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Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

¡Socorro, auxilio! ¡Qué viene el puritanismo!

Tiempos recios, tiempos recios. Eso es lo que hay. No lo dijo Chesterton, pero como si lo dijera.

Desde que el hombre no es pecador, la gente afirma su perfección. Es la nueva religión, la de la modernidad. Perfectos y salvadores del mundo, gente mesiánica. Soy un salvador del mundo porque tengo las ideas adecuadas para salvarlo. Puedo liberar a la humanidad de los malvados machistas, materialistas, y demás pecadores de la pradera. Basta con apostar por lo políticamente correcto y lo socialmente avanzado, lo progre que se llama, para convertirme en un salvapatrias. El problema es que hay tantos salvadores del planeta que terminan por exigirse entre ellos coherencia, perfección. O sea. Estamos ante un nuevo puritanismo que genera una doble moral.

Decía Jesús en el evangelio que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y claro, la gente hace méritos para poder apedrear a los malos de toda la vida. Porque el puritanismo divide la humanidad en buenos y malos. Sin matices ni nada.

Ahora la gente se siente más culpable que cuando se confesaban con cura. Entonces era sencillo. Reconocías tus pecados, y Dios te perdonaba reestableciendo la paz en tu alma. Te perdonabas a tí mismo, que era también importante. Nadie es perfecto y al asumirlo en humildad, Dios te ubicaba en el lugar de los pecadores perdonados que se reconocen como tales. Gracias. Señor.

Pero ahora no; y los psicólogos trabajan a destajo. Como no hay ni pecados, ni Dios, ni patria, ni fronteras, pues se han quedado sin los palos del sombrajo y les da la solana en la calva. Me explico, la tan fantástica liberación del hombre, y el no menos idealizado fin de la represión, ha aventado nuestras tormentas psicológicas y sociales. La gente se siente culpable y anda neurasténica buscando culpables a los que cargar con el muerto. Pero como no son perfectos, pues el muerto se queda siempre en casa.

Y así, la gente se siente culpable, unos mucho y otros poco, de no reciclar, de ser machistas encubiertos, de soltar frases sexistas, de no comer sano, de no hacer deporte, de usar bolsas de plástico en el super, de ir al trabajo en coche, o de ducharse con agua caliente que contamina el planeta más de dos minutos de reloj.

Por eso ser moderno y avanzado es una tarea titánica. Porque nunca eres lo suficientemente moderno y avanzado. Siempre estás como por detrás de lo que hay que ser, que es perfecto. La culpa es de Platón, que era un amargado y que lo idealizó todo. Pero eso tampoco arregla el problema. El resultado de este desajuste es que tenemos, o gente con mala conciencia que sufre su incoherencia, o gente que se enrabieta con el mundo de los que no piensan como él, y que termina pensando que hay que exterminar. O sufridor u odiador. Puritanismo, puritanismo.

Por eso la gente disimula y finge que somos lo que no somos y que estamos luchando a brazo partido por cambiar el mundo, cuando la realidad es que ni siquiera nos cambiamos a nosotros mismos. Y como hay que sobrevivir, pues encontramos la justificación como la principal herramienta psicológica que nos libera de los pecados. Compramos un día la leche en envase de vidrio y ya somos superbuenos, activista de los que se indignan y pegan por ahí.

La gente es así, pone unos cuantos “me gusta” por las redes, y ya tranquiliza la conciencia por una temporada. Contamos al mundo que estamos indignados, y al día siguiente ya está. Somos unos salvadores de película.

Y mucho peor lo tienen los activistas de cualquier causa contemporánea. Su sufrimiento se multiplica por mil, casi lo mismo que su incoherencia. Sufren hasta llorar sangre.

Los ecologistas, por ejemplo, sufren y lloran lágrimas cada vez que suben a un avión, o cogen un coche. Irían en bici de vacaciones con las maletas en el trasportín, pero claro, eso requiere muchos cursos de vida alternativa que no puede uno asumir. Pues en tren, venga, ale. Y resulta que el tren ecológico, el que va por energía solar tarda una semana en llegar a la costa. Pues casi mejor que no nos vamos de vacaciones… Y ahí los pillas un jueves de ordinario entrando en una hamburguesería a por carne de vacuno de esa que consume más litros de agua que cuando se bañan, y te cuentan que es por la niña, que le gustan los regalos kinder. Y sufren por no ser perfectos, y lo pasan mal. Y es que ser idealista es jodidísimo.

Tampoco ser materialista es mejor, aunque sí sea más Nietzscheano y dé menos problemas de culpabilidad. “Yo no reciclo porque no tengo hijos”. Incontestable. Lo siento Fran, pero es que ni piensan en los sobrinos ni en los niños de los demás. Cochino mundo, sí, lleno de egoístas. Y que nos den morcillas a los idealistas.

En fin. El puritanismo hace que todo el mundo quiera ser perfecto y presuma de perfección, sin apreciar las carencias humanas, sin asumir el pecado estructural de la humanidad, sin aprender que el mal no es combatido con la fuerza de voluntad.

Para los cristianos la lección es muy clara. Somos pecadores y confiamos en Dios para que nos libere del mal y de la muerte, y del pecado. Es verdad que podemos hacer más y que podemos amar más, pero no somos dioses ni Mesías. Intentaremos hacer el bien asumiendo que cuando no lleguemos, Dios sí podrá. Es la esperanza, creer en lo que no se ve, aceptar que es posible el cambio del mundo pero no con nuestras solas fuerzas. Es un idealismo no puritano, bastante más liberador. Es cristianismo. Ni mejores ni peores que los demás, simplemente pecadores perdonados.

 

 

 

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