
Está en el número 218 de esta Encíclica la invitación del Papa a que cultivemos un sano realismo. ¿Qué significa esto? Cito el texto, y luego lo comento.
«Necesitamos un sano realismo, que evite tanto el idealismo político como el cinismo. Porque existe un idealismo, que para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones. Por otro lado, existe también un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación: dado que la fuerza domina, concluye que debe dominar.
Apuesta el Papa por evitar los extremismos. El primer extremismo sería el del idealismo que termina manipulando y seleccionando los hechos, modificando la percepción de la realidad, y ajustando el mundo a su limitada visión. Me atrevo a decir que esta es la posición de una gran parte de la izquierda. Bajo el deseo de hacer bien, terminan negando lo que hacen mal; y negando la verdad. Se pueden poner muchos ejemplos, ecologismos, feminismos o igualitarismos. Los que gritan contra la guerra, son los mismos que aplauden las revoluciones, aunque sean sangrientas.
El otro extremismo, no parece menos peligroso. Es la resignación, y el pensar que no se puede hacer nada. Incluso León XIV habla de esta postura como cínica. Dado que el mundo es así, que siga siendo así… y nos adaptamos a él.
Frente a todo eso, plantea en este mismo punto una postura centrada.
El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. No reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles.»
Describe brillantemente la perspectiva creyente ante los conflictos y los problemas. No hay que renunciar a cambiar el mundo, pero hay que ver, observar y pensar, para buscar el modo de actuar que sea creíble, verificable, en sus actuar.
Es la vieja pedagogía de la acción que llevó a cabo la Acción Católica: ver, Juzgar y actuar. La realidad se transforma con pequeños pasos ejecutados desde la observación y el análisis racional hecho desde la moral.
Es interesante cuando afirma que no hay que reducir la política a la moralidad, pero tampoco hay que entregarla a la violencia. La acción política siempre aparece como parcial y mejorable. Siempre es discutible. Pero debe evitar ser una discusión eterna, y debe intentar, el contraste, el pensamiento que busque modos viables para que la paz sea creíble y verificable.