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Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

La salvación que viene.

Salvarse, lo que se dice salvarse, es casi un grito unánime y colectivo de nuestro tiempo. Desde la cumbre del clima hasta el terror que infunde el heteropatriarcado en las niñas de bien. Todo es apocalíptico y teleológico, por lo que me temo que la humanidad está hoy más sedienta que nunca de salvación, y por ende de salvadores. Y ahí está el problema, que cualquier memo puede salvarte sin preguntar ni siquiera si quieres ser salvado, ni de qué.

Muchos de los nuevos mesías son verdes. Y el color vale para casi todo. Los pluriecologistas y su humanidad mediática no paran de repetir que el planeta necesita ser salvado. Que vamos al colapso y que el planeta está a punto de reventar. Que es demasiado tarde, aunque a veces también dicen que no lo es, que aún estamos a tiempo, pero que hay que tomar medidas urgentísimas y draconianas para salvarnos. Ellos saben lo que hay que hacer para salvar al mundo, pero en lugar de ser coherentes con lo que dicen que piensan, parchean la economía y la sociedad mientras los auténticos profetas verdes gimen desconsolados con que no es suficiente. Recicla, nene, que así salvarás al mundo. Lo dicho. Greta y el arrimado eventual tío Sánchez nos van a salvar de nuestra historia de progreso. O sea, que nos vamos a la mierda con estos mesías, y verde que te quiero verde.

Yo creo que tienen razón los greens auténticos, porque dudo que nos vayan a salvar los políticos guays gastándose una pasta en concienciarnos y contarnos repetidamente verdades indemostrables y acientíficas. Por mucho que inunden los libros de texto con la foto de Greta y los garbos, y por mucho que nos suelten una monserguilla utópica por inalcanzable, no vamos a salvar este desastre. Además, esta salvación ecológica es una caca, porque nos abandona empecatados al exterminio que nos espera en la historia. Salvaremos al planeta, si y sólo si nos extinguimos; o volvemos a las cavernas del tío Arborio.

Y es que el ecologismo como religión deja mucho que desear. ¿Qué quieren que les diga? Una salvación que no me salva a mi personalmente, y que me condena a morir y extinguirme por el bien del planeta no me mola. En realidad es una estafa. Ahí está Greta y el apóstol Sánchez bien arrimadito, os vamos a salvar, chicos. Ya, claro.

La otra caterva mesiánica es de color violeta. Me refiero a las señoras agentes de la dictadura de género, que es el nombre fino que reciben las feminazis. Nos quieren salvar de muchas cosas, algunas de ellas de dudosa existencia. Nos van a salvar del patriarcado, de la invisibilidad de la mujer y de nuestro género preconfigurado. Casi nada. En realidad esta salvación es bastante menos creíble, pero no por ello goza de menos adeptos, en este caso adeptas. Se ha construido sobre una serie de falacias indemostrables, y a cambio reciben un dinero que da gusto. Es la deconstrucción filosófica absoluta, el pensamiento débil convertido en pensamiento oficialista para la salvación de la mujer y del mundo. Salvar a las mujeres de las garras de la vida patriarcal y fascista que llevan.

El problema de esta segunda salvación es que necesita mantener a toda costa los prejuicios construidos artificialmente por la tercera oleada feminista, la de la ideología de género, para poder sobrevivir y ser creíble. Eso la convierte en una salvación excluyente para la mitad de la humanidad, o sea los varones heterosexuales y casi todas las mujeres oprimidas por la maternidad, amén de sus hijos y maridos. Estas salvadoras son menos proféticas y más molestas pues se empeñan en salvarnos de cosas insalvables, que además son imposibles de erradicar. Y que incluso son buenas hasta que se demuestre lo contrario. Ya advierto que tienen poco o nada que ver con el feminismo de equidad, al que combaten con tesón. El problema es el género, no la igualdad ante la ley. Nostradamus.

Las feministas de género, por ejemplo, pretenden salvarnos de hablar correctamente y nos introducen el lenguaje inclusivo, que en realidad consiste en hablar mal y confusamente. Nos salvan haciendo que nadie sepa escribir correctamente. ¿Por qué quieren salvar lo que no es pecado? También quieren salvar a las mujeres de tener hijos, de tener pareja para toda la vida y de querer a alguien incondicionalmente, para la salud y la enfermedad o las alegrías y las penas. Enamorarse y tener hijos tampoco es pecado, pero ellas quieren salvar a la humanidad de hacer lo que toda la vida se ha hecho. Amar, perdonar y crecer en la adversidad. Todo es patriarcado y todo es pecado, dicen.

También nos quieren salvar de Aristóteles, de Platón y de todos los varones que en la historia han pensado, han soñado, han escrito y han investigado. Todo el pasado cultural es patriarcado, y por eso gritan “os tenemos que salvar, chicas”. Mueran los filósofos y los artistas machotes; y vivan las mujeres. Porque yo lo valgo y viva mi vagina.

Yo creo que su salvación es una especie de narcisismo que en lugar de salvar a las mujeres, las condena a una muerte en vida, donde lo único valioso es su ego humano más absoluto. Lo malo es que además condenan al resto de hombres y de mujeres que no piensan como esta gente.

Lo más curioso de este mesianismo es que estas profetisas pretenden salvarnos de practicar sexo, porque también afirman que incluso el sexo consentido es violación (y no me lo invento, voto a bríos que lo dicen). Nos van a salvar de cosas que ni nos hacen daño, ni nos dan miedo. Para salvarnos manipulan a la opinión pública haciendo pensar que todos los hombres son machistas, agresivos y malos. Y que ellas son buenísimas, santísimas y que están hiper-oprimidas por el patriarcado. Ellas víctimas, y ellos verdugos.

Esta salvación en realidad no es tal, pues necesita condenar a media humanidad (a los varones) y tres cuartos más de mujeres (que todavía no se han liberado de sus maridos y que quieren a sus hijos y a sus fetos). Es una salvación que apuesta por el odio como solución final. Lo disfrazan de muchas cosas, pero esa es su conclusión final.

Personalmente sigo prefiriendo la salvación cristiana. Un Dios que se hace humanidad y que muere de amor por nosotros, que nos redime de nuestros pecados desde lo profundo del pecado y de la vida y que nos proporciona una vida eterna, es mucha mejor salvación. ¡Dónde vas a parar! Además, ahora que es Adviento, se puede celebrar y vivir desde la intimidad del corazón, en la paz del silencio y en la venida del Niño en la esperanza de una mujer encinta. Lo dicho, una salvación así sí es una auténtica salvación. Tiene esperanza, que es lo que le falta a los demás. Por eso me apunto a Jesucristo y a su Reino. Marana tha. ¡Ven Señor Jesús! ¡Ven a salvarnos del pecado y de la muerte!

Viejos y nuevos totalitarismos.

Acabo de terminar la lectura de dos clásicos que releí en tiempos tan pasados que casi no guardaba memoria de sus formas: “Rebelión en la granja” y “1984”. Ambos de nuestro querido Orwell. Ni que decir tiene que su relectura me ha llenado de un profundo placer, y un terrible desasosiego que me revuelve en forma de interrogante. ¿Vamos camino de algún nuevo tipo de totalitarismo? Quiero pensar que no, pero tengo dudas. Muchas dudas.

Volver a sumergirme en las inquietantes aguas de Orwell me han traído el recuerdo de otra de las obras apocalípticas de nuestro tiempo, una que ya me llamó la atención en su día, “El país de las últimas cosas” de Paul Auster. Creo que lo leí hace unos dos o tres años. Pero hay muchas más, muchísimas en la literatura juvenil y no tan juvenil donde el mundo deviene en horrible y tremebundo.

Todos estas distopías navegan por mundos repletos de aguas pantanosas y tétricas, sociedades destruidas o lugares de caos y muerte donde se añora el presente opulento, democrático, libre igualitario y plural. Es curioso que la libertad (y por consiguiente la pluralidad) sea la gran damnificada en todos los casos. La libertad, el pensamiento libre, la seguridad y la integridad física. Estos valores son siempre amenazados o directamente perseguidos, en cambio no lo son tanto la piedad, la sencillez, el perdón, la vida o la inocencia. Será que ya hemos abandonado estos valores y no los echamos de menos. No lo sé. El caso es que estos libros a menudo suelen mostrar sociedades totalitarias y son ejemplos de mundos militarizados y politizados hasta el extremo de ahogar a sus individuos en su naturaleza humana, que hoy definimos como libre e íntegra; y a la que yo añado el valor de lo espiritual y relacional para con Dios y los hombres.

La pregunta que nos hacen estos escritores es si no caminamos hoy hacia un totalitarismo. Y lógicamente, releyendo las distintas distopías descubro que no todos los totalitarismos son iguales, aunque sí sean todos terribles y aterradores para el hombre contemporáneo. Mi pregunta es qué sentiría o pensaría alguien del siglo XVIII al leer “1984”, o que idea tendría un franchute en 1774 cuando leyera “Rebelión en la granja”, seguro que lo interpretarían como un infierno no deseable, como una pléyade de pecados absurdos y en comandita. Me queda la duda.

Desde el punto de vista de la antropología social y cultural, no hay grupo humano ni sociedad que no sobreviva generando mecanismos internos que eviten las disensiones graves y corrompan al grupo con su disolución. No existe. Estos mecanismos suelen tener formas muy diferentes, pero todos guardan en común la necesidad de mantener un “mensaje común”, lo que se viene a denominar una “cosmovisión compartida” donde la mayoría se encuadra y se siente cómoda; y dónde la minoría es relegada, tolerada o perseguida.

Nuestra cultura no es distinta al resto de las culturas, y es notable que en muchas de ellas no son conscientes del totalitarismo y el control férreo e ideológico bajo el que viven, pacen y mueren. Sólo cuando salen de su cultura y conocen otras realidades; o simplemente reciben la influencia occidental con su libertad por bandera, rehúsan entonces a lo propio y enarbolan lo nuestro. O se reafirman en odiarnos. Lo cierto es que nadie sufre por no vivir en el mundo idílico que imagina, pues de una u otra forma la gente sobrevive haciendo y construyendo su felicidad con las pequeñas cosas de su alrededor. Por eso la vida en blanco y negro que dibujamos para una sociedad como la España de la dictadura franquista es una falacia contemporánea. La gente también era feliz entonces, unos más y otros menos. Igual que ahora. El mundo no es en blanco y negro, pues el hombre es capaz de vivir los colores incluso en las peores circunstancias. Es evidente que hay mundos menos deseables que otros, pero no mundos donde se haya perdido la esencia colorida del hombre totalmente.

También tienen en común todas las sociedades humanas el control ideológico mediante la trasmisión cultural, es decir la educación. La educación forma parte de algo más que unos contenidos inocuos. Se aprende lo que somos y lo que seremos, y se controla y decide la sociedad del futuro mediante el control del pensamiento y la  memoria contemporánea. Igual que lo muestra Orwell en “1984”. Nuestros libros de texto son un reflejo de lo que seremos en el futuro: más ignorantes y más manipulables que ahora. Que ya es decir.

También es significativo que todos los totalitarismos crean un enemigo al que alimentan para mantener la ideología a toda costa. El miedo a la antítesis es un motor muy importante para los totalitarismos, que crecen más cuando sus partidarios y acólitos perciben que ese mal crece. Cualquier ideología que funciona asustándose de otros, probablemente está generando en sus entrañas algún tipo de totalitarismo aterrador e incontrolable.

Si me pongo a examinar hacia donde va el pensamiento dominante, y desde qué fuentes se generarían los próximos totalitarismos, descubro varias realidades ideológicas que, si Dios no lo remedia, conformarán los totalitarismos del futuro. Son las preferencias sociales públicas que generan una cosmovisión y que ya están impregnando la sociedad. Me detengo en tres aspectos: religión, familia y política. Por ejemplo…

En Occidente se prefiere lo no-religioso a lo religioso Católico. Entre medias se ubica actualmente el agnosticismo débil y la religiosidad costumbrista, que se percibe como menos negativa que la convicción religiosa profunda y la vivencia mística o espiritual fuerte y sólida. El totalitarismo del futuro será ateo. Y si no pueden será islámico, que son más impermeables a estas ideologías totalitarias del laicismo. Los enemigos del totalitarismo ateo son los fanatismos religiosos. Por eso, cualquier persona que se tome en serio la religión es sospechosa de maldad y descontrol. El futuro totalitarismo perseguirá más lo religioso probablemente, o como digo, será islámica.

Se prefieren en Occidente las ideologías de género a la observación empírica y científica de la naturaleza sexual humana. Claramente el feminismo de género y todas ideologías respectivas son una muestra de totalitarismo que quiere modificar la manera de pensar, de hablar y de vivir de nuestra sociedad. De nuevo “1984”, y el Gran Hermano que son los observatorios de género de nuestra sociedad. Cambiar la sociedad y cambiar la mentalidad de la gente. ¿Puede haber un totalitarismo más en marcha que éste?

En este neototalitarismo “el varón heterosexual” es claramente menospreciado frente a cualquier otra persona, dando preferencia a la “mujer empoderada” que es la mujer teóricamente liberada del enemigo, que no es otro que el machismo. Ya tenemos leyes discriminatorias contra los varones, y leyes que persiguen a los que opinan y actúan intentando “sanar” a los homosexuales, por ejemplo. El malo es de nuevo el catolicismo, pero también el machismo y una sociedad en su conjunto que es calificada como patriarcal, y por tanto indeseable.

Se prefiere también al concienciado activista frente indiferente. Este totalitarismo agrede y persigue al pasota de otros tiempos, al hombre corriente que no desea que cambien las cosas. Estos sujetos son acusados de tener hijos, de comer carne o de no tomarse en serio la hipótesis del cambio climático. Es el totalitarismo de los idealistas, de los que sueñan sociedades mejores, y que fácilmente cuando gobiernan o asaltan los gobiernos generan otra cosa. Se repite la granja de Orwell con sus cerdos que ahora en lugar de ser los pensadores aprovechados, son los soñadores. Muchos también aprovechados. Este totalitarismo es de ordinario el del progresismo de izquierda, donde el gran malo es la ultraderecha, o cualquiera que ponga en duda sus “avances” entre los que se encuentra el aborto, la eutanasia y unos cuantos más faros de que efectivamente, caminamos hacia una sociedad totalitaria. ¿Será evitable?

Imagino una sociedad totalitaria en el futuro donde se persiga la religión católica por ser machista y patriarcal, por ejemplo. Una sociedad donde los varones tratarán de disimular su virilidad en favor de arquetipos culturales más afeminados y andróginos. Una sociedad, en definitiva, que tendrá sus cárceles llenas de disidentes. Por eso, donde nos jugamos todo es en la libertad, y sobre todo en la pluralidad ideológica. Es nuestra única posibilidad.

 

Cuando la hipocresía se convierte en estupidez.

Estoy asustado. Bastante asustado. Acabo de bajar al chino de la esquina y un cartel me anuncia que las bolsas TAMBIÉN se van a cobrar aquí. Era el único reducto de inteligencia que nos quedaba en el barrio, y acaban de sucumbir.

Todo empezó cuando a principios de julio algún gobernante presuntamente ecologista, de esos avispados que inundan las teles sin complejos, decidió que se cobraran las bolsas aparte tras la comprita. En plan totalitarismo. Concienciación que le llaman ahora. Que todos seamos guays del paraguays, y si no lo eres te jodes y bailas.

Es sospechosa la medida, más que nada porque en el supermercado te venden cada una de las magdalenas, los cruasanes o lo que sea, en envases de plástico individualizado que son a su vez subsumidos en otros envases de plástico más grandes. Pero los muy concienciadores de masas (los goebels actuales hacen ingeniería intelectual con el beneplácito de la tropa), te cobran aparte la megabolsa de plástico donde metes todos los kilos de plástico y sus minúsculos productos; más que nada para que seas un ciudadano ejemplar y decidas bajar al super con tu bolsa de lona de toda la vida. El siguiente paso es que arrasemos con los bosques para hacernos con envases de papel. ¡Mon Dieu! Me asusto de la hipocresía de los gobernantes cuando coquetean con la estupidez. ¿Se darán cuenta o realmente son idiotas en serie? Yo creo que son bobos e ineptos, y que ese es el origen de la maldad. Socratismo ético se llama. Son malos, porque más que nada son tontos.

Otro caso. Los coches eléctricos y sus subvencionadas ventas. Son más contaminantes que los de diesel, gasolina o gas butano de los taxis. No se han enterado los gobernantes que fabricar electricidad contamina, y que la electricidad la fabrican con abundancia y alegría las centrales térmicas de gas, petroleo y carbón de toda la vida. Las eólicas y las solares son un apaño que no producen con perseverancia electricidad, aunque nos caigan mejor.

Con pensar cinco minutos me basta en este tema: es más INEFICIENTE convertir los residuos fósiles (gas, carbón y petróleo) en electricidad (PASO UNO) que llega a la ciudad, para luego el concienciado ciudadano lo convierta (PASO DOS) a través de una contaminante batería, en energía cinética, o sea movimiento. Es más ineficiente que hacerlo directamente, como hacen los coches (PASO ÚNICO). Y contamina menos en términos globales, pues la máxima de más eficiencia energética, menos contaminación sigue siendo válida. Otra cosa es renunciar al derroche energético y gastar menos. Ir andando al trabajo, vaya. Pero eso no lo potencia nadie, el transporte público también contamina, y las bicis contaminan cuando se quedan viejas y se tiran a la basura.

Los expertos no financiados nos cuentan que el día que todos los coches sean eléctricos, contaminaremos el triple. No en las ciudades, sino en los pueblos donde se instalan las centrales térmicas que fabrican electricidad. Y que no se las quiten que son trabajo fijo. Así son las cosas.

Pero la estupidez hace que a los políticos de nuestro tiempo les dé igual el futuro. Ahora nos venden con triquiñuelas el coche eléctrico, y dentro de veinte años habrá otros adversarios políticos a los que echarles la culpa del desastre. Nunca miran atrás y nunca piden perdón por sus errores del pasado. Nunca hay responsables del desastre educativo, ni de las torpes leyes penales actuales. ¿No tienen técnicos de su cuerda que les digan la verdad? ¿O es que los técnicos son tan estúpidos como sus amos?

Nuestra sociedad española es cada día más hipócrita, muy al modelo anglosajón, que son los reyes del puritanismo. Se les desgarran las carnes ante una bolsa de plástico, en cambio no saben y no contestan frente a mi batidora Braun de 95 euros, que tras ocho años de servicios amables se ha suicidado negándose a seguir currando. Obsolescencia programada, se llama. ¿Y que hago yo ahora con los cinco accesorios de plástico que me vinieron y están casi nuevos? De eso no quieren saber nada. Que los tire a la basura y que me compre otra. No sea que nos quedemos sin trabajo. Y ellos sin votos.

Por eso nuestra hipocresía, nuestro pensar afable y asertivo, nuestras buenas palabras y bondadosas verdades, las que son dichas en la tele y que todo el mundo parece aplaudir, son una ruina para la inteligencia. Son como aquel que por la mañana fue a una manifestación contra el machismo y por la tarde asesinó a su mujer. Como el que se hace de cruces por el cambio climático y luego no sabe prescindir de su coche; como el que se queja del trabajo precario de las fábricas y luego tiene en su sindicato, o en su casa, o en su oficina, a gente sin contrato.  Su gran pecado no es la hipocresia de hacer y decir cosas contrarias, su gran maldad está en ser estúpido, y creerse estupendo simplemente por apuntarse a la corriente de moda que le cuentan los totalitarios idológicos que rigen el mundo. Los mismos que fabricaron mi batidora, o su coche, o su bici, para que durara una docena de años.

Mejor dejar de ser hipócrita por un rato, aunque nos sintamos culpables de lo mal que lo estamos haciendo.

Igualdad sí; feminazis no.

Un tema recurrente en un día como hoy: día de la mujer trabajadora, 8 de marzo, o sea, San Juan de Dios, es tratar sobre el asunto de la mujer, que no es poco. Sobre todo tal y como está el panorama de gente cabreada, que en este asunto es mucha, y con ribetes violentos, más. Me atrevo sí, que suelten ese toro, o vaca, o lo que sea, que vamos a dar unos capotazos.

Ya escribí hace tiempo que no se podía justificar la violencia de cuatro pibas a tetazos contra un obispo, profanando un templo, o haciendo la capulla a diestro y siniestro, gritando a la gente, o insultando a la mitad de la población, o sea a los tíos, cuando no a las tías que no las secundan. Entonces me llovieron críticas, pero como los paraguas aguantan los temporales, pues cada uno a lo suyo.

Ahora no pretendo hacer crítica de los movimientos feminazis, esos que nos obligan a hablar en género neutro para no profanar sus sacrosantos ovarios, sino analizar el desastre que están causando en una lucha, que es dar palos de ciego, y bajo la cual han secuestrado a parte de la opinión pública. La que más grita, no es la que tiene razón, así que vamos a razonar, porque en mi opinión, la estupidez sigue haciendo un flaco favor a la causa de la igualdad y la justicia; y en el asunto del feminismo (bastante más violento que el machismo en sus pretensiones ideológicas) andamos haciendo más mal que bien a la mujer. De los intereses creados no hablo, aunque todos imaginamos la clase de mamadurria que debe suponer tanta cátedra de género, tanto agente de género, tanto observatorio de la mujer y tanto listo viviendo de tener ideas para cambiar la forma de pensar de los que no piensan como ellas, las feminazis. Digo.

Lo que me pregunto es si vale la pena seguir manteniendo una ley contra la presunción de inocencia de los varones (la mitad de la población), que es lo que hecho la Ley contra la violencia de género. Por cierto aprobada por el Pepé y el Psoe juntitos. Más que nada porque parece que sigue habiendo la misma violencia contra las mujeres. Sostiene Pereira, o sea una chica muy sensata, que en toda sociedad hay un mínimo de malos tratos y violencia que no se puede evitar. Por mucho que luchemos contra el hurto, siempre seguirá habiendo hurtos. Por mucho que queramos reducir la delincuencia, siempre habrá un número de delitos irreductible. Lógicamente, cuanto más disminuyamos el número de delitos mejor, pero es que las feminazis, para acabar con un delito, han creado una situación socialmente insostenible cargándose el derecho a la presunción de inocencia. Si eres tío, eres casi sospechoso de ser un malo, y eso es una aberración, y sobre todo un problema de libertades. O piensas como ellas o eres un asesino en potencia. Pues no, oiga. El machismo no es el problema que genera violencia, y esto lo sabe todo el mundo: los hombres no pegan a las mujeres porque pegar es de cobardes, además de débiles mentales. Esto es más viejo que la tos, aunque las feminazis se empeñen en decir que el machismo es malvadísimo. En realidad lo malvadísimo es la falta de formación ética, de cultura, de relaciones sanas, de autoestima… y la responsabilidad pasa por una buena educación, familias sanas, estabilidad en niños y jóvenes. Justo lo que muchos gilipollas macarras no han tenido en su vida, justo también con lo que muchas feminazis quieren acabar, me temo.

Además, y de esto saben mucho los penalistas y criminólogos, no se termina con la violencia en las relaciones de pareja agravando las penas ni persiguiendo las relaciones. No podemos poner puertas al campo. Así que las soluciones pasan por otra cosa. Me explico con un ejemplo, no acabamos con los hurtos poniendo cámaras por las calles, sino mejorando la situación económica de la gente. Pues eso. Hay que derogar una ley tan nefasta cuanto antes. La igualdad real de hombres y mujeres no puede esperar, y la presunción de inocencia tampoco. Porque hay muchos tíos puteados que merecen algo más de una sociedad justa, libre e igualitaria como la nuestra. Y muchas mujeres que se merecen que sus esposos, maridos, hijos o padres, no sean perseguidos por ser varones.

Segunda cuestión. Las leyes que discriminan positivamente a la mujer han sido todas perjudiciales. Porque las mujeres no necesitan ser protegidas de nada. Son fuertes en sí mismas, como cualquier persona. Unas más y otras menos, como los tíos. Montar sistemas para proteger a media humanidad contra la otra media, que se siente desamparada (victimismo uno) es una memez y genera más problemas que resuelve. Estupidiza al protegido, lo hace más débil, y le impide que siga conquistando su espacio en el mundo. Eso de que pase por delante de uno, una tía cuyo único mérito es ser tía, pues como que no; y lo mismo al revés. O potenciamos una sociedad donde se valore el mérito, la capacidad, la inteligencia y la capacidad de relacionarse y de trabajar con otros, sea del sexo que sea, o nos convertimos en unos ineptos, unos desgraciados, unos lloricas y unos lerdos.

 Tercera cuestión. Igualdad legal, y exigencia en el juzgado de manera firme y eficaz. Eso acabaría con muchos problemas. Si una empresa paga diferente salario a sus trabajadores, por el mismo trabajo (sea mujer u hombre), se le sanciona con multas de cerrar la empresa y embargarle hasta las cejas. Punto y asunto arreglado. Ahí no han entrado nunca las feminazis, por cierto. Y es donde se juegan los cuartos de la igualdad las chicas y los chicos. Dicen que de esta forma contratarían solo hombres, pero yo no me lo creo. Yo he visto empresarias contratando por menos salarios a mujeres que a hombres. ¿Hay derecho a eso? No es un problema de género, sino de justicia social. No obstante, aún suponiendo que fuera así, estaría justificado entonces que hubiera empresas donde solo hubiera mujeres.  Sanciones más graves contra la discriminación, por favor. Que de esto todavía nadie ha hecho nada. Si funciona en la Función Pública, ¿por qué no puede funcionar en la empresa privada?

Cuarta cuestión y última. Las leyes que discriminan positivamente a la mujer, lejos de protegerla, la han obligado a ser perfectas en todos los lugares. Las han machacado y exigido el doble que si no hubiera sido así. Sostiene Pereira que algunas mujeres no les apetece la vida que llevan. Ahora una mujer que quiera ser ama de casa, vive jodida y criticada, la que quiere ser madre también, y la que quiere triunfar en el trabajo lo mismo. La que quiere hacer las tres cosas anteriores a la vez, también es criticada; y la conciliación familiar acaba siendo un problema. No de las mujeres, sino un problema familiar, marido incluido. Se les exige que sean todo lo anterior a la vez, que sean grandes mujeres del año cada día y segundo; y eso, sostiene Pereira, es insoportable.

No podemos dar a una mujer dieciséis semanas de baja tras el parto y no darlas al hombre (¿llegamos a los quince días?) en condiciones de igualdad. No es algo que se deba poder elegir familiarmente. Que no. Mi propuesta es que tengan las mismas, sean hombre o mujeres, punto. Ocho obligatorias para cualquiera de los dos, y al mismo tiempo. O doce, o quince, lo que sea sostenible económicamente. Como las vacaciones, que sean obligatorias. Evitamos así que si contratan a una mujer por ser mujer, o la dejan de contratar por ser mujer. Se comparte la dificultad de tener hijos de manera total, y resolvemos el problema de manera radical. Dará igual contratar hombres que mujeres.

¿Día de la mujer trabajadora, 8 de marzo? Que quiten cuanto antes la fiesta y celebremos todos el Uno de Mayo. Porque ni todas las mujeres son trabajadoras por cuenta ajena, ni todas las personas son mujeres.

(La foto la he tomado prestada de un blog que me ha llamado la atención:

https://legnalenja.wordpress.com/2015/05/17/lo-que-el-feminismo-no-quiere-que-veas/)

 

El chorizo cancerígeno.

El otro día que fue la marcha contra el cáncer, la peña en Valladolid salió para hacer ejercicio y solidarizarse – más lo segundo que lo primero, aunque de todo hubo – caminando, corriendo y haciendo running, footing, o lo que les saliera del hipotálamo. Hicieron lo propio que hay hacer en estos casos, pasearse con la familia y soltar las perras para echar una mano a los de la AECC. Todo por la causa, y todo por la investigación y por ayudar. Estupendo.

Pero hete aquí, que cuando terminaron, como la gente se siente eufórica y feliz, los pucelanos insensatos, erráticos e incoherentes, hicieron caso omiso a su buen índice vegetativo, y acudieron en tropel a degustar a los bares cercanos, o sea todos, porque asistieron ciento y la madre (en términos numéricos 28000 participantes), a la noble tarea de golfear una cañita con su consabido y riquísimo bocata de chorizo, jamón, salchichón, panceta y torrezno, incluso hueva con mortadela… o tortilla con todo lo anterior dentro. Y el tío de la OMS no tardó ni una semana en contarnos que eso es fatal para nuestro colon, que nos vamos a morir, y que tanto da el ibérico como la salchicha, las carnes procesadas y rojas que las verdes o amarillas si las hubiera, son más malas que el tabaco, que ya es decir.

Esto está trayendo cola, y bastante, porque en España nos desayunamos poco y nos almorzamos a lo grande, y entre nuestras preferencias está, además de la tortilla patria, el bocata jamón o chorizo labrado con cuchillo de casa y envuelto en papel de alumnio, que luego se sedimenta con media barrita calentita recién hecha, y “pa” dentro. Le acompañamos de un cafe con leche, de los de toda la vida, y somos más felices que los suecos, que no tienen ni sol, ni tapas, ni ibérico recién cortado. Los de la OMS, que seguro que son todos comedores de acelgas o por ahí, nos tienen envidia, y es normal que así sea, porque, además de abortar mucho y fumar poco, esta gente no come jamón ibérico, ni chorizo, ni nada que se le parezca. Todo el día catando salmón y pollo embrutecido por el engorde, junto con tres lechugas ecológicas sin bichos, y eso, a buen seguro, les ha entumecido el cerebro. Se han cabreado y en su obnubilación contra el pavo desalado que enturbia sus vidas, han arremetido contra todo, sin darse cuenta por el camino, que otra cosa es el ibérico, el jamón y el chuletón de Avila, y otra muy distinta el chopped, que por supuesto también tiene derecho a tener su club de fans, pero que no. Que no es lo mismo.

En España prohibir el jamón por cancerígeno es tan conflictivo como retirar los móviles del mercado por la misma cuestión. Y lo confirmo: hace años la OMS dijo que el uso del móvil era probablemente cancerígeno, equivalía a un nivel de alarma dos, o algo así. Pero nadie hizo nada, ni el gobierno los retiró, ni se impidió su venta al por mayor, menor, o regalados. Todo con tal de amasar veneno para la ciudadanía. Los negocios son los negocios, y siguieron vendiendo móviles por todo el mundo. De hecho no se ha vuelto a hablar del tema, mutis por el forro que se llama. Por eso, como el tío de la OMS no puede contra las empresas de telecomunicaciones, que nos quieren matar después de esclavizarnos con sus artilugios, la emprenden contra las humildes factorías de alimentación del primer mundo, los de cárnicas de Zaratán y la fábrica del eurojamón. Y a eso no hay derecho.

No quiero ni pensar lo que se comenta en la mitad de África para abajo, donde comer carne procesada es un lujo y un placer. En general comer es un lujo en muchos lugares, por eso, para mi, la recomendación de la OMS la han hecho para los africanos, para que se contenten un poco en sus hambrunas, y puedan escogorciarse de nosotros diciendo: sí, sí, comed, comed, que os vais a morir todos de cáncer…

El tío de la OMS es demasiado para el cuerpo, y no es una frase hecha. Hace años apoyaba abiertamente las políticas proabortistas sin ningún pudor, y hace otros pocos años, afirmó que la homosexualidad no era una enfermedad. Lo dijeron así, a las bravas y con el parecer en contra de un buen número de sanitarios y médicos del mundo. Supongo que será verdad, pero me sorprende que una opinión más política que científica la suelten así, bajo las hégiras de sus compromisos con las ideologías de género. A esta gente les da igual. Ellos hacen política y deciden lo que tiene que opinar el planeta. Ahora toca decir que el jamón es la peste, y se quedan tan frescos.

Pero no es nuevo, porque también dijeron que el pescado azul era malo antes de que fuera buenísimo. Se llevaron las manos a la cabeza cuando vieron comer huevos rellenos a los españoles por los bares, para luego sucumbir apreciando la tortilla patria. Los que dijeron que el aceite de soja era mejor que el de oliva, luego se entregaron a la causa del aceite de girasol, al de coco y al de palma sin rubor, para acabar diciendo que el de oliva era de nuevo el mejor.

La culpa de que no se hiciera nada contra el ébola cuando empezó la enfermedad la tiene la OMS, que está ahí para hacer algo, no para ponerse un poco becerra contra los derivados del cerdo. Si ya lo sabíamos, hombre. No hay más que ver la media de mortalidad en España para saber lo que es bueno y lo que es malo… y de momento comer es mejor que rebuscar amianto en la basura.

Salvo que nos alimenten con amianto, claro, objetivo de la OMS para dentro de unos años, y si no al tiempo.

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