres vivos, y también los calamares, los perros y los gatos. De eso hay mucho en los medios de comunicación: cacatúas, loros, cotorras… aves de paso. Pero nosotros somos distintos. El hombre que piensa la vida es un ser diferente. Es un ser que busca la trascendencia, y que no tiene miedo a encontrar respuestas. Es un hombre abierto a las tradiciones y al progreso… pero no a cualquier tradición ni a cualquier progreso.

Una vida pensada es una vida asombrosa, una vida donde el misterio de lo trascendente deja visualizar las alegrías y las penas, los anhelos y las esperanzas. Una vida plenificada es una vida en Dios; pero una vida asimilada y pensada, es una vida buena y honesta. ¿Se puede querer algo mejor que la honestidad para con uno mismo?

En el devenir de los días, donde contemplamos la deshonestidad, pensar la vida es casi una obligación. Aunque no sea con Proust, pensar la vida es un deber ineludible.

 

 

¡Terminé de escribir otro libro!

Por fin, se acabó. Ya estaba algo más que harto, porque escribir es costosísimo, y llevaba dando vueltas a esta historia como cuatro o cinco años. Lo he acabado tras la decimocuarta revisión, y he pasado casi de contar una historia a contar algo diferente, con otra perspectiva y con más fuerza. Hay más en la historia que no cuento y se ha caído de la versión final que lo que aparece en ella, pero es para que mejore y sea más entretenida de leer. Siempre para mejorar. Lo que he desechado era bueno, alguna parte incluso muy buena, pero lo importante en una novela es el todo… y hay que sacrificarse, chicos. Bye, bye.

Comprendo que haya gente que no revise lo que escribe y le salgan novelas como churros azucarados, pero no es mi caso. Yo las trabajo y las corrijo una y otra vez hasta que quedan, para mi gusto, aceptables tirando a buenas. Por menos de un notable, no publico. Luego uno se sorprende, porque le ponen mejor nota, (los que me suspenden no me han dicho todavía nada a la cara) pero me da igual. Dicen que a quién le tiene que gustar la novela es al novelista, y sí, a mi me gustan. Además, para eso soy su madre, y me cuesta parir a fuerza de dilatar y empujar unos cuantos años para que salga el nene.

Quizás sea un defecto que comparto con Walt Whitman, que revisaba y reeditaba muchísimas veces hasta que sacaba lo definitivo. “Hojas de Hierba” es un ejemplo de aburrimiento escrituril y falta de seguridad en un juntaletras, pero también es una obra maestra de la poesía. ¡Un abrazo Walt, ejemplo de orgullo gay no histriónico!

En cambio Cervantes, que me cae mejor, no debía revisar mucho, porque el Quijote está lleno de defectos. Desde variar el nombre de la señora de Sancho Panza, hasta meter con calzador otro par de novelas ejemplares en las tripas de la susodicha obra. Proust tampoco debía revisar mucho y me encanta. Y Faulkner escribía de corrido y con la memoria trabajando. Yo no podría, querido. Mi cabeza no da para tanto.

Es verdad que el problema de revisar hasta morir es que no sacas demasiadas novelas al año, pero la ventaja es que lo que sacas es de calidad. O eso te crees. Y ese es mi objetivo, publicar calidad… En realidad tengo varias novelas terminadas, definitivamente terminadas… Al menos dos más, pero me da cosa que salgan a la calle, que todavía son jovencitas y casaderas.

En cambio ésta que he re-terminado por decimocuarta vez, ésta que ya la consideraba finiquitada, ha sido recuperada y revisada unas cuantas veces más para entrar en el olimpo de los dioses publicados. Porque esta sí que la echo de casa en cuanto pueda.

No me explayo. Terminar un libro es muy agradable. Se tiene una sensación de tranquilidad, de paz conseguida, de felicidad, y de horizonte por delante. Mi idea es publicarla antes de las navidades. Por supuesto la autopublicaré, porque las editoriales convencionales cada vez me dan más grima, sobre todo viendo lo que le hacen a algunos compañeros escritores que van de putada en putada.

La novela, si no le cambio el título, que no creo, se llamará DAVID35. LA ISLA DE LAS ESFERAS. Ciencia ficción, novela para pensar, para entretener y para denunciar los males de nuestra sociedad, que no son pocos. Sé que os gustará, pero tendréis que esperar. He, he.

Feliz Verano.

LA CICLOGÉNESIS DEL HOMBRE DEL TIEMPO Y SUS VÓRTICES POLARES.

El 9 de enero de 2014 escribí esta entrada en el blog. El tema y la forma pedagogiplasta de darnos el tiempo sigue vigente. Pero el mundo ya es distinto. ¿En qué? Pues que ahora la gente mira el tiempo en el móvil y no presta atención al telediario salvo para enviar las fotos. Mira, yo voy a enviar las mías. Ale, a freirnos en verano… Atención al pie de foto.

Foto enviada por topitocava desde Osakalid. “Puesta de sol templado desde las costa oeste de Nueva Groenlandia en el bendito planeta Arquidios, constelación Leo minor”.

 

 

“A los del tiempo se les ha ido la bola, no me cabe duda. Antes, cuando el hombre del tiempo daba el tiempo, decía simplemente lo esencial; y nos contaba, a los pardillos, si iba a llover al día siguiente, o por el contrario salía el sol. Pero las cosas han cambiado. Lo que antes era un temporal, ahora se llama ciclogénesis, y lo que era un frío invernal del carajo, ahora recibe el precioso nombre de vórtice polar.
Las categorías que nos enseñaron de pequeños, y que el hombre del tiempo (del tiempo de Maldonado, claro) contaba eran sencillas y claras: mañana llueve, está cubierto o nublado, hay un sol resplandeciente, o nieva con ganas. Y te lo ponían con pegatinas cutres de quita y pon. Y se acabó. Duraba el hombre del tiempo lo que tiene que durar, tres minutos, a lo sumo cinco si te metían el mapa de isobaras.
Ahora la vara también nos la meten, pero en plan pedante y plasta. Se imaginan que son un programa de variedades, y se entregan a la tarea con circunspecta saña. Nos ofrecen una media de diez mapas por programa. Que si el de ayer, que si el de hoy, que si el de mañana, que si los datos de los sitios que más ha llovido, los que más ha nevado, el de más frío, el de menos frío.
Nos dan explicaciones que nadie ha pedido, y nos alumbran con ciclogénesis y vórtices, con refranes tradicionales, y con curiosidades sobre la lluvia de estrellas y lo que haga falta. Un día te cuentan como se forman los monzones, supongo que por si se nos ocurre irnos el fin de semana por Asia, y al día siguiente te embadurnan con el cuento de los tifones y huracanes tropicales, para terminar con la berrea de los ciervos en otoño. Entretenido, la verdad.
Lo malo es que no te enteras de lo que va a hacer salvo que estés agazapado esperando el instante glorioso donde se acuerdan de tu región. Y es que la información que realmente te interesa pasa de largo con rapidez.
– ¿No te has enterado?
– Pues no hija, a ver si lo repiten.
Y no te repiten nada y te quedas con cara de tonto. Te cuentan dos refranes, te meten fotos de la gente y te despiden. Eso después de haberte tragado un preámbulo que no querías escuchar, y de abrasan con explicaciones que sobran.
Lo mejor es cuando se te olvida el tema, y te encuentras al “enterao” de turno que te lo recuerda.
– ¿Sabes que hay una ciclogénesis explosiva?
Pues eso, un temporal de cojones. Lo de siempre”.

Realismo islámico en las novelas de Naguib Mahfuz

En diciembre del año 2013 publiqué esta entrada en el blog. Me gusta recordar y releer lo que escribí entonces sobre libros y autores.

En estos días en que en Egipto sufren de y tratan de salir adelante, recordar a un escritor como Mahfuz es algo parecido a un bálsamo que nos recuerda que África y el mundo no están tan lejos de nosotros.  Va por ellos.

 

Naguib Mahfuz, (El Cairo11 de diciembre de 1911 – íd., 30 de agosto de 2006), fue un escritor egipcio. Conocido especialmente por su obra narrativa, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura del año 1988, siendo así el primer escritor en lengua árabe en recibir dicho galardón, y el más reconocido.

¿Qué a qué viene esto ahora?

Acabo de leer la primera de sus novelas de la Trilogía de El Cairo, “Entre dos palacios” donde retrata la vida Egipcia de principios de siglo, con las primeras revoluciones, la de Saad, que fue independentismo contra los Ingleses.

Estamos en el final de la Primera Guerra Mundial, y el Islam que nos describe está lleno de tradición, familia, religión, autoritarismo, hipocresía y por supuesto muchos aromas de un mundo que ya no existe.

Pienso en cambios sociales, mundos cerrados que se abren, sociedades que buscan ser ellas mismas, independencia y libertad frente al usurpador, que casualmente sigue siendo inglés.

¿Qué puedo soñar? En un Egipto democrático y libre, dueño de sus mejores tradiciones. Un sitio donde la paz y la justicia sean posibles.

Como Ahmad, el señor personaje de la novela, hipócrita y firme en casa, amable y risueño con sus amigos, pido una oración para que “la Paz que trae Dios sea más grande que la injusticia que desechamos”. Por Egipto y por su gente, se lo merecen.

El pichiglás (la materia que sostiene el universo sapiens)

Si los presocráticos hubieran vivido en el presente – o sea, siglo XXI – se hubieran quedado admirados al descubrir la sustancia primigénea que compone el universo infinito, y que no es otra cosa que el pichiglás. Palabra que se compone de dos lexemas imposibles: pichi y glas.

Yo descubrí primero la sustancia, y lo hice en mis años mozos. Creo que todos mis juguetes acabaron a trozos, lo cual ya demostraba que el pichiglás estaba presente en la realidad de la sustancia atómica. Rompí un reloj de péndulo a mi abuela Carmen con tan solo rozar el badajillo, y sepulté mi bicicleta BH, una que yo creía más resistente que el acero cromado, tras usarla como bici de montaña-cros, que es como se llamaba a hacer el vándalo con la bici. Balones pinchados, relojes casio muertos y bolígrafos explotados fueron el legado que recuerdo de esos años donde coqueteaba con una materia que llegó de las estrellas para quedarse: el pichiglás.

Se supone que como era un niño, pues era normal que todo se rompiera con el tiempo. Pero no. Ahora he descubierto la verdad. Todo está compuesto de pichiglás, y ese es el arché de los griegos, el principio unificador de todas las cosas, es el Ser de Parménides y es la madre que la parió a un tiempo. Ni el agua, ni el fuego, ni el aire, ni los números… el pichiglás. Sólo el pichiglás.

La palabra se me apareció en años de adolescencia y juventud, pues hasta entonces no gozaba del término adecuado para designar aquella transustanciación de la materia, donde lo que parece “algo” se convierte en una mierda. Alguien supongo que la dijo, y yo, que siempre he sido mimético con lo que me hace gracia, lo adopté. Pichiglás, pichiglás.

Por suerte adopté la palabra mágica. PICHIGLÁS, y creo que lo logré gracias a otro invento de mi época: el blandiblú. Tenía que sonar así, en aguda y con tilde. Como madelmán y caricú. Luego apliqué el denotativo (¿o era lo otro?) a aquellos objetos que se cascaban con la mirada, y la expresión no pudo ser más feliz.

– ¡Esto está hecho de pichiglás! – y era verdad.

Los listillos esos de la lengua, que son unos listillos, afirman que la palabra PICHIGLÁS procede de PLEXIGLÁS, que es su origen, y que procede de la marca registrada construida por algún capullote del plástico en su versión más casera. Dicen en la RAE que se forma de dos palabras, una del latín: “plexum”, que viene a significar “plegado”; y la otra del inglés “glass” que significa vidrio o cristal. El plexiglás es una resina sintética que tiene aspecto de vidrio (primera acepción), o material transparente y flexible con el que se hacen las prendas de vestir, manteles, etc (segunda acepción). El término se nos queda corto, aparte de que es más difícil de pronunciar.

En realidad PICHIGLÁS procede de PICHI, que significa hecho con el pucio de los huevos; y GLASS, que se rompe con la mirada como si fuera cristal. En resumen, son dos lexemas que se unen en una combinatoria inigualable. Lo fabricaron con la polla (el pito para entendernos) para que se rompiera lo antes posible. El término científico es “obsolescencia programada”, pero a mi, que quieren que les diga, ahora que he reflexionado sobre el término PICHIGLÁS, lo prefiero una y mil veces. PICHIGLÁS es la palabra.

Casi todo lo de mi alrededor está hecho de está trascendental materia. La batidora antigua que se fue a tomar por saco, mi viejo coche, el otro viejo coche, los cientos de radiocasetes que he tenido, las pelis de video VHS, los cedés de hace unos años (medio borrados) y por supuesto los intangibles: las ideologías de hoy son de pichiglás, igual que los adolescentes, los alienígenas de la tele, los jovencitos, los niños y las mochilas de los niños. Los móviles son de la misma materia que los milenial, por eso lo llevan adherido a sus manos, los grandes clubes de fútbol, los programas de televisión y sus series, en especial con sus finales de pichiglás. Todo. Absolutamente todo está hecho de pichiglás. Lo material y lo inmaterial. Salvo el NOUS, todo es de pichiglás.

El único problema que tiene la palabreja es que suena sexista. Pero yo, que tengo asumida mi condición de ciudadano varón hetero, me importa una mierda como suene. Pichiglás tampoco es peneglás, ni cipoteglas, que son palabras mucho más machistas. En realidad pichi es un pito deconstruido, que es lo que tiene la sustancia primigenea, una deconstrucción de la leche. Por eso pichiglás no es machista, es una realidad decadencial y decadente, un paralelo a la uretra amorcillada y poco más.

No obstante, para que vean que no soy un retrógrado y que estoy al día, he construido un nuevo término: CUCAGLÁSS, que es más fino que chochoglás y – dónde vamos a ir a parar – mucho más discreto. La cucaglás. Así tendríamos que según el fabricante, los objetos son de pichiglás, o de cucaglás, según es aspecto externo del genital del ingeniero o ingeniera fabricante.

Dado que el pichiglás y el cucaglás son los nombres que damos a la materia primigénea, y que esta compone todo el universo desde el origen, tendríamos que valorar con seriedad, que todo en el origen se organiza desde un doble principio, regresando así a Platón, a Pitágoras. Pero como este  dualismo (bien y mal, noche y día) se enfrenta en los clásicos griegos pues prefiero alejarme de ellos y apoyarme en una dialéctica bíblica, menos dualista y más unitiva.

Es evidente (y ya termino) que lo creado y el creador no son la misma cosa. De ahí que haya que separar pichiglás y cucaglás para lo creado, lo que tradicionalmente hemos llamado contingente; y reservar el término Dios, para lo necesario.

Esto me emparenta de nuevo con la filosofía más clásica: Todo es pichiglás, excepto Dios, que es necesario. Por supuesto, el hombre en su contingencia solo puede fabricar en pichiglás; y la mujer igual solo que en cucaglás.

Ahí lo dejo, antes de que se me estropee mi ordenador de pichiglás.

El viernes nos vemos en la FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019.

FIRMAMOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

Caseta de la librería EL SUEÑO DE PEPA.

7 DE JUNIO 2019

18h30 a 20h30

Ya queda poco para el viernes 7 de junio.

Estaré firmando libros en la FERIA DEL LIBRO de Valladolid, desde las seis y media de la tarde hasta las ocho y media.

Lo único que siento es que coincido en día y hora con Santiago Lorenzo, que también estará firmando sus libros. A Santiago lo conocí hace unos años, en el rodaje de su primera película “Mamá es boba”en Valladolid. Año 1997 si no recuerdo mal.

De hecho, salgo en una de sus escenas con frase y todo. Le tengo un especial cariño, claro que sí. “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él?“. La mejor frase del cine español de los últimos años; dicha por un actor (un servidor) que prometía tanto que no tuvo necesidad de hacer ninguna película más para consagrarse en la categoría.

¿Sorpresa para los que no lo sabíais? Son esas cosa curiosas que tiene la vida. Ahora Santiago Lorenzo está triunfando con su último libro “Los asquerosos”, libro que varias personas me lo ponen bastante bien. Dejó el cine porque debía de oler bastante mal el reino de los compadreos, y desde que se ha pasado a la literatura le va bastante mejor. Y yo me alegro por él, porque lo ha pasado mal, y porque se lo merece.

¿Por qué será que muchos cineastas terminan escribiendo novelas y narrativa? Pues porque es más barato. Que me lo digan a mi. También tengo que decir que la profundidad y la belleza que se alcanza con la literatura como arte es muy diferente a la que proporciona el cine. Ahí lo dejo.

 

 

 

¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

conspiracionpirata

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