DIVISIÓN Y ENFRENTAMIENTO EN LA IGLESIA POR CULPA DEL ULTRATRADICIONALISMO.

La división y el enfrentamiento siempre es empujado y propiciado por los ángeles caídos, por Satanás y su banda de forajidos, que nos odian. Esos feos odian la comunión, la obediencia y la humildad. Odian la unidad, y odian a la Iglesia. Sus engaños se dispersan en forma de bondades (siempre ha sido así) por entre sus fieles más incautos y soberbios; y terminan arrojando a la luz, los frutos que cosechan, y que son la tristeza, la dispersión y el enfrentamiento. «Diabolein» en griego significa «dispersar».

Quizá sea por las redes sociales, o quizá por los tiempos recios que nos toca vivir, que lo siguen siendo, mi querida Teresa, pero lo cierto es que afloran varias corrientes pérfidas que quieren diluirla con estrategias de destrucción y que guardan muy poca humildad. Estos hermanos siembran el dolor hiriendo a la comunidad cristiana y generando escándalo entre los fieles y los santos de la Iglesia Católica. Hoy me centro en los ultratradicionalistas.

Los ultratradicionalistas, clericales de toda la vida, olvidan las reflexiones inspiradas por el Espíritu Santo a los padres conciliares del Vaticano II. Esta corriente está, y creo no equivocarme, financiada por movimientos radicales de la política internacional que algunos denominan «ultraderecha» en sus líneas más tradicionalistas y exageradas. Nos invaden mientras que olvidan el Evangelio.

Bajo esta corriente encontramos cristianos fieles, y clérigos de toda condición, para los que es más importante la muerte de la cruz que la alegría en la resurrección; la comunión en la boca y de rodillas, que la misericordia entrañable de un Cristo que nos invita a comer su mismísimo cuerpo; las oraciones en latín son más santas que leer y estudiar la Palabra de Dios; la Misa de espaldas antes que la Misa dispuesta como mesa compartida donde los hermanos se reúnen alrededor del cuerpo entregado y la sangre derramada de la Eucaristía.

Yo me encontré en Lourdes, hace unos años, a un clérigo de este tipo, que se empeñó durante toda la confesión en hablar mal de los obispos y del Papa por permitir la comunión en la mano. Esperé pacientemente a que me diera la absolución, y generó en mi tal escándalo, que todavía no me he recuperado. Por supuesto, si ha muerto, estará en un purgatorio muy doloroso por abusar del sacramento de la misericordia, y es que a los clérigos, que han recibido muchas más gracias, se les exigirá mucho más el día del juicio.

Estos cristianos, de lo que no dudo su buena intención, seleccionan de la fe y de la Iglesia lo que quieren, a modo de supermercado espiritual; y escogen el producto más tradicional, olvidando que la Tradición, en la reflexión de Ortega y Gasset, no puede ser una cosificación, sino algo vivo que transmitir a la siguiente generación tras haber pensado, y me atrevo a añadir: amado y rezado.

La tradición por la tradición es absurda, está hueca, y si no es repensada, no desplegará su significado, sino que se retorcerá hasta lo ridículo.

Por supuesto, en política, critican que la Conferencia Episcopal no defienda a muerte a Franco, al Valle de los Caídos, que no excomulgue a Pedro Sánchez todos los días, o que no agradezcan los obispos a Vox su existencia salvífica antiislámica.

Para estos fieles, muchos llenísimos de soberbia y otros de nostalgia, no debería haber diálogo ecuménico con los protestantes, porque según ellos, están todos condenadísimos. En realidad no quieren ni diálogo con la izquierda, ni diálogo con nadie. Dialogar es pecado para estos hermanos, y eso es contrario a lo que dice la Iglesia en Gaudium et Spes, sin ir más lejos.

Ellos creen que están todos errados menos ellos. Incluso consideran equivocado el pontificado de nuestro querido papa Francisco, y por supuesto, tampoco les hace mucha gracia León XIV. Al único que salvan un poco es a S.Juan Pablo II, y dejan fuera a Benedicto XVI porque no lo han leído ni escuchado. Siempre hay variantes, según quién hable, claro, pero en general echan pestes de S Juan XXIII, e ignoran el pontificado brillante y complejo de Pablo VI. A JPII tampoco lo han leído, les basta con un par de eslóganes sacados de contexto.

En privado te dirán que no les mola mucho el Concilio Vaticano II, lo que los deja fuera -o al menos al borde-, si no de derecho, de facto, de la comunión de la Iglesia Católica. Algunos se prodigan por las redes, y generan mucha confusión entre los fieles creyentes que suelen estar poco formados. Luego les toca a nuestros obispos llamarles la atención cuando dicen que rezan para que se muera el Papa Francisco, por ejemplo.

El desastre y la confusión, digo, es mayúsculo, porque el problema no están en lo que defienden, sino en lo que atacan. Que estos fieles amen y hagan Adoración al Santísimo es estupendo, y comparto con ellos el amor a la Eucaristía; pero no deberían olvidar a los pobres que piden en la puerta de las Iglesias. Cristo están en la Eucaristía, pero también están en los hermanos que nos pone en el camino, incluidos los emigrantes. Olvidar eso, es olvidar el evangelio.

Dicho de otra forma y en otros ejemplos: la cruz es necesaria, pero hay que resucitar; rezar en latín siempre puede ser agradable, pero entendemos mejor el Evangelio cuando lo leemos en castellano. Estos cristianos hacen cruzada personal de la comunión en la mano, son defensores del clericalismo preconciliar y de un excesivo espíritu de condena que deja fuera la misericordia entrañable de Dios para con nosotros. Siembran división y confusión entre los fieles, pretendiendo lo contrario. Quieren enderezar lo que el Concilio hizo mal, y eso es de una soberbia demoníaca.

Para estos hermanos radicalizados, el problema no está en que ellos quieran participar en el jubileo de Roma, sino en que no quieren que existan cristianos LGTBI que participen de la misma, o que deseen acercarse a Cristo. Se oponen a la Iglesia entendida como Pueblo de Dios, como comunión y en sinodalidad; y sólo esperan jerarquía y ordeno y mando por parte del cura que les guste, porque a otros sacerdotes, y por supuesto al obispo, no muestran obediencia alguna.

Bajo esas perspectivas radicales y soberbias, quieren obligarnos a una comunión de rodillas y en la lengua. Porque no saben que la lengua es tan pecadora como la mano. Nos transmiten sus escrúpulos de conciencia personales, y sus oraciones particulares antiguas, olvidando las más significativas y sencillas oraciones de la Iglesia, las que se basan en la Palabra de Dios. Se niegan a leer la Palabra de Dios porque les parece protestante y casi herético; y parece que les da grima potenciar la Liturgia de las Horas, o la lectura de la Biblia, entre los fieles laicos.

Este clericalismo, por desgracia, impregna más a los sacerdotes jóvenes que a los mayores, a los laicos de nueva generación que a los que apuntan canas, aunque de todo hay. Ser cristiano, y seguir al Señor es difícil, pero la tentación del clericalismo y del ultratradicionalismo son un pecado contra la Iglesia que se manifestó en el Concilio Vaticano II a favor del Pueblo de Dios, buscando acercar la Eucaristía y la Palabra de Dios a la vida de la Iglesia. La misericordia de Dios nos ayuda, pero son soberbias y pecados que dividen e irritan a Dios y a los fieles que aman la sencillez y el silencio de María.

Esta soberbia la he visto tanto en las monjas excomulgadas de Belorado,como en clérigos más o menos cercanos. Más grave es cuando hallo este pecado tras las declaraciones de algunos cardenales de lengua afilada, que en lugar de defender la unidad y el amor a Cristo, difunden sus paranoias personales atacando al Papa al que deberían defender y amar. Las redes no ayudan a la paz en la Iglesia, desde luego, por eso nos queda como ministerio de toda la comunidad cristiana, rezar por la unidad de la Iglesia. Pedir perdón por nuestros pecados y soberbias, y confiar en la acción del Espíritu Santo en la Iglesia.

Dios juzgará a cada uno, desde luego, y como decía mi abuela María: el que sea malo, Dios lo castigará. Y hoy, que estamos en vísperas de celebrar el nacimiento del Niño Dios en Navidad, conviene no escandalizarlo con nuestras faltas y pecados.

Como una madre que acoge a sus hijos a su alrededor, así que queremos vivir en la Iglesia. De ahí la foto de este blog.

Felices días, Feliz Navidad.