Portugal rescata a España de la basura holandesa.

En la Unión Europea existe un principio no escrito que consiste en que cualquier baboso político de un país adinerado puede insultar a España, y a otros países acomplejados, sin que suceda nada.

El otro día, un imbécil llamado Wopke Hoekstra, Ministro de Finanzas de Holanda, dijo que habría que investigar a España por no tener dinero para frenar el coronavirus. Ante esa afirmación tan gratuita e insultante, intervino Antonio Costa, Primer Ministro de una gran nación como es Portugal, que contraatacó diciendo que tales declaraciones eran repugnantes; y Francia, que es el que chulea a los países del sur por falta de tono pugilístico en los mediterráneos, salió en defensa de Costa, que se ha convertido así en el adalid y defensor de los nuestros, de los países del sur Europeo. En frente están los capullos arrogantes de los países adinerados de la Unión Europea, que suelen ser los mierdillas acomplejados de Holanda, Bélgica, Dinamarca y alguno que otro cuyo nombre no recuerdo.

Vamos a hablar de esta gente.

Holanda siempre ha sido una nación de segunda, incluso de tercera. Y lo saben. Nunca lograron ser un gran imperio, y lo más que llegaron fue a construir una Compañía Comercial Naviera que surcó los mares del planeta comerciando, robando y presumiendo de ser un gran país. Pero nunca lo fueron. A diferencia de Portugal que sí que fue y que sigue siendo una gran nación, los holandeses son más bien unos tenderos acomplejados, y eso lo comprobamos en la final del Mundial de fútbol en Sudáfrica, cuando en lugar de ganar por las buenas, se dedicaron a darnos patadas, para al final sucumbir a la superioridad española. Al ladrón y al caballero se le conoce en el juego, dice el refrán.

La aportación de los Países Bajos a la cultura europea y occidental ha sido más bien pequeña, por no decir exigua. La excepción estuvo en el arte durante los siglos en los que Flandes pertenecía a España. Imagino que fue porque entonces andaban compartiendo con nosotros las fuentes de la genialidad barroca. Por eso, en el momento que se separaron de nosotros se agotaron culturalmente. Luego queda gente suelta, pero no hay en su país ni una gran pinacoteca, ni grandes museos, ni monumentos extraordinarios. La única excepción: Van Gogh, al que dejaron morir de hambre. Con eso está dicho todo.

Los holandeses poco han tenido y poco han hecho en su historia salvo mentir, hacer dinero, cultivar tulipanes y robar, aunque fuera metros al mar. Su presencia colonial también fue patética y ridícula. Apenas consiguieron invadir cuatro pequeños enclaves, entre los que yo destacaría Sudáfrica, el último país en quitarse de encima la mentalidad racista de sus dirigentes. ¿Qué podemos decir de esta gente? ¿Podemos montar una Unión Europea con ellos?

Holanda no se merece los dirigentes que ha tenido en su historia. Desde el mentiroso y belicoso Guillermo de Orange hasta el señor Wopke Hoekstra.

Belgica es parecido en muchas cosas a sus vecinos del norte. Me contaban de una familia con un hijo con síndrome de Down que vivieron en Bruselas, la capital de Europa, que eran despreciados y mal vistos por mucha gente de allí. No estaban acostumbrados a ver discapacitados. Como que debían esconder al muchacho, no podía entrar en tiendas, restaurantes, etc. Muchos no decían nada, pero mostraban su desagrado, lo que hace de la situación aún más incómoda. Se tuvieron que venir a España a vivir, donde somos más acogedores con los débiles. Una película como “campeones” es impensable en Bélgica u Holanda.

La pregunta surge. ¿Creemos en el mismo modelo para Europa cuando culturalmente somos tan diferentes? Sin duda son demasiado racistas para nosotros, demasiado fríos y deshumanizados. Compiten para ser la cola del león Alemán, cuando nosotros buscamos un proyecto distinto que olvide viejos odios, que no mire constantemente tu dinero y el mío, que sea más fraternal y solidario en sus valores. Europa debe ser una fraternidad de países y de culturas o no será nada. Europa sólo volverá a ser relevante en la historia si consolida su unidad cultural, artística, política, financiera y económica.

Sin embargo, estos países mediocres y secundones son los que consideran a Europa como un club económico de gente rica donde ellos viven bien al regazo de Alemania y Francia. Donde el egoísmo más desconsiderado con los países del sur bordea el insulto abierto. No quieren planes para las fronteras del sur, no quieren problemas con los refugiados, no quieren un plan común contra el coronavirus, no quieren eurobonos, no quieren rescatar a nadie, no quieren ni siquiera a su gente mayor cuando enferma y les cuesta dinero. Se quieren a sí mismos, y así no hay forma de superar la mentalidad tribal que los caracteriza.

La altura de miras de Francia no la tienen, ni la generosidad de Alemania. Tampoco tienen la fuerza de Portugal para levantarse en la historia, ni la mirada limpia de nuestros vecinos y de nosotros mismos cuando recorrimos los mares del planeta. No saben que nosotros creamos el derecho de gentes desde la teoría a la práctica, y que abanderamos la primera noción de globalización que hubo en Europa.

Por eso, mi propuesta es que estos corralitos sean absorbidos de inmediato por los países más grandes. Que se conviertan en provincias de Alemania y de Francia y que dejen de molestar.

En el caso de Portugal sería deseable una unidad peninsular con España, como ya hablaron muchos en el pasado. A mi me gustaría mucho.

Además, podría votar a mi tocayo Antonio Costa como presidente de todos los íberos y cantar fados a la luz de la luna en su honor. Muito obrigado, presidente.

La soledad en la novela de LOS ASQUEROSOS. La novela de Santiago Lorenzo.

“Los asquerosos” es la última novela que ha publicado Santiago Lorenzo, al menos la última hasta que escriba una nueva. Tuve ocasión de saludarle en la Feria del Libro del año pasado, cuando no estábamos recluidos, y me firmó el libro. Hablamos un poco de “Mamá es boba” y mi colaboración en ella. Nos reímos, o mejor tendría que decir que nos sonreímos. Me preguntó si había leído algo de él, y le contesté que todavía no. Le hablé también de lo mío. Me firmó la obra cumplidamente con cuatro letras garabateadas y nos deseamos lo mejor hasta la próxima.

Pero a estas alturas de la película (la de la vida) tengo que decir que sí, que ya me he leído un par de novelas suyas, LOS MILLONES y ésta que incluyo de LOS ASQUEROSOS, que acabo de leer por culpa de la ineficacia del gobierno y del poder técnico sanitario (esto es de Habermas) aislando pandemias. Las dos me han gustado, las novelas digo, así que agradezco la reclusión.

Son dos novelas diferentes, pero tienen cosas en común. No obstante, me entretengo comentando la primera, la de LOS ASQUEROSOS, pues me ha gustado y la recomiendo.

Santiago Lorenzo no escribe convencionalmente, y eso es de agradecer. Se le distingue del marasmo de miles de millones de escritores que pululan por las editoriales, de los que hacen cursillos donde lo primero que te dicen es que escriba así y asá. Cuando yo no distingo a un escritor por su forma de escribir, pienso que estoy ante algo malo, y no me suelo confundir. Por lo que he visto, tampoco Santiago les hace puñetero caso, y por eso escribe con personalidad propia.

Santiago es lo que llaman los editores una voz nueva. Es un autor que no lo han descubierto ellos, pues desde hace bastante tiempo trabaja con una editorial pequeña, casi de autoedición y alternativa, donde le han publicado varios de sus libros. Olé por él. Santiago es, sin duda, una voz nueva, pues nadie escribe como él, al menos formalmente.

De hecho, incluso inventa y reformula palabras nuevas. No le importa construir y crear términos que se entienden perfectamente, pero que son inexistentes para el diccionario. No abundan, pues agobiarían, pero sí son suficientes como para que Santiago se exprese libremente y se le entienda perfectamente. Esta osadía es legítima, pues a los escritores se nos permite cualquier licencia, que para eso somos escritores. ¡Coño, pues claro!

En algunas ocasiones, aunque formalmente el texto es impecable, tengo la impresión de que me da algunos saltos. Quizás es que soy un poco tikismikis y exigente. El caso es que mi afán ultracrítico me lleva a apreciar cierto titubeo. Este mal , como creo que es propio de cualquier escritor, incluido los mejores de la lengua castellana. Pues no me ha importado, al contrario, es un defecto que suelen segarlo los editores en cuanto pueden, ratificando la vulgaridad de una obra. Hasta en esto se aprecia la libertad de Santiago para escribir. Y la genialidad y luminosidad de su obra. Gracias de nuevo por no doblegarte a los grandes, pues esa ha sido la clave de tu éxito. El que ha llegado tras unas cuantas novelas.

El contenido de LOS ASQUEROSOS viene que ni pintado en estos días de prisión condicional. Es la historia de un tipo que marcha a la soledad de la tierra soriana huyendo de la policía y de la gente. Los asquerosos son la “gente”, la peña, la sociedad que se dedican a perturbar la vida tranquila del resto de la población, no haciendo más que lo que saben hacer, que es ser ellos mismos, y así joder la vida de los demás. Siempre con buenas caras y con un “vaya, como se pone este tío por nada que le he dicho”. El silencio es el centro neurálgico de la novela, el premio pretendido y buscado. Y el antagonista es la gente, los pesados de turno.

Esto me recuerda a un calvo que regalé a un grupo de asquerosos, que llegaron al mismo paraje solitario de la montaña berciana de los Ancares en el que nos encontrábamos nosotros (unos amigos) bien a gusto. Nos encasquetaron su radio a tope, sus niños maleducados y nos jodieron el silencio de contemplar las nubes y el horizonte. Lo del calvo no se lo cobré, aunque nos tomaran por unos macarras de barrio bajo. Lo que valió que se cortaran un poco.

Me gusta que Santiago haga filigrana con el lenguaje, que sea directo y un tanto surrealista, pues reconozco que ando indagando, desde hace varios años, intentando construir un tipo de novela de tal calado, donde lo real y lo fantástico se den la mano sin que se aprecie la diferencia. Una especie de surrealismo mágico diferente, más nuestro y menos confuso. Santiago consigue un lenguaje único, surrealista, sí; pero creo que no logra que la historia tenga el surrealismo que sí posee el lenguaje. Para más información, visita Antona Onarres.

En la novela de LOS MILLONES, le pasa algo parecido. Es una historia original, pero no surrealista. Una historia plausible, y disculpen la palabra. Creo que Santiago podría contar ambas historias con un lenguaje más aburrido sin que cambien las historias. Gracias a Dios no lo hace, pues su lenguaje formal es lo más importante de su genial obra literaria. Lo más difícil de conseguir, además.

¿Qué como escribe? A mi me suena a F. Ibáñez de Mortadelo, pero otras veces me suena más como si estuviera leyendo a un niño que fabrica un collage de palabras, en plan manualidades y pretecnología de la semántica. Algo así. Como un adolescente ilustrado que se cabrea con el mundo, y que lo hace bien. Muy bien. Escribe como Santiago Lorenzo, y nadie lo hace como él, por eso es una voz única. Gracias Santiago.

 

Pandemia y comportamiento humano. Una reflexión de antropología aplicada.

El sábado pasado bajé al supermercado a comprar lo del fin de semana. Lo hice algo pronto y me encontré con lo que muchos se han topado en estos días: decenas de personas con los carritos  hasta arriba de papel higiénico y pechugas de pollo. Muchos justificaban su actitud, “nadie puede decirnos nada” comentaba una señora mayor al caballero que le precedía en la larga y nutrida cola. “La gente se ha vuelto loca”, decían otros. El tema me hizo pensar.

El comportamiento humano necesita ser explicado, no sólo en su individualidad, como hace e intenta la psicología, por ejemplo. En mi caso, me interesa entender al ser humano desde su cultura y su comportamiento social. Por eso he desempolvado los estudios de antropología para intentar arrojar un poco de luz.

La primera sensación que se tiene es la de estar viviendo un hecho histórico. Era como cuando vimos en directo caer las torres gemelas el 11 de septiembre. Esta sensación se produce, básicamente porque constatamos la importancia del hecho inmediato desde una visión histórica. Nunca habíamos vivido nada igual, al menos en la realidad, porque seguro que nos han venido a la cabeza cientos de películas de ciencia ficción y de catástrofes donde algo parecido pasaba en el mundo.

A algunas personas les puede costar diferenciar la ficción de la realidad, y han sido muchos los que no han sido conscientes del problema hasta que no se ha visto recluidos en su casa, incluidos bastantes políticos y dirigentes económicos y sociales. Me ha sorprendido que en Valladolid hayamos tenido clase hasta las 14 horas del viernes, sin que casi nadie viera venir la gravedad del problema. Hace tan solo una semana nuestro mundo se colmaba de manifestaciones feministas. ¿De repente nos hemos caído del guindo?

Es evidente que no se ha querido ver la realidad, y que las personas idealistas son las que menos perciben la gravedad de los problemas dentro de una cultura. Por eso me pregunto quién domina en la cultura española, los realistas o los idealistas. No tengo una respuesta, lo que sí es claro es que el idealismo de nuestros gobernantes ha despertado de golpe cuando han visto que se moría la gente, y que España iba camino de sufrir la misma pandemia que en Italia . “Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”.

Dentro de ese idealismo y de la incapacidad para ver la realidad están destacando los presidentes de algunas autonomías, y supongo que muchos de sus partidarios que todavía andan a vueltas con asuntos secundarios. Hoy me topaba con un meme que decía que si uno convive estos días con su maltratador que llame a no sé qué teléfono. Idealismo y nubes para no comprender en qué consiste la convivencia humana y familiar. Cielo e infierno a un tiempo.

En segundo lugar, es destacable el sentido de obediencia, incluso sumisión de los españoles frente al poder cuando las cosas se perciben graves. Los mismos que hace dos meses pedían con carteles que fueran respetados. Me refiero a los sanitarios. Ahora son aplaudidos todas las tardes desde los balcones y las ventanas. Esta sumisión y disciplina han llegado repentinamente en tres días, pues hasta hace dos días todo parecía cachondeo y risa al respecto.

Las culturas asiáticas son en este sentido, o así nos lo parecen, más disciplinadas y sumisas. Aceptan la autoridad sin oponerse, sin enfrentarse. En España, el mediterráneo, piensa de sí mismo que no lo es; como que aquí cada uno hace lo que le sale de los huevos; sin embargo,  cuando han hecho un llamamiento para que sea de otra forma, los españoles han reaccionado tomando en serio el virus. Los que hace una semana se daban la mano y plantaban dos besos sin pudor, ahora las lavan cada media hora y te saludan a tres metros de distancia. Si les ves, claro. ¿Que ha pasado?

Nuestra cultura está asombrosamente sometida y controlada por los Medios de Comunicación Social. El derecho a la información se ha convertido en una permanente vacuidad informativa. Lo importante no existe y abunda tanta desinformación como información irrelevante o mentirosa. Son tan aparentes los bulos como las noticias veraces, sin que buena parte de la sociedad las diferencie. Muchos están a merced de esos bulos sin que nadie pueda hacer nada, y sin que tengan capacidad crítica alguna para hacerles frente.

Es una sociedad acrítica, bastante incapacitada, y por tanto fácilmente sometida a control gubernamental. Es una sociedad muy cercana a abrazar un totalitarismo que les convenza. Por eso lo emocional es tan importante y fuerte para controlar a la masa acrítica. Hay que quedarse en casa, y eso es un gran acto de heroísmo, dicen constantemente.

En esta crisis también apreciamos un miedo cuya respuesta consiste en repetir comportamientos aprendidos en televisión y en directo. Es la mímesis. Si otros compran papel higiénico, yo también. Es la neurona espejo de los ungulados y rumiantes que salen corriendo cuando ven que otros corren. Basta con que unos pocos vean que falta papel higiénico en el super para que varios se animen a comprar de más. Por si acaso. Es la irracionalidad que domina el comportamiento, pero esa irracionalidad es alimentada por los medios que multiplican estos comportamientos. Cuando uno ve que es real lo qeu acaba de ver en su móvil, que se acaba el papel, entonces compra papel y alimenta más lo mediático. El miedo de unos pocos se ha convertido en la norma de conducta de muchos, lo que habla a las claras de una sociedad débil, estúpida y frágil. Además, lo hemos visto en cientos de películas americanas.

Es el mismo comportamiento mimético cuando se sale a la calle para aplaudir a los sanitarios. Los medios lo reproducen, y basta con que uno lo haga para que el resto se una en un gesto masificado. ¿Dónde queda la iniciativa personal? imposible sin el altavoz de los medios. Muchos aparentan ser únicos y especiales en instagram y en FB, pero en el fondo la masificación es hoy más agresiva que hace cuarenta años. Mucho más. España es un país muy manipulable, lo vimos el 11 de marzo y lo estamos volviendo a ver.

¿Qué argumento utiliza el colectivo para sufrir la reclusión en las casas? El discurso es el del heroísmo. Somos héroes y se nos pide que seamos héroes y que nos quedemos en casa. Por los medios han corrido memes hablando de que estamos en una guerra en la que se nos pide no ir al frente, sino quedarnos en casa. Es obvio que la influencia de los Medios de Masas está siendo crucial para lograr este sentimiento heroico y casi patriótico. Es la hora de morir como en Numancia, morir es no salir para que otros puedan vivir y no les contagiemos.. Ese alimento es necesario para que la gente no se salte el precepto, pues unas simples multas no van a hacer desistir a la población más joven, que suele ser más irresponsable y más idealista.

La cultura, ante este discurso irresponsable de “yo hago lo que me da la gana”, se está mostrando agresiva. Aunque sea lo que ellos mismos han hecho hace una semana. El cambio cultural y la influencia mediática está siendo determinante para modificar un comportamiento querido. ¿Nos salvará la obediencia? La gente piensa que sí, por eso acepta las nuevas reglas del juego.

Culturalmente aflorarán varios problemas no menos importantes que habrá que tratar más adelante. Es fácil ser un héroe el fin de semana, la pregunta es si podremos serlo cuatro semanas. Sin duda va a aflorar lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. En este sentido, muchos lo toman como una oportunidad para rezar más, compartir más tiempo con la familia, etc. Pero intuimos que para otros, este estado de alarma va a ser un infierno…

 

Maestros que mueren con M de Marzo. Ayer Delibes, hoy JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO.

Hoy ha muerto José Jiménez Lozano, 9 de marzo del 2020. Descanse en Paz.

Escuchadme todos:

Ha muerto un escritor magnífico, admirado y comprometido con su fe y con el hombre. Humanismo cristiano hecho letras en un mundo que odia lo humano, lo cristiano y las letras.

Ha muerto José Jiménez Lozano, y pertenecía a esa raza de escritores que son necesarios, casi imprescindibles en nuestra tierra.

Hace diez años fallecía Miguel Delibes, también marzo, fue el 12 de marzo de 2010. También escribía historias que nos han hecho escuchar lo más humano de lo humano. Lo más profundo del aire, que dijera Guillén junto a San Pablo, lo más auténtico que fueron en sus personajes, donde se retrata a la lumbre el fuego del alma de Castilla.

Y porque las letras están de luto, yo también ando como perro olfateando las esquinas. Como Rinconete y Cortadillo, que al lado de mi casa se entregaron a desentumecer sus vidas con un coloquio de penas y un ladrido de miseria. Cervantes los vio y nos los contó.

Y junto a la columna de esa esquina se enseñorea con su pluma y su paloma en la cabeza José Zorrilla, al que dieron en la plaza un hueco ladeado, cuando el nos dio a doña Inés en desvelo por causa del amor sufriente por el Don Juan.

Y me guardo triste cuatro versos sueltos:

 

¿Qué tendrá este mes de marzo que convoca a los Maestros?

¿Qué tendrá este tiempo amargo que olvida a los vivos para homenajear a los muertos,

pero que ni lee a los vivos ni a los muertos?

¿Qué tendrá esta tierra mía, que se nos van los poetas buenos?

¿Qué tendrá el aire hoy de Castilla, sin José y Miguel? Cielo.

¿Qué guardará San Pedro de los ángeles con tanta alma al término de su destierro?

¿Qué nos esperará a nosotros, los vivos, cuando busquemos una voz nueva,

y no encontremos más que silencio?

El mundo está más huérfano, y tú, Valladolid, de luto y de entierro.

 

 

 

 

 

 

El feminismo a examen. Las gafas violetas de Narcisa.

El feminismo de género es la última de las ideologías totalitarias emergentes de nuestra sociedad fragmentada y deconstruida. Su discurso está plagado de dogmas y de verdades indiscutibles que han terminado impregnando la cultura y el discurso social. A pesar de la saturación y el hartazgo que muchas personas manifiestan en privado; en público, pocos se atreven a manifestarse abiertamente en su contra, siempre bajo el miedo de ser acusados de fascistas, machistas u homófobos.

Cuando es una mujer la que discrepa, corre el riesgo de ser atacada por tratarse de una falsa feministas, una mujer rancia y traidora a la causa. Sin embargo, este segundo feminismo no es menos feminismo que el anterior. Todos son discutidos y discutibles, y ninguno debe arrogarse el valor de lo absoluto. De hecho, hoy día, podemos encontrar tantas variantes de feminismo como tendencias se dieron, por ejemplo, bajo el marxismo, el platonismo o el empirismo ilustrado. La pluralidad obliga a no tratar por igual lo que es filosóficamente distinto.

Hay un feminismo que está asumido y asimilado ideológica y plenamente en nuestra sociedad y que nadie discute. Nadie, muy pocos, ponen en duda que los hombres y las mujeres deben ser iguales ante la Ley. Esta idea no era tan evidente antes del siglo XX, como tampoco lo era la igualdad, la libertad o el pluralismo político en siglos precedentes y contemporáneos. Este feminismo, igualitarismo lo llamaría yo, está perfectamente asimilado y aceptado. Es una conquista social hecha por hombres y mujeres a la que nadie se opone. Iguales derechos e iguales obligaciones. Igual capacidad jurídica e iguales privilegios por razón de sexo.

El problema es que el feminismo de la tercera ola, el que despierta Simone de Beauvoir sin pretenderlo, considera insuficiente la igualdad de hombres y mujeres ante la Ley. Su premisa es que las mujeres no nacen, sino que se hacen mujeres a lo largo de la vida, y tal absurdo dogma concita entre sus partidarias una serie de consecuencias que han sido imprevisibles incluso para las mujeres.

En el fondo, lo que manifiesta esta sentencia de Beauvoir es que las mujeres deben aspirar a conquistar la felicidad para ser mujeres de verdad, porque en el presente no pueden ser consideradas mujeres auténticas. Las ideólogas seguidoras de este feminismo aspiraban a una felicidad utópica, imposible de alcanzar. La consecuencia más dramática de esta falacia ha sido el residuo tóxico de una frustración conducente al odio y a la agresividad. ¿Contra quién?  Contra la sociedad, a la que tachan de patriarcal; contra los varones, y contra ellas mismas por no estar lo suficientemente emancipadas y empoderadas.

Es obvio que trabajar fuera de casa no es una panacea. Igual que tampoco lo es cuidar de los hijos, hacer la comida o limpiar una casa. Por eso el neofeminismo ha necesitado generar un nuevo discurso, en mi opinión profundamente utópico e intolerante, que pone como punto de partida de su vida el placer y el aislamiento. Placer sexual como lugar feliz; soledad como lugar feliz; y empoderamiento como lugar feliz.

Sus mentiras son simplistas: todo es patriarcado y nosotras somos víctimas. Las explicamos con cierto detalle.

PRIMERO. Todo es patriarcado. Si te pones las gafas violetas, que es un claro prejuicio, verás todo del color violeta, que hace la misma función que hizo el capitalismo para las ideologías socialistas y comunistas. El patriarcado es el gran enemigo y está presente en todo. Por eso hay que adoptar la famosa “perspectiva de género”, que es el nombre de esas gafas. Afirman, por ejemplo, que hay que combatir el cambio climático con perspectiva de género. Para evitar que el patriarcado siga esquilmando el planeta. Escuela con perspectiva de género, donde no se defiende la igualdad ante la Ley, sino que todo es patriarcado y que hay que combatirlo.

Los ejemplos que ponen es que la mujer es invisible en la sociedad. Lo cual es bastante falso. Nunca han sido más visibles o invisibles que los varones, ni en la historia, ni en el presente. Pero esa coletilla la repiten sin cesar, pues es la base de su ideología.

Ante este patriarcado, (más inexistente que real, pues se construye como una entelequia) hay que tomar medidas, dicen. Y en eso consiste su lucha, en dar palos de ciego contra una entelequia inexistente que además de cegarles ante la realidad matriarcal y patriarcal de la sociedad, les hace sufrir mucho. Han necesitado un enemigo y lo han creado.

Segunda falsedad. Por culpa del patriarcado, la mujer es siempre víctima, nunca verdugo. Y si es verdugo es por culpa del patriarcado. Esta es una de las mentiras más repetidas por los medios y más constantes. Ellas mueren, ellos no. Ellas sufren, ellos no. Ellas son discriminadas, ellos no. Ellas son el centro, y deben empoderarse. Necesitan el victimismo para mantener su discurso vivo. Plantean que es necesario intervenir en las empresas para que dejen de ser víctimas. Es decir, hay que apostar por la desigualdad ante la Ley porque están sufriendo más que los hombres. Así lo afirman constantemente. Sin el victimismo, el neofeminismo no tendría lugar.

Tercera falsedad. Por culpa del patriarcado, el verdugo último es el varón heterosexual. No lo es ni el varón homosexual, que es también víctima, ni la mujer, que es por antonomasia víctima haga lo que haga. De ahí la importancia de los géneros, que no de los sexos. Esta visión arrastra a la sociedad a un enfrentamiento civil constante. Los hombres son malos siempre y las mujeres buenas. Y hagas lo que hagas está en tu naturaleza. Ellos son siempre violadores, y ellas violadas. Así lo afirman, abiertamente, muchos de estos feminismos. Es por culpa del patriarcado, por eso, para que los hombres sean buenos deben dejar de ser patriarcalistas, o algo parecido, que no se sabe tampoco lo que es. Deben dejar de ser lo que son, y ellas nos van a decir lo que somos en cursillos financiados por los gobiernos feministas. El problema que tenemos los varones es que tenemos un género masculino asignado por el patriarcado, pero nos podemos liberar de eso.

Cuarta falsedad. El patriarcado ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Por eso la historia del pensamiento, de la ciencia, y de todo lo demás, está manchada y debe ser rechazada. Todas las tradiciones son negativas, desde el lenguaje, el vestido, la familia, la  iglesia o la política. Todo es patriarcado y debe desaparecer. De ahí la obsesión con el lenguaje, al que consideran machista. Lo combaten mediante el lenguaje inclusivo, que consiste básicamente en hablar y escribir mal, confundiendo género con sexo, con la única intención de visibilizar su sexo con el género, que hay que introducir con cada palabra que pronuncian.

Quinta falsedad. La maternidad es consecuencia del patriarcado. Tener hijos es algo querido por los varones opresores. De ahí que la maternidad no sea un rasgo característico de las mujeres. Tampoco lo debe ser la paternidad en los varones, pero de eso no se ocupan. El dogma del feminismo implica que una mujer debe abortar si lo desea para liberarse del patriarcado opresor. Aunque maten a su propio hijo, su ideología totalitaria impedirá y luchará para que no se sientan culpables. Identifican matriarcado con poder, y no con madre. Del mismo modo que ven en el patriarcado como poder, y no como padre.

En este sentido, niegan las premisas con las que ha trabajado siempre la antropología. Pero les da igual, la antropología es una ciencia patriarcal, hecha por varones contra las mujeres. Y así con todo.

Concluyo. El feminismo contemporáneo es un tipo de NARCISISMO ideológico, de corte totalitario, que se alimenta de las emotividad de una sociedad y unos medios que manipulan la realidad para que la “perspectiva de género” siga presente en la opinión pública. Es algo impostado y artificioso que necesitan porque es ya la manera de vivir de muchas personas, agentes de género, cátedras de género, observatorios de género, etc.

Este feminismo es llamado con razón feminazismo, pues mantiene unas premisas totalitarias que son insoportables en una sociedad libre y avanzada como la nuestra. Su gran sueño es un hedonismo absoluto, una sociedad utópica donde las mujeres puedan ser felices de la misma manera que ellas piensan que han sido felices los hombres. Con poder y gloria. No lo conseguirán, porque al igual que el comunismo, para conseguir la utopía hay que cambiar el corazón imperfecto del hombre y de la mujer. Y eso sólo lo logra Dios. Lo más que harán será generar odio y nuevas víctimas entre los varones y las mujeres.

Hasta entonces escucharemos sus lemas: “ni santa, ni puta… yo soy estupenda”. Narciso no lo hubiera dicho mejor.

Conviértete y cree en el Evangelio.

Es la frase más repetida y escuchada en el día de hoy. Conviértete, y cree en el Evangelio. “Conviértete” significa que debes cambiar la mentalidad, la manera ordinaria que tienes de ver la vida. “Cree en el Evangelio” apunta a la dirección que debe tomar tal cambio de mentalidad. Hacia Jesús que murió por tí.

Comentaba el otro día con mi sobrino que hay palabras y oraciones, que en determinados momentos se convierten en poderosas y fuertes. Ante una muerte, es necesario decir una palabra de consuelo, algo hermoso que recordar ante el cuerpo sin vida de alguien querido. Un juez en su sentencia, no hace otra cosa que tomar la palabra para hacer que sea poderosa en la vida del acusado. La filosofía y la ciencia se inicia cuando el hombre toma la palabra, cuando hace del “logos” un ejercicio de reflexión razonada y pensada.

Dios, en la tradición judeocristiana, es un Dios que toma la palabra, que crea y recrea, levanta, cura y resucita desde una simple y sencilla Palabra. Jeśus es el logos. De hecho, para los cristianos, Jesús de Nazaret es la Palabra encarnada, la que estaba junto al Padre en comunión con el Espíritu Santo desde el principio y para siempre.

Hoy la Iglesia ha tomado la palabra una vez más para decir “conviértete, y cree en el Evangelio”. Sabias palabras y poderosas que acompañadas por la unción de la ceniza, nos recuerda el objetivo de la vida y de la Cuaresma que hoy hemos iniciado.

Conviértete. Estamos ante un imperativo, pero es también un ofrecimiento y una tabla de salvación. Conviértete es la traducción del vocablo griego pronunciado por Jesús en los Evangelios, “metanous”. Metanous expresa cambiar las ideas, la mentalidad y la mente, y por tanto cambiar el sentido de la vida. Es un verbo, y por tanto implica acción y movimiento. La conversión no es algo pasivo que se recibe, sino algo que se ejecuta, que se mueve.

Convertirse significa cambiar en profundidad, no superficialmente; e implica alterar todo el horizonte de sentido para encaminarlo hacia Jesucristo y su Evangelio. Todas las cosas que nos mueven a nuestro alrededor son frágiles y están guiadas por un interés superficial y caduco. De ahí la otra sentencia del día de hoy, Miércoles de Ceniza, “polvo eres, y en polvo te convertirás”. Y es que nos confundimos a menudo dando importancia a lo insignificante, y olvidando lo esencial de la vida. Somos polvo y seremos polvo, y esta verdad es la más incuestionable de todas. La muerte está en el horizonte de todos, por eso convertirse implica solicitar y pedir a Dios la resurrección para la vida eterna. Somos polvo, pero por Cristo no lo somos definitivamente.

Sabemos que Dios es lo esencial, lo necesario, lo eterno y trascendente; pero a menudo lo colocamos frente a nuestra preocupación cotidiana, vacía y no pocas veces marcada por la contingencia del momento. Dios está más cerca de nosotros de lo que nos pensamos, pero no siempre somos conscientes de su providente mano amiga y cercana. Nos rodea la inanidad, por eso precisamos, al menos una vez al año, poner a punto nuestro GPS, y encaminarnos hacia Él. Es una tarea a la que nos invita la Iglesia. Pero esto no lo haremos sin cambiar la mentalidad que habitualmente nos sepulta en la tumba de la nada. Convertirnos es salir de esa tumba para colocarnos en la rampa de lanzamiento que lleva a Dios.

Esto me hace pensar que nunca estamos convertidos del todo; y esto me hace pensar que nunca estamos alejados totalmente de Dios, pues siempre queda en el corazón humano un rescoldo, un deseo de plenitud, un algo que nos recuerda que tenemos en Dios a Alguien más cercano a nosotros que nuestra propia intimidad. Dios con nosotros, decíamos en Navidad. Ahora abundamos en la sentencia para ponernos en camino. Nosotros con Dios queremos caminar hacia tu hogar, tu casa. Tu santa morada.

Creer en el Evangelio, que es la segunda parte de esta reflexión, es tanto como creer en la Palabra hecha carne, es decir, creer en Jesús de Nazareth, en el Mesías. En el Cristo que viene a salvarnos. ¿De qué nos salva? De la muerte y del pecado. Por eso, el mejor ejercicio cuaresmal es contemplar la muerte de Jesús en la cruz, que está ahí por tus pecados y los míos, y en contemplar su resurrección, pues no estamos ante un simple ajusticiado. Dios nos ama, y Jesús nos muestra su amor a nosotros mediante el sacrificio de la cruz. Misterio y guía. Camino, verdad y vida. Conviértete y cree en el Evangelio, es lo mismo que decir, cambia el corazón, y mira al que te ha salvado en la cruz. Creed en Él, nos recuerda la Iglesia desde sus 2000 años de antigüedad.

Dice San Pablo que quien confiese que Jesucristo es Señor se salva, y dice el Evangelio que Dios perdona. Por eso convertirse puede empezar por lo más sencillo. Una pequeña oración dicha de nuevas que cambie todo mi ser, un gesto de amor con las personas que me rodean, una privación que me haga recordar que somos poco y que lo importante no soy yo, sino Tú. Ese Tú que es Dios mismo.

Buscando a los opresores castellanos.

Me contó un amigo el otro día, que cuando vivió en Cádiz, acudió en una ocasión al instituto un político del partido Andalucista para ilustrar a los alumnos sobre las maldades de los castellanos, que habían sido terribles opresores contra los andaluces. Ya saben, la vieja retahíla de que los castellanos son sedientos asesinos y ellos almas puras y de cántaro. Los pobres andaluces eran oprimidos por las fuerzas castellanas desde hacía muchos siglos, y que por eso andaban como andaban.

Coincidía con lo que le decían sus alumnos, vecinos y compañeros en un instituto rural del País Vasco, que los castellanos habían sido los opresores de los vascos desde los tiempos prehistóricos, y que qué malos los castellanos que robaban y habían esquilmado a los vascos, y como diría el lehendakari, a los vascos y a las vascas, pues.

Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en Tarragona, había gente adulta que opinaba que Castilla había oprimido a Cataluña, y que ellos eran trabajadores y los castellanos indolentes. Recuerdo que alguien dijo que si Castilla fuera un gran lago, la periferia sería mucho más próspera y rica.

Yo por supuesto, no entendía mucho de opresores y oprimidos, por eso cuando vine a vivir a Valladolid, pulmón de Castilla e hígado de León, no encontré opresores por ningún lado. Más bien al contrario, había simplemente gente y más gente, como en todos los lados, al menos en Valladolid la ciudad.

También recuerdo que había un discurso que con los años se ha moderado sobre catalanes y vascos, que rumiaba algo así como que todo el dinero se les daba a ellos, y nada para Castilla; pero he de reconocer que no hablaban nada de haber sido ni opresores, ni oprimidos.

Hace unos años participé en una cena Pascual con un grupo de personas del camino Neocatecumenal, y entre ellas había una muchacha que era hispanoamericana. No recuerdo el país. Se empeñó en darnos la cena exhortándonos reiteradamente para que participáramos de su idea de que los españoles, y por supuesto los castellanos, habíamos sido opresores de América, y que les habíamos robado el dinero y el oro, y no se cuantas cosas más.

Como ya tenía más edad y más lecturas hechas contesté a la buena señora que los que habían robado eran realmente las élites de su país, y que cuando España dejó América, tenías tantas posibilidades de prosperar como sus vecinos del Norte. Así que no echara la culpa a los demás de sus miserias.

Y el caso es que es un tema recurrente del que se me ocurren varias reflexiones.

La primera. Que la gente necesita un enemigo al que echar las culpas. Catalanes, vascos, andaluces, gallegos y ahora leoneses buscan un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todos los males. Era una táctica del totalitarismo que se ha ido apropiando el nacionalismo con más fuerza, hay un malo al que perseguir, porque con un malo al que perseguir alimentamos sentimientos de odio y neutralizamos nuestras propias responsabilidades.

La segunda. Que el discurso de opresores y oprimidos impregna de raíz nuestra manera de estar en el mundo. Eso lo aprovechó el marxismo en su momento, pero parece difícil encontrar un político por el mundo que no aliente la existencia de unos opresores para justificar sus crímenes, irresponsabilidades o desvaríos.

La tercera. Que hay gente lo suficientemente idiota que se lo cree. Incluso gente con estudios. El discurso de opresores y oprimidos lo mantiene desde el catedrático biempagado hasta el pueblerino más cetrino del villorrio.

En definitiva, que no hay rebaño de hombres y mujeres que no vean a un opresor en algún lado; y soy consciente de que casi todos los movimientos totalitarios, desde la ideología de género hasta el nazismo más primario han necesitado y necesita un demonio para justificarse. Llámese heteropatriarcado, llámese judíos. La misma Revolución Francesa veía antirevolucionarios por doquier, lo que les venía muy bien para exterminar y asesinarse alegremente.

El caso es que sale uno a la Castilla rural, a la que toda la vida ha sido opresora y sigue oprimiendo y se encuentra con tres abueletes sentados en el poyo de la casa, en el carasol disfrutando del frío invierno, con la boina embutida hasta las cejas y cerrando la garganta con la bufanda de lana de hace unas cuantas navidades. Ahí andan, ocasionalmente juntos y como todas las tardes.

Y les escucho hablar mientras compro el pan en su panaderia que me pilla de paso. Primero   apuran sus cigarrillos, prohibidos por sus opresoras esposas, y luego tiran las colillas al suelo mientras murmuran lo jodida que está la vida y que van a quitar al médico que venía los miércoles. Y otro le contesta que lo que falta es gente joven y que con dos críos la escuela no se va a mantener.

Y ahí es cuando comprendo que por mucho que busque a los opresores castellanos, no los voy a encontrar jamás. Se fueron a oprimir a los demás, y hoy no se los distingue de los oriundos. Digo yo que será eso.

 

 

Veintidós ministros de cuchipanda.

Este fin de semana, el presidente del Gobierno, gente progresista y feminista a tope, se ha ido de casa rural con los ministros de su gobierno. Es verdad, que les ha costado encontrar una casita, pues son veintidós pibes y no es fácil, pero al final la Calvo lo ha conseguido. De hecho, llevaba el tema en mente desde hace días, y debió ser un tema importante en el último Consejo de Ministros, que son secretos y los martes, pero que deduzco de manera natural de qué hablan en los ruegos y preguntas.

-¿Qué tenéis para el finde del 8 de febrero? Pues reservar que nos vamos de convivencias.

-Bieeeeen.

Y se lo han tenido que pasar bomba, porque esta gente de izquierda solidaria, progresista, feminista y antifascista donde va, triunfa. De hecho fueron en autobús para divertirse más y no sufrir los atascos de la capital. Es lo que tiene ser solidarios con el medio ambiente. Es verdad que podrían haber ido en bici, pero la Calvo dijo que no. Que ni hablar. Mejor en un ecoautobús, y se acabó.

Es verdad que los desayunos eran temprano, y que hay ministros que no les mola madrugar porque no están acostumbrados al curro duro; pero claro, tras la fiesta de pijamas del primer día, nadie quiso perderse al coletas despelujado con babuchas sarracenas. Bajó por la mañana con Irene, su señora, que está henchida de gozo por irse de convivencias con su marido.

Los demás se morían de envidia, pues no pudieron llevarse a sus respectivos ni por asomo. A los de Galapagar les dieron la suite nupcial, y los barones que se han enterado se han chinado de la leche. El amigo Pedro, que es el líder cuya luz nunca le llega al cogote, no estaba contento del todo la primera noche, pues parece ser que cuando se va de casa rural suele tener problemas porque se le salen los pies de la cama. Y es que el tío es alto y tiene problemas con sus pies.

El tema trajo miga incluso en el autobús. No es para menos. Pablo e Irene son la primera pareja matrimonio que son ministros los dos, y eso, aunque a muchos les suene a Ceaucescu y su señora, o a Marcos y la Imelda, no es verdad. Es porque somos unos fachas malpensados. Ellos viajaron juntos en el autobús, y los demás tuvieron que andar regateando pareja de viaje. Dicen las malas lenguas que es porque se parecen a los Clinton, Bill y Hillary, y por supuesto hay que alejar a las becarias de macho alfa de la tribu de los progresistas, feministas, solidarios y antifascistas. De hecho, aquella noche, fueron los únicos que se daban arrumacos  en la fiesta de pijamas para envidia del resto de los ministros, que se tuvieron que conformar con mirar y beberse su cubata de cincuenta euros.

El caso es que la fiesta de pijamas fue un éxito, sobre todo cuando se hizo tertulia en el salón de abajo después de cenar.

Pedro sacó su guitarra, la del campamento de las juventudes socialistas, cuando cantaban a Quilapayun y el kumbayá. Y se sintieron todos dichosos cantando lo de la muralla y el pueblo unido jamás será vencido, que para eso se han juntado. Pablo, que también es muy ducho en fiestas de facultad, sacó unos petas, y aunque la ministra de sanidad (no sé quien es pero seguro que es una mujer y acierto) le miró con recelo por aquello de facilitar el contagio del coronavirus chupando el mismo cigarro, nadie dijo nada, pues son gente moderna y moralmente superiores. Cantaron una cancioncitas y disfrutaron contando unos chistes de Franco que casi nadie se sabía, pues no lo vivieron. De hecho los llevaba Abalos escritos. Eran malos, los chistes digo, pero se tuvieron que reír para evitar suspicacias. Cuando llegaron chistes de mariquitas, de aquellos de Arévalo, ya dejaron de reirse y se fueron a la cama. El coletas con su churri, faltaría más, y los demás con pena pensando que no habían tenido ninguna oportunidad de ligar en aquel ambiente tan insano.

Al día siguiente, tras el desayuno de café au lait, digo que a media mañana, alguno se empezó a aburrir y propusieron una caminata al Valle de los Caídos, pero se vé que no tuvo éxito, y ahí empezaron los problemas, pues montar una convivencias sin nada que hacer es superaburrido. Por supuesto, alguien dijo que se podía jugar a hacer una lluvia de ideas bajo un mismo tema, en este caso: temas que cabrean a la derecha, y se entretuvieron hasta la hora de comer y se lo pasaron muy bien, aunque el tema era repetitivo.

Un, dos, tres, responda otra vez. Cosas que cabrean a la derecha: sacar a Franco de la tumba, llamar ultraderecha al que no diga que todo es violencia de género, quitarles la educación de sus hijos, afirmar que la Justicia es un poder al servicio del gobierno, indultar catalanes sin preguntar, invitar a Torra a la cuchipanda… Jajaja. interrupción. Perdieron algunos, porque todo el mundo sabe que Torra es de derechas y nacionalista, y no de ERC. ¿Quién lo iba a decir? La próxima vez hay que invitar al Rufián, que es un parto el tío.. Ahí se lo pasaron bien, y han sacado unas cuantas ideas para los próximos meses, que se van a divertir y nos van a entretener a todos con sus cosillas de gobernantes.

Con la comida llegaron otros problemas no menos graves que los anteriores. Con la cena del día anterior no pasó nada, pues la gente fue con su bocata, y aunque hablaron de compartir, no se animó más que el Ministro de Agricultura con unos yogures que guardaban de la época de Cañete. Nadie los probó, pues procedían del averno Aznar. Pero ahora, con la comida, los ánimos se empezaron a caldear cuando propusieron el menú.

Que si a mi me gusta lo vegano, que si yo soy huevófago y sólo trincho pimientos coloraos, que si yo no puedo comer pescado porque los progresistas no comemos seres vivos con memoria de pez (lo cogen, lo cogen). Ahí se entablaron varias discusiones terribles, que se resolvieron cuando el presidente afirmó que había que llamar a los veintidós cocineros personales de Moncloa, asesores incluidos de radio y televisión, para que les hicieran un menú verdaderamente progresista, sostenible y con perspectiva de género. Un ecomenú, vaya.

Comieron lo que les dio la gana, excepto rabo de toro, que lo denunciaron como comida fascista y machista en grado superlativo. Pásame otro peta, Pablo.

Por la tarde las actividades se atascaron, pues varios ministros se echaron una cabezadita que se prolongó hasta la merienda. Recuperaron las formas con el partido de fútbol  que propusieron. Siendo veintidós, pues once contra once. El problema es que para no parecer cerrados, se hicieron equipos nombrando como capitanes a Pedro y a Pablo. Se cabrearon varias ministras cuando vieron que nadie las escogía, y decidieron formar su propio equipo. Heteromachos contra mujeres, y para dar perspectiva de género, los hombres tenía que jugar de rodillas, sin poner las plantas de los pies sobre el suelo. Es discriminación positiva, y todos se callaron como muertos jodiendose los ligamentos cruzados anteriores y posteriores.

Aquí se lo pasaron bárbaro. No porque ganaran ellas, sino porque dieron un balonazo a Abalos en los huevos, y daba gusto ver trinchado por el suelo al ministro. Luego se fueron a cenar a un burguer cercano de unos sindicalistas, que quisieron homenajear a los legítimos representantes del pueblo. Por supuesto, hubo langostinos, pero aquí nadie protestó pues dieron la consigna de no contradecir en asuntos de Estado a los sindicatos mayoritarios. Y se comieron los langostinos como está mandado. Luego volvieron a casa felices, no sin antes abrazarse a sus nuevos amiguitos.

Que digo yo, que si lo retransmitiera la tele, que sería mejor que la Isla de las tentaciones. Es por dar ideas a las cadenas…

(continuará algún día…)

 

 

La amargura del sabio, y la alegría del necio.

Tengo mis dudas, y en estos asuntos abandono la claridad de ideas con la que someto a mis lectores semana tras semana con mis comentarios. ¿Son los hombres ignorantes felices? ¿El conocimiento de las cosas conduce a la amargura? ¿Son felices los tontos? ¿El que sabe mucho vive abrumado por la estupidez que se enseñorea a su alrededor? Pensar un poco nunca está de más, aunque eso nos pueda conducir a la infelicidad. ¿Es eso cierto?

Decir que los ignorantes son felices contradice abiertamente a Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad clásica, quizás el más grande de todos. Por eso me siembran las dudas decir que los tontos son felices, y que los gilipollas somos los que hemos estudiado mucho y sabemos y comprendemos (algo mejor y sin venirnos arriba) cómo funciona nuestra sociedad y nuestro mundo; y que por culpa de tanto saber nos molesta sobremanera la estupidez del que gobierna, la idiocia de las chusma cuando se hace demogresca y la memez de los cantamañanas que todos los días y sin descanso nos trituran con sus trinos pestilentes, sin ellos sospechar siquiera que son aborrecibles. El mundo está lleno de portavoces, de gente subvencionada y de ignorantes que repiten las consignas de los suyos. La pregunta es si son felices los sabios que piensan por sí mismos, o lo son ellos.

Aristóteles nos enseñaba que el filósofo es el amante de la sabiduría. Cuando el hombre tomaba la palabra y la razón, daba sentido a su vida. En cambio, el hombre que vive como un animal, o como una planta, se malogra, no contribuye a ser lo que la naturaleza le ha mandado que sea. Vivir como cerdos es muy adecuado para los gorrinos, en buena lógica, pero no es lo más adecuado para los seres humanos. Salvedad: es evidente que a algunos les encanta refocilarse como cochinos en la tele; y esa realidad me obliga a enarcar mis cejas. El impertérrito filósofo que se queda asombrado contemplando, en este caso, el defecar de su compañeros de especie, y eso le conduce a la infelicidad. ¿Qué hacen estos subnormales descerebrados? ¿Qué dice este bobo, portavoz de no sé qué? ¿Soy feliz contemplando eso?

Para el estagirita, es decir, para Aristóteles, el hombre feliz es el que se deja embaucar por la curiosidad y se hace preguntas. Es el que disfruta observando, razonando y admirando la belleza del mundo, su gentil construcción, y si me apuran, su sentido último. Es el que toma la palabra con timidez y pone nombre a las cosas y a los fenómenos. Busca una explicación plausible y se sumerge en esa búsqueda. El hombre que filosofa es feliz porque hace lo que le corresponde, cumple con el sentido de su existencia racional y humana.

Pues bien, llegado a este punto, tengo que decir que Aristóteles tiene parcialmente razón, pues aprender, lo que se dice aprender, siempre me ha sido gozoso, entretenido y placentero. De hecho, cuando llegué a 3º de BUP dudé si decantarme por las ciencias o las letras, pues en todas ellas encontraba belleza y encanto. Y sí, lo digo hoy con cierta pena, me hubiera gustado aprender matemáticas, medicina, astrofísica, biología… como el que más, pues en todas ellas había un placer oculto, no apto para todos los públicos. Confieso que hice letras puras, humanidades, y no me he arrepentido lo más mínimo, al contrario, pues he conocido muchas cosas, y soy consciente de lo que sé y de lo que no sé. Lo que me debe convertir en alguien sabio, con permiso y con modestia, o al menos, en un filósofo.

Pero conocer mucho no siempre nos trae alegría.

El primer mal de los que estudian y aprenden mucho es la soberbia que conduce a la tristeza y a la soledad. Creer que, por saber un poco más eres más, es una especie de vicio en el que me temo caen la inmensa mayoría de los profesores de universidad, y muchos otros. Poca gente hay humilde que reconozca que sabe poco. “Solo sé, que no sé nada” es una frase extraña entre los sabios de nuestro tiempo, aunque fuera vieja y de Sócrates, maestro del maestro de Aristóteles. De hecho, hoy encontramos sabios y expertos en todo que no saben ni de lo suyo. Personalmente me gusta escuchar al que tiene algo que decir, algo nuevo y propio, algo investigado y descubierto. Por desgracia, mucha gente no sabe ni de lo que habla, aunque se crean listísimos y cultísimos. Hay idiotas disfrazados de sabios, supongo.

El segundo mal es la tristeza por confrontar la realidad, que no siempre es bella, lozana y natural. Aprender observando la naturaleza es agradable, pero aprender derecho administrativo, por ejemplo, es comprender de sopetón las mil y una injusticias que se ciernen sobre la humanidad, llamada ahora administrados, contribuyentes, ciudadanos…

Saber Derecho implica refutar de inmediato algo así como el 95% de las declaraciones de casi toda la peña que aparece por el telediario, desde los políticos hasta los espontáneos. Saber Derecho es como descubrir que el mundo está lleno de mentirosos y de filibusteros tratando de engañar al personal con frases rigurosamente falsas. Frases que además calan en la sociedad, incluso en gente que ha estudiado (eso es lo que más me ha sorprendido siempre) y que las repiten hasta la saciedad, como si supieran algo del tema. Saber Derecho es contemplar la irresponsabilidad permanente y constante de los que niegan la separación de poderes diciendo que la protegen; o que mienten sobre lo que es la Democracia, a la par que se ponen medallas de guays y demócratas de toda la vida. Tristeza, claro. Qué si no.

¿Qué añadir? Que esa tristeza enloquece y enerva al sabio cuando el conocimiento profundo es sustituido por el eslogan de la masa. Se hace acerba la vida cuando se escucha el discurso asertivo del que no tiene nada que decir por falta de pulso intelectual, y te repite el eslogan que ha escuchado en otro cursillo semejante al que imparte. Es dramática la vida del sabio que contempla el deterioro del saber en sus semejantes, deterioro que casi siempre va acompañado por la inmoralidad, el vicio y el desprecio por las tradiciones y el saber clásico y sólido.

Para el sabio, alejarse de todo eso es casi una obligación moral, pues hay que evitar el contagio del virus de nuestro tiempo que nos obliga a hablar en frases eslogan porque la peña no quiere escuchar a nadie más de cinco segundos. Casi mejor no decir nada, y así que se estrellen, creo yo.

Mi pregunta, sin embargo, sigue en pie. ¿Son felices los necios y los bobos? Sólo y cuando no sepan que lo son. Por eso, la salida maligna y honrosa de los sabios con la nube sobre la frente  consiste en contarles la verdad y fastidiarlos. Al fin y al cabo, eso es lo que deben hacer los filósofos. ¿No crees, mi querido Aristóteles?

 

 

Mi entretenida y curiosa carrera cinematográfica.

Veía el fin de semana la gala de los insoportables premios Goya de este año, y me acordaba de mi incursión por el mundo de la cinematografía. Hay bastantes escritores que antes de escribir se sintieron muy atraídos por el cine, y que luego, viendo que era un campo imposible por endogámico, optaron por escribir, que es más barato y más satisfactorio. Además, siempre hay que pelotear menos a la gente y bajarse menos los pantalones ante los consagrados de todos los tiempos. ¿Qué hay de lo mío? Eso en el mundo del cine es lo habitual.

El caso es que el gusanillo por el cine me vino por culpa de la película que vi en la Seminci de un director novel llamado Fernando León de Aranoa, y que se titulaba Familia. La peli me resultó fascinante, incluso yo diría que mágica. Aquella actriz desconocida llamada Elena Anaya, y aquella trama tan sugerente sobre la verdad y la mentira en la vida de las personas me mantuvo en vilo, en reflexión permanente y asombrado durante varios días. Yo quería hacer algo así, hacer cine y arte. ¿Era imposible?

Conocía la mecánica de la música y la mecánica de la pintura. En aquel año, octubre del año 96, estaba acabando la carrera de teología, con la finalidad de ser ordenado sacerdote no tardando mucho, sin embargo aquella película me embriagó y me sacó de un itinerario que parecía marcado. Ya era Licenciado en Derecho, y era una persona leída, pero desconocía todo lo que había detrás de una cámara, y me empecé a interesar y a obsesionar por el Séptimo Arte. ¿Qué era aquello? ¿Cómo se hacía? ¿Era posible el arte?

Durante ese curso escolar busqué todo lo que pude sobre el mundo del cine. Me metí en él, me interesaba todo y quería aprender mucho. Soy autodidacta por naturaleza, sobre todo cuando no existe otra posibilidad. Me hubiera ido de buena gana a Madrid, o a Miami, o a Los Ángeles a alguna escuela de Cine que me enseñara, pero no podría ni quería dejar los estudios de Teología, que como he dicho, concluía ese mismo año.

Participé en un curso breve de guión y cine impartido por Primitivo Aguado. Primi era el productor ejecutivo que trabajaba habitualmente con Elías Querejeta, y ahí conocí a un buen número de personas jóvenes, todas amantes del cine y de hacer cine. Leí todo lo que puede sobre narrativa cinematográfica, guiones de cine. Estudié y estudié. Comprendía que el guión y el guionista es la madre de todas las historias y todas las películas. Luego el director hace y rehace, y finalmente el montador. Era como una danza de varias personas donde la sincronización era fundamental.

El caso es que lo aprendí todo. Tuve la oportunidad, me invito una amiga, a participar como extra en el rodaje de la película Mamá es boba de Santiago Lorenzo. Me gustó la experiencia tanto, que le pedí al director si podía quedarme por allí viendo y aprendiendo. Me dijo que sí, y sin que habláramos demasiado, estuve durante la semana que rodaron en Valladolid husmeando todo lo que pude, preguntando a unos y otros y aprendiendo. Script, iluminación, sonido, maquillaje. lo único que no hice fue molestar a los actores, que estaban en lo suyo. Todo aquello me parecía un gran engranaje, una especie de orquesta filarmónica que dirigía un maestro con su batuta.

Uno de los días me dijo Santiago si quería decir una frase en la película, propuso a varios y tras hacer una recitación, me eligió y debuté en el celuloide. La frase, encajada en una conversación, la pronuncio con Gines García Millán, un buen actor al que saludé. ¿Mi frase? “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él”. Hicimos tres tomas, todas de lujo que debieron sorprender al montador. Según me contó Santiago, le encandiló mi ejecución vocal.

En esos meses me sucedieron muchas más cosas sorprendentes, pero sería muy prolijo contar ahora. Entre otras, saludé al Papa, Juan Pablo II en Roma, abandoné el seminario, obtuve la Licenciatura en Ciencias Eclesiásticas (Teología) y continué estudiando cine. Me empapaba de todo lo que podía.  Durante aquel verano hice buena relación con el joven director de cine Ivan Sainz-Pardo, participando como asesino, o algo así, en uno de sus primeros cortos. No recuerdo si participé en algún otro rodaje suyo. El chico rodaba cámara en mano con mucha habilidad y talento. Eran historias llenas de vida. Iván luego se fue a Alemania y continúa dirigiendo cortos, algunos de los cuales han sido premiados, hoy es un tipo muy reconocido, al que por supuesto, también le gusta escribir. Reconocido, pero no en los Goya, claro. El cine es el cine.

El caso es que durante ese verano acudí a un curso de cámara de televisión y de realización para deempleados. Era curioso pero mi vida parecía girar de nuevo hacia un mundo desconocido para mi. Escribí varios guiones de cine, cortos; y rodé, en formato Betamax, creo, mi primer corto con ayuda de varios enamorados del cine. Choco y varios más. Yo mismo participo como actor en un corto suyo. En esos días, fundé la Asociación de Cineastas Quinito Films, cuya continuidad terminó en un armario de mi casa. Sorpresa tras sorpresa. De esta manera escribí mi primer guión de cine, y registré mi primera obra literaria, si es que se puede llamar así. Era un proyecto de cineasta, de jurista, de teólogo y de merluzo que tenía toda la vida por delante.

Sin embargo, los garbanzos son los garbanzos. Por eso, cuando en septiembre me propusieron trabajar como profesor de Religión en el Ferrari de Valladolid, en media jornada, no me lo pensé. Era algo de dinero, y ya seguiría con el cine cuando pudiera. ¿Acaso era imposible compaginar la vida? Desde entonces he dado clase, y como la faceta de cineasta no he podido desarrollarla, pues me he dedicado a escribir, que es bastante más barato.

¿Qué por qué dejé lo del cine? Es una afición demasiado cara; además, se necesita a mucha gente para sacar adelante una peli. La suerte última que me desesperó fue la excesiva endogamia de los que se dedican a ésto en España; o tienes apellido o eres amiguete de los amiguetes progres y guays de ese mundillo. Ni siquiera los que estaban bien relacionados son atendidos ni tienen suerte. Daba igual que fueras un genio o un pardillo, se necesita abuela y padrino. Y bajarse los pantalones. Opté por ir al cine sin más, y disfrutar viendo lo que otros hacían.

Por eso, cuando veo una fotograma de una película recuerdo lo que significa estar al otro lado, esperando que llegue el cámara, que suene la claqueta, que se ilumine la escena, que haya treinta personas mirando cuando parece que no hay nadie. Y me veo a mi mismo haciendo cine otra vez. Al menos por unas horas y hasta el día siguiente, hasta que me siento a escribir las siguientes letras de mi próxima novela.

El agua de la fuente

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