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Los nefastos y repetitivos planes de estudios.

Porque los sufro, hablo de ellos. Tengo hijos y doy clase. Pues bien, me encuentro en el tema dos de varios libros de texto de Lengua y Literatura la misma explicación y el mismo contenido. Estamos con los nombres o sustantivos, que sirven para designar, y que los hay concretos, abstractos, comunes, propios y demás. No digo que el tema no sea importante, pero no creo que haya que estudiar exactamente lo mismo y con las mismas palabras en 2º de primaria, en 5º de primaria, en 1º de secundaria y en 3º de secundaria versión plan de mejora de los resultados. Se repite la materia y los chicos están hartitos hasta el punto de aburrirse como ostras y continuar tan ignorantes como cuando lo estudiaron en 2º de primaria por primera vez. Normal. Aprender cosas nuevas es lo interesante, y no perder el tiempo mal repitiendo lo mismo un año tras otro.

Coincido cuando hablo con padres ilustrados en que es absurdo repetir un mismo tema todos los años durante quince días, pero como no tenemos dónde reclamar, y los sindicatos están a las tajadas, pues nadie nos hace caso. ¿A quién se le ocurrió explicar un poco del sistema métrico un año, al año siguiente dar lo mismo pero con un párrafo más, y al tercer año volver a lo mismo  con otro párrafo de nuevas? ¿No sería mejor dar el Sistema Métrico Decimal una sola vez y en profundidad y así disponer de más tiempo para explicar otras cosas importantes otro año? Pues no. Nuestros pedagogos demagogos favoritos se empeñan en que cada vez sepan menos y sean más felices; lo cual es un precipicio para la infelicidad.

El caso es que la ignorancia es supina y subiendo. No saben bien lo que llevan toqueteando desde hace años porque siempre repiten lo mismo y de manera superficial; y no saben cosas nuevas más complejas porque nunca lo han dado. La pescadilla que se muerde la cola. No es un tema de pedagogías nuevas y viejas, sino de aprender algo nuevo de cuando en cuando y en profundidad. Les invito a hacer una prueba: las tablas de multiplicar (nunca terminan de aprendérselas), los tiempos verbales, los acentos… Y eso que son las instrumentales y se suponen que sirven para la vida. Pues bien, ya informo. Nuestros niños son incapaces de hacer frente a la vida, y cada vez peor.

Reconozco que el tema no es nuevo. Hace años hojeé algunos libros de texto de Sociales de 1, 2 y 3 de la ESO y me quedé pasmado de los topicazos y eslóganes allí recogidos. En realidad no les enseñan historia, en realidad nos los adoctrinan para que sean superinclusivos, hembristas y activistas solidarios. Por ejemplo, cuando estudian la Edad Media recurren a las monserguillas que los medievalistas están hartos de combatir -evidentemente con poco éxito- , te dibujan un castillo con los nombres de las almenas, te ubican la pirámide social del marxismo y la lucha de clases -para que nadie se olvide que somos de izquierdas y por tanto estamos en contra de la desigualdad- y dedica una página entera a contar el machismo de la época a propósito de la inquisición y la quema de brujas. Eso es todo. Imagino que los alumnos más brillantes preguntarán de dónde viene eso del cristianismo, porque suele ser un asunto, el religioso, tabú y olvidado en los planes de estudios. Da igual, que te lo expliquen en casa o te lo dé el de religión.

Los padres que van a colegios bilíngües lo tienen peor. Además de no saber casi nada en el idioma pretendido, se tienen que esforzar para que el nene aprenda las palabras en el idioma autóctono. My God, my God… Al final logran algo maravilloso, y es que sepa inglés a medias y nada de lo demás, pues gracias a Dios, el castellano lo aprenden en casa desde que son bebés. Trabajo doble para los padres. Sería mejor que fuera a clases normales y por la tarde acudieran a una academia irlandesa con nativos de verdad a jugar a baloncesto. Pero eso obligaría a los listillos pensadores de las consejerías de educación a volver a sus trabajos ordinarios.

Debería ofrecer una solución, pero sinceramente, no la tengo. Los pedagogos y los demagogos son los mismos y pululan como tecnocracia que son, por todos los partidos políticos del espectro que conozco. La lucha que planteó Habermas para emancipar al hombre de la verdad técnica es hoy una utopía innombrable, entre otras cosas porque no se estudia a Habermas en secundaria, y casi ni en la Universidad, y las siguientes generaciones son cada vez más estúpidas en saber algo relevante, y soberbios en los múltiples detalles de la sociedad de la información.

Los padres que educan ahora a sus hijos son más ignorantes que los padres de más edad, y más tarados imagino que los que educaron hace unos años. Ya ni siquiera discuten sobre el método pedagógico. Directamente te cuentan que son grandes adalides de los juegos en red, que así se conocieron ellos y que si son la tercera pareja que tienen con hijos repartidos por varios barrios de la ciudad es porque se querían y muscho. Por eso su hijo juega a la play cuatro horas todas las tardes.

Con este percal, no es extraño que sus opiniones sobre Franco, la guerra civil o el papel de la mujer en la posguerra sean iguales que las de la menistra. Son un calco de de lo que ven y oyen en televisión, en las redes sociales y en las maquinarias de pensamiento correcto de los gobiernos democráticos que desean y luchan por un mundo mejor.

Me planto, que no quiero ser agorero. Desde aquí y ahora ofrezco una luz de esperanza: hay padres que no son así y que están tan preocupados como yo. Me temo que serán los que paguen las pensiones al resto de los ninis con los que comparten hoy pupitre en las aulas. Ni que decir de mi jubilación, que seguramente me llegue a los 80 años.

 

 

Quien bien te quiere, te hará llorar (del refranero clásico).

El refranero castellano clásico está lleno de frases con profunda sabiduría, que por aquello de las prisas y de la modernidad, se han terminado olvidando, y por desgracia sustituyendo por cientos de frasecitas facilonas y recurrentes de las redes sociales. Yo creo que muchas de ellas no aguantan ni medio asalto con la vida, y la prueba es que van cambiando y siendo sustituidas por cientos de miles que saturan las mentes y atrofian la sapiencia, dejando en su lugar la sensación de un buenismo tan infinito como falso. Con el refranero clásico no sucede igual, como mucho se percibe el paso del tiempo, el cambio de la sociedad en la que surgió, pero no la infinita sabiduría que esconden en pocas palabras. Pocas palabras para enseñar mucho.

Hoy me centro en esta “quien bien te quiere, te hará llorar” que se ha convertido, por su mala interpretación y su deficiente aplicación en el azote de pedagogos y de demagogos de todo tipo y condición. Es uno de los refranes más perseguidos de la sociedad actual, y como lo mío es pensar y no condenar, pues prefiero pensar en el refrán y ofrecer mi reflexión filósofica. Qué sino.

La primera filosofía que encuentro en ella es que el amor hace sufrir. Sin más. No es cierto que el amor sea una cosa bobalicona, romántica y desencarnada. Eso no es amor, sino una construcción, una entelequia para eludir el presente. El amor es duro. Amar supone querer, apasionarse, entregarse, renunciar y por tanto dolerse y sufrir por la no correspondencia, y porque vemos equivocarse en la vida a las personas que queremos. Los que se aman sufren muchas veces por culpa de su incapacidad para comprenderse, para entregarse, para construir un camino juntos. Amar es sufrir, y ese lado difícil de la vida no puede ser eludido. Tampoco sería justo si dijéramos que en el amor todo es sacrificio y que no otorga ninguna satisfacción. No somos masoquistas, aunque nos toque sufrir alguna vez por los que queremos. Amar y sufrir forman parte de la vida, y las personas que renuncian a sufrir, casi siempre terminan renunciado a amar.

Por eso sufre el padre cuando sus hijos se tuercen; sufre el hijo cuando el padre le quiere corregir; y sufre la sociedad cuando en lugar de decir “quien bien te quiere, te hará llorar”, afirma “quien bien te quiere, te dará placer”. Es hedonismo para hoy, y sufrimiento para mañana. Nuestra nueva generación Z y X son especialistas en la queja, y todo por no haber sufrido lo bastante cuando eran pequeños. Ya llorarán, ya. Y no es porque les quiera mal, sino porque la vida es así.

El refrán conviene no malinterpretarlo. No dice que “quien bien te quiere, te dará cosas malas”. No dice eso. Las cosas buenas no siempre son entendidas por el niño, por eso se llora. Llora el niño con una rabieta cuando su padre le quita las tijeras con las que puede herirse. Ahí está el sentido verdadero del refrán. Lloran los niños porque desean cosas malas. ¿Hay que dejar experimentar con cerillas para que el niño se queme y aprenda? Mejor negárselas, mejor darle pequeñas dosis de libertad, mejor ayudarle a crecer. Mejor reñirle y castigarlo cuando lo merezca.

Es evidente que los niños y adolescentes no siempre aprecian la virtud y los valores que quieren enseñar los padres, profesores o adultos. A menos que sean buenas personas, dicen muchos; pero para eso hay que negarles algo cuando hacen el mal. Repito, las personas que están aprendiendo, los niños y los adolescentes, no siempre saben lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es virtuoso… por eso deben llorar y es bueno que lloren para aprender. No es cierto que se aprenda con una sonrisa, no siempre se puede hacer, y en ocasiones hay que enseñar haciendo llorar a los peques. Proporcionalmente, por supuesto, pero llorar.

Los niños deberían ser los principales receptores del mensaje. Pero los pedagogos modernos se oponen a que lo escuchen. Pobrecitos, dicen. En realidad los prefieren cojos y tuertos para su jaula de cristal, que sólidos y fuertes para la vida. Muchos no quieren que sufran, entre otras cosas porque no son sus hijos, y porque no los tienen. Que no lloren, que estén siempre contentos. Eso está bien, pero el “siempre” es la tentación. Que estén contentos no es el objetivo, sino que sean felices, y para estar felices hay que enseñar a privarse de algo.

Niño, yo te lo digo:

No te quiere bien el que te da caramelitos por la calle, sino tu padre que te los niega porque vigila tu salud.

Niño, no quieren más a sus hijos los que les regalan un móvil con ocho años, sino la madre que se lo niega hasta los 18 años.

Niño, no te quiere más el que te dice que disfrutes con tu cuerpo, sino el que te enseña a respetarlo y a valorarlo.

Pues eso. Quien bien te quiere, te hará llorar.

PD: El refrán tampoco puede leerse al revés, que es lo que muchos, por olvidar las reglas elementales de la lógica, han confundido. No dice “quien te hace llorar, es porque te quiere”. No dice eso. Hay mucha gente que hace llorar porque es mala, porque hace daño, porque es tóxica, y porque no se quieren ni a sí mismos. El dolor por el dolor no tiene sentido, y por supuesto el refrán no habla de violentar a los demás, ni de agredirlos, ni de azotar a la gente. Es una interpretación sesgada e irreflexiva. Cuando sucede tal cosa, entonces el dolor se convierte en un absurdo.

PD2: Finalmente: ¿funciona el refrán cuando uno es adulto? Yo creo que no. El refrán se pensó en su historia para la educación de los pequeños, para que comprendieran el valor de la negación o del castigo que trata de corregir, y ese esfuerzo pegagógico de los mayores tiene que ver con el querer y el amor al niño. Amor verdadero. Por eso entre adultos no cuadra. No lloran más las parejas que se quieren mucho. Sería una relación de desigualdad excesiva. Aquí se habría que rehacer el refrán: “quien bien ten quiere, buscará tu felicidad”, incluso aunque sea alejado de tu persona.

 

Otro varapalo a las “nuevas pedagogías” en LA BUENA Y LA MALA EDUCACIÓN de Inger Enkvist

Es de esos ensayos que debería ser de lectura obligatoria para los irresponsables que se dedican a educar, entre los que incluyo a los colectivos más necesitados de una luz que ilumine sus meninges: padres amigos de sus hijos, profesores dinámicos y/o sindicalistas, inspecciones educativas burócratas y su pléyade de simpáticos pedagogos, y por supuesto, a todos los políticos entregados a empeorar la educación en el mundo desde hace décadas, que son casi todos, por no decir todos.

La sueca Enkvist hace un análisis de los diferentes métodos pedagógicos empleados a lo largo y ancho del planeta, en distintos países y épocas, y las consecuencias culturales a medio y largo plazo. Sus conclusiones son las que estábamos esperando muchos profesores y padres centrados y de la vieja escuela: los países con mejores resultados emplean métodos pedagógicos tradicionales, los países peor parados se empeñan en cagarla con las “nuevas pedagogías”, entre las que se incluye la última moda de estudiar por competencias, que es lo mismo que no estudiar, y por tanto, no aprender. Mejor contenidos y memoria, que dinámicas y buen rollo. Mejor un profe erudito que haga a trabajar, que no un animador sociocultural.

El viejo mito de que se puede enseñar las matemáticas jugando se derrumba. Es mentira. Las matemáticas se aprenden con esfuerzo, tesón, repetición, entendimiento y autoexigencia. Los que saben matemáticas no la aprendieron por ciencia infusa, ni jugando a las tabas, ni decidiendo en libertad lo que tenían que aprender, en plan descubrir el Mediterráneo. El mundo está ya inventado, las matemáticas también, y la pedagogía que funciona también. Una mala educación (que es lo que hay actualmente en casi toda Europa) nos conduce a la edad de piedra. Enseñar a que aprendan por sí mismos es además de una falacia, algo peligroso; y es que el conocimiento se trasmite de generación en generación, no se descubre espontáneamente. Uno enseña y otro aprende. Gracias Enkvist por tu aportación. Hacía tiempo que no oía más que gilipolleces en este asunto.

Es destacable que Inger Enkvist reconoce a los profesores y maestros de toda la vida, los de siempre, que en lugar de perder el tiempo divirtiendo a los alumnos, se han preocupado en enseñar. Son docentes que en lugar de relegar la memoria en clase, se empeñaron en enseñar y exigir de memoria las tablas, poemas, canciones, o textos de Shakespeare. ¿Por qué no? Gracias a ellos, el desastre no es mayor. Y es que en el fondo, nadie como un profesor para darse cuenta de lo que funciona o no, de la pedagogía que hace que los niños sepan cosas, y de la que los mantiene en la ignorancia.

También me llama la atención que Ekvist critica sin tapujos la progresiva degradación educativa de los profesores. Las nuevas pedagogías ha ido impregnando a las nuevas generaciones de profesores, y han logrado que actualmente los profesores sepan menos de su materia, y por tanto estén peor preparados para dar clase. Por mucha pedagogía-jueguito que sepan, si no dominan lo que deben enseñar, no podrán enseñar con calidad. ¿Exagero? Las oposiciones a profesor en Castilla y León han dejado bastantes plazas sin cubrir porque los aspirantes no alcanzaban el mínimo. Por supuesto los sindicatos gritaron, no para que exigieran más, sino para que los profesores tengan menos nivel. Venga, tío.

Otra prueba: acabo de ver en el libro de texto de mi hija de 4º Primaria la palabra “absorver”, en lugar de la correcta “absorber”. Si en eso yerra un libro de texto, cuya función es enseñar a leer y escribir sin faltas, ¿qué no sucederá con el resto del país? Un desastre, ni más ni menos. Las nuevas técnicas para enseñar a sumar y restar son peores que las que aprendí yo de pequeño, lo constato. Antes los maestros eran más claros que ahora, tenían ideas más claras, y eso solo se debe a que sabían más. Ahora está todo lleno de pegatinas y de mariconadas, y aprenden menos. Quizás la excepción sea la enseñanza de los idiomas, pero no nos engañemos con que hay ahora más medios, porque también he visto que hay alumnos de quince años que han dado cientos de horas de inglés desde que tenían dos años, y no saben decir ni jota en ese idioma.  Autocrítica, se llama.

Inger Enkvist constata el deterioro cultural y social de muchos países del mundo, y hace especial incidencia en Suecia, que es el suyo. La nueva pedagogía ha bajado el nivel educativo del país; en cambio en Finlandia, donde impera la pedagogía más tradicional, basada en el esfuerzo y la exigencia, con los mejores profesores preparados posibles, y una carrera profesional de prestigio como es la docencia, los resultados son mejores para las pruebas estandarizadas internacionalmente y que componen el informe PISA.

Es también curioso que el informe PISA, siendo un modelo de examen acorde a las nuevas pedagogías, no tenga mejores resultados entre los alumnos que han sufrido las “nuevas pedagogías”. En cambio los alumnos con sistemas de aprendizaje tradicional, los asiáticos sin ir más lejos, logran los mejores resultados del planeta.

Se suele contestar que la autoexigencia que tienen los alumnos asiáticos conduce a suicidios, por lo que no es oro todo lo que reluce. Pero contesta Inger Enkvist que no es mayor que el porcentaje de suicidios que hay en Suecia; y me atrevo a decir, que en España no estamos mejor en este tema, sobre todo si añadimos los suicidios por acoso escolar que se generan cuando las nuevas pedagogías pululan por las atmósferas de un centro educativo progre. Cuanto más disciplina, trabajo, esfuerzo y estudio haya en un centro educativo, menos conflictos y menos mear fuera del tiesto por parte de los alumnos. Nuestro fracaso son los “ninis”, ni estudian ni trabajan. Algo que no existía cuando las viejas pedagogías sí existían.

Por supuesto, a los profesores sometidos a las “nuevas pedagogías” nos obligan a tener buenos resultados, nos obligan a hacer cientos y cientos de papeles, informes, currículos, valoraciones, evaluaciones y muchas más monsergas que en general no suelen mejorar la educación ni las clases. Papeles y más papeles para explicar a un padre por qué su hijo (que no ha ido a clase, o que no ha abierto un libro en todo el curso) ha suspendido. Como mucho mejorarán los resultados por prevaricación inducida, pero no porque los alumnos aprendan más cosas

Inger Envist afirma contundentemente que las pedagogías que se centran en el aprendizaje correcto y profundo de la lengua son las que logran alumnos más creativos, con más capacidad crítica y por consiguiente con más libertad. No es necesario meter “moralina” de cuando en cuando, como pretenden ahora los que han arruinado la cultura de mi generación y de la siguiente. Para que la peña piense por sí misma, basta con exigir que lean a los clásicos, a los autores difíciles, a los que dicen algo sin pamplinas. La mejor educación contra la violencia de género no consiste en contarnos mentiras sobre Hipatia en un cursillo de lerditos; sino en leer el Quijote, o Madame Bovary, o a Séneca.

Afirma Inger Enkvist también que los emigrantes sometidos a sistemas educativos de exigencia y esfuerzo logran integrarse mejor (analiza Francia y otros países europeos que han coqueteado con las “nuevas pedagogías”). Los países que se atontan con el buen rollo de la comprensión, los que hacen que el alumno sea el rey de su fiesta, acumulan masas de desarraigados y de predelincuentes.

En Castilla y León, la comunidad autónoma española donde vivo y doy clase, donde hay un buen número de profesores que preferimos la pedagogía de toda la vida, donde los alumnos proceden de ambientes funcionariales (importa el estudio para ser algo en la vida), y donde la lengua castellana se aprende en el hogar primero y en la escuela después, y de manera excelente, tenemos unos resultados educativos semejantes a los de Finlandia. Si quitan la inspección y ponen la clase de religión obligatoria, es que lo bordarían.

 

Consejos de un profesor que educa a sus hijos.

El pasado septiembre cumplí 20 años dedicado a la profesión de docente, profesor, maestro y educador en Secundaria. Por mis manos han pasado cientos de alumnos. Sé que en muchos he dejado huella, y en otros no tanto. No son pocos los que me recuerdan cuando me los encuentro, y son bastantes los que me siguen por las redes sociales. Aprender de ellos es la mejor experiencia que uno puede tener, y enseñarles cosas que no estaban en los libros la mejor recompensa.

Quizás por ello me atrevo a dar unos consejos a los padres. Consejos que también me doy a mi mismo, pues educar en casa y en el aula forman parte de un mismo proceso de trasmisión de valores, saberes, emociones y energías. Los mejores educadores suelen ser los que no hacen gala de ello, ni ruido. Y sin embargo se les sigue recordando indefectiblemente durante toda la vida. Se parecen mucho al abuelo de la familia, que desde un rincón hace presencia y da ejemplo de vida. A una madre que abnegada y en el día a día consigue que el chico salga adelante.

Mi primer consejo para educar bien es dedicarle TIEMPO a la tarea de educar. Educar es costoso. Educar requiere tiempo y esfuerzo. Sé que es más fácil encender la tele para no oír al nene, y que es más sencillo darles una tablet para que se entretengan sin que nos molesten cuando son ruidosos y pequeños, y se aburren. Todos lo hemos hecho. Pero estoy seguro de que eso no es educar. Educar requiere esfuerzo y tiempo. Un tiempo dedicado a estar jugando, haciendo los deberes, viendo juntos una película, viendo un museo, viajando y hablando es educar. Comer juntos es más educativo que no verlos en todo el día. Los niños son pesaditos, y los adolescentes puede que más. Pero estar con ellos compartiendo algo más que el techo es un principio educativo. Los padres que están todo el día trabajando sin ver a los hijos, no los educan.

Es más, y añado un último apunte, cuanto más tiempo les dediquemos de pequeños, más SEGURIDAD adquirirán y más autoestima natural tendrán de mayores. Los niños que se educan solos, están llenos de inseguridades y de complejos, son egoístas y supervivientes. No se amoldan al cariño que les ofrecen y son incapaces de ofrecer cosas buenas. “Te he hecho la cama porque tú me has ayudado a vestirme”, me dijo el otro día la pequeña de forma natural cuando ví que lo había intentado. Se atreve a hacer algo bueno, y lo hace porque te quiere, porque te ve apurado. Porque se siente segura contigo.

Tampoco el tiempo compartido puede hacerse de cualquier manera. Educar consiste en ser un EJEMPLO para ellos. No se puede exigir a los chicos que lean, cuando no le ven a uno leer nunca. No podemos decirles que hagan deporte, si no nos movemos de casa. No les podemos pedir que estudien, cuando no tenemos ningún interés por aprender, ni por saber nada, ni por otra cosa que no sea el partido del domingo y envejecer con una birra en la mano. Este problema antes no se daba, pero es evidente que no tienen los jóvenes, ni los niños, buenos ejemplos, educativos ejemplos en los padres. Lo que ven en casa lo aprenden, lo toman como un modelo. Si los padres son adictos al móvil, es ilusorio que los hijos sean amantes de la lectura. No nos engañemos.

El debate sobre qué debe ser ejemplo, y qué no, dependerá de cada familia y del conjunto de valores que uno quiera trasmitir a sus hijos. Pero no hay que olvidar que si uno es egoísta con sus hijos, ellos lo terminarán siendo con los padres. A la larga tenemos las de perder. O las de ganar. Lógicamente, yo me muevo bajo el aroma de unos VALORES basados en el humanismo cristiano, pero esos valores secularizados también son válidos para todos: amor, perdón, respeto, reconocimiento, bondad, solidaridad, misercordia, escucha, observación, reflexión, servicio, esfuerzo, libertad, alegría, sensibilidad,… Educar consiste en trasmitir esos valores de una forma u otra. Hacer que sean algo más que buenas personas. Que sean ejemplares también para cuando tengan hijos.

El tercer consejo que puedo dar es que es imprescindible PONER LÍMITES y mantenerlos. No es necesario tener cientos de miles de normas. Ellos saben perfectamente lo que está bien y lo que está mal. Pero deben sabe que cuando hacen algo mal hay CONSECUENCIAS. Educar en responsabilidad consiste en dejar que cuando abusan de la libertad que se les ha concedido, respondan de la consecuencias, sean buenas o malas.

Si han aprovechado su libertad, y han actuado bien hay que reforzar ese comportamiento de manera que a ellos les mejore la autoestima y la seguridad. Creer en uno mismo es la primera tarea que debemos hacer los educadores, padres y profesores. Si por el contrario, su comportamiento ha sido errático y equivocado hay que hacerles ver el error, y en todo caso, independientemente de su interés por asumir las consecuencias, mostrarles las consecuencias.

Finalmente no hay que perder de vista que los padres son la AUTORIDAD, y la autoridad y el mando se debe ejercer con firmeza y con cariño. Sin doblegarse a las presiones, y sin machacar al contrario. Es así simplemente porque “soy tu padre y esto se hace así por decisión mía”. Sin ceder. Las casas donde los que mandan y se hace lo que quieren los hijos, son simplemente casas con niños maleducados. Es mejor estar colorado una vez que ciento amarillo. Educar supone aguantar el berrinche alguna vez. Si se cede al berrinche y a los caprichos del pequeño (o el adolescente) entonces ten la seguridad de que será maś cansado ejercer el mando la próxima vez.

Finalmente, educar implica MOSTRAR EL CAMINO, no recorrerlo por ellos. La vida de cada uno es de cada uno. Aunque se sea muy pequeño, nuestros hijos no son nuestros. Los educamos y les robamos la libertad mientras son pequeños, pero según crecen debemos aceptar sus decisiones, ayudarles a tomarlas responsablemente, empujarles a la vida sin miedo. Nuestros hijos son de DIOS, de la sociedad, de todos. Mostrar el camino supone decir que no muchas veces, para que luego sepan decir que sí cuando no estemos a su lado. Si les allanamos todos los obstáculos, les haremos blandos e incapaces. Es mejor que sepan superarlos por sí mismos.

14 de Febrero: San Cirilo y San Metodio, patrones de Europa.

Gracias Batman, hay que acabar con los malos.

Todos los años la misma monserga. Que si San Valentín, que si vivan las tórtolas y los palomos, que si me tatúo en las costanilla tu nombre de mujer o de macho camacho. Pues no. El 14 de Febrero es el día de San Cirilo y San Metodio, patronos de Europa y dos de los personajes más interesantes e importantes de Europa. Ale, a mamarla todos los gilimorados, y que vengan los intelectuales constructores de Europa, incluido Batman.

Seamos realistas: no vamos a tirar las campanas al vuelo, más que nada porque en Europa está la peña a por uvas, y en asuntos de religión, vivimos en un permanente deshaucio intelectual, solo a la altura del olvido del mundo clásico. Si la plebe no sabe quién descubrió América, ni en qué año, para qué vamos a exigir que sepan cuáles fueron los personajes más notables de la cultura occidental. Mejor que nadie sepa nada y que venga Aída Nízar con sus grandes declaraciones, que para eso es de Valladolid.

El otro día, en un programa de televisión, una parejita quedaba para cenar y… ¡A ver si surge la chispa del amor! El muchacho era normal, le gustaba hasta leer, la piba era subnormal, (aunque ella pensaba que era al revés), y dijo una frase fantástica: a mi es que cuando leo me duele la cabeza. Ahí es nada. La tía llevaba un rollo zafio que tiraba para atrás, pero ella no era consciente de que hacía el ridículo. Aunque para qué negarlo, los que debemos hacer el ridi somos ya el resto, porque son mayoría los que no leen. Así que a la minoría no nos queda más remedio que resistir, y la mayoría, a comprar un detallito para el parejo, que se nos mosquea si no nos vamos de cenita romántica donde no hablamos más que de tu madre y de mi jefe. Cada día lo tengo más claro: Leer perjudica seriamente la salud mental de la gente ignorante, les hace entrar en estado catatónico, y eso sucede hasta que se han leído veinte libros o más. Consejo: Regala libros en honor de San Cirilo y Metodio y tus amigos mejorarán.

Todo esto tiene que ver con la caída del Imperio Romano, que viene sucediendo desde hace siglos y siglos hasta hoy. La secularización del siglo XX nos arrastra. ¿Para qué vas a leer a Voltaire si pasas de la religión? Al final ni Voltaire ni Chateaubriand. Y menos Nietzshe que es un facha. Por eso, al final a la gente no le queda más que San Valentín, que es un santo a la altura del hedonismo contemporáneo. Santo Tomás si que era un santo fetén, con un par de docenas de tomos enlatinados de Summa Theologica. Era patrón de los estudiantes y de los profesores de bachillerato y universidad; en cambio ahora, el único santo de los estudiantes es San Tocarse la Minga, y Santa Reclamación de mis Derechos. Gracias a ellos, y a la Junta, disminuye el fracaso escolar logrando llegar al ansiado éxito educativo que tanto licúa a nuestros políticos.

Lo siento pero lo tengo que decir: San Valentín es un santo que ni te lleva a Dios, ni nada por el estilo; y un santo así, todo hay que decirlo, es casi más un invento del demonio que de la iglesia. San Valentín forma parte del grupo de los mártires de la iglesia romana en las primeras persecuciones, cuyos relatos se mezclan con la leyenda. Seguro que hubo un San Valentín que se retuerce de pena en el cielo cada vez que llega su día. Me imagino a San Cirilo y San Metodio tratando de consolarle, pues debe ser duro llegar a santo y que te traten como si fueras un osito de peluche para niñas idiotas que ni se van a comprometer con el maromo, ni desean hacer un proyecto común con nadie que no sea su ombligo empercingado.

San Cirilo y San Metodio son más potentes. Metodio creó el alfabeto cirílico, y lo llamó así en honor a su hermano, que fueron evangelizadores de media Europa, la Europa eslava. Se les reconoce y aprecia por igual entre los católicos, ortodoxos y reformados como santos importantes de la iglesia cristiana, y eso no es nada fácil, lo cual indica, entre otras cosas, que estamos ante gente de altura intelectual, moral, etc.

Su gran problema fue, ya se imaginan, que nacieron en unos siglos que otros han llamado de hierro y de oscuridad (siglo IX). Claro, primero apagamos la luz, y luego decimos que no hay nada. Pues sí hubo algo, y más que ahora me temo. Estos dos hermanos procedían del Imperio Bizantino, y tenían una importante carrera, Cirilo como bibliotecario de Santa Sofía, y Metodio en la administración política como gobernante. Sin embargo, prefirieron dar un cambio de rumbo (¿les suena?), tomaron las de Villadiego y se recluyeron en un monasterio, donde seguramente encontrarían gente de bien y una vida entregada al Señor en la oración y la espiritualidad. El retiro del saber y la oración.

Sin embargo, no iba a ser el lugar donde les llamara el Señor, por obediencia al Patriarca de Constantinopla salieron del monasterio para evangelizar a los pueblos de las fronteras septentrionales de los bizantinos. Tradujeron la Biblia a las lenguas eslavas inventando para tal fin un alfabeto nuevo, llamado glagolítico y que conocemos como cirílico, pues tal nombre le dio Metodio en honor a su hermano. El Papa Adriano II reconoció el uso de la lengua eslava en la liturgia, y por supuesto, estos dos hermanos evangelizaron media Europa alfabetizando y logrando mejorar sus condiciones de vida. Casi nada.

Son además patrones de Chequia, Eslovaquia y Bulgaria, países que existen, aunque muchos españoles no sepan situar en un mapa. Por eso en los colegios, desde hace unos años, se celebra San Valentín. Se recauda dinero vendiendo clavelitos que se reparten por las clases, y los chicos están superfelicesguays sin traumas ni nada que los agobien. Y los padres más contentos todavía, de ver que no les ponen deberes a los pobres.

Es lógico, la alfabetización que lograron Cirilo y Metodio está haciendo aguas precisamente donde más nos duele.

Vocabulario nuevo del escritor: empercingado: (del inglés piercing: colgajo) dícese del cuerpo humano con exceso de anillos, pendientes y joyería que precisan taladro en la piel y que algunos creen que es bonito. 2. Del verbo empercingar: colgarse anillos en los huevos y otras partes del cuerpo que no son el lóbulo de las orejas.

Los profesores estrella.

La red está llena de buenos chistes sobre la educación. Estos de Manel Fontdevila son simplemente geniales. Y es que ahora se lleva mucho el profe estrella, en plan star system of beautiful. Los padres son los primeros que quieren que les den clases esos tíos con imaginación, buen rollo,… que lo mismo entretiene a un grupete de alumnos que se desvive contando chistes y dinamizando la clase para que nadie se sienta mal. Es la victoria del profe estrella, el profe guay, el profe que todo el mundo quiso tener, el que no enseña de manera ordenada, pero que paqué. ¿Para qué saber algo estructurado y ordenado, si la misma legislación  educativa es caótica en sí misma? Pues eso, nos van a salir tontos y con razón, y todo a costa de convertir a los profesores en animadores de aula.

En realidad la educación es otra cosa menos divertida. A nadie le gusta que se le recrimine la conducta, y a nadie le mola tener que decir las cosas que se están haciendo mal. Tampoco puedes estar diciendo cosas amables y buenas para animar siempre, aunque venga bien a todos, porque no siempre se debe ni se puede. Dar clase, y educar a niños y adolescentes, tiene poco que ver con ir de ocurrencia en ocurrencia, haciendo cosas ingeniosas para que disfrutemos todos de la vida. Se confunde aprender jugando (propio del jardín de infancia) con jugar para ver si aprenden algo.

La ciencia infusa no llega por mucho que pongamos películas, apliquemos jueguecitos y nos lo pasemos bomba. Eso está muy bien, pero no debe presuponer aprendizajes nuevos. Y es que para aprender se necesita esfuerzo, atención y constancia. Precisamente tres cualidades que hoy brillan por su ausencia en los educandos de hoy: poco esfuerzo porque han nacido en la cultura del bienestar, y aprender no es tan placentero para ellos como jugar a la play; poca atención porque no son capaces de mantenerla cuando está rodeados de estímulos constantes; y poca constancia porque se cansan rápido de todo.

En el fondo, lo que piden de verdad lo alumnos, es cierta rutina que les dé seguridad, para saber a qué atenerse. Luego, y solo luego, podrán romper la rutina para hacer otra cosa, que entonces sí, será valorada y divertida. Pero convertir la escuela es un parque infantil, con profes atracciones y divertimento sin control no educa a la gente, simplemente la entretiene y les engaña, porque creen que saben algo, cuando no saben casi nada. Esto hace daño a los alumnos, y deteriora la sociedad misma, que proporciona títulos a gente que no se lo merece. Se disfruta más de algo cuando se carece de ello, que cuando se tiene en abundancia; y divertirse es ese “algo”.

Educar tiene que ver con trabajar, con prepararse para hablar bien, con escribir correctamente, con no vocear a destiempo, ni pedir ir al servicio cada minuto. Educar tiene que ver con ser ejemplo, y el mejor ejemplo para que un alumno trabaje es un profesor trabajador. Puede ser divertido ver una película en clase, incluso instructivo, pero si el alumno no memoriza ningún contenido abstracto, no habrá aprendido nada. Se puede memorizar la tabla de multiplicar con canciones, pero como no se practique con cientos de ejercicios y multiplicaciones (deberes, sí deberes) pues no sabrán multiplicar. Los ejemplos motivadores son estupendos el primer día, pero al segundo y al tercero los alumnos se aburren. ¿Otra vez peli? Y es que el ansia por pasarlo bien y no hacer nada es infinito, y el trabajo y el esfuerzo de aprender es muy, pero que muy finito y limitado. Por eso, no hay que caer en la trampa de los profesores estrella, porque su programa de variedades acaba cansando y decepcionando; o está tan sometido a genialidades y cambios que termina estresando a los chicos. Además, cada alumno querrá hacer una cosa distinta según pase el tiempo.

Los mejores profesores que tuve explicaban bien, nos exigían, nos hacían currar y eran tipos agradables y cercanos. Ya está. Un profe que sea divertido no es un profe, no me va a poder exigir nada, y si me lo pide le contestaré con cachondeo, como el que me trata a mi. Un profe que me da conversación no me enseña nada, o casi nada. Puede ser algún día, pero si es la costumbre iré a un bar de tertulia, no a clase. En cambio un profe que me explica algo, mientras estamos todos en silencio respetuosamente, y luego me obliga a repetirlo, me está enseñando algo. Aunque me fastidie estar así, me está enseñando.

Ahora el sistema educativo premia a los profes guays que divierten a los chicos, y los padres están encantados de que sus hijos estén supercontentos con el profe ese. No saben lo que están exigiendo, porque los buenos profes son precisamente los que más hacen sufrir y trabajar a sus hijos. El problema será cuando vaya a la compra y no calcule la vuelta; escriba por whasap y no se le entienda; le hagan preguntas sobre la guerra civil española y la confunda con la guerra de la independencia. En realidad ese tema no lo estudió, vio una peli, mientras su profe le contaba lo malo que es el fascismo, y el chico hizo una redacción libre sobre el tema que le quedó estupendo. Le aprobaron para que las estadísticas fueran acordes a los deseos de un político que presume de reducir el fracaso escolar. Entonces la gente se lleva las manos a la cabeza. ¿cómo puede un universitario no sepa nada de eso? Es que pasaron de curso divirtiéndose, y no se quedaron con nada. Eso sí, son arquitectos, ingenieros,… con flamantes títulos y ninguna cultura. ¡Señor, Señor!

¿Por qué triunfan los populismos?

El asunto no viene de nuevas, desde hace unos cuantos años vencen en elecciones los que nos parecen a muchos los más mentirosos, los más fantasioso, los que dicen más tonterías por minuto, los más incoherentes, los más idiotas y los más lerdos, pero que por falta de contraste, en parte, y por otras razones, que ahora vamos a analizar, terminan llevándose el gato al agua.

Ganan las elecciones, y la peña se queda cariacontecida, asustada o lloriqueando directamente. ¿Pero cómo ha ganado este tío? Te dicen asustados. Lo que yo me pregunto es si alguien se mirar en el espejo; porque el triunfo de los populismos lleva funcionando en Europa desde hace bastantes lustros. Por lo menos se me ocurre desde que Napoleón III ganó las elecciones en Francia (en 1848) simplemente porque se presentó como pariente de Napoleón I, (otro iluminado en plan Hitler que pensó que se podía invadir el mundo a la fuerza). Francia de populismos sabe mucho, es verdad, y a las pruebas me remito, pero también sabemos mucho de lo mismo en Alemania, Rusia, España, Portugal, China, Japón, Corea del Norte, Gran Bretaña, Austria,… y por continentes la palma se la llevan en América del Sur y África. Cada poco tiempo surge un iluminado en la historia, un tío que promete el oro y el moro, y la gente se va detrás como los ratones con el flautista de Hamelín. Como los niños detrás de la música que tocan.

No hay que olvidar que el populismo es un fenómeno de la modernidad y la posmodernidad. Llegó con los nuevos vientos que trajo la Ilustración (uno de los periodos más nefastos de la historia), en la que se empeñaron en contarnos la falacia de que el pueblo era bueno y sabio (decía el vagabundo Rousseau), y que no se dejaba engañar porque era cantidad sabio y racional. Y claro, como es mentira, pues pasa lo que pasa. Que al pueblo le engaña cualquier mercachifle con cuatro ideas que suenen estupendas, incluso aunque no sean coherentes las cuatro ideas entre sí. El pueblo, ya lo decía Séneca, es una turba asquerosa, una masa lacerante para la filosofía y la inteligencia, estúpida y manipulable hasta decir basta. Aristóteles sostenía que el pueblo siempre elegía a sus representantes en función de sus intereses y de sus pasiones, por eso acaba degenerando la democracia en la demagogia. El prefería la monarquía como el mejor sistema político, cuya degeneración era la tiranía. Es curioso, que tanto D. Trump como H. Clinton, que son bastante parecidos en su afán por manipular a la peña, los veamos como rivales cuando apenas son basuras de distintos contenedores. En realidad no había mucho que elegir. Una representa el sistema que no funciona y está infectado de listos que se aprovechan del mismo y te venden la moto, y el otro es el antisistema de un tipo cuyo primer éxito a consistido en acojonar a Europa, para disfrute del ruso Putin.

El populismo tiene como principal caldo de cultivo la impotencia de una sociedad que se harta de ver incompetentes gobernando. Les han vendido que el mundo se arregla fácilmente. Que el pueblo tiene derecho a no sé qué cosas, y que esto se arregla rápido. Y no. Hay problemas en política que no tienen solución, y otros cuyo remedio es peor que la enfermedad. A veces no hacer nada es el mejor gobierno (no empeorar las cosas, por favor), pero eso nunca lo hará un populista. Siempre prometerá lo que la gente quiera escuchar, y la gente, por desgracia, está dispuesta a escuchar cualquier tontería que suene bien. Incluso aplaudirá a su líder aunque le suene mal, que es el colmo del populismo.

Profundizo un poco más. El populismo surge cuando se caen las ideas, las creencias y las convicciones profundas. En una sociedad agnóstica los populismos sustituyen a las religiones. Y en Estados Unidos, cuya religiosidad está dispersa y atomizada en la privatización de la fe, el populismo aparece como la salvación que las religiones no pueden lograr en el ámbito público. Kennedy fue un populista, pero B. Clinton, Nixon, Obama o Reagan también lo fueron. América necesita salvadores, y el presidente es lo más parecido a un superhéroe para ellos. Lo llaman líder, pero en realidad es una divinidad con fecha de caducidad. Una divinidad con pies de barro. Al menos sabemos que se largará en cuatro años, a lo sumo ocho. Gracias democracia.

Lo peor que le puede sucederle a una sociedad, y de eso las democracias tampoco son inmunes, es tener un populista tras otro, porque no hay forma de salir del agujero. Es lo que ha pasado en Argentina, en Venezuela o en Rusia con Yelsin y Putin seguidos. Se enquistan y parece que no hay forma de “desectarizarlo” todo. En España, el populismo lo despertó Zapatero y lo va a consolidar Pablo Iglesias, que es un ZP sin corromper y un Che sin escopeta. En cambio, la derecha en España no quiere populistas, porque ya tuvieron a Franco y saben bien que un gobernante no tiene por qué ser simpático. Que se lo pregunten a Aznar o a Rajoy, que caen mal hasta a los que les votan. Aquí el populismo vendrá de los perdedores de nuestra historia (izquierda y república), en cambio en otros lugares llega de manos de los  otros derrotados, como fueron los nazis en Francia, por ejemplo.

En Europa los populismos vienen teñidos por el color de la sangre y del pasado. Quizás por eso somos más sensibles y nerviosos a los lumbreras ajenos. Ya sufrimos a Hitler, un tipo que encandiló con su música a media Europa (sigue encandilando a muchos sin que lo sepan), o a Stalin, un psicópata que murió en la cama y que algunos todavía añoran y aclaman. El culto al líder. Normal. Es lo que pasa cuando se pierde el culto a Dios. En palabras de mi querido Chesterton: “cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa“. Pues eso, Europa es un ejemplo claro de rumbo errático en asuntos de política, que es lo que sustituyó básicamente a la religión cuando mataron a Dios. Por suerte, los valores que impregnan los derechos humanos, los que defiende Europa, siguen siendo básicamente cristianos. Hasta que los cambien por otros derechos tipo animalista transexualizado u otra cosa. Vamos camino.

Nuestra próxima “sorpresa” populista será Le Pen en Francia, igual que Siriza en Grecia, y en el futuro Pablemos en España. La gente tiene que creer a algo lo suficientemente deslumbrante, aunque sea estúpido. Algo que no recuerde la inanidad en la que vive, ni su vacío existencial, ni el errático devenir de su sociedad y cultura. Aquí estamos además, en España me refiero, bien adocenados gracias a los cuarenta años de dictadura educativa socialista, esa que ha impedido una Trascendencia con la que combatir el populismo. ¿Qué dices? ¿Qué están paralizando la LOMCE? Igual estaremos otros 40 años más, 80 en total. Aunque ya te digo, son contenedores con la misma basura. La LOMCE, la LOE, la LOGSE y lo que venga. Aquí estamos de populismo hasta las orejas y subiendo.

 

 

Por favor, ¡ponga deberes a mis hijos!

educación

La CEAPA, que es una asociación de cuatro amigos que dicen ser padres de alumnos en los centros públicos (donde si no), han declarado la guerra contra los deberes durante el mes de noviembre. Se nota que esperan buenas notas en diciembre, primer trimestre y evaluación; por eso, sedientos de ganas de disfrutar de sus hijos, se han lanzado a tontear con la educación de sus vástagos, y les han prohibido que estudien, que aprendan y que hagan deberes en casa durante noviembre. ¿Para qué está el cole? Y tienen razón, está para estudiar, aprender y superarse. ¿O estaba?

Dicen que son miles de asociaciones, la CEAPA, pero en realidad subsisten sin apenas representación en ningún colegio. Yo, tras casi 20 años dando clase solo he conocido a una señora que era de la CEAPA. En realidad era de CCOO camuflada, agente de género y estaba allí para decirnos lo que había que hacer. La señora tenía un hijo por algún curso, y se llevó un berrinche cuando tuvo que dejar de mangonear en el Consejo Escolar porque su hijito ya había crecido. Gracias a Dios se largó. En los demás siete centros donde he dado clase, nadie era de la CEAPA. Había padres más o menos normales que hacían un servicio estando en un Consejo Escolar que no terminaban de entender para qué servía, pero que con generosidad contribuían con lo que podían. Normal. Yo siempre he pensado que los padres tienen cosas mejor que hacer que meter sus narices en los colegios. Educamos a la vez, ellos en casa y nosotros unas pocas horas en el colegio (por las mañanas), hablamos con ellos de cada chico en concreto, porque cada persona es distinta, pero de ahí a que se metan en clase a contarnos lo que hay que hacer hay un abismo.

Los profesores intentamos doblegar los espíritus indómitos de sus hijos, y la mayoría lo agradece; pero siempre hay peña chunga con el tema de la educación, y se tienen que hacer notar montando la fiesta de la escuela laica (no respetan las creencias de los demás), y en este caso la fiesta de los “sindeberes”, que lo hacen para putear a los hijos de los que tienen carrera. Estos últimos son los que traen siempre los deberes hechos y razonan en una tarde más que los de la CEAPA en doscientos años. ¿Por qué se han metido en este berenjenal? Para mi que se aburren con Rajoy, porque como les ha quitado la reválida pues ya no saben contra qué protestar.

En el fondo, esta gente de la CEAPA hasta el gorro de sus hijos, y como no pueden con ellos, pues han decidido que para mejorar la calidad de la enseñanza hay que evitar hacer deberes a toda costa. Reclaman que quieren pasar más tiempo con sus hijos, y en lugar de quitarse del aerobic, de la champión y del sálvame, para jugar a la play con sus cabroncetes, dicen que quieren menos deberes y más fiestuqui. En realidad los deberes los hacen con sus hijos (es una forma exigente de pasar tiempo con ellos), pero claro, hacer deberes es un engorro, en cambio capullear con el angelito como si fuéramos adolescentes reproducidos sedientos de ocio y findes guays, pues como que debe dar más gustillo.

A nadie se le escapa que el mundo de la educación se ha convertido en un inmenso contenedor de despropósitos, por cierto, casi desde que la CEAPA existe. Los profesores tratan de hacer lo que pueden ante alumnos que cada vez saben menos y exigen más derechos. Los planes de estudios son tan deficientes como los que los hicieron, y es fácil que dar clase se convierta muchos días en hacer el capullo delante de los alumnos. Hay que contarles muchas necedades políticamente correctas (la que nos mandan), darles clase en un idioma desconocido (los bilingües), y simular que hacemos mucho cuando en realidad más de un día perdemos el tiempo mandando callar a cuatro sinvergüenzas que se pasan la autoridad, el orden y la disciplina por el forro. Dar clase en muchas aulas es un tormento, por eso, para intentar que aprendan algo más, o que se pueda reforzar la materia que a duras penas se da en clase, se inventaron los deberes.

Los alumnos de un aula son muy distintos, esa es la realidad, y los padres también. Hay padres que te piden más deberes para reforzar a sus hijos, porque verdaderamente están preocupados por su rendimiento. Los alumnos que hacen los deberes sin despeinarse y en cinco minutos son los menos, pero también los hay (cada vez son menos). Es verdad que esos alumnos no necesitan deberes, porque suelen ir muy bien, pero los hacen porque es su deber. Los hacen bien y rápido. La mayoría de los alumnos , tanto ordinarios como los etiquetados (piles, acnés, tdh y tda,… ) como empastillados por los psiquiatras (no es broma), necesitan reforzar con ejercicios los conocimientos, es una buena forma de asentar lo que se aprende en clase, de repasar. Además, les sirve para ordenar el tiempo de la tarde con el hábito de hacer “algo”, lo que será imprescindible para cuando tengan que estudiar exámenes. Lo lógico es que en una hora por la tarde o menos se hagan los deberes (en cualquier nivel otra cosa es estudiar). Hay chicos que tardan mucho en hacer las cosas, y necesitan más tiempo, porque se distraen; y otros que se distraen con una mosca. Precisamente a esos alumnos los deberes les vienen muy bien, porque en clase también se distraen con una mosca, un compañero o haciendo y diciendo bobadas. Si no asentamos los conocimientos no aprenderán las cosas, porque la ciencia infusa, hasta donde yo sé, es negada por la CEAPA. Aunque me dejo sorprender.

Es verdad que el mundo ha cambiado. Cuando los muchachos tenían jornadas partidas, los deberes eran menos, pero ahora, que hay menos horas de clase y muchas de tarde libres, los deberes son una manera de consolidar lo aprendido y hacer algo en casa.  Salvo que haya miles de actividades que hacer, que esa es otra. Creo yo que siempre será mejor un ratito de deberes (lectura, un problema, unos ejercicios… ) que ver la tele o jugar a la play toda la tarde. En los pueblos los chicos se van con la bici por ahí, o a la peña a no hacer nada más que perder el tiempo miserablemente; en cambio en la ciudad se sobrecargan con actividades extraescolares muy del gusto de los padres que presumen de hijos aunque sean unos tarados: kárate, danza china, piscina, baloncesto, inglés, cuenta cuentos o conservatorio, da igual. Muchos padres han jodido a sus hijos con cientos de actividades diarias, los estresan y los idiotizan, por eso cuando llegan a clase rinden menos y están más cansados. Otros están poseídos por los móviles, y otros cuando llegan a los once años se rinden ante la fiesta del alcohol. Ser padre no es fácil, pero si queremos lo mejor para los hijos, el primer deber será educarlos con lo mejor, no con lo más cómodo. Que mi hijo haga deberes en casa es menos cómodo y gratificante que irme con él al fútbol, pero hay tiempo para todo, y educarlos en la incomodidad (también a los padres) nos hace una sociedad más libre y adulta.

El otro día fue noticia, una chica de doce años falleció de un coma etílico por beberse una botella con unos amigos. ¿Qué de quién es la culpa? De los padres, por supuesto, que ni educan, ni se preocupan más que en darles todo lo que les apetece. Si esa chica hubiera estado en casa haciendo deberes en lugar de emborrachándose saltándose la ley, ahora estaría viva. ¿Demagogia? Sí, claro. Es lo único que nos queda ante la estupidez. Y la CEAPA, claro, enfangando la escuela pública de este país.

Estoy esperando que hagan una huelga contra el botellón de los sábados. Eso sí me reconciliaría con ellos.

Restaurante: Hola chicos. ¿Qué deseáis, chicos? Adiós, chicos.

Desde hace muchos años se lleva el tema espontáneo colega en las tiendas, especialmente en las franquicias, que deben tener el “chicos” y el “tuteo” como el principal tema formativo de sus cuadros juveniles de mando.

– El que hable de usted, será despedido de inmediato. Y el que trate al cliente como un adulto será flagelado con una semana limpiando el baño – dice el sabio ingeniero social que abrió la primera tienda en Barcelona y se enriqueció con los guiris -. Hay que decir el “chicos” para todo, y en Navidad, “Felices Fiestas, chicos”; no se vayan a mosquear. Y el que no lo haga que abandone estar de cara al público en una tienda tan juvenil y moderna como la mía.

Entras en cualquier tienda de ropa, hostelería americana o lo que sea, y te topas de pronto con una pipiola o pipiolo, de esos que todavía tienen acné en el tatuaje recién pagado con su primer sueldo, y se dirige a tí con solícito interés. Está mostrando ante él mismo que hace su trabajo de puta madre, y que va a comerse el mundo, por eso tiene a gala hacerte, sin vaselina ni pedirlo, una especie de autopresentación en plan tipo servil y exhibicionista, muy acorde con los tiempos de esclavitud en los que vivimos. Todo muy narcisista y masturbatorio.

– Hola, chicos. Me llamo Vanesa y estoy aquí para lo que necesitéis. Si queréis rellenar el vaso con vuestra bebida favorita cuantas veces queráis no dudéis en llamarme. ¿Ya sabéis lo que vais a pedir, chicos? Vale, chicos; hasta ahora, chicos.

Esa alegría y espontaneidad es fingida, porque de inmediato se dirige a la mesa contigua, la que acaban de ocupar un matrimonio octogenario, a los que trata con la misma fórmula. Chicos, hola chicos, adiós chicos. Suelen hablar muy rápido, con el pastiche aprendido, más que nada para fingir que fuera de ese tema están algo perdidos. ¿La carne muy hecha, poco hecha o al punto? ¿Con patatas, col, patatas caseras o patatas con ketchup?

– Patata de tubérculo, señorita, si me hace el favor – dice el abuelo de al lado que ya me empieza a caer bien.

Pero no lo pilla la chica, porque nuestra querida Vanessa que hace un momento se comía el mundo, está esperando que le respondan en la opción a, b o c para poderlo marcar en su aparatito megaguay que luego deposita en el bolsillo del uniforme de curro como si fuera un móvil de 800 euros. La situación me empieza a molar y aguzo el oído. Además, veo que la abuela se anima a entretener su soledad parlando también de lo suyo, y entonces observo que la labia y la simpatía de Vanessa era casi un barniz, porque no sabe casi ni responder con coherencia.

– ¿Tiene azúcar la salsa de tomate? Es que soy diabética – pregunta la buena mujer.

Y se ha cagado por la pata abajo, porque no sabe nada de diabetes ni de enfermedades; y tras una explicación de cinco minutos sobre la diabetes que padece, punta de un iceberg de las muchas enfermedades que oculta la buena señora, pero que están bajo su avanzada edad, la mujer se distrae dando la brasa a la simpática y solícita Vanessa, que no sabe si largarse dejando a la “chica octogenaria” con la palabra en la boca, o continuar en su puesto sonriendo mientras escucha las dolencia que no conoce ni en su novio disjokey.

Responde la moza, Vanessa, entre interrumpiendo y sufriendo, que lo pregunta ahora en la cocina. La chica tarda un rato, y observo que los viejos están a sus anchas rodeados de gente joven. Tienen esa actitud de regocijo y alegría, se ufanan en sus asientos y se recolocan con parsimonia, porque ven que el tema va para largo, y que gente tan simpática y cercana no hay que desaprovecharla.

A los diez minutos vuelve Vanessa, y ellos contraatacan. Vanessa les responde con una afirmación tan extraña que tienes la certeza de que los señores no se fían un pelo de lo que echan en la salsa en ningún lugar. Y luego llega lo mejor, lo que despierta una sonrisa en los octogenarios. La maquinita se ha vuelto resabia y no le obedece, entre otras cosas porque el protocolo está zaherido de muerte. No sabe Vanessa si tiene que dar en el botón rojo o en el verde para deshacer el lío en el que se ha metido.

– Quítame la salsa de ketchup y ponnos un poco de lechuga de roble, es que la col le da flato a mi marido – dice la abuela, yo creo que con cierta sorna.

– Las máquinas estas es que no valen para nada, donde esté una buena hoja de papel y un lapicero. Lo de toda la vida – dice el vejete que luce una sonrisa bastante más cálida que la impostada de Vanessa. Acaba de triunfar y lo sabe.

La pobre Vanessita y sus amigos, que solo apalabran la col con sus clientes más promiscuos, se vuelve a encontrar con que la palabra “lechuga de roble” no sale en la pantallita, y empieza a sudar hasta que busca ayuda al encargado, que es un pipiolo que lleva simplemente en el negocio tres años más, y por tanto está más curtido con tíos que tocan los huevos, que es lo que son los que no contestan a la encuesta interrogatorio que nos hacen con la velocidad de crucero que se traen. Me encanta esa gente de al lado.

Vanessa, que intenta seguir haciendo su trabajo bien hecho, se dirige a nosotros como si todo fuera estupendo, pero su sonrisa ya no parece la misma, está apurada porque sabe que todos los de alrededor estamos atentos al asunto.

– Ahora traigo su bebida, chicos – nos dice feliz de que nosotros seamos tan conformistas.

Regresa el encargado para entenderse con los abuelos y explicarles que no hay lechuga de roble, y nuestra querida Vanesita, que está madurando hoy más que en todos sus años de escuela logse, mientras nos trae la bebida, se ofrece para que elijan lo que quieran, en plan tentempié previo a los platos fuertes. Pero esta gente es recia como el sol de Castilla en verano, y está más oreada que todos nosotros juntos.

– Hay no, hija. Si es que nosotros comemos muy poquito. Con una ensaladita para los dos… ¿Te parece bien, chiquita, no te hago mucho lío si solo ponéis unos tomates con pepino y cebolla?

Ha sido la tumba del “hola, chicos”, ese “hijita y chiquita” soltados a la intemperie de la espontaneidad. Encima le pide un tomate sin procesar, que es como acudir a una pescadería para rellenar el acuario. Ellos que dan nombres exóticos a las ensaladas de toda la vida, tipo california, ranchera y cosas así, se ven atascados por una petición inusual. El encargado suda, y ni la presencia de Vanessa es un alivio para él, porque no hay otro encargado por encima que le salve el culo. Es entonces cuando Vanessa despierta y con soberana espontaneidad, la que proporciona saber quién eres y dónde estás, abre la boca.

– ¡Ah! Ustedes quieren una ensalada normal, como la de casa – le dice la muchacha con una sonrisa nueva, distinta a las anteriores.

– Claro, hija, claro.

– Pues es que no sale en el menú – dice el encargado -. Tienen que disculparnos.

– Es que quieren una ensalada Orleans, pero sin pollo – dijo la despierta Vanessa a su aguerrido encargado para que atienda a la señora diabética y a su maromo como lo haría con su abuelos.

Y ya no les volvieron a tratar como a nosotros. Nada de chicos, pues fueron los únicos que fueron tratados de “usted” hasta que se despidieron, después de despacharse una ensalada Orleans deconstruida, con el pollo en un plato aparte y sin salsas.

Eso sí, al encargado no lo vimos más. Supongo que estaría en terapia para reconducir su conducta disruptiva, o quizás con la secreta intención de comunicar a su jefe de Barcelona, que a la gente mayor hay que tratarla de usted por si acaso. ¡Qué menos! Por supuesto Vanessa, hábil gestora de la tienda, no nos dirigió ni una sonrisa cutre, y es que no nos hicimos valer.

Adiós, chicos, nos dijo cuando se despidió.

Poema para un compañero maestro que se jubila con gozo.

Enmudecerá la tiza,

pero no tu esfuerzo,

callarán las calles, hablará el silencio,

llorará la noche, gritarán los ecos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero no tu aliento,

seguirá el eco, del consejo cierto,

de la vida, vida,

enseñando esfuerzo.

Los miraste a los ojos,

guardaste su aliento.

 

Enmudecerá la tiza,

jamás tu recuerdo,

de horas regaladas, pasión y desvelo.

Enseñaste a vivir, a exigir sin miedo,

a verlos adultos,

hechos y derechos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero los llevarás dentro,

llevarás su escucha, su dolor, lamento.

El que cambiaste por oro, por sonrisa y sueños.

 

Enmudecerán las tizas,

cuando todos lleguemos,

y te digamos amables,

gracias, compañero.

 

A Julio, compañero y amigo, en la fiesta de su jubilación 28 junio 2016, en el IES González Allende de Toro (Zamora)

 

Este poema, que he escrito hace unos días, y que hemos compartido hoy, es para un maestro que ha dejado huella entre sus alumnos y sus compañeros. Sirva de homenaje a todos los profesores que tratan de hacer del mundo un lugar mejor. Gracias Julio, gracias maestro.

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