Archivo del sitio

La amargura del sabio, y la alegría del necio.

Tengo mis dudas, y en estos asuntos abandono la claridad de ideas con la que someto a mis lectores semana tras semana con mis comentarios. ¿Son los hombres ignorantes felices? ¿El conocimiento de las cosas conduce a la amargura? ¿Son felices los tontos? ¿El que sabe mucho vive abrumado por la estupidez que se enseñorea a su alrededor? Pensar un poco nunca está de más, aunque eso nos pueda conducir a la infelicidad. ¿Es eso cierto?

Decir que los ignorantes son felices contradice abiertamente a Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad clásica, quizás el más grande de todos. Por eso me siembran las dudas decir que los tontos son felices, y que los gilipollas somos los que hemos estudiado mucho y sabemos y comprendemos (algo mejor y sin venirnos arriba) cómo funciona nuestra sociedad y nuestro mundo; y que por culpa de tanto saber nos molesta sobremanera la estupidez del que gobierna, la idiocia de las chusma cuando se hace demogresca y la memez de los cantamañanas que todos los días y sin descanso nos trituran con sus trinos pestilentes, sin ellos sospechar siquiera que son aborrecibles. El mundo está lleno de portavoces, de gente subvencionada y de ignorantes que repiten las consignas de los suyos. La pregunta es si son felices los sabios que piensan por sí mismos, o lo son ellos.

Aristóteles nos enseñaba que el filósofo es el amante de la sabiduría. Cuando el hombre tomaba la palabra y la razón, daba sentido a su vida. En cambio, el hombre que vive como un animal, o como una planta, se malogra, no contribuye a ser lo que la naturaleza le ha mandado que sea. Vivir como cerdos es muy adecuado para los gorrinos, en buena lógica, pero no es lo más adecuado para los seres humanos. Salvedad: es evidente que a algunos les encanta refocilarse como cochinos en la tele; y esa realidad me obliga a enarcar mis cejas. El impertérrito filósofo que se queda asombrado contemplando, en este caso, el defecar de su compañeros de especie, y eso le conduce a la infelicidad. ¿Qué hacen estos subnormales descerebrados? ¿Qué dice este bobo, portavoz de no sé qué? ¿Soy feliz contemplando eso?

Para el estagirita, es decir, para Aristóteles, el hombre feliz es el que se deja embaucar por la curiosidad y se hace preguntas. Es el que disfruta observando, razonando y admirando la belleza del mundo, su gentil construcción, y si me apuran, su sentido último. Es el que toma la palabra con timidez y pone nombre a las cosas y a los fenómenos. Busca una explicación plausible y se sumerge en esa búsqueda. El hombre que filosofa es feliz porque hace lo que le corresponde, cumple con el sentido de su existencia racional y humana.

Pues bien, llegado a este punto, tengo que decir que Aristóteles tiene parcialmente razón, pues aprender, lo que se dice aprender, siempre me ha sido gozoso, entretenido y placentero. De hecho, cuando llegué a 3º de BUP dudé si decantarme por las ciencias o las letras, pues en todas ellas encontraba belleza y encanto. Y sí, lo digo hoy con cierta pena, me hubiera gustado aprender matemáticas, medicina, astrofísica, biología… como el que más, pues en todas ellas había un placer oculto, no apto para todos los públicos. Confieso que hice letras puras, humanidades, y no me he arrepentido lo más mínimo, al contrario, pues he conocido muchas cosas, y soy consciente de lo que sé y de lo que no sé. Lo que me debe convertir en alguien sabio, con permiso y con modestia, o al menos, en un filósofo.

Pero conocer mucho no siempre nos trae alegría.

El primer mal de los que estudian y aprenden mucho es la soberbia que conduce a la tristeza y a la soledad. Creer que, por saber un poco más eres más, es una especie de vicio en el que me temo caen la inmensa mayoría de los profesores de universidad, y muchos otros. Poca gente hay humilde que reconozca que sabe poco. “Solo sé, que no sé nada” es una frase extraña entre los sabios de nuestro tiempo, aunque fuera vieja y de Sócrates, maestro del maestro de Aristóteles. De hecho, hoy encontramos sabios y expertos en todo que no saben ni de lo suyo. Personalmente me gusta escuchar al que tiene algo que decir, algo nuevo y propio, algo investigado y descubierto. Por desgracia, mucha gente no sabe ni de lo que habla, aunque se crean listísimos y cultísimos. Hay idiotas disfrazados de sabios, supongo.

El segundo mal es la tristeza por confrontar la realidad, que no siempre es bella, lozana y natural. Aprender observando la naturaleza es agradable, pero aprender derecho administrativo, por ejemplo, es comprender de sopetón las mil y una injusticias que se ciernen sobre la humanidad, llamada ahora administrados, contribuyentes, ciudadanos…

Saber Derecho implica refutar de inmediato algo así como el 95% de las declaraciones de casi toda la peña que aparece por el telediario, desde los políticos hasta los espontáneos. Saber Derecho es como descubrir que el mundo está lleno de mentirosos y de filibusteros tratando de engañar al personal con frases rigurosamente falsas. Frases que además calan en la sociedad, incluso en gente que ha estudiado (eso es lo que más me ha sorprendido siempre) y que las repiten hasta la saciedad, como si supieran algo del tema. Saber Derecho es contemplar la irresponsabilidad permanente y constante de los que niegan la separación de poderes diciendo que la protegen; o que mienten sobre lo que es la Democracia, a la par que se ponen medallas de guays y demócratas de toda la vida. Tristeza, claro. Qué si no.

¿Qué añadir? Que esa tristeza enloquece y enerva al sabio cuando el conocimiento profundo es sustituido por el eslogan de la masa. Se hace acerba la vida cuando se escucha el discurso asertivo del que no tiene nada que decir por falta de pulso intelectual, y te repite el eslogan que ha escuchado en otro cursillo semejante al que imparte. Es dramática la vida del sabio que contempla el deterioro del saber en sus semejantes, deterioro que casi siempre va acompañado por la inmoralidad, el vicio y el desprecio por las tradiciones y el saber clásico y sólido.

Para el sabio, alejarse de todo eso es casi una obligación moral, pues hay que evitar el contagio del virus de nuestro tiempo que nos obliga a hablar en frases eslogan porque la peña no quiere escuchar a nadie más de cinco segundos. Casi mejor no decir nada, y así que se estrellen, creo yo.

Mi pregunta, sin embargo, sigue en pie. ¿Son felices los necios y los bobos? Sólo y cuando no sepan que lo son. Por eso, la salida maligna y honrosa de los sabios con la nube sobre la frente  consiste en contarles la verdad y fastidiarlos. Al fin y al cabo, eso es lo que deben hacer los filósofos. ¿No crees, mi querido Aristóteles?

 

 

Los pilares de Occidente: la mentira, la basura y los ositos de peluche.

Cuando estudié primero de carrera (hace unos treinta años), en concreto Derecho Romano, recuerdo que en el inicio del libro de Derecho Público Romano se hablaba de los pilares de Occiente, y se afirmaba, con solemnidad y rigor que habían sido tres: el Derecho Romano, la Filosofía Griega y el Cristianismo. Hoy han sido sustituidos por tres tataranietos que no dan mucho de sí, pero que ahí están, decadentes y no menos firmes: la basura, la mentira y el emotivismo de los indignados del peluche. Estos piden paso y se quedan a la fuerza. Por eso hablamos de ellos, porque no será por mucho tiempo. Digo yo.

El Derecho Romano, que ha venido articulando durante casi dos mil años las relaciones civiles de los hombres entre sí (familia), de sus compromisos (obligaciones y contratos) y de sus bienes (derechos reales), ha terminando convirtiendo las relaciones sociales en relaciones mercantiles, para luego dejar temblando a la humanidad (y al planeta) con relaciones financieras y especulativas. Es lo que nos queda hoy. Personas que se relacionan especulando el amor, la amistad y los negocios. Vida deshumanizada, donde todo se compra y se vende. Es el capitalismo, hijo del derecho, que barre a la humanidad, sus relaciones y sus bienes, hasta convertir lo que toca basura. Por eso nuestro planeta Tierra se ha convertido en un basurero de objetos obsoletos, de residuos tóxicos, mares llenos de plásticos y un montón de mierda sobre la que seguir especulando. Lo llaman capitalismo, pero en realidad es uno de los pilares más importantes sobre el que sustenta la sociedad contemporánea de la disolución. Lo practicaron las sociedades comunistas con el mismo afán, y lo aplaudimos indirectamente cuando vamos de tiendas y tenemos de todo. Filósofos: la fragmentación posmoderna quedó atrás; lo de ahora habría que llamarlo disolución occidental, globalizada y sin vaselina.

El segundo pilar fue la Filosofía Griega, sobre la que hemos hablado en otras entradas de este blog. Los griegos buscaban la verdad frente a la opinión. Nosotros preferimos opinar sin buscar la verdad. Por eso estamos rodeados de mentiras. Frases ingeniosas, sensacionalistas, atractivas para vender, comprar y para llamar la atención. Pensar es agotador, en cambio, escuchar mentiras es más gratificante. La gente se busca mentiras a su altura moral, en su círculo intelectual, en su existencia. Hay una cadena televisiva para cada grupo de espectadores, con sus mentiras específicas, sus relatos y sus símbolos. El escepticismo está agotado, ahora se lleva la mentira que nos entretenga. Y las redes son especialistas en mentir al gusto de cada uno. Se llaman cockies, o sea “putas” y “galletas”, que debe ser lo mismo.

El tercer pilar es el cristianismo, el único que se ha mantenido como subcultura gracias a una institución milenaria como es la Iglesia. El cristianismo (que es una religión de sentido, no una ética) fue anulado en su momento por el laicismo imperante y cultural. Se le extrajo la moral en la modernidad, y se le redujo a una especie de buenismo fácil y blandito. Se vació de contenido la experiencia con Dios Padre, para exaltar experiencias inferiores y rídiculas, desde el animismo hasta el yoga. Al final el hombre sigue hueco por dentro.

El buenismo ético ha sustituido al amor al prójimo. La gratuidad del amor se ha pervertido dejando solo la pose, no el dolor, olvidando que el Amor que no duele por dentro, no es amor. Se promueve la experiencia de lo emocionante frente a la experiencia de Dios. Hasta que se rompe la cuerda del puenting, claro. Entonces ponemos ositos de peluche al pie del acueducto. Y es que somos adolescentes con rabietas y lágrimas facilonas, gente que lo quiere todo, y que es incapaz de dar nada, de darse gratis. De nuevo el capitalismo.

Es curiosa nuestra sociedad, donde los derechos sociales son cada vez más recortados, y donde la lucha de clases se ha transformado en una lucha de géneros (de sexos). Una sociedad indignada con hoja perenne, connivente con el poder, y traidora con la humanización en el trabajo, y con la sexualidad adolescente hasta que la muerte nos llegue. Adolescentes con rabietas y lágrimas fácil.

La ética contemporánea está disolviéndose muy deprisa por culpa (o gracias) a las redes sociales. Es la ética del emocionarse mientras miro un perrito en el móvil dando saltitos, y soy indiferente a la esclavitud infantil en África. Me indigna el voluntario porque reza el rosario delante de la clínica abortista, y lloro a moco tendido porque el niño X ha recuperado su osito de peluche perdido hace dos días en las Ramblas. Le pongo un “me gusta” para lograr un mundo mejor, y me exijo que no me digan lo que tengo que hacer con mi bragueta.

Es lo que hemos visto en Barcelona estos días, que aquí mataban a  14 personas y se les dedicaba horas y horas de espectáculo informativo-especulativo. Entre la mentira y la realidad, nadie analizaba el por qué. Ni falta que hace buscar la verdad, dirán algunos. Los terroristas no eran matados, eran “abatidos” (de pena suponemos), y mientras tanto los corrimientos de tierra en Sierra Leona machacaban a 400 muertos, 100 de ellos críos.

Occcidente se está disolviendo. Pero hay una esperanza, una sutil y fuerte esperanza.

Tras la basura del Derecho Romano solo podrá quedar la única estructura social con la que no se puede especular. La única que resiste el paso del tiempo por estár sostenida por el derecho natural. Me refiero a la familia, configurada por el judeo-cristianismo y el derecho romano. Será además una cuestión de “superviviencia”. Las propuestas familiares y económicas que no sean sostenibles (incluida la sostenibilidad de los hijos) se extinguirán por sí misma. La disolución familiar contemporánea desaparecerá por sí sola. El futuro será de los que tengan hijos y logren tener recursos suficientes y sostenibles para vivir, es decir: o familias católicas con hijos o familias musulmanas. Ahí estará el choque cultural en la futura Europa. El islam solo sobrevivirá en Europa si acepta las pautas familiares y culturales del cristianismo. Si no lo hace y triunfa, lo que surja no será Europa. Aunque esté en su territorio.

La mentira contemporánea dejará paso a la única verdad posible e inmutable: Dios y su trascendencia. Será un cliclo lógico, pues no hay cultura que no se asiente sobre una verdad inmutable, hija de una divinidad. El cristianismo retornará, pero seguramente lo haga purificado de lo superfluo, y lejos de Europa. La verdad no volverá a estar fragmentada, quedará sometida a la experiencia religiosa, y la ciencia volverá a ponerse al servicio del hombre, de la humanidad, y no del dinero ni la especulación.

El emotivismo del osito de peluche, adolescente y ansioso, solo podrá madurar si vuelve a concebirse la trascendencia. Es decir, será necesario un retorno al Amor de Dios (Padre), un amor que da sentido porque salva (Hijo) y que pueda reconfortar en el dolor de la existencia humana (Espíritu Santo). Será un nuevo humanismo más profundo y sólido. Ya lo dijeron antes que yo: el siglo XXI será religioso o no será.

Yo creo que sí será, y es que como pobre católico, tengo esperanza.

Verdades que ofenden, verdades que enseñan, verdades que molestan.

Foto0031

La verdad es la verdad, la diga quien la diga, Platón o la abuela de Platón. Esta era la máxima que se ha seguido durante muchos siglos, cuando la verdad era una, y cuando pretendíamos con la objetividad conquistar al mundo que se arrastraba por las aguas mentirosas de la opinión y la subjetividad. Pero los tiempos han cambiado, y la verdad, hasta donde podemos expresarla, adolece de la fuerza de una autoridad que la respalde con solidez. Hoy la fragmentación del pensamiento nos obliga a comprender todo a medias, sin un sentido último de las cosas, y sin una explicación razonable de lo que sucede.

Hoy, por ejemplo, se cita a los poetas para los asuntos de ética, se cita a los científicos para cuestiones de antropología y cultura, y se cita a los de la tele para burlarse de la ignorancia de los ciegos en el país de los tuertos. Los del telediario nunca nos explican el porqué de las cosas, y los comentaristas televisivos indagan en la simpleza del juego politico como si fuera una partida de ajedrez compleja y llena de psicologías indescifrables. A veces, incluso – digo yo que por equivocación -se cita a algún filósofo, pero casi siempre lo hacen sacando de contexto lo que quiso decir, y siempre con la intención de justificar la propia opinión. Son los signos de los tiempos, se fragmenta el saber, y se hace decir al pasado lo que uno quiere escuchar. No corren buenos tiempos para la verdad, y parece que nadie quiere escuchar una VERDAD profunda que sirva PARA APRENDER algo desconocido.

La verdad soltada por la gente así, a bocajarro y sin vaselina, que es como te enteras de lo que se quiere decir, nos despista respecto de la verdad que contiene, entre otras cosas porque es una FORMA. Los lenguajes asertivos deben ser – según la psicología moderna – supercómodos, llenos de confort y facilidades de pago, pero no siempre logran que el prójimo se entere de lo que se quiere decir. Hasta los perros pillan el tono que empleamos. Por eso, llamar hijo de la gran puta, a un señor que es tal, comentándoselo en plan aseritivo: “su conducta es impropia de un ciudadano que ama la libertad, la democracia y respeta al prójimo, debería usted intentar no violentar los objetos que no le pertenecen”; pues como que no se entera. Te llama facha despreciable, y te sigue rallando el coche con las llaves. Hay que llamarle hijo puta, hasta que se cabree. De hecho se lo dices para que se cabree y se entere de que es un capullo. Esta es la VERDAD QUE MOLESTA, más que nada porque se la dices a pelo, y porque dices la verdad.

Hay un refrán que dice que “LA VERDAD OFENDE”, y es cierto. Sobre todo ofende a las personas soberbias que no están dispuestas a aprender de los demás. Los que han terminado su discurso, catalogado el mundo y puesto letrero a las personas según sus convicciones. Esta peña es la que suele terminar gritando que no les faltes, que no les ofendas, mientras te insultan sin límite. Son los hijos de puta que van con las llaves por el mundo, jodiéndote el coche. Suelen proliferar en el anonimato de las redes sociales, los chat de grupos de debate y demás contenedores anónimos de ese infierno llamado internet. Mucha gente piensa que al otro lado no hay nadie real, o que es un lerdo. Jamás se plantean que están debatiendo frente a un señor que podría ser doctor en historia, o catedrático en biología, o que tiene más estudios que uno, y multiplicados por cien. Siempre se cree que los del otro lado son medio estúpidos (muchas veces lo son, claro); pero al final, dada la limitación del espacio virtual, se termina convirtiendo las redes sociales en un lodazal.

Esto viene a propósito de un suceso de esta semana. El otro día en las redes sociales, una antigua alumna que tuve en Bembibre (como no), insultaba a los católicos abiertamente, comparándolos con los yihadistas, para lo cual usaba un chiste de dudoso gusto y mucho resentimiento acumulado. Lógicamente reprobé su conducta con argumentos, pero ella, en lugar de aceptar su equivocación, se empeñaba en reafirmar su postura. Ya le puedes exponer la diferencia entre un católico y un musulmán, que ella ni lo veía, ni lo quería ver. Se sentía superior porque era “atea”, y decía que como estaba estudiando historia que ya lo sabía. O sea, que no terminamos una carrera y ya somos autoridad en todo. Carrera que, por cierto, era derecho, no historia. Le da igual, porque no buscaba la verdad y se escudaba en la mentira. Si le dices la verdad de su conducta, la ofendes, claro, como al capullo de las llaves. Que son don erre que erre y salvo que te enfrentes no ven nada más que la zanahoria que cuelga delante de sus narices, sin preguntarse si alguien se la ha puesto ahí para que la miren y caminen. Ya Platón tuvo problemas con su mito de la caverna y los sofistas que se empeñaban en decir que eran muy listos.

La verdad que ofende es la que aterriza en un tipo soberbio, en una persona que no quiere aprender nada de los demás y que no quiere escuchar que se ha equivocado. Es la verdad de cientos de alumnos que hoy pululan por las clases con su pensamiento políticamente correcto, incapaz de descubrir nada nuevo que no provenga de sus fuentes de referencia, es decir, su círculo social cerrado y sectario. Es la verdad de la juventud, que grita en la calle su verdad, y atropella a los demás cuando no le siguen. Es la verdad del sectario y del obrero, del que no sabe y no sabe que no sabe. Es la verdad cuando se la cuentas al necio, te suelta una coz.

La verdad que molesta es aquella que cae sobre las personas que no quieren escuchar más que su discurso, y que se sienten agredidas en cuanto escuchan algo que desentona con lo que ellos afirman. Es la del egocéntrico, del que está mirándose el ombligo todo el día, el que no tiene tiempo para pensar en otras cosas que no sean su mismidad. Es el superhombre de Nietzsche, que se molesta con los disgustillos que le dan los que todavía creen en el bien y en el mal, pero que no saben que son la misma basura que desprecian. En el fondo son parecidos a los anteriores, aunque guardan mejor las apariencias y las formas.

Yo prefiero la verdad que enseña. La que enseña al que quiere aprender algo que no sabe. La verdad que enseña es aquella que cae sobre las personas que tienen deseos de aprender, que aunque no estén de acuerdo en todo lo que escuchan, lo escuchan con atención intentando comprender. Su desgracia será que la mayoría de los que van por la vida enseñando cosas, no enseñan nada más que las tonterías que ya hemos escuchado todos una y otra vez. Se necesita paciencia para estar en esta posición de escucha.

Estos bienaventurados, son las personas que suelen enseñarnos a los que queremos aprender de los demás, pues han escuchado a todos y de todo. Estas personas tienen ante la verdad una actitud humilde, no suelen dar lecciones más que de lo que saben y están dispuestos a aprender de cualquiera que se esfuerce en mostrarle la verdad. Es la verdad de los profesores que se sienten estudiantes toda la vida, de los que han estudiado y miran el mundo haciéndose preguntas irresolubles, de los que aprecian el saber y disfrutan con una palabra sabia, por pequeña que sea. Es la verdad de los que son conscientes de que cuanto más estudian y conocen, más ignoran y desconocen. Es la verdad de los que son honestos con lo que saben y no saben, y te cuentan lo que conocen, que a veces es muchísimo.

Algunos al pasar junto a ellos no les reconocen, y siguen vociferando, otros nos descubrimos ante ellos, pues son los verdaderos filósofos que mantienen una actitud filosófica ante la sociedad.

Por desgracia, nuestro mundo rebosa de gente que se esfuerza en enseñar a los demás memeces (usa cartelitos, fotos y chistecitos para convencer al resto), pero no tienen argumentos cuando les preguntas por el fondo de su opinión. No son muchos, por suerte, pero hacen mucho ruido; por eso hay que ofenderlos cuanto antes para que nos dejen tranquilos, y podamos escuchar a los que de verdad saben y enseñan.

¿Por qué se pierde la fe?

Foto0031

El otro día, hablando con un amigo con el que compartí la fe en años mozos, me contaba que la mayoría de los amigos comunes de los grupos cristianos de la juventud, amigos comunes suyos y míos, habían perdido la fe. Son unos ateorros, me comentó con desolación. Y me hizo pensar.

¿Por qué se pierde la fe? Desde luego la respuesta no es sencilla, y la tendencia a echar culpas al ambiente social, al mundo secularizado en el que vivimos, o a la bisoñez de un cura poco empático, no me parece responsable, aunque esconda una parte de razón. Creo que prefiero ahondar en las causas filosóficas, psicológicas y espirituales, más cercanas a las personas y a cada uno. Quiero buscar las razones, pensar la vida de las personas.

Primero decir que los asuntos de fe no funcionan igual que las cuestiones ideológicas, aunque algunos lo pretendan inconscientemente. Los de izquierdas no dejan de ser de izquierdas y viceversa por una repentina avalancha de descubrimientos que les llevan a cambiar la forma de vivir. Los cambios políticos suele tener que ver con un  descubrimiento hecho desde la inteligencia, la razón, o la reflexión profunda sobre el devenir del mundo, de la historia, o las ideas políticas; pero no implican un cambio de vida, una metanous, una conversión, o un cambio de mentalidad. Las conversiones no existen políticamente, salvo que haya pasta por medio, claro, pero ese es otro tema.

Las cosas de Dios van de otro modo, entre otras cosas porque Dios ofrece un sentido vital, un horizonte existencial y de sentido que no ofrecen las ideologías políticas. La fe no es solo una adhesión a unas verdades, sino una experiencia con la trascendencia, con Dios, desde nosotros personalmente con Jesucristo. De ahí que no sea extraño que la fe se debilite en unos años, o sobrevenga y se recupere ante acontecimientos vitales únicos: enfermedad grave, vejez, nacimiento de un hijo, pérdida de trabajo, etc. Hay periodos en la vida donde las personas viven la fe con más fuerza que en otros periodos, aunque también es verdad que para muchos la fe no vuelve, no retorna, quizás por estar demasiado anclados en redes racionales que impiden ver con claridad la luz de Dios, quizás porque es posible vivir alejado de Dios sin hacerse demasiadas preguntas existenciales. Quizás durante muchos años, quizás toda la vida. No sabemos tanto del misterio humano.

Lo que sí podemos afirmar es que una de las primeras causas de pérdida de fe es que la fe, para muchas personas, choca con la “verdad” que suelen identificar como verdad racional, matemática, ajustada, limitada y estática. Se inicia con las llamadas dudas de fe, y si no se resuelven de manera satisfactoria desenganchan al “dudoso” de su relación con Dios. La solución satisfactoria no depende del grado de racionalidad, ni de lógica de la fe, como equivocadamente se cree, sino del momento personal del creyente, de la inteligencia existencial (añadida a las 8 de Gardner) para sintetizar lo teleológico con lo real, y con lo verbalizado. Es un problema de lenguaje, pero también es un problema de docilidad ante Dios mismo. De ahí que las dudas oradas y vividas desde la relación con Dios se resuelvan mejor, ayudan a encajar el puzzle de la Verdad. Cuando no se hace así, es fácil que salga victoriosa la conclusión más fácil y reduccionista: Dios no existe, y nos ahorramos dolores de cabeza. Aunque luego se reproduzcan con fuerza la pregunta existenciales de la vida. Pensar la vida, decía Ortega.

La duda de fe  puede fortalecer a la persona en sus convicciones, pero precisa del estudio y la formación, cosa que no siempre es fácil de obtener y conseguir en una sociedad donde la teología está denostada, y la filosofía es cosa de frikies. Pero son muy habituales estas crisis de fe. De hecho yo me he encontrado a menudo con personas que han perdido la fe, y que arrastran desde años cientos de preguntas teológicas mal resueltas, o resueltas de aquella manera. Con el tiempo estas dudas se sedimentan aflorando los estratos más banales de unas conclusiones simples, a modo de eslogan: esto es una monserga de curas, o es un invento de la iglesia, o la iglesia es un negocio. El error de fondo fue querer reducir a Dios a una cuadratura, y cuando se percibe su imposibilidad se abandona la fe como algo absurdo o ridículo, para acabar creyendo en cualquier apunte pasajero. Las dudas iniciales, sin resolver, han sido sustituidas por afirmaciones de supervivencia ante el misterio de la trascendencia. Excusas que eluden la pregunta.

actuapoli

Actualidad política y Administración municipal