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La soledad en la novela de LOS ASQUEROSOS. La novela de Santiago Lorenzo.

“Los asquerosos” es la última novela que ha publicado Santiago Lorenzo, al menos la última hasta que escriba una nueva. Tuve ocasión de saludarle en la Feria del Libro del año pasado, cuando no estábamos recluidos, y me firmó el libro. Hablamos un poco de “Mamá es boba” y mi colaboración en ella. Nos reímos, o mejor tendría que decir que nos sonreímos. Me preguntó si había leído algo de él, y le contesté que todavía no. Le hablé también de lo mío. Me firmó la obra cumplidamente con cuatro letras garabateadas y nos deseamos lo mejor hasta la próxima.

Pero a estas alturas de la película (la de la vida) tengo que decir que sí, que ya me he leído un par de novelas suyas, LOS MILLONES y ésta que incluyo de LOS ASQUEROSOS, que acabo de leer por culpa de la ineficacia del gobierno y del poder técnico sanitario (esto es de Habermas) aislando pandemias. Las dos me han gustado, las novelas digo, así que agradezco la reclusión.

Son dos novelas diferentes, pero tienen cosas en común. No obstante, me entretengo comentando la primera, la de LOS ASQUEROSOS, pues me ha gustado y la recomiendo.

Santiago Lorenzo no escribe convencionalmente, y eso es de agradecer. Se le distingue del marasmo de miles de millones de escritores que pululan por las editoriales, de los que hacen cursillos donde lo primero que te dicen es que escriba así y asá. Cuando yo no distingo a un escritor por su forma de escribir, pienso que estoy ante algo malo, y no me suelo confundir. Por lo que he visto, tampoco Santiago les hace puñetero caso, y por eso escribe con personalidad propia.

Santiago es lo que llaman los editores una voz nueva. Es un autor que no lo han descubierto ellos, pues desde hace bastante tiempo trabaja con una editorial pequeña, casi de autoedición y alternativa, donde le han publicado varios de sus libros. Olé por él. Santiago es, sin duda, una voz nueva, pues nadie escribe como él, al menos formalmente.

De hecho, incluso inventa y reformula palabras nuevas. No le importa construir y crear términos que se entienden perfectamente, pero que son inexistentes para el diccionario. No abundan, pues agobiarían, pero sí son suficientes como para que Santiago se exprese libremente y se le entienda perfectamente. Esta osadía es legítima, pues a los escritores se nos permite cualquier licencia, que para eso somos escritores. ¡Coño, pues claro!

En algunas ocasiones, aunque formalmente el texto es impecable, tengo la impresión de que me da algunos saltos. Quizás es que soy un poco tikismikis y exigente. El caso es que mi afán ultracrítico me lleva a apreciar cierto titubeo. Este mal , como creo que es propio de cualquier escritor, incluido los mejores de la lengua castellana. Pues no me ha importado, al contrario, es un defecto que suelen segarlo los editores en cuanto pueden, ratificando la vulgaridad de una obra. Hasta en esto se aprecia la libertad de Santiago para escribir. Y la genialidad y luminosidad de su obra. Gracias de nuevo por no doblegarte a los grandes, pues esa ha sido la clave de tu éxito. El que ha llegado tras unas cuantas novelas.

El contenido de LOS ASQUEROSOS viene que ni pintado en estos días de prisión condicional. Es la historia de un tipo que marcha a la soledad de la tierra soriana huyendo de la policía y de la gente. Los asquerosos son la “gente”, la peña, la sociedad que se dedican a perturbar la vida tranquila del resto de la población, no haciendo más que lo que saben hacer, que es ser ellos mismos, y así joder la vida de los demás. Siempre con buenas caras y con un “vaya, como se pone este tío por nada que le he dicho”. El silencio es el centro neurálgico de la novela, el premio pretendido y buscado. Y el antagonista es la gente, los pesados de turno.

Esto me recuerda a un calvo que regalé a un grupo de asquerosos, que llegaron al mismo paraje solitario de la montaña berciana de los Ancares en el que nos encontrábamos nosotros (unos amigos) bien a gusto. Nos encasquetaron su radio a tope, sus niños maleducados y nos jodieron el silencio de contemplar las nubes y el horizonte. Lo del calvo no se lo cobré, aunque nos tomaran por unos macarras de barrio bajo. Lo que valió que se cortaran un poco.

Me gusta que Santiago haga filigrana con el lenguaje, que sea directo y un tanto surrealista, pues reconozco que ando indagando, desde hace varios años, intentando construir un tipo de novela de tal calado, donde lo real y lo fantástico se den la mano sin que se aprecie la diferencia. Una especie de surrealismo mágico diferente, más nuestro y menos confuso. Santiago consigue un lenguaje único, surrealista, sí; pero creo que no logra que la historia tenga el surrealismo que sí posee el lenguaje. Para más información, visita Antona Onarres.

En la novela de LOS MILLONES, le pasa algo parecido. Es una historia original, pero no surrealista. Una historia plausible, y disculpen la palabra. Creo que Santiago podría contar ambas historias con un lenguaje más aburrido sin que cambien las historias. Gracias a Dios no lo hace, pues su lenguaje formal es lo más importante de su genial obra literaria. Lo más difícil de conseguir, además.

¿Qué como escribe? A mi me suena a F. Ibáñez de Mortadelo, pero otras veces me suena más como si estuviera leyendo a un niño que fabrica un collage de palabras, en plan manualidades y pretecnología de la semántica. Algo así. Como un adolescente ilustrado que se cabrea con el mundo, y que lo hace bien. Muy bien. Escribe como Santiago Lorenzo, y nadie lo hace como él, por eso es una voz única. Gracias Santiago.

 

La amargura del sabio, y la alegría del necio.

Tengo mis dudas, y en estos asuntos abandono la claridad de ideas con la que someto a mis lectores semana tras semana con mis comentarios. ¿Son los hombres ignorantes felices? ¿El conocimiento de las cosas conduce a la amargura? ¿Son felices los tontos? ¿El que sabe mucho vive abrumado por la estupidez que se enseñorea a su alrededor? Pensar un poco nunca está de más, aunque eso nos pueda conducir a la infelicidad. ¿Es eso cierto?

Decir que los ignorantes son felices contradice abiertamente a Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad clásica, quizás el más grande de todos. Por eso me siembran las dudas decir que los tontos son felices, y que los gilipollas somos los que hemos estudiado mucho y sabemos y comprendemos (algo mejor y sin venirnos arriba) cómo funciona nuestra sociedad y nuestro mundo; y que por culpa de tanto saber nos molesta sobremanera la estupidez del que gobierna, la idiocia de las chusma cuando se hace demogresca y la memez de los cantamañanas que todos los días y sin descanso nos trituran con sus trinos pestilentes, sin ellos sospechar siquiera que son aborrecibles. El mundo está lleno de portavoces, de gente subvencionada y de ignorantes que repiten las consignas de los suyos. La pregunta es si son felices los sabios que piensan por sí mismos, o lo son ellos.

Aristóteles nos enseñaba que el filósofo es el amante de la sabiduría. Cuando el hombre tomaba la palabra y la razón, daba sentido a su vida. En cambio, el hombre que vive como un animal, o como una planta, se malogra, no contribuye a ser lo que la naturaleza le ha mandado que sea. Vivir como cerdos es muy adecuado para los gorrinos, en buena lógica, pero no es lo más adecuado para los seres humanos. Salvedad: es evidente que a algunos les encanta refocilarse como cochinos en la tele; y esa realidad me obliga a enarcar mis cejas. El impertérrito filósofo que se queda asombrado contemplando, en este caso, el defecar de su compañeros de especie, y eso le conduce a la infelicidad. ¿Qué hacen estos subnormales descerebrados? ¿Qué dice este bobo, portavoz de no sé qué? ¿Soy feliz contemplando eso?

Para el estagirita, es decir, para Aristóteles, el hombre feliz es el que se deja embaucar por la curiosidad y se hace preguntas. Es el que disfruta observando, razonando y admirando la belleza del mundo, su gentil construcción, y si me apuran, su sentido último. Es el que toma la palabra con timidez y pone nombre a las cosas y a los fenómenos. Busca una explicación plausible y se sumerge en esa búsqueda. El hombre que filosofa es feliz porque hace lo que le corresponde, cumple con el sentido de su existencia racional y humana.

Pues bien, llegado a este punto, tengo que decir que Aristóteles tiene parcialmente razón, pues aprender, lo que se dice aprender, siempre me ha sido gozoso, entretenido y placentero. De hecho, cuando llegué a 3º de BUP dudé si decantarme por las ciencias o las letras, pues en todas ellas encontraba belleza y encanto. Y sí, lo digo hoy con cierta pena, me hubiera gustado aprender matemáticas, medicina, astrofísica, biología… como el que más, pues en todas ellas había un placer oculto, no apto para todos los públicos. Confieso que hice letras puras, humanidades, y no me he arrepentido lo más mínimo, al contrario, pues he conocido muchas cosas, y soy consciente de lo que sé y de lo que no sé. Lo que me debe convertir en alguien sabio, con permiso y con modestia, o al menos, en un filósofo.

Pero conocer mucho no siempre nos trae alegría.

El primer mal de los que estudian y aprenden mucho es la soberbia que conduce a la tristeza y a la soledad. Creer que, por saber un poco más eres más, es una especie de vicio en el que me temo caen la inmensa mayoría de los profesores de universidad, y muchos otros. Poca gente hay humilde que reconozca que sabe poco. “Solo sé, que no sé nada” es una frase extraña entre los sabios de nuestro tiempo, aunque fuera vieja y de Sócrates, maestro del maestro de Aristóteles. De hecho, hoy encontramos sabios y expertos en todo que no saben ni de lo suyo. Personalmente me gusta escuchar al que tiene algo que decir, algo nuevo y propio, algo investigado y descubierto. Por desgracia, mucha gente no sabe ni de lo que habla, aunque se crean listísimos y cultísimos. Hay idiotas disfrazados de sabios, supongo.

El segundo mal es la tristeza por confrontar la realidad, que no siempre es bella, lozana y natural. Aprender observando la naturaleza es agradable, pero aprender derecho administrativo, por ejemplo, es comprender de sopetón las mil y una injusticias que se ciernen sobre la humanidad, llamada ahora administrados, contribuyentes, ciudadanos…

Saber Derecho implica refutar de inmediato algo así como el 95% de las declaraciones de casi toda la peña que aparece por el telediario, desde los políticos hasta los espontáneos. Saber Derecho es como descubrir que el mundo está lleno de mentirosos y de filibusteros tratando de engañar al personal con frases rigurosamente falsas. Frases que además calan en la sociedad, incluso en gente que ha estudiado (eso es lo que más me ha sorprendido siempre) y que las repiten hasta la saciedad, como si supieran algo del tema. Saber Derecho es contemplar la irresponsabilidad permanente y constante de los que niegan la separación de poderes diciendo que la protegen; o que mienten sobre lo que es la Democracia, a la par que se ponen medallas de guays y demócratas de toda la vida. Tristeza, claro. Qué si no.

¿Qué añadir? Que esa tristeza enloquece y enerva al sabio cuando el conocimiento profundo es sustituido por el eslogan de la masa. Se hace acerba la vida cuando se escucha el discurso asertivo del que no tiene nada que decir por falta de pulso intelectual, y te repite el eslogan que ha escuchado en otro cursillo semejante al que imparte. Es dramática la vida del sabio que contempla el deterioro del saber en sus semejantes, deterioro que casi siempre va acompañado por la inmoralidad, el vicio y el desprecio por las tradiciones y el saber clásico y sólido.

Para el sabio, alejarse de todo eso es casi una obligación moral, pues hay que evitar el contagio del virus de nuestro tiempo que nos obliga a hablar en frases eslogan porque la peña no quiere escuchar a nadie más de cinco segundos. Casi mejor no decir nada, y así que se estrellen, creo yo.

Mi pregunta, sin embargo, sigue en pie. ¿Son felices los necios y los bobos? Sólo y cuando no sepan que lo son. Por eso, la salida maligna y honrosa de los sabios con la nube sobre la frente  consiste en contarles la verdad y fastidiarlos. Al fin y al cabo, eso es lo que deben hacer los filósofos. ¿No crees, mi querido Aristóteles?

 

 

Mi entretenida y curiosa carrera cinematográfica.

Veía el fin de semana la gala de los insoportables premios Goya de este año, y me acordaba de mi incursión por el mundo de la cinematografía. Hay bastantes escritores que antes de escribir se sintieron muy atraídos por el cine, y que luego, viendo que era un campo imposible por endogámico, optaron por escribir, que es más barato y más satisfactorio. Además, siempre hay que pelotear menos a la gente y bajarse menos los pantalones ante los consagrados de todos los tiempos. ¿Qué hay de lo mío? Eso en el mundo del cine es lo habitual.

El caso es que el gusanillo por el cine me vino por culpa de la película que vi en la Seminci de un director novel llamado Fernando León de Aranoa, y que se titulaba Familia. La peli me resultó fascinante, incluso yo diría que mágica. Aquella actriz desconocida llamada Elena Anaya, y aquella trama tan sugerente sobre la verdad y la mentira en la vida de las personas me mantuvo en vilo, en reflexión permanente y asombrado durante varios días. Yo quería hacer algo así, hacer cine y arte. ¿Era imposible?

Conocía la mecánica de la música y la mecánica de la pintura. En aquel año, octubre del año 96, estaba acabando la carrera de teología, con la finalidad de ser ordenado sacerdote no tardando mucho, sin embargo aquella película me embriagó y me sacó de un itinerario que parecía marcado. Ya era Licenciado en Derecho, y era una persona leída, pero desconocía todo lo que había detrás de una cámara, y me empecé a interesar y a obsesionar por el Séptimo Arte. ¿Qué era aquello? ¿Cómo se hacía? ¿Era posible el arte?

Durante ese curso escolar busqué todo lo que pude sobre el mundo del cine. Me metí en él, me interesaba todo y quería aprender mucho. Soy autodidacta por naturaleza, sobre todo cuando no existe otra posibilidad. Me hubiera ido de buena gana a Madrid, o a Miami, o a Los Ángeles a alguna escuela de Cine que me enseñara, pero no podría ni quería dejar los estudios de Teología, que como he dicho, concluía ese mismo año.

Participé en un curso breve de guión y cine impartido por Primitivo Aguado. Primi era el productor ejecutivo que trabajaba habitualmente con Elías Querejeta, y ahí conocí a un buen número de personas jóvenes, todas amantes del cine y de hacer cine. Leí todo lo que puede sobre narrativa cinematográfica, guiones de cine. Estudié y estudié. Comprendía que el guión y el guionista es la madre de todas las historias y todas las películas. Luego el director hace y rehace, y finalmente el montador. Era como una danza de varias personas donde la sincronización era fundamental.

El caso es que lo aprendí todo. Tuve la oportunidad, me invito una amiga, a participar como extra en el rodaje de la película Mamá es boba de Santiago Lorenzo. Me gustó la experiencia tanto, que le pedí al director si podía quedarme por allí viendo y aprendiendo. Me dijo que sí, y sin que habláramos demasiado, estuve durante la semana que rodaron en Valladolid husmeando todo lo que pude, preguntando a unos y otros y aprendiendo. Script, iluminación, sonido, maquillaje. lo único que no hice fue molestar a los actores, que estaban en lo suyo. Todo aquello me parecía un gran engranaje, una especie de orquesta filarmónica que dirigía un maestro con su batuta.

Uno de los días me dijo Santiago si quería decir una frase en la película, propuso a varios y tras hacer una recitación, me eligió y debuté en el celuloide. La frase, encajada en una conversación, la pronuncio con Gines García Millán, un buen actor al que saludé. ¿Mi frase? “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él”. Hicimos tres tomas, todas de lujo que debieron sorprender al montador. Según me contó Santiago, le encandiló mi ejecución vocal.

En esos meses me sucedieron muchas más cosas sorprendentes, pero sería muy prolijo contar ahora. Entre otras, saludé al Papa, Juan Pablo II en Roma, abandoné el seminario, obtuve la Licenciatura en Ciencias Eclesiásticas (Teología) y continué estudiando cine. Me empapaba de todo lo que podía.  Durante aquel verano hice buena relación con el joven director de cine Ivan Sainz-Pardo, participando como asesino, o algo así, en uno de sus primeros cortos. No recuerdo si participé en algún otro rodaje suyo. El chico rodaba cámara en mano con mucha habilidad y talento. Eran historias llenas de vida. Iván luego se fue a Alemania y continúa dirigiendo cortos, algunos de los cuales han sido premiados, hoy es un tipo muy reconocido, al que por supuesto, también le gusta escribir. Reconocido, pero no en los Goya, claro. El cine es el cine.

El caso es que durante ese verano acudí a un curso de cámara de televisión y de realización para deempleados. Era curioso pero mi vida parecía girar de nuevo hacia un mundo desconocido para mi. Escribí varios guiones de cine, cortos; y rodé, en formato Betamax, creo, mi primer corto con ayuda de varios enamorados del cine. Choco y varios más. Yo mismo participo como actor en un corto suyo. En esos días, fundé la Asociación de Cineastas Quinito Films, cuya continuidad terminó en un armario de mi casa. Sorpresa tras sorpresa. De esta manera escribí mi primer guión de cine, y registré mi primera obra literaria, si es que se puede llamar así. Era un proyecto de cineasta, de jurista, de teólogo y de merluzo que tenía toda la vida por delante.

Sin embargo, los garbanzos son los garbanzos. Por eso, cuando en septiembre me propusieron trabajar como profesor de Religión en el Ferrari de Valladolid, en media jornada, no me lo pensé. Era algo de dinero, y ya seguiría con el cine cuando pudiera. ¿Acaso era imposible compaginar la vida? Desde entonces he dado clase, y como la faceta de cineasta no he podido desarrollarla, pues me he dedicado a escribir, que es bastante más barato.

¿Qué por qué dejé lo del cine? Es una afición demasiado cara; además, se necesita a mucha gente para sacar adelante una peli. La suerte última que me desesperó fue la excesiva endogamia de los que se dedican a ésto en España; o tienes apellido o eres amiguete de los amiguetes progres y guays de ese mundillo. Ni siquiera los que estaban bien relacionados son atendidos ni tienen suerte. Daba igual que fueras un genio o un pardillo, se necesita abuela y padrino. Y bajarse los pantalones. Opté por ir al cine sin más, y disfrutar viendo lo que otros hacían.

Por eso, cuando veo una fotograma de una película recuerdo lo que significa estar al otro lado, esperando que llegue el cámara, que suene la claqueta, que se ilumine la escena, que haya treinta personas mirando cuando parece que no hay nadie. Y me veo a mi mismo haciendo cine otra vez. Al menos por unas horas y hasta el día siguiente, hasta que me siento a escribir las siguientes letras de mi próxima novela.

La fuente de inspiración inagotable de un escritor.

Hablo de mi caso, y creo recordar que coincide con la de muchos escritores latinoamericanos del siglo XX. La vida de los vecinos y de la familia es una fuente de inspiración constante para un escritor cuando la vida se hace relato.

Desconozco de qué hablan otras familias, pero en la mía es muy habitual contar historias de un abuelo, de un bisabuelo, de un tío abuelo o de cualquier otro antepasado, primo, tío o sobrino. Se comenta jocosamente sobre lo que le pasó, lo que hizo o lo que tenía por costumbre. Son anécdotas que llaman la atención a sus parientes, y por eso lo recordamos con humor, con gusto, con intriga y con gozo. Los ojos de nuestros mayores brillan cuando recuerdan cómo era fulanita o menganito. Genio y figura… dicen. Qué forma de ser. Y son personas que han pasado por nuestra vida dejando una huella indeleble en el alma.

Estas personas queridas, se convierten en perfiles, en arquetipos humanos cuando por observación los utilizamos como personajes para edificar un relato. Yo no sé otros escritores, pero yo tengo que ver al personaje, tengo que saber todo o casi todo de él para comprenderlo y moverlo por la trama. Aunque no lo cuente en la novela, mis personajes tienen un pasado, y yo soy dueño de su presente y de su futuro. Tienen un carácter, una manera de ser, y ahí es donde las viejas historias y lo que observo y conozco es vital para mi.

La realidad supera la ficción, por eso siempre ha habido gente que ha hablado con los muertos, gente con deseos de soledad y de compañía a partes iguales; y gente, en general más díficil de carácter o más fácil. También ha habido siempre personas cuyo único interés en la vida ha consistido en nacer, casarse, reproducirse y morir. Por ese orden, mientras que otras siempre han tenido más gusto en inventar un crecepelo, un aparato que vuele o un idioma universal para entendernos con los que no son del pueblo. Sin embargo, en general todos coincidimos en que la vida hace de las suyas, y todo lo que uno planificó se derrumba. La historia es imprevisible, incluso la historia de las personas en su individualidad lo es. Encontramos gente con inquietudes, y gente muy satisfecha con su vida, pero casi siempre gente que no controla su vida y que necesita darle un sentido.

Recuerdo cuando estudié hace años las técnicas de escritura del guión de cine y TV que se aconsejaba que sucediera algo y que los personajes no fueran ordinarios. Nos pedían que tuvieran algo especial. Un policía que se prostituye por la noche es más interesante que un policía aburrido; y un cantante famoso que odia la música da más juego en una serie de televisión que un tipo aburrido y feliz de haberse conocido. Por eso ha dejado de ver un tipo series y determinada clase de cine: porque es demasiado previsible que si no se enrollan todos los personajes  y se acuestan todos con todos el guionista no sabe qué hacer para que no sea aburrido. Alargan las series poniendo al personal en pelotas o bajo tierra. Dicho con un ejemplo: lo de los Alcántara en Cuéntame no es normal. La vida no es así de estresante, gracias a Dios.

Pero no por eso es menos interesante, entre otras cosas porque es más real.

Recuerdo la historia de un hombre desconocido que pasó por el majuelo con su caballería . Tenía ganas de tomar un trago de vino, y le pidió a un vinatero que vio por allí que le diera algo de beber. El hombre le ofreció un vaso colmado, y tras probarlo y disfrutar de él, pidió un barril entero para saciarse la sed, pues dijo, ser muy buen vino. Ni corto ni perezoso el bodeguero le vendió un barril pequeño, supongo que de unos tres o cuatro litros. Aquel forastero acercó su boca al agujero por donde salía el néctar de la uva y se bebió todo el contenido del barril. Lo tiró al suelo con cierto estruendo. Muy rico, dijo. Y subió a su caballería para continuar camino. Ni que decir tiene que salieron todos en espera de que aquel hombre se cayera del caballo, pero eso no sucedió. Se mantuvo erguido mientras les dijo adiós con la mano a él y a su familia. El majuelo era el de mi tatarabuelo, y la historia nos la hemos ido contando unos a otros.

Presentación del libro TRAS EL CIELO DE URANO.

 

La verdad es que estuve muy relajado y a gusto. Como no no podía ser menos. Acudieron amigos, viejos conocidos y algún que otro familiar; gente lectora en general y gente interesada en disfrutar de un encuentro ameno en particular. Aproveché para saludar a viejos y entrañables amigos, y me entregué a la febril tarea de firmar y estampar firmas y dedicatorias en unos cuantos libros. Nunca había tenido tanta cola esperando la inmortal rúbrica que convierta la novela TRAS EL CIELO DE URANO, en un ejemplar único. Digo. Eso me obligó a despedirme con rapidez de Carlos Malillos que me ayudó con genial talento en la presentación del susodicho pequeñuelo. Gracias a él y a todos los asistentes, que fueron muchos e importantes.

Ahora a descansar. Tengo nueva firma en La librería el Sueño de Pepa el día 18 de diciembre por la tarde. Allí nos veremos, si Dios quiere.

Os dejo con unas cuantas fotos del evento.

Dentro de dos días presentamos el libro. TRAS EL CIELO DE URANO

Los sentimientos se cruzan para retorcerse. Presentar un libro es casi como bautizar a una criatura pero sin el como. El caso es que tal actividad produce en el progenitor -en este caso, un servidor de usted- una tensión no exenta de respeto y temor hacia el público, el cual termina convirtiéndose en el crítico verdadero del libro. ¡Vaya mierda o me ha encantado! Ahí es nada.

Escribir es agradable y placentero. Puede ser bastante cansado y tedioso en algunas de sus partes, o convertirse en un esfuerzo grato y entretenido, incluso divertido. Escribir requiere constancia y exige perseverar hasta el final. Primero se estudia el tema, luego se planifica, se redacta, y finalmente se revisa hasta que te parece que queda medianamente aceptable. Entre uno o dos años mínimo. Algunos se quedan en la primera fase, en la segunda o en la tercera. Y yo sé que pasa el tiempo, y que no todos los libros ven la luz, pues muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Casi todos los escritores (y artistas) tenemos costumbres parecidas con respecto a nuestra obra. Me identifico con otros creadores en la sensación de inseguridad que produce a cualquier artista su obra. Lo haces porque lo llevas dentro y te revienta el alma no sacarlo fuera. Es como parir, se hace con dolor y alegría, y hasta que no sale de tus entrañas no te quedas a gusto. Pero esto es distinto a tener un bebé. Porque un hijo siempre es para su madre y su padre la más bella criatura del mundo (hay excepciones que saltan a la vista y que motivan un “madre mía, que bicho más feo”); y escribir, pintar o componer no resultan casi nunca bellos a los ojos de su creador.

Escribir es como parir un alien, y la duda del huevo será si alguno se dará cuenta de los defectos que tú sí que ves. Quizás no les importe, piensas. Y eso es lo que suele pasar. Un hijo es así, y así me lo ha dado Dios; pero parir un libro es ver sus defectos cara a cara.

Coincido con muchos escritores en que escribir para los demás tiene algo de exhibicionista, y eso te obliga a pasar por el trance que envenenará tus emociones los próximos meses. ¿Te ha gustado? Es la pregunta que haces, y la afirmación, lo que esperas que te digan sin más ni más es el bálsamo de Fierabrás, el que cura todos los males. “Sí, me ha gustado. Es la mejor novela que he leído en mi vida”. Por desgracia, si te lo dicen, no te lo crees. Además, eso no suele pasar tan fácilmente, sobre todo porque hay cientos de novelas clásicas mejores. ¿Qué leerá este tipo para que le guste lo mío? Y así hasta el que la duda metódica del artista bordea la galaxia de un infinito imposible de recorrer. Igual no soy tan malo, y te animas a escribir otra cosa.

Personalmente -confieso mi obsesiva naturaleza- como me embarco en un nuevo proyecto más pronto que tarde, suelo considerar el libro recién parido como algo del pasado, como algo que ahí está por el mundo bambando a sus anchas sin tenerme en cuenta. De cuando en cuando nos volvemos a ver en una Feria del Libro, o en una firma improvisada.

Este es el quinto libro que publico, aunque en el fondo sea el tercero, pues “Los Caballeros de Valeolit” era una obra única que publiqué en tres partes por exigencias de tamaño. Cuando saqué “El ángel amado” no me inquieté tanto, pues sabía y sé, que es una buena novela y que aunque no sea la temática religiosa la más apetecible por mis lectores, nadie podía echarme en cara que fuera una mierda. Al contrario, sé que El ángel era una obra maestra. ¿Y ahora? ¿Qué pasa ahora?

Ahora sucede que el niño parido es una novela de ciencia ficción. He cambiado de género. TRAS EL CIELO DE URANO es una novela de aventura pura y dura, con intrigas, supervivencia, amor y amistad. Yo creo que lo tiene todo, pero se trata de una aventura espacial que puede extrañar y sorprender a mis lectores de siempre. La libertad que tengo como escritor que se ha librado de las editoriales debe asumir el riesgo que produce la intemperie de ir y venir por donde el arte y el instinto te lleven. Y eso no es tan fácil para un alma creativa.

Sé, porque lo sé, que Picasso se sintió igual que yo cuando presentó por primera vez “Las señoritas de Avignon”, y es que la inseguridad de cualquier artista está siempre bajo la piel, a veces coraza, que soporta y aparenta soportar. Orgullos que disimulan los temores. ¿Gustará o no gustará? Por orgullo puedes pensar que no la entienden; pero también, la lógica y el instinto, te pueden llevar a temblar ante la terrible realidad de que no sea lo suficientemente buena.

Siempre he pensado, desde que terminé la primera redacción hasta la última revisión, que TRAS EL CIELO DE URANO era una buena novela, de las que puede gustar mucho y emocionar al lector, incluso hasta el punto de que podría convertirse en un superventas. Pero no sueño, pues conozco el color del suelo por donde piso. También conozco los errores nimios que presenta este tercer hijo que publico. Tengo confianza en la fuerza y capacidad de esta novela; y todavía confío más en la benevolencia del que me lee. ¿Me perdonarás que haya cambiado de género literario? Hay quien me dice ya que soy el mismo escribiendo en otro género, y que se nota. Pero yo también sé que puedo parir una obra mejor, una que me deje satisfecho cien por cien y que traspase el desfilar de las generaciones.

Este jueves será un gran día. Presentaré una obra diferente. Sé que el viernes por la mañana TRAS EL CIELO DE URANO será una criatura que dejará de pertenecerme. Me huirá y vivirá sin mi. Para siempre o hasta el olvido. Nos veremos en alguna feria, en otras firmas, y en lugares a los que sueles frecuentar. Si te portas bien, querido libro, te escribiré una segunda parte.

TRAS EL CIELO DE URANO. Viajar por el espacio exterior.

Este pinturajo que hice hace unos meses quiere reflejar medianamente a los distintos icosaedros, las naves espaciales del grupo de colonos que sobrevolaron el cielo del planeta Urano antes de emprender vuelo hacia el espacio exterior. Historia que se cuenta en el libro que presentaré en sociedad el próximo jueves 28 noviembre en la Casa Revilla de Valladolid a las 19h30 y que lleva por título TRAS EL CIELO DE URANO. Ni que decir que estáis todos invitados y que la entrada es libre.

Ayer mismo, con la intención de preparar el evento, quedé con Carlos Malillos, escritor cuyo éxito y buen hacer en las letras me deparó una buena tarde, llena de sonrisas y cariño. Por supuesto no faltó el humor, ni la tranquilidad de alguien que convierte lo que toca en sensatez.

Me trajo a la mente varias reflexiones que luego me llevé a casa. Reflexiones sobre escritores y editoriales, donde nunca faltan referencias a qué sucede en el periodismo local, cual es la realidad solitaria de los que escribimos, o cómo los momentos de encuentro con los lectores son más gratificantes que las discusiones con los editores. Escribir es un drama, pero es importante no olvidar que es también un placer solitario que se termina compartiendo.

Escribir TRAS EL CIELO DE URANO llevó consigo una serie de reflexiones sobre viajar al espacio exterior que no son nuevas para los científicos. Nuestra especie está muy bien adaptada a la Tierra, donde se dan unas condiciones que son difícilmente repetibles en cualquier otro lugar del universo. Es casi imposible que encontremos un planeta idéntico al nuestro, y es bastante problemático salir al espacio exterior en calzoncillos y bufanda.

Abandonar la órbita de la Tierra nos obligará a ajustarnos y a adaptarnos al hostil espacio exterior, que nos agrede con dos asuntos especialmente graves: la ausencia de gravedad que daña nuestra salud multifuncionalmente y la radiación solar y espacial que nos bombardea cuando no estamos protegidos por la magnetosfera de la Tierra, y que daña nuestro código genético y nuestras células.

Tenemos dos soluciones para esa adaptación:

La primera solución es sacrificar nuestro organismo y modificar nuestra genética para poder sobrevivir en otras condiciones. En resumen, dejar de ser seres humanos para convertirnos en otra especie que no quede afectada por la ausencia de gravedad ni por la radiación. Seguramente la solución a tales problemas nos llevará mucho tiempo encontrarla. Sabemos que algunas bacterias pueden sobrevivir fuera de la Tierra, y que hay especies que no necesitan la gravedad para vivir. Así que tenemos un largo camino para aprender y aceptar que esta vía es una posibilidad.

La segunda solución es adaptar nuestro entorno permanentemente para vivir. Crear mundos, naves y espacios físicos con gravedad artificial que reproduzca lo que tenemos en la Tierra es la otra vía. Deberemos crear mecanismos y sistemas de protección para que la radiación no penetre en nuestros organismos ni en lo que nos rodea. Generar gravedad artificial para movernos y igual que por Valladolid y un cordón magnético que nos proteja.

Necesitamos, en definitiva, llevarnos todo de nuestro mundo y viajar a otros lugares con un amplio equipaje. De alguna manera, es la manera ordinaria que tenemos cuando salimos de casa cuando para aventurarnos por el monte. Es como lo hicieron en los siglos pasados por continentes y mares desconocidos. Llevábamos la pata de jamón metida en la bodega del barco. Ahora sucederá lo mismo, llevaremos la granja de cerdos en la nave espacial para poder comer de cuando en cuando un lomo embuchado de los que nos gusta. Todo curado a la sombra de la radiación cósmica y de los anillos de Saturno.

No me quiero salir del tema, pero casi todas las soluciones que está proponiendo la NASA sobre el espacio y su aventura proceden del segundo bloque. Adaptarnos y adaptarnos. ¿Estamos recorriendo un camino equivocado e imposible por excesivo? El tema es más filosófico que científico y la solución me temo que vendrá del precio más asequible. Si es más barato modificar nuestra genética, pues así será. Si es más fácil reproducir la Tierra a nuestro alrededor, pues así lo haremos.

Recién llegado de imprenta. TRAS EL CIELO DE URANO.

Lo esperaba para finales de semana, pero hete aquí que ha llegado esta misma tarde.

Dormía la siestecilla cuando una llamada perturbó mi tranquilidad. ¿Antonio José López? El repartidor me entregaba las cajas con los ejemplares de TRAS EL CIELO DE URANO. En pocos días estará en manos de la distribuidora RM con sede en Mojados y se empezará a llevar a las librerías de Castilla y León para venderse. Quien desee el libro puede pedirlo a la distribuidora y lo envían. Claro que sí.

Ni que decir tiene que he abierto una de las cajas para tocarlos con mis manos. “¡Hijos míos! Clamaba el poeta viendo que aquellas páginas eran un trozo de su carne…” Bueno. Menos bobadas y al grano.

TRAS EL CIELO DE URANO es ya una realidad tangible y física. Y haremos la presentación oficial el próximo día 28 de noviembre a las 19h30 en la Casa Revilla, Sala Francisco de Cossío. Será un ratito agradable. Seguro.

De momento os dejo con unas fotos para que veáis un publirreportaje del encuentro con la última criatura.

 

Presentación del libro TRAS EL CIELO DE URANO en la Casa Revilla de Valladolid

Ya tenemos fecha. PRÓXIMO 28 NOVIEMBRE, A LAS 7 Y MEDIA DE LA TARDE EN LA CASA REVILLA.

Se trata de TRAS EL CIELO DE URANO, mi primera novela de ciencia ficción. Aventura en toda regla, con trama trepidante incluida y una historia preciosa de amistad, amor y superación. Será en la Sala Francisco de Cossio de la Casa Revilla, que desde hace años es lugar de encuentros y de cultura.

Salgo así de la pereza y la reclusión a la que me suelo entregar entre libro y libro. Me gusta acudir a las cosas, pero soy poco amigo de organizar y meterme en líos. Pido perdón a mis lectores pues no hice ninguna presentación con mi novela anterior EL ÁNGEL AMADO. Es verdad que se vendió aceptablemente, y que estuve en las firmas en las que pude, pero ahora, ante la luz y la lamparilla de mi mesa de trabajo, puedo prometer y prometo que no volverá a pasar. Trataremos a TRAS EL CIELO DE URANO como se merece. Con honores de libro.

Por supuesto no puedo dejar de agradecer a Pepa, de la “Librería el Sueño de Pepa” de la plaza Mayor de Valladolid su esfuerzo para organizar este encuentro en la CASA REVILLA. Pepa es una mujer diligente y activa que respalda y apoya el trabajo de los escritores de la ciudad. Y eso es de agradecer y mucho.

Me ayudará en la noble tarea de bautizar este libro TRAS EL CIELO DE URANO mi querido amigo y escritor de encuentros y tardes felices, D. Carlos Malillos. Sus novelas son una enseñanza para el lector adolescente y juvenil, una delicia para los adultos que nos atrevemos a entrar en su mundo y su escritura. Le agradezco que esté con nosotros en esa tarde que aventuro memorable, y por supuesto, les emplazo a todos ustedes, lectores asiduos al DÍA 28 DE NOVIEMBRE A LAS 7 Y MEDIA EN LA CASA REVILLA PARA LA PRESENTACIÓN de TRAS EL CIELO DE URANO.

 

Las heces envasadas del tío Pit.

Cuando Pit descubrió que podía envasar sus heces para venderlas en una performance,  su ama de llaves levantó una ceja, arrugó su papada y se ofendió 2,5 en escala Richter. Estaba claro que era una señora como las de antes, y que no deseaba molestar al dueño de Napoleón, que era el nombre que convinieron para llamar al caniche de oro fino que deambulaba por su palacio.

Con la ocurrencia llegaron los insomnios, que pueden resumirse en tres. ¿Qué si no? El primero lo provocó la Hacienda Pública, el segundo el Ministerio de Sanidad francés y el tercero la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra de Bélgica.

Hacienda le envió una carta, pues tanto defecar como vender mierda debían pagar el correspondiente Impuesto de Valor Añadido.

Pit contestó que ya había pagado IVA al comer, y que era la misma materia subatómica que ahora defecaba y vendía, y que no se podía pagar dos veces por lo mismo.

Hacienda respondió que si esa mierda ahora valía oro, debía ser repercutida en los porcentajes que marcaba la Ley, es decir, el 21%. Y que debía pagar por cada ñordo valioso que arrojara y fuera vendido, donado o almacenado  a partir de la correspondiente notificación y sin efectos retroactivos.

Respondió Pit que la mierda la había cagado en el Louvre en Francia, que él era un artista y que no debía quedar sujeta a impuestos españoles sino franceses. Y que era una obra de arte. Y por supuesto, aseguró en carta jurada que no pensaba cagar más, no se lo fuera a gravar la Hacienda de los cojones.

La Agencia Tributaria se sonrió, y tras aceptar la declaración jurada de no volver a hacer arte con sus heces, informó a escondidas a a Francia para que investigara sobre el asunto.

Sin embargo, antes de que enviaran la mierda al depósito de los Juzgados de la plaza Castilla de Madrid, para que se tramitara su venta en subasta pública, llegó una llamada de la Ministra de Sanidad francesa a su homólogo español con una importante reclamación. Aquellas heces, que habían sido producidas en el Louvre pertenecían al Louvre, pues era arte robado y debían, según la normativa vigente de la Unión Europea para la protección del arte y contra el brexit, quedarse en suelo francés.

Aceptó al petición el ministro español, que era de natural conciliador, y tras enviar el único resto de heces del tío Pit, abrió un proceso penal contra el artista, por robar arte francés a sabiendas.

El tío Pit fue detenido el jueves por la tarde cuando estaba intentando negociar una exposición de arte con la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra con sede en Bélgica, y sucursal en Tierra de Campos. A la vez se abrió un debate importante sobre el Guernica que no llevó a nada.

Sin embargo, aquella detención alertó a la prensa, que tras movilizar a la demogresca en un par de programas, logró que la exposición de las primeras heces del tío Pit, defecadas en 1969, culminaran con una marcha nupcial de varios colectivos liberales. Se multiplicaron las visitas, las bodas, los banquetes y las heces por los medios. Hubo incluso varios miles de chalecos amarillos que se manifestaron frente a la sede de la Embajada China sin motivo suficiente.

El caso es que, por desgracia, el pobre tío Pit tuvo que huir del continente, pues estaba decidido a no pagar más impuestos por la venta de sus cagurrios. Y además estaba harto de no poder usar las toilettes de la Europa civilizada.

Cuando falleció, veintiocho años después en Pernambuco, hablaron de la falta de incentivos que había en España para proteger la cultura y a los grandes artistas. Por supuesto, junto al cuadro de “la Libertad guiando al pueblo” en el Louvre hay una inscripción que indica que en ese lugar, el tío Pit tuvo su primer retortijón en tierra francesa. Un lugar que ha despertado una variada literatura sobre qué quiso decir el tío Pit, y si tiene relación con que todo comenzara delante de un cuadro tan emblemático.

Y Fin.

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.