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El feminismo a examen. Las gafas violetas de Narcisa.

El feminismo de género es la última de las ideologías totalitarias emergentes de nuestra sociedad fragmentada y deconstruida. Su discurso está plagado de dogmas y de verdades indiscutibles que han terminado impregnando la cultura y el discurso social. A pesar de la saturación y el hartazgo que muchas personas manifiestan en privado; en público, pocos se atreven a manifestarse abiertamente en su contra, siempre bajo el miedo de ser acusados de fascistas, machistas u homófobos.

Cuando es una mujer la que discrepa, corre el riesgo de ser atacada por tratarse de una falsa feministas, una mujer rancia y traidora a la causa. Sin embargo, este segundo feminismo no es menos feminismo que el anterior. Todos son discutidos y discutibles, y ninguno debe arrogarse el valor de lo absoluto. De hecho, hoy día, podemos encontrar tantas variantes de feminismo como tendencias se dieron, por ejemplo, bajo el marxismo, el platonismo o el empirismo ilustrado. La pluralidad obliga a no tratar por igual lo que es filosóficamente distinto.

Hay un feminismo que está asumido y asimilado ideológica y plenamente en nuestra sociedad y que nadie discute. Nadie, muy pocos, ponen en duda que los hombres y las mujeres deben ser iguales ante la Ley. Esta idea no era tan evidente antes del siglo XX, como tampoco lo era la igualdad, la libertad o el pluralismo político en siglos precedentes y contemporáneos. Este feminismo, igualitarismo lo llamaría yo, está perfectamente asimilado y aceptado. Es una conquista social hecha por hombres y mujeres a la que nadie se opone. Iguales derechos e iguales obligaciones. Igual capacidad jurídica e iguales privilegios por razón de sexo.

El problema es que el feminismo de la tercera ola, el que despierta Simone de Beauvoir sin pretenderlo, considera insuficiente la igualdad de hombres y mujeres ante la Ley. Su premisa es que las mujeres no nacen, sino que se hacen mujeres a lo largo de la vida, y tal absurdo dogma concita entre sus partidarias una serie de consecuencias que han sido imprevisibles incluso para las mujeres.

En el fondo, lo que manifiesta esta sentencia de Beauvoir es que las mujeres deben aspirar a conquistar la felicidad para ser mujeres de verdad, porque en el presente no pueden ser consideradas mujeres auténticas. Las ideólogas seguidoras de este feminismo aspiraban a una felicidad utópica, imposible de alcanzar. La consecuencia más dramática de esta falacia ha sido el residuo tóxico de una frustración conducente al odio y a la agresividad. ¿Contra quién?  Contra la sociedad, a la que tachan de patriarcal; contra los varones, y contra ellas mismas por no estar lo suficientemente emancipadas y empoderadas.

Es obvio que trabajar fuera de casa no es una panacea. Igual que tampoco lo es cuidar de los hijos, hacer la comida o limpiar una casa. Por eso el neofeminismo ha necesitado generar un nuevo discurso, en mi opinión profundamente utópico e intolerante, que pone como punto de partida de su vida el placer y el aislamiento. Placer sexual como lugar feliz; soledad como lugar feliz; y empoderamiento como lugar feliz.

Sus mentiras son simplistas: todo es patriarcado y nosotras somos víctimas. Las explicamos con cierto detalle.

PRIMERO. Todo es patriarcado. Si te pones las gafas violetas, que es un claro prejuicio, verás todo del color violeta, que hace la misma función que hizo el capitalismo para las ideologías socialistas y comunistas. El patriarcado es el gran enemigo y está presente en todo. Por eso hay que adoptar la famosa “perspectiva de género”, que es el nombre de esas gafas. Afirman, por ejemplo, que hay que combatir el cambio climático con perspectiva de género. Para evitar que el patriarcado siga esquilmando el planeta. Escuela con perspectiva de género, donde no se defiende la igualdad ante la Ley, sino que todo es patriarcado y que hay que combatirlo.

Los ejemplos que ponen es que la mujer es invisible en la sociedad. Lo cual es bastante falso. Nunca han sido más visibles o invisibles que los varones, ni en la historia, ni en el presente. Pero esa coletilla la repiten sin cesar, pues es la base de su ideología.

Ante este patriarcado, (más inexistente que real, pues se construye como una entelequia) hay que tomar medidas, dicen. Y en eso consiste su lucha, en dar palos de ciego contra una entelequia inexistente que además de cegarles ante la realidad matriarcal y patriarcal de la sociedad, les hace sufrir mucho. Han necesitado un enemigo y lo han creado.

Segunda falsedad. Por culpa del patriarcado, la mujer es siempre víctima, nunca verdugo. Y si es verdugo es por culpa del patriarcado. Esta es una de las mentiras más repetidas por los medios y más constantes. Ellas mueren, ellos no. Ellas sufren, ellos no. Ellas son discriminadas, ellos no. Ellas son el centro, y deben empoderarse. Necesitan el victimismo para mantener su discurso vivo. Plantean que es necesario intervenir en las empresas para que dejen de ser víctimas. Es decir, hay que apostar por la desigualdad ante la Ley porque están sufriendo más que los hombres. Así lo afirman constantemente. Sin el victimismo, el neofeminismo no tendría lugar.

Tercera falsedad. Por culpa del patriarcado, el verdugo último es el varón heterosexual. No lo es ni el varón homosexual, que es también víctima, ni la mujer, que es por antonomasia víctima haga lo que haga. De ahí la importancia de los géneros, que no de los sexos. Esta visión arrastra a la sociedad a un enfrentamiento civil constante. Los hombres son malos siempre y las mujeres buenas. Y hagas lo que hagas está en tu naturaleza. Ellos son siempre violadores, y ellas violadas. Así lo afirman, abiertamente, muchos de estos feminismos. Es por culpa del patriarcado, por eso, para que los hombres sean buenos deben dejar de ser patriarcalistas, o algo parecido, que no se sabe tampoco lo que es. Deben dejar de ser lo que son, y ellas nos van a decir lo que somos en cursillos financiados por los gobiernos feministas. El problema que tenemos los varones es que tenemos un género masculino asignado por el patriarcado, pero nos podemos liberar de eso.

Cuarta falsedad. El patriarcado ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Por eso la historia del pensamiento, de la ciencia, y de todo lo demás, está manchada y debe ser rechazada. Todas las tradiciones son negativas, desde el lenguaje, el vestido, la familia, la  iglesia o la política. Todo es patriarcado y debe desaparecer. De ahí la obsesión con el lenguaje, al que consideran machista. Lo combaten mediante el lenguaje inclusivo, que consiste básicamente en hablar y escribir mal, confundiendo género con sexo, con la única intención de visibilizar su sexo con el género, que hay que introducir con cada palabra que pronuncian.

Quinta falsedad. La maternidad es consecuencia del patriarcado. Tener hijos es algo querido por los varones opresores. De ahí que la maternidad no sea un rasgo característico de las mujeres. Tampoco lo debe ser la paternidad en los varones, pero de eso no se ocupan. El dogma del feminismo implica que una mujer debe abortar si lo desea para liberarse del patriarcado opresor. Aunque maten a su propio hijo, su ideología totalitaria impedirá y luchará para que no se sientan culpables. Identifican matriarcado con poder, y no con madre. Del mismo modo que ven en el patriarcado como poder, y no como padre.

En este sentido, niegan las premisas con las que ha trabajado siempre la antropología. Pero les da igual, la antropología es una ciencia patriarcal, hecha por varones contra las mujeres. Y así con todo.

Concluyo. El feminismo contemporáneo es un tipo de NARCISISMO ideológico, de corte totalitario, que se alimenta de las emotividad de una sociedad y unos medios que manipulan la realidad para que la “perspectiva de género” siga presente en la opinión pública. Es algo impostado y artificioso que necesitan porque es ya la manera de vivir de muchas personas, agentes de género, cátedras de género, observatorios de género, etc.

Este feminismo es llamado con razón feminazismo, pues mantiene unas premisas totalitarias que son insoportables en una sociedad libre y avanzada como la nuestra. Su gran sueño es un hedonismo absoluto, una sociedad utópica donde las mujeres puedan ser felices de la misma manera que ellas piensan que han sido felices los hombres. Con poder y gloria. No lo conseguirán, porque al igual que el comunismo, para conseguir la utopía hay que cambiar el corazón imperfecto del hombre y de la mujer. Y eso sólo lo logra Dios. Lo más que harán será generar odio y nuevas víctimas entre los varones y las mujeres.

Hasta entonces escucharemos sus lemas: “ni santa, ni puta… yo soy estupenda”. Narciso no lo hubiera dicho mejor.

Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

La salvación que viene.

Salvarse, lo que se dice salvarse, es casi un grito unánime y colectivo de nuestro tiempo. Desde la cumbre del clima hasta el terror que infunde el heteropatriarcado en las niñas de bien. Todo es apocalíptico y teleológico, por lo que me temo que la humanidad está hoy más sedienta que nunca de salvación, y por ende de salvadores. Y ahí está el problema, que cualquier memo puede salvarte sin preguntar ni siquiera si quieres ser salvado, ni de qué.

Muchos de los nuevos mesías son verdes. Y el color vale para casi todo. Los pluriecologistas y su humanidad mediática no paran de repetir que el planeta necesita ser salvado. Que vamos al colapso y que el planeta está a punto de reventar. Que es demasiado tarde, aunque a veces también dicen que no lo es, que aún estamos a tiempo, pero que hay que tomar medidas urgentísimas y draconianas para salvarnos. Ellos saben lo que hay que hacer para salvar al mundo, pero en lugar de ser coherentes con lo que dicen que piensan, parchean la economía y la sociedad mientras los auténticos profetas verdes gimen desconsolados con que no es suficiente. Recicla, nene, que así salvarás al mundo. Lo dicho. Greta y el arrimado eventual tío Sánchez nos van a salvar de nuestra historia de progreso. O sea, que nos vamos a la mierda con estos mesías, y verde que te quiero verde.

Yo creo que tienen razón los greens auténticos, porque dudo que nos vayan a salvar los políticos guays gastándose una pasta en concienciarnos y contarnos repetidamente verdades indemostrables y acientíficas. Por mucho que inunden los libros de texto con la foto de Greta y los garbos, y por mucho que nos suelten una monserguilla utópica por inalcanzable, no vamos a salvar este desastre. Además, esta salvación ecológica es una caca, porque nos abandona empecatados al exterminio que nos espera en la historia. Salvaremos al planeta, si y sólo si nos extinguimos; o volvemos a las cavernas del tío Arborio.

Y es que el ecologismo como religión deja mucho que desear. ¿Qué quieren que les diga? Una salvación que no me salva a mi personalmente, y que me condena a morir y extinguirme por el bien del planeta no me mola. En realidad es una estafa. Ahí está Greta y el apóstol Sánchez bien arrimadito, os vamos a salvar, chicos. Ya, claro.

La otra caterva mesiánica es de color violeta. Me refiero a las señoras agentes de la dictadura de género, que es el nombre fino que reciben las feminazis. Nos quieren salvar de muchas cosas, algunas de ellas de dudosa existencia. Nos van a salvar del patriarcado, de la invisibilidad de la mujer y de nuestro género preconfigurado. Casi nada. En realidad esta salvación es bastante menos creíble, pero no por ello goza de menos adeptos, en este caso adeptas. Se ha construido sobre una serie de falacias indemostrables, y a cambio reciben un dinero que da gusto. Es la deconstrucción filosófica absoluta, el pensamiento débil convertido en pensamiento oficialista para la salvación de la mujer y del mundo. Salvar a las mujeres de las garras de la vida patriarcal y fascista que llevan.

El problema de esta segunda salvación es que necesita mantener a toda costa los prejuicios construidos artificialmente por la tercera oleada feminista, la de la ideología de género, para poder sobrevivir y ser creíble. Eso la convierte en una salvación excluyente para la mitad de la humanidad, o sea los varones heterosexuales y casi todas las mujeres oprimidas por la maternidad, amén de sus hijos y maridos. Estas salvadoras son menos proféticas y más molestas pues se empeñan en salvarnos de cosas insalvables, que además son imposibles de erradicar. Y que incluso son buenas hasta que se demuestre lo contrario. Ya advierto que tienen poco o nada que ver con el feminismo de equidad, al que combaten con tesón. El problema es el género, no la igualdad ante la ley. Nostradamus.

Las feministas de género, por ejemplo, pretenden salvarnos de hablar correctamente y nos introducen el lenguaje inclusivo, que en realidad consiste en hablar mal y confusamente. Nos salvan haciendo que nadie sepa escribir correctamente. ¿Por qué quieren salvar lo que no es pecado? También quieren salvar a las mujeres de tener hijos, de tener pareja para toda la vida y de querer a alguien incondicionalmente, para la salud y la enfermedad o las alegrías y las penas. Enamorarse y tener hijos tampoco es pecado, pero ellas quieren salvar a la humanidad de hacer lo que toda la vida se ha hecho. Amar, perdonar y crecer en la adversidad. Todo es patriarcado y todo es pecado, dicen.

También nos quieren salvar de Aristóteles, de Platón y de todos los varones que en la historia han pensado, han soñado, han escrito y han investigado. Todo el pasado cultural es patriarcado, y por eso gritan “os tenemos que salvar, chicas”. Mueran los filósofos y los artistas machotes; y vivan las mujeres. Porque yo lo valgo y viva mi vagina.

Yo creo que su salvación es una especie de narcisismo que en lugar de salvar a las mujeres, las condena a una muerte en vida, donde lo único valioso es su ego humano más absoluto. Lo malo es que además condenan al resto de hombres y de mujeres que no piensan como esta gente.

Lo más curioso de este mesianismo es que estas profetisas pretenden salvarnos de practicar sexo, porque también afirman que incluso el sexo consentido es violación (y no me lo invento, voto a bríos que lo dicen). Nos van a salvar de cosas que ni nos hacen daño, ni nos dan miedo. Para salvarnos manipulan a la opinión pública haciendo pensar que todos los hombres son machistas, agresivos y malos. Y que ellas son buenísimas, santísimas y que están hiper-oprimidas por el patriarcado. Ellas víctimas, y ellos verdugos.

Esta salvación en realidad no es tal, pues necesita condenar a media humanidad (a los varones) y tres cuartos más de mujeres (que todavía no se han liberado de sus maridos y que quieren a sus hijos y a sus fetos). Es una salvación que apuesta por el odio como solución final. Lo disfrazan de muchas cosas, pero esa es su conclusión final.

Personalmente sigo prefiriendo la salvación cristiana. Un Dios que se hace humanidad y que muere de amor por nosotros, que nos redime de nuestros pecados desde lo profundo del pecado y de la vida y que nos proporciona una vida eterna, es mucha mejor salvación. ¡Dónde vas a parar! Además, ahora que es Adviento, se puede celebrar y vivir desde la intimidad del corazón, en la paz del silencio y en la venida del Niño en la esperanza de una mujer encinta. Lo dicho, una salvación así sí es una auténtica salvación. Tiene esperanza, que es lo que le falta a los demás. Por eso me apunto a Jesucristo y a su Reino. Marana tha. ¡Ven Señor Jesús! ¡Ven a salvarnos del pecado y de la muerte!

¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

Posmodernidad: de la clase social a la tribu.

La posmodernidad de finales del siglo pasado definía al hombre como un ser fragmentado, en descomposición, light y débil. Exigente con los derechos de bragueta y olvidadizo con las injusticias del Tercer Mundo. Pero todo evoluciona, y tras casi veinte años del siglo XXI, me atrevo a formular el siguiente paso del proceso. El hombre débil y light se agrupa en función de sus intereses y gustos más inmediatos, y lo hace utilizando la globalización que permiten las redes sociales para construir un nuevo modelo social: la tribu. Las empresas están al acecho para determinar a qué cuatro o cinco tribus pertenecemos, y así nos puedan vender sus cacharritos con más acierto. Afilan sus cuchillos para darse el gran festín.

La descomposición cultural no es nueva, se inició ya hace unos cuantos siglos. La muerte de Dios y sus sustitución por la razón o por la lucha de clases queda algo lejos, y el hombre trata de agruparse en función de sus apetencias más inmediatas, sus deseos más íntimos, ocultos o públicos. Ahora da igual. Es más, se puede pertenecer a tribus contrarias, enemigas u opuestas en intereses y resoluciones. No importa. La necesidad empuja a que formar parte de la tribu, la que sea, la que nos permita salir de la soledad de un móvil apagado. Ahí está la gente en las redes sociales, atrapados en la tela de araña y buscando compañeros con los que compartir el tiempo, incluso la vida.

Marx inventó el concepto de clase social para poder enfrentar a la humanidad en una lucha sin tregua: oprimidos y opresores; proletarios y burgueses; ricos y pobres. Nadie se libraba de estar en algún bando de la guerra, y los que no tomaban partido eran unos desclasados, unos ateos a la política, unos alelados que fumaban opio a espuertas mientras rezaban el rosario. Tal esquema reduccionista se mantiene en determinados discursos de la izquierda, y eso que la posmodernidad barrió con el muro de Berlín y con los Gulag del paraíso comunista. Pero el mundo sigue su camino, y ahora la humanidad se ha fragmentado en cientos de miles de tribus distintas. Muchas de ellas no son tribus implícitas, pero eso no importa. Consumos comunes, me gusta, y demás van configurando nuestra personalidad en las redes y en los mercados. Los pobres comunistas se han convertido también en tribu; o mejor dicho en muchas tribus distintas: desde los perroflautas hasta los barbudos, Errejones, podemitas o antisistema. Cada uno a lo suyo y viva el individualismo.

No digo nada nuevo si hablo de la muerte del marxismo. Llegó el fin de los discursos y de los mandatos ortoprágmáticos, eso fue la posmodernidad. Sin embargo, la deconstrucción humana se mantuvo y perseveró, hasta lograr abrir una brecha en la soledad de un corazón humano cuya única plenificación sigue siendo Dios. Soledad y tristeza en medio de la fiesta Nietzscheana.

La incoherencia se asentaba en el hombre que había perdido a Dios, y que quedaba desasistido ante los embates de un capitalismo feroz que ha ido aniquilando la trascendencia hasta convertir al ser humano en un cúmulo de fragmentos sin conexión. Somos nuestros deseos de consumo, nuestros gustos. Y nos alimentan con ellos para evitar nuestra trascendencia. La incoherencia no importaba ya, y el pecado quedaba anticuado y lejos. Dicho de otra forma, se podía ser activista de los Derechos Humanos por la mañana, y por la tarde maltratar a la familia. Posmodernidad y doble vida.

Ahora la posmodernidad ha dado un paso más. Los fragmentos inconexos del hombre contemporáneo se han vinculado a otros fragmentos semejantes encontrados en otros hombres que habitan el otro lado del planeta. La red conecta gustos y nos convierte en una nueva agrupación, la de la tribu. Las hay de todos tipos, desde los de Star Wars hasta las “metoo”. En nuestro planeta, los amantes de los platelmintos se unen en la red para intercambiar sus pareceres sobre los abusos que sufren los pobres gusanitos en los intestinos humanos. No dan tregua, aunque sean dos cientos en un mundo de casi 10 millones de hombres fragmentados. A veces llegan a millones, y les basta para conectarse con un “me gusta”. Me mola, me va, me va… Fragmentos buscando el fragmento gemelo que me alivie mi tristeza, mi enfado, mi deseo, mi yo.

Las tribus son subsistemas culturales incompletos que pretenden dar significado a sus miembros. Ofrecen un sentido parcial, recortado y rizomático, pero es suficiente para que sus miembros se sientan a gusto y protegidos. Dan sentido a la soledad, y proporcionan seguridad a un hombre débil que tiene miedo a casi todo, especialmente al ostracismo. Pertenecer a un grupo es la necesidad inmediata. Ya no importa mejorar el mundo, ni siquiera mejorar personalmente, ni mejorar en el trabajo. A la generación Z, la que nació en torno al año 2000, ya tiene claro lo que necesita. Un móvil, conexión y un par de buenos juegos en red. Con eso será feliz hasta que se agote. Por eso la peor tortura que se puede sufrir es que se burlen de él en la red. Débiles, fragmentados y agrupados en tribus.

Por eso en las redes como facebook la gente se agrupa y agrupa sus intereses, sus gustos, para proporcionar un significado que no es conseguido ni en el trabajo, ni en la familia, ni en los amigos de carne y hueso que nos son dados en la vida. Nos agrupan por juegos, aficiones, amigos de red y conocidos de la vida. Nos tribalizan y nos trivializan, y nos ordenan para podernos vender mejor y con más eficacia lo que deseamos. Estas agrupaciones no debaten, no discuten, no comparten más que información para sentirse bien, para no dolerse de la incoherencia. Nos enviamos mensajes con los que estamos de acuerdo para que los que son como nosotros nos den la razón y estén también de acuerdo. Y el colmo del gozo es que reenviemos tales mensajes con los que estamos de acuerdo.

El hombre tribu puede pertenecer a varias tribus sin problemas de coherencia. No le importa, entre otras cosas porque no piensa en términos de totalidad. Ni la filosofía ni la religión son generalizadas, son dos tribus más…

Por eso se puede ser de la red amigos de las hamburguesas a domicilio y a a la vez pertenecer a la tribu que odia el metano que despiden las vacas por la campiña inglesa. No hay más incoherencia que la que proporciona el mismo planeta. Ecologistas todos y consumidores a la vez; feministas todos y machistas a la vez; correctos  y rebeldes al tiempo. Es lo que mola. todos en todo, y unos pocos líderes manejando las tribus a su antojo.

Por eso los movimientos sociales son lo que son, Tribus de deseos comunes. Feminismos, ecologismos, voxistas, socialistas e independentistas, madridistas o barcelonistas. La clave es pertenecer a tres o cuatro tribus. Maś que nada porque sin ellas hace frío.

Los católicos, sin ir más lejos, somos desde hace mucho tiempo una tribu más, una subcultura cada vez más extraña para el mundo, y que sobrevive en una cultura fragmentada. Al menos tenemos la ventaja de estar junto a Dios, el único lugar de la tierra donde hace calorcito.

También las tribus pasarán…

Perdiendo libertades, retrocediendo en derechos.

Todo el mundo coincide, derechas e izquierdas: en España hay menos libertad ahora que hace treinta años. ¿Por qué? La tragedia no es exclusiva de nuestro país, pues también se afirma la pérdida de libertades en México, Estados Unidos, Francia o en Alemania… ¿Qué está sucediendo en nuestro mundo para que haya un retroceso en la libertad de expresión, cuando precisamente los sistemas políticos democráticos, defensores de las democracias, son los que han triunfado frente a los totalitarismos del siglo XX? ¿Por qué ahora que no competimos contra las tiranías, hemos convertido nuestras sociedades biempensantes en reductos de fanatismo y de persecución? ¿Quiénes son y qué políticas e ideologías restringen las libertades? Adivina, adivinanza.

Los datos se van repitiendo. A Coque Malla le reprochan una canción que hizo hace años, lo mismo a Mecano. No es correcto, es machista, no es correcto, es homófobo, no es correcto, y deben pedir perdón. No es correcto, nos repiten. Por eso ya no se oyen las opiniones de los obispos en los medios de comunicación social, porque están vetados. Tampoco hay catedráticos discrepantes, gentes de universidad con ideas diferentes. No es que no existan, es que están ninguneados y sus opiniones perseguidas cuando afloran. Por eso se tienden a esconder. Son fascistas, ¿qué si no? ¿Tenemos que pedir perdón por lo que dijeron nuestros artistas hace treinta años? ¿Tiene que pedir perdón Aristóteles, San Agustín o Santa Teresa de Jesús? ¿Es un fascista Cervantes,  Ortega o Julio Iglesias por lo que dijeron en su tiempo y en su sociedad? Ya no tienen credibilidad, por lo que la humanidad ha sido desposeída de su historia y de sus pensadores. ¿Empezamos de cero? Vale, ¿volvemos a la tiranía que encarceló a Platón, aquel gran clasista, machista y fascista?

Es evidente que nuestra sociedad ha evolucionado desde lo que la izquierda ha venido en llamar ingeniería social. Las posturas defensoras de la familia, los hijos, la mesura o la tolerancia han sido criticadas y vejadas hasta el extremo de ser tachadas permanentemente de fascistas. Es el triunfo de la pereza intelectual. Todo lo que es contrario a la ingeniería social y cultural de las ideologías de género, o de los ecologismos contemporáneos, es tachado inmediatamente de patriarcal, de machista, de favorecedor del asesinato y la violencia, y por tanto malo en sí mismo. No hay ninguna posibilidad de dialogar. Por eso el machismo es siempre radical y malo; y el feminismo tiene matices en su defensa intelectual. Todo es calificado y etiquetado bajo tales parámetros, y no se escapa nadie. Si comes carne eres un maltratados de animales, y si comes espárragos un falócrata y un salido.

La persecución se está extendiendo con cada día que pasa, y el radicalismo llega a las nuevas generaciones que son incapaces de leer nada de literatura, poesía, historia o filosofía sin que perciban machismo por todas partes. Se les está educando para que no vean otra cosa, y esa es la desgracia verdadera y profunda de nuestro tiempo. Ciegos e ignorantes que van diciendo lo que vale y lo que no. Emiten juicios de valor a la historia, y nos quedamos en bragas, desnudos, bajo la intemperie y a merced de que cualquier listillo nos diga lo que tenemos que pensar. Eso es Podemos, pero eso es también el Frente Nacional francés. Son los que dicen lo que tienen que decir la siguiente generación.

Cuando afirmábamos hace unos años que la falta de cultura y la ignorancia cultural traería una manipulación mayor de las masas, no nos equivocábamos. Aquel futuro hace tiempo que es presente, y las nuevas generaciones están más concienciadas. Bueno, en realidad están sólo concienciadas y nada ilustradas. Desconocen el valor de lo tradicional, y la sociedad se ha, por desgracia, fracturado brutalmente. Todo es machismo, todo lo anterior al móvil y las redes sociales es una basura y no vale nada. No nos lo dicen, pero nuestros jóvenes lo piensan. Y los mismos que están alimentando al monstruo empiezan a darse cuenta de que los está devorando. Ya son una masa incontrolable que se está adueñando de la sociedad. Cursos, leyes, televisiones… todo es políticamente correcto; es decir, todo es dictadura y pérdida de libertad. Nadie puede ni debe discrepar, o será perseguido en las redes sociales, en el mundo, y truncadas sus posibilidades.

La incoherencia de la nueva sociedad no es un freno. La posmodernidad no tiene complejos, no es como antes. Al contrario, es la fragmentación la que absolutiza cada fragmento. Se puede tachar de machista el cuento de caperucita, y a la vez estar sometido a los controles del móvil que ejerce la pareja. Son radicales en lo que rechazan, que es casualmente lo cultural. Así es. Se puede estar horrorizado y ser beligerante con el racismo del amigo Trump, y a la vez odiar a los que piensan diferente. Intolerancia disfrazada de radicalismo y tolerancia cero. Se puede defender en público el libertinaje sexual, y a la vez exigir fidelidad en privado. Nada importa, todo vale, menos el machismo, los negacionistas y los católicos. Son sus dogmas.

La consigna que tuvieron hace años, afirmaba que cada cual hiciera con su vida y con su cuerpo lo que quisiera. Pero eso ha cambiado. Sin negar la premisa, ya no se puede pensar como se quiera, ni se puede actuar como se quiera. Vida y cuerpo para lo que quieras, pero pensar lo que se quiera no. Eso nunca.

Es la muerte de la democracia, y lo hace de la misma forma que anunció Aristóteles, vence la demagogia, la estupidez y la ignorancia. Vence la intolerancia del que es incapaz de escuchar un pensamiento contrario al propio. Cualquier discurso será bueno para ellos si dice lo que todo el mundo quiere escuchar (aunque sea mentira); y cualquier discurso será malo si dice lo que la sociedad rechaza públicamente, (aunque en privado se le dé la razón). Hermanos, bienvenidos a la clandestinidad.

 

 

Me aburren las feministas.

Pues sí. Me aburren soberanamente. Casi tanto como los catalanes. Además de ir de víctimas son unas plastas. Lloriquean por cosas que no suceden y por males que no padecen. Muere más gente de accidente de tráfico que señoras asesinadas por las parejas que ellas mismas eligieron. Y nadie se echa las manos a la cabeza. Si no sale en la tele gente con lazos de colorines para decirnos que ha muerto uno más en la carretera, ni hacemos minutos de silencio en las puertas de los ayuntamientos. ¿Por qué en la tele no salen más que pibas hablando y hablando de su monotema? ¿Por qué los políticos se licúan intentando aparentar que son más feministas que nadie? ¿Por qué tenemos todos (y todas) que pensar como estas pedorras salvo riesgo de ser unos grandes machistas?

A las feministas les importa un comino y una mierda el resto del mundo. Muere más gente por comer grasa y de cáncer que por ser transexual, pero nos dan tanto la paliza que parece que solo se mueran ellas, que solo ellas tengan hijos, y que solo ellas padezcan cáncer (de mama, claro, el de próstata les importa nada). Son egocéntricas a reventar, y totalitarias frustradas. Están potenciando la misoginia a pasos agigantados, porque son unas sectarias y es un aburrimiento poner la tele estos días, solo hay golpistas catalufos irresponsables y pibas quejándose y gritando por la calle como histéricas. ¡Qué plastas, coño! Antes el día de San Juan de Dios era un día precioso, 8 de marzo, pero esta gente lo ha llenado de consignas fascistoides. Nos quitan un santo estupendo que se desvivía por los pobres siendo pobre; y a cambio nos hacen una huelga política izquierdosa y cutre que da vergüenza ajena. Maś les valdría ocuparse de los pobres y dejar de mirarse el ombligo. Digo.

Este feminazismo se alimenta de que hay mucho gilipollas violento lleno de frustraciones porque sus padres le dieron todo lo que le apetecía. Es lo que pasa, si no educas a la gente se vuelve cabrona y se dedica a dar de yoyas al personal. En el mundo hay muchos tíos (y tías) que son violentos por estupidez y falta de cultura. Son gente frustrada, que no agrede por ser machista, sino por ser imbécil perdida. Todo el mundo sabe que los chicos no pegan a las niñas, pero como se han empeñado en decir que somos iguales, pues algunos tratan a sus novias creyendo que son sus colegas de borrachera. Son idiotas, de acuerdo. Pero son una minoría muy minoritaria, y no son violentos por ser machistas, sino por ser gilipollas y carecer de autocontrol. Las femiplastas han distorsionado la verdad que esconde la violencia humana, y solo ven sexos enfrentados donde deberían ver personas.

¿Se han fijado que en sus calendarios feministas no sale ni Santa Teresa de Jesús, ni Isabel la Católica? Es porque piensan que eran tíos con pelos en los huevos. Pues no. Eran señoras. Esta gente no pretende la igualdad ni el reconocimiento de las mujeres en la historia, lo que quieren es destruir lo que han ridiculizado previamente. Son realmente insoportables y son lo más parecido a una secta de jemenes rojos. En realidad odian (además de a los hombres) a las mujeres de toda la vida, a sus madres y a sus abuelas. Y por supuesto tienen un complejo de Electra mal resuelto odiando a todos los hombres del mundo mundial, en especial a sus padres varones.

Su movimiento e ideología es un sucedáneo del peor marxismo. Es lo que deducimos de su sectarismo. La lucha de clases es ahora una lucha de géneros, y para eso cualquier destrucción y enfrentamiento del enemigo es estupenda y fetén. Para eso no dudan en dividir la sociedad en cientos de géneros (opresores y oprimidos), ubicando como el gran enemigo el heterosexual macho de toda la vida, y a todos los que se oponen a su ideología. Estas estalinistas han acaparado el pensamiento políticamente correcto y se escandalizan como monjas reprimidas cuando un tío pasa de su rollito, o cuando nos escojonamos de la risa viendo como intentan hablar en femenino, en femenina y en femeninx. Son patéticas y dan cierta vergüenza ajena. Pero no lo pillan, porque creen que son guays y que están cambiando el mundo.

Tienen gafas con lentes patriarcalistas y solo miran el mundo a través de ellas. Todo es machismo y falocracia para esta gente, y desbarran por la tangente de la manera más torpe posible, que es intentando hacer un discurso inteligente. Son tan reduccionistas como lo fue en su momento el psicoanálisis, el comunismo o la sociología de Compte. Están ciegas y en su ceguera pretenden que todos pensemos como ellas. Son una secta y actúan sectariamente. lo mismo defienden que matar a sus hijos es un signo de “empoderamiento”, que solicitan pasta para abortar por deporte. Estas tías aparcan en doble fila, mean de pie y te insultan porque usas de la cortesía más elemental y de la educación que ellas pretenden destruir. Como todo es patriarcalismo social están empeñadas en cambiarnos a todos con sus ocurrencias. Obligan a que los niños jueguen con muñecas y odian a los padres que regalan cocinitas a sus hijas. Exhiben una superioridad moral que no tienen y nos quieren vender que salvo ellas que tienen la razón absoluta, todos estamos equivocados. Pero no. Ni la sociedad es patriarcal, ni ellas son estupendas, ni estamos equivocados. Como dijo el otro día ARCADI ESPADA su manifesto es “monjil y putrefracto”.

De hecho, su manifiesto del 8 de marzo es una basura. Ni siquiera está correctamente escrito desde el punto de vista gramatical. Pero claro, esas escriben como les salga del potorro, que para eso la RAE está llena de patriarcas fascistas. Y así con todo. Se creen superiores y en su sectarismo todo es machismo y falocracia. Menos ellas, claro; que tienen la verdad absoluta y viven iluminadas por sus gafas especiales.

Por suerte, no representan a las mujeres. Son tan solo una minoría chillona que hay que detener antes de que, además de aburrirnos, nos castren. Y es que el mundo está lleno de mujeres que no piensan igual que estas exaltadas. Las mujerse que piensan distinto deberían salir a la calle más a menudo. Expresar que aborto es un mal que ataca la sociedad, y afirmar sin ambages que optar por tener una familia equilibrada y normal no es un delito. Deberían contar más que no necesitan cuotas para alcanzar puestos de responsabilidad. Que valen mucho no por ser mujeres, sino por ser inteligentes, creativas y moderadas. Deberían contarnos que ser mujer no es nada especial ni distinto a ser hombre, que unas son estupendas y que otras son unas lerdas, igual que los tíos. Deberían contarnos que son personas, creativas, emprendedoras, trabajadoras, brillantes y fuertes, que son capaces del perdón y del amor, de la autoridad y de la firmeza. Y capaces de todo lo contrario, como los tíos. Que ser mujer no es nada especial, pero que tampoco tiene por qué renunciar – si no les da la gana – a las señas de identidad que les hacen distintas a los hombres .

En definitiva, no tienen que contarnos a todas horas que son mujeres, nos basta con que nos digan su nombre y su DNI. Solo así saldré a la calle a reivindicar lo que en justicia les pertenece. Lo que nos pertenece a todos y que las petardas de turno nos están robandonos año tras año con su fanatismo.

PD: Viva San Juan de Dios.

 

Los pilares de Occidente: la mentira, la basura y los ositos de peluche.

Cuando estudié primero de carrera (hace unos treinta años), en concreto Derecho Romano, recuerdo que en el inicio del libro de Derecho Público Romano se hablaba de los pilares de Occiente, y se afirmaba, con solemnidad y rigor que habían sido tres: el Derecho Romano, la Filosofía Griega y el Cristianismo. Hoy han sido sustituidos por tres tataranietos que no dan mucho de sí, pero que ahí están, decadentes y no menos firmes: la basura, la mentira y el emotivismo de los indignados del peluche. Estos piden paso y se quedan a la fuerza. Por eso hablamos de ellos, porque no será por mucho tiempo. Digo yo.

El Derecho Romano, que ha venido articulando durante casi dos mil años las relaciones civiles de los hombres entre sí (familia), de sus compromisos (obligaciones y contratos) y de sus bienes (derechos reales), ha terminando convirtiendo las relaciones sociales en relaciones mercantiles, para luego dejar temblando a la humanidad (y al planeta) con relaciones financieras y especulativas. Es lo que nos queda hoy. Personas que se relacionan especulando el amor, la amistad y los negocios. Vida deshumanizada, donde todo se compra y se vende. Es el capitalismo, hijo del derecho, que barre a la humanidad, sus relaciones y sus bienes, hasta convertir lo que toca basura. Por eso nuestro planeta Tierra se ha convertido en un basurero de objetos obsoletos, de residuos tóxicos, mares llenos de plásticos y un montón de mierda sobre la que seguir especulando. Lo llaman capitalismo, pero en realidad es uno de los pilares más importantes sobre el que sustenta la sociedad contemporánea de la disolución. Lo practicaron las sociedades comunistas con el mismo afán, y lo aplaudimos indirectamente cuando vamos de tiendas y tenemos de todo. Filósofos: la fragmentación posmoderna quedó atrás; lo de ahora habría que llamarlo disolución occidental, globalizada y sin vaselina.

El segundo pilar fue la Filosofía Griega, sobre la que hemos hablado en otras entradas de este blog. Los griegos buscaban la verdad frente a la opinión. Nosotros preferimos opinar sin buscar la verdad. Por eso estamos rodeados de mentiras. Frases ingeniosas, sensacionalistas, atractivas para vender, comprar y para llamar la atención. Pensar es agotador, en cambio, escuchar mentiras es más gratificante. La gente se busca mentiras a su altura moral, en su círculo intelectual, en su existencia. Hay una cadena televisiva para cada grupo de espectadores, con sus mentiras específicas, sus relatos y sus símbolos. El escepticismo está agotado, ahora se lleva la mentira que nos entretenga. Y las redes son especialistas en mentir al gusto de cada uno. Se llaman cockies, o sea “putas” y “galletas”, que debe ser lo mismo.

El tercer pilar es el cristianismo, el único que se ha mantenido como subcultura gracias a una institución milenaria como es la Iglesia. El cristianismo (que es una religión de sentido, no una ética) fue anulado en su momento por el laicismo imperante y cultural. Se le extrajo la moral en la modernidad, y se le redujo a una especie de buenismo fácil y blandito. Se vació de contenido la experiencia con Dios Padre, para exaltar experiencias inferiores y rídiculas, desde el animismo hasta el yoga. Al final el hombre sigue hueco por dentro.

El buenismo ético ha sustituido al amor al prójimo. La gratuidad del amor se ha pervertido dejando solo la pose, no el dolor, olvidando que el Amor que no duele por dentro, no es amor. Se promueve la experiencia de lo emocionante frente a la experiencia de Dios. Hasta que se rompe la cuerda del puenting, claro. Entonces ponemos ositos de peluche al pie del acueducto. Y es que somos adolescentes con rabietas y lágrimas facilonas, gente que lo quiere todo, y que es incapaz de dar nada, de darse gratis. De nuevo el capitalismo.

Es curiosa nuestra sociedad, donde los derechos sociales son cada vez más recortados, y donde la lucha de clases se ha transformado en una lucha de géneros (de sexos). Una sociedad indignada con hoja perenne, connivente con el poder, y traidora con la humanización en el trabajo, y con la sexualidad adolescente hasta que la muerte nos llegue. Adolescentes con rabietas y lágrimas fácil.

La ética contemporánea está disolviéndose muy deprisa por culpa (o gracias) a las redes sociales. Es la ética del emocionarse mientras miro un perrito en el móvil dando saltitos, y soy indiferente a la esclavitud infantil en África. Me indigna el voluntario porque reza el rosario delante de la clínica abortista, y lloro a moco tendido porque el niño X ha recuperado su osito de peluche perdido hace dos días en las Ramblas. Le pongo un “me gusta” para lograr un mundo mejor, y me exijo que no me digan lo que tengo que hacer con mi bragueta.

Es lo que hemos visto en Barcelona estos días, que aquí mataban a  14 personas y se les dedicaba horas y horas de espectáculo informativo-especulativo. Entre la mentira y la realidad, nadie analizaba el por qué. Ni falta que hace buscar la verdad, dirán algunos. Los terroristas no eran matados, eran “abatidos” (de pena suponemos), y mientras tanto los corrimientos de tierra en Sierra Leona machacaban a 400 muertos, 100 de ellos críos.

Occcidente se está disolviendo. Pero hay una esperanza, una sutil y fuerte esperanza.

Tras la basura del Derecho Romano solo podrá quedar la única estructura social con la que no se puede especular. La única que resiste el paso del tiempo por estár sostenida por el derecho natural. Me refiero a la familia, configurada por el judeo-cristianismo y el derecho romano. Será además una cuestión de “superviviencia”. Las propuestas familiares y económicas que no sean sostenibles (incluida la sostenibilidad de los hijos) se extinguirán por sí misma. La disolución familiar contemporánea desaparecerá por sí sola. El futuro será de los que tengan hijos y logren tener recursos suficientes y sostenibles para vivir, es decir: o familias católicas con hijos o familias musulmanas. Ahí estará el choque cultural en la futura Europa. El islam solo sobrevivirá en Europa si acepta las pautas familiares y culturales del cristianismo. Si no lo hace y triunfa, lo que surja no será Europa. Aunque esté en su territorio.

La mentira contemporánea dejará paso a la única verdad posible e inmutable: Dios y su trascendencia. Será un cliclo lógico, pues no hay cultura que no se asiente sobre una verdad inmutable, hija de una divinidad. El cristianismo retornará, pero seguramente lo haga purificado de lo superfluo, y lejos de Europa. La verdad no volverá a estar fragmentada, quedará sometida a la experiencia religiosa, y la ciencia volverá a ponerse al servicio del hombre, de la humanidad, y no del dinero ni la especulación.

El emotivismo del osito de peluche, adolescente y ansioso, solo podrá madurar si vuelve a concebirse la trascendencia. Es decir, será necesario un retorno al Amor de Dios (Padre), un amor que da sentido porque salva (Hijo) y que pueda reconfortar en el dolor de la existencia humana (Espíritu Santo). Será un nuevo humanismo más profundo y sólido. Ya lo dijeron antes que yo: el siglo XXI será religioso o no será.

Yo creo que sí será, y es que como pobre católico, tengo esperanza.

Reflexión y análisis del pensamiento ecologista.

De todos los movimientos sociales del siglo XX, el ecologismo es el que más ha triunfado. El pacifismo quedó demasiado lejos, casi tan lejos como la muerte de Ghandi; y el feminismo ha generado tal ola de estupidez con su deriva hacia las ideologías de género que digo yo no tendrá demasiado recorrido como siga así. Pero el ecologismo es otra cosa. Ha triunfado en la conciencia de la gente, y la prueba es que hay ya un importante negocio en torno a lo ecológico que genera mucha pasta, y mucha gente que ha fijado comportamientos presuntamente ecológicos sin ser consciente de ello. Bien por ellos.

Hay además, abundantes formas de ser ecologista y de plantearse el ecologismo, incluso varias de estas formas pueden llegar a ser incoherentes y agresivas entre ellas. Deviene la ecofiesta en un batiburrillo que hace que el ecologismo no sea siempre bien acogido por mucha gente, porque se identifica lo ecológico con ir en bici haciendo el gamberro por las aceras, o en alarmar a la población cada vez que llueve en otoño o hace sol en verano, o soltar una piara de armiños para que se mueran atropellados en al carretera más cercana. No, eso no es ecologismo, ni siquiera es una pose ecológica de nivel alfa.

Evidentemente no es lo mismo el ecologismo que pretende regresar a la edad de piedra cultivando cebollas y cerrando fábricas, que el ecologismo animalista que se esfuerza para que los animales no sufran en la naturaleza o fuera de ella. Mayor diferencia seguramente habrá entre el ecologismo liberal, que considera que hay que cuidar la naturaleza porque sino habrá más pobreza en el futuro, y el ecologismo espiritual y esotérico que entiende que debemos encontrar la armonía con la naturaleza y el cosmos en su Totalidad. Son muchas formas distintas de plantearse lo de la naturaleza y algunas implican una devoción religiosa y una entrega martirial excesiva para un culto panteísta que huele a adaptación al vacío occidental tan nuestro.

La variedad de formas de vivir la ecología da a entender, una vez más, que si bien ha triunfado la conciencia en casi todo el planeta de que debemos cuidar el medio natural, también nos hace pensar que la confusión reinante es enorme, y que cuando se destruye la idea de Dios se acaba abrazando cualquier manifestación ideológica que cuadre bien. El ecologismo es para mucha gente una forma de vivir por la que deben morir y matar, lo que la convierte en un peligro para la humanidad en su conjunto. El ecologismo le convendría estar a bien con la antropología para que no salga ninguna mal parada, pero tampoco viene mal conjugarla con las tradiciones culturales occidentales más humanistas, porque casi todo lo que es bueno para la humanidad a largo plazo es bueno para la naturaleza. De ahí las advertencias del Papa Francisco sobre los abusos que infligimos a la naturaleza y los abusos a los hombres. Y es que unos y otros no deberían andar por caminos distintos ni separados.

El problema de los ecologismos cuando degeneran en fanatismos está en que siempre terminan siendo alentado por los más ignorantes y psicópatas, que seducidos por una idea parcial, la terminar totalizando y absolutizando para convertirse ellos en sacerdote de lo nuevo, y en guardianes de la nueva convicción. El ecologismo no se libra de sus sectarismos particulares, eso es cierto, por eso conviene hablar de ello y reencontrar caminos de encuentro y no de división; más que nada porque puede seguir aportando mucho al hombre en su devenir hacia el futuro en un planeta-hogar limitado como el nuestro. Tampoco se libran los ecologismos de los nuevos adalides de lo verde, disfrazados de empresarios con deseos de ganar dinero, que aman la naturaleza bastante menos que sus negocios, y andan siempre en el límite de destruir cuando les permite la ley, aunque luego se pongan arrobas de insignias que afirman ser grandes protectores de la verdura y el medio ambiente. Grandes empresas energéticas con premio extra en contaminación, presumen de ser “supergreen”.

Si intentáramos poner de acuerdo al movimiento ecologista en unos principios básicos, estoy convencido de que terminarían a tortas los diferentes sectores, pues hay un ecologismo de derechas y otro de izquierdas, un ecologismo religioso y otro aconfesional, un ecologismo de sostenibilidades y diálogo con la antropología y un ecologismo de radicalidades y enfrentamientos. Pero es imprescindible que haya puntos en común que sean claros, pues el riesgo de la pluralidad es la dispersión, y el de la dispersión la fragmentación. Y la fragmentación solo conduce al fanatismo y al radicalismo, cuando no al abuso y la inmoralidad que saca beneficios hasta del sol que es de todos.

Dice un amigo mío con bastante acierto, que los ecologistas son unos plastas, pero que por desgracia tienen bastante razón en sus críticas y sus extremos. Tiene bastante de cierto. Yo mismo he escrito en este blog alguna entrada afirmando que nuestro planeta se está convirtiendo en un basurero de productos de usar y tirar, y hay que concederles la razón a los ecologistas cuando defienden la importancia de no deteriorar más el medio, bajo riesgo de que nuestra especie se vaya al carajo con su negligencia. Carajo que puede estar en el largo o larguísimo plazo, pero carajo al fin y al cabo. Por eso hay que ordenar las ideas y proponer caminos nuevos que reúnan el pensamiento ecológico, lo hagan más fuerte, y por tanto menos sectario y menos ridículo. Más serio, sosegado y firme.

Una vez más, al igual que le sucede a la antropología cultural y social, lo que mejor puede cimentar la unidad de los ecologismos es la religión católica. Por desgracia, los ecologismos han ido abrazando durante mucho tiempo las corrientes new age de armonías presuntamente orientales y posmodernas. Es un error, porque la experiencia religiosa de una cultura como la nuestra no necesita de otras formas para ser fuerte y válida, y más si queremos que vaya de la mano del humanismo. El mensaje de un Dios creador es suficiente como para que el hombre colabore con ese Dios sin dañar su obra. Mensaje olvidado en la revolución industrial, por cierto.

La ética basada en un Dios que nos ama y nos pide es bastante más sólida que la ética que se basa en el convencionalismo, los acuerdos éticos, o la razón natural, que siempre termina siendo relativa y escéptica. Tampoco, creo yo, está lejos de la protección de la naturaleza vivir la experiencia religiosa de  la contemplación franciscana de la naturaleza, donde Dios redime el cielo y la tierra, el pecado y la contingencia de la muerte, también en el cosmos y en la Tierra, siendo hermanos del mundo y la naturaleza creada por Dios para  nuestro gozo en Él. El orientalismo hace que lo ecológico se termine identificando con el yoga o con comer ensaladas de soja, pero no con ayudar a un prójimo que pasa hambre a pocos kilómetros de casa. Y creo que a la larga conduce a un espiritualismo desencarnado incapaz de resolver los verdaderos problemas del medio ambiente.

¿Por qué se está haciendo odioso el feminismo?

El mérito no es mío, el chiste circula por la red, éste y cientos más. Por cierto, procede de una tal “monicarogo” en twitter, y como es mujer, no es sospechosa. ¿Hay tías que no piensan como las feministas? Bastantes más de lo que parece. Y es que, en este mundo terrible, hasta las mujeres están hasta las narices de las feministas, feminazis y femiplastas, y no me extraña, porque hacen méritos para que la gente les tenga manía.

Las feministas son como un latiguillo que suena permanentemente, una propaganda pesada y cruel que limita los derechos y libertades fundamentales conseguidos en la historia. Reducen y limitan la libertad de expresión, anulan la presunción de inocencia de los varones heterosexuales (la mitad de la población que se dice pronto), y dificultan la igualdad de hombres y mujeres. En realidad no protegen mejor a las mujeres de la violencia, sino que nos distraen con sus juegos ideológicos para seguir chupando del bote y viviendo del cuento del “rollo de ser mujer”.

Observatorios, delegaciones de la mujer, secretariados para la mujer,… hay cientos de organismos institucionales que cuestan mucho dinero y que no han logrado mejorar las cosas para las mujeres. Al contrario, yo creo que las están perjudicando gravemente en sus aspiraciones sociales y culturales, que son tantas como las que tiene el resto de la sociedad. Ni han roto el techo de cristal, ni han reducido la violencia doméstica, ni han equiparado salarios, ni concilian la vida familiar y laboral de las familias. El modelo de mujer al que aspiran y se empeñan en imponer, es una mujer que tiene que renunciar a los hijos, tiene que empoderarse (hacerse con el poder político, social y cultural), y tienen que enfrentarse con tolerancia cero y continuamente a los opresores varones. Porque esto es una lucha, dicen. Y yo creo que no.

Las mujeres son válidas lo mismo que los tíos, unos más y otros menos. Y no tienen que andar demostrando nada a nadie, ni siquiera a ellas mismas. Si los hombres no tiene que demostrar nada, las mujeres tampoco. ¡Qué disfruten de la vida, coño!

La igualdad ante la ley fue en su momento una conquista del liberalismo democrático que se fue extendiendo poco a poco. Era un principio de la Revolución Francesa. Algunos colectivos que eran políticamente sospechosos, dejaron de serlo, y accedieron al voto a lo largo de las décadas. Ser pobre o ignorante era mirado con sospecha, porque se pensaba que podían ser manipulados por los enemigos de la patria o por el dinero; y con la mujer sucedió lo mismo, se sospechaba de si se dejarían llevar por sus confesores (así defendió la izquierda la negativa a que votaran en la II República Española). Pero cuando acabó la sospecha ejercieron el derecho a voto. Es una conquista ya realizada, y su único lugar de exigencia son los tribunales. Por cierto, los niños tampoco votan, y no hablamos de discriminación. ¿Me entiendeeees? La igualdad ante la Ley ya está conseguida desde hace décadas. Ahora tendríamos que derogar las leyes que otorgan privilegios a las mujeres, que son las que defienden las femiplastas a capa y espada.

La discriminación positiva, que defienden estos colectivos femibroncas, es discriminación, y por tanto un retroceso social evidente que solo puede ser defendido por un discurso “victimista”, que es lo que han hecho las feministas de última hornada. Discurso que perjudica mucho a las mujeres que no van de víctimas por la vida, y que no quieren que las ayuden porque no se consideran inferiores. Y es que no lo son, ni débiles ni bobas.

El victimismo del feminismo contemporáneo se ha vinculado con las llamadas ideologías de género, y eso ha hecho que los avances reales de la mujer por conseguir una mayor igualdad jurídica y social se hayan atascado y retrocedan. Entre otras cosas porque estos colectivos no saben defender los derechos de las mujeres sin SOSPECHAR DE LOS VARONES. Y este es el problema. Han terminado generando una victimización insoportable y una agresividad protegida, y frente a ellas, muchos varones y mujeres se oponen. Las mujeres se niegan a que las protejan, y los hombres se oponen a que se sospeche de ellos solo por ser varones.

Por desgracia la lacra feminista y las ideologías de género cuentan con el apoyo directo e indirecto de los medios, además del apoyo de la clase política que tiene miedo a ser “incorrecto” o a ser tachado de “machista”. En este sentido, son un auténtico lobby de poder. Su único enemigo (además de la iglesia católica) es la lógica, la ciencia y la realidad, a la que muchos nos aferramos; pero todo lo demás, está a su favor, y por eso se les escucha mucho, y generan mucho rechazo, tanto entre las mujeres como entre los hombres. Ahora se quejan de misoginia, y mañana se quejarán de otra cosa. El victimismo como argumento político se agota en su lamento, y no da más de sí. Y casi todo lo que cuentan que han conquistado recientemente, en realidad son retrocesos en libertades y derechos.

Uno de los temas más escabrosos, y que más relieve tiene en los medios es el asunto de la agresividad que sufren las mujeres por ser mujeres. Le llaman erróneamente “violencia machista” y se equivocan, porque el machismo en sí no es violento, no tiene por qué serlo. De hecho, para un machista de toda la vida, pegar a una mujer es una cobardía impropia de un hombre. La hombría se demuestra frente a los iguales, y no ante los inferiores. ¿Me entienden, verdad? El machismo no tiene por qué ser agresivo, pero como han mezclado todo para conseguir su gran objetivo, continúan instaladas en la queja y el lamento. Su gran pretensión es hacerse con el control y el poder. Pero cuando lo tienen, tampoco saben qué hacer, salvo meter en la cárcel a todos los que no piensen como ellas. A los machistas, a los maridos y a los meapilas, ale.

Cuando fue aprobada la Ley contra la Violencia de Género, se oyeron algunas voces discrepantes, que fueron acalladas por ser machistas, o sea discrepantes. Predecían un fracaso antropológico que luego se ha comprobado real. La ley, por cierto, fue aprobada por casi la unanimidad del parlamento, derechas e izquierdas, radicales y moderados. Pero ya verán como no derogan la Ley, le darán una vuelta de tuerca para limitar más derechos esenciales, y seguirán sin saber qué hacer con el asunto. ¡Con la de observatorios de la mujer que hay! Para mi que en todos los observatorios usan las mismas gafas polarizadas de antimachismo. Y no ven nada que les dé una pista, claro.

Hay una opinión novedosa, que me resulta fascinante de las muchas que he escuchado y que creo que tiene toda la razón. La violencia doméstica forma parte del grupo de las violencias que se generan en torno a las relaciones afectivas, por eso siempre se dará un cierto número de agresiones (algo inevitable pero reducible): de padres a hijos, de hijos a padres, de maridos a sus mujeres, de adultos a ancianos, en pareja de novios y de casados… Como los accidentes de tráfico, no desaparecerán, pero podríamos reducirlos al máximo. Mejores coches, mejores carreteras, y menos distracciones, alcohol y móviles cuando se conduce. Interesante.

Seguramente también potenciando unas relaciones afectivas sanas se logre reducir la violencia en general de una sociedad competitiva que ya es bastante violenta de por sí. Mejores personas, mejores relaciones, mejores familias; y menos aislamientos, menos ignorancias, menos dar caprichos a los hijos.

Es un dato que es fácil de observar. Los jóvenes de ahora controlan más a sus parejas a través del móvil. Son más dependientes y más desconfiados. ¿No eso acaso un caldo de cultivo para las agresiones del mañana? Pues eso.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana.