Archivo del Autor: Antonio José López Serrano

Viejos y nuevos totalitarismos.

Acabo de terminar la lectura de dos clásicos que releí en tiempos tan pasados que casi no guardaba memoria de sus formas: “Rebelión en la granja” y “1984”. Ambos de nuestro querido Orwell. Ni que decir tiene que su relectura me ha llenado de un profundo placer, y un terrible desasosiego que me revuelve en forma de interrogante. ¿Vamos camino de algún nuevo tipo de totalitarismo? Quiero pensar que no, pero tengo dudas. Muchas dudas.

Volver a sumergirme en las inquietantes aguas de Orwell me han traído el recuerdo de otra de las obras apocalípticas de nuestro tiempo, una que ya me llamó la atención en su día, “El país de las últimas cosas” de Paul Auster. Creo que lo leí hace unos dos o tres años. Pero hay muchas más, muchísimas en la literatura juvenil y no tan juvenil donde el mundo deviene en horrible y tremebundo.

Todos estas distopías navegan por mundos repletos de aguas pantanosas y tétricas, sociedades destruidas o lugares de caos y muerte donde se añora el presente opulento, democrático, libre igualitario y plural. Es curioso que la libertad (y por consiguiente la pluralidad) sea la gran damnificada en todos los casos. La libertad, el pensamiento libre, la seguridad y la integridad física. Estos valores son siempre amenazados o directamente perseguidos, en cambio no lo son tanto la piedad, la sencillez, el perdón, la vida o la inocencia. Será que ya hemos abandonado estos valores y no los echamos de menos. No lo sé. El caso es que estos libros a menudo suelen mostrar sociedades totalitarias y son ejemplos de mundos militarizados y politizados hasta el extremo de ahogar a sus individuos en su naturaleza humana, que hoy definimos como libre e íntegra; y a la que yo añado el valor de lo espiritual y relacional para con Dios y los hombres.

La pregunta que nos hacen estos escritores es si no caminamos hoy hacia un totalitarismo. Y lógicamente, releyendo las distintas distopías descubro que no todos los totalitarismos son iguales, aunque sí sean todos terribles y aterradores para el hombre contemporáneo. Mi pregunta es qué sentiría o pensaría alguien del siglo XVIII al leer “1984”, o que idea tendría un franchute en 1774 cuando leyera “Rebelión en la granja”, seguro que lo interpretarían como un infierno no deseable, como una pléyade de pecados absurdos y en comandita. Me queda la duda.

Desde el punto de vista de la antropología social y cultural, no hay grupo humano ni sociedad que no sobreviva generando mecanismos internos que eviten las disensiones graves y corrompan al grupo con su disolución. No existe. Estos mecanismos suelen tener formas muy diferentes, pero todos guardan en común la necesidad de mantener un “mensaje común”, lo que se viene a denominar una “cosmovisión compartida” donde la mayoría se encuadra y se siente cómoda; y dónde la minoría es relegada, tolerada o perseguida.

Nuestra cultura no es distinta al resto de las culturas, y es notable que en muchas de ellas no son conscientes del totalitarismo y el control férreo e ideológico bajo el que viven, pacen y mueren. Sólo cuando salen de su cultura y conocen otras realidades; o simplemente reciben la influencia occidental con su libertad por bandera, rehúsan entonces a lo propio y enarbolan lo nuestro. O se reafirman en odiarnos. Lo cierto es que nadie sufre por no vivir en el mundo idílico que imagina, pues de una u otra forma la gente sobrevive haciendo y construyendo su felicidad con las pequeñas cosas de su alrededor. Por eso la vida en blanco y negro que dibujamos para una sociedad como la España de la dictadura franquista es una falacia contemporánea. La gente también era feliz entonces, unos más y otros menos. Igual que ahora. El mundo no es en blanco y negro, pues el hombre es capaz de vivir los colores incluso en las peores circunstancias. Es evidente que hay mundos menos deseables que otros, pero no mundos donde se haya perdido la esencia colorida del hombre totalmente.

También tienen en común todas las sociedades humanas el control ideológico mediante la trasmisión cultural, es decir la educación. La educación forma parte de algo más que unos contenidos inocuos. Se aprende lo que somos y lo que seremos, y se controla y decide la sociedad del futuro mediante el control del pensamiento y la  memoria contemporánea. Igual que lo muestra Orwell en “1984”. Nuestros libros de texto son un reflejo de lo que seremos en el futuro: más ignorantes y más manipulables que ahora. Que ya es decir.

También es significativo que todos los totalitarismos crean un enemigo al que alimentan para mantener la ideología a toda costa. El miedo a la antítesis es un motor muy importante para los totalitarismos, que crecen más cuando sus partidarios y acólitos perciben que ese mal crece. Cualquier ideología que funciona asustándose de otros, probablemente está generando en sus entrañas algún tipo de totalitarismo aterrador e incontrolable.

Si me pongo a examinar hacia donde va el pensamiento dominante, y desde qué fuentes se generarían los próximos totalitarismos, descubro varias realidades ideológicas que, si Dios no lo remedia, conformarán los totalitarismos del futuro. Son las preferencias sociales públicas que generan una cosmovisión y que ya están impregnando la sociedad. Me detengo en tres aspectos: religión, familia y política. Por ejemplo…

En Occidente se prefiere lo no-religioso a lo religioso Católico. Entre medias se ubica actualmente el agnosticismo débil y la religiosidad costumbrista, que se percibe como menos negativa que la convicción religiosa profunda y la vivencia mística o espiritual fuerte y sólida. El totalitarismo del futuro será ateo. Y si no pueden será islámico, que son más impermeables a estas ideologías totalitarias del laicismo. Los enemigos del totalitarismo ateo son los fanatismos religiosos. Por eso, cualquier persona que se tome en serio la religión es sospechosa de maldad y descontrol. El futuro totalitarismo perseguirá más lo religioso probablemente, o como digo, será islámica.

Se prefieren en Occidente las ideologías de género a la observación empírica y científica de la naturaleza sexual humana. Claramente el feminismo de género y todas ideologías respectivas son una muestra de totalitarismo que quiere modificar la manera de pensar, de hablar y de vivir de nuestra sociedad. De nuevo “1984”, y el Gran Hermano que son los observatorios de género de nuestra sociedad. Cambiar la sociedad y cambiar la mentalidad de la gente. ¿Puede haber un totalitarismo más en marcha que éste?

En este neototalitarismo “el varón heterosexual” es claramente menospreciado frente a cualquier otra persona, dando preferencia a la “mujer empoderada” que es la mujer teóricamente liberada del enemigo, que no es otro que el machismo. Ya tenemos leyes discriminatorias contra los varones, y leyes que persiguen a los que opinan y actúan intentando “sanar” a los homosexuales, por ejemplo. El malo es de nuevo el catolicismo, pero también el machismo y una sociedad en su conjunto que es calificada como patriarcal, y por tanto indeseable.

Se prefiere también al concienciado activista frente indiferente. Este totalitarismo agrede y persigue al pasota de otros tiempos, al hombre corriente que no desea que cambien las cosas. Estos sujetos son acusados de tener hijos, de comer carne o de no tomarse en serio la hipótesis del cambio climático. Es el totalitarismo de los idealistas, de los que sueñan sociedades mejores, y que fácilmente cuando gobiernan o asaltan los gobiernos generan otra cosa. Se repite la granja de Orwell con sus cerdos que ahora en lugar de ser los pensadores aprovechados, son los soñadores. Muchos también aprovechados. Este totalitarismo es de ordinario el del progresismo de izquierda, donde el gran malo es la ultraderecha, o cualquiera que ponga en duda sus “avances” entre los que se encuentra el aborto, la eutanasia y unos cuantos más faros de que efectivamente, caminamos hacia una sociedad totalitaria. ¿Será evitable?

Imagino una sociedad totalitaria en el futuro donde se persiga la religión católica por ser machista y patriarcal, por ejemplo. Una sociedad donde los varones tratarán de disimular su virilidad en favor de arquetipos culturales más afeminados y andróginos. Una sociedad, en definitiva, que tendrá sus cárceles llenas de disidentes. Por eso, donde nos jugamos todo es en la libertad, y sobre todo en la pluralidad ideológica. Es nuestra única posibilidad.

 

La obra maestra de Cixin Liu y su trilogía de los tres cuerpos.

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Pocas novelas suscitan tanta pasión  y reconocimiento como la “Trilogía de los Tres cuerpos” del escritor chino Cixin Liu. Estamos ante la última obra maestra de la literatura universal, que es además una obra maestra de la ciencia ficción.

A Cixin Liu le llaman los voceras mediáticos el Tolstoi chino. MENTIRA Y GORDA.

En realidad, y para más alumbramiento de los que ni se han leído a Tolstoi ni a Cixin, diré que para vuestra información Tolstoi era el Cixin ruso, y no nos habíamos enterado. Ya te digo. Y yo el Cixin español. Me lo pido.

No nos habíamos enterado tampoco de que China tiene escritores, historia y arte. Es normal que nos pase eso, porque nuestra cultura española tiende a olvidar lo propio. Amnesia cultural y selectiva de un pueblo que está neurótico con su pasado. Si no cuidamos lo propio, cómo para atender a lo de los demás. Pero no somos los únicos que pecamos. La cultura occidental que nos rodea tiene también sus deslices aunque de signo contrario. Franceses, anglosajones y demás tienden a olvidar lo ajeno y a seleccionar desde su atalaya de soberbia lo que hace o no hace el resto del mundo. Ellos y los demás. ¿Los chinos? La tinta y la gran muralla. Y a partir de ahora Cixin Liu.

Cixin Liu es un escritor consagrado y reconocido en su país. Es considerado como uno de los mejores y más prolíficos en lengua china. Publica mucho en su país, donde los lectores son millones y millones. Pero me temo que traducen poco al castellano, salvo esta trilogía fantástica y única, que ha pasado antes por la lengua inglesa. China se descubre como la gran potencia y el gran imperio que será en el futuro y que ya ofrece al mundo sus escritores y su literatura contemporánea de gran cultura. Occidente se está enterando poco a poco de que China existe, y es que con tanto Brexit y tanto Trump estamos como ensimismados mirándonos los pies.

El caso es que pocas veces una novela de ciencia ficción, en este caso una trilogía, suscita tanto reconocimiento y unanimidad entre los lectores. De la crítica no sé nada, porque ni la sigo ni me interesa, pero cuando algo me lo recomiendan los lectores que a mi alrededor sí leen y no se deben a ningún emolumento de revistas especializadas sustentadas por editoriales, pues como que sí me interesa y me atrae. Y voy yo y me leo lo que me recomiendan los que tengo cerca. Gracias a esos lectores encontré estas tres novelas, cuyos títulos no evocan demasiado, pero cuyos contenidos son extraordinarios. Son muy buenas, me dijeron. Y no se equivocaban.

El primero de los libros se titula “El problema de los tres cuerpos”. Matemática, astrofísica y una humanidad que desea ponerse en contacto con los habitantes del espacio exterior. Craso error, porque la civilización trisolariana que orbita alrededor de un sistema trisolar escucha la llamada y nos contesta.

El segundo  volumen es apasionante. No quiero desvelar nada, pero “El bosque oscuro” es para muchas personas la mejor de las tres novelas. Los trisolarianos se acercan para destruirnos y conquistarnos. Van a tardar cuatrocientos años en llegar, y se supone que en ese tiempo tenemos que mejorar tecnológicamente para defendernos y protegernos de ellos. Pero sólo hay una manera paradójica de protegernos en un universo que se parece a un bosque oscuro donde todos cazan y pueden ser cazados. No cuento más.

La tercera es la que más me ha gustado. “El fin de la muerte” se abre realmente a la ciencia ficción con mayúsculas. Es física, astrofísica, historia y narración. Es el relato de las dimensiones, de los mundos que hablara el sacerdote ecléctico y a ratos filósofo, el hereje  por antonomasia Giordano Bruno. Es, para mi gusto, la obra más peculiar y original, aunque las tres lo sean. Es la novela más filosófica, puesto que la primera es más matemática, y la segunda más politológica.

¿Qué más puedo decir? Reconocer a otro escritor de ciencia ficción cuando estoy a punto de sacar mi primera novela del género, es una temeridad de escritor y de editor. Pero me da igual. “TRAS EL CIELO DE URANO”, que es el nombre de mi próxima novela, la que va a ver la luz, Dios mediante, antes las Navidades, no puede competir con Cixin Liu porque yo he hecho aventura espacial, y Cixin Liu no. Son novelas muy distintas, incluso diría que parecen géneros literarios diferentes. Cada uno lo suyo

No estoy seguro de sí un servidor hubiera podido escribir la Trilogía que ha escrito Cixin Liu. Me hubiera costado muchos años, de eso estoy seguro, pues como ya he contado otras veces, escribir es realmente fatigoso, y no siempre salen las cosas.  Por eso le agradezco a Cixin Liu su esfuerzo, y a sus lectores chinos y anglosajones les agradezco que lo hayan catapultado hasta el rincón de la vieja España donde vivo, pues estas tres novelas son las que me gustan leer.

 

El infierno de Greta.

Siempre me han dado grima los niños superstar. Desde Marisol hasta Joselito pasando por Ana Belén. Todos ellos me han caído en su momento como el culo. Son niños que hacen ricuras y gracietas en lugar de ser niños corrientes y molientes. Son niños que están adulterados, manipulados e idiotizados por algún adulto que saca tajada de su estrellato, siempre efímero.

Estos niños luego crecen bajo los focos de ser celebridades, y terminan contándonos en las revistas más sórdidas y elocuentes que su infancia fue terrible, que fueron abusados, que se aprovecharon de ellos y unas cuantas lindezas más. Se quejarán de que les metieron en un circo que no querían…

Por eso, la última cría superstar llamada Greta, la adolescente activista (tiene 16 años) del ecologismo progre y sueco, me da cierta pena. O terminará como el juguete roto que ya es, o acabará como diputada de algún partido verde piscina por el Parlamento Europeo, y no sé que es peor. Morir de incoherencia siempre es una salida muy digna para la progresía europea, y seguro que tendrá un carguito en algún partido antifascista guay en el futuro. Pero no es lo mejor para nadie, claro.

Greta es un producto típico de nuestro tiempo. Es una niña de un país con pasta cuya gracia está en que se queja de la mierda de mundo que le vamos a dejar en herencia. Curiosamente no se queja del hambre, el aborto, las guerras, o el crimen organizado, que son temas de mucho excremento. ¡Qué va! Tampoco se queja de la trata de niños esclavos, ni de nada de eso. En realidad se queja de que no hacemos caso a los científicos que dicen que el planeta se calienta por culpa del hombre. Ya está. La invitan a la ONU a dar un discursito, y le acabarán dando el Nobel. Total, si ya lo tiene Obama, ¿por qué no dárselo a ella? No tiene ninguna propuesta más que quejarse y decir que hagamos lo que dicen los políticos que hay que hacer para arreglarlo. O sea, el acabose.

No se puede decir que Greta no haya atendido en clase. Por supuesto que no. Desde hace años, el discurso y la monserga del ecologismo políticamente correcto ha inundado las aulas de Suecia y de toda Europa; y ella, que es una alumna aplicada, se lo ha creído a pies juntillas. La educación tiene que ser crítica, caramba, y Greta, que es una alumna que aprende deprisa, ha aprendido a quejarse. Se lo han enseñado, claro. Si el mundo es una mierda, ¿por qué no vamos a hacer una huelga para que mejore? Y tiene razón la criatura. Es verdad que podrían haberle enseñado otras cosas como economía, latín, historia, filosofía, derecho o antropología. Pero no. Le han enseñado que el mundo es una mierda, y ella nos lo cuenta. Es un producto típico de nuestro sistema educativo. Por eso cae tan bien a los demás estudiantes y a los profesores contemporáneos europeos. Es una ejemplo y ya están tardando en dedicarle un párrafo con foto y todo en los libros de sociales. La pescadilla que se muerde la cola. Los mitos contemporáneos se alimentan con los nuevos mitos.

Greta se ha equivocado. No por quejarse, sino por entrar en política  de esa forma. Greta ha querido representar la pureza ideológica y existencial del ecologismo quejica. Quiere ser perfecta para que su discurso sea más creíble.Y ese es un error grave, porque te expones a que te critiquen y a que te lluevan hondonadas de bofetás por todos los lados.

Greta no es más que una adolescente, y la pobre no tiene más argumentos que su inocencia. Repite lo de su libro de texto y lo que le dijo su profe sindicalista. Y poco más. Y así no se puede entrar en política, como una niña inocente que juega a las tabas el domingo por la tarde. Porque no lo es. La han calificado como “la niña del exorcista” y reconozco que me hizo gracia, porque es verdad que algo de eso parece, pero también me dio pena por ella.

Si Greta hubiera sido una niña Amish habría sido más creíble. No usan la electricidad y huyen de los avances técnicos que perjudican el regalo que Dios nos hizo con la creación. Su queja sería verdadera y coherente, o al menos más coherente. Reconocería su pecado y su contingencia, y en su humildad sería una persona con algo que decir. Al menos para mi, que busco discursos profundos y con algo de sentido. Pero como lo religioso no vende, pues no puede haber una Greta Amish. Además, tampoco habría podido convocar a nadie porque los amish no usan móvil. Y Greta sí tiene móvil para convocar manifas y huelgas.

Eché un vistazo a su discurso en la ONU, y entendí la tragedia y la catástrofe de la que hablan los ecologistas de libro y de canas. Y es que la criatura pecó de simplonería y de soberbia. De lo primero podemos exculparla. Es una niña y le faltan estudios e ideas. Ya lo ha dicho Putin, que hay que explicarle que el mundo es más complejo (que vuelva a la escuela). Pero de lo segundo no, pues la soberbia es un pecado muy serio en una niña que quiere dar lecciones a la humanidad de como arreglar el mundo.

Greta fue a la ONU a contarnos unas cuantas falacias mediáticas ya asumidas por la demogresca, pero es que además lo hizo en tono enfadado y quejándose. Para muchos será una gran activista porque le ha dicho a la humanidad que le han jodido el futuro. Pero esta cría ha jodido su futuro ella misma. Greta no va a poder sonreír el día que se vaya a comer una hamburguesa hecha de carne de vaca pedorra contaminante, con su huevo frito de gallina violada en una granja. Esta niña no podrá sonreír nunca ante un mundo tan malvado. Y si lo hace la tacharán de colaboracionista con el imperio del mal, que es el capitalismo contaminante, supongo. Su único futuro está en ser vegana y frutívora. Jamás podrá venir a España de vacaciones (salvo que lo haga en bicicleta), y nunca será libre de la imagen infernal que la humanidad ha hecho de ella.

A Greta le espera un infierno, pero no medioambiental. Por eso me compadezco de ella y de todos los juguetes rotos que algunos adultos inventan para sus intereses. ¿Que quién ha sido el que ha montado este circo? No lo sé, pero me lo imagino.

 

Del manuscrito al libro.

Reconozco que me gusta esta parte. Es como entrar en la sala de parto y dar a luz. Publicar un libro tiene mucho de artístico, no por el texto en sí, sino por el aspecto final del libro. Es verdad que hay que convertirlo en un producto que sea vendible, atractivo y todo eso; pero también tiene su arte y interés el proceso. Cada época diseña de una forma diferente. Se busca una buena portada, se buscan los textos de las solapas, las imágenes más sugerentes, la letra adecuada, el papel ahuesado… Es un proceso que tiene algo de fascinante y de creativo. Los libros de los años 70 parecen hechos para leer y prestar. En cambio los de hoy parecen diseñados para regalar, lucir en una estantería semivacía.

Una buena edición no mejora un mal texto, es verdad; pero un buen texto se multiplica en valor si la edición es buena y está cuidada. A mi me gusta que mis libros sean majetones y buenos en todos los sentidos. De hecho, me gustaría que sus formas finales fueran las mejores, las más selectas, las más equilibradas y las más prácticas. Me gustaría que su lectura fuera cómoda y mágica, y que no engañaran al lector con su contenido. Me gustaría que se pudiera conservar y proteger por si el lector lo tuviera por valioso. Editar un libro sólido para que sea releído muchas veces es lo contrario a lo que se busca hoy, pero para mi sería el ideal.

La forma de un libro es todo un inventario de intenciones por parte del editor. Un libro de bolsillo, de tapa blanda y sin solapas pide un lector impaciente que lea una historia rápida y fugaz. Un libro de tapa dura, con ilustraciones y recosido está pidiendo una lectura sosegada, junto a una chimenea, donde debe abundar la reflexión y el placer mismo de la lectura.

Los libros clásicos no suelen mostrar en las cubiertas más que el nombre del autor y del libro. Los libros que venden a un escritor concreto ponen las letras del mismo tamaño pizza familiar. Y los que desean vender historias truculentas usan nombres truculentos. Luego el contenido desanima, decepciona, o encanta y emociona.

Ahora se usan las letras más grandes en los libros, porque los lectores son más perezosos y prefieren menos páginas que desgranar. Libros cortos, muy de usar y tirar. Libros para regalar, pero no se van a abrir quizás en su extraña vida de libro.

Los libros electrónicos permiten cambiar el tamaño de la letra, permiten almacenar mucho texto en un soporte relativamente práctico. Pero no nos muestran cubiertas, ni solapas. Las letras son más grandes en las portadas, porque los soportes son más pequeños. Los libros electrónicos no huelen a libro, y están pensados para el que quiere saber de la historia y de la lectura sin más. El libro vale en su exclusivo contenido, no en su diseño. Gusta o no gusta.

Ahora que estoy trabajando con ayuda de un editor a diseñar, maquetar y elegir lo mejor para TRAS EL CIELO DE URANO pienso en la edición de tantos y tantos libros. Y quiero que el mío sea el mejor, el más curioso y elegante. Y es lógico, ¿qué padre no quiere que sus hijos vayan bien vestidos? Pues eso.

Próximo libro para diciembre: TRAS EL CIELO DE URANO

Estamos trabajando para que este diciembre 2019 salga a la venta y en papel el último libro que he escrito, y que lleva por título TRAS EL CIELO DE URANO.

La novela la terminé de escribir y de revisar el año pasado por estas mismas fechas. No he tenido prisa en publicar, nunca la tengo, pues mantengo la convicción de que cuando algo es bueno y de calidad, vale la pena esperar. Y esta novela creo que ha valido la pena.

No sé cuanto tiempo habré tardado en escribirla. El número de revisiones generales del texto que tengo en el ordenador es de siete; y el tiempo total desde que empecé a pensar en una novela de ciencia ficción hasta que he puesto la última palabra al libro, ha sido de unos dos años y medio. Pero no puedo precisar más. Sé el día que la acabo, pero no el día que empiezo a pensar en una novela. Supongo que me será indultada la falta.

TRAS EL CIELO DE URANO es una novela de ciencia ficción y de aventuras, la última que escribo y la primera que publico en este género que siempre me ha sido muy grato y entretenido. La ciencia ficción no debería ser un género menor, pero es verdad que en España, y en lengua castellana, no hay demasiada tradición narrativa en este género. Tampoco hay premios ni  reconocimiento, a pesar de que sus lectores siempre han estado bien definidos y son fieles. Todo el mundo ha oído hablar de los grandes: Verne, Wells, Asimov, Bradbury… y es evidente que no hay españoles ni hispanoamericanos en abundancia. ¿Por qué será? Lo desconozco, pero es justo reconocer que en esto los anglosajones nos ganan por goleada.

TRAS EL CIELO DE URANO es también es una novela de aventuras, de personajes intrépidos, de misterio aderezado con amor y buenas dosis de desamor y de emoción. Hay algo en ella que conecta con la trilogía de Los caballeros de Valeolit (los héroes del día a día), pero es también una novela muy diferente, donde los personajes son la avanzadilla de una exploración espacial. La aventura se realiza viajando a un mundo desconocido, y en ese sentido, me recuerda a los relatos históricos de los grandes conquistadores españoles y portugueses de los siglos XV y XVI, cuando en medio del vasto océano toman la decisión de continuar hacia un horizonte desconocido y hostil.

No es tampoco una temática muy distinta a la que tomamos cualquiera de nosotros ante la vida. Por eso creo que es una novela muy atractiva para todo el mundo. ¿Arriesgar o acomodarme? ¿Luchar, salir de mi mismo, o estancarme? El mundo es de los intrépidos, de los que luchamos con la vida día a día.

Supongo que he bebido de las fuentes de los autores más clásicos de ciencia ficción, lecturas juveniles que se han ido depositando en mi subconsciente, y que resurgen hoy en mi quehacer de escritor.  Me cuentan algunos amigos que TRAS EL CIELO DE URANO les evoca lo mejor de Julio Verne y de Isaac Asimov; y eso me llena de orgullo y de humildad. Orgullo porque estoy cerca, y humildad porque camino sobre los hombros de los grandes escritores que nos han precedido.

TRAS EL CIELO DE URANO es una buena historia de conquistadores, de colonos espaciales y de naves. Es una historia de pioneros que buscan un hogar donde establecerse y poder comenzar una nueva vida.

En esta novela no he buscado un lenguaje elaborado, ni un vocabulario técnico científico. Realmente es una novela que puede leerla cualquier persona a la que le guste la aventura espacial. Cuando pienso en ella me doy cuenta de que esta es la novela que me hubiera gustado leer con dieciseis años; y creo que con eso lo digo todo.

Las heces envasadas del tío Pit.

Cuando Pit descubrió que podía envasar sus heces para venderlas en una performance,  su ama de llaves levantó una ceja, arrugó su papada y se ofendió 2,5 en escala Richter. Estaba claro que era una señora como las de antes, y que no deseaba molestar al dueño de Napoleón, que era el nombre que convinieron para llamar al caniche de oro fino que deambulaba por su palacio.

Con la ocurrencia llegaron los insomnios, que pueden resumirse en tres. ¿Qué si no? El primero lo provocó la Hacienda Pública, el segundo el Ministerio de Sanidad francés y el tercero la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra de Bélgica.

Hacienda le envió una carta, pues tanto defecar como vender mierda debían pagar el correspondiente Impuesto de Valor Añadido.

Pit contestó que ya había pagado IVA al comer, y que era la misma materia subatómica que ahora defecaba y vendía, y que no se podía pagar dos veces por lo mismo.

Hacienda respondió que si esa mierda ahora valía oro, debía ser repercutida en los porcentajes que marcaba la Ley, es decir, el 21%. Y que debía pagar por cada ñordo valioso que arrojara y fuera vendido, donado o almacenado  a partir de la correspondiente notificación y sin efectos retroactivos.

Respondió Pit que la mierda la había cagado en el Louvre en Francia, que él era un artista y que no debía quedar sujeta a impuestos españoles sino franceses. Y que era una obra de arte. Y por supuesto, aseguró en carta jurada que no pensaba cagar más, no se lo fuera a gravar la Hacienda de los cojones.

La Agencia Tributaria se sonrió, y tras aceptar la declaración jurada de no volver a hacer arte con sus heces, informó a escondidas a a Francia para que investigara sobre el asunto.

Sin embargo, antes de que enviaran la mierda al depósito de los Juzgados de la plaza Castilla de Madrid, para que se tramitara su venta en subasta pública, llegó una llamada de la Ministra de Sanidad francesa a su homólogo español con una importante reclamación. Aquellas heces, que habían sido producidas en el Louvre pertenecían al Louvre, pues era arte robado y debían, según la normativa vigente de la Unión Europea para la protección del arte y contra el brexit, quedarse en suelo francés.

Aceptó al petición el ministro español, que era de natural conciliador, y tras enviar el único resto de heces del tío Pit, abrió un proceso penal contra el artista, por robar arte francés a sabiendas.

El tío Pit fue detenido el jueves por la tarde cuando estaba intentando negociar una exposición de arte con la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra con sede en Bélgica, y sucursal en Tierra de Campos. A la vez se abrió un debate importante sobre el Guernica que no llevó a nada.

Sin embargo, aquella detención alertó a la prensa, que tras movilizar a la demogresca en un par de programas, logró que la exposición de las primeras heces del tío Pit, defecadas en 1969, culminaran con una marcha nupcial de varios colectivos liberales. Se multiplicaron las visitas, las bodas, los banquetes y las heces por los medios. Hubo incluso varios miles de chalecos amarillos que se manifestaron frente a la sede de la Embajada China sin motivo suficiente.

El caso es que, por desgracia, el pobre tío Pit tuvo que huir del continente, pues estaba decidido a no pagar más impuestos por la venta de sus cagurrios. Y además estaba harto de no poder usar las toilettes de la Europa civilizada.

Cuando falleció, veintiocho años después en Pernambuco, hablaron de la falta de incentivos que había en España para proteger la cultura y a los grandes artistas. Por supuesto, junto al cuadro de “la Libertad guiando al pueblo” en el Louvre hay una inscripción que indica que en ese lugar, el tío Pit tuvo su primer retortijón en tierra francesa. Un lugar que ha despertado una variada literatura sobre qué quiso decir el tío Pit, y si tiene relación con que todo comenzara delante de un cuadro tan emblemático.

Y Fin.

 

Tras las fuentes de Dios.

 

La experiencia espiritual no está en nuestras manos, tampoco la fe, la esperanza ni la caridad. Pero sí reside en nosotros la docilidad al Espíritu Santo para que ponga en nuestra condición pecadora la puerta estrecha que se abre al camino de la Gracia en la relación con Dios.

Dios habita en nosotros, y nos quiere hablar de Tú a tú, para que nos encontremos con Él, para que le reconozcamos como único Señor, y para que vivamos junto a Él.

Por eso la oración, es una puerta muy importante para los cristianos, y me atrevo a decir que para cualquier persona, de cualquier raza, cultura y condición. Orar a Dios, dirigirse a Él con el corazón contrito y humillado, amansado en el reconocimiento de la verdad, es muy agradable y querido por Dios. Humildad, mansedumbre, dejarse moldear por sus manos…. Manos que operan desde el interior de cada uno de nosotros.

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, siempre ha ofrecido tres tipos de oración; y yo, desde mi pequeña experiencia cristiana, me atrevo a decir que las tres son imprescindibles en el camino del encuentro. Cada una ofrece algo diferente, y cada una otorga una gracia y una bendición única y peculiar.

No son oraciones para etapas distintas de la vida espiritual, al contrario. El ideal del cristiano sería compartir con el Señor las tres en un mismo día.

Oración repetitiva. Rosario. No es una oración menor. El rezo del Rosario que desgranamos con la Virgen María es una oración muy poderosa y potente contra la tentación y el mal. Su fuerza está no en que rezamos nosotros, sino en que María Madre reza con nosotros siempre que tomamos en las manos el Santo Rosario. Ella es la fortaleza de la Iglesia, pues el Espíritu Santo habitó en ella de manera extraordinaria. Toda la fuerza del Espíritu se manifiesta en Ella de manera asombrosa. El aspecto narrativo de esta oración está en los Misterios que contemplamos con las cuentas que hacemos. Repetimos el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria que son tres oraciones extraordinarias. El Padrenuestro es la oración que Jesús dirige al Padre, El Avemaría es la oración que Dios, la humanidad y la Iglesia dirige a María; y el Gloria es la oración de todos cristianos hacia nuestro Dios, Uno y Trino. Rezamos por tanto con Dios y para Dios.

Oración narrativa. Biblia. Es la Oración de la Iglesia. Rezar con los Salmos en la Liturgia de las Horas, proclamar el Evangelio, que es la Buena Noticia primero a nosotros, y luego al mundo.

La Palabra Dios no nos llega desde la lejanía, sino en la vida concreta y en la historia de Salvación de un Pueblo elegido y querido por Él. Dios toma la Palabra para que los hombres oigamos su voz y podamos acudir a su llamada. Dios se revela y se desvela con la Palabra que ha regalado a su Pueblo. Dios quiere hablar con nosotros, quiere que escuchemos su voz y le sigamos. Cielo y tierra pasarán, pero su Palabra no pasará.

Orar meditando el Evangelio del día, proclamando los Salmos, etc, es una oración que nos abre a su Voluntad. Nos permite discernir los signos de los tiempos. Leer y orar con la Biblia hace que nuestro entendimiento, nuestras ideas y nuestra mente y corazón se pongan en consonancia con lo que Dios quiere de nosotros. Nos hace comprender la historia del Amor de Dios por los hombres, nos ilumina y nos consuela en la adversidad de la vida.

Oración contemplativa. Silencio. Es la oración del que mira directamente a Dios, y se deja contemplar por Él. Es la oración que se fabrica en el silencio y que ante todo amansa el alma. Es la oración del “venid a mi los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Es la oración en la que ofrecemos, pedimos y alabamos con la boca pequeña. Y que luego prolongamos en una escucha silenciosa. Le miras y te mira. Y percibes que te quema su amor. Llama de Amor Viva. Es una oración que convierte las horas en segundos, y los días en instantes. No todos los laicos tenemos tiempo para prolongarla en el día a día, pero sí es imprescindible en los momentos fuertes de la vida.

Esta oración de escucha silenciosa traerá angustia, desierto, soledad y cruz; pero también nos ofrecerá alegría, arrobamiento, compañía y resurrección. En esta oración se toca el Amor de Dios. Es la oración del silencio y del tiempo, la que mejor rompe el velo que nos separa con Dios. También en ella sufriremos las peores y más sibilinas tentaciones.

 

Naturaleza muerta con gato erótico de porcelana.

Nunca pensó Melquíades Finosa, licenciado en artes marciales, que cuando se comprara un gato de porcelana para el salón de muertos, tropezaría su vida con la más trigonométrica tranquilidad a la que estaba acostumbrado. La imagen era ordinaria, pues se trataba de un gato simple con bigotes y sonrisa de tresillo, pero los movimientos incómodos de la porcelana se le antojaron demasiado acordes a su gusto por el caldo de pollo destilado en el alambique.

En cuanto se mojaba Melquíades en los caldos del alcohol, el gato mutaba el rostro. Entonces miraba despacio a su interlocutor, para luego sorber el aguafuerte que otrora le diera tantas tardes de gloria. Sucedió, para su desgracia, que se agitaba el minino de porcelana profiriendo un ronroneo característico. Terminada la fiesta, se bebió a chorros de la garrafa, con la intención mortal de ahuyentar su mal, pero sólo obtuvo como exiguo resultado una camisa blanca desesperanzada y un maullido en fa menor sostenido, que todavía lo recuerdan los músicos de la aldea de Catalicapanga, por haber logrado la erección del retorcido olmo de la plaza de la Revolución.

Melquíades se atolondró por la fatiguita del día, pues quedó adicto a los contoneos de su gato, y tras destilar los muebles del salón, el hamster japonés de la cocina y licuar en fermento de alambique varios de sus pañuelos de tela, guardados de la época en que los hombres tenían mocos en las narices, apuró y se bebió todo esperando que el gato siguiera con sus movimientos de polichinela en celo. Y así fue. La porcelana se le insinuó con más descaro que una gallina contemporánea.

Luego destiló el televisor, convirtió en bebida sus cinco móviles de última generación, e incluso se atrevió a destilar las quince garrapatas de un perro vagabundo que en soledad se lamía el desempleo. Todo era destilable y convertible en bebida espirituosa, y aquello no había hecho más que empezar.

El gato de porcelana mostró que tras sus barnices había todo un infierno de placer oculto en él, abrió la pata trasera derecha desocultando sus encantos. Melquiades estaba enamorado de una porcelana preciosa y buscó más elementos que beber y que destilar en su alambique.

Destiló el vecindario entero, con sus mascotas y sus vecinos de orejas puntiagudas. Destiló coches, estaciones espaciales, autopistas y ciudades enteras. Incluso acudió a un plató de televisión para destilar a cientos de famosos más aporcelanados que su gato, acometió y convirtió en bebida espirituosa a cincuenta presentadores de telediario de su país, y acabó con la vida de miles de políticos de verso suelto y de frase idiota. Se los bebió a todos tras destilar en su alambique a un sistema solar que no le daba más que sinsabores.

Y entonces sí. Entonces el gato habló y dijo algo que Melquiades Finosa, licenciado en artes marciales, nunca pudo olvidar.

“Tienes que dejar la bebida antes de que hables con los cuadros”.

Y él obedeció, pues quería de veras a la que iba a ser su esposa.

 

(Lo sentimos, pero no continuará).

Artistas libres; artistas controlados.

Cuando a un artista se le encarga una obra, la ejecuta y cobra. No hace lo que quiere, pero gana dinero. En este mundo del arte, el que paga, manda. O mandaba. Así ha sido durante mucho tiempo en el mundo del arte, de los artistas y de los escritores. Por eso, amigo lector, si quieres vivir de esto, tienes que buscarte un mecenas. O ser independiente y funcionario.

Te recuerdo que un mecenas es cualquiera que te da dinero por lo tuyo. Puede ser un lector o amazon. El problema es que a veces la obra no gusta mucho cuando es terminada, o que gusta pasado un tiempo, o que no es ubicada donde te esperabas.

Me cuentan que a veces el cuadro no hace juego con el tresillo de casa porque es de colores apagados, aunque también hay casos donde el pagador se “pasa” de cuando en cuando por el taller del artista y le da instrucciones, aporta su visión de lo que debe ser, y lo que considera que está bien o mal según su criterio y su bolsa. Poderío, que se llama. Sí moana, dice el artista. Mejor colores claros que hagan juego con el tresillo. Lo que usted mande, señor editor.

Lo dicho, tú eliges, o independiente o lo que diga el jefe.

Esta visión no está tan superada como podría parecer. El que paga sigue mandando, y salvo que un artista tenga una familia con pasta, le tocará plegarse a las exigencias de su jefe.

Hoy los que pagan son muchos (lectores y compradores) y piden que tu obra sea agradable, rentable y que valga algo, aunque sea en el futuro. Que no es poco. Ya saben, si no gusta tu cuadro al propietario de la galería de arte, siempre puedes venderlo a tus amigos, conocidos, despistados y turistas manirrotos. A veces te lo compran pensando que vas a ser famoso en el futuro. Ya está. Se lo vendes.

A los poetas siempre les queda un último recurso. ¡Amigo escritor, si tu poesía no le gusta a tu editor, siempre puede declamarla en el Campo Grande de Valladolid a los pavos reales! No pasa nada. Así empezó Clarín y terminó suicidándose.

Cada uno tiene su caché y para no amargarnos, nos recordamos una y otra vez que van Gogh no vendió una morcilla en su vida, y que mira ahora. Lo descubrimos tarde. ¿Seguro? Digamos que generó dinero tarde, cuando el pobre ya había palmado y no podía hacernos cientos de cuadros de girasoles similares. Si le hubiéramos pillado a tiempo…

Pocos artistas ha habido en la historia del arte que hayan sido verdaderamente libres. Pero los ha habido. Casi siempre responden al creador que ha logrado alcanzar un estatus y reconocimiento a partir del cual, hagan lo que hagan, tienen éxito y son apreciados. Dejan de ser deudores de sus intermediarios, e incluso de su público. Hacen lo que quieren, desde el punto de vista creativo, y todo se les perdona y se les compra. Porque son de fulanito.

Esto permite a los autores liberados crear sin cortapisas, construir su obra, pintar lo que les da la gana y como les da la gana. O escribir lo que les parezca sin que nadie les diga lo que tienen o no que hacer. Así le sucedió a Victor Hugo, pero no a Cervantes ni a Shakespeare.

Siempre me hace gracia que los mismos que coartan en el presente la libertad de sus artistas en nómina, son los que afirman guardar un amor desmedido por lo que hicieron los genios con toda la libertad del mundo. Y así encontramos al mismo editor que rechazó “Cien años de soledad” o abomina de “Marcel Proust” dando lecciones de lectoescritura a una camarilla de adláteres escritores que trabajan sometidos a él en la editorial equis. Ese mismo editor es además el que otorga los títulos de buenos escritores a los de su pesebre con la concesión de suculentos premios. Si les dices algo te contarán que si el mercado patatín, el mercado patatán. Y que ellos defienden el arte. Pero no es verdad. Lo esquilman sin sostenibilidad para el artista.

Picasso pudo pintar lo que le daba la gana cuando tuvo un estatus de pintor genial. Antes no, pero luego sí. Lo mismo le sucedió a Dali, que firmaba lienzos en blanco para incrementar su cuenta corriente. En la música popular, los Beatles decidieron dejar de actuar en directo y pasaron a experimentar en el estudio de grabación de Abbey Road en Londres, entre otras cosas, porque estaban hasta los mismísimos tarantinos de dar conciertos donde no se escuchaban ni a sí mismos desafinar del griterío que había. Hasta aquí hemos llegado, Paul, dijeron. Y se acabó. Y tres años después “Let it be”.

Los Beatles hicieron lo que quisieron, experimentaron e inventaron como quisieron. Revolucionaron gran parte de la música, y siguieron vendiendo discos. Son seguramente sus mejores discos, los menos comerciales y los más interesantes. Si no hubieran sido tan famosos, no habrían editado ni la mitad de sus discos, y hoy serían un grupo más de los muchos que hubo en los años 60 por la pérfida albión. No habrían salido de su pueblo, vaya. Por muy molonas que sean sus canciones no tendríamos la psicodelia del Sgt Peppers, ni el album blanco, ni habrían llegado a cruzar Abbey Road, frente a los estudios Apple, que ellos mismos fundaron.

El otro día me contaban las penas de varios escritores consagrados, teóricamente consagrados y conocidos. Escriben lo que todos esperan que escriban. Si han parido una novela histórica buena tienen que escribir una trilogía. Y cuando tienen una trilogía, otra segunda parte de la trilogía. Y así se pasan su vida de artistas escribiendo lo mismo que una vez escribieron. Son envidiados por el resto de escritores; pero es curioso que muchos escritores consagrados envidian a los que no tenemos tanto éxito, entre otras cosas porque disfrutamos de libertad para escribir lo que nos sale del prepucio, el pucio y el pospucio.

Ellos viven de escribir, o mejor dicho, viven de reescribir aquello que les dio éxito, y lo reescriben una y otra vez. Nueva novela del año, la última de fulanito. Y es igual que las anteriores, incluso peor. No tienen el suficiente éxito para escribir lo que quieren y en ocasiones se van autodestruyendo. En cambio los pequeños escritores que no vivimos del tema, podemos escribir más libremente, aunque tenemos que alimentarnos de otro empleo para sobrevivir.

Es curioso que haya sido así en la historia de la literatura de manera tan generalizada. Abundan los escritores militares, periodistas, profesores, funcionarios, hijos de papá, etc.

Los artistas de nuestro tiempo están controlados por el pensamiento políticamente correcto. Pero también por los grandes inversores de arte, gente que ha construido una maquinaria para vender y comprar arte, libros o cuadros al por mayor. Esa maquinaria tiene mucho que ver con la política y las ideologías del mercado democrático. Artistas de izquierdas y artistas contraculturales. ¿Les suena? Hay público para todo, es verdad, pero los grandes del negocio quieren productos de bajo coste y mucha venta. Por eso hay arte basura, arte para usar y tirar, arte mercado y arte clandestino. Libros basura y libros de usar y tirar.

Por eso muchos artistas hoy se rebelan. Autoeditan sus discos, sus libros, sus novelas y su pintura. Son los nuevos genios que no quieren someterse al viejo mecenas, ni a las viejas formas.

Yo quiero ser uno de ellos. Como los poetas, que son los más libres de todos. A ellos les basta con compartirlo en las redes sembrando luces de belleza donde antes solo había caos.

 

 

Polifonía de pinreles en verano.

El verano es un momento propicio para sacar los quesos a relucir. Me refiero a los pinreles, a los pies, a los quesos, a los frijolitos o a los sapos que Dios haya dado a cada uno. Y cada una, que en esto de la discriminación positiva en pies feos nos ganan por goleada.

Mi fijación por el tema es antigua, pues desde que era niño he relacionado los pies con el culo, y me producía la misma vergüenza tanto verlos como mostrarlos. Con el tiempo, mi socialización ha ido en aumento, y actualmente lo mismo hago un calvo que me rasco la entrepierna. Pero lo de los pies es superior a mis fuerzas. Es la parte más pudenda del cuerpo, y no es porque tenga antepasados orientales, que igual sí, sino porque enseñarlos me molesta;  en cambio verlos me resulta entre excitante, curioso, grimoso, morboso, agradable, asqueroso y admirable. Por eso me fijo.

Y es que los pies presentan dos caras. La de la planta es redondita, con garbancitos simpáticos colocados a modo de familia telerín; en cambio la superior son como la bruja de blancanieves, con uñascos terroríficos, juanetes deformantes, clavos, callos y demás floraciones. Son como la cara y el culo, que cuanto más guapa es la modelo y la moza, peores son sus cascos.

Los españoles tenemos una relación pudorosa con nuestros pies que no la tienen el resto de europeos. Es raro que uno de los nuestros, sobre todo si tiene más de cincuenta años, saque un queso en público y se lo rasque por entre los dedillos. En cambio, esa misma educación no la practican muchos europeos, que les encanta descalzase mostrando sus calcetines blanquecinos de deporte, y si se tercia, metiendo sus pies en cualquier charco cuando hace calor. Los españoles “prelogse” somos como de otra manera. Los extranjeros cuando vienen a nuestro país, traen sandalias con calcetines; en cambio los españoles cuando vamos fuera usamos zapatillas deportivas, bien tapados y con discreción. Spain is different, of course. Pero el mundo cambia, y ahora los jóvenes autóctonos llevan chancleta masiva y lo mismo te plantan un pie en asiento de enfrente del tren que se masajean los dedos mientras miran su móvil. ¡Qué se le va a hacer si los españoles caminamos hacia nuestra extinción!

Recuerdo haber desayunado rodeado de guiris en los albergues juveniles de esos países de por ahí, donde los únicos tipos calzados éramos nosotros. Ellos preferían los pies al viento y los pelos enmarañados al estilo Boris Johnson, que debe tener unos quesos de espanto. Por eso esta gente gusta descalzarse en el trasporte público y colocar sus pies en el asiento de enfrente. Ni que decir tiene que ir a rezar a Taizé, en Francia, con moqueta bajo una carpa, es un muestrario ecuménico de calcetines donde tienen que echar sándalo para que la humanidad no sucumba fácilmente al delirio espiritual. Yo me entiendo.

Dada mi condición curiosa, una de las cosas que más me entretiene cuando hojeo una revista del corazón (o de los pies) es ver los pezuños que se gastan las guapas de turno. Primero cuento el número de pies que veo, y luego me entretengo en examinar con detalle lo feos que son. No falla, cuanto más hermosa y diáfana es la sonrisa de la hembra, peores son sus garrapuchos. Están tensos, endurecidos, desparramados y delirantes. Imagino su olor tras una jornada de paddel en la élite. Da igual que la señora sea princesa, reina, infanta, duquesa, modelo o actriz de reparto, les encanta enseñar sus juanetes y exhibirse – en todos los sentidos – ante un público sediento de emociones fuertes. Incluso aunque sea invierno y haga un frío de asustar, llevan zapato abierto (así se llama al exhibidor). Y además te lo dicen los gurús de la moda: donde esté la elegancia de unos estiletess con unos dedorros decorados que se quite lo demás. Perdón, pero lo de los dedorros es mío.

Porque esa es otra. Los uñascos se pintan y se repintan. Y a mi eso también me llama la atención. Porque cuando veo una dama estirada e inalcanzable, me la imagino en el baño de su casa tomando posturas fetales para adecentarse la cutícula del queso y la coloración del mejillón. Luego posa con ese rigor que da la condición de diva, pero al mirarle los pies descubro una sirvienta agachada disimulando los batracios en que se han convertido sus pies.

Las revistas de féminas dedican muchos meses, siempre previos al verano, para que tengan todas sus lectoras los pies más delicados del mundo. Pero claro. Quod natura non dat… Ahí aparecen los cientos de consejos para suavizar talones, separar soldaditos, amaestrar callos y perfilar contornos. Si dedicaran tanto tiempo a cuidar su alma, otro gallo nos cantaría, y no lo digo por los espolones que desarrollan, sino porque el culto al cuerpo tiene un límite. Y me temo que ese límite son los pies, los quesos, los garrapuchos, los pinreles o los pezuñones.

Supongo que Dios ha hecho así los pies para que desarrollemos la humildad, que es una virtud muy necesaria en estos tiempos de exhibición y soberbia.

Pues eso, feliz verano polifónico de pinreles y quesos.

 

 

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