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Posmodernidad: de la clase social a la tribu.

La posmodernidad de finales del siglo pasado definía al hombre como un ser fragmentado, en descomposición, light y débil. Exigente con los derechos de bragueta y olvidadizo con las injusticias del Tercer Mundo. Pero todo evoluciona, y tras casi veinte años del siglo XXI, me atrevo a formular el siguiente paso del proceso. El hombre débil y light se agrupa en función de sus intereses y gustos más inmediatos, y lo hace utilizando la globalización que permiten las redes sociales para construir un nuevo modelo social: la tribu. Las empresas están al acecho para determinar a qué cuatro o cinco tribus pertenecemos, y así nos puedan vender sus cacharritos con más acierto. Afilan sus cuchillos para darse el gran festín.

La descomposición cultural no es nueva, se inició ya hace unos cuantos siglos. La muerte de Dios y sus sustitución por la razón o por la lucha de clases queda algo lejos, y el hombre trata de agruparse en función de sus apetencias más inmediatas, sus deseos más íntimos, ocultos o públicos. Ahora da igual. Es más, se puede pertenecer a tribus contrarias, enemigas u opuestas en intereses y resoluciones. No importa. La necesidad empuja a que formar parte de la tribu, la que sea, la que nos permita salir de la soledad de un móvil apagado. Ahí está la gente en las redes sociales, atrapados en la tela de araña y buscando compañeros con los que compartir el tiempo, incluso la vida.

Marx inventó el concepto de clase social para poder enfrentar a la humanidad en una lucha sin tregua: oprimidos y opresores; proletarios y burgueses; ricos y pobres. Nadie se libraba de estar en algún bando de la guerra, y los que no tomaban partido eran unos desclasados, unos ateos a la política, unos alelados que fumaban opio a espuertas mientras rezaban el rosario. Tal esquema reduccionista se mantiene en determinados discursos de la izquierda, y eso que la posmodernidad barrió con el muro de Berlín y con los Gulag del paraíso comunista. Pero el mundo sigue su camino, y ahora la humanidad se ha fragmentado en cientos de miles de tribus distintas. Muchas de ellas no son tribus implícitas, pero eso no importa. Consumos comunes, me gusta, y demás van configurando nuestra personalidad en las redes y en los mercados. Los pobres comunistas se han convertido también en tribu; o mejor dicho en muchas tribus distintas: desde los perroflautas hasta los barbudos, Errejones, podemitas o antisistema. Cada uno a lo suyo y viva el individualismo.

No digo nada nuevo si hablo de la muerte del marxismo. Llegó el fin de los discursos y de los mandatos ortoprágmáticos, eso fue la posmodernidad. Sin embargo, la deconstrucción humana se mantuvo y perseveró, hasta lograr abrir una brecha en la soledad de un corazón humano cuya única plenificación sigue siendo Dios. Soledad y tristeza en medio de la fiesta Nietzscheana.

La incoherencia se asentaba en el hombre que había perdido a Dios, y que quedaba desasistido ante los embates de un capitalismo feroz que ha ido aniquilando la trascendencia hasta convertir al ser humano en un cúmulo de fragmentos sin conexión. Somos nuestros deseos de consumo, nuestros gustos. Y nos alimentan con ellos para evitar nuestra trascendencia. La incoherencia no importaba ya, y el pecado quedaba anticuado y lejos. Dicho de otra forma, se podía ser activista de los Derechos Humanos por la mañana, y por la tarde maltratar a la familia. Posmodernidad y doble vida.

Ahora la posmodernidad ha dado un paso más. Los fragmentos inconexos del hombre contemporáneo se han vinculado a otros fragmentos semejantes encontrados en otros hombres que habitan el otro lado del planeta. La red conecta gustos y nos convierte en una nueva agrupación, la de la tribu. Las hay de todos tipos, desde los de Star Wars hasta las “metoo”. En nuestro planeta, los amantes de los platelmintos se unen en la red para intercambiar sus pareceres sobre los abusos que sufren los pobres gusanitos en los intestinos humanos. No dan tregua, aunque sean dos cientos en un mundo de casi 10 millones de hombres fragmentados. A veces llegan a millones, y les basta para conectarse con un “me gusta”. Me mola, me va, me va… Fragmentos buscando el fragmento gemelo que me alivie mi tristeza, mi enfado, mi deseo, mi yo.

Las tribus son subsistemas culturales incompletos que pretenden dar significado a sus miembros. Ofrecen un sentido parcial, recortado y rizomático, pero es suficiente para que sus miembros se sientan a gusto y protegidos. Dan sentido a la soledad, y proporcionan seguridad a un hombre débil que tiene miedo a casi todo, especialmente al ostracismo. Pertenecer a un grupo es la necesidad inmediata. Ya no importa mejorar el mundo, ni siquiera mejorar personalmente, ni mejorar en el trabajo. A la generación Z, la que nació en torno al año 2000, ya tiene claro lo que necesita. Un móvil, conexión y un par de buenos juegos en red. Con eso será feliz hasta que se agote. Por eso la peor tortura que se puede sufrir es que se burlen de él en la red. Débiles, fragmentados y agrupados en tribus.

Por eso en las redes como facebook la gente se agrupa y agrupa sus intereses, sus gustos, para proporcionar un significado que no es conseguido ni en el trabajo, ni en la familia, ni en los amigos de carne y hueso que nos son dados en la vida. Nos agrupan por juegos, aficiones, amigos de red y conocidos de la vida. Nos tribalizan y nos trivializan, y nos ordenan para podernos vender mejor y con más eficacia lo que deseamos. Estas agrupaciones no debaten, no discuten, no comparten más que información para sentirse bien, para no dolerse de la incoherencia. Nos enviamos mensajes con los que estamos de acuerdo para que los que son como nosotros nos den la razón y estén también de acuerdo. Y el colmo del gozo es que reenviemos tales mensajes con los que estamos de acuerdo.

El hombre tribu puede pertenecer a varias tribus sin problemas de coherencia. No le importa, entre otras cosas porque no piensa en términos de totalidad. Ni la filosofía ni la religión son generalizadas, son dos tribus más…

Por eso se puede ser de la red amigos de las hamburguesas a domicilio y a a la vez pertenecer a la tribu que odia el metano que despiden las vacas por la campiña inglesa. No hay más incoherencia que la que proporciona el mismo planeta. Ecologistas todos y consumidores a la vez; feministas todos y machistas a la vez; correctos  y rebeldes al tiempo. Es lo que mola. todos en todo, y unos pocos líderes manejando las tribus a su antojo.

Por eso los movimientos sociales son lo que son, Tribus de deseos comunes. Feminismos, ecologismos, voxistas, socialistas e independentistas, madridistas o barcelonistas. La clave es pertenecer a tres o cuatro tribus. Maś que nada porque sin ellas hace frío.

Los católicos, sin ir más lejos, somos desde hace mucho tiempo una tribu más, una subcultura cada vez más extraña para el mundo, y que sobrevive en una cultura fragmentada. Al menos tenemos la ventaja de estar junto a Dios, el único lugar de la tierra donde hace calorcito.

También las tribus pasarán…

Imaginando el futuro. Virgencita que me quede como estoy.

Es uno de los temas que más que mola, el futuro. Pensar en lo que sucederá cuando no estemos aquí. Me imagino que si se llega a conseguir, gente que no muera, será a costa de que no nazca ni uno más. Pero quiero ser realista, así que vamos a por la tecla del ordenata con prestancia y vamos a desgranar lo que de verdad sucederá. Átense los machos que entramos en materia.

Dios mediante, es decir, siempre que no se acabe el mundo el próximo mes; que no sería raro dado el devenir humano, probablemente seguiremos muriendo. Es probable que en algunos lugares se consigan avances médicos infinitos, de esos que hacen flipar a la peña, pero precisamente por eso, no creo que estén disponibles para la mayoría de la población. De hecho, en la actualidad, la mayoría de los avances médicos no están disponibles ni son cercanos a una inmensa parte de la población. Unos avances que hagan a un 20% de la población inmortal son simplemente un insulto para el resto de la humanidad. Se generalizaría el exterminio de los inmortales mediante bombas de mano y accidentes de tráfico. Nada. Mejor nos quedamos como estamos, todos mortales y ya está.

Lo que sí estoy seguro es que algunos continentes soportarán a otros. Africa, por ejemplo, seguramente será un inmenso basurero, donde los detritus, los electrodomésticos viejos, los residuos nucleares y los plásticos recogidos de los países con conciencia ecológica, o sea de nosotros, camparán por todo el continente, de norte a sur. Digo yo que descubrirán, un año de estos, que la antártida es un excelente lugar para almacenar basura, y lograrán cambiar las condiciones del continente helado. La basura nos comerá, así que habrá que prepararse para enviarla al espacio. Será la tercera fase del ecologismo pacifista. Total, la basura espacial ya existe, y por un poco más… pues eso. Mejor nos quedamos con la basura que ya tenemos, y ni un poco más.

Lo de los móviles será un cambio curioso. La gente no llevará el móvil fuera del cuerpo, sino metido en su cerebro. Bastará con conectarse mentalmente a cualquier sitio güebe para ver las chorradas y los chistes del día que fluirán como el magma. La mente dejará así de ser un espacio íntimo para convertirse en un lugar comunitario. Será curioso pillar a los pederastas, a los machistas y a los librepensadores tocando los huevos al personal con pensamientos tóxicos. Igual que ahora en las redes sociales, pero en plan mental. Todos conectados y todos hablando sin que nadie escuche nada. Molará. Por supuesto habrá antivirus para evitar que nos inunden los malos con sus raciocinios provocadores. Antivirus vendidos por los mismos fabricantes de móviles intercerebrales. Seguramente nos saludarán con una frase certeza: Bienvenido a tu cerebro de gilipollas.

Por supuesto, es fácil de deducir, no habrá novedades musicales, ni pelis nuevas, ni libros ni nada artístico novedoso, porque el pirateo será tan generalizado que se llamará cultura solidaria. Las descargas serán legales, pero no habrá nada que descargarse, porque casi nadie podrá pensar nada nuevo sin que se lo pillen y se lo roben de la cabezota. Eso sí, habrá gente que estará todo el día recitando a Neruda. Ale, que os den.

La comida será igual que la de ahora. Un buen cocido, como el que nos pimplamos el domingo pasado, no puede extinguirse. Pero cambiarán los ingredientes, y será un cocido sin chorizo, sin tocino, sin gallina, sin ternera y sin jamón. Ganarán los hervíboros que nos obligarán a comer brócoli. Será una mierda de cocido, deconstruido y sin parecido al actual, pero es lo que hay. Siembra polvos y recogerás lodos.  Salvo los subversivos cristianos, que seguirán zampando cerdo a tutiplén, el resto declarará al cocido comida non grata, antisolidaria y nefanda. Lo dicho, mejor nos quedamos como estamos, y seguimos comiendo cocido y yendo a misa.

Si triunfan algunos postulados actuales, seguramente la humanidad esté llena de abuelos bicentenarios en los países ricos; y de cadáveres los países pobres. Casi como ahora pero más. El sexo será un gran negocio, y probablemente haya un importante intercambio de jovencitos que satisfagan las ansias de los aventajados y envejecidos sabios de la humanidad. Será un gran mundo, lleno de avances y de esclavos. La mayoría de edad estará en los 75 años, y el resto será una panda de adolescentes que no podrá gozar de derechos, pues no estará preparada para ello. Casi como ahora, que la adolescencia llega a los 25 años, según los sociólogos en extinción. Mejor que ahora no será, no. Ver para creer, oyes.

No habrá sexos ni géneros. La gente se extirpará los genitales nada más nacer y se implantará micropenes de caracol, para poder masturbarse a gusto. Los más radicales estirparán sus micropenes a los cuarenta y dos años y se instalarán una lechuga para dar ejemplo de independencia y autenticidad. Será la leche, porque eso hará que prolifere la cría del caracol hermafrodita. El dato más negativo será que el aborto de hueva de esturión será castigado con una semana de vacaciones a un basurero africano, sin pena revisable ni nada.

La educación no estará informatizada. Tampoco habrá profesores ni maestros. En realidad no habrá educación. ¿Para qué sirve la educación si ya tendrán los móviles en la cabeza? Lo que habrá serán antivirus más potentes y grandes programas de mejora cerebral para el rendimiento y la vida moderna.

¿Sigo? Venga un poco más, que me mola.

La gente no viajará, porque será peligroso salir de casa. Lo más probable es que la gente viva en casas aisladas y pequeñas. Tendrán todo lo que necesitan en ellas. Una planta, un perro, y una pantalla conectada a alguien que nos suministrará el cocido deconstruido. Para hablar con alguien ya estarán nuestras cabezas. Digo yo que algunos habrán salido del planeta, pero será por no compartir tanta mierda con el resto. No habrá pobres en el mundo, porque los habremos extinguido desde el norte con nuestra basura radioactiva. Igual queda el de mad max, pero no creo. Lo que sí habrá serán algunos independentistas catalanes colgando su banderola en la cola de sus mascotas e insultando a los vecinos. Habrá que mandarlos a África por pesaditos…

La religión existirá en clandestinidad. Estará perseguido rezar y tener alguna idea relativa al más allá que ponga en peligro el nuevo equilibrio mundial. A pesar de la propaganda constante, habrá cristianos… y es que algo esperanzador tendrá que haber. ¿No? Me los imagino celebrando la Eucaristía y comiendo fraternalmente un plato de cocido  clandestino, con su chorizo de invernadero y su tocino rancio. Será los Domingos, claro. Un día que ya no existirá en el calendario laico del planeta.

Virgencita, Virgencita… ¡qué me quede como estoy!

 

 

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