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Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

Reformar la Constitución del 78. ¿Para qué?

Celebraremos el próximo año, el 2018, el cuarenta aniversario de la Constitución Española de 1978, que es tanto como decir el periodo de más paz y estabilidad que ha habido en nuestro país en casi doscientos años (con permiso de Cánovas, claro). La Constitución lleva gobernando esta república-monárquica nuestra más años que Franco campeando la suya, lo cual demuestra que es mejor la democracia que la dictadura, y que lo que les sucede a los venezolanos es una putada, por no hablar de los chinos.

Seguramente, la razón por las que haya perdurado tanto tiempo una Constitución en nuestra patria, tan amante de los golpes de Estado, y tan derogadora de constituciones (en el siglo XIX hubo unas cuantas) se debe a la incorporación de España al club de las potencias europeas. También a las virtudes de los políticos de entonces, que fueron capaces de escribir una carta magna sin vencedores ni vencidos, un texto que fuera un punto de partida para un país que quería ser distinto: democrático y de derecho, plural y con oportunidades para todos. Libertad, igualdad, justicia y pluralismo político. Casi nada.

España aspiraba a ser un país como el resto de los países europeos. Sin complejos. Con una monarquía moderna como las Europeas, un respeto elemental a los derechos humanos (con Franco esto no lo hubo, y con Stalin menos) y un sistema comercial basado en el libre comercio y en el capitalismo intervenido por razones sociales. Todo estupendo. La Constitución es simplemente una norma jurídica bien hecha que permitió que fuera posible tal proyecto. Si no se ha hecho mejor no es porque la Constitución no lo permitiera, sino porque los gobiernos puntuales que hemos tenido han sido cortoplacistas, han buscado el triunfo electoral por encima de la mejora nacional, y han anhelado el poder para colocar a los amiguetes en lugar de trabajar por la mejora real del asunto concreto que les ha tocado. Ha habido gobernantes nefastos, es verdad, y si el chiringuito no ha petado es porque a pesar de ellos, la Constitución es mejor que nuestra clase política. Sin duda que sí.

Aunque supongo que las buenas intenciones no hayan faltado, también es verdad que un buen número de los gestores de la cosa pública han acabado en la cárcel. Barrionuevo, el Ministro de Interior del PSOE, fue aclamado a las puertas de la prisión por los “suyos”, olvidando que había montado un grupo terrorista para perseguir a ETA en plan clandestino. Por suerte, Aznar demostró que a ETA se le puede derrotar simplemente acosando a los terroristas y al entorno terrorista con las leyes de la mano. La Constitución permitió la derrota de ETA, que ha sido a la postre el gran intento de desestabilizar la democracia en estos cuarenta años.

No recuerdo otra quiebra más grande del Estado de Derecho en estos cuarenta años salvo la del golpe de Estado de Tejero en el 81, militares nostálgicos que no se enteraron que la democracia funcionaba bien, o el golpe de Estado del Gobierno Catalán perpetrado a cámara lenta durante varios años y que ha culminado en el 2017, bajo la complicidad del gobierno central que ha hecho como que no lo veía (y que sigue sin ver lo que hay al otro lado del río). También el atentado del 11 de marzo del 2004 en vísperas de unas elecciones tuvo algo de golpe a la democracia. Aquello colocó en la Moncloa a Zapatero. Por desgracia se desestabilizaron las reglas democráticas, y una parte de la izquierda salió a la calle sin respetar las reglas del juego de la jornada de reflexión, pero bueno. Tampoco muy grave. Votar es muy sano, porque si pierdes te callas por un tiempo, y si ganas te quedas a gusto. Y lo mejor, se van unos y vienen otros. Aunque algunos no terminen nunca de llegar y otro no se marchen del todo. De todas formas, esto funciona, porque la Constitución y la sociedad española aguanta lo que le echen.

Lo cierto es que el texto constitucional consiguió casi todo lo que se propuso, casi todo lo que estaba en su mano, claro. Por desgracia, los gobernantes no han estado a la altura, y han destruido una parte importante del patrimonio cultural y social, jurídico que heredaron, lo cual debería ser un delito en sí mismo. La independencia judicial sin ir más lejos. En el año 78 era magnífica; pero el PSOE se la cargó politizándola en el año 85 con el CGPJ, una de las mayores estafas políticas que luego ha mantenido el PP, y que simplemente quebraron la división de poderes. A pesar de todo, el sistema aguanta, pero el daño es tan profundo, que la sospecha contra la administración de Justicia nunca ha terminado, a pesar de que la inmensa mayoría de los jueces lo son de oposición, unos cuantos lo fueron a dedo del político de turno. En fin, que la Constitución ha aguantado, lo que supone que es hace bien lo suyo, incluso a pesar del Tribunal Constitucional y sus caóticas y contradictorias sentencias.

La creación de un país descentralizado totalmente en autonomías lo permitió la Constitución Española. No era el modelo propuesto por los políticos de entonces, que solo contemplaba que esto fuera algo para que las autonomías más pertinaces (Cataluña y las provincias Vascongadas) se deleitaran un poquito más mirándose el ombligo. Se reconocía que España era un país plural, vale. Aunque eso ya lo reconociera el gran sistema descentralizador del siglo XIX, las provincias y las diputaciones.

Luego llegó el café para todos, y filetes para todos, y langostinos para todas las autonomías. La Constitución lo permitía, pero que se hayan creado 17 reinos de taifas con sultanes, califas y chupópteros de toda clase y condición no es culpa de la Constitución. El descalabro educativo, el caos sanitario, la persecución de los castellanos parlantes en algunos territorios por razón de su procedencia o lengua es algo que la Constitución no ha podido detener, entre otras cosas porque los gobernantes del momento no han querido hacerlo, ni en Madrid ni la periferia.

Por eso, ahora que se habla de reformar, me pongo a temblar de espanto. ¿Quién va a reformar la Constitución? ¿Los que no creen en la separación de poderes? ¿Los que no respetan la independencia del Poder Judicial y colocan a los suyos? ¿Los que no creen en la unidad ni en la bandera ni respetan la institución más estable que tenemos que es la Monarquía? Reformar no significa hacerlo a mejor, también se puede hacer una cagada monumental; y por desgracia, no veo a la clase política actual preparada para hacer tal cambio. Tampoco veo a la sociedad española con suficiente humildad ni capacidad para afrontar un reto así. Mucho sectario y mucho soberbio es lo que domina el panorama de la izquierda, y muy acojonada y acomplejada veo a la derecha. Saldrá un pastiche fétido y partidista como se pongan.

Lo dicho, no veo políticos capaces de reconducir el Estado Autonómico para que mejore el país; ni gente preparada en mejorar la educación. Salvo el rey Felipe VI que tiene bastante cabeza, esto está lleno de ineptos. Así que me declaro en contra de cagarla. O sea, que mejor no meneallo.

 

El odio político. Arderéis como en el 36, y os fusilaremos como en el 39.

Arderéis como en el 36. Pues vale, y os fusilaremos como en el 39. Esa es la provocación del odio, y esa es la respuesta, la que está a la altura de los descerebrados que se mueven a gusto odiando a troche y moche. El odio es algo visceral, y por tanto apunta a lo emocional, sentimental y acrítico del hombre. El odio convierte al buen salvaje de Rouseau en el lobo que era con Hobbes; y es que contra el odio solo es posible reconducir la sociedad a las leyes (y el absolutismo).

El odio no puede formar parte de la acción política, ni de sus declaraciones verbales, ni de su manera de hacer política en la calle. Llevamos años (desde que Zapatero hundió la nación) escuchando como el odio se ha despertado en la sociedad española. Unos odian a la derecha, a lo español, a la religión, a los banqueros, a los funcionarios, o a los ricos. Y otros odian a los que los odian.

Por suerte no todos pensamos igual, incluso algunos pensamos sin odiar, gracias a Dios.

Estos odiadores profesionales necesitan un enemigo al que odiar. Se han despertado desde la indignación y el cabreo de una sociedad innane y en crisis. Pero el odio ha sido trabajado gracias a un sistema educativo basado en la división social de buenos y malos. El que odia siempre piensa que él está del lado de los buenos, y que por eso tiene derecho a odiar y a machacar al enemigo, que es malo. El odio es hijo de la soberbia, y ese es exactamente el contenido de la lucha de clases del marxismo, obtener una licencia para matar gratis al que consideramos que nos está oprimiendo. El odio ha sido potenciado durante años en nuestra sociedad, y la clase política ha dado malos ejemplos aparentando odiarse entre sí. La gente escuchaba sus proclamas llenas de odio en los mítines, y por desgracia, algunos se han creído lo que decían, y que odiar era bueno, cuando se odiaba a los malos. Craso error.

Cuando salió lo de Gescartera, aparecieron varios zumbados por el arzobispado gritando como locos. ¡Cabrones, cabrones! Odiaban a la iglesia porque habían visto la tele y habían reinterpretado lo que les apetecía. Los curas vestidos de curas, tienen que escuchar de cuando en cuando insultos de gente que por la calle no tiene mejor provecho en sus vidas que odiar. Las redes sociales están rezumando odio por todos los poros. Y la bilis llama a la bilis y a la descomposición. Y muchos periodistas se suman con antorchas, desde el Informal y la Sexta, hasta Jiménez Losantos, que rezuma odio contra Rajoy por su pasividad.

Los indignados contemporáneos, en lugar de reconducir su cabreo para sacarnos adelante, o para labrarse un futuro, o para organizarse racionalmente y ofrecer a la sociedad algo bueno o mejor, simplemente apelan al odio y “acabar con” como la única medicina posible, o sea matar al enfermo dándole una paliza. Por eso los indignados del famoso 15 mayo han acabado odiando todo, y el caldo de cultivo que han regado con sus gritos se ha extendido a una sociedad que está empezando a odiar sin criterio.

Se oyen voces que odian cumplir las leyes (estado de derecho), odian el parlamento, odian el sistema, odian el bipartidismo, odian las capillas en la complutense, odian a los obispos, odian al capitalismo, odian las obras en Gamonal, odian a la infanta Cristina, odian al rey, y odian a Esperanza Aguirre que les hace frente, porque ya no tienen a Aznar, al que también lo odian con toda su rabia. Viven odiando, y son felices así, supongo.

Yo creo que forma parte de nuestra forma de ser, pues la historia más reciente de la humanidad occidental está llena de odios que han movido la historia hasta el paroxismo contemporáneo. El renacimiento se hizo odiando al medievo, la ilustración odiando al cuarto voto de los jesuitas (la obediencia al Papa, que no al Rey), la revolución francesa lo bordó odiando al rey, a los aristócratas y luego a todos los que no eran jacobinos con la guillotina, nuestra guerra de la independencia española lo clavó odiando a los franceses y al memo de Pepe Botella, y todo así. Los absolutistas odiaron luego a los liberales, y los carlistas a los isabelinos. Y pasó un siglo. Los anarquistas odiaban a los conservadores y liberales, los comunistas a los socialdemócratas, los republicanos a los monárquicos, y los franquistas a los republicanos. Pasó medio siglo. Los nazis odiaban a los judíos, los judíos a los palestinos, y los musulmanes odian a occidente, aunque no quieren ser nazis. Aquí todo el mundo está odiando, y seguimos de odio en odio, alimentando rencores y escuchándonos a nosotros mismos expulsando baba verde por la boca. El motor de la historia parece ser el odio de unos a otros, y no el materialismo. Por eso hay que reformular a Marx y hablar del idealismo histórico que odia, como el motor, la síntesis que decía Hegel.

Luego vienen los cincuenta millones de muertos de la guerra, los desaparecidos, los desterrados, los muertos de hambre, los asesinados por Pol Pot, por los nazis, por Stalin, por Guantánamo, los devorados por Bin Laden, y los devorados por la guerra en Irak. Hutus contra Tutsies. ¿Se acuerdan? Y nos tiramos de los pelos diciendo que no vuelva a pasar. Y hacemos una reflexión, escribimos libros nihilistas y terribles sobre lo que ha sucedido y hacemos congresos para que no se vuelva a repetir. Pero a los diez años ya nos hemos olvidado, y volvemos a la carga con más y nuevos odiois.

El odio despertó como acción política con la Revolución Francesa y se reafirmó (aunque no sea nuevo en nuestra vieja humanidad) con el marxismo y la “lucha de clases”. Dividir la humanidad en opresores y oprimidos es una salvajada, porque además de ser irreal, empuja a la humanidad a una permanente pelea, y obliga a la izquierda (la más afectada por el odio) a una lucha a muerte para conseguir sus objetivos, contra el que sea. Ellos lo llaman luchar, pero en realidad quieren decir “odiar”. Nietzsche habla de lucha como otra cosa, no como un odio de débiles, sino como una voluntad de poder donde los más fuertes destacan por su vitalidad. Simplemente.

Combatir el odio es realmente muy complicado, porque desarmar lo emocional es casi imposible. Para Gandi el odio engendra más odio, y tenía razón. Pero la contestación pacífica del odio también puede ser un error, y la historia nos ha enseñado que cuando no se hace nada contra los que te odian te acaban gaseando en Auschwit, como les pasó a los judíos, o montando una guerra brutal como sufrió Europa con estos alemanes que odiaban el comunismo tanto como la democracia. Una lección semejante extraigo de la II República Española, donde la gente fue enseñada a odiar a la iglesia, los patronos, los empresarios y los banqueros (hay carteles para demostrarlo de antes de la guerra); y cuando se pasó a las manos ya era demasiado tarde para que no hubiera alguien enfrente dispuesto a defender sus convicciones, creencias y personas. Los fachas, vaya, que encima ganaron la guerra porque se odiaron menos entre ellos que los del bando republicano. Una pena y una oportunidad perdida para España.

Quizás igual que hoy.

Con todo el cariño y sin acritud: Arderemos como en el 36, pero alguien os fusilará como en el 39. Ojo por ojo se llama, y está inventado hace mucho. Yo prefiero lo del amor al prójimo, me parece más moderno.

¿Y de qué están orgullosos los gays?

Los gays, o sea los homosexuales de mundo mundial, han celebrado este domingo último, un año más, el día del orgullo gay, que es como una fiesta reivindicativa del ser gay, cuya esencia debe ser algo distinta a la que yo creía. Y es que de este asunto me llama la atención muchas cosas, desde la nomenclatura de la fiesta hasta la forma de celebrar el homosexualismo, un tanto histriónica y con abundancia de cueros repujados con tachuelas. Depilación al poder, y exhibiciones con poco recato y mucha parafernalia andrógina. Digo.

Me recuerda a los heavys de otros tiempos, cuya estética de maldad sobrevenida era pujante. Melenas aireadas con buenísimos champús y acondicionadores fantásticos, chapas, tachuelas, guantes agujereados por los dedos, cueros negros, y gritos indispensables de cierto tono gutural. ¡Ueeeeh!. Eran tipos entrañables, la verdad; y la música que hacían, porque no hay que olvidar que son la única tribu musical que superan las décadas con creciente éxito entre los colegiales. Los heavys sí que montaban parafernalia, cohetes, bombas en el escenario, escupían a la gente si hacía falta, rompían guitarras y los ACDC hasta nos hacían calvos. Un espectáculo por sí solo que no necesitaba el día del orgullo heavy para reivindicarse. Más que nada porque no reivindicaban nada. Vendían un producto (buena música con estética algo simiesca) y punto.

En cambio los gays del orgullo gay, que es tanto como decir “los que manejan la cultura del resto de los homosexuales del mundo y les dicen cómo tiene que ser gays“, destilan azúcar a cucharadas, y ponen tanto frenesí en parodiarse a sí mismos, que francamente me resultan más que grotescos. Parecen vender un producto, en este caso el producto de su ideología misma, que ser gay es guay, y que para ser guay tienes que: depilarte el pecho, machacarte en el gimnasio, excitarte cuando pronuncias con deje aceitoso las “eses”, lanzar grititos de cuando en cuando, ponerte unas cintas de cuero en plan village people, y llevar el arco iris tatuado en la culo, que por supuesto enseñas mientras desfilas sobre una carroza llena de otra panda parecida a tí, reclutados y amiguitos todos para la ocasión.

Ser gay es para esta gente una especie de travestismo a lo voceras, que arranca de un afán de protagonismo desmedido, donde lo más importante es que te vean, y que vean que te da todo igual y que eres libre y guay. Algo así, debe ser, porque de otra forma no me imagino que les guste tanto contarnos a todos lo que son o dejan de ser vistiéndose con estridencias.

Imagino que habrá gays aburridos, grises y tristones, o gays que van a misa el domingo con sus padres, gente gay que odia los gimnasios, que habla sin perder aceite, y que no le gusta depilarse ni mucho ni poco, gays con raya a un lado y sin tatuajes. Estos gays encima tienen que aguantar que les digan que salgan del armario, cuando en realidad están tan a gusto sin ser unos exhibicionistas. Mirarán la tele y verán que los únicos gays que salen en la tele son unos histéricos, y seguro que se les cae el alma a los pies. Esta gente lo tiene que pasar muy mal, creo yo. Y más en estas fechas.

Se supone que hay muchas formas de ser homosexual. Lo curioso es que en la tele siempre sale la misma forma, la histriónica y funabulera, la del travestismo y la exhibición. ¿Y los homosexuales tímidos que no les gusta llamar la atención? ¿Y los que no se besan por la calle ni en público? Esos parecen discriminados. ¿Y a los que no se les nota, y no quieren que se les note? Para los homosexuales fetén, esos no son maricones ni son nada. Son aburridos, como de derechas, y por tanto basura confundida por la luz que despiden ellos, supongo.

A la izquierda le mola mucho el rollo gay, constato, y yo creo que es porque piensan que esa libertad reivindicativa del “vive como quieras” es como muy divertida y moderna. A mi me suena más bien a la derecha liberal, la que ama el pluralismo y odia la igualdad. Porque siendo sinceros, realmente los gays odian la igualdad, y lo que más les gusta es llamar la atención y sobresalir sobre la medianía general. Pero en esto la izquierda no anda muy enterada hoy día, y lo mismo defiende la libertad absoluta, como la igualdad absoluta, aunque sea imposible defenderlas a ambas. Cosas que han pasado tras la muerte de Marx, claro. Porque en tiempos los gays rusos se iban al gulag siberiano en menos que te santiguabas.

Más lamentable es ver a los de derechas, el pepé de Rajoy, asumiendo la ideología gay de estos colectivos, cuando ellos son lo menos divertido y exhibicionista que hay en el mundo. Rajoy es lo más contrario a una loca que yo en visto en mi vida. Por eso hacen el ridículo defendiendo lo políticamente correcto que les dicen los de izquierdas que deben hacer. Deberían defender a los gays menos escandalosos, a los sensatos, a los gays cristianos (que los hay), a los no exhibicionistas que están tan jodidos como el resto de los españolitos que están jodidos. Digo.

¿Pero de qué están orgullosos los gays? Yo creo que están orgullosos de lo mismo que todo el mundo: sus éxitos profesionales, la familia, etc. Por eso, celebrar un día del orgullo gay, es impedir que la homosexualidad sea algo normalizado. Dudo que haya nadie que esté orgulloso de disfrazarse de memo haciendo el ridículo, así que el próximo año, el día del orgullo gay se debería cambiar de nombre. Fiesta reivindicativa de la homosexualidad, y convocar a las familias gays a celebrar una paellada en la Casa de Campo, con sus padres e hijos adoptados, si los tienen, y con una misa final en la Almudena. Eso sí haría daño a los homófobos turcos (y musulmanes en general), que se empeñan en preservar el islam persiguiendo a sus ciudadanos.

Yo a esa fiesta si animaría a participar a algunos gays normalizados. Y es que para una fiesta de locas vale, pero para reivindicar mejor la sensatez… Es como los heavys, que malos, lo que se dice malos. Si todo el mundo sabe que los heavys eran un cacho pan y que todo era fachada. A ver si es verdad.

El cautivo voto cristiano ha sido liberado.

 

urna

La fotografía recoge perfectamente lo que suele pasar con el voto cristiano. Vota aquí, da lo mismo, dice el simpático contenedor de basura, y es que la ingeniería social de la izquierda ha logrado, en connivencia con la derecha, suponemos ahora que laicista y masónica, que los cristianos no tengan casi opción para votar, o mejor dicho, que tengan el voto al borde de la histeria. Me explico, porque creo que vale la pena ahondar en una de las cuestiones más interesantes para la antropología cultural de nuestra sociedad española.

Pertenezco a la generación de cristianos con poco olor a naftalina, más del Concilio Vaticano II que de las grandes manifestaciones tumultuosas proviva el Papa, aunque todo seguro que se hace ad maiorem gloriam dei. Creo que “Lucha y contemplación” han sido los dos grandes lemas que sedujeron a cientos y cientos de cristianos a lo largo de la historia, y que en su momento me sedujeron a mí, como a tantos cristianos de base, de pie, de asfalto, de estudios y de grupos cristianos, a veces olvidados por las curias, y otras ninguneados por los poderes políticos. Poder vivir desde esos dos ideales, de la oración en profundidad, y del compromiso social y cultural transformador, es una gracia otorgada de lo Alto, para un pequeño cristiano como creo que soy.

Esto me ha obligado, durante muchos años como cristiano reflexivo y comprometido, a tener que dilucidar y discernir, en ocasiones con grandes dificultades, a qué partido entregar el voto, pues ninguno de ellos casaba con el ideal del evangelio en plenitud.

Desde la teología moral, y en concreto la teología social de la Iglesia, ninguna opción temporal agota la plenitud del ideal evangélico, por eso, a la hora de votar, se nos ha dicho a los cristianos laicos, con un criterio fantástico y discutible, por parte de los obispos y el magisterio en general, que había que pensar el voto. Y los dos extremos siempre han estado claros para muchos creyentes durante muchos años.

 Las izquierdas políticas han representado evangélicamente como ninguna, a veces más en la teoría que en la práctica (pues una cosa es predicar y otra dar trigo), el ideal de la igualdad, de la justicia social, de la ayuda al débil y necesitado, de la apuesta por una democracia participativa, reflexiva, pensada, creciente y constructiva. Una defensa más teórica que real, pues en la práctica la izquierda usa al pobre o al obrero como arma arrojadiza para lograr votos, aunque de nuevo, de todo hay.

La búsqueda de equidad era un principio tan importante casi como la honestidad y la austeridad como valor de izquierdas. En ese sentido, la izquierda siempre ha recibido, aunque algunos no lo crean, el voto de muchos creyentes cristianos. Muchos de ellos entraron en la militancia política en partidos como Izquierda Unida, en sindicatos (USO fue fundado por parte de la cúpula de la Juventud Obrera Cristiana en los años 60, y lo mismo podríamos decir de CCOO, en sus inicios, claro), o en el PSOE (corrientes de cristianos para el socialismo…).

Pero hay que decir que estas opciones políticas no siempre fueron acogedoras con los cristianos de base. Bien mientras dejen su cristianismo en la sacristía, porque en el partido no se habla de esas cosas. Además chocaban abiertamente con el ideal evangélico en una cuestión tan básica como era la defensa de la VIDA. El aborto ha sido un escollo importante para el cristiano de izquierdas, lo sonrojaba y le avergonzaba hasta el punto de tener que justificar la inhumanidad del humanismo materialista marxista. Incluso algunos creyentes pensaron que podían eludir ideológicamente todas esta cosmovisión sin poner en riesgo sus creencias, y acabaron perdiendo la fe, pública o privada, en Jesucristo, según casos.

Chocaban para los izquierdistas que el cristianismo pudiera ser una opción pública y radical, pues la ideología marxista de la que partían no admitía más religión que la transformación social, o la lucha de clases, que tanto daba; de ahí que la iglesia y los cristianos no pudieran, nunca lograran, tener una voz respetada en esas formaciones. Como gente del partido bien, pero si eran cristianos que lo llevaran en privado, les han dicho directa e indirectamente.

Es la mismo postura de la masonería en la que se han bañado muchos de los dirigentes de la izquierda. La misma que sostiene a los dirigentes de derechas de otros partidos. Tras cuarenta años de democracia los cristianos, ni de derechas ni de izquierdas han logrado evitar el deterioro de la clase de religión en la escuela (la asignatura más ninguneada y perseguida de todas), han frenado la lacra social y moral que supone el aborto en la sociedad, ni han sido tenidos en cuenta para el desarrollo de la justicia social, tantas veces denunciada por Cáritas, por ejemplo.

Dicho de otra forma: los cristianos de izquierdas modificaron su cristianismo, o cambiaron su voto, simplemente. Pero la derecha ha sido peor con los cristianos.

Aparentemente la derecha siempre ha sido más acogedora con el voto cristiano, pues al entender que las religiones representan algo tradicional y conservador, pues les venía bien. Era el granero de votos y la contestación ideológica en la calle que nunca pudo organizar la falange del Franco, ni el Pepé de la democracia. Nunca entendieron que el cristianismo incorporaba una revolución en su seno, que el dinero y el libre mercado tenían que estar por debajo del hombre. que el dinero no era todo, y que había que construir una sociedad con valores como la igualdad, la libertad, la vida, la pluralidad y el reconocimiento a la tradición española y a la historia. Sin complejos ni tapujos, sin falsas palabras.

Para los cristianos la libertad siempre ha sido necesaria como medio en la construcción del Reino Evangélico, era una coincidencia importante con una opción política menos sectaria y más complaciente con la pluralidad y la construcción social sin intervención política dirigida. O eso parecía, porque ni una mala palabra, ni una buena acción, eso ha sido el Pepé.

La izquierda hacía la ingeniería social para cambiar la sociedad, para dejarla pulida y desprovista de religión, para anular los valores del Reino, reconvertidos, eso sí, en pseudovalores conniventes con la modernidad, para alentar los derechos de la bragueta, del fumeque y del asesinato abortista. Y la derecha presumía de que iban a hacer cuando llegaran. Decía la derecha que le bastaba para convencer al mundo con ofrecer la libertad absoluta, la de mercado, la de optar entre lo malo y lo bueno, la del mínimo intervencionismo político, y el agudo orden público.

– ¿Y por qué no modificáis la ley del aborto? Le preguntaban a Aznar los cristianos cuando gobernaba.

– Porque no hay interés social – respondían los peperos de su entorno con un cinismo atronador.

O sea, que el interés social lo marca la izquierda, no los cristianos de este país. Ahí está el meollo de la cuestión. Los liberales del Pepé no van mover un dedo por lograr más igualdad social, ni justicia social ni nada por el estilo. Salvo que les de votos, claro, no son gilis. Tampoco van a modificar la ley del aborto, no van a proteger ni a la mujer ni el feto, ni a las familias, ni nada de nada. Salvo que nos de votos, dicen los gurús del pepé, que por cierto, parece que se van equivocando de medio a medio.

Los cristianos que pensaban que la derecha era algo más partidaria de sus postulados se han desencantado en esta legislatura, se han caído del guindo de bruces y se han roto la nariz, porque se han quedado desamparados y en la calle ideológica. Era algo que ya veíamos algunos desde hacía tiempo. Les pueden los complejos ideológicos, y prefieren hacer lo que marcan las ideologías de izquierdas que rastrear indagando lo que dicen sus votantes, algunos conservdores, otros liberales, y otros cristianos y todos indecisos.

Nadie hizo tanto por alejar el voto cristiano de la izquierda que el infausto presidente Zapatero, pero nadie ha hecho tanto por cabrear al voto cristiano de la derecha como el pasmado presidente Rajoy.

Por eso el voto cristiano, que estaba cautivo en la búsqueda del ideal ha sido liberado. Nadie quiere defender la familia, ni la vida, ni la clase de religión, ni la equidad, ni la justicia social, ni la verdad, ni la libertad, ni la igualdad como la defienden los cristianos, en lucha y contemplación. Y ahora sí, ahora podemos votar cualquier opción por muy antiabortista que sea, pues ningún partido defiende el NO AL ABORTO. incluso nos podemos quedar en casas con la conciencia bien tranquila mientras vemos que se derrumba la democracia. Total, ¿qué más nos da a nosotros? Nunca creímos que la monarquía fuera mejor que la república, ni que la democracia fuera mejor que la dictadura. Somos ciudadanos de otro mundo, y nos limpiamos el polvo de nuestras sandalias.

PD: Dice de Prada que una solución sería no ser metecos y quedarnos en casa, o votar otras opciones minoritarias, no seguir entregándonos a los que nos faltan al respeto permanentemente, y no le falta razón.

PD2:Luego se sorprenderán que la gente vote a Vox, como opción cristiana, a Ciudadanos, como opción de centro, y a Podemos de izquierda radical. Pero ya verán como pase lo que pase, aquí los cristianos seguiremos siendo ninguneados. No nos quiere ni el tato.

PD3: ¿No dicen nada los obispos de ésto? Sería deseable un partido cristiano, que claramente defienda la justicia social y la vida. No se agotaría el evangelio con las opciones mundanas, pero nos aliviaría de los problemas de conciencia, los mismos que no deben tener los diputados del psoe ni del pp, ni de Iu cuando votan lo que votan sin despeinarse…

El agua de la fuente

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