Archivo del Autor: Antonio José López Serrano

Cuando se acaba la vida y se muere en soledad.

Aquella mujer fue trasladada de su casa al hospital por un equipo de extraños. Fue apenas un soplo de fiebre y un agotamiento en la voz. Dos toses de pecho y la certeza de convivir con el peligro que da tener un comercio de alimentación, y un hijo en el hospital con turno de noche.

Apenas pudo despedirse. Quizás te ingreses, puede que no sea nada. Llévate el móvil. Pero tenía escrito el miedo en el asomo de sus ojos marrones. Color café, tras el sendero de las gafas de ver. Habrá que cerrar, que remedio. No pasa nada. Lo importante es la salud. No añoraba el café de mitad mañana, el que le traían al comercio, para no perder un instante de mañana cuando se olvidaba. Ahora lo añoraba todo cuando escapó en una ambulancia que más parecía estación espacial que orbitara la luna que lugar para recuperar la salud.

Marido e hijos. Allí quedaba la familia todavía por construirse el futuro. El pequeño sollozaba, pero ella le dijo que no era nada. Que en cuatro días volvería, aunque nadie supiera con certeza el día que tal cosa sucedería. En unos días volveré, pensó. Y así lo dijo. Preocupación en su marido y ansiedad en los medianos. Cerró los ojos y dejó escapar una pequeña lágrima de la comisura de sus párpados. Apenas era nada. Seguro que regresaba en una o dos semanas.

Trámites de enfermedad contagiosa. Distancias, diagnósticos y un par de pruebas para asegurarse de que sí, de que era estadística de la pandemia. Hoy la citarían en Moncloa como un número más, y pasaría a ser de los contagiados que estaban hospitalizados. No es que la fiebre fuera alta, es que tenía hipertensión y tos. Había que prevenir, y quizás por algo azaroso ella sí gozaría de cama. Que no sea nada y que se pase pronto. He tenido suerte, se decía cuando intentó enviar un mensaje por un móvil que ya no tenía cobertura y que perdió la batería en un alarde de impaciencia. ¿Para qué recargar?

Entró preocupada, y las horas fueron pasando como pasan cuando uno está convaleciente. Durmiendo y pensando. No podía salir, y nadie podía entrar. Algún médico y las pocas enfermeras que parecían astronautas enfundadas en sus trajes espaciales le pusieron gotero, por si acaso. Eran gentiles, amables y encantadoras. Pero no podían estar demasiado tiempo dando conversación. Esto se desborda, y sonreían. Gracias, gracias. La comida  la dejaban en la bandeja y tras ingerir sola su alimento durmió hasta el segundo día.

Por la mañana algo debió suceder en sus pulmones que fue llevada a una Unidad de Cuidados Intensivos, donde embotan tu mente, la llenan de tubos y derramas unas último quejido. No puedo respirar, y era verdad que no podía. Mejor prevenir. En la UCI hay respiraderos. Son de un país que no puedo recordar, llegaron hace tres días, ha tenido suerte. La suerte de la enferma que se agarra a un pedazo de plástico motorizado por una fábrica de coches reconvertida para tiempos de guerra. Así dijo el telediario que no pudo ese día escuchar. Respiradero hecho para la ocasión.

Nada sabemos de mamá. Que será de ella. Que hay que resistir. Que dice un médico que le ha dicho que está medio bien a tu hermano. Que pronto pasará. Pobriña tan sola en aquel cuarto tan grande. Con lo que le gustaba a ella la tienda y hablar.

Por suerte el capellán del hospital conoce su trabajo. Les ha llevado nuevas a la familia. Era una simple llamada de ida y vuelta. Que está bien, pero en la UCI. Eso me han dicho. A ver que puedo hacer, hablaré con ella y ya les diré. En la UCI solo hay una hora para encontrarse, pero ahora está limitado a un segundo de tristeza. Lo saben ya todos. Aunque nadie sabía nada.

Y alrededor de ella la vida se pasa. Todos usan mascarillas, tapabocas dicen los vecinos de arriba. Y portan guantes y plásticos como los chubasqueros que usamos para el fútbol cuando llueve en Valladolid. Real Valladolid. Se lo diré a Paco cuando regrese a casa. Qué pena que no haya ni fútbol, ni la tienda está abierta, ni sé nada de mi familia. Espero que no se hayan contagiado y estén bien. En esta soledad, los de las camas de al lado están como yo. Con miedo los despiertos, y con fiebre los dormidos.

Mi hijo puede entrar a verme. Trabaja aquí, pero no se puede acercar. Mis pulmones se están encharcando dicen, pero quizás pueda superar la enfermedad. Me duele, es verdad, y la mañana parece dulce comparado con la tarde que me dicen que esto irá a más. No sé que me han puesto en el gotero. Por suerte, ha venido el capellán, gracias al médico de guardia. A la enfermera. Gracias a todos, pero ya no puedo más. Necesito salir y volver a mi casa. A dormir en mi casa, y a escuchar la voz de mis niños. Y sólo escucho la soledad de unas paredes verdosas y un cielo fluorescente de estrellas que brillan día y noche.

Desde la UCI escucho unos aplausos, no son muchos. Y veo como cubren con una sábana al compañero de cama que hace unas horas estaba algo mejor que yo. Me duele mucho el pecho, más que antes, y la fiebre no remite.

Y sé que es el final.

Paco, Javier, Ana, Lucía y Manuel. Sé que los cuatro estarán preocupados. A mis padres que tanto me quisieron y que me hicieron tan feliz. ¿Por qué me acuerdo ahora de ellos? A las amigas que se fueron del pueblo, igual que yo. ¿Dónde estarán ahora? Me duele y no puedo casi respirar, si no fuera por esta máquina bendita.

Soledad y angustia. Rezo una oración olvidada que aprendí de mi madre cuando era pequeña. Pues yo nunca he sido de rezar. Te pido perdón, Señor, por las veces que no lo hice bien. Aunque no sé si hay un Dios al otro lado. Nadie lo sabe. Pero si lo hay me gustaría estar a bien con Él. Pero algo tiene que haber. ¿Y si no hay nada? Aun me quedan unas horas, espero. O tal vez no. Que aburrida es esta soledad. Siento que estoy sola. Me hubiera gustado un final con Paco de otra forma. Jubilarnos y poder disfrutar un poco juntos. ¿Qué será de él si me muero? Me molesta el silencio que interrumpen las enfermeras. Las escucho perfectamente hablar. Silencio. No quiero seguir pensando, prefiero callar mi mente. Pero no puedo. ¿Y si me muero así, en soledad?

Su esposa perdió el conocimiento ayer por la tarde, al parecer una embolia pulmonar complicó la neumonía. No la pudimos recuperar.

Y lloran los cinco que quedaron en casa. Y tienen miedo por si ahora es su padre el siguiente. Y no habrá funeral. No puede haber funeral, lo ha dicho el de las estadísticas. Ni funeral, ni misa de difuntos. El capellán nos ha dicho que la encomendará, y que cuando pase todo…

Pero ya ha pasado todo para nosotros. Esa tarde, fue una estadística más.

La de los fallecidos. Pero no es una más.

Era Maite, la de la tienda.

 

 

PD: Dedicado a los caídos por la pandemia Covid-19. A sus familias.

 

 

 

Idiotas con pedigrí.

Tras doscientos años repitiendo mentiras inducidas y mentiras ilustradas, los muy idiotas han alcanzado el pedigrí para ser los más imbéciles de la Tierra. Nos rodean y están por todas partes. Invaden las redes y los medios, que es tanto como decir las calles y el ágora. Son gilipollas y sumisos a un tiempo. Y son los que más me asustan.

No saben que son imbéciles y esclavos del adoctrinamiento que han recibido a lo largo de toda su vida. Se creen libres y auténticos, pero son copias de ignorantes. No saben razonar, no escuchan, no se interrogan, y en lugar de hablar rebuznan. Son clones inanes con picores en las bragueta que justifican sus debilidades como si fuera un derecho y una liberación refocilarse como un puerco. Y una puerca. Son lectores de El Pais, pero también abundan en el ABC, en el NYT.

Son peligrosos porque no saben que no saben, y además son peligrosos porque exterminan a los que tienen algo que decir, a los sabios. Los anulan y persiguen con sus consignas de medio pelo. Gritan y se jactan de que dominan la verdad, y no saben que siempre es más fácil una consigna que un argumento, un rebuzno que una explicación, una burla que una apología. Y un artículo que un libro. Invaden tertulias y memes, y se aseguran su opinión colgando en la red lo mismo que acaba de pensar otro clon semejante a ellos. Nunca escuchan, pues nunca aprendieron a escuchar.

Da igual que tengan carrera, estudios y buenos trabajos, pues jamás les dieron un criterio sólido para pensar por si mismos. Nunca paladearon una experiencia espiritual, mental o humana. Les negaron cualquier atisbo de religión y trascendencia, y se han convertido en adoradores de sus felices heces. No saben de Dios, ni de la eternidad, ni de sufrir, ni de los hombres. Leen lo que deben leer, y piensan lo que otros dijeron que debían pensar. Pero ellos se creen exclusivos y auténticos. Les bastan sus consignas y sus series favoritas  para entretener el pajarito y la pajarita. Infelices inconscientes de la verdadera felicidad. Arrebatados a Dios y condenados a la pobreza intelectual. A la ignorancia de vivir rodeados de libros que nunca podrán abrir y que no podrán leer; pues sólo puede leer el que está dispuesto a escuchar y a aprender.

Sin argumentos, sin razones, sin oídos y sin genio. No saben, y no saben que no saben. Son idiotas con pedigrí.

Han vivido adoctrinados bajo el dominio de los califas rojos, en clandestinidad y fuera de ella, y no van a cambiar. Se creen puros y buenos, sin conciencia para que no moleste, pero con tanta culpa que andan a la caza y captura de una banda de psicólogos que limpien de hedor su ponzoñosa piel. Llevas golpes en el alma, pero nunca reconocerán que sus males proceden de un divorcio que es moderno, de un abortorio que les arrancó un hijo o de un egoísmo enfermizo que los ha dejado en larvas de oruga primero, y en capullos muertos sin posibilidad de mariposear las letras. Se debaten en si son carne o pescado; y desconocen que serán vomitados.

Son los mismos que persiguieron a los cristianos en Roma, a los judíos en Europa, y a los contrarrevolucionarios en Francia o Rusia. Son los que quemaron iglesias en España, asesinaron monjas y poetas; para luego correr a apuntarse al bando vencedor por creer que dice la verdad. Bandos que cambian tanto como ellos, siluetas de manos o puños, svásticas y hoces con martillos, banderas arcoiris, república o la olímpica. Tanto da. Son los que reivindican la muerte en cualquiera de sus momentos: al principio de la vida, al final y en medio. Y creen que leer es tener noticias de un último bestseller.

Son los que perseguían a los portadores de gafas por ser enemigos del pueblo. Son esos mismos, los que ahora olvidan las letras y la corrección en el lenguaje haciendo de la inclusividad una pose nefanda. No saben hablar, pero hablan; no saben pensar, pero repiten lo correcto; no conocen la vergüenza, y no saben que son los nuevos cínicos, los perros sin atar que se lamen sueltos las heridas que les han dejado sin cicatrizar.

Están en la Junta, en el Gobierno, en los aularios y en la televisión. Son políticos y aprendices de político, entrenadores de fútbol y aficionados a un tiempo. Conocedores del coronavirus y asesores de barrio y de Naciones Unidas. Son gentes que se asoman como expertos, sindicalistas y protectores de la humanidad, de la sociedad, y de su estatus de cabrón alcanzado a fuerza de años sin aprender, sin leer, sin saber. Les basta con repetir lo que otros dicen. Repetir y repetir. Aparecer como sabio, con consignas estúpidas de un poder omnímodo que nunca he tomado en serio.

Nunca escuchan y nunca aprenden nada nuevo.

Cuando era joven creía que nadie se tomaba en serio lo que decía Txiqui Benegas, que hablaba porque la actividad política consiste en decir idioteces para que el rival político parezca peor. Hasta que comprobé que las mismas frases y consignas del Txiqui eran repetidas por un catedrático en una sala de profesores. Entonces me dí cuenta de que estaba todo perdido. De que no había salvación en mi país.

Y han pasado más de veinte años.

Han dejado su impronta en los chavalitos y chavalitas que han sido educados en las consignas de la propaganda del no pensar, del lenguaje inclusivo, del buenismo barato y de la asertividad que no tiene miedo al ridículo. Son Podemitas sin lecturas, apolíticos sin cerebro, aberronchos de usar y tirar que no disponen de recursos para oponerse. Quizás todavía escuchan algo, pero cada vez menos. Con los años dejarán de aprender y de escuchar, si es que alguna vez lo hicieron.

Son el residuo de una nueva sociedad que se ha hecho fuerte en los medios y que amenaza con destruir la cultura occidental mientras nos exigen un minuto de silencio ante una muerta, y salen de fiesta cuando los cadáveres son demasiado numerosos para contarlos.

Muchos ya gobiernan este país, otros empuñan micrófonos en mano sin avergonzarse de sus liendres intelectuales y mentales. A menudo repiten consignas educativas sin reparar en los cientos de vidas que han destruido por culpa de esas mismas consignas. Les da igual y ya son inconscientes de su estupidez. Se creen superhombres y sólo son estereotipos de sí mismos.

Por eso añoro aquellos tiempos en que los ateos leían a Nietzsche y se preguntaban por su fe. Al menos se podía hablar con alguien inteligente que se hacía preguntas inteligentes.

El lenguaje que nos deja la epidemia mundial.

Nuevas palabras y nuevos usos. Pandemia, Covid-19, desescalada, coronavirus, nueva normalidad, confinamiento, que nadie se quede atrás… Decía Nietzsche algo así como que el poder sobre la población lo posee el que impone y controla el lenguaje de una sociedad. Y que por eso Sócrates primero, y el cristianimso después, no serían destruidos hasta que no fuera destruido el lenguaje creado por ellos. El socialismo, para Nietzsche era una repetición del lenguaje cristiano, un lenguaje de débiles que obligaba a los fuertes a arrastrarse por el fango de la mediocridad.

La acción política, quizás por esa razón, siempre ha tenido un especial interés el manejar y dominar los lenguajes empleados. Son los que imponen el lenguaje políticamente correcto y anulan el que consideran incorrecto. Así lo describió también un magnífico Orwell en su novela 1984. Una novela muy descargada estos días, pro cierto.

Para un escritor, el lenguaje es además una herramienta de construcción imprescindible. De ahí el interés que despierta en filólogos, pero también en escritores y en las Academias de la Lengua las nuevas palabras y el nuevo lenguaje que van insertando en la cultura y la sociedad. Aquello de “no es más que una gripe”, se que da bien lejos.

La primera gran constructora (manipuladora si quieren) del lenguaje es la OMS, que hace una graduación de la enfermedad según su extensión y nivel de alarma sanitaria. Infección endémica o endemia es una infección que está de manera permanente en una zona concreta del planeta. La malaria, por ejemplo. La  RAE lo define como “enfermedad que reina habitualmente, o en épocas fijas, en un país o comarca”.

La siguiente palabra que emplea la OMS es epidemia. Una epidemia se da cuando la infección aumenta en un número de casos hasta un tope o máximo y luego disminuye. Para la RAE, epidemia tiene dos acepciones. La primera sería “enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas”. No indica por lo tanto, un pico máximo de la enfermedad. Y una segunda acepción que dice “mal o daño que se expande de manera intensa e indiscriminada”. Recogiendo el sentir general de las personas cuando hablan de un mal genérico.

Finalmente la palabra pandemia. Para la OMS es una epidemia que se produce en todo el mundo más o menos a la vez. De ahí que se utilice también la expresión “epidemia universal”. Lo que no se han atrevido es a decirnos que quizás estemos ante una endemia universal. Es decir, una enfermedad permanente en todo el planeta, como el catarro común. Está claro que no quieren alarmar. Y yo tampoco.

Curiosamente “pandemia” significa etimológicamente, reunión del pueblo, asamblea de todos. Y es definida en la RAE como enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.

Tanto endemia, epidemia como pandemia son tecnicismos. Pertenecen al mundo de la ciencia, aunque hayan sido adoptados y se hayan hecho comunes en nuestro lenguaje. Lo mismo sucede con la palabra “covid-19” que indica el tipo de “coronavirus“, también tecnicismo empleado por un grupo reducido de personas, y que sólo por el empleo masivo de los periodistas y los políticos se han convertido en términos usuales para mucha gente. Igual que otros términos médicos, es probable que terminen despareciendo del estrato común del lenguaje, o quizás haya cierta diferenciación. Covid-19 quede como término más culto y técnico, frente a “coronavirus” que es más fácil de aprender y de recordar, y que se convertiría en una palabra más sencilla. En otros idiomas se impone llamarlo virus chino (igual que gripe española en su día), virus asiático o virus de Wuham.

Lejos de la terminología científica encontramos el lenguaje creado por los gobiernos y sus periodistas con otras intenciones. Lenguaje que se ha extendido por repetición. Igual que los terroristas islámicos son abatidos, y no asesinados; aquí la gente ha estado confinada y no arrestada. Vamos una a una.

Confinamiento es un tecnicismo jurídico que ha sido empleado de manera extensiva. Es el nombre que recibe la pena por la que se obliga a un condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio. Nada que ver con lo nuestro. Ni condenados, ni libres, ni fuera de casa. Al contrario. Hemos estado en nuestras casas, y no hemos sido libres para entrar o salir.

Dentro de los sinónimos de confinar los que más se acercan a lo experimentado son encerrar, recluir, aislar, encarcelar o enclaustrar. Pero poco que ver con desterrar, ni con arrestar. De hecho, es probable, que la RAE valore detenidamente si emplear “confinar” añadiendo otra acepción a la técnico jurídica.

Desescalada es una palabra que no existe y que está mal dicha, hasta que la asuma la RAE. Yo intentaré no emplearla pues no me gusta. El término parece indicar lo contrario de escalar, que es subir una gran pendiente o una gran altura, y está haciendo referencia a que el abandono del aislamiento domiciliario se debe ejecutar mediante una graduación. Es relevante que no hubo una escalada para aislarse, pero que sí es necesario una desescalada para volver a la situación anterior a la epidemia. En este sentido, se habla de escalar y desescalar con la imagen en la mente de una curva de contagios y fallecimientos hecha por los estadísticos en sus cuadros gráficos. La imagen seduce a la palabra. Se podrían haber usado otras palabras: descender, bajar, desmontar, regresar, retroceder, salir, etc. Pero por alguna razón les molestaba hablar bien.

No son palabras lo que nos queda analizar, sino lenguajes y composiciones también teñidas de corrección. La más popular es la de “nueva normalidad” y el eslogan del gobierno “que nadie se quede atrás” (con permiso de los muertos, claro)

Nueva normalidad es una expresión una tanto paradójica. Indica que durante el encerramiento hemos vivido bajo una anomalía, una anormalidad, una subnormalidad o una irregularidad. Pero estos términos no se han empleado, imagino que por peyorativos y molestos. No ha hablado el gobierno de que estemos ante una situación anormal, o subnormal. Nunca han dicho eso.Tampoco hemos visto ataúdes, e imagino que es por la misma razón. No asociar la imagen de la muerte con un gobierno concreto. El suyo.

Sin embargo, tras la anormalidad, ahora sí que buscan un lenguaje bondadoso que indique que no ha sido para tanto, que no ha sido grave. Un lenguaje que procure un horizonte de seguridad en la población. Hay que lograr la “nueva normalidad”, pasando por alto la catástrofe, como si no fuera más que una anécdota, una estadística tonta de unos cuantos miles de muertos. Imagino que nada que ver con los importantísimos muertos por violencia de género, que son ínfimos comparados con esta catástrofe. Pero ahí nunca se les ocurriría hablar de alcanzar una nueva normalidad.

Realmente no será posible alcanzar la “nueva normalidad”, porque no volveremos nunca al punto de partida. La sociedad ha cambiado, no en exceso, pero sí hay otra percepción de la realidad gracias a una experiencia compartida por toda la sociedad al mismo tiempo. No habrá “nueva normalidad”. Lo único que nos queda es pensar en como era la vieja normalidad, lo que había antes de la pandemia, si es que podemos hablar en esos términos. Quizás con el tiempo se hable de antes de la pandemia como la Edad Contemporánea, y después de la pandemia, como el inicio una nueva edad histórica.

Nos queda el eslogan. Que nadie se quede atrás. No es más que una frase llena de buenas intenciones, quizás tantas como errores en la gestión. Atrás se quedan los muertos, los sanitarios contagiados por culpa de los gestores, los arruinados y un montón de gente para quienes la nueva normalidad será simplemente un renacer de las cenizas. Si pueden y les deja el gobierno.

 

 

Tres cosas que nos enseña la pandemia.

Siempre se aprende en la dificultad, y yo, filósofo y observador, he aprendido tres cosas en esta crisis que no sabía. La primera es que todos improvisan, políticos y expertos, y lo hacen todo el tiempo;  dos, el teletrabajo combinado con el trabajo es más eficaz, realista y cómodo tanto para el trabajador como para las empresas; y tres, la familia necesita espacios físicos, mentales y espirituales. No basta con convivir, es necesario crecer juntos compartiendo tiempos, lugares y comidas.

En esta crisis hemos visto a las autoridades de todos los países del mundo, gobernantes de todos los perfiles posibles y de todas las calañas improvisando tanto en palabras como en hechos. Y lo sorprendente es que no he encontrado diferencia alguna con lo que hacían y decían antes de la pandemia. Improvisan todo el tiempo y todo el rato desde hace años.

Los políticos viven de decir frases estúpidas, gilipolleces constantes y rebuznos contradictorios que son improvisados la tarde anterior, y que contentan de una manera escabrosa a sus lameculos acólitos. Da igual los contenidos que vomiten, pues pueden decir una cosa y la contraria durante el mismo discurso. Lo importante es vender su producto y su imagen de hombres listos y capaces, pero se ve a las claras que son los más idiotas y torpes de la clase.

Los gobernantes se han convertido en una especie de bacterias que viven calientes bajo el aroma del eslogan propagandístico. Disimulan su incapacidad y su improvisación intelectual tras un aparente ingenio que se cae en cuanto rascas. Gente tan idiota como Lastra, Sánchez, Iglesias Montero, Trump, Johnson, Maduro, Mañueco, Torra o Macron son un ejemplo de lo que digo. No pueden disimular su inoperancia ni su improvisación cotidiana. Son una tribu entera improvisando, aparentando saber y disimulando para que la gente crea que lo tienen todo controlado, pero realmente son bobos que juegan a parecer listos. A veces ganan una poltrona para toda la vida.

Son campanillas que resuenen en un circo mediático alimentado y engordado por la improvisación de los periodistas, que son los alientan este modelo de atmósfera política. De algo hay que hablar y algo hay que decir para rellenar periódicos y telediarios. Preguntamos la inanidad y ellos responden croando o ladrando según toque. Rellenan y rellenan informativos… y también redes sociales, porque sus palmeros virtuales y engordados han florecido por doquier recitando las mismas simplezas que sus líderes de barro. Les prometo mi ausencia.

Detrás de estos improvisadores hay otros improvisadores no menos peligrosos, que son los “expertos”. Que también van de improvisación en ocurrencia. Utilizan cuatro eslóganes y cinco frases hechas para vender al político lo importante que son ellos y que los necesitan a su lado cobrando un sueldecito de “expertos”. Son lo peor, la razón técnica que decía Habermas y que hay que extirpar cuanto antes de la esfera del poder.

Estos expertos son los que hacen las leyes de educación que permiten aprobar sin aprender, son los que deciden que no haya oposiciones a médicos aunque pasen veinte años o los que sugieren al político que es mejor decir esta frase u esta otra para ganar las elecciones. Son los que deciden por los incompetentes del cotarro.

En mi descargo diré que yo hasta ahora creía que sabían algo y que había gente más o menos formada detrás de los políticos, los técnicos, vaya. Para mi asombro pandémico, he descubierto que no. Que no son más sabios que los políticos, en todo caso más “listillos” y aprovechados. Entre estos “expertos” abundan los sindicalistas, cualquier sátrapa con carnet del partido, simpatizante con estudios universitarios, trepas de colores, activistas entregados, psicólogos de nómina, instalados, sociólogos, comunicadores, y por supuesto, cualquier recién llegado al mundo de los corifeos que rodean a los gobernantes. Porque lo que mas gusta a esta gente es una cara nueva con ideas aparentemente nuevas y modernas.

La crisis me ha mostrado a las claras que no saben nada y que improvisan todo el tiempo según les da el viento. Son unos “expertos” pero podrían ser “expertos” que dijeran lo contrario. Viven de las subvenciones lo mismo que los de la cultura, escritores y artistas,  periodistas del rollito, científicos amigos y un largo montón de personas que cuando se vinculan al pesebre gubernamental tienden a improvisar perdiendo su capacidad y su sabiduría anterior, si es que alguna vez la tuvieron.

Por eso los planes de estudios de un bachillerato, que parecen sesudos, realmente son improvisados; lo mismo que la gestión de cualquier hospital que está dirigida más por la improvisación y el consejito de los coros sindicales o los expertos del partido. Y así con todo. Seguimos comprando las mascarillas chinas que no funcionan sin saber que nos han engañado los expertos suyos a nuestros expertos.

Lo segundo que he aprendido es que el teletrabajo combinado con el trabajo puede ser mejor y más rentable que tener a la gente en una oficina, una empresa o un centro de trabajo,  perdiendo la mañana como un zascandil. Se ahorra tiempo en el trayecto, se ahorra dinero en calefacción y se tiene a la gente más contenta, pues está en calzoncillos tomando un café mientras hace su trabajo al ritmo que le apetece desde su casa.

Este modelo no es válido siempre ni para todos los casos. A veces hay que ir. También es verdad que lo más agradable de muchos trabajos ese tomarse el café a mediodía con los compañeros, y eso no lo ofrece el teletrabajo. Pero en otros es claramente una mejora. Se evitan pérdidas de tiempo, se trabaja de manera más práctica, incluso más rápida y eficaz, etc. El modelo mixto de una parte en teletrabajo y otra parte presencial puede ser una solución fantástica para muchos sectores. Para otros quizás no. Pero es algo que tras probarlo, lo he analizado y veo que funciona más de lo que parece.

Lo tercero que he descubierto es la importancia de los espacios familiares. Realmente no son tan necesarias, al menos a mi edad adulta, la sociabilidad del conocido. Están en la carnicería y la pescadería tanto como en la mesa de al lado de una oficina.

Seguramente los adolescentes necesiten verse y conocer gente a mogollón, pero hay otros momentos en la vida que es más importante profundizar y disfrutar de las personas que amas. Y esas personas suelen ser más bien pocas. Hablar a gusto con los amigos y tranquilamente, estar con los hijos pasando las horas haciendo y sin hacer, jugando, viendo una película o lo que sea. Comer reposadamente, haciendo la comida con detenimiento y cariño. Leer a gusto, escucharse… Esos beneficios los ha traído la pandemia, que si no fuera por los miles de muertos y enfermos que ha habido por culpa de los improvisadores de turno, hubieran sido días felices y casi perfectos.

El derecho a mentir y a soltar bulos.

Uno de los elementos fundamentales en los que se cimenta la cultura occidental es que se puede mentir. Y además se puede mentir a tumba abierta. Se supone que para contrarrestar las mentiras hay que formar a la gente; es decir, darle criterios para que se entere y piense por sí misma. Por eso, que estos días hayan limitado el derecho a soltar mentiruscos-gordos-ataos-con-piedra solo puede indicar que estamos más cerca del totalitarismo. Es decir, que unos pocos dicen a todos lo que es verdad y lo que es mentira. Los cerdos se hacen con el control de la granja, Orwell dixit.

Que nuestra sociedad se sostiene en las mentiras es una verdad como un templo. Por eso existen los fedatarios públicos, notarios y corredores de comercio, porque la gente miente que da gusto. Crean la figura de un señor que nunca miente, o sea, un notario que dé fe pública, y así parece como que el chiringuito es más estable y sólido. A nadie se le escapa que también los notarios pueden mentir, pero dado que no es tan habitual, pues lo convertimos en delito y vaya usted a demostrarlo al juzgado. Por cierto, los acusados de un delito y sus familiares tienen derecho a mentir en un juicio. Pues todo el mundo acepta que es normal que mientan a su favor. Yo no he sido, señor juez.

No son los únicos, pues aquí, gracias a Dios, todo el mundo miente de ordinario. Dicen los expertos de las revistillas que mentimos unas diez o doce veces por día; y que mentir, lo que se dice mentir, es un signo de inteligencia. Dicen que los niños que mienten antes, son más inteligentes. Pongo un ejemplo, el zagal que rompe el bote de mermelada, cuando llega la mamá pregunta airada por el autor del desaguisado. El niño inteligente, el que sabe apreciar el sabor de lo dulce tanto como de los cachetazos en el culo, miente descaradamente: yo no he sido ha sido periquito. Y jurará y perjurará que no ha sido él. En cambio, el niño pasmado, el tontón de turno, dice que ha sido él, lo dice como que hace la gracia, y le cae la del pulpo con la zapatilla de su madre. Lo dicho, mentir bien es signo de inteligencia. Por eso hay políticos que son realmente inteligentes, y otros que parecen unos paletos puritanos.

Aprender a diferenciar la verdad de la mentira también es un ejercicio de inteligencia. Cuando le cuentas al nene lo del ratoncito Pérez, lo de los Reyes Magos y Papá Noel, el párvulo (y el no tan párvulo) se lo cree porque confía en los mayores, pero cuando se hace mayor, su confianza no puede ser tan ciega. Su inteligencia debe hacerse crítica porque en caso contrario tendremos un problema con el chico. ¿Todavía cree en los reyes magos? Es la pregunta eterna frente a la mentira. ¿Eso es verdad? ¿Fue así? Y es una pregunta que debemos seguir haciendo de adultos, porque esto está lleno de mentirosos.

Sólo los abotargados mentales no se preguntan cuando leen un periódico, una revista, o ven un telediario si eso es verdad o se lo está inventando el periodista, el político o el contertulio a sabiendas. La persona inteligente se pregunta si eso será verdad, y trata de conformar y de contrastar las cosas. Te pueden engañar, mentir y confundirte alguna vez; y si repiten muchas veces una mentira, incluso puede que la mentira te parezca verdad. Por eso hay que estar bien despierto en una sociedad tan plagada de mentiras como la nuestra. A los que no son críticos se les puede engañar de cualquier forma. Esto los políticos y los filósofos como Ortega lo saben muy bien. La masa es dirigida porque se deja dirigir; y hay gente muy forofa que termina creyendo sus propias mentiras. Don Quijote se creyó la mentira de la caballería andante, pero el mismo Quijote era una mentira construida por Cervantes para criticar la memez cultural de su tiempo. Por eso en nuestra sociedad de hoy, lo que debemos hacer es NO convertirnos en Sancho Panza, que no tenía sal en la mollera, no sea que nos creamos lo que nos cuenta nuestro amo.

El abotargamiento mental conduce al totalitarismo y a la dictadura de lo correcto y de la masa. Todos los totalitarismos quieren imponer sus verdades sin argumentar, y lo primero que hacen es señalar a sus rivales como mentirosos y buleros. La Revolución Francesa, por ejemplo, se levantó gracias a unas mentiras muy bien dirigidas a la sociedad de entonces; lo mismo que las revoluciones del siglo XX o las guerras. Hay que mentir mucho para que la gente se mate, pero funciona. ¿Quién no recuerda la guerra de Irak con las armas químicas? ¿Y las mentiras soviéticas sobre la felicidad y el trabajo del pueblo? El marxismo y el comunismo estuvo tan lleno de mentiras que muchos todavía las creen; igual que el liberalismo, el nazismo o el independentismo contemporáneo. Mentiras para lograr sus objetivos políticos, mentiras que persiguen a los que dicen lo contrario. Mentiras que hay que criticar.

Además de los políticos y los activistas, los periodistas son otros de los grandes mentirosos, pues cuentan las cosas según su subjetividad, y en algunos casos con clara intención de alterar el pensamiento de sus seguidores. Para leer “El Pais”, periódico español, hay que hacer un complicado ejercicio de lógica argumental, pues los titulares no suelen coincidir con la letra pequeña, y en ocasiones la fantasía de sus redactores es asombrosa. Ocultan parte de la verdad a sabiendas (que es como mentir) o directamente modifican los datos para que den otra impresión. Pero tienen derecho a mentir. Lo mismo que muchas cadenas de radio o de televisión. El problema no está en que digan bulos, mientan, o alteren y deformen la realidad; el problema está en que el receptor tenga el cerebro de un niño de cinco años, y se crea todo lo que le cuentan.

Por eso Marlaska no se equivocó cuando mintió el otro día diciendo que había un nuevo caso de violencia de género, cuando en realidad lo que sucedió es que el marido había intentado que la chica suicida no se tirara por la ventana. Lo que sucede es que no hay que creer todo lo que te dicen los miles de Marlaskas que salen por la tele. En realidad casi ningún caso de violencia de género es por culpa del género. Pero para eso tenemos la cabeza, para diferenciar las mentiras, las fantasías y las exageraciones de los que viven de sus propias mentiras.

Defender el derecho a que se mienta en la red es fundamental. Lo mismo que el derecho a pensar libremente y a poder contrastar las noticias. Las sociedades totalitarias se caracterizan porque quieren controlar el discurso, y para eso no dudarán en considerar mentira cualquier opinión que no sea acorde a su visión particular de la realidad. La mejor manera de evitar que las mentiras florezcan es obligando a que la gente piense por sí misma, construyendo una sociedad del pensamiento y del sentido crítico, y no una sociedad cretinizada y mentecata. Justo lo contrario de lo que están haciendo.

Me ha explotado el lavavajillas pero no pasa nada, porque cómo en casa en ningún sitio.

Lo dicho. ¡Cómo en casa en ningún lado!

Si no fuera porque nos han encarcelado en nuestros hogares, y porque el virus está matando a la gente sin que se entere el gobierno, esto sería el paraíso. No es el paraíso para todo el mundo (faltaría más), pues siempre hay gente que no se puede pasar sin dar la paliza a la basca, pero en general, en casa se está de puta madre. Salvo por unos pequeños detalles sin importancia.

El sumario televisivo de nuestra vida ordinaria nos indica, en esta cuarentena, que la mayoría estamos entretenidos dilapidando nuestro patrimonio personal y nuestras virtudes conseguidas durante años, y estamos entregados a la noble tarea de la desidia y el malgasto de tiempo. Algo que Paul Lafargue ya disfrutó como un cabroncete. Aunque perder la vida sea muchas veces ganarla, todo sea dicho. Muchos están en casa como pollos sin cabeza, y otros como cabezas sin pollo.

Yo me imagino al personal degradándose a golpe de mando a distancia, arrostrados por la querencia a la bollería casera, la que suele hacerse en la cocina que habitualmente se entrega a los precalentados; o como solícitos vagabundos de las redes sociales, donde los memes y los chistes rabiosetes hacen su agosto bajo la hilaridad de los cientos de mensajes a la hora.

Luego, por la tarde, nos llega  el parte del sargento chusquero, el tal Sánchez que nos cuenta lo feliz que está de haberse conocido. Y por la noche al catre, ale, a seguir almacenados como basura en nuestras casas, que se han convertido en contenedores llenos de virus y de inmundicia humana contagiosa.

Yo, en mi modesto caso, estoy prescindiendo de las redes sociales que son aburridas y están llenas de inquina y de lameculos de lo suyo, y me he entregado a la noble tarea de leer y de disfrutar de la vida con lo que la vida nos trae, que no es poco. Además de los oficios de Semana Santa, el mundo se ha vuelto de otra manera entretenido y simpático.

Si me lo permiten.

Reparaciones de hogar: El Viernes Santo se nos fundió el lavavajillas, pero lo hizo de la mejor forma posible. Echando chispazos y atronando cual tormenta eléctrica que hubo en su interior. Ya tengo que decir que no pasó nada, ni pasó a mayores. El diferencial eléctrico saltó, se llenó todo de humaco de vapor de agua del interior del lavaplatos; y la resistencia -no la del Dúo Dinámico, sino la del lavaplatos- se descacharró partiéndose en tres trozos. Y eso que es de hierro fundido fabricado hace veinte años. Supongo que la obsolescencia programada ha pasado ya su factura y nos ha hecho la pascua, aunque no la de Resurrección, lógicamente, sino la del Viernes Santo. Ayes y por poco no la contamos. La pequeña nos avisó, que es un cielo. ¡Papi, papi, que salen chispas de la cocina! Y corrimos a desenchufar el aparatejo. Por suerte, yo tardo menos en lavar platos a mano, pero no porque sea rápido en esto, sino porque soy lento metiendo la vajilla en el lavava, que ya está difunto.

Luego está la vida de mi vecindario. Supongo que será parecida a la de todos, pero hay que saberle sacar partido. Es verdad que no observamos la cantidad de zumbados que hay por el mundo, salvo en agosto que se hacen notar porque somos menos en la ciudad. en cambio ahora, se están haciendo valer porque estamos todos callados, y eso, con la ventana abierta, salvo uno que sea sordo, es imposible no escuchar música celestial mientras lees tomando el sol en el balcón.

De todos los chalados se lleva la palma mi vecina del primero, que se le ha ido la pinza hace tiempo. No es de ahora y no invento nada. La mujer está como una puta carraca. Fuma porritos lo indecible con la ventana abierta, y de cuando en cuando insulta a todo el mundo que se pasee por delante. Echa basura al patio interior, y un día que tuve que llamar a la poli porque estaba intentando montar un fuego de campamento en el descansillo de la escalera, nos abrió la puerta en tetas caídas, mientras las meneaba como si fuera Brigitte Bardot con veinte años.

-¡Mirad, mirad que tetas tengo! ¡Jodeos cabrones!- dijo para meterse de nuevo en su metafísico hogar.

La contestación del policía municipal, un tipo alto, algo desgarbado y con experiencia en resolver conflictos in situ, se comportó como un verdadero profesional. Aquello fue determinante para que me escojonara de risa por la escena, realmente salida de una peli de Berlanga.

-¡Venga señora, qué para lo que hay que ver!

Y era verdad, sí. Había poco que ver. Ahora la señora anda más recatada en lo de las tetas. Supongo que es por aquello de que no se puede salir de casa, pero la sigue preparando día sí, día también, a voces y molestando al personal.

Yo lo entiendo en parte, porque como con el confinamiento hay gente que sale a la plaza a dar espectáculo, pues eso altera a la buena señora, la cual se cabrea de que le quiten protagonismo. Últimamente grita y tira los envases de cervecita vacíos por la ventana, e intenta canturrear algo contrario a los himnos fascistas que según ella suenan por los balcones. Para evitar escarnio con la profesión respetable que profesa, omitiré su trabajo que es casi como el mío pero en otro centro. Por supuesto está de baja.

Luego está el desenlace de las ocho de la tarde. Debe haber variedad  de espectáculo según la zona de la ciudad donde vivas. Hay barrios donde algunos dan conciertos personales con sus instrumentos favoritos por un rato que va entre los dos minutos y los quince. Hay gente educada que por no hacer el feo al artista, y por amor al aire callejero, escucha interesada tras los aplausos a los sanitarios. Se supone. En la mía, por ejemplo, no falta de nada. Primero se aplaude sonoramente, mientras saludamos al de enfrente al modo romano, hola, ave, qué tal, bien. Y luego, algún vecino concienciado de la causa nos pone el himno de España como si estuviera la orquesta entera metida en su casa. Varios vecinos sacan sus banderas patrióticas, y yo, que soy buena gente, me pongo la mano en el pecho (para que vean que soy norteamericano de Valencia) mirando al cielo como si fuera un jugador de la selección. Iniesta mejor que Ramos. Luego aplaudimos y varios niños gritan desahogándose unos vivas a España, que a mi me suenan a un “a la mierda este confinamiento”. El caso es que los nenes son respondidos por todos los vecinos, y me incluyo, con alegría y contumacia. Ahí es nada. Lo echaré de menos cuanto acabe todo esto. Himno y bandera. Parecemos un país de verdad y no una puta mierda acomplejada.

A las nueve termina la sesión con un griterío de cacerolas y sartenazos. Se vocifera contra el poder establecido, contra Sánchez y su puta madre, contra todo lo que se mueva, y contra el gobierno. Deben salir menos, pero sí son bastantes; y yo, salvo el primer día, no suelo asomarme porque estoy a otros menesteres personales. Es entonces cuando aprovecha la vecina grillada del primero para asomarse a la ventana e insultar a todos, pero va por días. es entonces cuando se activa el “salvame callejero”, porque los indignados se la devuelven con creces. Para mi que le dan estopa como si fuera el Iglesias o alguna pija de esas que nos gobierna. Loca, hija puta, cabrones, fachas de mierda… el caso es que hay un buen rollo que me encanta.

A la policía casi no la veo por aquí, aunque andan cerca supongo molestando a los que arriesgan sus vidas saliendo de casa. Por cierto, el otro día vimos un arco iris espectacular en el cielo, cuyas fotos han dado la vuelta al planeta. Precioso. Y es que como en casa en ningún sitio.

Vecinos solidarios y vecinos delatores.

La solidaridad se disfraza de delación, insultos y persecución cuando unos cuatro puritanos idiotas deciden acusar  y tocar la breva al resto de la humanidad a través del balcón, la ventana y el visillo. Lo han traído los aires de la pandemia: puritanos idiotas que se afana en insultar, acusar, y señalar con su dedo índice inmisericorde todo lo sospechoso; y lo que es peor, aburren a la policía y denuncian como nunca antes lo habían hecho a cualquiera que vaya por la calle sin coartada aparente.

Son lo peor de la sociedad. Son los que creen que las leyes son inmaculadas y santas, y que hay que obedecerlas siempre, aunque sean injustas. Son los que juzgan y condenan sin pruebas y lo hacen sin conocer la ley en sus justos términos. Aunque la ley diga que se puede salir a tirar la basura, ellos interpretan que hay que sacarla sólo cuando vas a comprar el pan, y así con todo. Por eso miran mal al que no lleva mascarilla en el supermercado, y vigilan al vecino cuando sale a pasear con el perro, no sea que se pase dos minutos más meando en la farola de enfrente. Aunque la ley no regule el tiempo que puede pasar un señor con su perro. “El estrictamente necesario” dirá la ley. Pues eso, los delatores idiotas deciden que “el estrictamente necesario” son los diez minutos que él cree que dice.

Es lo que tiene la sociedad contemporánea, que la maldad y la inquina aflora con todos sus pétalos, sépalos y tallos cuando los demás nos quedamos quietos y en paz. Estos imbéciles son los que durante toda la vida han repetido las consignas borreguiles de sus medios de comunicación favoritos. Son carne de dictadura y los responsables de que las sociedades totalitarias se levanten y construyan cada cierto tiempo. Estos vecinos son los que delatan a sus vecinos para así construir los miedos que necesitan las dictaduras. Cuando la gente deja de tener miedo a los delatores, entonces se caen los regímenes totalitarios y viene la libertad y la democracia. Ahora, en estos días se dictadura, se han venido arriba.

Ya dije hace unas semanas que el confinamiento iba a dar para mucho, sobre todo desde el punto de vista antropológico, y desde luego no me he equivocado. Están apareciendo nuevos estereotipos sociales como éste del delator, que representa lo peor de una sociedad herida por un gobierno que ha instalado un estado de excepción cuando pretendía convencernos de que era un estado de alarma.

Está saliendo lo peor, pero también lo mejor de nosotros mismos. Por eso, frente al delator lleno de inquina, al personaje inmisericorde que no tiene entrañas para comprender al otro, ni para ponerse en su lugar, está su antagónico: el misericordioso, el que hoy llamamos el solidario, que es el que se compadece, el que se pone en el lugar del sufrimiento del otro para sufrir, sentir y hacer un pequeño gesto, un gran gesto o arriesgar su vida.

Son la solidaridad encarnada, la misericordia con mayúsculas. Es el que se pregunta quién lo estará pasando mal, y decide ayudar al que está en soledad, triste o limitado. Son los que de verdad asumen lo del Evangelio, lo del amor al prójimo y lo de dar un vaso de agua a uno de éstos más pequeños. Son anónimos, pero son una fuerza invencible en nuestra sociedad.

Se disfrazan de vecinos pero son ángeles del cielo. Se ofrecen para llevar la compra a los ancianos del barrio, trabajan en Cáritas para abrir camas aisladas a los indigentes, y se ocultan también detrás de cuatro viejas monjas de clausura que tejen mascarillas sacrificando sus  escasos recursos y sus vidas. Son el sacerdote ese que le ofreció el respirador a su compañero de cuarto, y que murió. Son ellos, sí. Los que se sacrifican por los demás.

Hay mucha sociedad solidaria intentando hacer el bien, llevando el bien a los demás. Taxis que no cobran a los médicos, o personas anónimas que han cambiado la producción de su fábrica para hacer mascarillas, respiradores, guantes… Lo que haga falta. Llevan comida a las urgencias, alimentos gratis a los transportistas. Son muchos y son los mejores de nuestra sociedad. Están en los hospitales jugándose la vida y arriesgando lo que otros no son capaces de proteger a pesar de gobernar y de tomar decisiones. Son los que se protegen del virus como pueden, pero que están ahí, dando la cara porque es su obligación. Aunque también lo sea quedarse en casa.

Por eso, mientras algunos critican que qué hace la iglesia, los ricos, Amancio Ortega o el Rey; otros se dedican a mejorar la vida de los demás.  La sociedad del futuro los necesitará, porque son los únicos que de momento están venciendo a una cultura basada en el egoísmo, el individualismo puritano, el placer, la ignorancia o la media verdad, que es tanto como la mentira. Son los que en lugar de quejarse, convierten su vida en un testimonio de solidaridad.

Para vosotros va este aplauso; y sé que es poco: Plas, plas, plas, plas, plas, plas…

 

 

Portugal rescata a España de la basura holandesa.

En la Unión Europea existe un principio no escrito que consiste en que cualquier baboso político de un país adinerado puede insultar a España, y a otros países acomplejados, sin que suceda nada.

El otro día, un imbécil llamado Wopke Hoekstra, Ministro de Finanzas de Holanda, dijo que habría que investigar a España por no tener dinero para frenar el coronavirus. Ante esa afirmación tan gratuita e insultante, intervino Antonio Costa, Primer Ministro de una gran nación como es Portugal, que contraatacó diciendo que tales declaraciones eran repugnantes; y Francia, que es el que chulea a los países del sur por falta de tono pugilístico en los mediterráneos, salió en defensa de Costa, que se ha convertido así en el adalid y defensor de los nuestros, de los países del sur Europeo. En frente están los capullos arrogantes de los países adinerados de la Unión Europea, que suelen ser los mierdillas acomplejados de Holanda, Bélgica, Dinamarca y alguno que otro cuyo nombre no recuerdo.

Vamos a hablar de esta gente.

Holanda siempre ha sido una nación de segunda, incluso de tercera. Y lo saben. Nunca lograron ser un gran imperio, y lo más que llegaron fue a construir una Compañía Comercial Naviera que surcó los mares del planeta comerciando, robando y presumiendo de ser un gran país. Pero nunca lo fueron. A diferencia de Portugal que sí que fue y que sigue siendo una gran nación, los holandeses son más bien unos tenderos acomplejados, y eso lo comprobamos en la final del Mundial de fútbol en Sudáfrica, cuando en lugar de ganar por las buenas, se dedicaron a darnos patadas, para al final sucumbir a la superioridad española. Al ladrón y al caballero se le conoce en el juego, dice el refrán.

La aportación de los Países Bajos a la cultura europea y occidental ha sido más bien pequeña, por no decir exigua. La excepción estuvo en el arte durante los siglos en los que Flandes pertenecía a España. Imagino que fue porque entonces andaban compartiendo con nosotros las fuentes de la genialidad barroca. Por eso, en el momento que se separaron de nosotros se agotaron culturalmente. Luego queda gente suelta, pero no hay en su país ni una gran pinacoteca, ni grandes museos, ni monumentos extraordinarios. La única excepción: Van Gogh, al que dejaron morir de hambre. Con eso está dicho todo.

Los holandeses poco han tenido y poco han hecho en su historia salvo mentir, hacer dinero, cultivar tulipanes y robar, aunque fuera metros al mar. Su presencia colonial también fue patética y ridícula. Apenas consiguieron invadir cuatro pequeños enclaves, entre los que yo destacaría Sudáfrica, el último país en quitarse de encima la mentalidad racista de sus dirigentes. ¿Qué podemos decir de esta gente? ¿Podemos montar una Unión Europea con ellos?

Holanda no se merece los dirigentes que ha tenido en su historia. Desde el mentiroso y belicoso Guillermo de Orange hasta el señor Wopke Hoekstra.

Belgica es parecido en muchas cosas a sus vecinos del norte. Me contaban de una familia con un hijo con síndrome de Down que vivieron en Bruselas, la capital de Europa, que eran despreciados y mal vistos por mucha gente de allí. No estaban acostumbrados a ver discapacitados. Como que debían esconder al muchacho, no podía entrar en tiendas, restaurantes, etc. Muchos no decían nada, pero mostraban su desagrado, lo que hace de la situación aún más incómoda. Se tuvieron que venir a España a vivir, donde somos más acogedores con los débiles. Una película como “campeones” es impensable en Bélgica u Holanda.

La pregunta surge. ¿Creemos en el mismo modelo para Europa cuando culturalmente somos tan diferentes? Sin duda son demasiado racistas para nosotros, demasiado fríos y deshumanizados. Compiten para ser la cola del león Alemán, cuando nosotros buscamos un proyecto distinto que olvide viejos odios, que no mire constantemente tu dinero y el mío, que sea más fraternal y solidario en sus valores. Europa debe ser una fraternidad de países y de culturas o no será nada. Europa sólo volverá a ser relevante en la historia si consolida su unidad cultural, artística, política, financiera y económica.

Sin embargo, estos países mediocres y secundones son los que consideran a Europa como un club económico de gente rica donde ellos viven bien al regazo de Alemania y Francia. Donde el egoísmo más desconsiderado con los países del sur bordea el insulto abierto. No quieren planes para las fronteras del sur, no quieren problemas con los refugiados, no quieren un plan común contra el coronavirus, no quieren eurobonos, no quieren rescatar a nadie, no quieren ni siquiera a su gente mayor cuando enferma y les cuesta dinero. Se quieren a sí mismos, y así no hay forma de superar la mentalidad tribal que los caracteriza.

La altura de miras de Francia no la tienen, ni la generosidad de Alemania. Tampoco tienen la fuerza de Portugal para levantarse en la historia, ni la mirada limpia de nuestros vecinos y de nosotros mismos cuando recorrimos los mares del planeta. No saben que nosotros creamos el derecho de gentes desde la teoría a la práctica, y que abanderamos la primera noción de globalización que hubo en Europa.

Por eso, mi propuesta es que estos corralitos sean absorbidos de inmediato por los países más grandes. Que se conviertan en provincias de Alemania y de Francia y que dejen de molestar.

En el caso de Portugal sería deseable una unidad peninsular con España, como ya hablaron muchos en el pasado. A mi me gustaría mucho.

Además, podría votar a mi tocayo Antonio Costa como presidente de todos los íberos y cantar fados a la luz de la luna en su honor. Muito obrigado, presidente.

La soledad en la novela de LOS ASQUEROSOS. La novela de Santiago Lorenzo.

“Los asquerosos” es la última novela que ha publicado Santiago Lorenzo, al menos la última hasta que escriba una nueva. Tuve ocasión de saludarle en la Feria del Libro del año pasado, cuando no estábamos recluidos, y me firmó el libro. Hablamos un poco de “Mamá es boba” y mi colaboración en ella. Nos reímos, o mejor tendría que decir que nos sonreímos. Me preguntó si había leído algo de él, y le contesté que todavía no. Le hablé también de lo mío. Me firmó la obra cumplidamente con cuatro letras garabateadas y nos deseamos lo mejor hasta la próxima.

Pero a estas alturas de la película (la de la vida) tengo que decir que sí, que ya me he leído un par de novelas suyas, LOS MILLONES y ésta que incluyo de LOS ASQUEROSOS, que acabo de leer por culpa de la ineficacia del gobierno y del poder técnico sanitario (esto es de Habermas) aislando pandemias. Las dos me han gustado, las novelas digo, así que agradezco la reclusión.

Son dos novelas diferentes, pero tienen cosas en común. No obstante, me entretengo comentando la primera, la de LOS ASQUEROSOS, pues me ha gustado y la recomiendo.

Santiago Lorenzo no escribe convencionalmente, y eso es de agradecer. Se le distingue del marasmo de miles de millones de escritores que pululan por las editoriales, de los que hacen cursillos donde lo primero que te dicen es que escriba así y asá. Cuando yo no distingo a un escritor por su forma de escribir, pienso que estoy ante algo malo, y no me suelo confundir. Por lo que he visto, tampoco Santiago les hace puñetero caso, y por eso escribe con personalidad propia.

Santiago es lo que llaman los editores una voz nueva. Es un autor que no lo han descubierto ellos, pues desde hace bastante tiempo trabaja con una editorial pequeña, casi de autoedición y alternativa, donde le han publicado varios de sus libros. Olé por él. Santiago es, sin duda, una voz nueva, pues nadie escribe como él, al menos formalmente.

De hecho, incluso inventa y reformula palabras nuevas. No le importa construir y crear términos que se entienden perfectamente, pero que son inexistentes para el diccionario. No abundan, pues agobiarían, pero sí son suficientes como para que Santiago se exprese libremente y se le entienda perfectamente. Esta osadía es legítima, pues a los escritores se nos permite cualquier licencia, que para eso somos escritores. ¡Coño, pues claro!

En algunas ocasiones, aunque formalmente el texto es impecable, tengo la impresión de que me da algunos saltos. Quizás es que soy un poco tikismikis y exigente. El caso es que mi afán ultracrítico me lleva a apreciar cierto titubeo. Este mal , como creo que es propio de cualquier escritor, incluido los mejores de la lengua castellana. Pues no me ha importado, al contrario, es un defecto que suelen segarlo los editores en cuanto pueden, ratificando la vulgaridad de una obra. Hasta en esto se aprecia la libertad de Santiago para escribir. Y la genialidad y luminosidad de su obra. Gracias de nuevo por no doblegarte a los grandes, pues esa ha sido la clave de tu éxito. El que ha llegado tras unas cuantas novelas.

El contenido de LOS ASQUEROSOS viene que ni pintado en estos días de prisión condicional. Es la historia de un tipo que marcha a la soledad de la tierra soriana huyendo de la policía y de la gente. Los asquerosos son la “gente”, la peña, la sociedad que se dedican a perturbar la vida tranquila del resto de la población, no haciendo más que lo que saben hacer, que es ser ellos mismos, y así joder la vida de los demás. Siempre con buenas caras y con un “vaya, como se pone este tío por nada que le he dicho”. El silencio es el centro neurálgico de la novela, el premio pretendido y buscado. Y el antagonista es la gente, los pesados de turno.

Esto me recuerda a un calvo que regalé a un grupo de asquerosos, que llegaron al mismo paraje solitario de la montaña berciana de los Ancares en el que nos encontrábamos nosotros (unos amigos) bien a gusto. Nos encasquetaron su radio a tope, sus niños maleducados y nos jodieron el silencio de contemplar las nubes y el horizonte. Lo del calvo no se lo cobré, aunque nos tomaran por unos macarras de barrio bajo. Lo que valió que se cortaran un poco.

Me gusta que Santiago haga filigrana con el lenguaje, que sea directo y un tanto surrealista, pues reconozco que ando indagando, desde hace varios años, intentando construir un tipo de novela de tal calado, donde lo real y lo fantástico se den la mano sin que se aprecie la diferencia. Una especie de surrealismo mágico diferente, más nuestro y menos confuso. Santiago consigue un lenguaje único, surrealista, sí; pero creo que no logra que la historia tenga el surrealismo que sí posee el lenguaje. Para más información, visita Antona Onarres.

En la novela de LOS MILLONES, le pasa algo parecido. Es una historia original, pero no surrealista. Una historia plausible, y disculpen la palabra. Creo que Santiago podría contar ambas historias con un lenguaje más aburrido sin que cambien las historias. Gracias a Dios no lo hace, pues su lenguaje formal es lo más importante de su genial obra literaria. Lo más difícil de conseguir, además.

¿Qué como escribe? A mi me suena a F. Ibáñez de Mortadelo, pero otras veces me suena más como si estuviera leyendo a un niño que fabrica un collage de palabras, en plan manualidades y pretecnología de la semántica. Algo así. Como un adolescente ilustrado que se cabrea con el mundo, y que lo hace bien. Muy bien. Escribe como Santiago Lorenzo, y nadie lo hace como él, por eso es una voz única. Gracias Santiago.

 

Pandemia y comportamiento humano. Una reflexión de antropología aplicada.

El sábado pasado bajé al supermercado a comprar lo del fin de semana. Lo hice algo pronto y me encontré con lo que muchos se han topado en estos días: decenas de personas con los carritos  hasta arriba de papel higiénico y pechugas de pollo. Muchos justificaban su actitud, “nadie puede decirnos nada” comentaba una señora mayor al caballero que le precedía en la larga y nutrida cola. “La gente se ha vuelto loca”, decían otros. El tema me hizo pensar.

El comportamiento humano necesita ser explicado, no sólo en su individualidad, como hace e intenta la psicología, por ejemplo. En mi caso, me interesa entender al ser humano desde su cultura y su comportamiento social. Por eso he desempolvado los estudios de antropología para intentar arrojar un poco de luz.

La primera sensación que se tiene es la de estar viviendo un hecho histórico. Era como cuando vimos en directo caer las torres gemelas el 11 de septiembre. Esta sensación se produce, básicamente porque constatamos la importancia del hecho inmediato desde una visión histórica. Nunca habíamos vivido nada igual, al menos en la realidad, porque seguro que nos han venido a la cabeza cientos de películas de ciencia ficción y de catástrofes donde algo parecido pasaba en el mundo.

A algunas personas les puede costar diferenciar la ficción de la realidad, y han sido muchos los que no han sido conscientes del problema hasta que no se ha visto recluidos en su casa, incluidos bastantes políticos y dirigentes económicos y sociales. Me ha sorprendido que en Valladolid hayamos tenido clase hasta las 14 horas del viernes, sin que casi nadie viera venir la gravedad del problema. Hace tan solo una semana nuestro mundo se colmaba de manifestaciones feministas. ¿De repente nos hemos caído del guindo?

Es evidente que no se ha querido ver la realidad, y que las personas idealistas son las que menos perciben la gravedad de los problemas dentro de una cultura. Por eso me pregunto quién domina en la cultura española, los realistas o los idealistas. No tengo una respuesta, lo que sí es claro es que el idealismo de nuestros gobernantes ha despertado de golpe cuando han visto que se moría la gente, y que España iba camino de sufrir la misma pandemia que en Italia . “Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”.

Dentro de ese idealismo y de la incapacidad para ver la realidad están destacando los presidentes de algunas autonomías, y supongo que muchos de sus partidarios que todavía andan a vueltas con asuntos secundarios. Hoy me topaba con un meme que decía que si uno convive estos días con su maltratador que llame a no sé qué teléfono. Idealismo y nubes para no comprender en qué consiste la convivencia humana y familiar. Cielo e infierno a un tiempo.

En segundo lugar, es destacable el sentido de obediencia, incluso sumisión de los españoles frente al poder cuando las cosas se perciben graves. Los mismos que hace dos meses pedían con carteles que fueran respetados. Me refiero a los sanitarios. Ahora son aplaudidos todas las tardes desde los balcones y las ventanas. Esta sumisión y disciplina han llegado repentinamente en tres días, pues hasta hace dos días todo parecía cachondeo y risa al respecto.

Las culturas asiáticas son en este sentido, o así nos lo parecen, más disciplinadas y sumisas. Aceptan la autoridad sin oponerse, sin enfrentarse. En España, el mediterráneo, piensa de sí mismo que no lo es; como que aquí cada uno hace lo que le sale de los huevos; sin embargo,  cuando han hecho un llamamiento para que sea de otra forma, los españoles han reaccionado tomando en serio el virus. Los que hace una semana se daban la mano y plantaban dos besos sin pudor, ahora las lavan cada media hora y te saludan a tres metros de distancia. Si les ves, claro. ¿Que ha pasado?

Nuestra cultura está asombrosamente sometida y controlada por los Medios de Comunicación Social. El derecho a la información se ha convertido en una permanente vacuidad informativa. Lo importante no existe y abunda tanta desinformación como información irrelevante o mentirosa. Son tan aparentes los bulos como las noticias veraces, sin que buena parte de la sociedad las diferencie. Muchos están a merced de esos bulos sin que nadie pueda hacer nada, y sin que tengan capacidad crítica alguna para hacerles frente.

Es una sociedad acrítica, bastante incapacitada, y por tanto fácilmente sometida a control gubernamental. Es una sociedad muy cercana a abrazar un totalitarismo que les convenza. Por eso lo emocional es tan importante y fuerte para controlar a la masa acrítica. Hay que quedarse en casa, y eso es un gran acto de heroísmo, dicen constantemente.

En esta crisis también apreciamos un miedo cuya respuesta consiste en repetir comportamientos aprendidos en televisión y en directo. Es la mímesis. Si otros compran papel higiénico, yo también. Es la neurona espejo de los ungulados y rumiantes que salen corriendo cuando ven que otros corren. Basta con que unos pocos vean que falta papel higiénico en el super para que varios se animen a comprar de más. Por si acaso. Es la irracionalidad que domina el comportamiento, pero esa irracionalidad es alimentada por los medios que multiplican estos comportamientos. Cuando uno ve que es real lo qeu acaba de ver en su móvil, que se acaba el papel, entonces compra papel y alimenta más lo mediático. El miedo de unos pocos se ha convertido en la norma de conducta de muchos, lo que habla a las claras de una sociedad débil, estúpida y frágil. Además, lo hemos visto en cientos de películas americanas.

Es el mismo comportamiento mimético cuando se sale a la calle para aplaudir a los sanitarios. Los medios lo reproducen, y basta con que uno lo haga para que el resto se una en un gesto masificado. ¿Dónde queda la iniciativa personal? imposible sin el altavoz de los medios. Muchos aparentan ser únicos y especiales en instagram y en FB, pero en el fondo la masificación es hoy más agresiva que hace cuarenta años. Mucho más. España es un país muy manipulable, lo vimos el 11 de marzo y lo estamos volviendo a ver.

¿Qué argumento utiliza el colectivo para sufrir la reclusión en las casas? El discurso es el del heroísmo. Somos héroes y se nos pide que seamos héroes y que nos quedemos en casa. Por los medios han corrido memes hablando de que estamos en una guerra en la que se nos pide no ir al frente, sino quedarnos en casa. Es obvio que la influencia de los Medios de Masas está siendo crucial para lograr este sentimiento heroico y casi patriótico. Es la hora de morir como en Numancia, morir es no salir para que otros puedan vivir y no les contagiemos.. Ese alimento es necesario para que la gente no se salte el precepto, pues unas simples multas no van a hacer desistir a la población más joven, que suele ser más irresponsable y más idealista.

La cultura, ante este discurso irresponsable de “yo hago lo que me da la gana”, se está mostrando agresiva. Aunque sea lo que ellos mismos han hecho hace una semana. El cambio cultural y la influencia mediática está siendo determinante para modificar un comportamiento querido. ¿Nos salvará la obediencia? La gente piensa que sí, por eso acepta las nuevas reglas del juego.

Culturalmente aflorarán varios problemas no menos importantes que habrá que tratar más adelante. Es fácil ser un héroe el fin de semana, la pregunta es si podremos serlo cuatro semanas. Sin duda va a aflorar lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. En este sentido, muchos lo toman como una oportunidad para rezar más, compartir más tiempo con la familia, etc. Pero intuimos que para otros, este estado de alarma va a ser un infierno…

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.