Vocabulario ovino para aplicar a la casta política.

Andaba yo a vueltas con una entrada sobre vocabulario veraniego, pero como hoy lo que prima es la especialización, pues hete aquí, que me he amanecido con ganas de parlotear con el lenguaje ovino y el desenvuelto cotidiano de los políticos gobernantes. Quiero hacer verdad el dicho evangélico de que esos que nos gobiernan son  “lobos con piel de cordero”. Y nada mejor que buscar en el vocabulario ovino de nuestra eterna y ancha Castilla. ¡Ahí es nada, cofrades de la palabra! Entramos a saco con el abecedario.

Abortizo. Es el cordero que nace antes de tiempo. En política es habitual que haya de cuando en cuando alguno de estos, gentes que salen del útero del partido antes de estar preparados para la vida pública. Hoy son legión, peña que cuando habla, la caga. Gente que arremete por falta de formación. Entre estos lobos con piel de cordero está la ministra Montero, por ejemplo, pero también su marido, que parece que está despertandose todos los días del susto de haberse conocido. Son jauría y manada, aunque ellos se crean rebaño pacífico y simpático.

Betujo. La palabra tiene dos acepciones que no encontrarán en la RAE. Por una parte son las bolas duras que se forman en la lana de las ovejas, pero por extensión también se aplica el nombre a la lana que se queda enganchada a alambradas o plantas espinosas y que pierden  los borregos cuando corretean por ahí. Betujos tienen muchos políticos, y es que para hacer carrera hay que tragar sapos y culebras de “presuntos” compañeros, que son los espinos que restriegan al político por las aguas pantanosas. Cuidado, qué vienen los nuestros. Y nos hacen betujos por la espalda. Pues eso.

Cagalita, cagaluta, caganeta o cagarruta. Son los excrementos de los políticos, perdón de las ovejas. Perdón, de los políticos, perdón de las ovejas… Los hay que están de cagarruta todo los días, incluso de manera inconsciente me llenan los periódicos de cagalitas y caganutas. Alguno parece haber contraído la enfermedad del carbunco, la galaxia y el moquillo a la vez; por lo mucho que defecan, digo.

Desrrabar y descarriar. La primera palabra hace acepción al corte que efectúan los ganaderos en los rabos de las ovejas cuando les cuelga mucho y les molesta. Y claro, cuando una oveja molesta, igual hasta se nos descarría. De esto saben más los dirigentes del PP, que cada poco se desrraban unos y a otros y se descarrían con versos sueltos; aunque es un mal que afecta a todos los partidos por etapas. Ahora parecen todos más amorrados a sus líderes. O sea, junticas por el calor o la lluvia, pero ya vendrá el invierno, ya.

Escabildar es la acción de las ovejas cuando salen huyendo cada una por su lado. Se asustan y tiran por donde Dios les da a entender. Esto suele suceder cuando los partidos se descomponen. Lo vimos con la UCD, y volverá a pasar con C’s. Les pasa a generaciones enteras de políticos cuando vienen mal dadas, igual que a las bandas de malotes en cuanto meten en prisión al macho alfa, es decir al beché, que es el macho cabrío semental. Muerto el berché, se escabildaron las ovejas. Pues no suena mal.

Falifro es el nombre de las crías de la cabra. Se supone que los falifrones son las cabras creciditas, o sea los cabrones; pero no tengo constancia de que se use esa palabra entre sus señorías.

Gargantilla es el nombre que recibe los apéndices largos y ovalados que tienen las cabras y corderos a ambos lados del cuello. Se llama también armeja, mamilleja o mermeja. Ya se sabe que los lobos muerden en el cuello, y que digo yo que les servirá para defenderse. Buenas mermejas tienen algunos. Otros andan más recortados. ¿Verdad Errejón?

Horra es el nombre que se da a muchos animales que quedan estériles, como la oveja; pero también reciben tal apelativo las yeguas o las burras. En política, no vamos a ser sexistas, tal esterilidad abarca y se extiende por igual a bichos y bichas. Gente que nació, creció, se reprodujo y murió en el partido, y que fuera de ahí no saben hacer nada. Es la esterilidad de los incompetentes de toda la vida que pululan por las estratosferas y los nimboestratos de los nombramientos a dedo. Gentes que andan en busca de un carguito para seguir cotizando su pensión de oveja modorra.

Lanuda y limiajo. Es el nombre de la oveja con mucha lana, y el apelativo de la oveja madre respectivamente. Fraga fue un limiajo que te cagas en el PP durante mucho tiempo, y Felipe González, no digamos. Jarrón chino, decía, pero más limiajo que otra cosa. Ahora los limiajos son peores, Sánchez tiene por limiaja a Zapatero; y Casado a Aznar. Rajoy yo creo que era más tipo oveja arreada, que es el nombre de la oveja a la que le da mucho el sol y esconde la cabeza tras las patas traseras. Arreada estás, Rajoy; aunque fuiste limiajo de la Soraya.

Madrigal es una palabra preciosa. Las ovejas madrigales son aquellas que pasan los tres años y han parido más de una vez. Esta acepción no la recoge la RAE, que reserva el término para composiciones musicales o poéticas de tipo amoroso. Está claro que las ovejas madrigales son las más amorosas de todas. No veo manera alguna de aplicar esta palabra a los políticos. Lo siento.

Oveja es el nombre que damos al partido en su conjunto, pero se clasifican según la edad. A saber: la oveja lechal es la de un mes; la cordera es la que tiene menos de un año; la cancina entre uno y dos años; la oveja sobreborra tiene unos dos años; la cuatreña, cuatro; y la oveja es ya el animal adulto. En los partidos pasa lo mismo, pero les dan otros nombres.

Perendengues es otra palabra que me encanta. En lenguaje ordinario remite a adornos de poco valor, joyas basura, que se dice; pero en el mundo de la oveja tiene que ver con la baba que forman los pelos que le crecen en la barbilla los chivos. Recibe también el nombre de perilla, pendientes o pelendengues, y de ahí el uso ganadero de la palabra. En política esta babilla se puede observar en los mítines, donde los acólitos ovinos sueltan esta babilla ante las invectivas sesudas de sus dirigentes cabríos. Se les coloca siempre al fondo de los escenarios, para que parezca que sus líderes están arropados.  I love you, president; y todo lo demás.

Renero es el cordero de un solo testículo. No se me ocurre nada al respecto. De nuevo pido disculpas. Bueno, en realidad se me ocurren tantas que no quiero cansarles.

Termino con una última palabra. Viecera o viejera. Es el conjunto de ovejas que se echan a la dehesa para que engorden y de ellas sacar cecina. Estos son los congresos del partido. A cual más viecero, viejuno y cansino. Se engordan a sí mismos y luego se lanzan de cabeza a por nosotros, para sacarnos la cecina de las magras. ¡Virgen Santa! Qué de cosas.

PD: Un día de estos les cuento el vocabulario porcino, que es mucho más abundante y entretenido.

 

Parece que anda el populacho revuelto.

Y no me extraña, que ande revuelto, digo. Algunos piensan que a la peña se la ha ido la cabeza, pero yo creo que no, que nunca han tenido tiempo ni ganas para pensar a fondo y con seriedad en nada. Es el destino de nuestro tiempo, que a fuerza de educar con propaganda y eslóganes, al final la gente no tiene más formación que la de una ameba disfrutando de su mitosis. ¿Os sorprende que la emprendan contra una estatua de Cervantes? A mi lo que me asusta es que no hayan oído hablar del Quijote en su puta vida. Perdón por lo “puta”, pero es que me apetece soltar unos cuantos tacos. ¿Ha oído esta chusma hablar de Cervantes? Los que se enseñorean por los gobiernos de medio mundo tampoco han leído el Quijote, y si lo han leído habrá sido una versión para paletos ignorantes. Tenemos gobiernos a la altura del populacho, pues han sido puestos por ellos, no lo olvidemos.

¿Es lógico que el asesinato de un poli blanco en Estados Unidos a un negro termine derivando en la quema de estatuas de grandes personajes de la historia que ni tullen ni mullen? La respuesta es que sí. Es lógico, porque el cauce ha sido labrado desde hace años sin que nadie se atreviera a contestar con autoridad, firmeza y capacidad para difundir el mensaje por todo el planeta. El indigenismo lleva años diciendo memeces, lo mismo que el hembrismo feminista, o las ideologías de género, que son destructivas para la familia y la cultura humanista que han heredado. Estos miserables ideólogos están en Naciones Unidas, dirigiendo países y llevando a cabo políticas de odio a las tradiciones occidentales, al humanismo, a la autoridad y a familia. Odian el cristianismo porque están bajo la influencia de Satanás y su corte de mentirosos.

Los pocos intelectuales de la tradición y el humanismo que quedamos, luchamos contra los que llevan años abriendo cauces, semillas, progresismo y moñerías tipo “es mejor cambiar la cultura que conservarla”. No me sorprende que tengamos la batalla casi perdida, lo que me asusta es que algunos se enteren ahora y no sepan de dónde les vienen las tortas.

El resultado de esas batallas perdidas por la educación y la cultura es lo que tenemos, una masa amorfa dirigida por las redes sociales que devora hociqueando las perlas que les dieron sus antepasados. En su sustitución no hay nada. No esperen nada porque lo único que queda es el caos, el vacío, el nihilismo de una sociedad que se empeñó en destruir su cultura contando mentiras en tono asertivo. Cambiar es para estos que desconocen a Ortega, sinónimo de destruir,  porque para construir después tienes que saber algo; y al final no hay más que restos del caballo de Atila, el bárbaro y el tirano. Mentes baldías, y cerebros sembrados con sal.

Han alimentado a la bestia del populacho con frases hechas, con algodones y pornotele; y les han hecho creer que acceder a la información es tener formación para contrastar. Y no es cierto. Información no es formación. Para su desgracia, la información valiosa está sesgada y perdida como una aguja en un pajar. Les falta la capacidad para ver por encima del fragmento.

Para nuestra desgracia, la formación que podrían tener ha sido castrada en las aulas, pues ésta precisa de años de esfuerzo, de lecturas y de comprender el pasado asimilando lo humano en vinculación a lo divino. Nuestros estudiantes llevan años entre colocados y entretenidos, pero casi nunca asimilando, casi nunca contrastando, nunca pensando. Fueron de examen en examen olvidando lo que ni siquiera deseaban aprender. Muchos de ellos son hoy adultos, y hasta tienen títulos universitarios, pero no saben; y lo que es peor, no saben que no saben. Cabezas de chorlito, prontos para cazar el gusano que les enseñó su especialización, pero lentos y torpes para comprender al hombre que llevan dentro.

En esta turba inmunda no hay poso intelectual, no hay lecturas profundas, no hay saberes ni sabiduría, no hay capacidad para discernir, ni para pensar, ni para sospechar, ni para elaborar. Son cerdos comiendo perlas mientras gruñen que tienen razón y que los demás son retrógrados y fachas. Esta gente tiene acceso a todas las lecturas del mundo, pero prefieren leer, como mucho, la última mierda de tal premio dado de antemano. Son carne de twitter y de los me gusta. No conocen a Séneca, ni a Platón, no saben quién era Aristóteles. Están alimentados para el día de la matanza, que está llegando a pasos agigantados. Como ovejas camino del matadero de su propia cultura. Prefieren vivir como cerdos antes que como humanos.

Los gobiernos lo alimentan. Viva el programa “releo”, que es tanto como decir “viva el libro reolvidado”. Ya huele a humo de los libros y películas, quemados en la plaza televisiva del ocio y el entretenimiento. No quieren un pasado de esclavismo, y terminarán siendo más esclavos, por culpa de su olvido. Quemarán y arrasarán con todo bajo la excusa de estar ante pensamiento machista, patriarcal, capitalista, supremacistas, racista, esclavista y antiecologista. Y lo quemarán sobre todo porque nadie se opone a ellos con argumentos. ¿Tiene Pedro Sánchez argumentos para defender el Quijote? ¿Y Trump? ¿Y la paleta de la Montero? No pueden oponerse porque son sus hijos predilectos, hijos adoptivos y bastardos de la destrucción de una cultura que duró siglos y que desprecian porque la ignoran. Y nadie les ha podido enseñar lo que añoramos cuando han destruido los sistemas educativos basados en el conocimiento, la razón, la toma de la palabra y el pensar por uno mismo. No hay columnas que resistan el impacto cuando las mentiras les han obcecado el alma.

No escucharemos, por desgracia, ni una palabra sobre reculturizar la sociedad, devolverles las humanidades. Seguirán mudos a la derecha ni a la izquierda de los Parlamentos. Esta gente son la demogresca iconoclasta que asesina estatuas para colocar sus banderas particulares, las que muestran la nada y el ocaso de una civilización. Son nuestros políticos, no lo olviden. Los que usted ha votado, los que no saben qué hacer ante un mundo que se derrumba con la rapidez del viento. En un par de generaciones más nadie habrá oído hablar de El Quijote. Y a nadie le importará.

 

 

 

 

La carrera musical que no tuve.

Aunque algunos no lo crean, más que escribir, yo lo que quería de pequeñito era ser cantante. Pero no un cantante cualquiera. Yo quería ser cantante de esos que acariciaban el cable del micro mientras que melosos entonan canciones tipo Camilo Sesto o Julio Iglesias. Abrazameee, y cosas así. Artista donde los haya. Tanto fue así que tomaba la raqueta de tenis de mi hermano, y me dedicaba a cantar como si quisiera arrancar notas musicales del instrumento que no era. Eso por la primaria y en Tarragona, casi nada.

En mi evolución, me hice una guitarra de dos dimensiones. Monté con ayuda de una plancha de madera, tres clavos, un martillo y una sierra de pelo algo parecido a una guitarra eléctrica sin volumen y sin caja de resonancia. Luego pinté por encima simulando ser la guitarra de aquel fantástico músico al que adoraba y que todo el mundo conoce. Me refiero a George Harrison, el cual me parecía hasta guapo, y los Beatles unos genios. Todavía me lo parecen. Pero aquella guitarra era más sorda que una tapia. De hecho, nunca sonó más que en mi imaginación, y para más inri, por culpa de haberla pintado con las ceras Manley, manché varias camisas sin que nadie me descubriera. ¿Tan dífícil era ser músico y cantante consagrado con ocho años?

Es verdad que mis padres me llevaron al Conservatorio, pero mi experiencia con el solfeo no fue ni mucho menos agradable. Sucedió todo en Tarragona. El grupo al que me asignaron estaba compuesto por niños más mayores, y todos progresaban menos yo, que debía tener como dos o tres años menos que los demás. Era el torpe de la clase, no me enteraba, y en mi retraso, mi augusta y pianista madre, me tomó por banda y me ayudó con las piezas del examen, para que al menos aprobara en el examen final que se hacía ante un jurado circunspecto y serio. Por supuesto aprobé. Tengo primero de solfeo. Pero lo dejé, pues lo pasé mal.

Años más tarde retomé mi carrera musical y de cantante con algo más de éxito. Escuché y me enamoré de los Beatles, de su música y de su calidad. Y en esa emoción me compré un cancionero con los acordes dibujados de guitarra de los fab four. Luego llegó otro cancionero de Serrat, otro religioso…

Aquello me sirvió para aprender inglés (yo era de francés) y para tomar prestada la guitarra de mi hermana. Allí puse mis primeros acordes. Sol, Sim, La… y aprendí a tocar algo.

Aprendí música con los Beatles y entonces decidí hacer un grupo. Tenía 13 años y más ganas que las compañías adecuadas para lanzarme hacia una carrera brillante. A ninguno de mis amigos le molaba aprender a tocar un instrumento. Por cariño a mi persona, supongo, se dejaron convencer para formar un grupo musical, y aunque los embauqué para que fuéramos un fantástico grupo musical, en realidad nunca cantamos nada.

Fue por entonces cuando escribí mis primeras canciones. Algunas era un guiño al rock de Tequila, básico y movido. Otras eran pretensiones de melodía que no llegaba. Pero nunca se las cantaba, ni me atrevía a hacerlo.

Como por entonces escuchaba a mucho cantautor de esos que no usan la melodía ni para ducharse, pues ahí me quedé. Quería ser cantautor. Al fin y al cabo, no necesitaba un grupo que no supiera tocar y que tampoco dominara la flauta de sus hermanas pequeñas. Era la época de la movida, desde luego, y estaba en el lugar adecuado. Pero ni por esas los convencía para que nos gastáramos el dinero en una guitarra eléctrica cutre, de las de quince mil pesetas. Tampoco yo me la compré, ni equipo, ni amplis ni nada.

Ayer estuve repasando aquellas viejas canciones. Escribí muchas como cantautor en esos años que van desde los quince hasta los diecinueve. Algunas son incluso regulares. Aprendí y mejoré tocando la guitarra en los grupos cristianos juveniles en los que estuve. Underground sobre todo, que gustaba hacer buena música. Mejoré con el alabaré el kumbayá y esas cosas. Llegó el Fa, el Si7. Con el tiempo llegué a tocar bien la guitarra de acompañamiento, que era lo que tocaba John Lennon, cuya muerte lloré en el año 80. Faltaría más. Woman. Pero mis canciones nunca las proclamé ni las difundí.

Durante la carrera de Derecho incluso las grabé en una cinta de cassette, pero tampoco llegaron demasiado lejos. Hice copias para un par de amigos, y las perdí de vista. Eran unas letras horribles, de esas que hoy, cuando las he revisado, me he sonreído por lo simplonas e izquierdosas, soñadoras y utópicas que son. Seguro que habrían tenido éxito. Pero aquello no sucedió. Se quedaron en un cajón.

Con los estudios de Derecho dejé de escribir canciones, y sólo, cuando terminé de estudiar Ciencias Eclesiásticas, con unos veintinueve años me atreví a escribir alguna canción más y compuse un puñado que grabé casi a pelo y sin preparar con los del Movimiento Cultural Cristiano. Eran canciones muy reivindicativas, de izquierda cristiana casi anarquista. Me ayudó Diego Velicia que hizo la segunda voz y que no nos quedó muy mal. Claro que no. Incluso dimos un recital en el salón de Acto de La Salle con un público amigo y entregado. Mi primera subida a un escenario para cantar.

Abandoné todo aquello sin que hubiera una razón. Trabajo, estudios, matrimonio y otros intereses más vinculados al mundo del cine, clases, filosofías, oposición…

El gusanillo regresó cuando recién aprobada la oposición, y rondando la cuarentena, aterricé en el IES Mateo Hernández de Salamanca. Había varios profesores amantes de la música, y nos animamos a montar un grupo musical. Con ayuda de los buenos amigos que hice en aquel insti, Dani, Miguel Angel, Carlos… aprendí un poco a tocar el bajo y a cantar y acompañar con una banda en las celebraciones del centro educativo. Fueron buenos tiempos. Escribí otras diez o doce canciones. Cada vez de más calidad, alguna incluso buena.

Pero de nuevo la realidad me tenía reservada otra sorpresa. Descubrí el mundo de la literatura casi sin querer, como un reto personal, y empecé a escribir LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. El libro me llevó cinco años de esfuerzo y dedicación casi en exclusiva. De nuevo adiós a la música, a la pintura y nuevos destinos y nuevos caminos con la familia y la vida a otro lugar. Luego edité, me premiaron. Seguí escribiendo y hasta la fecha.

Por eso, ayer, y en estos días de confinamiento, que he rebuscado entre mis viejas canciones, he descubierto viejas melodías, letras y creaciones que nunca han sido cantadas en público y que bien merecerían la oportunidad que no tuvieron en su momento. Hablan de los amores de entonces, de las dudas y los sueños idealistas de un joven que en los años ochenta quería ser cantante y cantautor. Hablan de una carrera musical que nunca tuve, pero que bien podría haber sido. Cualquier día monto un recital y me hago un Leonard Cohen.

 

Sapiens de Yuval Noah Harari. Otro best seller (y autor) que se me cae de las manos.

Dice el autor anónimo del Lazarillo en su prólogo que alguna cosa se provecho se puede sacar de todo libro, y tiene toda razón. En mi caso, y tras leer un best seller llamado Sapiens, he aprendido que detrás de muchos de los libros superventas de ensayo científico no hay nada más que ignorancia y pereza del autor. Prometo no volver a leer nada de Yuval Noah Harari. De hecho iba a pasar de puntillas sobre este tío. Me he equivocado y he leído, casi pisado, una mierda. Ya está, no volverá a suceder. Sin embargo, para mi desgracia he visto que sigue sacando libros como rosquillas, y me ha parecido buena cosa alertar a otros incautos que como yo han perdido su tiempo.

Algo tendrá cuando se vende tanto. Y es verdad. Tiene palabrería y mucha dogmática. Es como un libro de una secta escrito para sus acólitos. Lo alarmante es que cuando alguien investiga, estudia, o aborda una problemática compleja, como es la cultural, lo que menos necesitamos es que el escritor ignore lo que otros han escrito, estudiado o investigado, porque el resultado sólo puede ser esto. Un pastiche, una mezcla sincrética sin pies ni cabeza, que seguro que encandila a la gente desconocedora de la antropología social y cultural que investiga y estudia. No digo que Marvin Harris tenga la razón en todo, pero desde luego no se puede hacer antropología barata de salón, presuntamente científica, sin saber nada de antropología cultural contemporánea. No quiero decir que sea un charlatán, pero siento no poder decir lo contrario. Seguro que el tío es muy majo, pero este ensayo le queda grande.

El problema del libro, creo yo que está en la pretensión del autor. Un historiador que quiere hacer antropología cultural y social. Es extraño. Yuval Noah Harari es historiador, especializado en historia medieval y militar. Seguro que en eso es muy bueno, aunque en el libro tampoco lo he notado. Dice en la reseña del libro que el autor se doctoró en Oxford y que luego se dedicó a la historia del mundo -supongo que querrá decir a la historia general- y a los procesos macrohistóricos. Lo de los procesos macrohistóricos me suena a cachondeo y falacia. ¿Qué es eso de procesos macrohistóricos? ¿Filosofía de la historia? Dice Harari que la historia tiene un sentido, y claro. Eso es filosofía de la historia. Y ahí también patina.

¿Por qué un historiador se dedica a escribir sobre antropología social y cultural cuando demuestra que no sabe casi nada de ese tema? ¿Por qué un historiador hace antropología filosófica, casi filosofía sobre el hombre? No tengo una respuesta clara, pero creo que lo que hace el señor Harari es lo que se llama intrusismo profesional, que es una de las tentaciones más habituales de los malos historiadores. Terminan especulando sobre la ciencia cuando hacen historia de la ciencia; y especulan sobre la naturaleza humana cuando hacen historia. La ciencia es de los científicos y la antropología es una ciencia y un estudio específico que Harari simplemente desconoce. ¿Qué puedo más decir? Es como si yo quisiera escribir un ensayo sobre los avances del hombre en energía nuclear, y no supiera nada sobre física cuántica. No me atrevería.

No es la primera vez que descubro a un historiador haciendo filosofía. Pero nunca lo había visto en el campo de la antropología cultural disparando erráticamente. Normalmente los historiadores suelen hacer paleontología, arqueología, y aportan cosas muy importantes y serias al estudio de la hominización. Pero nunca los había visto meterse tanto en el campo de la antropología cultural y decir tantas tonterías juntas en tono divulgativo. Lo peor es que la gente lo lee y cree que no hay nada más investigado que las cuatro especulaciones que ha hecho este tipo.

Me asombra, porque el estudio del hombre y su naturaleza es muy profundo y complejo. De ello se encarga una rama filosófica llamada “antropología”. Es un estudio especializado de posgrado con grandes investigadores que se realiza tras los estudios de Filosofía. Estudios que hice parcialmente hace unos años en la UNED. Escogía asignaturas sueltas de antropología y las cursaba para obtener la diplomatura en Filosofía. La materia me encantó.

¿Por qué este escritor hace antropología cuando no sabe casi nada de ella? Yo no soy historiador, hago novelas históricas, por lo que suelo documentarme de lo que han investigado otros historiadores. Yuval no es antropólogo. Es lógico que no sepa las razones de por qué unas culturas de cazadores recolectores son diferentes de otras. Es normal que no pueda darnos una explicación sobre el fenómeno religioso, jurídico o ético de una cultura. No lo conoce. Trata todo como si fuera lo mismo, y lo hace por ignorancia. Lo relevante es que aunque no lo sabe, sí se atreve a opinar, y eso tiene su mérito, pues tanta temeridad es sospechosa.

¿Mis sospechas? Gana dinero vendiendo libros, y eso es, para él y para su editorial, lo más importante. De hecho así lo dice en su libro Sapiens: lo más importante del mundo, la nueva religión, es el dinero. Como eslogan simplón puede valer, sobre todo si eres de la secta progre y políticamente correcta -el libro abunda en unas cuantas afirmaciones arquetípicas de hoy. Sin embargo, como afirmación filosófica y antropológica, tal generalización es demasiado gruesa como para que tenga algún valor.

Supongo que divulgar antropología con garantías de seriedad es más dífícil y complejo de lo que parece. Harari no lo logra ni por asomo. Es, en ese sentido, un libro fallido que ha rodeado de ramajes y hojas propias de la historia, intentando de esta manera confirmar sus teorías filosóficas, que además luce con incoherencia supina. Este libro es a la antropología y a la filosofía lo que el Código da Vinci a la teología. Nos va a costar años convencer a la gente de que miente por desconocimiento. Zapatero a tus zapatos, yo ya he empezado.

 

Lo que el viento se llevó. Scarlett.

Puesto que la pandemia se ha puesto pesada, me he dedicado, casi desde marzo, a la lectura, y he abandonado temporalmente mi oficio de escritor para disfrutar del esfuerzo narrativo de otros. Me vino al pelo, pues no me apetecía leer nada tedioso ni sesudo, y tampoco deseaba disfrutar de los Proust y los Dostoievski. Tenía en mente releer la película de Victor Fleming a través de la novela que la hizo famosa, y me dediqué en cuerpo y alma a conocer de primera mano las andanzas de la joven Katie Scarlett O’Hara.  ¿Fue primero la novela o la peli?

Primero fue la novela, aunque algunos no se lo crean. Fue publicada por Margaret Mitchell, una periodista desconocida de Atlanta en el año 1936. La mujer tuvo la suerte de cara, pues encontró, o mejor dicho fue encontrada por un editor que deseaba publicar algo sobre Atlanta. Ella le envió su manuscrito sin el capítulo primero, y aunque luego se arrepintió, no pudo enmendar su error, pues el editor ya estaba enganchado al texto.

Margaret Mitchell terminó la novela redactando el capítulo primero, y finalizó de esta extraña manera su carrera de narradora, pues no volvió a escribir nada más. Curiosamente hay mucho de autobiografía en el personaje de Scarlet, pues no tuvo una vida de rosas. Murió en el año 49 atropellada por un tranvía, precisamente en la calle donde vivieron sus personajes Georgianos.

Dice Murakami que cualquiera puede escribir un libro, pero que es más difícil escribir dos, tres, cuatro… Un verdadero escritor es el que escribe varios libros, por eso no sé hasta qué punto se puede considerar a Margaret Mitchell una escritora. Tampoco es el único caso, ni será el último, de escritores que escriben un exclusivo libro en su vida. Un libro que los hace famosos, que los saca del anonimato, pero que les impide volver a escribir.

A Margaret Mitchell le fue estupendamente con Lo que el viento se llevó. La publicidad y la mercadotecnia hicieron el resto con el manuscrito. Se reservaron anticipadamente cincuenta mil ejemplares, y se vendieron los derechos al cine antes de sacar un solo libro suyo. En un año, la novela era la más popular de Estados Unidos. En 1937 le concedieron el premio Pulitzer de novela. Dos años más tarde salió la película de Víctor Fleming, que también sufrió lo suyo en el rodaje, pero que vio compensado su esfuerzo cuando en 1940 se convirtió en una de las películas clásicas, y más oscarizadas del cine universal.

¿Prefiero la película o la novela? Tengo mis dudas. Las dos están bien hechas. La película es muy fiel al libro, incluso algunos diálogos concretos están calcados de la novela de Mitchell. guarda bien la esencia del fantástico personaje que es Katie Scarlett, aunque Vivian Leigh la actriz que encarnó al personaje no era pelirroja, como presenta la novela, su actuación es soberbia y descomunal. Es imposible imaginar otra Scarlett. Clark Gable es idéntico al personaje de Rhet Butler. Levanta las cejas de igual forma que lo describe la novela. Perfecto. Y lo mismo puedo decir del pusilánime señor Wilkes y su esposa Melly.

La novela, lógicamente contiene más personajes y sentimientos. Scarlett odia a la esposa de Wilkes, pero las circunstancias le obligan a convivir con ella. También en la novela Scarlett tiene dos hijos, uno por marido, que no aparecen en la novela. Sin embargo, lo que más destaco del libro es que es una novela histórica que narra el final de un mundo. Y eso no estoy seguro de que lo deje claro la película.

El Sur de los Confederados se derrumbó en muy pocos años, y no sólo fue una guerra civil. Es que se enfrentaron dos maneras de ver la vida y del mundo. El Sur era indolente, ocioso, esclavista, refinado y culto. El Norte, el que triunfó por las armas y hundió al Sur era trabajador, ignorante y amante del dinero. Scarlett se mueve entre los dos mundos, igual que Reth. Por eso son odiados por sus conciudadanos de Atlanta y amados por los lectores. La novela es una tragedia amorosa, la que conocemos en el cine perfectamente. Pero el hundimiento del Sur no queda tan reflejado en la película y es la esencia de la novela.

Por eso probablemente Margaret Mitchell no escribió una segunda parte. Años más tarde, la familia vendió los derechos para que se continuara la historia, y aprovechó Alexandra Ripley para escribir en el año 1991 la novela Scarlett. Luego incluso ha salido una tercera novela titulada Rhet Butler.

Esta segunda novela, que también he leído, es peor que la primera. ¿Por qué? Porque nada se derrumba, excepto el amor llevado a la necedad y a la incomunicación de sus personajes principales: Katie y Rhet. Al final se reconcilian con pasteleo en Irlanda y ya.

Lo único que se ha derrumbado mientras leía Scarlett era mi país y nuestro mundo. incluso su forma de entenderlo. La pandemia ha penetrado hasta lo más hondo de nuestras personas y no será fácil salir de ella. Nunca volveremos a ser los mismos, aunque aparentemente seamos los mismos. El viento se ha llevado también lo que teníamos, el viento pandémico.

Nunca habíamos vivido esto. Medio planeta encerrado en casa, con una única ventana abierta a un mundo que se derrumbaba. Hemos visto lo que nos han enseñado, lo que han querido que viéramos, y muchas cosas nos las han ocultado. Y ahora, igual que le dice la abuela Tarlenton a Scarlett, “no vas a tener miedo nunca más, pues has tocado fondo”, también nosotros, unos valientes con los pies de barro, no vamos a tener miedo nunca más.

Que se preparen los psicólogos, no van a dar abasto en los próximos meses. El viento se ha llevado negocios, personas, héroes y falsas seguridades.

 

Cuando se acaba la vida y se muere en soledad.

Aquella mujer fue trasladada de su casa al hospital por un equipo de extraños. Fue apenas un soplo de fiebre y un agotamiento en la voz. Dos toses de pecho y la certeza de convivir con el peligro que da tener un comercio de alimentación, y un hijo en el hospital con turno de noche.

Apenas pudo despedirse. Quizás te ingreses, puede que no sea nada. Llévate el móvil. Pero tenía escrito el miedo en el asomo de sus ojos marrones. Color café, tras el sendero de las gafas de ver. Habrá que cerrar, que remedio. No pasa nada. Lo importante es la salud. No añoraba el café de mitad mañana, el que le traían al comercio, para no perder un instante de mañana cuando se olvidaba. Ahora lo añoraba todo cuando escapó en una ambulancia que más parecía estación espacial que orbitara la luna que lugar para recuperar la salud.

Marido e hijos. Allí quedaba la familia todavía por construirse el futuro. El pequeño sollozaba, pero ella le dijo que no era nada. Que en cuatro días volvería, aunque nadie supiera con certeza el día que tal cosa sucedería. En unos días volveré, pensó. Y así lo dijo. Preocupación en su marido y ansiedad en los medianos. Cerró los ojos y dejó escapar una pequeña lágrima de la comisura de sus párpados. Apenas era nada. Seguro que regresaba en una o dos semanas.

Trámites de enfermedad contagiosa. Distancias, diagnósticos y un par de pruebas para asegurarse de que sí, de que era estadística de la pandemia. Hoy la citarían en Moncloa como un número más, y pasaría a ser de los contagiados que estaban hospitalizados. No es que la fiebre fuera alta, es que tenía hipertensión y tos. Había que prevenir, y quizás por algo azaroso ella sí gozaría de cama. Que no sea nada y que se pase pronto. He tenido suerte, se decía cuando intentó enviar un mensaje por un móvil que ya no tenía cobertura y que perdió la batería en un alarde de impaciencia. ¿Para qué recargar?

Entró preocupada, y las horas fueron pasando como pasan cuando uno está convaleciente. Durmiendo y pensando. No podía salir, y nadie podía entrar. Algún médico y las pocas enfermeras que parecían astronautas enfundadas en sus trajes espaciales le pusieron gotero, por si acaso. Eran gentiles, amables y encantadoras. Pero no podían estar demasiado tiempo dando conversación. Esto se desborda, y sonreían. Gracias, gracias. La comida  la dejaban en la bandeja y tras ingerir sola su alimento durmió hasta el segundo día.

Por la mañana algo debió suceder en sus pulmones que fue llevada a una Unidad de Cuidados Intensivos, donde embotan tu mente, la llenan de tubos y derramas unas último quejido. No puedo respirar, y era verdad que no podía. Mejor prevenir. En la UCI hay respiraderos. Son de un país que no puedo recordar, llegaron hace tres días, ha tenido suerte. La suerte de la enferma que se agarra a un pedazo de plástico motorizado por una fábrica de coches reconvertida para tiempos de guerra. Así dijo el telediario que no pudo ese día escuchar. Respiradero hecho para la ocasión.

Nada sabemos de mamá. Que será de ella. Que hay que resistir. Que dice un médico que le ha dicho que está medio bien a tu hermano. Que pronto pasará. Pobriña tan sola en aquel cuarto tan grande. Con lo que le gustaba a ella la tienda y hablar.

Por suerte el capellán del hospital conoce su trabajo. Les ha llevado nuevas a la familia. Era una simple llamada de ida y vuelta. Que está bien, pero en la UCI. Eso me han dicho. A ver que puedo hacer, hablaré con ella y ya les diré. En la UCI solo hay una hora para encontrarse, pero ahora está limitado a un segundo de tristeza. Lo saben ya todos. Aunque nadie sabía nada.

Y alrededor de ella la vida se pasa. Todos usan mascarillas, tapabocas dicen los vecinos de arriba. Y portan guantes y plásticos como los chubasqueros que usamos para el fútbol cuando llueve en Valladolid. Real Valladolid. Se lo diré a Paco cuando regrese a casa. Qué pena que no haya ni fútbol, ni la tienda está abierta, ni sé nada de mi familia. Espero que no se hayan contagiado y estén bien. En esta soledad, los de las camas de al lado están como yo. Con miedo los despiertos, y con fiebre los dormidos.

Mi hijo puede entrar a verme. Trabaja aquí, pero no se puede acercar. Mis pulmones se están encharcando dicen, pero quizás pueda superar la enfermedad. Me duele, es verdad, y la mañana parece dulce comparado con la tarde que me dicen que esto irá a más. No sé que me han puesto en el gotero. Por suerte, ha venido el capellán, gracias al médico de guardia. A la enfermera. Gracias a todos, pero ya no puedo más. Necesito salir y volver a mi casa. A dormir en mi casa, y a escuchar la voz de mis niños. Y sólo escucho la soledad de unas paredes verdosas y un cielo fluorescente de estrellas que brillan día y noche.

Desde la UCI escucho unos aplausos, no son muchos. Y veo como cubren con una sábana al compañero de cama que hace unas horas estaba algo mejor que yo. Me duele mucho el pecho, más que antes, y la fiebre no remite.

Y sé que es el final.

Paco, Javier, Ana, Lucía y Manuel. Sé que los cuatro estarán preocupados. A mis padres que tanto me quisieron y que me hicieron tan feliz. ¿Por qué me acuerdo ahora de ellos? A las amigas que se fueron del pueblo, igual que yo. ¿Dónde estarán ahora? Me duele y no puedo casi respirar, si no fuera por esta máquina bendita.

Soledad y angustia. Rezo una oración olvidada que aprendí de mi madre cuando era pequeña. Pues yo nunca he sido de rezar. Te pido perdón, Señor, por las veces que no lo hice bien. Aunque no sé si hay un Dios al otro lado. Nadie lo sabe. Pero si lo hay me gustaría estar a bien con Él. Pero algo tiene que haber. ¿Y si no hay nada? Aun me quedan unas horas, espero. O tal vez no. Que aburrida es esta soledad. Siento que estoy sola. Me hubiera gustado un final con Paco de otra forma. Jubilarnos y poder disfrutar un poco juntos. ¿Qué será de él si me muero? Me molesta el silencio que interrumpen las enfermeras. Las escucho perfectamente hablar. Silencio. No quiero seguir pensando, prefiero callar mi mente. Pero no puedo. ¿Y si me muero así, en soledad?

Su esposa perdió el conocimiento ayer por la tarde, al parecer una embolia pulmonar complicó la neumonía. No la pudimos recuperar.

Y lloran los cinco que quedaron en casa. Y tienen miedo por si ahora es su padre el siguiente. Y no habrá funeral. No puede haber funeral, lo ha dicho el de las estadísticas. Ni funeral, ni misa de difuntos. El capellán nos ha dicho que la encomendará, y que cuando pase todo…

Pero ya ha pasado todo para nosotros. Esa tarde, fue una estadística más.

La de los fallecidos. Pero no es una más.

Era Maite, la de la tienda.

 

 

PD: Dedicado a los caídos por la pandemia Covid-19. A sus familias.

 

 

 

Idiotas con pedigrí.

Tras doscientos años repitiendo mentiras inducidas y mentiras ilustradas, los muy idiotas han alcanzado el pedigrí para ser los más imbéciles de la Tierra. Nos rodean y están por todas partes. Invaden las redes y los medios, que es tanto como decir las calles y el ágora. Son gilipollas y sumisos a un tiempo. Y son los que más me asustan.

No saben que son imbéciles y esclavos del adoctrinamiento que han recibido a lo largo de toda su vida. Se creen libres y auténticos, pero son copias de ignorantes. No saben razonar, no escuchan, no se interrogan, y en lugar de hablar rebuznan. Son clones inanes con picores en las bragueta que justifican sus debilidades como si fuera un derecho y una liberación refocilarse como un puerco. Y una puerca. Son lectores de El Pais, pero también abundan en el ABC, en el NYT.

Son peligrosos porque no saben que no saben, y además son peligrosos porque exterminan a los que tienen algo que decir, a los sabios. Los anulan y persiguen con sus consignas de medio pelo. Gritan y se jactan de que dominan la verdad, y no saben que siempre es más fácil una consigna que un argumento, un rebuzno que una explicación, una burla que una apología. Y un artículo que un libro. Invaden tertulias y memes, y se aseguran su opinión colgando en la red lo mismo que acaba de pensar otro clon semejante a ellos. Nunca escuchan, pues nunca aprendieron a escuchar.

Da igual que tengan carrera, estudios y buenos trabajos, pues jamás les dieron un criterio sólido para pensar por si mismos. Nunca paladearon una experiencia espiritual, mental o humana. Les negaron cualquier atisbo de religión y trascendencia, y se han convertido en adoradores de sus felices heces. No saben de Dios, ni de la eternidad, ni de sufrir, ni de los hombres. Leen lo que deben leer, y piensan lo que otros dijeron que debían pensar. Pero ellos se creen exclusivos y auténticos. Les bastan sus consignas y sus series favoritas  para entretener el pajarito y la pajarita. Infelices inconscientes de la verdadera felicidad. Arrebatados a Dios y condenados a la pobreza intelectual. A la ignorancia de vivir rodeados de libros que nunca podrán abrir y que no podrán leer; pues sólo puede leer el que está dispuesto a escuchar y a aprender.

Sin argumentos, sin razones, sin oídos y sin genio. No saben, y no saben que no saben. Son idiotas con pedigrí.

Han vivido adoctrinados bajo el dominio de los califas rojos, en clandestinidad y fuera de ella, y no van a cambiar. Se creen puros y buenos, sin conciencia para que no moleste, pero con tanta culpa que andan a la caza y captura de una banda de psicólogos que limpien de hedor su ponzoñosa piel. Llevas golpes en el alma, pero nunca reconocerán que sus males proceden de un divorcio que es moderno, de un abortorio que les arrancó un hijo o de un egoísmo enfermizo que los ha dejado en larvas de oruga primero, y en capullos muertos sin posibilidad de mariposear las letras. Se debaten en si son carne o pescado; y desconocen que serán vomitados.

Son los mismos que persiguieron a los cristianos en Roma, a los judíos en Europa, y a los contrarrevolucionarios en Francia o Rusia. Son los que quemaron iglesias en España, asesinaron monjas y poetas; para luego correr a apuntarse al bando vencedor por creer que dice la verdad. Bandos que cambian tanto como ellos, siluetas de manos o puños, svásticas y hoces con martillos, banderas arcoiris, república o la olímpica. Tanto da. Son los que reivindican la muerte en cualquiera de sus momentos: al principio de la vida, al final y en medio. Y creen que leer es tener noticias de un último bestseller.

Son los que perseguían a los portadores de gafas por ser enemigos del pueblo. Son esos mismos, los que ahora olvidan las letras y la corrección en el lenguaje haciendo de la inclusividad una pose nefanda. No saben hablar, pero hablan; no saben pensar, pero repiten lo correcto; no conocen la vergüenza, y no saben que son los nuevos cínicos, los perros sin atar que se lamen sueltos las heridas que les han dejado sin cicatrizar.

Están en la Junta, en el Gobierno, en los aularios y en la televisión. Son políticos y aprendices de político, entrenadores de fútbol y aficionados a un tiempo. Conocedores del coronavirus y asesores de barrio y de Naciones Unidas. Son gentes que se asoman como expertos, sindicalistas y protectores de la humanidad, de la sociedad, y de su estatus de cabrón alcanzado a fuerza de años sin aprender, sin leer, sin saber. Les basta con repetir lo que otros dicen. Repetir y repetir. Aparecer como sabio, con consignas estúpidas de un poder omnímodo que nunca he tomado en serio.

Nunca escuchan y nunca aprenden nada nuevo.

Cuando era joven creía que nadie se tomaba en serio lo que decía Txiqui Benegas, que hablaba porque la actividad política consiste en decir idioteces para que el rival político parezca peor. Hasta que comprobé que las mismas frases y consignas del Txiqui eran repetidas por un catedrático en una sala de profesores. Entonces me dí cuenta de que estaba todo perdido. De que no había salvación en mi país.

Y han pasado más de veinte años.

Han dejado su impronta en los chavalitos y chavalitas que han sido educados en las consignas de la propaganda del no pensar, del lenguaje inclusivo, del buenismo barato y de la asertividad que no tiene miedo al ridículo. Son Podemitas sin lecturas, apolíticos sin cerebro, aberronchos de usar y tirar que no disponen de recursos para oponerse. Quizás todavía escuchan algo, pero cada vez menos. Con los años dejarán de aprender y de escuchar, si es que alguna vez lo hicieron.

Son el residuo de una nueva sociedad que se ha hecho fuerte en los medios y que amenaza con destruir la cultura occidental mientras nos exigen un minuto de silencio ante una muerta, y salen de fiesta cuando los cadáveres son demasiado numerosos para contarlos.

Muchos ya gobiernan este país, otros empuñan micrófonos en mano sin avergonzarse de sus liendres intelectuales y mentales. A menudo repiten consignas educativas sin reparar en los cientos de vidas que han destruido por culpa de esas mismas consignas. Les da igual y ya son inconscientes de su estupidez. Se creen superhombres y sólo son estereotipos de sí mismos.

Por eso añoro aquellos tiempos en que los ateos leían a Nietzsche y se preguntaban por su fe. Al menos se podía hablar con alguien inteligente que se hacía preguntas inteligentes.

El lenguaje que nos deja la epidemia mundial.

Nuevas palabras y nuevos usos. Pandemia, Covid-19, desescalada, coronavirus, nueva normalidad, confinamiento, que nadie se quede atrás… Decía Nietzsche algo así como que el poder sobre la población lo posee el que impone y controla el lenguaje de una sociedad. Y que por eso Sócrates primero, y el cristianimso después, no serían destruidos hasta que no fuera destruido el lenguaje creado por ellos. El socialismo, para Nietzsche era una repetición del lenguaje cristiano, un lenguaje de débiles que obligaba a los fuertes a arrastrarse por el fango de la mediocridad.

La acción política, quizás por esa razón, siempre ha tenido un especial interés el manejar y dominar los lenguajes empleados. Son los que imponen el lenguaje políticamente correcto y anulan el que consideran incorrecto. Así lo describió también un magnífico Orwell en su novela 1984. Una novela muy descargada estos días, pro cierto.

Para un escritor, el lenguaje es además una herramienta de construcción imprescindible. De ahí el interés que despierta en filólogos, pero también en escritores y en las Academias de la Lengua las nuevas palabras y el nuevo lenguaje que van insertando en la cultura y la sociedad. Aquello de “no es más que una gripe”, se que da bien lejos.

La primera gran constructora (manipuladora si quieren) del lenguaje es la OMS, que hace una graduación de la enfermedad según su extensión y nivel de alarma sanitaria. Infección endémica o endemia es una infección que está de manera permanente en una zona concreta del planeta. La malaria, por ejemplo. La  RAE lo define como “enfermedad que reina habitualmente, o en épocas fijas, en un país o comarca”.

La siguiente palabra que emplea la OMS es epidemia. Una epidemia se da cuando la infección aumenta en un número de casos hasta un tope o máximo y luego disminuye. Para la RAE, epidemia tiene dos acepciones. La primera sería “enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas”. No indica por lo tanto, un pico máximo de la enfermedad. Y una segunda acepción que dice “mal o daño que se expande de manera intensa e indiscriminada”. Recogiendo el sentir general de las personas cuando hablan de un mal genérico.

Finalmente la palabra pandemia. Para la OMS es una epidemia que se produce en todo el mundo más o menos a la vez. De ahí que se utilice también la expresión “epidemia universal”. Lo que no se han atrevido es a decirnos que quizás estemos ante una endemia universal. Es decir, una enfermedad permanente en todo el planeta, como el catarro común. Está claro que no quieren alarmar. Y yo tampoco.

Curiosamente “pandemia” significa etimológicamente, reunión del pueblo, asamblea de todos. Y es definida en la RAE como enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.

Tanto endemia, epidemia como pandemia son tecnicismos. Pertenecen al mundo de la ciencia, aunque hayan sido adoptados y se hayan hecho comunes en nuestro lenguaje. Lo mismo sucede con la palabra “covid-19” que indica el tipo de “coronavirus“, también tecnicismo empleado por un grupo reducido de personas, y que sólo por el empleo masivo de los periodistas y los políticos se han convertido en términos usuales para mucha gente. Igual que otros términos médicos, es probable que terminen despareciendo del estrato común del lenguaje, o quizás haya cierta diferenciación. Covid-19 quede como término más culto y técnico, frente a “coronavirus” que es más fácil de aprender y de recordar, y que se convertiría en una palabra más sencilla. En otros idiomas se impone llamarlo virus chino (igual que gripe española en su día), virus asiático o virus de Wuham.

Lejos de la terminología científica encontramos el lenguaje creado por los gobiernos y sus periodistas con otras intenciones. Lenguaje que se ha extendido por repetición. Igual que los terroristas islámicos son abatidos, y no asesinados; aquí la gente ha estado confinada y no arrestada. Vamos una a una.

Confinamiento es un tecnicismo jurídico que ha sido empleado de manera extensiva. Es el nombre que recibe la pena por la que se obliga a un condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio. Nada que ver con lo nuestro. Ni condenados, ni libres, ni fuera de casa. Al contrario. Hemos estado en nuestras casas, y no hemos sido libres para entrar o salir.

Dentro de los sinónimos de confinar los que más se acercan a lo experimentado son encerrar, recluir, aislar, encarcelar o enclaustrar. Pero poco que ver con desterrar, ni con arrestar. De hecho, es probable, que la RAE valore detenidamente si emplear “confinar” añadiendo otra acepción a la técnico jurídica.

Desescalada es una palabra que no existe y que está mal dicha, hasta que la asuma la RAE. Yo intentaré no emplearla pues no me gusta. El término parece indicar lo contrario de escalar, que es subir una gran pendiente o una gran altura, y está haciendo referencia a que el abandono del aislamiento domiciliario se debe ejecutar mediante una graduación. Es relevante que no hubo una escalada para aislarse, pero que sí es necesario una desescalada para volver a la situación anterior a la epidemia. En este sentido, se habla de escalar y desescalar con la imagen en la mente de una curva de contagios y fallecimientos hecha por los estadísticos en sus cuadros gráficos. La imagen seduce a la palabra. Se podrían haber usado otras palabras: descender, bajar, desmontar, regresar, retroceder, salir, etc. Pero por alguna razón les molestaba hablar bien.

No son palabras lo que nos queda analizar, sino lenguajes y composiciones también teñidas de corrección. La más popular es la de “nueva normalidad” y el eslogan del gobierno “que nadie se quede atrás” (con permiso de los muertos, claro)

Nueva normalidad es una expresión una tanto paradójica. Indica que durante el encerramiento hemos vivido bajo una anomalía, una anormalidad, una subnormalidad o una irregularidad. Pero estos términos no se han empleado, imagino que por peyorativos y molestos. No ha hablado el gobierno de que estemos ante una situación anormal, o subnormal. Nunca han dicho eso.Tampoco hemos visto ataúdes, e imagino que es por la misma razón. No asociar la imagen de la muerte con un gobierno concreto. El suyo.

Sin embargo, tras la anormalidad, ahora sí que buscan un lenguaje bondadoso que indique que no ha sido para tanto, que no ha sido grave. Un lenguaje que procure un horizonte de seguridad en la población. Hay que lograr la “nueva normalidad”, pasando por alto la catástrofe, como si no fuera más que una anécdota, una estadística tonta de unos cuantos miles de muertos. Imagino que nada que ver con los importantísimos muertos por violencia de género, que son ínfimos comparados con esta catástrofe. Pero ahí nunca se les ocurriría hablar de alcanzar una nueva normalidad.

Realmente no será posible alcanzar la “nueva normalidad”, porque no volveremos nunca al punto de partida. La sociedad ha cambiado, no en exceso, pero sí hay otra percepción de la realidad gracias a una experiencia compartida por toda la sociedad al mismo tiempo. No habrá “nueva normalidad”. Lo único que nos queda es pensar en como era la vieja normalidad, lo que había antes de la pandemia, si es que podemos hablar en esos términos. Quizás con el tiempo se hable de antes de la pandemia como la Edad Contemporánea, y después de la pandemia, como el inicio una nueva edad histórica.

Nos queda el eslogan. Que nadie se quede atrás. No es más que una frase llena de buenas intenciones, quizás tantas como errores en la gestión. Atrás se quedan los muertos, los sanitarios contagiados por culpa de los gestores, los arruinados y un montón de gente para quienes la nueva normalidad será simplemente un renacer de las cenizas. Si pueden y les deja el gobierno.

 

 

Tres cosas que nos enseña la pandemia.

Siempre se aprende en la dificultad, y yo, filósofo y observador, he aprendido tres cosas en esta crisis que no sabía. La primera es que todos improvisan, políticos y expertos, y lo hacen todo el tiempo;  dos, el teletrabajo combinado con el trabajo es más eficaz, realista y cómodo tanto para el trabajador como para las empresas; y tres, la familia necesita espacios físicos, mentales y espirituales. No basta con convivir, es necesario crecer juntos compartiendo tiempos, lugares y comidas.

En esta crisis hemos visto a las autoridades de todos los países del mundo, gobernantes de todos los perfiles posibles y de todas las calañas improvisando tanto en palabras como en hechos. Y lo sorprendente es que no he encontrado diferencia alguna con lo que hacían y decían antes de la pandemia. Improvisan todo el tiempo y todo el rato desde hace años.

Los políticos viven de decir frases estúpidas, gilipolleces constantes y rebuznos contradictorios que son improvisados la tarde anterior, y que contentan de una manera escabrosa a sus lameculos acólitos. Da igual los contenidos que vomiten, pues pueden decir una cosa y la contraria durante el mismo discurso. Lo importante es vender su producto y su imagen de hombres listos y capaces, pero se ve a las claras que son los más idiotas y torpes de la clase.

Los gobernantes se han convertido en una especie de bacterias que viven calientes bajo el aroma del eslogan propagandístico. Disimulan su incapacidad y su improvisación intelectual tras un aparente ingenio que se cae en cuanto rascas. Gente tan idiota como Lastra, Sánchez, Iglesias Montero, Trump, Johnson, Maduro, Mañueco, Torra o Macron son un ejemplo de lo que digo. No pueden disimular su inoperancia ni su improvisación cotidiana. Son una tribu entera improvisando, aparentando saber y disimulando para que la gente crea que lo tienen todo controlado, pero realmente son bobos que juegan a parecer listos. A veces ganan una poltrona para toda la vida.

Son campanillas que resuenen en un circo mediático alimentado y engordado por la improvisación de los periodistas, que son los alientan este modelo de atmósfera política. De algo hay que hablar y algo hay que decir para rellenar periódicos y telediarios. Preguntamos la inanidad y ellos responden croando o ladrando según toque. Rellenan y rellenan informativos… y también redes sociales, porque sus palmeros virtuales y engordados han florecido por doquier recitando las mismas simplezas que sus líderes de barro. Les prometo mi ausencia.

Detrás de estos improvisadores hay otros improvisadores no menos peligrosos, que son los “expertos”. Que también van de improvisación en ocurrencia. Utilizan cuatro eslóganes y cinco frases hechas para vender al político lo importante que son ellos y que los necesitan a su lado cobrando un sueldecito de “expertos”. Son lo peor, la razón técnica que decía Habermas y que hay que extirpar cuanto antes de la esfera del poder.

Estos expertos son los que hacen las leyes de educación que permiten aprobar sin aprender, son los que deciden que no haya oposiciones a médicos aunque pasen veinte años o los que sugieren al político que es mejor decir esta frase u esta otra para ganar las elecciones. Son los que deciden por los incompetentes del cotarro.

En mi descargo diré que yo hasta ahora creía que sabían algo y que había gente más o menos formada detrás de los políticos, los técnicos, vaya. Para mi asombro pandémico, he descubierto que no. Que no son más sabios que los políticos, en todo caso más “listillos” y aprovechados. Entre estos “expertos” abundan los sindicalistas, cualquier sátrapa con carnet del partido, simpatizante con estudios universitarios, trepas de colores, activistas entregados, psicólogos de nómina, instalados, sociólogos, comunicadores, y por supuesto, cualquier recién llegado al mundo de los corifeos que rodean a los gobernantes. Porque lo que mas gusta a esta gente es una cara nueva con ideas aparentemente nuevas y modernas.

La crisis me ha mostrado a las claras que no saben nada y que improvisan todo el tiempo según les da el viento. Son unos “expertos” pero podrían ser “expertos” que dijeran lo contrario. Viven de las subvenciones lo mismo que los de la cultura, escritores y artistas,  periodistas del rollito, científicos amigos y un largo montón de personas que cuando se vinculan al pesebre gubernamental tienden a improvisar perdiendo su capacidad y su sabiduría anterior, si es que alguna vez la tuvieron.

Por eso los planes de estudios de un bachillerato, que parecen sesudos, realmente son improvisados; lo mismo que la gestión de cualquier hospital que está dirigida más por la improvisación y el consejito de los coros sindicales o los expertos del partido. Y así con todo. Seguimos comprando las mascarillas chinas que no funcionan sin saber que nos han engañado los expertos suyos a nuestros expertos.

Lo segundo que he aprendido es que el teletrabajo combinado con el trabajo puede ser mejor y más rentable que tener a la gente en una oficina, una empresa o un centro de trabajo,  perdiendo la mañana como un zascandil. Se ahorra tiempo en el trayecto, se ahorra dinero en calefacción y se tiene a la gente más contenta, pues está en calzoncillos tomando un café mientras hace su trabajo al ritmo que le apetece desde su casa.

Este modelo no es válido siempre ni para todos los casos. A veces hay que ir. También es verdad que lo más agradable de muchos trabajos ese tomarse el café a mediodía con los compañeros, y eso no lo ofrece el teletrabajo. Pero en otros es claramente una mejora. Se evitan pérdidas de tiempo, se trabaja de manera más práctica, incluso más rápida y eficaz, etc. El modelo mixto de una parte en teletrabajo y otra parte presencial puede ser una solución fantástica para muchos sectores. Para otros quizás no. Pero es algo que tras probarlo, lo he analizado y veo que funciona más de lo que parece.

Lo tercero que he descubierto es la importancia de los espacios familiares. Realmente no son tan necesarias, al menos a mi edad adulta, la sociabilidad del conocido. Están en la carnicería y la pescadería tanto como en la mesa de al lado de una oficina.

Seguramente los adolescentes necesiten verse y conocer gente a mogollón, pero hay otros momentos en la vida que es más importante profundizar y disfrutar de las personas que amas. Y esas personas suelen ser más bien pocas. Hablar a gusto con los amigos y tranquilamente, estar con los hijos pasando las horas haciendo y sin hacer, jugando, viendo una película o lo que sea. Comer reposadamente, haciendo la comida con detenimiento y cariño. Leer a gusto, escucharse… Esos beneficios los ha traído la pandemia, que si no fuera por los miles de muertos y enfermos que ha habido por culpa de los improvisadores de turno, hubieran sido días felices y casi perfectos.

El derecho a mentir y a soltar bulos.

Uno de los elementos fundamentales en los que se cimenta la cultura occidental es que se puede mentir. Y además se puede mentir a tumba abierta. Se supone que para contrarrestar las mentiras hay que formar a la gente; es decir, darle criterios para que se entere y piense por sí misma. Por eso, que estos días hayan limitado el derecho a soltar mentiruscos-gordos-ataos-con-piedra solo puede indicar que estamos más cerca del totalitarismo. Es decir, que unos pocos dicen a todos lo que es verdad y lo que es mentira. Los cerdos se hacen con el control de la granja, Orwell dixit.

Que nuestra sociedad se sostiene en las mentiras es una verdad como un templo. Por eso existen los fedatarios públicos, notarios y corredores de comercio, porque la gente miente que da gusto. Crean la figura de un señor que nunca miente, o sea, un notario que dé fe pública, y así parece como que el chiringuito es más estable y sólido. A nadie se le escapa que también los notarios pueden mentir, pero dado que no es tan habitual, pues lo convertimos en delito y vaya usted a demostrarlo al juzgado. Por cierto, los acusados de un delito y sus familiares tienen derecho a mentir en un juicio. Pues todo el mundo acepta que es normal que mientan a su favor. Yo no he sido, señor juez.

No son los únicos, pues aquí, gracias a Dios, todo el mundo miente de ordinario. Dicen los expertos de las revistillas que mentimos unas diez o doce veces por día; y que mentir, lo que se dice mentir, es un signo de inteligencia. Dicen que los niños que mienten antes, son más inteligentes. Pongo un ejemplo, el zagal que rompe el bote de mermelada, cuando llega la mamá pregunta airada por el autor del desaguisado. El niño inteligente, el que sabe apreciar el sabor de lo dulce tanto como de los cachetazos en el culo, miente descaradamente: yo no he sido ha sido periquito. Y jurará y perjurará que no ha sido él. En cambio, el niño pasmado, el tontón de turno, dice que ha sido él, lo dice como que hace la gracia, y le cae la del pulpo con la zapatilla de su madre. Lo dicho, mentir bien es signo de inteligencia. Por eso hay políticos que son realmente inteligentes, y otros que parecen unos paletos puritanos.

Aprender a diferenciar la verdad de la mentira también es un ejercicio de inteligencia. Cuando le cuentas al nene lo del ratoncito Pérez, lo de los Reyes Magos y Papá Noel, el párvulo (y el no tan párvulo) se lo cree porque confía en los mayores, pero cuando se hace mayor, su confianza no puede ser tan ciega. Su inteligencia debe hacerse crítica porque en caso contrario tendremos un problema con el chico. ¿Todavía cree en los reyes magos? Es la pregunta eterna frente a la mentira. ¿Eso es verdad? ¿Fue así? Y es una pregunta que debemos seguir haciendo de adultos, porque esto está lleno de mentirosos.

Sólo los abotargados mentales no se preguntan cuando leen un periódico, una revista, o ven un telediario si eso es verdad o se lo está inventando el periodista, el político o el contertulio a sabiendas. La persona inteligente se pregunta si eso será verdad, y trata de conformar y de contrastar las cosas. Te pueden engañar, mentir y confundirte alguna vez; y si repiten muchas veces una mentira, incluso puede que la mentira te parezca verdad. Por eso hay que estar bien despierto en una sociedad tan plagada de mentiras como la nuestra. A los que no son críticos se les puede engañar de cualquier forma. Esto los políticos y los filósofos como Ortega lo saben muy bien. La masa es dirigida porque se deja dirigir; y hay gente muy forofa que termina creyendo sus propias mentiras. Don Quijote se creyó la mentira de la caballería andante, pero el mismo Quijote era una mentira construida por Cervantes para criticar la memez cultural de su tiempo. Por eso en nuestra sociedad de hoy, lo que debemos hacer es NO convertirnos en Sancho Panza, que no tenía sal en la mollera, no sea que nos creamos lo que nos cuenta nuestro amo.

El abotargamiento mental conduce al totalitarismo y a la dictadura de lo correcto y de la masa. Todos los totalitarismos quieren imponer sus verdades sin argumentar, y lo primero que hacen es señalar a sus rivales como mentirosos y buleros. La Revolución Francesa, por ejemplo, se levantó gracias a unas mentiras muy bien dirigidas a la sociedad de entonces; lo mismo que las revoluciones del siglo XX o las guerras. Hay que mentir mucho para que la gente se mate, pero funciona. ¿Quién no recuerda la guerra de Irak con las armas químicas? ¿Y las mentiras soviéticas sobre la felicidad y el trabajo del pueblo? El marxismo y el comunismo estuvo tan lleno de mentiras que muchos todavía las creen; igual que el liberalismo, el nazismo o el independentismo contemporáneo. Mentiras para lograr sus objetivos políticos, mentiras que persiguen a los que dicen lo contrario. Mentiras que hay que criticar.

Además de los políticos y los activistas, los periodistas son otros de los grandes mentirosos, pues cuentan las cosas según su subjetividad, y en algunos casos con clara intención de alterar el pensamiento de sus seguidores. Para leer “El Pais”, periódico español, hay que hacer un complicado ejercicio de lógica argumental, pues los titulares no suelen coincidir con la letra pequeña, y en ocasiones la fantasía de sus redactores es asombrosa. Ocultan parte de la verdad a sabiendas (que es como mentir) o directamente modifican los datos para que den otra impresión. Pero tienen derecho a mentir. Lo mismo que muchas cadenas de radio o de televisión. El problema no está en que digan bulos, mientan, o alteren y deformen la realidad; el problema está en que el receptor tenga el cerebro de un niño de cinco años, y se crea todo lo que le cuentan.

Por eso Marlaska no se equivocó cuando mintió el otro día diciendo que había un nuevo caso de violencia de género, cuando en realidad lo que sucedió es que el marido había intentado que la chica suicida no se tirara por la ventana. Lo que sucede es que no hay que creer todo lo que te dicen los miles de Marlaskas que salen por la tele. En realidad casi ningún caso de violencia de género es por culpa del género. Pero para eso tenemos la cabeza, para diferenciar las mentiras, las fantasías y las exageraciones de los que viven de sus propias mentiras.

Defender el derecho a que se mienta en la red es fundamental. Lo mismo que el derecho a pensar libremente y a poder contrastar las noticias. Las sociedades totalitarias se caracterizan porque quieren controlar el discurso, y para eso no dudarán en considerar mentira cualquier opinión que no sea acorde a su visión particular de la realidad. La mejor manera de evitar que las mentiras florezcan es obligando a que la gente piense por sí misma, construyendo una sociedad del pensamiento y del sentido crítico, y no una sociedad cretinizada y mentecata. Justo lo contrario de lo que están haciendo.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.