Archivo del Autor: Antonio José López Serrano

Conviértete y cree en el Evangelio.

Es la frase más repetida y escuchada en el día de hoy. Conviértete, y cree en el Evangelio. “Conviértete” significa que debes cambiar la mentalidad, la manera ordinaria que tienes de ver la vida. “Cree en el Evangelio” apunta a la dirección que debe tomar tal cambio de mentalidad. Hacia Jesús que murió por tí.

Comentaba el otro día con mi sobrino que hay palabras y oraciones, que en determinados momentos se convierten en poderosas y fuertes. Ante una muerte, es necesario decir una palabra de consuelo, algo hermoso que recordar ante el cuerpo sin vida de alguien querido. Un juez en su sentencia, no hace otra cosa que tomar la palabra para hacer que sea poderosa en la vida del acusado. La filosofía y la ciencia se inicia cuando el hombre toma la palabra, cuando hace del “logos” un ejercicio de reflexión razonada y pensada.

Dios, en la tradición judeocristiana, es un Dios que toma la palabra, que crea y recrea, levanta, cura y resucita desde una simple y sencilla Palabra. Jeśus es el logos. De hecho, para los cristianos, Jesús de Nazaret es la Palabra encarnada, la que estaba junto al Padre en comunión con el Espíritu Santo desde el principio y para siempre.

Hoy la Iglesia ha tomado la palabra una vez más para decir “conviértete, y cree en el Evangelio”. Sabias palabras y poderosas que acompañadas por la unción de la ceniza, nos recuerda el objetivo de la vida y de la Cuaresma que hoy hemos iniciado.

Conviértete. Estamos ante un imperativo, pero es también un ofrecimiento y una tabla de salvación. Conviértete es la traducción del vocablo griego pronunciado por Jesús en los Evangelios, “metanous”. Metanous expresa cambiar las ideas, la mentalidad y la mente, y por tanto cambiar el sentido de la vida. Es un verbo, y por tanto implica acción y movimiento. La conversión no es algo pasivo que se recibe, sino algo que se ejecuta, que se mueve.

Convertirse significa cambiar en profundidad, no superficialmente; e implica alterar todo el horizonte de sentido para encaminarlo hacia Jesucristo y su Evangelio. Todas las cosas que nos mueven a nuestro alrededor son frágiles y están guiadas por un interés superficial y caduco. De ahí la otra sentencia del día de hoy, Miércoles de Ceniza, “polvo eres, y en polvo te convertirás”. Y es que nos confundimos a menudo dando importancia a lo insignificante, y olvidando lo esencial de la vida. Somos polvo y seremos polvo, y esta verdad es la más incuestionable de todas. La muerte está en el horizonte de todos, por eso convertirse implica solicitar y pedir a Dios la resurrección para la vida eterna. Somos polvo, pero por Cristo no lo somos definitivamente.

Sabemos que Dios es lo esencial, lo necesario, lo eterno y trascendente; pero a menudo lo colocamos frente a nuestra preocupación cotidiana, vacía y no pocas veces marcada por la contingencia del momento. Dios está más cerca de nosotros de lo que nos pensamos, pero no siempre somos conscientes de su providente mano amiga y cercana. Nos rodea la inanidad, por eso precisamos, al menos una vez al año, poner a punto nuestro GPS, y encaminarnos hacia Él. Es una tarea a la que nos invita la Iglesia. Pero esto no lo haremos sin cambiar la mentalidad que habitualmente nos sepulta en la tumba de la nada. Convertirnos es salir de esa tumba para colocarnos en la rampa de lanzamiento que lleva a Dios.

Esto me hace pensar que nunca estamos convertidos del todo; y esto me hace pensar que nunca estamos alejados totalmente de Dios, pues siempre queda en el corazón humano un rescoldo, un deseo de plenitud, un algo que nos recuerda que tenemos en Dios a Alguien más cercano a nosotros que nuestra propia intimidad. Dios con nosotros, decíamos en Navidad. Ahora abundamos en la sentencia para ponernos en camino. Nosotros con Dios queremos caminar hacia tu hogar, tu casa. Tu santa morada.

Creer en el Evangelio, que es la segunda parte de esta reflexión, es tanto como creer en la Palabra hecha carne, es decir, creer en Jesús de Nazareth, en el Mesías. En el Cristo que viene a salvarnos. ¿De qué nos salva? De la muerte y del pecado. Por eso, el mejor ejercicio cuaresmal es contemplar la muerte de Jesús en la cruz, que está ahí por tus pecados y los míos, y en contemplar su resurrección, pues no estamos ante un simple ajusticiado. Dios nos ama, y Jesús nos muestra su amor a nosotros mediante el sacrificio de la cruz. Misterio y guía. Camino, verdad y vida. Conviértete y cree en el Evangelio, es lo mismo que decir, cambia el corazón, y mira al que te ha salvado en la cruz. Creed en Él, nos recuerda la Iglesia desde sus 2000 años de antigüedad.

Dice San Pablo que quien confiese que Jesucristo es Señor se salva, y dice el Evangelio que Dios perdona. Por eso convertirse puede empezar por lo más sencillo. Una pequeña oración dicha de nuevas que cambie todo mi ser, un gesto de amor con las personas que me rodean, una privación que me haga recordar que somos poco y que lo importante no soy yo, sino Tú. Ese Tú que es Dios mismo.

Buscando a los opresores castellanos.

Me contó un amigo el otro día, que cuando vivió en Cádiz, acudió en una ocasión al instituto un político del partido Andalucista para ilustrar a los alumnos sobre las maldades de los castellanos, que habían sido terribles opresores contra los andaluces. Ya saben, la vieja retahíla de que los castellanos son sedientos asesinos y ellos almas puras y de cántaro. Los pobres andaluces eran oprimidos por las fuerzas castellanas desde hacía muchos siglos, y que por eso andaban como andaban.

Coincidía con lo que le decían sus alumnos, vecinos y compañeros en un instituto rural del País Vasco, que los castellanos habían sido los opresores de los vascos desde los tiempos prehistóricos, y que qué malos los castellanos que robaban y habían esquilmado a los vascos, y como diría el lehendakari, a los vascos y a las vascas, pues.

Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en Tarragona, había gente adulta que opinaba que Castilla había oprimido a Cataluña, y que ellos eran trabajadores y los castellanos indolentes. Recuerdo que alguien dijo que si Castilla fuera un gran lago, la periferia sería mucho más próspera y rica.

Yo por supuesto, no entendía mucho de opresores y oprimidos, por eso cuando vine a vivir a Valladolid, pulmón de Castilla e hígado de León, no encontré opresores por ningún lado. Más bien al contrario, había simplemente gente y más gente, como en todos los lados, al menos en Valladolid la ciudad.

También recuerdo que había un discurso que con los años se ha moderado sobre catalanes y vascos, que rumiaba algo así como que todo el dinero se les daba a ellos, y nada para Castilla; pero he de reconocer que no hablaban nada de haber sido ni opresores, ni oprimidos.

Hace unos años participé en una cena Pascual con un grupo de personas del camino Neocatecumenal, y entre ellas había una muchacha que era hispanoamericana. No recuerdo el país. Se empeñó en darnos la cena exhortándonos reiteradamente para que participáramos de su idea de que los españoles, y por supuesto los castellanos, habíamos sido opresores de América, y que les habíamos robado el dinero y el oro, y no se cuantas cosas más.

Como ya tenía más edad y más lecturas hechas contesté a la buena señora que los que habían robado eran realmente las élites de su país, y que cuando España dejó América, tenías tantas posibilidades de prosperar como sus vecinos del Norte. Así que no echara la culpa a los demás de sus miserias.

Y el caso es que es un tema recurrente del que se me ocurren varias reflexiones.

La primera. Que la gente necesita un enemigo al que echar las culpas. Catalanes, vascos, andaluces, gallegos y ahora leoneses buscan un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todos los males. Era una táctica del totalitarismo que se ha ido apropiando el nacionalismo con más fuerza, hay un malo al que perseguir, porque con un malo al que perseguir alimentamos sentimientos de odio y neutralizamos nuestras propias responsabilidades.

La segunda. Que el discurso de opresores y oprimidos impregna de raíz nuestra manera de estar en el mundo. Eso lo aprovechó el marxismo en su momento, pero parece difícil encontrar un político por el mundo que no aliente la existencia de unos opresores para justificar sus crímenes, irresponsabilidades o desvaríos.

La tercera. Que hay gente lo suficientemente idiota que se lo cree. Incluso gente con estudios. El discurso de opresores y oprimidos lo mantiene desde el catedrático biempagado hasta el pueblerino más cetrino del villorrio.

En definitiva, que no hay rebaño de hombres y mujeres que no vean a un opresor en algún lado; y soy consciente de que casi todos los movimientos totalitarios, desde la ideología de género hasta el nazismo más primario han necesitado y necesita un demonio para justificarse. Llámese heteropatriarcado, llámese judíos. La misma Revolución Francesa veía antirevolucionarios por doquier, lo que les venía muy bien para exterminar y asesinarse alegremente.

El caso es que sale uno a la Castilla rural, a la que toda la vida ha sido opresora y sigue oprimiendo y se encuentra con tres abueletes sentados en el poyo de la casa, en el carasol disfrutando del frío invierno, con la boina embutida hasta las cejas y cerrando la garganta con la bufanda de lana de hace unas cuantas navidades. Ahí andan, ocasionalmente juntos y como todas las tardes.

Y les escucho hablar mientras compro el pan en su panaderia que me pilla de paso. Primero   apuran sus cigarrillos, prohibidos por sus opresoras esposas, y luego tiran las colillas al suelo mientras murmuran lo jodida que está la vida y que van a quitar al médico que venía los miércoles. Y otro le contesta que lo que falta es gente joven y que con dos críos la escuela no se va a mantener.

Y ahí es cuando comprendo que por mucho que busque a los opresores castellanos, no los voy a encontrar jamás. Se fueron a oprimir a los demás, y hoy no se los distingue de los oriundos. Digo yo que será eso.

 

 

Veintidós ministros de cuchipanda.

Este fin de semana, el presidente del Gobierno, gente progresista y feminista a tope, se ha ido de casa rural con los ministros de su gobierno. Es verdad, que les ha costado encontrar una casita, pues son veintidós pibes y no es fácil, pero al final la Calvo lo ha conseguido. De hecho, llevaba el tema en mente desde hace días, y debió ser un tema importante en el último Consejo de Ministros, que son secretos y los martes, pero que deduzco de manera natural de qué hablan en los ruegos y preguntas.

-¿Qué tenéis para el finde del 8 de febrero? Pues reservar que nos vamos de convivencias.

-Bieeeeen.

Y se lo han tenido que pasar bomba, porque esta gente de izquierda solidaria, progresista, feminista y antifascista donde va, triunfa. De hecho fueron en autobús para divertirse más y no sufrir los atascos de la capital. Es lo que tiene ser solidarios con el medio ambiente. Es verdad que podrían haber ido en bici, pero la Calvo dijo que no. Que ni hablar. Mejor en un ecoautobús, y se acabó.

Es verdad que los desayunos eran temprano, y que hay ministros que no les mola madrugar porque no están acostumbrados al curro duro; pero claro, tras la fiesta de pijamas del primer día, nadie quiso perderse al coletas despelujado con babuchas sarracenas. Bajó por la mañana con Irene, su señora, que está henchida de gozo por irse de convivencias con su marido.

Los demás se morían de envidia, pues no pudieron llevarse a sus respectivos ni por asomo. A los de Galapagar les dieron la suite nupcial, y los barones que se han enterado se han chinado de la leche. El amigo Pedro, que es el líder cuya luz nunca le llega al cogote, no estaba contento del todo la primera noche, pues parece ser que cuando se va de casa rural suele tener problemas porque se le salen los pies de la cama. Y es que el tío es alto y tiene problemas con sus pies.

El tema trajo miga incluso en el autobús. No es para menos. Pablo e Irene son la primera pareja matrimonio que son ministros los dos, y eso, aunque a muchos les suene a Ceaucescu y su señora, o a Marcos y la Imelda, no es verdad. Es porque somos unos fachas malpensados. Ellos viajaron juntos en el autobús, y los demás tuvieron que andar regateando pareja de viaje. Dicen las malas lenguas que es porque se parecen a los Clinton, Bill y Hillary, y por supuesto hay que alejar a las becarias de macho alfa de la tribu de los progresistas, feministas, solidarios y antifascistas. De hecho, aquella noche, fueron los únicos que se daban arrumacos  en la fiesta de pijamas para envidia del resto de los ministros, que se tuvieron que conformar con mirar y beberse su cubata de cincuenta euros.

El caso es que la fiesta de pijamas fue un éxito, sobre todo cuando se hizo tertulia en el salón de abajo después de cenar.

Pedro sacó su guitarra, la del campamento de las juventudes socialistas, cuando cantaban a Quilapayun y el kumbayá. Y se sintieron todos dichosos cantando lo de la muralla y el pueblo unido jamás será vencido, que para eso se han juntado. Pablo, que también es muy ducho en fiestas de facultad, sacó unos petas, y aunque la ministra de sanidad (no sé quien es pero seguro que es una mujer y acierto) le miró con recelo por aquello de facilitar el contagio del coronavirus chupando el mismo cigarro, nadie dijo nada, pues son gente moderna y moralmente superiores. Cantaron una cancioncitas y disfrutaron contando unos chistes de Franco que casi nadie se sabía, pues no lo vivieron. De hecho los llevaba Abalos escritos. Eran malos, los chistes digo, pero se tuvieron que reír para evitar suspicacias. Cuando llegaron chistes de mariquitas, de aquellos de Arévalo, ya dejaron de reirse y se fueron a la cama. El coletas con su churri, faltaría más, y los demás con pena pensando que no habían tenido ninguna oportunidad de ligar en aquel ambiente tan insano.

Al día siguiente, tras el desayuno de café au lait, digo que a media mañana, alguno se empezó a aburrir y propusieron una caminata al Valle de los Caídos, pero se vé que no tuvo éxito, y ahí empezaron los problemas, pues montar una convivencias sin nada que hacer es superaburrido. Por supuesto, alguien dijo que se podía jugar a hacer una lluvia de ideas bajo un mismo tema, en este caso: temas que cabrean a la derecha, y se entretuvieron hasta la hora de comer y se lo pasaron muy bien, aunque el tema era repetitivo.

Un, dos, tres, responda otra vez. Cosas que cabrean a la derecha: sacar a Franco de la tumba, llamar ultraderecha al que no diga que todo es violencia de género, quitarles la educación de sus hijos, afirmar que la Justicia es un poder al servicio del gobierno, indultar catalanes sin preguntar, invitar a Torra a la cuchipanda… Jajaja. interrupción. Perdieron algunos, porque todo el mundo sabe que Torra es de derechas y nacionalista, y no de ERC. ¿Quién lo iba a decir? La próxima vez hay que invitar al Rufián, que es un parto el tío.. Ahí se lo pasaron bien, y han sacado unas cuantas ideas para los próximos meses, que se van a divertir y nos van a entretener a todos con sus cosillas de gobernantes.

Con la comida llegaron otros problemas no menos graves que los anteriores. Con la cena del día anterior no pasó nada, pues la gente fue con su bocata, y aunque hablaron de compartir, no se animó más que el Ministro de Agricultura con unos yogures que guardaban de la época de Cañete. Nadie los probó, pues procedían del averno Aznar. Pero ahora, con la comida, los ánimos se empezaron a caldear cuando propusieron el menú.

Que si a mi me gusta lo vegano, que si yo soy huevófago y sólo trincho pimientos coloraos, que si yo no puedo comer pescado porque los progresistas no comemos seres vivos con memoria de pez (lo cogen, lo cogen). Ahí se entablaron varias discusiones terribles, que se resolvieron cuando el presidente afirmó que había que llamar a los veintidós cocineros personales de Moncloa, asesores incluidos de radio y televisión, para que les hicieran un menú verdaderamente progresista, sostenible y con perspectiva de género. Un ecomenú, vaya.

Comieron lo que les dio la gana, excepto rabo de toro, que lo denunciaron como comida fascista y machista en grado superlativo. Pásame otro peta, Pablo.

Por la tarde las actividades se atascaron, pues varios ministros se echaron una cabezadita que se prolongó hasta la merienda. Recuperaron las formas con el partido de fútbol  que propusieron. Siendo veintidós, pues once contra once. El problema es que para no parecer cerrados, se hicieron equipos nombrando como capitanes a Pedro y a Pablo. Se cabrearon varias ministras cuando vieron que nadie las escogía, y decidieron formar su propio equipo. Heteromachos contra mujeres, y para dar perspectiva de género, los hombres tenía que jugar de rodillas, sin poner las plantas de los pies sobre el suelo. Es discriminación positiva, y todos se callaron como muertos jodiendose los ligamentos cruzados anteriores y posteriores.

Aquí se lo pasaron bárbaro. No porque ganaran ellas, sino porque dieron un balonazo a Abalos en los huevos, y daba gusto ver trinchado por el suelo al ministro. Luego se fueron a cenar a un burguer cercano de unos sindicalistas, que quisieron homenajear a los legítimos representantes del pueblo. Por supuesto, hubo langostinos, pero aquí nadie protestó pues dieron la consigna de no contradecir en asuntos de Estado a los sindicatos mayoritarios. Y se comieron los langostinos como está mandado. Luego volvieron a casa felices, no sin antes abrazarse a sus nuevos amiguitos.

Que digo yo, que si lo retransmitiera la tele, que sería mejor que la Isla de las tentaciones. Es por dar ideas a las cadenas…

(continuará algún día…)

 

 

La amargura del sabio, y la alegría del necio.

Tengo mis dudas, y en estos asuntos abandono la claridad de ideas con la que someto a mis lectores semana tras semana con mis comentarios. ¿Son los hombres ignorantes felices? ¿El conocimiento de las cosas conduce a la amargura? ¿Son felices los tontos? ¿El que sabe mucho vive abrumado por la estupidez que se enseñorea a su alrededor? Pensar un poco nunca está de más, aunque eso nos pueda conducir a la infelicidad. ¿Es eso cierto?

Decir que los ignorantes son felices contradice abiertamente a Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad clásica, quizás el más grande de todos. Por eso me siembran las dudas decir que los tontos son felices, y que los gilipollas somos los que hemos estudiado mucho y sabemos y comprendemos (algo mejor y sin venirnos arriba) cómo funciona nuestra sociedad y nuestro mundo; y que por culpa de tanto saber nos molesta sobremanera la estupidez del que gobierna, la idiocia de las chusma cuando se hace demogresca y la memez de los cantamañanas que todos los días y sin descanso nos trituran con sus trinos pestilentes, sin ellos sospechar siquiera que son aborrecibles. El mundo está lleno de portavoces, de gente subvencionada y de ignorantes que repiten las consignas de los suyos. La pregunta es si son felices los sabios que piensan por sí mismos, o lo son ellos.

Aristóteles nos enseñaba que el filósofo es el amante de la sabiduría. Cuando el hombre tomaba la palabra y la razón, daba sentido a su vida. En cambio, el hombre que vive como un animal, o como una planta, se malogra, no contribuye a ser lo que la naturaleza le ha mandado que sea. Vivir como cerdos es muy adecuado para los gorrinos, en buena lógica, pero no es lo más adecuado para los seres humanos. Salvedad: es evidente que a algunos les encanta refocilarse como cochinos en la tele; y esa realidad me obliga a enarcar mis cejas. El impertérrito filósofo que se queda asombrado contemplando, en este caso, el defecar de su compañeros de especie, y eso le conduce a la infelicidad. ¿Qué hacen estos subnormales descerebrados? ¿Qué dice este bobo, portavoz de no sé qué? ¿Soy feliz contemplando eso?

Para el estagirita, es decir, para Aristóteles, el hombre feliz es el que se deja embaucar por la curiosidad y se hace preguntas. Es el que disfruta observando, razonando y admirando la belleza del mundo, su gentil construcción, y si me apuran, su sentido último. Es el que toma la palabra con timidez y pone nombre a las cosas y a los fenómenos. Busca una explicación plausible y se sumerge en esa búsqueda. El hombre que filosofa es feliz porque hace lo que le corresponde, cumple con el sentido de su existencia racional y humana.

Pues bien, llegado a este punto, tengo que decir que Aristóteles tiene parcialmente razón, pues aprender, lo que se dice aprender, siempre me ha sido gozoso, entretenido y placentero. De hecho, cuando llegué a 3º de BUP dudé si decantarme por las ciencias o las letras, pues en todas ellas encontraba belleza y encanto. Y sí, lo digo hoy con cierta pena, me hubiera gustado aprender matemáticas, medicina, astrofísica, biología… como el que más, pues en todas ellas había un placer oculto, no apto para todos los públicos. Confieso que hice letras puras, humanidades, y no me he arrepentido lo más mínimo, al contrario, pues he conocido muchas cosas, y soy consciente de lo que sé y de lo que no sé. Lo que me debe convertir en alguien sabio, con permiso y con modestia, o al menos, en un filósofo.

Pero conocer mucho no siempre nos trae alegría.

El primer mal de los que estudian y aprenden mucho es la soberbia que conduce a la tristeza y a la soledad. Creer que, por saber un poco más eres más, es una especie de vicio en el que me temo caen la inmensa mayoría de los profesores de universidad, y muchos otros. Poca gente hay humilde que reconozca que sabe poco. “Solo sé, que no sé nada” es una frase extraña entre los sabios de nuestro tiempo, aunque fuera vieja y de Sócrates, maestro del maestro de Aristóteles. De hecho, hoy encontramos sabios y expertos en todo que no saben ni de lo suyo. Personalmente me gusta escuchar al que tiene algo que decir, algo nuevo y propio, algo investigado y descubierto. Por desgracia, mucha gente no sabe ni de lo que habla, aunque se crean listísimos y cultísimos. Hay idiotas disfrazados de sabios, supongo.

El segundo mal es la tristeza por confrontar la realidad, que no siempre es bella, lozana y natural. Aprender observando la naturaleza es agradable, pero aprender derecho administrativo, por ejemplo, es comprender de sopetón las mil y una injusticias que se ciernen sobre la humanidad, llamada ahora administrados, contribuyentes, ciudadanos…

Saber Derecho implica refutar de inmediato algo así como el 95% de las declaraciones de casi toda la peña que aparece por el telediario, desde los políticos hasta los espontáneos. Saber Derecho es como descubrir que el mundo está lleno de mentirosos y de filibusteros tratando de engañar al personal con frases rigurosamente falsas. Frases que además calan en la sociedad, incluso en gente que ha estudiado (eso es lo que más me ha sorprendido siempre) y que las repiten hasta la saciedad, como si supieran algo del tema. Saber Derecho es contemplar la irresponsabilidad permanente y constante de los que niegan la separación de poderes diciendo que la protegen; o que mienten sobre lo que es la Democracia, a la par que se ponen medallas de guays y demócratas de toda la vida. Tristeza, claro. Qué si no.

¿Qué añadir? Que esa tristeza enloquece y enerva al sabio cuando el conocimiento profundo es sustituido por el eslogan de la masa. Se hace acerba la vida cuando se escucha el discurso asertivo del que no tiene nada que decir por falta de pulso intelectual, y te repite el eslogan que ha escuchado en otro cursillo semejante al que imparte. Es dramática la vida del sabio que contempla el deterioro del saber en sus semejantes, deterioro que casi siempre va acompañado por la inmoralidad, el vicio y el desprecio por las tradiciones y el saber clásico y sólido.

Para el sabio, alejarse de todo eso es casi una obligación moral, pues hay que evitar el contagio del virus de nuestro tiempo que nos obliga a hablar en frases eslogan porque la peña no quiere escuchar a nadie más de cinco segundos. Casi mejor no decir nada, y así que se estrellen, creo yo.

Mi pregunta, sin embargo, sigue en pie. ¿Son felices los necios y los bobos? Sólo y cuando no sepan que lo son. Por eso, la salida maligna y honrosa de los sabios con la nube sobre la frente  consiste en contarles la verdad y fastidiarlos. Al fin y al cabo, eso es lo que deben hacer los filósofos. ¿No crees, mi querido Aristóteles?

 

 

Mi entretenida y curiosa carrera cinematográfica.

Veía el fin de semana la gala de los insoportables premios Goya de este año, y me acordaba de mi incursión por el mundo de la cinematografía. Hay bastantes escritores que antes de escribir se sintieron muy atraídos por el cine, y que luego, viendo que era un campo imposible por endogámico, optaron por escribir, que es más barato y más satisfactorio. Además, siempre hay que pelotear menos a la gente y bajarse menos los pantalones ante los consagrados de todos los tiempos. ¿Qué hay de lo mío? Eso en el mundo del cine es lo habitual.

El caso es que el gusanillo por el cine me vino por culpa de la película que vi en la Seminci de un director novel llamado Fernando León de Aranoa, y que se titulaba Familia. La peli me resultó fascinante, incluso yo diría que mágica. Aquella actriz desconocida llamada Elena Anaya, y aquella trama tan sugerente sobre la verdad y la mentira en la vida de las personas me mantuvo en vilo, en reflexión permanente y asombrado durante varios días. Yo quería hacer algo así, hacer cine y arte. ¿Era imposible?

Conocía la mecánica de la música y la mecánica de la pintura. En aquel año, octubre del año 96, estaba acabando la carrera de teología, con la finalidad de ser ordenado sacerdote no tardando mucho, sin embargo aquella película me embriagó y me sacó de un itinerario que parecía marcado. Ya era Licenciado en Derecho, y era una persona leída, pero desconocía todo lo que había detrás de una cámara, y me empecé a interesar y a obsesionar por el Séptimo Arte. ¿Qué era aquello? ¿Cómo se hacía? ¿Era posible el arte?

Durante ese curso escolar busqué todo lo que pude sobre el mundo del cine. Me metí en él, me interesaba todo y quería aprender mucho. Soy autodidacta por naturaleza, sobre todo cuando no existe otra posibilidad. Me hubiera ido de buena gana a Madrid, o a Miami, o a Los Ángeles a alguna escuela de Cine que me enseñara, pero no podría ni quería dejar los estudios de Teología, que como he dicho, concluía ese mismo año.

Participé en un curso breve de guión y cine impartido por Primitivo Aguado. Primi era el productor ejecutivo que trabajaba habitualmente con Elías Querejeta, y ahí conocí a un buen número de personas jóvenes, todas amantes del cine y de hacer cine. Leí todo lo que puede sobre narrativa cinematográfica, guiones de cine. Estudié y estudié. Comprendía que el guión y el guionista es la madre de todas las historias y todas las películas. Luego el director hace y rehace, y finalmente el montador. Era como una danza de varias personas donde la sincronización era fundamental.

El caso es que lo aprendí todo. Tuve la oportunidad, me invito una amiga, a participar como extra en el rodaje de la película Mamá es boba de Santiago Lorenzo. Me gustó la experiencia tanto, que le pedí al director si podía quedarme por allí viendo y aprendiendo. Me dijo que sí, y sin que habláramos demasiado, estuve durante la semana que rodaron en Valladolid husmeando todo lo que pude, preguntando a unos y otros y aprendiendo. Script, iluminación, sonido, maquillaje. lo único que no hice fue molestar a los actores, que estaban en lo suyo. Todo aquello me parecía un gran engranaje, una especie de orquesta filarmónica que dirigía un maestro con su batuta.

Uno de los días me dijo Santiago si quería decir una frase en la película, propuso a varios y tras hacer una recitación, me eligió y debuté en el celuloide. La frase, encajada en una conversación, la pronuncio con Gines García Millán, un buen actor al que saludé. ¿Mi frase? “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él”. Hicimos tres tomas, todas de lujo que debieron sorprender al montador. Según me contó Santiago, le encandiló mi ejecución vocal.

En esos meses me sucedieron muchas más cosas sorprendentes, pero sería muy prolijo contar ahora. Entre otras, saludé al Papa, Juan Pablo II en Roma, abandoné el seminario, obtuve la Licenciatura en Ciencias Eclesiásticas (Teología) y continué estudiando cine. Me empapaba de todo lo que podía.  Durante aquel verano hice buena relación con el joven director de cine Ivan Sainz-Pardo, participando como asesino, o algo así, en uno de sus primeros cortos. No recuerdo si participé en algún otro rodaje suyo. El chico rodaba cámara en mano con mucha habilidad y talento. Eran historias llenas de vida. Iván luego se fue a Alemania y continúa dirigiendo cortos, algunos de los cuales han sido premiados, hoy es un tipo muy reconocido, al que por supuesto, también le gusta escribir. Reconocido, pero no en los Goya, claro. El cine es el cine.

El caso es que durante ese verano acudí a un curso de cámara de televisión y de realización para deempleados. Era curioso pero mi vida parecía girar de nuevo hacia un mundo desconocido para mi. Escribí varios guiones de cine, cortos; y rodé, en formato Betamax, creo, mi primer corto con ayuda de varios enamorados del cine. Choco y varios más. Yo mismo participo como actor en un corto suyo. En esos días, fundé la Asociación de Cineastas Quinito Films, cuya continuidad terminó en un armario de mi casa. Sorpresa tras sorpresa. De esta manera escribí mi primer guión de cine, y registré mi primera obra literaria, si es que se puede llamar así. Era un proyecto de cineasta, de jurista, de teólogo y de merluzo que tenía toda la vida por delante.

Sin embargo, los garbanzos son los garbanzos. Por eso, cuando en septiembre me propusieron trabajar como profesor de Religión en el Ferrari de Valladolid, en media jornada, no me lo pensé. Era algo de dinero, y ya seguiría con el cine cuando pudiera. ¿Acaso era imposible compaginar la vida? Desde entonces he dado clase, y como la faceta de cineasta no he podido desarrollarla, pues me he dedicado a escribir, que es bastante más barato.

¿Qué por qué dejé lo del cine? Es una afición demasiado cara; además, se necesita a mucha gente para sacar adelante una peli. La suerte última que me desesperó fue la excesiva endogamia de los que se dedican a ésto en España; o tienes apellido o eres amiguete de los amiguetes progres y guays de ese mundillo. Ni siquiera los que estaban bien relacionados son atendidos ni tienen suerte. Daba igual que fueras un genio o un pardillo, se necesita abuela y padrino. Y bajarse los pantalones. Opté por ir al cine sin más, y disfrutar viendo lo que otros hacían.

Por eso, cuando veo una fotograma de una película recuerdo lo que significa estar al otro lado, esperando que llegue el cámara, que suene la claqueta, que se ilumine la escena, que haya treinta personas mirando cuando parece que no hay nadie. Y me veo a mi mismo haciendo cine otra vez. Al menos por unas horas y hasta el día siguiente, hasta que me siento a escribir las siguientes letras de mi próxima novela.

Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

Monotemática y temas tabú.

No soy el único que lo ha notado. Los telediarios, los reportajes, el equis ele, los periódicos y las radios parecen cortados por el mismo patrón. Cuando toca hablar de un tema, nos dan la matraca hasta el final, hasta aburrirnos y hasta agotar el tema. Lo hacen de manera divulgativa, que es ensartando unas cuantas mentiras, unos datos confusos y unas obviedades que den por verdadero lo particular y dudoso. Así funciona el sistema propagandístico de las democracias occidentales, porque en el resto nadie discute que no haya libertad de expresión. Ya sabe, da igual que sea mi tema o tu tema, lo importante es hablar y hablar sin parar del único tema que podemos y debemos hablar. Es propaganda, por supuesto, y en un país donde se supone que debería existir el pluralismo político, es una lacra que nos inunda y nos impide ver los árboles del resto del bosque.

Y es que además de pinos piñoneros, también hay abedules en el bosque. Incluso son a veces más abundantes. Frente a las 55 víctimas de presunta violencia de género, hay que contraponer, porque nunca se habla de ellos, de los 3000 suicidios anuales. Sí, lo han visto bien: 55 frente a 3000. De unos se hace monotema, y del otro tema tabú. Se justifican diciendo que hablar de suicidios incrementa los suicidios, pero no dicen que hablar de violencia de género también debe incrementar el número de este tipo de crímenes pasionales. ¿O acaso hay alguien que quiere que se incremente el número de casos porque vive de eso? No me lo respondan, por favor, me imagino la respuesta y me da náuseas.

Por supuesto nunca se habla en profundidad de ninguno de los monotemas. ¿Para qué si el tema está claro y nadie discrepa? Los periodistas repiten las consignas prejuiciosas de turno y sacan sus monotemas aunque no sean importantes. Da igual que haya habido un bombardeo en Siria, que los iraníes derriben un avión comercial, que tengamos terremoto en Filipinas con miles de muertos… si casualmente ese día hay un sobreseimiento en una causa de corrupción, o muere una señora presuntamente a manos de su marido, lo importante es eso. Dicho de otra forma,  predomina lo particular frente a lo general. Predomina el monotema, lo que demuestra que el caso particular da igual, lo que interesa es continuar con la propaganda un día más, un telediario más, una hora más, un minuto más.

Los monotemas son tres o cuatro, no más, porque si superan esos números se diluye la propaganda del sistema. Cuando pones un telediario, cualquier día y casi en cualquier cadena, se muestran lo mismo. Algunos dedican más tiempo a su propaganda ideológica y otros menos, pero en general, casi todos dicen lo mismo y dan las mismas noticias. ¿Todos los periodistas piensan que las noticias importantes son las mismas? Parece que sí, y supongo que es porque tienen los mismos miedos y los mismos jefes.

El primero de los monotemas del telediario es lo que hacen y dicen los políticos del día, casi siempre tema nacional, si es internacional es Trump, y por supuesto, nunca hablan de la democracia en el Congo ni del presidente de Liberia. ¿Para qué? Si no es interesante, dicen.

Los políticos suelen colgar sus rebuznos en twitter y así no molestan a los periodistas con ruedas de prensa. Lo que dicen y lo que braman son imbecilidades soltadas para el ganado. Y el ganado se lo traga como pan bendito. Ocupan un porcentaje alto. Lo que ha hecho y dicho el ministro y así. A estas declaraciones se añaden las especulaciones jurídicas de los periodistas, que no saben muy bien si el juez hace o deshace, porque básicamente no saben qué es un juez porque no lo han estudiado. El magistrado dice, deja de decir, imputa, procesa, declara. Probablemente no saben qué es cada cosa, pero les da igual, porque de inmediato son contestados por los políticos que sí saben, pero que en su maldad disfrutan destrozando la separación de poderes. De eso no hablan, de la independencia judicial. Tampoco hablan del Congo. Eso no importa, en cambio, la chorrada de cualquier imbécil metido a portavoz de algo sí importa, y mucho.

El segundo monotema es la consabida y tediosa violencia de género. Casi nunca hablarán de otros crímenes: ni drogas, ni contrabando, ni extorsiones, ni robos con violencia, ni robos sin violencia, ni desapariciones, ni ocupas, ni atracos, ni vandalismo callejero, ni suicidios ni casi nada de nada. Y si son menores o extranjeros tampoco lo mencionan, es tema tabú. A veces dedican algo cuando el tema es muy gordo, pero más bien poquito. Hay que vender, y se conoce que la violencia de género vende mucho, o cobra mucho. Que será eso también. Lo dicho, 3000 suicidios al año, y 1000 muertos en carretera en España anuales, no tiene nada que hacer frente a 55 presuntos asesinatos de género y con perspetiva de género. El 1,3% de las muertes de la cosa nostra ocupan la única actualidad en sucesos del país. Y he sido generoso en la proporción.

El tercer tema es el relativo a la meteorología y al cambio climático. Suceda lo que suceda, llueva o haga frío, todo es por el la consabida verdad verdadera del cambio climático, que ni es cambio, ni es climático, pero que da igual, porque todos le llaman así y Sánchez ha dicho que no se puede discutir. Nunca te explican las opiniones disonantes, las voces de los científicos que no son subvencionados, ni siquiera salen científicos de más de 60 años hablando en la televisión. Casi siempre son jovencitos que parecen recién salidos de las facultades de Ciencias Medio Ambientales, donde también debe ser todo monotemático. El caso es que te cuentan el tiempo por activa y por pasiva, y te dicen hasta el porcentaje de luna que tenemos. Información basura y poco relevante, pero que ellos lo dan, porque piensan que tenemos que estar informados. Jaja, que gracia tienen los tíos. El culmen del monotematismo es hablar del cambio climático con perspectiva de género. Palabra que lo dijeron el otro día en no se qué cumbre de las miles que hacen al año sobre el monotema.

El cuarto tema es el relativo al deporte. Perdón, quiero decir al fútbol que practican dos equipos: el Real Madrid, el Barça, y a veces el Atlético de Madrid. Cuando gana Rafa Nadal también lo sacan y sonríen los periodistas, y cuando gana algún otro u otra nos lo cuentan rápido. ¡Ah sí! ¡Qué también somos campeones de badminton gracias a Carolina Marín! ¿O era Martín? Vale, Ahora hablamos de los nuevos fichajes del Real Madrid. Pase lo que pase son noticia. O están en crisis y están ganando; pero nunca están fuera de los telediarios.

Frente a estos temas, se cuela alguno más relativo a la cultura, por poner algo, supongo. A las noticias científicas tampoco le dedican ni dos segundos. Que si han lanzado un satélite los de la NASA a Plutón. Y por supuesto deben ser noticias de relumbrón, porque si no, no son noticias. Lo cotidiano no es noticia, y por eso, mejor les contamos cinco minutos más lo del Madrid y ya. Que eso sí que es noticia, los entrenamientos del Madrid…

El caso es que hay grandes sacrificados en los informativos y los telediarios, que son, a saber, el arte en general y la ciencia en particular. Nada de música, ni de literatura, ni de poesía, ni de cine, ni de toros, ni de teatro, ni de danza, ni de ópera, ni de… Se ve que tampoco existen documentales sobre Carlos II, ni sobre Felipe III, ni sobre Galdós (ahora que está hasta de minimoda),  nadie habla de las consecuencias del Brexit, ni de la guerra en Ucrania, ni de nada. La inanidad debe ser esto. Monotemas y temas tabú. De unos repiten y repiten, Segunda Guerra Mundial y lo malísimos que fueron los nazis, y de el resto no se habla.

Hay otro tema de los documentales que sí se habla y mucho, y es el asunto de los extraterrestres y la teoría de los antiguos astronautas, que debe ser el monotema en Estados Unidos. Hasta las cadenas dedicadas a historia hablan de esto y no de historia. Luego están los reportajes sobre la naturaleza, y no parece haber más que bichos y animales asesinos que se comen a sus presas a lo salvaje. ¡Cómo que son bichos, coño!

En fin, que si te apetece ver algo diferente tienes que andar ronroneando al canal cocina; a canal sur, que siempre están triki triki; o Telecinco donde el monotema se llama “Sálvame” que es un programa con un final tan incierto como repetitivo. Por supuesto, siempre nos queda la lectura.

 

La fuente de inspiración inagotable de un escritor.

Hablo de mi caso, y creo recordar que coincide con la de muchos escritores latinoamericanos del siglo XX. La vida de los vecinos y de la familia es una fuente de inspiración constante para un escritor cuando la vida se hace relato.

Desconozco de qué hablan otras familias, pero en la mía es muy habitual contar historias de un abuelo, de un bisabuelo, de un tío abuelo o de cualquier otro antepasado, primo, tío o sobrino. Se comenta jocosamente sobre lo que le pasó, lo que hizo o lo que tenía por costumbre. Son anécdotas que llaman la atención a sus parientes, y por eso lo recordamos con humor, con gusto, con intriga y con gozo. Los ojos de nuestros mayores brillan cuando recuerdan cómo era fulanita o menganito. Genio y figura… dicen. Qué forma de ser. Y son personas que han pasado por nuestra vida dejando una huella indeleble en el alma.

Estas personas queridas, se convierten en perfiles, en arquetipos humanos cuando por observación los utilizamos como personajes para edificar un relato. Yo no sé otros escritores, pero yo tengo que ver al personaje, tengo que saber todo o casi todo de él para comprenderlo y moverlo por la trama. Aunque no lo cuente en la novela, mis personajes tienen un pasado, y yo soy dueño de su presente y de su futuro. Tienen un carácter, una manera de ser, y ahí es donde las viejas historias y lo que observo y conozco es vital para mi.

La realidad supera la ficción, por eso siempre ha habido gente que ha hablado con los muertos, gente con deseos de soledad y de compañía a partes iguales; y gente, en general más díficil de carácter o más fácil. También ha habido siempre personas cuyo único interés en la vida ha consistido en nacer, casarse, reproducirse y morir. Por ese orden, mientras que otras siempre han tenido más gusto en inventar un crecepelo, un aparato que vuele o un idioma universal para entendernos con los que no son del pueblo. Sin embargo, en general todos coincidimos en que la vida hace de las suyas, y todo lo que uno planificó se derrumba. La historia es imprevisible, incluso la historia de las personas en su individualidad lo es. Encontramos gente con inquietudes, y gente muy satisfecha con su vida, pero casi siempre gente que no controla su vida y que necesita darle un sentido.

Recuerdo cuando estudié hace años las técnicas de escritura del guión de cine y TV que se aconsejaba que sucediera algo y que los personajes no fueran ordinarios. Nos pedían que tuvieran algo especial. Un policía que se prostituye por la noche es más interesante que un policía aburrido; y un cantante famoso que odia la música da más juego en una serie de televisión que un tipo aburrido y feliz de haberse conocido. Por eso ha dejado de ver un tipo series y determinada clase de cine: porque es demasiado previsible que si no se enrollan todos los personajes  y se acuestan todos con todos el guionista no sabe qué hacer para que no sea aburrido. Alargan las series poniendo al personal en pelotas o bajo tierra. Dicho con un ejemplo: lo de los Alcántara en Cuéntame no es normal. La vida no es así de estresante, gracias a Dios.

Pero no por eso es menos interesante, entre otras cosas porque es más real.

Recuerdo la historia de un hombre desconocido que pasó por el majuelo con su caballería . Tenía ganas de tomar un trago de vino, y le pidió a un vinatero que vio por allí que le diera algo de beber. El hombre le ofreció un vaso colmado, y tras probarlo y disfrutar de él, pidió un barril entero para saciarse la sed, pues dijo, ser muy buen vino. Ni corto ni perezoso el bodeguero le vendió un barril pequeño, supongo que de unos tres o cuatro litros. Aquel forastero acercó su boca al agujero por donde salía el néctar de la uva y se bebió todo el contenido del barril. Lo tiró al suelo con cierto estruendo. Muy rico, dijo. Y subió a su caballería para continuar camino. Ni que decir tiene que salieron todos en espera de que aquel hombre se cayera del caballo, pero eso no sucedió. Se mantuvo erguido mientras les dijo adiós con la mano a él y a su familia. El majuelo era el de mi tatarabuelo, y la historia nos la hemos ido contando unos a otros.

La República Independiente de las Delicias y el alcalde de León.

Cuando era estudiante de Derecho fundé con un grupo de amigos nuestro fantástico sueño regado con cerveza y oreja rebozada: la República Independiente de las Delicias.

Las Delicias es un barrio de Valladolid, un barrio histórico de ferroviarios y obreros. Lo hicieron famoso los Celtas Cortos en una canción que dedicaron a su túnel, uno que pasa por debajo de las vías, pero el barrio es fantástico por popular y salvaje a un tiempo. Para entendernos, Delicias es un microcosmos, y por eso lo escogimos para nuestras pretensiones políticas. Por supuesto, compañeros de las Delicias sólo eran cuatro de los colegas, pero nos daba igual. Nos bastaba con justificarnos con que vivíamos en el exilio, o sea, al otro lado de la vía del tren, que es tanto como decir en el resto de la ciudad.

La asamblea institucional dónde proclamamos la independencia era la trastienda de un bar, el Gallego, que estaba en la calle Cervantes, frente al cine. Allí solían servir buenas tapas, algunas de orella de cerdo rebozada y con pimentón, amén de otras enjundiosas pitanzas, las cuales regadas con abundante cerveza servida en jarras contribuían a exaltar el espíritu independentista que nos enardecía y colmaba de ímpetu. El barrio es nuestro y el mundo también. Y gritábamos y cantábamos felices de nuestras ocurrencias. En la primera sesión repartimos el pastel; en la segunda cambiamos de gobierno porque entramos en crisis, y en la tercera disfrutamos sintiéndonos viejos militantes de un gobierno en el exilio. Eso sí, siempre delante de una estudiantil cena de patatas bravas, orella y demás platos finos. No dejamos nada por escrito, no fueran a pillarnos; y tampoco pretendimos otra cosa que divertirnos a costa de nuestra imaginación.

Ni que decir tiene que nos autonombramos ministros en el exilio y en funciones, entre otros hubo un impecable Ministro de Asuntos Exteriores (al que no pisaba la Facultad), otro de Justicia (al que quería ser juez y se lo jugó a los chinos) y bastantes otros que no recuerdo, pero que conformaron una de las etapas más entretenidas de mi vida. No recuerdo si fui Presidente del Gobierno, creo que sí, pero que dimití en la siguiente reunión para dejar el puesto a otro. De esa forma pasé a convertirme en un jarrón de la República y en un miembro indiscutible del Consejo de Estado de la República Independiente de las Delicias. Incluso discutimos sobre cuáles debía de ser sus fronteras y no llegamos a ningún acuerdo más que sirvieran más bravas y más cerveza. Daba gusto dirimir el presente y el futuro con tanta alegría y felicidad. Luego proseguíamos hasta la madrugada, donde el frío y la niebla se pega por Valladolid al cuerpo. Viva la República de las Delicias, gritábamos como posesos de cuando en cuando. Y éramos unos fenómenos.

El caso es que han pasado muchos años, y las Delicias sigue en su sitio. Pero el resto del planeta no. La última la ha montado el alcalde de León, que seguro que también se lo debe de estar pasando en grande. Quiere una autonomía para él solito y para disfrutarla con sus amigotes. Se habrán tomado una caña en el barrio húmedo, alrededor de unas tapas de es morcilla leonesa tan cremosa y cojonuda, y se habrá venido arriba.

Muchos dicen que lo que quiere es pillar más cacho y disponer de más pasta para gastar. Y no le falta labia, pues estos del PSOE nunca han carecido de ella. Pero yo creo que no. Yo creo que la morcilla repite, y ahí está el verdadero problema de este asunto tan emocional. Imagino que tendrá problemas con los bercianos, pues como todo el mundo sabe (así lo leí en un simpático grafiti por las calles de Ponferrada) “el enemigo natural del Bierzo es León”. Y me parece que tampoco encontrará mucha gente por Zamora o Salamanca con ganas de hacer experimentos autonómicos. Para un Zamorano, Valladolid está más cerca que León, y para un salmantino, ahora que tienen autovía a Madrid, el tema les traerá al pairo. Así que no tiene mucho que hacer, porque no va a encontrar pueblacos que lo respalden. O igual sí, porque una morcilla bien preparada con su cervecita puede llegar a hacer estragos en casi todas las ciudades de la España despoblada.

Lo que me ha sorprendido del alcalde de Leoń es su falta de cultura y su impertinente ignorancia, de la que alardea por hablar más de la cuenta. Dice que León no tiene nada que ver con Castilla, y eso demuestra que, o no ha leído un libro en su vida sobre la historia de León y de Castilla, o es un imbécil estafador vendepatrias. Como suelo considerar que la gente actúa de buena fe, y cómo tampoco quiero perderle el respeto a este “elegido” por la demogresca, me veo en la obligación de deducir que es un memo con vara de mando y medio dedo de frente. Quizás un chorras arrastrado por la Unión del Pueblo Leonés, que es un partido que tiene un representante en las Cortes de Valladolid según el año que toca; o un simpático bobolicón engañado por los de Podemos, que siempre están dispuestos a ridiculizar a la izquierda pija.

No creo que valga la pena contar de qué manera se llegó a la unidad entre los dos reinos históricos con Fernando III el Santo, pero es que han pasado unos cuantos siglos como para andar tan despistado. Es un ignorante y eso me preocupa, porque nosotros, que éramos unos chiquillos estudiantes de Derecho, unos voceras cervecistas y unos juerguistas de primera división, ya teníamos por entonces más cabeza, más conocimientos y más sesera que la que demuestra este pijiprogre leonés y sus amigotes de francachela.

El probable que si hubiéramos llegado a independizar el barrio de las Delicias, en este momento tendríamos un monolito cada uno, un sueldo millonario y un barrio mucho más próspero que el que hoy disfrutan sus vecinos (yo sigo viviendo en el exilio). Seguro que corría el dinero por las calles del barrio, y que los perros comerían longaniza y caviar todos los días. Y por supuesto, estoy seguro de que hablaríamos todos el deliciano, que es el dialecto superior que se habla en el barrio y que hay que normalizar en las escuelas y los comercios. Ni qué decir tiene que el diccionario de Deliciano-Español lo habría hecho un servidor de ustedes. Eso sí, cerveza en mano y comiendo orella con mis viejos amigos.

 

Star christmas wars. La ascensión de los cuñados.

Feliz Navidad, le dijo su peor enemigo de la empresa, y él, que es un hombre bueno, esencialmente bueno, le contestó con la misma cantinela: Feliz Navidad y próspero año nuevo. Luego vino todo lo demás. El cuñado pelma chupando percebes a su lado en la cena, el estofado quemado de la suegra, el retrovisor descuajado en el coche tras una noche aparcado en el barrio enemigo, y finalmente, todos discutiendo al llegar a casa sobre si había sido una cena sostenible y con perspectiva de género.

Es lo que le hizo regresar al cine para ver la última de los Star Wars, en este caso con subtítulo y final de una enealogía que va camino de ser parrésica: la ascensión de Skywalker, pero que él leyó como algo de cuñados: el retorno de los cuñados, el regreso del cuñado, y tras frotarse los ojos lo ratificó “La ascensión de los cuñados”. Nunca mejor dicho. La peli ya la había visto y no lo sabía.

No seamos negativos: la película está bien. Es mejor que ir a cenar, pero tampoco es como salir al campo. El problema es que está lleno de peña pululando que ya no te enteras. En las primeras de los star wars los personajes buenos eran pocos: la princesa Leia, el guapete Luke, el chuleta de Harrison Ford, un bicho peludo y un par de robots. El malo siempre era Dark Vader y luego su jefe, el emperador. Punto pelota.

Luego la cosa se fue liando. Aparecieron buenos y malos a porrillo. El Dark Vader de joven resulta que era otra persona, o sea un bueno que resulta que va de adolescente chulo en unas cuantas pelis para luego hacerse malote y terminar arrepentido de ser malo. Todos dudando sobre si es bueno o malo, y el tío sin definirse en la vida. Cosas de los tiempos complejos en que vivimos, supongo. Y

Luego se duplicaron los buenos a porrillo, casi tanto como los malos. Más robots, más jedis y más tipos de negro oscuro de Bruselas. Pero para mi, y ahí tengo que pedir excusas por mi osadía, el verdadero problema de Star Wars ha sido encajar tanta familia y tanto cuñado suelto.

La primera saga ya lió el asunto familiar. El famoso “yo soy tu padre” marcó una época. ¡Qué shock traumático tan profundo (entonces, hoy no) que un hijo bueno tenga un padre malísimo! Pero el tema se siguió enredando. La princesa y el Luke son hermanitos. Y Harrison Ford es el cuñado de toda la vida y para toda la vida. La prueba de su cuñadismo es que lo acompañaba un perro gigante que no habla ni Pamplona y que es como de otro planeta; y la segunda prueba es que es un fantarrón y se las sabe todas. Pues vale.

En la tercera trilogía la confusión alcanzó la altura mental de nuestro tiempo. Más hijos indeseados, más cuñados y amigos que no saben si deben ser buenos o malos y más parentela desorientada que parecen pollos sin cabeza. Han intentado darle una perspectiva de género poniendo de heroína una chica pero tampoco saben salir del lío. La última frase con la que me quedo es muy buena: “yo soy tu abuelo”. Ahí es nada. Más lío, más confusión, y casi se queda uno pensando si el emperador se lo hacía con el Vader cuando no miraba nadie en el teatro aquel de la capital, y de aquellos polvos estos lodos.

Star Wars no lo van a arreglar sacando a muertos del armario, que es lo que aparece en estas sagas, gente que viene y que va, que no sabes si son de la primera, la cuarta o la quinta película. Entre fantasmas y aparecidos y gente como que es de verdad deambula la saga. Los viejos y los jóvenes se regodean multiplicando colegas por el mundo. Y lo que es peor, todos cascando frases de cuñado cansino, de los que José Mota hace un programa de tres horas.

Por suerte todo acaba bien, espero que definitivamente. Se mueren los malos y triunfan los buenos. La dictadura y los totalitarismos parece que no convencen demasiado a las gentes de la galaxia, y de repente se rebelan y se monta la de Dios es Cristo. La lucha final de turno. Una más de las cientos de luchas finales del cine. La gente idealista está feliz yendo a luchar por el bien, que es lo que hace este tipo de pelis, alentar en la “lucha” al pueblo que lo que quiere es vivir en paz de una p. vez. Es verdad que luchan sin demasiado objetivo, en plan Greta en el presente, pero el caso es que luchan y se parten el pecho por lo que haga falta.

Lo que me sorprende es que ninguno piense qué orden constitucional y republicano van a montar, porque la galaxia va camino de una anarquía llena de bárbaros sin educar. Y la lideresa no parece saber mucho de organizar el tema. Lo dicho, como nos descuidemos se forma una nueva república tan caótica e ineficaz como la de la primera película, y nos meten otros nueve filmes por donde amargan los pepinos.

Reconozco que como fanfán histórico, no me convence ya el tema. Star wars se ha llenado de cuñados de distintos linajes y en este momento no me tomaría ni un mal café con ninguno de ellos. ¿Qué poesía se escribe en las lunas de Endor? ¿Y que tal el teatro de Aldebarán? ¿Vais al cine en el planeta Nabú? Nada. No hay nada interesante que hablar con esa gente tan aburrida y chorras. Son adolescentes que no crecen. Incluso Harrison Ford ha vivido sin madurar y con sentimientos de culpa porque le salió un hijo torcido. ¿Y la princesa Leia? Parece que tiene síndrome de nido vacío. Dejad descansad a Carrie, please.

Ni un café, digo.  Si quedo con ellos sería para darles un par de consejos sobre lo que es la vida, y recomendarles un buen psicólogo para que asimilen sus confusos parentescos, propios de familias desestructurada y con problemas. Casi el emperador de la tercera película parecía saber algo importante, y los jedis de entonces, me refiero a Yoda, hablaban con la suficiencia del que conoce los arcanos secretos de fuerzas desconocidas. ¿Se acabó todo? ¿Leía algún libro el viejo Yoda? ¿De Zenón de Citio? Lo digo porque esta Rey tiene pinta de analfabeta, todo el día en el gimnasio, y lo mismo sus amigos. Una banda de descerebrados. Al menos los Jedi parecían saber algo más, aunque igual era fachada. Desde luego es una buena alegoría para los tiempos presentes.

Yo habría finiquitado la saga con una cena espléndida de Nochebuena, que es donde todo cobra su sentido. Los cuñados se retratan, y la gente inteligentes se calla por no ofender. Hablaría el bueno de Yoda, y educadamente el emperador Palpatine le refutaría con argumentos inteligentes. Y luego todos a la misa del Gallo. La Nochebuena tiene sentido, al menos para los cristianos, y esta gente necesita convertirse cuanto antes. El tema es fácil: hoy nace un Salvador, que es Dios mismo, y ya está. Morirá por tí, porque te ama. Porque sin muerte no hay Resurrección.

Nada de héroes a medias y acomplejados con problemas de identidad. Si es que son como alumnos especiales llenos de carencias… y si miras sus padres. No te extraña nada, que hayan salido así los pobres chiquitos.

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