Aborto, vida y libertad.

El tema del aborto es uno de esos asuntos que no se cierran nunca, por mucho que alguna listilla de turno afirme que son temas del pasado y que están superados. En realidad no hay nada superado en una sociedad como la nuestra, más que nada, porque nadie puede afirmar que una sociedad con aborto sea mejor que una sociedad donde se prohíba abortar. Lo de antes y lo de ahora. Para superar algo, hay que ofrecer algo mejor que lo que se tiene. Una sociedad que aborta, no es una sociedad mejor, al contrario, es una sociedad más envilecida y perversa, aunque eso es, por supuesto, opinable. Vamos por partes, y analizamos lo que nadie analiza en ningún sitio.

Cuestión biológica. Cuando había debate, se arrancaba uno a hablar sobre si hay vida en el feto o no, en el embrión o no. Se discutía si había vida humana valiosa, y desde cuándo era valiosa esa vida humana. La cuantificación del valor de la vida humana ya dice mucho del absurdo de la discusión. Es una especie de nazificación social. ¿Con cuántas semanas es una vida humana valiosa? La respuesta es obvia, la vida humana siempre es valiosa. Siempre es un ser humano en potencia (Aristóteles dixit). Por eso, a ninguna mujer embarazada le gusta perder al niño. Los abortos naturales causan tristeza para aquellos que los desean y los quieren. ¿Ponemos límites al valor de la vida humana? Entonces seguimos con el tema.

Sin embargo, en el debate se deslizó la posibilidad de valorar la vida en función, no de su existencia o su naturaleza, sino en base a su capacidad “sintiente”, debate que está de moda para hablar de los animales y las mascotas. Si el embrión siente y padece, entonces es otra cosa. Traducido: si hay actividad neuronal en el embrión-feto es una vida valiosa. Y si no, no. Pues vale. Según esto, un señor en coma por un accidente, tiene una vida menos valiosa; y un discapacitado en silla de ruedas, sin sensibilidad en las piernas, vale menos. Atención amiguitos: según envejecemos, valemos menos, y con demencia senil no valemos casi nada. ¿Buscamos otro argumento más sólido?

Lo curioso es cómo han ido escalando puestos otros seres vivos, y cómo no lo ha hecho el ser humano. En este momento, por ejemplo, es más valiosa una mascota, que un embrión humano. No es raro esto que deduzco. Si estoy ante un feto en riesgo de vivir, su valor disminuye; y si es el feto de un síndrome de Down, entonces vale todavía menos. La nazificación en los países proabortistas europeos ha terminado con estas personas en una eugenesia lenta, pero constante. El genocidio anti Down para mejorar la raza que tanto deseó el malvado führer.

La pregunta sobre sí hay vida humana en un embrión humano tendríamos que contestarla desde la duda, y valorarlo de tal modo. Imaginemos que vamos a demoler un edificio, y nos dicen, en el último segundo, que creen que hay “alguien” en el tercer piso. Se detiene la demolición, y se asegura uno de que no haya nadie. Eso es lo correcto. Sin embargo, esto no podemos hacerlo con la perspectiva biológica del aborto, pues siempre nos queda la duda de si hay vida humana valiosa o no. ¿Tiene el hombre la última palabra sobre la vida? No deberíamos. Por eso, la resolución al dilema es sencillo. Parece que es más grave (y malo) matar a alguien, que quizás no exista; que permitir vivir a “algo” que quizás no sea una vida humana. Lo cierto es que casi siempre que se permite vivir a ese “algo”, se convierte en “alguien”, por lo que el dilema se resuelve fácilmente. Ante la duda de si hay vida humana, hay que permitir y apostar por esa vida.

La cuestión ética. El dilema ético se sustancia de manera bastante sencilla. ¿Qué es mejor, abortar o no abortar? En este asunto, tradicionalmente, se afirmaba que las mujeres no lo tenían fácil, que abortar siempre era algo terrible para la mujer, y que repercutía en su conciencia. Nadie hace el mal, si puede hacer el bien. ¿Acaso es obligatorio abortar? Siempre se puede hacer el bien, y el bien siempre permite la vida.

Algunos pro-aborto han intentado seducirnos afirmando que abortar es como quitarse un grano, o una muela. No es un gran discurso, ni un gran argumento. Parece más propio de imbéciles mentales que otra cosa. De ahí que pensemos que el dilema ético transcurre de otra manera. Siempre es mejor no abortar, que abortar. Se apuesta por el bien, y se huye del mal. Si hay que escoger entre el bien y el mal, es mejor escoger el bien. Lógico. Nadie se arrepiente de tener un hijo, y muchas se arrepienten de matar al que podría haber nacido.

¿Por qué hay mujeres que desean abortar? Hay muchas razones, y la más recurrente es porque no estaba planificado. No estaba previsto el embarazo, y va a nacer un niño que no esperábamos. Sigo indagando… ¿por qué no se le esperaba? Porque ya hay otros niños en la familia, o porque se quiere hacer otra cosa, que no cuidar un crío. Violación, falta de dinero… Se puede mejorar la vida de las personas, desde luego, pero esto está escondiendo el debate, también clásico, entre la libertad y la vida. La libertad de la madre, y la vida del no-nacido. ¿Quién es el fuerte y quién es el débil en esta pelea? La madre no quiere tener más hijos (por la razón que sea), el no-nacido no puede opinar. Si no hubiera embarazo, no habría debate; pero es que sí lo hay. El derecho a tener los hijos que uno quiera, termina cuando tienes un hijo, claro. O cuando te quedas embarazada.

El problema es que el no-nacido no tiene ningún derecho, mientras no se le reconozca la vida. Es la llave que abre todas las puertas. Los muertos no tienen libertad, ni derecho a manifestarse, ni opinión; pero es básicamente porque no tienen vida. ¿Y el feto? No está muerto, pero tampoco se le reconoce el derecho a la vida. ¿O sí? El derecho reconoce que es una vida intrauterina, es decir, es una vida dependiente de un otro, en este caso la madre.

La tensión ética entre los dos valores: vida y libertad, debería resolverse a favor de la vida. Si la libertad de uno termina cuando empieza la libertad del otro, entonces hay que respetar la libertad del feto, y preguntarle. Igual que la madre decide, también debe decidir el feto. Deberíamos permitirle que naciera, creciera… y cuando tuviera uso de razón, que decida si quiere vivir o no. Eso sería respetar la libertad y hacer las cosas bien. Por supuesto, si le quitamos la vida al embrión, le quitamos la libertad de decidir, pues le hemos suprimido todos sus derechos, incluida la igualdad, libertad, etc. Le hemos discriminado, de la misma forma que los antiguos romanos abandonaban a sus hijos cuando eran debiluchos o no les gustaban. ¿Por qué unos sí pueden vivir y otros no? Esa discriminación debería ser intolerable para los que afirman que la igualdad es un derecho importantísimo.

Esa es la razón, creo yo, por la que los proaborto plantean que no hay vida humana en el feto, porque si la hubiera, abortar sería un asesinato. Por eso, si no sabemos con certeza si hay vida o no (demolición), hay que asegurarse primero. Porque derrumbar el edificio es, al menos, un homicidio imprudente. Lo destruyo sin saber si había “alguien” ahí.

La cuestión jurídica. El argumento que ha ido evolucionando entre los proabortistas es terrible. Nadie quiere que las mujeres que abortan vayan a la cárcel. Vale, entonces suprimimos la cárcel. Es decir, despenalizamos un delito. Pero claro, que hayamos despenalizado un delito, no implica que no exista un reproche moral y social. ¿Por qué? Porque el aborto sigue siendo algo malo. ¿Y por qué se ve así? Básicamente porque estamos llamados a hacer el bien, y a alejarnos del mal. Si hay vida humana, es un asesinato; y si no está claro si hay vida humana, entonces abortar es, al menos, un homicidio imprudente. Sólo en aquellos supuestos en los que no haya ningún tipo de vida, abortar sería como quitarse una verruga. ¿Hay algún tipo de vida? Deja crecer la planta y te diré si se parece a papá o a mamá. Es difícil negar que haya algún tipo de vida, pero yo me he encontrado este año, en clase, algunas alumnas que negaban que hubiera vida en un embrión o en un feto. Rabiaban sólo pensando que podía haber vida animal; y es que la propaganda sectaria hace estragos en nuestra sociedad, hasta el punto de no querer ver evidencias.

Por eso, los proabortistas pretenden que el aborto sea un derecho. Derecho a matar a alguien, derecho a elegir. Sería un derecho a elegir si no hubiera ninguna vida, pero es que eso no se puede afirmar categóricamente. Por eso, el aborto es para esta gente, el derecho a matar; y claro, derecho a matar a alguien tan indefenso, al que ni siquiera se le ha preguntado si quiere vivir, es una aberración ideológica, que solo se puede entender desde la visceralidad y el sectarismo. En el fondo, es algo repugnante. Tan repugnante como lo que vimos durante el siglo XX. ¿La libertad de la madre vale más que la vida de su hijo dependiente y no-nacido? Ese es el asunto jurídico y ético de de fondo. Yo creo que no, la libertad no es más importante que la vida.

Hasta aquí he llegado. De la cuestión teológica, es decir, de lo que piensa Dios sobre este asunto, no digo nada, porque me alargo mucho. Lo que sí creo es que dentro de unos siglos, la humanidad condenará nuestro tiempo, y condenará el aborto como un comportamiento bárbaro.