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Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

Viejos y nuevos totalitarismos.

Acabo de terminar la lectura de dos clásicos que releí en tiempos tan pasados que casi no guardaba memoria de sus formas: “Rebelión en la granja” y “1984”. Ambos de nuestro querido Orwell. Ni que decir tiene que su relectura me ha llenado de un profundo placer, y un terrible desasosiego que me revuelve en forma de interrogante. ¿Vamos camino de algún nuevo tipo de totalitarismo? Quiero pensar que no, pero tengo dudas. Muchas dudas.

Volver a sumergirme en las inquietantes aguas de Orwell me han traído el recuerdo de otra de las obras apocalípticas de nuestro tiempo, una que ya me llamó la atención en su día, “El país de las últimas cosas” de Paul Auster. Creo que lo leí hace unos dos o tres años. Pero hay muchas más, muchísimas en la literatura juvenil y no tan juvenil donde el mundo deviene en horrible y tremebundo.

Todos estas distopías navegan por mundos repletos de aguas pantanosas y tétricas, sociedades destruidas o lugares de caos y muerte donde se añora el presente opulento, democrático, libre igualitario y plural. Es curioso que la libertad (y por consiguiente la pluralidad) sea la gran damnificada en todos los casos. La libertad, el pensamiento libre, la seguridad y la integridad física. Estos valores son siempre amenazados o directamente perseguidos, en cambio no lo son tanto la piedad, la sencillez, el perdón, la vida o la inocencia. Será que ya hemos abandonado estos valores y no los echamos de menos. No lo sé. El caso es que estos libros a menudo suelen mostrar sociedades totalitarias y son ejemplos de mundos militarizados y politizados hasta el extremo de ahogar a sus individuos en su naturaleza humana, que hoy definimos como libre e íntegra; y a la que yo añado el valor de lo espiritual y relacional para con Dios y los hombres.

La pregunta que nos hacen estos escritores es si no caminamos hoy hacia un totalitarismo. Y lógicamente, releyendo las distintas distopías descubro que no todos los totalitarismos son iguales, aunque sí sean todos terribles y aterradores para el hombre contemporáneo. Mi pregunta es qué sentiría o pensaría alguien del siglo XVIII al leer “1984”, o que idea tendría un franchute en 1774 cuando leyera “Rebelión en la granja”, seguro que lo interpretarían como un infierno no deseable, como una pléyade de pecados absurdos y en comandita. Me queda la duda.

Desde el punto de vista de la antropología social y cultural, no hay grupo humano ni sociedad que no sobreviva generando mecanismos internos que eviten las disensiones graves y corrompan al grupo con su disolución. No existe. Estos mecanismos suelen tener formas muy diferentes, pero todos guardan en común la necesidad de mantener un “mensaje común”, lo que se viene a denominar una “cosmovisión compartida” donde la mayoría se encuadra y se siente cómoda; y dónde la minoría es relegada, tolerada o perseguida.

Nuestra cultura no es distinta al resto de las culturas, y es notable que en muchas de ellas no son conscientes del totalitarismo y el control férreo e ideológico bajo el que viven, pacen y mueren. Sólo cuando salen de su cultura y conocen otras realidades; o simplemente reciben la influencia occidental con su libertad por bandera, rehúsan entonces a lo propio y enarbolan lo nuestro. O se reafirman en odiarnos. Lo cierto es que nadie sufre por no vivir en el mundo idílico que imagina, pues de una u otra forma la gente sobrevive haciendo y construyendo su felicidad con las pequeñas cosas de su alrededor. Por eso la vida en blanco y negro que dibujamos para una sociedad como la España de la dictadura franquista es una falacia contemporánea. La gente también era feliz entonces, unos más y otros menos. Igual que ahora. El mundo no es en blanco y negro, pues el hombre es capaz de vivir los colores incluso en las peores circunstancias. Es evidente que hay mundos menos deseables que otros, pero no mundos donde se haya perdido la esencia colorida del hombre totalmente.

También tienen en común todas las sociedades humanas el control ideológico mediante la trasmisión cultural, es decir la educación. La educación forma parte de algo más que unos contenidos inocuos. Se aprende lo que somos y lo que seremos, y se controla y decide la sociedad del futuro mediante el control del pensamiento y la  memoria contemporánea. Igual que lo muestra Orwell en “1984”. Nuestros libros de texto son un reflejo de lo que seremos en el futuro: más ignorantes y más manipulables que ahora. Que ya es decir.

También es significativo que todos los totalitarismos crean un enemigo al que alimentan para mantener la ideología a toda costa. El miedo a la antítesis es un motor muy importante para los totalitarismos, que crecen más cuando sus partidarios y acólitos perciben que ese mal crece. Cualquier ideología que funciona asustándose de otros, probablemente está generando en sus entrañas algún tipo de totalitarismo aterrador e incontrolable.

Si me pongo a examinar hacia donde va el pensamiento dominante, y desde qué fuentes se generarían los próximos totalitarismos, descubro varias realidades ideológicas que, si Dios no lo remedia, conformarán los totalitarismos del futuro. Son las preferencias sociales públicas que generan una cosmovisión y que ya están impregnando la sociedad. Me detengo en tres aspectos: religión, familia y política. Por ejemplo…

En Occidente se prefiere lo no-religioso a lo religioso Católico. Entre medias se ubica actualmente el agnosticismo débil y la religiosidad costumbrista, que se percibe como menos negativa que la convicción religiosa profunda y la vivencia mística o espiritual fuerte y sólida. El totalitarismo del futuro será ateo. Y si no pueden será islámico, que son más impermeables a estas ideologías totalitarias del laicismo. Los enemigos del totalitarismo ateo son los fanatismos religiosos. Por eso, cualquier persona que se tome en serio la religión es sospechosa de maldad y descontrol. El futuro totalitarismo perseguirá más lo religioso probablemente, o como digo, será islámica.

Se prefieren en Occidente las ideologías de género a la observación empírica y científica de la naturaleza sexual humana. Claramente el feminismo de género y todas ideologías respectivas son una muestra de totalitarismo que quiere modificar la manera de pensar, de hablar y de vivir de nuestra sociedad. De nuevo “1984”, y el Gran Hermano que son los observatorios de género de nuestra sociedad. Cambiar la sociedad y cambiar la mentalidad de la gente. ¿Puede haber un totalitarismo más en marcha que éste?

En este neototalitarismo “el varón heterosexual” es claramente menospreciado frente a cualquier otra persona, dando preferencia a la “mujer empoderada” que es la mujer teóricamente liberada del enemigo, que no es otro que el machismo. Ya tenemos leyes discriminatorias contra los varones, y leyes que persiguen a los que opinan y actúan intentando “sanar” a los homosexuales, por ejemplo. El malo es de nuevo el catolicismo, pero también el machismo y una sociedad en su conjunto que es calificada como patriarcal, y por tanto indeseable.

Se prefiere también al concienciado activista frente indiferente. Este totalitarismo agrede y persigue al pasota de otros tiempos, al hombre corriente que no desea que cambien las cosas. Estos sujetos son acusados de tener hijos, de comer carne o de no tomarse en serio la hipótesis del cambio climático. Es el totalitarismo de los idealistas, de los que sueñan sociedades mejores, y que fácilmente cuando gobiernan o asaltan los gobiernos generan otra cosa. Se repite la granja de Orwell con sus cerdos que ahora en lugar de ser los pensadores aprovechados, son los soñadores. Muchos también aprovechados. Este totalitarismo es de ordinario el del progresismo de izquierda, donde el gran malo es la ultraderecha, o cualquiera que ponga en duda sus “avances” entre los que se encuentra el aborto, la eutanasia y unos cuantos más faros de que efectivamente, caminamos hacia una sociedad totalitaria. ¿Será evitable?

Imagino una sociedad totalitaria en el futuro donde se persiga la religión católica por ser machista y patriarcal, por ejemplo. Una sociedad donde los varones tratarán de disimular su virilidad en favor de arquetipos culturales más afeminados y andróginos. Una sociedad, en definitiva, que tendrá sus cárceles llenas de disidentes. Por eso, donde nos jugamos todo es en la libertad, y sobre todo en la pluralidad ideológica. Es nuestra única posibilidad.

 

Cuando la hipocresía se convierte en estupidez.

Estoy asustado. Bastante asustado. Acabo de bajar al chino de la esquina y un cartel me anuncia que las bolsas TAMBIÉN se van a cobrar aquí. Era el único reducto de inteligencia que nos quedaba en el barrio, y acaban de sucumbir.

Todo empezó cuando a principios de julio algún gobernante presuntamente ecologista, de esos avispados que inundan las teles sin complejos, decidió que se cobraran las bolsas aparte tras la comprita. En plan totalitarismo. Concienciación que le llaman ahora. Que todos seamos guays del paraguays, y si no lo eres te jodes y bailas.

Es sospechosa la medida, más que nada porque en el supermercado te venden cada una de las magdalenas, los cruasanes o lo que sea, en envases de plástico individualizado que son a su vez subsumidos en otros envases de plástico más grandes. Pero los muy concienciadores de masas (los goebels actuales hacen ingeniería intelectual con el beneplácito de la tropa), te cobran aparte la megabolsa de plástico donde metes todos los kilos de plástico y sus minúsculos productos; más que nada para que seas un ciudadano ejemplar y decidas bajar al super con tu bolsa de lona de toda la vida. El siguiente paso es que arrasemos con los bosques para hacernos con envases de papel. ¡Mon Dieu! Me asusto de la hipocresía de los gobernantes cuando coquetean con la estupidez. ¿Se darán cuenta o realmente son idiotas en serie? Yo creo que son bobos e ineptos, y que ese es el origen de la maldad. Socratismo ético se llama. Son malos, porque más que nada son tontos.

Otro caso. Los coches eléctricos y sus subvencionadas ventas. Son más contaminantes que los de diesel, gasolina o gas butano de los taxis. No se han enterado los gobernantes que fabricar electricidad contamina, y que la electricidad la fabrican con abundancia y alegría las centrales térmicas de gas, petroleo y carbón de toda la vida. Las eólicas y las solares son un apaño que no producen con perseverancia electricidad, aunque nos caigan mejor.

Con pensar cinco minutos me basta en este tema: es más INEFICIENTE convertir los residuos fósiles (gas, carbón y petróleo) en electricidad (PASO UNO) que llega a la ciudad, para luego el concienciado ciudadano lo convierta (PASO DOS) a través de una contaminante batería, en energía cinética, o sea movimiento. Es más ineficiente que hacerlo directamente, como hacen los coches (PASO ÚNICO). Y contamina menos en términos globales, pues la máxima de más eficiencia energética, menos contaminación sigue siendo válida. Otra cosa es renunciar al derroche energético y gastar menos. Ir andando al trabajo, vaya. Pero eso no lo potencia nadie, el transporte público también contamina, y las bicis contaminan cuando se quedan viejas y se tiran a la basura.

Los expertos no financiados nos cuentan que el día que todos los coches sean eléctricos, contaminaremos el triple. No en las ciudades, sino en los pueblos donde se instalan las centrales térmicas que fabrican electricidad. Y que no se las quiten que son trabajo fijo. Así son las cosas.

Pero la estupidez hace que a los políticos de nuestro tiempo les dé igual el futuro. Ahora nos venden con triquiñuelas el coche eléctrico, y dentro de veinte años habrá otros adversarios políticos a los que echarles la culpa del desastre. Nunca miran atrás y nunca piden perdón por sus errores del pasado. Nunca hay responsables del desastre educativo, ni de las torpes leyes penales actuales. ¿No tienen técnicos de su cuerda que les digan la verdad? ¿O es que los técnicos son tan estúpidos como sus amos?

Nuestra sociedad española es cada día más hipócrita, muy al modelo anglosajón, que son los reyes del puritanismo. Se les desgarran las carnes ante una bolsa de plástico, en cambio no saben y no contestan frente a mi batidora Braun de 95 euros, que tras ocho años de servicios amables se ha suicidado negándose a seguir currando. Obsolescencia programada, se llama. ¿Y que hago yo ahora con los cinco accesorios de plástico que me vinieron y están casi nuevos? De eso no quieren saber nada. Que los tire a la basura y que me compre otra. No sea que nos quedemos sin trabajo. Y ellos sin votos.

Por eso nuestra hipocresía, nuestro pensar afable y asertivo, nuestras buenas palabras y bondadosas verdades, las que son dichas en la tele y que todo el mundo parece aplaudir, son una ruina para la inteligencia. Son como aquel que por la mañana fue a una manifestación contra el machismo y por la tarde asesinó a su mujer. Como el que se hace de cruces por el cambio climático y luego no sabe prescindir de su coche; como el que se queja del trabajo precario de las fábricas y luego tiene en su sindicato, o en su casa, o en su oficina, a gente sin contrato.  Su gran pecado no es la hipocresia de hacer y decir cosas contrarias, su gran maldad está en ser estúpido, y creerse estupendo simplemente por apuntarse a la corriente de moda que le cuentan los totalitarios idológicos que rigen el mundo. Los mismos que fabricaron mi batidora, o su coche, o su bici, para que durara una docena de años.

Mejor dejar de ser hipócrita por un rato, aunque nos sintamos culpables de lo mal que lo estamos haciendo.

Pensamiento débil. Pensamiento estúpido. Pensamiento neototalitario.

No me cabe duda de que el ejercicio de las libertades en su conjunto está amenazado de muerte por el auge de las ideologías totalitarias de nuevo cuño, las cuales se van imponiendo ante el vacío y la inanidad dejada por la posmodernidad. Hemos evolucionado a peor, y hemos pasado de aquello de que “cualquier idiota puede opinar lo que quiera”, a “todos tenemos que opinar ESTO Y ESTO, bajo pena de parecer, incluso ser, unos intolerantes”. Los idiotas se han convertido en agentes sociales, propagadores de la ideología fetén, la de moda, la que se va imponiendo. El pensamiento políticamente correcto, lo que hay que decir si te colocan una alcachofa en la cara. Son el neototalitarismo, más soterrado e insidioso que el del siglo XX, y que pega fuerte en una sociedad perdida y en crisis. Por eso hay menos libertad de expresión en España, por ejemplo, que hace cuarenta años, cuando inauguramos la Constitución Española. Y en algunos temas académicos (no en el ejercicio real de los derechos civiles) menos libertad que durante el franquismo. Retrocedemos.

A mi me tocó estudiar la posmodernidad, el pensamiento de hoy y la ideología del presente,  me refiero a los años 80 y 90 del siglo pasado cuando anduve a vueltas con la filosofía y la teología. Concluíamos que la razón ilustrada de la modernidad había  parcialmente fracasado, y que la búsqueda de la verdad única había degenerado en un relativismo moral cercano al escepticismo. El hombre era un ser fragmentario y roto en su interioridad, y la deriva lógica antropológica indicaba que cualquier estupidez era acogida desde el narcisismo de la masa que se refugiaba en la estética. Nietzsche resurgía de su locura para ordenar la cabeza de los nuevos ciudadanos posmarxistas y agotados de luchar contra el sistema.

De esta forma el gran sueño era triunfar, ser célebre y destacar muriendo de gloria. Narciso era el mito que sustituía a Prometeo; y Dionisos y Baco hacían lo mismo con el recto y ponderado Apolo. El Ché dejó de ser un revolucionario para convertirse en una camiseta de niños de ciudad que buscaban una identidad en el mundo. La modernidad que inauguró la ilustración matando a Dios y sustituyéndolo por un ente de razón primero, y por una lucha de clases después, había agonizado por el hastío de pensar. Era más cómodo no pensar, y el “don´t worry be happy” se imponía a una masa informe que había sido alejada de Dios y del sentido de su existencia, incluso de la lucha social por la mejora de sus derechos. Quedábamos reducidos al nihilismo: trabajar para producir, y producir para consumir sin límites.

El icono de la posmodernidad supongo que ha sido Bart Simpson, donde se retrata una sociedad en descomposición, lo mismo que en Southpark, donde los niños empezaban a ser los inteligentes y lógicos. Es la sociedad que apreciaba mucho el bilingüismo, que opinaba que era mejor saber cientos de miles de idiomas, aunque no hubiera nada interesante que decir. No saber nada y creerse los más sabios del mundo. Narciso y Soberbio. Así ha sido la posmodernidad.

Pero la posmodernidad ha muerto, y los nuevos tiempos imponen el pensamiento único irracional como única razón posible. Es decir, caminamos hacia un neototalitarismo donde no es posible la razón, y la única de las opciones del muestrario de ideas que sobrevivirá en el futuro será aquella que imponen los débiles, es decir, los que carecen de identidad sexual, identidad existencial, identidad humana e identidad cultural. Esos individuos perdidos y desnortados, que forman lobbys de poder real, serán los que sometan al resto de la tribu con sus consignas irracionales. Y lo van a conseguir, porque no hay pensamiento racional que les pueda hacer frente. Tienen el dinero, y les conviene para sus negocios un tipo de sociedad sin familia y sin derechos sociales ni libertades individuales.

Ahora el icono es otro, es Bob Esponja, un tontorrón y un bobo. Es la nueva generación que lloriquea cuando le suspenden y que agrede a otro niño más pequeño simplemente porque les ha quitado la pelota. Débiles, idiotas… pero agresivos y totalitarios. Dispuestos a montar un berrinche si no se hace lo que ellos dicen. Son los que ocupan la calle cuando les apetece, los que esgrimen como gran argumento la libertad y la tolerancia, el vive como quieras; y los que van a imponer “haz y piensa lo que yo hago y pienso”, todo lo demás es antigüedad y vicio. Es la moral de situación y la incoherencia existencial y argumentativa, que tiene la fuerza de las leyes sobre las que influye, y que está logrando introducirse en asuntos tan importantes como la vida sexual y reproductiva de las personas, las creencias religiosas, la libertad para dar una charla libremente (y no la boicoteen) o la identidad personal ante los objetos y la creación de algo.

Ejemplos hay muchísimos. No hay más que ver como los adolescentes de hoy controlan a las chicas con los móviles. Luego dicen que si no me controla es que no me quiere. Están sometidos a la pornografía nocturna de sus nuevas tecnologías, las del chat que nunca dice nada, la que no distingue entre intimidad y publicidad, porque no conocen más límite que la apetencia. Están perfectamente programados, y no encuentras fácilmente disonancias, porque todos opinan casi lo mismo y sin matices. Te justifican el aborto, no como conquista o fracaso social, sino como juguete que no nos pueden quitar ahora que lo tenemos; y se plantean el sexo anal, el tatuaje y los piercing con catorce años porque es lo que me pide mi novio (otro descerebrado como ella llamado Calamaro), y lo que me tienen que dar. Hay gente de treinta años con la misma mentalidad e ideología.

Lo cierto es que el pensamiento neototalitario se va imponiendo a través de las leyes, muchas de ellas elaboradas desde grupos de opinión que aprovechan la estupidez reinante y la parálisis intelectual. Han ocupado las cátedras universitarias, los medios de comunicación y los altavoces de las redes sociales. Da igual la derecha que la izquierda, porque en lo “políticamente correcto” están miserablemente de acuerdo. Por eso hay leyes de ingeniería social: aborto, homosexualidad, violencia de género y educación; y leyes de ingeniería laboral: control energético y ecologismos, competitividad existencial, pérdida de protección social a las clases medias, olvido de la familia, alienación laboral con varios empleos durante la vida, todos mezquinos, todos incapaces de realizar al hombre en su naturaleza de trabajador y creativo. Es una nueva forma de alienación de la que no será fácil zafarse ni librarse.

El gran argumento que repiten los estúpidos es que el mundo ha cambiado. Pero eso no es un argumento, eso es una falacia, una justificación del vacío intelectual cuando no se tienen ideas propias con las que hacer frente a la debilidad identitaria primero, y al control social después, que es donde estamos. Y solo hay una forma de combatirlo: regresar a las humanidades y regresar a un mundo y una cultura con trascendencia y religión. Es lo único que nos puede desfragmentar y otorgar una identidad sólida. Ni más ni menos.

El Palacio de los Sueños.

Es el título de la novela que escribió el eterno candidato al premio nobel Ismail Kadaré.  En España se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el 2009. Recibió también en el 2005 el Premio Booker internacional y otros cuantos más. ¿A qué esperan en Estocolmo para premiar  a este albanés, perseguido y exiliado? Enfin, un candidato a nobel que aguarda su momento para codearse con los rubios suecos, y sus princesitas de cuento y de palacios encantados. En este caso el Palacio de los Sueños no es precisamente Hollywood, sino más bien el Gran Hermano totalitario de la Albania de la que procedía. Un mundo tenaz y vigilante que buscaba depurar la disidencia sembrando el miedo y la paranoia en sus habitantes.

Kadaré tardó en escribir EL PALACIO DE LOS SUEÑOS nada menos de seis años, los que mediaron entre el año 1976 y 1981. Esto podría suponer que estamos ante una obra larga y tediosa, pero nada de eso. El resultado es una novela muy agradable y comprometida, entre lo fantástico y el realismo de la tragedia de un mundo donde todos los sueños son analizados en el Palacio. Guarda el aroma de las novelas escritas bajo la vigilancia de la censura y la cárcel, y edifica así una gigantesca metáfora del totalitarismo y el control ideológico que tanto gusta a los poderosos. Es una obra corta y fácil de leer, complicada de interpretar y sencilla de entender. Lo tiene todo, para entendernos, y creo que defrauda solo al que no le gusta pensar cuando lee algo.

El Palacio de los Sueños es una maquinaria burocrática que controla, analiza y archiva los sueños de los súbditos de una Turquía decimonónica. A través de sus páginas nos enseña el mundo islámico y balcánico, moro y europeo a la vez, donde la familia del protagonista, de origen albanés, tiene un papel decisivo en la conspiración que se esconde detrás de los premonitorios sueños de los habitantes de ese mundo. Se respira la tranquilidad de un vaso de té detrás de un zoco plagado de soñadores. ¿Soñarán lo mismo los turcos que los españoles o los mexicanos? Quién sabe.

La novela no busca el realismo, sino la representación de una sociedad enferma y destruida por la paranoia de la conspiración de una familia albanesa, origen de nuestro protagonista. La idea de un enorme almacén donde se guardan y archivan los sueños de sus habitantes es una genialidad, superior a la Biblioteca de los Libros Olvidados de Carlos Ruiz Zafón. Entre otras cosas porque aquí los legajos son los enemigos principales del funcionario, y no sus amigos.

Me sugieren muchas cosas, y no es para menos. ¿Es esta la aspiración de nuestros democráticos gobiernos, controlarnos y someternos? ¿Para qué sino tantos medios de comunicación afines y cercanos? ¿Tantas leyes educativas ( a cual más nefasta) o tantas normas minuciosas sobre cuestiones donde la costumbre lo hace mejor y sin problemas?

Cuando era niño podíamos viajar siete en un coche, y sin cinturones de seguridad por la ciudad. Yo lo hacía entre las piernas de mi abuelo, que para eso era el pequeño. Detrás viajaban cuatro personas, dos adultos y dos niños. Recuerdo que el profesor fumaba en clase, y explicaba sus matemáticas confundiendo la tiza con el cigarrillo. En el cine te comías el bocadillo de atún envuelto en papel de periódico. ¿Por qué tengo que cambiar la instalación de gas cada pocos años? ¿Quién hace negocio de todo eso? Los tiempos han cambiado no hay duda. Muchas normas, y la mayoría absurdas, empeñadas en legislar y prohibir lo que nadie ha pedido. ¿Quién está soñando por mi? Cuando era pequeño el vino se compraba a granel, y el aceite se servía en aceitera. ¿Por qué lo han cambiado? ¿Quién se ha empezado en controlar nuestros sueños?

En mi colegio, cuando era pequeño, llovian en primavera orugas de los pinos. Eran las procesionarias del pino, urticantes y malévolas para la pléyade de niños que corríamos por aquel patio tras una piña, convertida temporalmente en pelota de fútbol. Hoy solo hay cemento y asfalto, ni un pino, y cero orugas rojizas. Jugarán los niños con la pley, supongo. Y para mi, que nos han quitado desde hace tiempo muchos sueños que quedan en nuestras mentes como viejos recuerdos de un mundo mejor. Un sueño que alguien quiso borrarnos de nuestra mente y que están archivados en el Palacio de los Sueños, lugar de conspiraciones. Imagino.

¿Fue lo del Mundial de hace cuatro años un sueño? Empiezo a dudarlo.

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