Archivo del Autor: Antonio José López Serrano

Pere Casaldáliga, obispo y poeta.

La muerte de Pere Casaldáliga, obispo retirado de San Félix de Araguaia en Brasil, ha llenado de tristeza a muchos. Con él muere, casi termina, una generación de teólogos y de testigos de Cristo que hicieron de la teología de la liberación su bandera en América y su forma de vivir y de presentar la fe en el mundo. No olvidemos que estos hombres fueron combatidos por el FBI y perseguidos por los terratenientes que vieron en sus consignas y desobediencias un escollo y un peligro. Un escollo para que continuaran los abusos que benefician a unos y perjudican a muchos desheredados; y un peligro por el aliento que daba al marxismo revolucionario que termina en guerras y en asesinatos. No olvidamos tampoco que en aquellos años, la revolución, -y la sangre- no era una quimera ni una imbecilidad de cuatro exaltados.

No obstante, Pedro Casaldáliga era algo más que un teólogo marxista. Ha muerto una hombre comprometido con los verdaderamente pobres. Ha muerto un poeta de Cristo, un hombre que hizo de la fe y del Evangelio un discurso encarnado.

Pedro Casaldáliga nació en el año 1928, y vivió la guerra civil española en la Cataluña que perseguía a monjas, curas y frrailes. Cuenta él, como callaba ante las preguntas de los milicianos de la República, mientras ocultaban monjas y perseguidos en su casa. Cuando acabó la guerra renació en él la vocación. Con 17 años ingresó en la orden Claretiana, y fue ordenado sacerdote en Monjuic el año 52.

En el año 68, en plena apertura del Concilio Vaticano II viajó hasta Sao Felix de Araguaia para fundar una misión claretiana. Allí levantó su casa, y allí se quedó a vivir hasta el final de sus días. Hasta el 8 de agosto de este año del 2020.

La pobreza y la miseria que encontró en aquellas tierras le valió que continuara su esfuerzo y trabajo para levantar escuelas y hospitales. Pero también para enfrentarse a los que prefieren sacerdotes y obispos sumisos. Denunció, habló claramente de la injusticia y la denunció con palabras duras. Apostol de la no violencia, era hombre de paz; pero también de los que saben que no puede haber paz si no hay justicia para vivir dignamente.

En el año 71 fue nombrado obispo por el Papa Pablo VI, y en su ordenación hizo público un documento titulado: “Una iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social”. Un escrito que vale la pena, y que se convirtió en uno de los más importantes para entender la pobreza indigenista, su explotación y abuso; y por supuesto, para revisar y encontrar una luz en la teología de la liberación que practicaba y estudiaba Pere Casaldáliga.

Fue amenazado de muerte y sufrió varios atentados frustrados contra su persona. Era protegido por su comunidad, la de los pobres e indígenas a los que quiso y acompañó, -se acompañaron- hasta el final de sus días.

Reconozco que me hubiera gustado haber sido testigo de la conversación entre Pere Casaldáliga y Juan Pablo II; pues el Papa lo llamó en el 88 para que le explicara su conducta y su línea pastoral. El primero buscaba una “lucha de clases” (como toda la teología de la liberación), pero esta sonaba en Occidente a guerra, enfrentamiento y comunismo sangriento. Realidades que se antojaban siniestras para el Santo Padre, que había vivido en carne y hueso el comunismo y el socialismo en su Polonia natal. El “régimen paradisíaco” que alentaba, había sido un infierno en la tierra, y pocos años depués caía; dejando que el segundo infierno, el de la deshumanización capitalista, la que también denunció Juan Pablo II y Pere Casaldáliga, se hiciera fuerte en el pensamiento único contemporáneo.

Idealismo y realidad. Lucha y oración hasta el final. La conversación de estos dos hombres de Cristo muestra la pluralidad del universo de nuestros santos y de la Iglesia en su Espíritu, que sopla por donde quiere.

Me hubiera gustado conocerle, obispo Casaldáliga, por eso hoy quiero dejarte estos versos improvisados y sencillos.

 

Mi querido padrecito.

Hoy le acompaño de nuevo a casa.

Tienda abierta y hogar para nosotros.

Traigo para usted unos pocos frijoles con ahuyama.

Que dejaré ante sus pies descalzos.

¿Sabe que ayer vino a mi hogar,

y me dio un pan eterno que no puedo olvidar?

Y quiero darle las gracias,

con lo poco que nos queda en la cabaña.

Suyo y nuestro.

 

Antonio José López Serrano.

A Pere Casaldáliga en el día de su muerte. (8 de Agosto del 2020)

Quédese, por favor. Se lo ruego, Majestad.

Una prueba de la descomposición de España es que se marcha el jubilado rey Juan Carlos I en un exilio aparentemente voluntario, pero que es a todas luces forzoso. Es otra víctima más de la incorrección ética que impone el puritanismo oficial, donde sin juicio y con la fuerza mediática, se humillan a los “ricos” y se ensalza a los “pobres”. Se persigue, en este caso, a una persona que ha hecho mucho, muchísimo por España; y aunque todos lo sabemos, nadie se levantará para impedir su marcha. No habrá escraches impidiendo su marcha, ni exaltados en la calle solicitando que se quede. Yo lo hago desde esta cátedra de las letras de mi bitácora porque me parece una injusticia, una más de las muchas injusticias que se hace con los grandes hombres de nuestro país.

¿Qué Juan Carlos es un corrupto? Me da igual, sinceramente. Más corrupto me parece el que ocupa una vivienda que no es suya a sabiendas, o el que alienta a unos asesinos a matar para lograr la independencia, o el que miente en las cifras de muertos de esta pandemia que sufrimos.  Si todos ellos pueden vivir en España, ¿por qué un Borbón no? A Juan Carlos le perdono cualquier pecado de juventud y más de senectud, pues el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y aquí ya, bendito sea Dios, miramos todos para otro lado.

Además, la marcha de Juan Carlos I debilita profundamente a la Corona española y a Felipe VI, pues da la razón a aquellos que desean instaurar una república corrupta y bananera, neodictadura, al estilo de la que padecimos en tiempos pasados, y eso es otra injusticia. Los que le han aconsejado (y ordenado) que se marche al exilio, se equivocan. Piensan que si no está aquí, la influencia mediática será menor, lo cual es un craso error, pues va a ser mayor el bombardeo, y no se podrá defender.

La prueba de que se equivoca al irse, es que los que lo han echado (izquierda republicana multicolor) se han cabreado diciendo que se va para no rendir cuentas. De esta manera tan sibilina, las hordas vandálicas podrán seguir machacándolo sin que se pueda defender hasta desgastar a Felipe y a España. Ni que decir tiene que las bofetadas irán a parar a su hijo Felipe VI y a la heredera Leonor, que la odian por ser rubia, mona, y educada. Nosotros no hemos sido, dicen ya en la Casa Real, y esa será la equivocación de la Corona, porque Juan Carlos es el mejor patrimonio de Felipe VI, y el mejor patrimonio de nuestra historia, pues nos ha otorgado credibilidad dentro y fuera de nuestras fronteras. De la misma que Puigdemont, Zapatero y ahora Sánchez horadan esa credibilidad abrazando al que mandó callar Juan Carlos I.

Los medios de comunicación, especialmente los de izquierdas, están deseosos de machacar a Juan Carlos I y a la Corona, pues lo odian por ser mejor que ellos; y el rey Juan Carlos lo tiene crudo, pues salvo que se vaya a Zimbawe con una ONG,  nos contarán que se pega la vida padre después de habernos robado. Se harán eco de medias verdades, y nos dirán que fue un gran Rey cuando muera. Yo ya digo que ha sido un gran rey, y que es una pena y una injusticia que se vaya de su casa.

Juan Carlos I representa lo mejor de nuestra historia reciente. Su vida ha sido un sacrificio constante y un servicio a nuestro país. Vino siendo un niño para escoltar una dictadura, y abdicó dejando una nación democrática y próspera en manos de otro magnífico Rey, como es Felipe.

Su labor como Jefe de Estado ha sido fecunda e intensa. Es el principal artífice del buen nombre de España por el mundo tras una dictadura que quebró los lazos con muchas naciones modernas. Juan Carlos representa para la historia de España la modernidad, la democracia, la concordia y la convivencia. Ni más, ni menos. No lo hizo sólo, pero no se pudo hacer sin él.

Desde los Juegos Olímpicos del 92 hasta la entrada en el Euro, el periodo de su reinado será estudiado en los libros de historia (si no los tergiversa el malvado Echenique y sus secuaces) como uno de los mejores de nuestra historia contemporánea, demasiado marcada por golpes de Estado de los iluminados de turno, primo hermanos de los que hoy nos gobiernan. Sólo por esa razón, debería quedarse a vivir en la España que tanto ama y ha servido durante toda su vida.

En mi opinión, debería el Estado darle un sueldo vitalicio, diferente del que ya no-recibe de la Casa Real, por haber contribuido con su trabajo, presencia y esfuerzo a mejorar nuestra patria. Sus negocios privados deberían ser escondidos y olvidados del primero al último, pues no son relevantes para la historia de nuestro país.

En resumen, a los reyes se les perdona todo, y sólo los debería juzgar Dios y la historia, y no la chusma hedionda que presume de ser buenísima y perfecta porque recicla la bolsa de pipas. Lo contrario es hacer verdadero el dicho de que “un país que no reconoce a los suyos es una mierda de país”. Pues bien, España está siempre con las heces hasta la rodilla por culpa de su incapacidad para mirarse al espejo. ¿Son mejores las demás monarquías europeas? ¿Son más puros y perfectos, incorruptibles y pacatos, los presidentes de las repúblicas que nos circundan? No y no. Son iguales o peores.

¡Quédese, por favor!

Pues me da pena que no pueda vivir entre nosotros alguien que tanto hizo por nosotros y por nuestro país.

Se lo ruego, Majestad. ¡Quédese!

Santa Sofía. Santa Sabiduría de Dios.

Santa Sofía en Estambul ha sido reabierta como mezquita; y tal noticia, que ha pasado más o menos de puntillas en los medios de comunicación, ha sembrado en el ánimo de muchísimas personas e instituciones -entre ellas la del Papa Francisco-, perplejidad, sorpresa y tristeza. En mi caso, tal sentimiento de frustración se ve acompañado por los recuerdos del viaje que hice en el 2006 a la antigua ciudad de Constantinopla, y por supuesto, a la visita al impresionante monumento de Santa Sofía. De estos días procede la foto que encabeza esta entrada, si bien creo que se trata de la hermosísima Mezquita Azul, contigua a Santa Sofía, y réplica artística de la primera.

La historia no se puede cambiar, pero sí podemos variar con el tiempo las enseñanzas que nos ofrece en su devenir y en el nuestro. La última gran lección de historia nos la dio el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, que modernizó el país, sentando las bases de una Turquía desfanatizada y pro-occidental. Una de las reformas que hizo Ataturk fue la de modificar la grafía de la lengua turca, latinizándola y desechando el modelo de las letras árabes. Fue un acierto, porque aunque costó mucho a la población adaptarse, consiguió acercarse su país y su cultura al mundo occidental. Turquía, salvo por la rivalidad con Grecia, ha sido considerado tradicionalmente como un país cercano y amigo de Occidente. Un país de fiar frente al radicalismo islámico. En parte lo sigue siendo.

La otra gran reforma de Ataturk fue la de secularizar el país al estilo de los países Occidentales. Es decir, separó la religión islámica del Estado, lo cual ha sido hasta la fecha algo casi único en el mundo musulmán, aunque común en la vieja Europa a la que pertenece.

En este sentido, la Turquía de Ataturk quiso ser y fue con cierto éxito, un país secularizado y aconfesional. Mayoritariamente islámico, pero respetuoso de las minorías cristianas ortodoxas y católicas que se asentaban en el país, y en la ciudad, desde antes de la invasión turca. El patriarcado de Constantinopla es el primero del mundo cristiano ortodoxo, -siempre con permiso de Rusia -,y tiene su sede en la ciudad de Estambul. Lógicamente, y dentro de los gestos de tal secularización, y como apoyo a la libertad religiosa en el país, y reconocimiento y protección hacia los ortodoxos, el gran templo, la inmensa basílica de Santa Sofía, que durante siglos fue una mezquita, se convirtió en un museo único por su historia y su pasado. Incluso se su rehabilitación como museo se descubrieron frescos cristianos en su interior, y se abrieron y cuidaron para que fueran admirados por los visitantes. Frescos que hoy se tapan durante el culto religioso.

De esta manera que he indicado arriba, se acercaba Ataturk a occidente, y a la existencia de las minorías cristianas ortodoxas, más o menos respetadas en Turquía, reconocía el pasado cristiano y romano de la ciudad; y si me apuran, elevaba a la categoría de ciudadanos de primera a todos los turcos, fueran de la religión que fueran.  Era la Turquía moderna, la de Ataturk. La Turquía de todos.

  ¿Por qué lo que hizo bien Ataturk, padre de la Turquía moderna, es ahora corregido a peor por Erdogan? ¿Qué está pasando en Turquía?

El país ha vivido y funcionado culturalmente desde entonces como si corriera a dos velocidades distintas. La Turquía moderna, la de determinados barrios, la que aparece en televisión, se asemeja mucho a cualquier otro país occidental. Las chicas caminan por la calle sin velo. -estaba prohibido llevarlo en la Universidad -, lucían pantalones, fumaban y lo que fuera. Igual que los movimientos LGTBI se mostraban públicamente desde una tolerancia que contrastaba significativamente con la Turquía rural, la que pude ver en el continente asiático. El interior de Turquía no se diferencia demasiado de cualquier otro país islámico como Marruecos o Argelia. Un 10% de la población era árabe, y veías de cuando en cuando mujeres vestidas con burka negro de arriba a abajo. Mucho contraste, desde luego, entre algunos barrios de su capital Ankara; y más contraste todavía en la fragmentada capital que era y es Estambul.

Erdogan fue alcalde de Estambul, y conoce bien la ciudad que gobernó. Su posición política, y el partido que preside, el AKP, se ubica entre el liberalismo democrático y el conservadurismo. Es un hombre de derechas, demócrata pero conservador, y con cierta ambición por el control y el poder. De un carisma indudable, es admirado y reverenciado como lo fue en su momento el mismo Kemal Ataturk.

Imagino que la pregunta que se ha tenido que hacer, y con ella ha reflexionado una parte de Turquía, es si merece la pena conservar la Turquía de Ataturk, la Turquía laica y presumiblemente moderna del escaparate; o si es necesario conservar también el legado cultural del islamismo, y hacer guiños a un electorado que se siente más cómodo en una sociedad menos laicista, y más confesional. Cuando yo estuve el Estambul, el gran debate era permitir el velo a las mujeres en la Universidad. Erdogan lo permitió, a pesar de que Ataturk lo prohibió desde hacía décadas.

Erdogan ha apostado por lo segundo, por menos patria laica y más islamismo; especialmente desde el golpe de Estado que sufrió su gobierno en el 2016, fruto, por otra parte, de la deriva del país y de los descontentos en el seno del ejército.

En este caso, el gesto de Erdogan, el último gesto, ha sido convertir Santa Sofía de Dios de nuevo en mezquita para espanto de los occidentales que comprendían y valoraban la Turquía moderna, la del respeto a los Derechos Humanos y las libertades. La Turquía que respetaba y acogía a los ortodoxos, y otras minorías religiosas, la que abrazaba la tolerancia. Ahora no. La sensación de estos colectivos es que Erdogan está girando peligrosamente hacía posiciones más islamizadas, y que está convirtiendo a Turquía en un país islámico semejante a otros.

Porque Santa Sofía es un símbolo de la humanidad. Fue consagrada en el 360 por los cristianos ortodoxos del Imperio Romano Oriental. Fue la catedral ortodoxa bizantina hasta la caída de Constantinopla en 1453 casi de manera ininterrumpida. Sede de Concilios y centro del mundo ortodoxo hasta su caída.

Se erigió este templo como sede de la Santa Sabiduría de Dios, elevando y reconociendo la sapiencia que recoge el Antiguo Testamento en sus libros sapienciales. El edificio se consagró inicialmente para venerar la sabiduría que procede de lo trascendente. Sabiduría de Dios, fue el nombre que recibió inicialmente. Santa de Dios Sofía. Ha sido un museo durante casi un siglo para recordarnos que puede ser la sede religiosa de la Estambul de ayer y de hoy, la del encuentro y el ecumenismo. La casa de todos los turcos y de todos los que deseaban asombrarse del genio de sus constructores.

Santa Sofía era el símbolo de una Turquía que aspiraba desde Ataturk a ser más sabia y tolerante. Por desgracia, corren malos tiempos para la sabiduría que procede de lo alto, casi tan malos como crece la intolerancia con las minorías en la Turquía de hoy.

 

Vocabulario ovino para aplicar a la casta política.

Andaba yo a vueltas con una entrada sobre vocabulario veraniego, pero como hoy lo que prima es la especialización, pues hete aquí, que me he amanecido con ganas de parlotear con el lenguaje ovino y el desenvuelto cotidiano de los políticos gobernantes. Quiero hacer verdad el dicho evangélico de que esos que nos gobiernan son  “lobos con piel de cordero”. Y nada mejor que buscar en el vocabulario ovino de nuestra eterna y ancha Castilla. ¡Ahí es nada, cofrades de la palabra! Entramos a saco con el abecedario.

Abortizo. Es el cordero que nace antes de tiempo. En política es habitual que haya de cuando en cuando alguno de estos, gentes que salen del útero del partido antes de estar preparados para la vida pública. Hoy son legión, peña que cuando habla, la caga. Gente que arremete por falta de formación. Entre estos lobos con piel de cordero está la ministra Montero, por ejemplo, pero también su marido, que parece que está despertandose todos los días del susto de haberse conocido. Son jauría y manada, aunque ellos se crean rebaño pacífico y simpático.

Betujo. La palabra tiene dos acepciones que no encontrarán en la RAE. Por una parte son las bolas duras que se forman en la lana de las ovejas, pero por extensión también se aplica el nombre a la lana que se queda enganchada a alambradas o plantas espinosas y que pierden  los borregos cuando corretean por ahí. Betujos tienen muchos políticos, y es que para hacer carrera hay que tragar sapos y culebras de “presuntos” compañeros, que son los espinos que restriegan al político por las aguas pantanosas. Cuidado, qué vienen los nuestros. Y nos hacen betujos por la espalda. Pues eso.

Cagalita, cagaluta, caganeta o cagarruta. Son los excrementos de los políticos, perdón de las ovejas. Perdón, de los políticos, perdón de las ovejas… Los hay que están de cagarruta todo los días, incluso de manera inconsciente me llenan los periódicos de cagalitas y caganutas. Alguno parece haber contraído la enfermedad del carbunco, la galaxia y el moquillo a la vez; por lo mucho que defecan, digo.

Desrrabar y descarriar. La primera palabra hace acepción al corte que efectúan los ganaderos en los rabos de las ovejas cuando les cuelga mucho y les molesta. Y claro, cuando una oveja molesta, igual hasta se nos descarría. De esto saben más los dirigentes del PP, que cada poco se desrraban unos y a otros y se descarrían con versos sueltos; aunque es un mal que afecta a todos los partidos por etapas. Ahora parecen todos más amorrados a sus líderes. O sea, junticas por el calor o la lluvia, pero ya vendrá el invierno, ya.

Escabildar es la acción de las ovejas cuando salen huyendo cada una por su lado. Se asustan y tiran por donde Dios les da a entender. Esto suele suceder cuando los partidos se descomponen. Lo vimos con la UCD, y volverá a pasar con C’s. Les pasa a generaciones enteras de políticos cuando vienen mal dadas, igual que a las bandas de malotes en cuanto meten en prisión al macho alfa, es decir al beché, que es el macho cabrío semental. Muerto el berché, se escabildaron las ovejas. Pues no suena mal.

Falifro es el nombre de las crías de la cabra. Se supone que los falifrones son las cabras creciditas, o sea los cabrones; pero no tengo constancia de que se use esa palabra entre sus señorías.

Gargantilla es el nombre que recibe los apéndices largos y ovalados que tienen las cabras y corderos a ambos lados del cuello. Se llama también armeja, mamilleja o mermeja. Ya se sabe que los lobos muerden en el cuello, y que digo yo que les servirá para defenderse. Buenas mermejas tienen algunos. Otros andan más recortados. ¿Verdad Errejón?

Horra es el nombre que se da a muchos animales que quedan estériles, como la oveja; pero también reciben tal apelativo las yeguas o las burras. En política, no vamos a ser sexistas, tal esterilidad abarca y se extiende por igual a bichos y bichas. Gente que nació, creció, se reprodujo y murió en el partido, y que fuera de ahí no saben hacer nada. Es la esterilidad de los incompetentes de toda la vida que pululan por las estratosferas y los nimboestratos de los nombramientos a dedo. Gentes que andan en busca de un carguito para seguir cotizando su pensión de oveja modorra.

Lanuda y limiajo. Es el nombre de la oveja con mucha lana, y el apelativo de la oveja madre respectivamente. Fraga fue un limiajo que te cagas en el PP durante mucho tiempo, y Felipe González, no digamos. Jarrón chino, decía, pero más limiajo que otra cosa. Ahora los limiajos son peores, Sánchez tiene por limiaja a Zapatero; y Casado a Aznar. Rajoy yo creo que era más tipo oveja arreada, que es el nombre de la oveja a la que le da mucho el sol y esconde la cabeza tras las patas traseras. Arreada estás, Rajoy; aunque fuiste limiajo de la Soraya.

Madrigal es una palabra preciosa. Las ovejas madrigales son aquellas que pasan los tres años y han parido más de una vez. Esta acepción no la recoge la RAE, que reserva el término para composiciones musicales o poéticas de tipo amoroso. Está claro que las ovejas madrigales son las más amorosas de todas. No veo manera alguna de aplicar esta palabra a los políticos. Lo siento.

Oveja es el nombre que damos al partido en su conjunto, pero se clasifican según la edad. A saber: la oveja lechal es la de un mes; la cordera es la que tiene menos de un año; la cancina entre uno y dos años; la oveja sobreborra tiene unos dos años; la cuatreña, cuatro; y la oveja es ya el animal adulto. En los partidos pasa lo mismo, pero les dan otros nombres.

Perendengues es otra palabra que me encanta. En lenguaje ordinario remite a adornos de poco valor, joyas basura, que se dice; pero en el mundo de la oveja tiene que ver con la baba que forman los pelos que le crecen en la barbilla los chivos. Recibe también el nombre de perilla, pendientes o pelendengues, y de ahí el uso ganadero de la palabra. En política esta babilla se puede observar en los mítines, donde los acólitos ovinos sueltan esta babilla ante las invectivas sesudas de sus dirigentes cabríos. Se les coloca siempre al fondo de los escenarios, para que parezca que sus líderes están arropados.  I love you, president; y todo lo demás.

Renero es el cordero de un solo testículo. No se me ocurre nada al respecto. De nuevo pido disculpas. Bueno, en realidad se me ocurren tantas que no quiero cansarles.

Termino con una última palabra. Viecera o viejera. Es el conjunto de ovejas que se echan a la dehesa para que engorden y de ellas sacar cecina. Estos son los congresos del partido. A cual más viecero, viejuno y cansino. Se engordan a sí mismos y luego se lanzan de cabeza a por nosotros, para sacarnos la cecina de las magras. ¡Virgen Santa! Qué de cosas.

PD: Un día de estos les cuento el vocabulario porcino, que es mucho más abundante y entretenido.

 

Parece que anda el populacho revuelto.

Y no me extraña, que ande revuelto, digo. Algunos piensan que a la peña se la ha ido la cabeza, pero yo creo que no, que nunca han tenido tiempo ni ganas para pensar a fondo y con seriedad en nada. Es el destino de nuestro tiempo, que a fuerza de educar con propaganda y eslóganes, al final la gente no tiene más formación que la de una ameba disfrutando de su mitosis. ¿Os sorprende que la emprendan contra una estatua de Cervantes? A mi lo que me asusta es que no hayan oído hablar del Quijote en su puta vida. Perdón por lo “puta”, pero es que me apetece soltar unos cuantos tacos. ¿Ha oído esta chusma hablar de Cervantes? Los que se enseñorean por los gobiernos de medio mundo tampoco han leído el Quijote, y si lo han leído habrá sido una versión para paletos ignorantes. Tenemos gobiernos a la altura del populacho, pues han sido puestos por ellos, no lo olvidemos.

¿Es lógico que el asesinato de un poli blanco en Estados Unidos a un negro termine derivando en la quema de estatuas de grandes personajes de la historia que ni tullen ni mullen? La respuesta es que sí. Es lógico, porque el cauce ha sido labrado desde hace años sin que nadie se atreviera a contestar con autoridad, firmeza y capacidad para difundir el mensaje por todo el planeta. El indigenismo lleva años diciendo memeces, lo mismo que el hembrismo feminista, o las ideologías de género, que son destructivas para la familia y la cultura humanista que han heredado. Estos miserables ideólogos están en Naciones Unidas, dirigiendo países y llevando a cabo políticas de odio a las tradiciones occidentales, al humanismo, a la autoridad y a familia. Odian el cristianismo porque están bajo la influencia de Satanás y su corte de mentirosos.

Los pocos intelectuales de la tradición y el humanismo que quedamos, luchamos contra los que llevan años abriendo cauces, semillas, progresismo y moñerías tipo “es mejor cambiar la cultura que conservarla”. No me sorprende que tengamos la batalla casi perdida, lo que me asusta es que algunos se enteren ahora y no sepan de dónde les vienen las tortas.

El resultado de esas batallas perdidas por la educación y la cultura es lo que tenemos, una masa amorfa dirigida por las redes sociales que devora hociqueando las perlas que les dieron sus antepasados. En su sustitución no hay nada. No esperen nada porque lo único que queda es el caos, el vacío, el nihilismo de una sociedad que se empeñó en destruir su cultura contando mentiras en tono asertivo. Cambiar es para estos que desconocen a Ortega, sinónimo de destruir,  porque para construir después tienes que saber algo; y al final no hay más que restos del caballo de Atila, el bárbaro y el tirano. Mentes baldías, y cerebros sembrados con sal.

Han alimentado a la bestia del populacho con frases hechas, con algodones y pornotele; y les han hecho creer que acceder a la información es tener formación para contrastar. Y no es cierto. Información no es formación. Para su desgracia, la información valiosa está sesgada y perdida como una aguja en un pajar. Les falta la capacidad para ver por encima del fragmento.

Para nuestra desgracia, la formación que podrían tener ha sido castrada en las aulas, pues ésta precisa de años de esfuerzo, de lecturas y de comprender el pasado asimilando lo humano en vinculación a lo divino. Nuestros estudiantes llevan años entre colocados y entretenidos, pero casi nunca asimilando, casi nunca contrastando, nunca pensando. Fueron de examen en examen olvidando lo que ni siquiera deseaban aprender. Muchos de ellos son hoy adultos, y hasta tienen títulos universitarios, pero no saben; y lo que es peor, no saben que no saben. Cabezas de chorlito, prontos para cazar el gusano que les enseñó su especialización, pero lentos y torpes para comprender al hombre que llevan dentro.

En esta turba inmunda no hay poso intelectual, no hay lecturas profundas, no hay saberes ni sabiduría, no hay capacidad para discernir, ni para pensar, ni para sospechar, ni para elaborar. Son cerdos comiendo perlas mientras gruñen que tienen razón y que los demás son retrógrados y fachas. Esta gente tiene acceso a todas las lecturas del mundo, pero prefieren leer, como mucho, la última mierda de tal premio dado de antemano. Son carne de twitter y de los me gusta. No conocen a Séneca, ni a Platón, no saben quién era Aristóteles. Están alimentados para el día de la matanza, que está llegando a pasos agigantados. Como ovejas camino del matadero de su propia cultura. Prefieren vivir como cerdos antes que como humanos.

Los gobiernos lo alimentan. Viva el programa “releo”, que es tanto como decir “viva el libro reolvidado”. Ya huele a humo de los libros y películas, quemados en la plaza televisiva del ocio y el entretenimiento. No quieren un pasado de esclavismo, y terminarán siendo más esclavos, por culpa de su olvido. Quemarán y arrasarán con todo bajo la excusa de estar ante pensamiento machista, patriarcal, capitalista, supremacistas, racista, esclavista y antiecologista. Y lo quemarán sobre todo porque nadie se opone a ellos con argumentos. ¿Tiene Pedro Sánchez argumentos para defender el Quijote? ¿Y Trump? ¿Y la paleta de la Montero? No pueden oponerse porque son sus hijos predilectos, hijos adoptivos y bastardos de la destrucción de una cultura que duró siglos y que desprecian porque la ignoran. Y nadie les ha podido enseñar lo que añoramos cuando han destruido los sistemas educativos basados en el conocimiento, la razón, la toma de la palabra y el pensar por uno mismo. No hay columnas que resistan el impacto cuando las mentiras les han obcecado el alma.

No escucharemos, por desgracia, ni una palabra sobre reculturizar la sociedad, devolverles las humanidades. Seguirán mudos a la derecha ni a la izquierda de los Parlamentos. Esta gente son la demogresca iconoclasta que asesina estatuas para colocar sus banderas particulares, las que muestran la nada y el ocaso de una civilización. Son nuestros políticos, no lo olviden. Los que usted ha votado, los que no saben qué hacer ante un mundo que se derrumba con la rapidez del viento. En un par de generaciones más nadie habrá oído hablar de El Quijote. Y a nadie le importará.

 

 

 

 

La carrera musical que no tuve.

Aunque algunos no lo crean, más que escribir, yo lo que quería de pequeñito era ser cantante. Pero no un cantante cualquiera. Yo quería ser cantante de esos que acariciaban el cable del micro mientras que melosos entonan canciones tipo Camilo Sesto o Julio Iglesias. Abrazameee, y cosas así. Artista donde los haya. Tanto fue así que tomaba la raqueta de tenis de mi hermano, y me dedicaba a cantar como si quisiera arrancar notas musicales del instrumento que no era. Eso por la primaria y en Tarragona, casi nada.

En mi evolución, me hice una guitarra de dos dimensiones. Monté con ayuda de una plancha de madera, tres clavos, un martillo y una sierra de pelo algo parecido a una guitarra eléctrica sin volumen y sin caja de resonancia. Luego pinté por encima simulando ser la guitarra de aquel fantástico músico al que adoraba y que todo el mundo conoce. Me refiero a George Harrison, el cual me parecía hasta guapo, y los Beatles unos genios. Todavía me lo parecen. Pero aquella guitarra era más sorda que una tapia. De hecho, nunca sonó más que en mi imaginación, y para más inri, por culpa de haberla pintado con las ceras Manley, manché varias camisas sin que nadie me descubriera. ¿Tan dífícil era ser músico y cantante consagrado con ocho años?

Es verdad que mis padres me llevaron al Conservatorio, pero mi experiencia con el solfeo no fue ni mucho menos agradable. Sucedió todo en Tarragona. El grupo al que me asignaron estaba compuesto por niños más mayores, y todos progresaban menos yo, que debía tener como dos o tres años menos que los demás. Era el torpe de la clase, no me enteraba, y en mi retraso, mi augusta y pianista madre, me tomó por banda y me ayudó con las piezas del examen, para que al menos aprobara en el examen final que se hacía ante un jurado circunspecto y serio. Por supuesto aprobé. Tengo primero de solfeo. Pero lo dejé, pues lo pasé mal.

Años más tarde retomé mi carrera musical y de cantante con algo más de éxito. Escuché y me enamoré de los Beatles, de su música y de su calidad. Y en esa emoción me compré un cancionero con los acordes dibujados de guitarra de los fab four. Luego llegó otro cancionero de Serrat, otro religioso…

Aquello me sirvió para aprender inglés (yo era de francés) y para tomar prestada la guitarra de mi hermana. Allí puse mis primeros acordes. Sol, Sim, La… y aprendí a tocar algo.

Aprendí música con los Beatles y entonces decidí hacer un grupo. Tenía 13 años y más ganas que las compañías adecuadas para lanzarme hacia una carrera brillante. A ninguno de mis amigos le molaba aprender a tocar un instrumento. Por cariño a mi persona, supongo, se dejaron convencer para formar un grupo musical, y aunque los embauqué para que fuéramos un fantástico grupo musical, en realidad nunca cantamos nada.

Fue por entonces cuando escribí mis primeras canciones. Algunas era un guiño al rock de Tequila, básico y movido. Otras eran pretensiones de melodía que no llegaba. Pero nunca se las cantaba, ni me atrevía a hacerlo.

Como por entonces escuchaba a mucho cantautor de esos que no usan la melodía ni para ducharse, pues ahí me quedé. Quería ser cantautor. Al fin y al cabo, no necesitaba un grupo que no supiera tocar y que tampoco dominara la flauta de sus hermanas pequeñas. Era la época de la movida, desde luego, y estaba en el lugar adecuado. Pero ni por esas los convencía para que nos gastáramos el dinero en una guitarra eléctrica cutre, de las de quince mil pesetas. Tampoco yo me la compré, ni equipo, ni amplis ni nada.

Ayer estuve repasando aquellas viejas canciones. Escribí muchas como cantautor en esos años que van desde los quince hasta los diecinueve. Algunas son incluso regulares. Aprendí y mejoré tocando la guitarra en los grupos cristianos juveniles en los que estuve. Underground sobre todo, que gustaba hacer buena música. Mejoré con el alabaré el kumbayá y esas cosas. Llegó el Fa, el Si7. Con el tiempo llegué a tocar bien la guitarra de acompañamiento, que era lo que tocaba John Lennon, cuya muerte lloré en el año 80. Faltaría más. Woman. Pero mis canciones nunca las proclamé ni las difundí.

Durante la carrera de Derecho incluso las grabé en una cinta de cassette, pero tampoco llegaron demasiado lejos. Hice copias para un par de amigos, y las perdí de vista. Eran unas letras horribles, de esas que hoy, cuando las he revisado, me he sonreído por lo simplonas e izquierdosas, soñadoras y utópicas que son. Seguro que habrían tenido éxito. Pero aquello no sucedió. Se quedaron en un cajón.

Con los estudios de Derecho dejé de escribir canciones, y sólo, cuando terminé de estudiar Ciencias Eclesiásticas, con unos veintinueve años me atreví a escribir alguna canción más y compuse un puñado que grabé casi a pelo y sin preparar con los del Movimiento Cultural Cristiano. Eran canciones muy reivindicativas, de izquierda cristiana casi anarquista. Me ayudó Diego Velicia que hizo la segunda voz y que no nos quedó muy mal. Claro que no. Incluso dimos un recital en el salón de Acto de La Salle con un público amigo y entregado. Mi primera subida a un escenario para cantar.

Abandoné todo aquello sin que hubiera una razón. Trabajo, estudios, matrimonio y otros intereses más vinculados al mundo del cine, clases, filosofías, oposición…

El gusanillo regresó cuando recién aprobada la oposición, y rondando la cuarentena, aterricé en el IES Mateo Hernández de Salamanca. Había varios profesores amantes de la música, y nos animamos a montar un grupo musical. Con ayuda de los buenos amigos que hice en aquel insti, Dani, Miguel Angel, Carlos… aprendí un poco a tocar el bajo y a cantar y acompañar con una banda en las celebraciones del centro educativo. Fueron buenos tiempos. Escribí otras diez o doce canciones. Cada vez de más calidad, alguna incluso buena.

Pero de nuevo la realidad me tenía reservada otra sorpresa. Descubrí el mundo de la literatura casi sin querer, como un reto personal, y empecé a escribir LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. El libro me llevó cinco años de esfuerzo y dedicación casi en exclusiva. De nuevo adiós a la música, a la pintura y nuevos destinos y nuevos caminos con la familia y la vida a otro lugar. Luego edité, me premiaron. Seguí escribiendo y hasta la fecha.

Por eso, ayer, y en estos días de confinamiento, que he rebuscado entre mis viejas canciones, he descubierto viejas melodías, letras y creaciones que nunca han sido cantadas en público y que bien merecerían la oportunidad que no tuvieron en su momento. Hablan de los amores de entonces, de las dudas y los sueños idealistas de un joven que en los años ochenta quería ser cantante y cantautor. Hablan de una carrera musical que nunca tuve, pero que bien podría haber sido. Cualquier día monto un recital y me hago un Leonard Cohen.

 

Sapiens de Yuval Noah Harari. Otro best seller (y autor) que se me cae de las manos.

Dice el autor anónimo del Lazarillo en su prólogo que alguna cosa se provecho se puede sacar de todo libro, y tiene toda razón. En mi caso, y tras leer un best seller llamado Sapiens, he aprendido que detrás de muchos de los libros superventas de ensayo científico no hay nada más que ignorancia y pereza del autor. Prometo no volver a leer nada de Yuval Noah Harari. De hecho iba a pasar de puntillas sobre este tío. Me he equivocado y he leído, casi pisado, una mierda. Ya está, no volverá a suceder. Sin embargo, para mi desgracia he visto que sigue sacando libros como rosquillas, y me ha parecido buena cosa alertar a otros incautos que como yo han perdido su tiempo.

Algo tendrá cuando se vende tanto. Y es verdad. Tiene palabrería y mucha dogmática. Es como un libro de una secta escrito para sus acólitos. Lo alarmante es que cuando alguien investiga, estudia, o aborda una problemática compleja, como es la cultural, lo que menos necesitamos es que el escritor ignore lo que otros han escrito, estudiado o investigado, porque el resultado sólo puede ser esto. Un pastiche, una mezcla sincrética sin pies ni cabeza, que seguro que encandila a la gente desconocedora de la antropología social y cultural que investiga y estudia. No digo que Marvin Harris tenga la razón en todo, pero desde luego no se puede hacer antropología barata de salón, presuntamente científica, sin saber nada de antropología cultural contemporánea. No quiero decir que sea un charlatán, pero siento no poder decir lo contrario. Seguro que el tío es muy majo, pero este ensayo le queda grande.

El problema del libro, creo yo que está en la pretensión del autor. Un historiador que quiere hacer antropología cultural y social. Es extraño. Yuval Noah Harari es historiador, especializado en historia medieval y militar. Seguro que en eso es muy bueno, aunque en el libro tampoco lo he notado. Dice en la reseña del libro que el autor se doctoró en Oxford y que luego se dedicó a la historia del mundo -supongo que querrá decir a la historia general- y a los procesos macrohistóricos. Lo de los procesos macrohistóricos me suena a cachondeo y falacia. ¿Qué es eso de procesos macrohistóricos? ¿Filosofía de la historia? Dice Harari que la historia tiene un sentido, y claro. Eso es filosofía de la historia. Y ahí también patina.

¿Por qué un historiador se dedica a escribir sobre antropología social y cultural cuando demuestra que no sabe casi nada de ese tema? ¿Por qué un historiador hace antropología filosófica, casi filosofía sobre el hombre? No tengo una respuesta clara, pero creo que lo que hace el señor Harari es lo que se llama intrusismo profesional, que es una de las tentaciones más habituales de los malos historiadores. Terminan especulando sobre la ciencia cuando hacen historia de la ciencia; y especulan sobre la naturaleza humana cuando hacen historia. La ciencia es de los científicos y la antropología es una ciencia y un estudio específico que Harari simplemente desconoce. ¿Qué puedo más decir? Es como si yo quisiera escribir un ensayo sobre los avances del hombre en energía nuclear, y no supiera nada sobre física cuántica. No me atrevería.

No es la primera vez que descubro a un historiador haciendo filosofía. Pero nunca lo había visto en el campo de la antropología cultural disparando erráticamente. Normalmente los historiadores suelen hacer paleontología, arqueología, y aportan cosas muy importantes y serias al estudio de la hominización. Pero nunca los había visto meterse tanto en el campo de la antropología cultural y decir tantas tonterías juntas en tono divulgativo. Lo peor es que la gente lo lee y cree que no hay nada más investigado que las cuatro especulaciones que ha hecho este tipo.

Me asombra, porque el estudio del hombre y su naturaleza es muy profundo y complejo. De ello se encarga una rama filosófica llamada “antropología”. Es un estudio especializado de posgrado con grandes investigadores que se realiza tras los estudios de Filosofía. Estudios que hice parcialmente hace unos años en la UNED. Escogía asignaturas sueltas de antropología y las cursaba para obtener la diplomatura en Filosofía. La materia me encantó.

¿Por qué este escritor hace antropología cuando no sabe casi nada de ella? Yo no soy historiador, hago novelas históricas, por lo que suelo documentarme de lo que han investigado otros historiadores. Yuval no es antropólogo. Es lógico que no sepa las razones de por qué unas culturas de cazadores recolectores son diferentes de otras. Es normal que no pueda darnos una explicación sobre el fenómeno religioso, jurídico o ético de una cultura. No lo conoce. Trata todo como si fuera lo mismo, y lo hace por ignorancia. Lo relevante es que aunque no lo sabe, sí se atreve a opinar, y eso tiene su mérito, pues tanta temeridad es sospechosa.

¿Mis sospechas? Gana dinero vendiendo libros, y eso es, para él y para su editorial, lo más importante. De hecho así lo dice en su libro Sapiens: lo más importante del mundo, la nueva religión, es el dinero. Como eslogan simplón puede valer, sobre todo si eres de la secta progre y políticamente correcta -el libro abunda en unas cuantas afirmaciones arquetípicas de hoy. Sin embargo, como afirmación filosófica y antropológica, tal generalización es demasiado gruesa como para que tenga algún valor.

Supongo que divulgar antropología con garantías de seriedad es más dífícil y complejo de lo que parece. Harari no lo logra ni por asomo. Es, en ese sentido, un libro fallido que ha rodeado de ramajes y hojas propias de la historia, intentando de esta manera confirmar sus teorías filosóficas, que además luce con incoherencia supina. Este libro es a la antropología y a la filosofía lo que el Código da Vinci a la teología. Nos va a costar años convencer a la gente de que miente por desconocimiento. Zapatero a tus zapatos, yo ya he empezado.

 

Lo que el viento se llevó. Scarlett.

Puesto que la pandemia se ha puesto pesada, me he dedicado, casi desde marzo, a la lectura, y he abandonado temporalmente mi oficio de escritor para disfrutar del esfuerzo narrativo de otros. Me vino al pelo, pues no me apetecía leer nada tedioso ni sesudo, y tampoco deseaba disfrutar de los Proust y los Dostoievski. Tenía en mente releer la película de Victor Fleming a través de la novela que la hizo famosa, y me dediqué en cuerpo y alma a conocer de primera mano las andanzas de la joven Katie Scarlett O’Hara.  ¿Fue primero la novela o la peli?

Primero fue la novela, aunque algunos no se lo crean. Fue publicada por Margaret Mitchell, una periodista desconocida de Atlanta en el año 1936. La mujer tuvo la suerte de cara, pues encontró, o mejor dicho fue encontrada por un editor que deseaba publicar algo sobre Atlanta. Ella le envió su manuscrito sin el capítulo primero, y aunque luego se arrepintió, no pudo enmendar su error, pues el editor ya estaba enganchado al texto.

Margaret Mitchell terminó la novela redactando el capítulo primero, y finalizó de esta extraña manera su carrera de narradora, pues no volvió a escribir nada más. Curiosamente hay mucho de autobiografía en el personaje de Scarlet, pues no tuvo una vida de rosas. Murió en el año 49 atropellada por un tranvía, precisamente en la calle donde vivieron sus personajes Georgianos.

Dice Murakami que cualquiera puede escribir un libro, pero que es más difícil escribir dos, tres, cuatro… Un verdadero escritor es el que escribe varios libros, por eso no sé hasta qué punto se puede considerar a Margaret Mitchell una escritora. Tampoco es el único caso, ni será el último, de escritores que escriben un exclusivo libro en su vida. Un libro que los hace famosos, que los saca del anonimato, pero que les impide volver a escribir.

A Margaret Mitchell le fue estupendamente con Lo que el viento se llevó. La publicidad y la mercadotecnia hicieron el resto con el manuscrito. Se reservaron anticipadamente cincuenta mil ejemplares, y se vendieron los derechos al cine antes de sacar un solo libro suyo. En un año, la novela era la más popular de Estados Unidos. En 1937 le concedieron el premio Pulitzer de novela. Dos años más tarde salió la película de Víctor Fleming, que también sufrió lo suyo en el rodaje, pero que vio compensado su esfuerzo cuando en 1940 se convirtió en una de las películas clásicas, y más oscarizadas del cine universal.

¿Prefiero la película o la novela? Tengo mis dudas. Las dos están bien hechas. La película es muy fiel al libro, incluso algunos diálogos concretos están calcados de la novela de Mitchell. guarda bien la esencia del fantástico personaje que es Katie Scarlett, aunque Vivian Leigh la actriz que encarnó al personaje no era pelirroja, como presenta la novela, su actuación es soberbia y descomunal. Es imposible imaginar otra Scarlett. Clark Gable es idéntico al personaje de Rhet Butler. Levanta las cejas de igual forma que lo describe la novela. Perfecto. Y lo mismo puedo decir del pusilánime señor Wilkes y su esposa Melly.

La novela, lógicamente contiene más personajes y sentimientos. Scarlett odia a la esposa de Wilkes, pero las circunstancias le obligan a convivir con ella. También en la novela Scarlett tiene dos hijos, uno por marido, que no aparecen en la novela. Sin embargo, lo que más destaco del libro es que es una novela histórica que narra el final de un mundo. Y eso no estoy seguro de que lo deje claro la película.

El Sur de los Confederados se derrumbó en muy pocos años, y no sólo fue una guerra civil. Es que se enfrentaron dos maneras de ver la vida y del mundo. El Sur era indolente, ocioso, esclavista, refinado y culto. El Norte, el que triunfó por las armas y hundió al Sur era trabajador, ignorante y amante del dinero. Scarlett se mueve entre los dos mundos, igual que Reth. Por eso son odiados por sus conciudadanos de Atlanta y amados por los lectores. La novela es una tragedia amorosa, la que conocemos en el cine perfectamente. Pero el hundimiento del Sur no queda tan reflejado en la película y es la esencia de la novela.

Por eso probablemente Margaret Mitchell no escribió una segunda parte. Años más tarde, la familia vendió los derechos para que se continuara la historia, y aprovechó Alexandra Ripley para escribir en el año 1991 la novela Scarlett. Luego incluso ha salido una tercera novela titulada Rhet Butler.

Esta segunda novela, que también he leído, es peor que la primera. ¿Por qué? Porque nada se derrumba, excepto el amor llevado a la necedad y a la incomunicación de sus personajes principales: Katie y Rhet. Al final se reconcilian con pasteleo en Irlanda y ya.

Lo único que se ha derrumbado mientras leía Scarlett era mi país y nuestro mundo. incluso su forma de entenderlo. La pandemia ha penetrado hasta lo más hondo de nuestras personas y no será fácil salir de ella. Nunca volveremos a ser los mismos, aunque aparentemente seamos los mismos. El viento se ha llevado también lo que teníamos, el viento pandémico.

Nunca habíamos vivido esto. Medio planeta encerrado en casa, con una única ventana abierta a un mundo que se derrumbaba. Hemos visto lo que nos han enseñado, lo que han querido que viéramos, y muchas cosas nos las han ocultado. Y ahora, igual que le dice la abuela Tarlenton a Scarlett, “no vas a tener miedo nunca más, pues has tocado fondo”, también nosotros, unos valientes con los pies de barro, no vamos a tener miedo nunca más.

Que se preparen los psicólogos, no van a dar abasto en los próximos meses. El viento se ha llevado negocios, personas, héroes y falsas seguridades.

 

Cuando se acaba la vida y se muere en soledad.

Aquella mujer fue trasladada de su casa al hospital por un equipo de extraños. Fue apenas un soplo de fiebre y un agotamiento en la voz. Dos toses de pecho y la certeza de convivir con el peligro que da tener un comercio de alimentación, y un hijo en el hospital con turno de noche.

Apenas pudo despedirse. Quizás te ingreses, puede que no sea nada. Llévate el móvil. Pero tenía escrito el miedo en el asomo de sus ojos marrones. Color café, tras el sendero de las gafas de ver. Habrá que cerrar, que remedio. No pasa nada. Lo importante es la salud. No añoraba el café de mitad mañana, el que le traían al comercio, para no perder un instante de mañana cuando se olvidaba. Ahora lo añoraba todo cuando escapó en una ambulancia que más parecía estación espacial que orbitara la luna que lugar para recuperar la salud.

Marido e hijos. Allí quedaba la familia todavía por construirse el futuro. El pequeño sollozaba, pero ella le dijo que no era nada. Que en cuatro días volvería, aunque nadie supiera con certeza el día que tal cosa sucedería. En unos días volveré, pensó. Y así lo dijo. Preocupación en su marido y ansiedad en los medianos. Cerró los ojos y dejó escapar una pequeña lágrima de la comisura de sus párpados. Apenas era nada. Seguro que regresaba en una o dos semanas.

Trámites de enfermedad contagiosa. Distancias, diagnósticos y un par de pruebas para asegurarse de que sí, de que era estadística de la pandemia. Hoy la citarían en Moncloa como un número más, y pasaría a ser de los contagiados que estaban hospitalizados. No es que la fiebre fuera alta, es que tenía hipertensión y tos. Había que prevenir, y quizás por algo azaroso ella sí gozaría de cama. Que no sea nada y que se pase pronto. He tenido suerte, se decía cuando intentó enviar un mensaje por un móvil que ya no tenía cobertura y que perdió la batería en un alarde de impaciencia. ¿Para qué recargar?

Entró preocupada, y las horas fueron pasando como pasan cuando uno está convaleciente. Durmiendo y pensando. No podía salir, y nadie podía entrar. Algún médico y las pocas enfermeras que parecían astronautas enfundadas en sus trajes espaciales le pusieron gotero, por si acaso. Eran gentiles, amables y encantadoras. Pero no podían estar demasiado tiempo dando conversación. Esto se desborda, y sonreían. Gracias, gracias. La comida  la dejaban en la bandeja y tras ingerir sola su alimento durmió hasta el segundo día.

Por la mañana algo debió suceder en sus pulmones que fue llevada a una Unidad de Cuidados Intensivos, donde embotan tu mente, la llenan de tubos y derramas unas último quejido. No puedo respirar, y era verdad que no podía. Mejor prevenir. En la UCI hay respiraderos. Son de un país que no puedo recordar, llegaron hace tres días, ha tenido suerte. La suerte de la enferma que se agarra a un pedazo de plástico motorizado por una fábrica de coches reconvertida para tiempos de guerra. Así dijo el telediario que no pudo ese día escuchar. Respiradero hecho para la ocasión.

Nada sabemos de mamá. Que será de ella. Que hay que resistir. Que dice un médico que le ha dicho que está medio bien a tu hermano. Que pronto pasará. Pobriña tan sola en aquel cuarto tan grande. Con lo que le gustaba a ella la tienda y hablar.

Por suerte el capellán del hospital conoce su trabajo. Les ha llevado nuevas a la familia. Era una simple llamada de ida y vuelta. Que está bien, pero en la UCI. Eso me han dicho. A ver que puedo hacer, hablaré con ella y ya les diré. En la UCI solo hay una hora para encontrarse, pero ahora está limitado a un segundo de tristeza. Lo saben ya todos. Aunque nadie sabía nada.

Y alrededor de ella la vida se pasa. Todos usan mascarillas, tapabocas dicen los vecinos de arriba. Y portan guantes y plásticos como los chubasqueros que usamos para el fútbol cuando llueve en Valladolid. Real Valladolid. Se lo diré a Paco cuando regrese a casa. Qué pena que no haya ni fútbol, ni la tienda está abierta, ni sé nada de mi familia. Espero que no se hayan contagiado y estén bien. En esta soledad, los de las camas de al lado están como yo. Con miedo los despiertos, y con fiebre los dormidos.

Mi hijo puede entrar a verme. Trabaja aquí, pero no se puede acercar. Mis pulmones se están encharcando dicen, pero quizás pueda superar la enfermedad. Me duele, es verdad, y la mañana parece dulce comparado con la tarde que me dicen que esto irá a más. No sé que me han puesto en el gotero. Por suerte, ha venido el capellán, gracias al médico de guardia. A la enfermera. Gracias a todos, pero ya no puedo más. Necesito salir y volver a mi casa. A dormir en mi casa, y a escuchar la voz de mis niños. Y sólo escucho la soledad de unas paredes verdosas y un cielo fluorescente de estrellas que brillan día y noche.

Desde la UCI escucho unos aplausos, no son muchos. Y veo como cubren con una sábana al compañero de cama que hace unas horas estaba algo mejor que yo. Me duele mucho el pecho, más que antes, y la fiebre no remite.

Y sé que es el final.

Paco, Javier, Ana, Lucía y Manuel. Sé que los cuatro estarán preocupados. A mis padres que tanto me quisieron y que me hicieron tan feliz. ¿Por qué me acuerdo ahora de ellos? A las amigas que se fueron del pueblo, igual que yo. ¿Dónde estarán ahora? Me duele y no puedo casi respirar, si no fuera por esta máquina bendita.

Soledad y angustia. Rezo una oración olvidada que aprendí de mi madre cuando era pequeña. Pues yo nunca he sido de rezar. Te pido perdón, Señor, por las veces que no lo hice bien. Aunque no sé si hay un Dios al otro lado. Nadie lo sabe. Pero si lo hay me gustaría estar a bien con Él. Pero algo tiene que haber. ¿Y si no hay nada? Aun me quedan unas horas, espero. O tal vez no. Que aburrida es esta soledad. Siento que estoy sola. Me hubiera gustado un final con Paco de otra forma. Jubilarnos y poder disfrutar un poco juntos. ¿Qué será de él si me muero? Me molesta el silencio que interrumpen las enfermeras. Las escucho perfectamente hablar. Silencio. No quiero seguir pensando, prefiero callar mi mente. Pero no puedo. ¿Y si me muero así, en soledad?

Su esposa perdió el conocimiento ayer por la tarde, al parecer una embolia pulmonar complicó la neumonía. No la pudimos recuperar.

Y lloran los cinco que quedaron en casa. Y tienen miedo por si ahora es su padre el siguiente. Y no habrá funeral. No puede haber funeral, lo ha dicho el de las estadísticas. Ni funeral, ni misa de difuntos. El capellán nos ha dicho que la encomendará, y que cuando pase todo…

Pero ya ha pasado todo para nosotros. Esa tarde, fue una estadística más.

La de los fallecidos. Pero no es una más.

Era Maite, la de la tienda.

 

 

PD: Dedicado a los caídos por la pandemia Covid-19. A sus familias.

 

 

 

Idiotas con pedigrí.

Tras doscientos años repitiendo mentiras inducidas y mentiras ilustradas, los muy idiotas han alcanzado el pedigrí para ser los más imbéciles de la Tierra. Nos rodean y están por todas partes. Invaden las redes y los medios, que es tanto como decir las calles y el ágora. Son gilipollas y sumisos a un tiempo. Y son los que más me asustan.

No saben que son imbéciles y esclavos del adoctrinamiento que han recibido a lo largo de toda su vida. Se creen libres y auténticos, pero son copias de ignorantes. No saben razonar, no escuchan, no se interrogan, y en lugar de hablar rebuznan. Son clones inanes con picores en las bragueta que justifican sus debilidades como si fuera un derecho y una liberación refocilarse como un puerco. Y una puerca. Son lectores de El Pais, pero también abundan en el ABC, en el NYT.

Son peligrosos porque no saben que no saben, y además son peligrosos porque exterminan a los que tienen algo que decir, a los sabios. Los anulan y persiguen con sus consignas de medio pelo. Gritan y se jactan de que dominan la verdad, y no saben que siempre es más fácil una consigna que un argumento, un rebuzno que una explicación, una burla que una apología. Y un artículo que un libro. Invaden tertulias y memes, y se aseguran su opinión colgando en la red lo mismo que acaba de pensar otro clon semejante a ellos. Nunca escuchan, pues nunca aprendieron a escuchar.

Da igual que tengan carrera, estudios y buenos trabajos, pues jamás les dieron un criterio sólido para pensar por si mismos. Nunca paladearon una experiencia espiritual, mental o humana. Les negaron cualquier atisbo de religión y trascendencia, y se han convertido en adoradores de sus felices heces. No saben de Dios, ni de la eternidad, ni de sufrir, ni de los hombres. Leen lo que deben leer, y piensan lo que otros dijeron que debían pensar. Pero ellos se creen exclusivos y auténticos. Les bastan sus consignas y sus series favoritas  para entretener el pajarito y la pajarita. Infelices inconscientes de la verdadera felicidad. Arrebatados a Dios y condenados a la pobreza intelectual. A la ignorancia de vivir rodeados de libros que nunca podrán abrir y que no podrán leer; pues sólo puede leer el que está dispuesto a escuchar y a aprender.

Sin argumentos, sin razones, sin oídos y sin genio. No saben, y no saben que no saben. Son idiotas con pedigrí.

Han vivido adoctrinados bajo el dominio de los califas rojos, en clandestinidad y fuera de ella, y no van a cambiar. Se creen puros y buenos, sin conciencia para que no moleste, pero con tanta culpa que andan a la caza y captura de una banda de psicólogos que limpien de hedor su ponzoñosa piel. Llevas golpes en el alma, pero nunca reconocerán que sus males proceden de un divorcio que es moderno, de un abortorio que les arrancó un hijo o de un egoísmo enfermizo que los ha dejado en larvas de oruga primero, y en capullos muertos sin posibilidad de mariposear las letras. Se debaten en si son carne o pescado; y desconocen que serán vomitados.

Son los mismos que persiguieron a los cristianos en Roma, a los judíos en Europa, y a los contrarrevolucionarios en Francia o Rusia. Son los que quemaron iglesias en España, asesinaron monjas y poetas; para luego correr a apuntarse al bando vencedor por creer que dice la verdad. Bandos que cambian tanto como ellos, siluetas de manos o puños, svásticas y hoces con martillos, banderas arcoiris, república o la olímpica. Tanto da. Son los que reivindican la muerte en cualquiera de sus momentos: al principio de la vida, al final y en medio. Y creen que leer es tener noticias de un último bestseller.

Son los que perseguían a los portadores de gafas por ser enemigos del pueblo. Son esos mismos, los que ahora olvidan las letras y la corrección en el lenguaje haciendo de la inclusividad una pose nefanda. No saben hablar, pero hablan; no saben pensar, pero repiten lo correcto; no conocen la vergüenza, y no saben que son los nuevos cínicos, los perros sin atar que se lamen sueltos las heridas que les han dejado sin cicatrizar.

Están en la Junta, en el Gobierno, en los aularios y en la televisión. Son políticos y aprendices de político, entrenadores de fútbol y aficionados a un tiempo. Conocedores del coronavirus y asesores de barrio y de Naciones Unidas. Son gentes que se asoman como expertos, sindicalistas y protectores de la humanidad, de la sociedad, y de su estatus de cabrón alcanzado a fuerza de años sin aprender, sin leer, sin saber. Les basta con repetir lo que otros dicen. Repetir y repetir. Aparecer como sabio, con consignas estúpidas de un poder omnímodo que nunca he tomado en serio.

Nunca escuchan y nunca aprenden nada nuevo.

Cuando era joven creía que nadie se tomaba en serio lo que decía Txiqui Benegas, que hablaba porque la actividad política consiste en decir idioteces para que el rival político parezca peor. Hasta que comprobé que las mismas frases y consignas del Txiqui eran repetidas por un catedrático en una sala de profesores. Entonces me dí cuenta de que estaba todo perdido. De que no había salvación en mi país.

Y han pasado más de veinte años.

Han dejado su impronta en los chavalitos y chavalitas que han sido educados en las consignas de la propaganda del no pensar, del lenguaje inclusivo, del buenismo barato y de la asertividad que no tiene miedo al ridículo. Son Podemitas sin lecturas, apolíticos sin cerebro, aberronchos de usar y tirar que no disponen de recursos para oponerse. Quizás todavía escuchan algo, pero cada vez menos. Con los años dejarán de aprender y de escuchar, si es que alguna vez lo hicieron.

Son el residuo de una nueva sociedad que se ha hecho fuerte en los medios y que amenaza con destruir la cultura occidental mientras nos exigen un minuto de silencio ante una muerta, y salen de fiesta cuando los cadáveres son demasiado numerosos para contarlos.

Muchos ya gobiernan este país, otros empuñan micrófonos en mano sin avergonzarse de sus liendres intelectuales y mentales. A menudo repiten consignas educativas sin reparar en los cientos de vidas que han destruido por culpa de esas mismas consignas. Les da igual y ya son inconscientes de su estupidez. Se creen superhombres y sólo son estereotipos de sí mismos.

Por eso añoro aquellos tiempos en que los ateos leían a Nietzsche y se preguntaban por su fe. Al menos se podía hablar con alguien inteligente que se hacía preguntas inteligentes.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.