
En el número 217 de la Encíclica, el Papa continúa su reflexión sobre la contribución que podemos hacer para construir la civilización del amor, Asumir la mirada de las víctimas.
Este apartado propone lo siguiente:
«Dar espacio, en la información y en la educación, a la mirada y a la voz de las víctimas ayuda a tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierran la guerra y, en general, toda forma de violencia; a no aceptar como normal la lógica del conflicto; a no apartar la mirada cuando se comete una afrenta contra la dignidad humana, y a devolver a las personas afectadas la dignidad de ser reconocidas y escuchadas«.
Se contribuye a un mundo mejor cuando se da visibilidad a la mirada y a la voz de las víctimas. Y, señala León XIV, lleva a que no aceptemos como normal, ni nos acostumbremos al mal que entrañan la guerra, la violencia, etc.
De nuevo el problema, en mi opinión, no está en la falta de misericordia hacia las victimas, sino en el abundantísmo número de víctimas, y la invisibilización de muchas de ellas. De hecho, en nuestro mundo de redes sociales muchas personas tienden a victimizarse, a considerarse víctimas de todo, o de esto o aquello para conseguir atención y dinero. Es el victimismo, que encierra, muchas veces, profundos egoísmos hacia las verdaderas víctimas, que son ocultadas por no ser «políticamente correctas».
Si antaño fueron ocultadas las mujeres como víctimas, hoy son ocultados muchos varones.
¿Son todas las víctimas iguales? Respondo con otra pregunta, dado que todos los hombres son iguales a los ojos de Dios, y todos están necesitados de misericordia, ¿Son todos los sufrimientos iguales? El Papa nos invita a tomar conciencia del abismo de maldad de la guerra y la violencia, sin ocultar las afrentas a la dignidad humana. El fin de la visibilidad está en devolver, al menos en parte, la dignidad humana menoscabada, y eso se logra mediante el reconocimiento y la escucha.
Sigue diciendo el Papa en una segunda parte de este número.
«La atención a esta voces alimenta la convicción de que, más allá de las minorías violentas, la humanidad no desea la guerra. La Iglesia puede ser de modo especial un lugar de memoria viva de las víctimas. Como recordaba San Pablo VI, ella siente que debe hacer suyas tanto la voz de los muertos de las guerras pasadas como la de los vivos que aún llevan sus heridas, para que su grito se convierta en un llamamiento a la paz y a la concordia, y no en un preludio de nuevos conflictos.«
Se centra el Santo Padre en la cuestión de la guerra, en los dolores y sufrimientos que conlleva. La guerra, que es el mayor de todos los males generados por el hombre, no es deseada por el hombre.
Nadie desea la guerra, pero determinadas actitudes empujan a que se declaren guerras y se abran conflictos que dejan inmensas heridas y sufrimientos.
Ma llama mucho la atención el deseo de la Iglesia, ya desde San Pablo VI, para que la comunidad cristiana sea lugar de memoria viva de las víctimas, tanto del pasado como del presente. Es una función profética de la Iglesia la de clamar y gritar para construir la paz y la concordia en nuestra sociedad. No obstante, la bienaventuranza de Cristo lo recoge: Bienaventurados los que trabajan por la paz. La Iglesia quiere ser bienaventurada.