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El infierno de Greta.

Siempre me han dado grima los niños superstar. Desde Marisol hasta Joselito pasando por Ana Belén. Todos ellos me han caído en su momento como el culo. Son niños que hacen ricuras y gracietas en lugar de ser niños corrientes y molientes. Son niños que están adulterados, manipulados e idiotizados por algún adulto que saca tajada de su estrellato, siempre efímero.

Estos niños luego crecen bajo los focos de ser celebridades, y terminan contándonos en las revistas más sórdidas y elocuentes que su infancia fue terrible, que fueron abusados, que se aprovecharon de ellos y unas cuantas lindezas más. Se quejarán de que les metieron en un circo que no querían…

Por eso, la última cría superstar llamada Greta, la adolescente activista (tiene 16 años) del ecologismo progre y sueco, me da cierta pena. O terminará como el juguete roto que ya es, o acabará como diputada de algún partido verde piscina por el Parlamento Europeo, y no sé que es peor. Morir de incoherencia siempre es una salida muy digna para la progresía europea, y seguro que tendrá un carguito en algún partido antifascista guay en el futuro. Pero no es lo mejor para nadie, claro.

Greta es un producto típico de nuestro tiempo. Es una niña de un país con pasta cuya gracia está en que se queja de la mierda de mundo que le vamos a dejar en herencia. Curiosamente no se queja del hambre, el aborto, las guerras, o el crimen organizado, que son temas de mucho excremento. ¡Qué va! Tampoco se queja de la trata de niños esclavos, ni de nada de eso. En realidad se queja de que no hacemos caso a los científicos que dicen que el planeta se calienta por culpa del hombre. Ya está. La invitan a la ONU a dar un discursito, y le acabarán dando el Nobel. Total, si ya lo tiene Obama, ¿por qué no dárselo a ella? No tiene ninguna propuesta más que quejarse y decir que hagamos lo que dicen los políticos que hay que hacer para arreglarlo. O sea, el acabose.

No se puede decir que Greta no haya atendido en clase. Por supuesto que no. Desde hace años, el discurso y la monserga del ecologismo políticamente correcto ha inundado las aulas de Suecia y de toda Europa; y ella, que es una alumna aplicada, se lo ha creído a pies juntillas. La educación tiene que ser crítica, caramba, y Greta, que es una alumna que aprende deprisa, ha aprendido a quejarse. Se lo han enseñado, claro. Si el mundo es una mierda, ¿por qué no vamos a hacer una huelga para que mejore? Y tiene razón la criatura. Es verdad que podrían haberle enseñado otras cosas como economía, latín, historia, filosofía, derecho o antropología. Pero no. Le han enseñado que el mundo es una mierda, y ella nos lo cuenta. Es un producto típico de nuestro sistema educativo. Por eso cae tan bien a los demás estudiantes y a los profesores contemporáneos europeos. Es una ejemplo y ya están tardando en dedicarle un párrafo con foto y todo en los libros de sociales. La pescadilla que se muerde la cola. Los mitos contemporáneos se alimentan con los nuevos mitos.

Greta se ha equivocado. No por quejarse, sino por entrar en política  de esa forma. Greta ha querido representar la pureza ideológica y existencial del ecologismo quejica. Quiere ser perfecta para que su discurso sea más creíble.Y ese es un error grave, porque te expones a que te critiquen y a que te lluevan hondonadas de bofetás por todos los lados.

Greta no es más que una adolescente, y la pobre no tiene más argumentos que su inocencia. Repite lo de su libro de texto y lo que le dijo su profe sindicalista. Y poco más. Y así no se puede entrar en política, como una niña inocente que juega a las tabas el domingo por la tarde. Porque no lo es. La han calificado como “la niña del exorcista” y reconozco que me hizo gracia, porque es verdad que algo de eso parece, pero también me dio pena por ella.

Si Greta hubiera sido una niña Amish habría sido más creíble. No usan la electricidad y huyen de los avances técnicos que perjudican el regalo que Dios nos hizo con la creación. Su queja sería verdadera y coherente, o al menos más coherente. Reconocería su pecado y su contingencia, y en su humildad sería una persona con algo que decir. Al menos para mi, que busco discursos profundos y con algo de sentido. Pero como lo religioso no vende, pues no puede haber una Greta Amish. Además, tampoco habría podido convocar a nadie porque los amish no usan móvil. Y Greta sí tiene móvil para convocar manifas y huelgas.

Eché un vistazo a su discurso en la ONU, y entendí la tragedia y la catástrofe de la que hablan los ecologistas de libro y de canas. Y es que la criatura pecó de simplonería y de soberbia. De lo primero podemos exculparla. Es una niña y le faltan estudios e ideas. Ya lo ha dicho Putin, que hay que explicarle que el mundo es más complejo (que vuelva a la escuela). Pero de lo segundo no, pues la soberbia es un pecado muy serio en una niña que quiere dar lecciones a la humanidad de como arreglar el mundo.

Greta fue a la ONU a contarnos unas cuantas falacias mediáticas ya asumidas por la demogresca, pero es que además lo hizo en tono enfadado y quejándose. Para muchos será una gran activista porque le ha dicho a la humanidad que le han jodido el futuro. Pero esta cría ha jodido su futuro ella misma. Greta no va a poder sonreír el día que se vaya a comer una hamburguesa hecha de carne de vaca pedorra contaminante, con su huevo frito de gallina violada en una granja. Esta niña no podrá sonreír nunca ante un mundo tan malvado. Y si lo hace la tacharán de colaboracionista con el imperio del mal, que es el capitalismo contaminante, supongo. Su único futuro está en ser vegana y frutívora. Jamás podrá venir a España de vacaciones (salvo que lo haga en bicicleta), y nunca será libre de la imagen infernal que la humanidad ha hecho de ella.

A Greta le espera un infierno, pero no medioambiental. Por eso me compadezco de ella y de todos los juguetes rotos que algunos adultos inventan para sus intereses. ¿Que quién ha sido el que ha montado este circo? No lo sé, pero me lo imagino.

 

Posmodernidad: de la clase social a la tribu.

La posmodernidad de finales del siglo pasado definía al hombre como un ser fragmentado, en descomposición, light y débil. Exigente con los derechos de bragueta y olvidadizo con las injusticias del Tercer Mundo. Pero todo evoluciona, y tras casi veinte años del siglo XXI, me atrevo a formular el siguiente paso del proceso. El hombre débil y light se agrupa en función de sus intereses y gustos más inmediatos, y lo hace utilizando la globalización que permiten las redes sociales para construir un nuevo modelo social: la tribu. Las empresas están al acecho para determinar a qué cuatro o cinco tribus pertenecemos, y así nos puedan vender sus cacharritos con más acierto. Afilan sus cuchillos para darse el gran festín.

La descomposición cultural no es nueva, se inició ya hace unos cuantos siglos. La muerte de Dios y sus sustitución por la razón o por la lucha de clases queda algo lejos, y el hombre trata de agruparse en función de sus apetencias más inmediatas, sus deseos más íntimos, ocultos o públicos. Ahora da igual. Es más, se puede pertenecer a tribus contrarias, enemigas u opuestas en intereses y resoluciones. No importa. La necesidad empuja a que formar parte de la tribu, la que sea, la que nos permita salir de la soledad de un móvil apagado. Ahí está la gente en las redes sociales, atrapados en la tela de araña y buscando compañeros con los que compartir el tiempo, incluso la vida.

Marx inventó el concepto de clase social para poder enfrentar a la humanidad en una lucha sin tregua: oprimidos y opresores; proletarios y burgueses; ricos y pobres. Nadie se libraba de estar en algún bando de la guerra, y los que no tomaban partido eran unos desclasados, unos ateos a la política, unos alelados que fumaban opio a espuertas mientras rezaban el rosario. Tal esquema reduccionista se mantiene en determinados discursos de la izquierda, y eso que la posmodernidad barrió con el muro de Berlín y con los Gulag del paraíso comunista. Pero el mundo sigue su camino, y ahora la humanidad se ha fragmentado en cientos de miles de tribus distintas. Muchas de ellas no son tribus implícitas, pero eso no importa. Consumos comunes, me gusta, y demás van configurando nuestra personalidad en las redes y en los mercados. Los pobres comunistas se han convertido también en tribu; o mejor dicho en muchas tribus distintas: desde los perroflautas hasta los barbudos, Errejones, podemitas o antisistema. Cada uno a lo suyo y viva el individualismo.

No digo nada nuevo si hablo de la muerte del marxismo. Llegó el fin de los discursos y de los mandatos ortoprágmáticos, eso fue la posmodernidad. Sin embargo, la deconstrucción humana se mantuvo y perseveró, hasta lograr abrir una brecha en la soledad de un corazón humano cuya única plenificación sigue siendo Dios. Soledad y tristeza en medio de la fiesta Nietzscheana.

La incoherencia se asentaba en el hombre que había perdido a Dios, y que quedaba desasistido ante los embates de un capitalismo feroz que ha ido aniquilando la trascendencia hasta convertir al ser humano en un cúmulo de fragmentos sin conexión. Somos nuestros deseos de consumo, nuestros gustos. Y nos alimentan con ellos para evitar nuestra trascendencia. La incoherencia no importaba ya, y el pecado quedaba anticuado y lejos. Dicho de otra forma, se podía ser activista de los Derechos Humanos por la mañana, y por la tarde maltratar a la familia. Posmodernidad y doble vida.

Ahora la posmodernidad ha dado un paso más. Los fragmentos inconexos del hombre contemporáneo se han vinculado a otros fragmentos semejantes encontrados en otros hombres que habitan el otro lado del planeta. La red conecta gustos y nos convierte en una nueva agrupación, la de la tribu. Las hay de todos tipos, desde los de Star Wars hasta las “metoo”. En nuestro planeta, los amantes de los platelmintos se unen en la red para intercambiar sus pareceres sobre los abusos que sufren los pobres gusanitos en los intestinos humanos. No dan tregua, aunque sean dos cientos en un mundo de casi 10 millones de hombres fragmentados. A veces llegan a millones, y les basta para conectarse con un “me gusta”. Me mola, me va, me va… Fragmentos buscando el fragmento gemelo que me alivie mi tristeza, mi enfado, mi deseo, mi yo.

Las tribus son subsistemas culturales incompletos que pretenden dar significado a sus miembros. Ofrecen un sentido parcial, recortado y rizomático, pero es suficiente para que sus miembros se sientan a gusto y protegidos. Dan sentido a la soledad, y proporcionan seguridad a un hombre débil que tiene miedo a casi todo, especialmente al ostracismo. Pertenecer a un grupo es la necesidad inmediata. Ya no importa mejorar el mundo, ni siquiera mejorar personalmente, ni mejorar en el trabajo. A la generación Z, la que nació en torno al año 2000, ya tiene claro lo que necesita. Un móvil, conexión y un par de buenos juegos en red. Con eso será feliz hasta que se agote. Por eso la peor tortura que se puede sufrir es que se burlen de él en la red. Débiles, fragmentados y agrupados en tribus.

Por eso en las redes como facebook la gente se agrupa y agrupa sus intereses, sus gustos, para proporcionar un significado que no es conseguido ni en el trabajo, ni en la familia, ni en los amigos de carne y hueso que nos son dados en la vida. Nos agrupan por juegos, aficiones, amigos de red y conocidos de la vida. Nos tribalizan y nos trivializan, y nos ordenan para podernos vender mejor y con más eficacia lo que deseamos. Estas agrupaciones no debaten, no discuten, no comparten más que información para sentirse bien, para no dolerse de la incoherencia. Nos enviamos mensajes con los que estamos de acuerdo para que los que son como nosotros nos den la razón y estén también de acuerdo. Y el colmo del gozo es que reenviemos tales mensajes con los que estamos de acuerdo.

El hombre tribu puede pertenecer a varias tribus sin problemas de coherencia. No le importa, entre otras cosas porque no piensa en términos de totalidad. Ni la filosofía ni la religión son generalizadas, son dos tribus más…

Por eso se puede ser de la red amigos de las hamburguesas a domicilio y a a la vez pertenecer a la tribu que odia el metano que despiden las vacas por la campiña inglesa. No hay más incoherencia que la que proporciona el mismo planeta. Ecologistas todos y consumidores a la vez; feministas todos y machistas a la vez; correctos  y rebeldes al tiempo. Es lo que mola. todos en todo, y unos pocos líderes manejando las tribus a su antojo.

Por eso los movimientos sociales son lo que son, Tribus de deseos comunes. Feminismos, ecologismos, voxistas, socialistas e independentistas, madridistas o barcelonistas. La clave es pertenecer a tres o cuatro tribus. Maś que nada porque sin ellas hace frío.

Los católicos, sin ir más lejos, somos desde hace mucho tiempo una tribu más, una subcultura cada vez más extraña para el mundo, y que sobrevive en una cultura fragmentada. Al menos tenemos la ventaja de estar junto a Dios, el único lugar de la tierra donde hace calorcito.

También las tribus pasarán…

Los pilares de Occidente: la mentira, la basura y los ositos de peluche.

Cuando estudié primero de carrera (hace unos treinta años), en concreto Derecho Romano, recuerdo que en el inicio del libro de Derecho Público Romano se hablaba de los pilares de Occiente, y se afirmaba, con solemnidad y rigor que habían sido tres: el Derecho Romano, la Filosofía Griega y el Cristianismo. Hoy han sido sustituidos por tres tataranietos que no dan mucho de sí, pero que ahí están, decadentes y no menos firmes: la basura, la mentira y el emotivismo de los indignados del peluche. Estos piden paso y se quedan a la fuerza. Por eso hablamos de ellos, porque no será por mucho tiempo. Digo yo.

El Derecho Romano, que ha venido articulando durante casi dos mil años las relaciones civiles de los hombres entre sí (familia), de sus compromisos (obligaciones y contratos) y de sus bienes (derechos reales), ha terminando convirtiendo las relaciones sociales en relaciones mercantiles, para luego dejar temblando a la humanidad (y al planeta) con relaciones financieras y especulativas. Es lo que nos queda hoy. Personas que se relacionan especulando el amor, la amistad y los negocios. Vida deshumanizada, donde todo se compra y se vende. Es el capitalismo, hijo del derecho, que barre a la humanidad, sus relaciones y sus bienes, hasta convertir lo que toca basura. Por eso nuestro planeta Tierra se ha convertido en un basurero de objetos obsoletos, de residuos tóxicos, mares llenos de plásticos y un montón de mierda sobre la que seguir especulando. Lo llaman capitalismo, pero en realidad es uno de los pilares más importantes sobre el que sustenta la sociedad contemporánea de la disolución. Lo practicaron las sociedades comunistas con el mismo afán, y lo aplaudimos indirectamente cuando vamos de tiendas y tenemos de todo. Filósofos: la fragmentación posmoderna quedó atrás; lo de ahora habría que llamarlo disolución occidental, globalizada y sin vaselina.

El segundo pilar fue la Filosofía Griega, sobre la que hemos hablado en otras entradas de este blog. Los griegos buscaban la verdad frente a la opinión. Nosotros preferimos opinar sin buscar la verdad. Por eso estamos rodeados de mentiras. Frases ingeniosas, sensacionalistas, atractivas para vender, comprar y para llamar la atención. Pensar es agotador, en cambio, escuchar mentiras es más gratificante. La gente se busca mentiras a su altura moral, en su círculo intelectual, en su existencia. Hay una cadena televisiva para cada grupo de espectadores, con sus mentiras específicas, sus relatos y sus símbolos. El escepticismo está agotado, ahora se lleva la mentira que nos entretenga. Y las redes son especialistas en mentir al gusto de cada uno. Se llaman cockies, o sea “putas” y “galletas”, que debe ser lo mismo.

El tercer pilar es el cristianismo, el único que se ha mantenido como subcultura gracias a una institución milenaria como es la Iglesia. El cristianismo (que es una religión de sentido, no una ética) fue anulado en su momento por el laicismo imperante y cultural. Se le extrajo la moral en la modernidad, y se le redujo a una especie de buenismo fácil y blandito. Se vació de contenido la experiencia con Dios Padre, para exaltar experiencias inferiores y rídiculas, desde el animismo hasta el yoga. Al final el hombre sigue hueco por dentro.

El buenismo ético ha sustituido al amor al prójimo. La gratuidad del amor se ha pervertido dejando solo la pose, no el dolor, olvidando que el Amor que no duele por dentro, no es amor. Se promueve la experiencia de lo emocionante frente a la experiencia de Dios. Hasta que se rompe la cuerda del puenting, claro. Entonces ponemos ositos de peluche al pie del acueducto. Y es que somos adolescentes con rabietas y lágrimas facilonas, gente que lo quiere todo, y que es incapaz de dar nada, de darse gratis. De nuevo el capitalismo.

Es curiosa nuestra sociedad, donde los derechos sociales son cada vez más recortados, y donde la lucha de clases se ha transformado en una lucha de géneros (de sexos). Una sociedad indignada con hoja perenne, connivente con el poder, y traidora con la humanización en el trabajo, y con la sexualidad adolescente hasta que la muerte nos llegue. Adolescentes con rabietas y lágrimas fácil.

La ética contemporánea está disolviéndose muy deprisa por culpa (o gracias) a las redes sociales. Es la ética del emocionarse mientras miro un perrito en el móvil dando saltitos, y soy indiferente a la esclavitud infantil en África. Me indigna el voluntario porque reza el rosario delante de la clínica abortista, y lloro a moco tendido porque el niño X ha recuperado su osito de peluche perdido hace dos días en las Ramblas. Le pongo un “me gusta” para lograr un mundo mejor, y me exijo que no me digan lo que tengo que hacer con mi bragueta.

Es lo que hemos visto en Barcelona estos días, que aquí mataban a  14 personas y se les dedicaba horas y horas de espectáculo informativo-especulativo. Entre la mentira y la realidad, nadie analizaba el por qué. Ni falta que hace buscar la verdad, dirán algunos. Los terroristas no eran matados, eran “abatidos” (de pena suponemos), y mientras tanto los corrimientos de tierra en Sierra Leona machacaban a 400 muertos, 100 de ellos críos.

Occcidente se está disolviendo. Pero hay una esperanza, una sutil y fuerte esperanza.

Tras la basura del Derecho Romano solo podrá quedar la única estructura social con la que no se puede especular. La única que resiste el paso del tiempo por estár sostenida por el derecho natural. Me refiero a la familia, configurada por el judeo-cristianismo y el derecho romano. Será además una cuestión de “superviviencia”. Las propuestas familiares y económicas que no sean sostenibles (incluida la sostenibilidad de los hijos) se extinguirán por sí misma. La disolución familiar contemporánea desaparecerá por sí sola. El futuro será de los que tengan hijos y logren tener recursos suficientes y sostenibles para vivir, es decir: o familias católicas con hijos o familias musulmanas. Ahí estará el choque cultural en la futura Europa. El islam solo sobrevivirá en Europa si acepta las pautas familiares y culturales del cristianismo. Si no lo hace y triunfa, lo que surja no será Europa. Aunque esté en su territorio.

La mentira contemporánea dejará paso a la única verdad posible e inmutable: Dios y su trascendencia. Será un cliclo lógico, pues no hay cultura que no se asiente sobre una verdad inmutable, hija de una divinidad. El cristianismo retornará, pero seguramente lo haga purificado de lo superfluo, y lejos de Europa. La verdad no volverá a estar fragmentada, quedará sometida a la experiencia religiosa, y la ciencia volverá a ponerse al servicio del hombre, de la humanidad, y no del dinero ni la especulación.

El emotivismo del osito de peluche, adolescente y ansioso, solo podrá madurar si vuelve a concebirse la trascendencia. Es decir, será necesario un retorno al Amor de Dios (Padre), un amor que da sentido porque salva (Hijo) y que pueda reconfortar en el dolor de la existencia humana (Espíritu Santo). Será un nuevo humanismo más profundo y sólido. Ya lo dijeron antes que yo: el siglo XXI será religioso o no será.

Yo creo que sí será, y es que como pobre católico, tengo esperanza.

Reformar a los españoles.

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Yo creo que la Constitución Española del año 78 sigue siendo de las mejores constituciones del mundo, y lo que de verdad hay que reformar es a los españoles, que en su conjunto, y admitiendo variantes, se han vuelto histéricos con su sistema político. Se creen que cambiando la constitución van a encontrar trabajo, se va a acabar con la corrupción, o les va a ir de puta madre, y no. Hay que decirles la verdad, que si su jefe es un cabroncete, lo será con constitución o sin ella; y que no hay más democracia porque votemos si queremos que el vecino se afeite la barba, o se depile las piernas. Por eso, la verdadera tarea que urge en reformar a los españoles, que son los que dan la medida de nuestro país.

Aquí coincido con otros tantos comentaristas y escritores, que opina que hay demasiado tonto contemporáneo, tantos, que aquí no cabe ni un tonto más, dice Pérez Reverte; de Prada opina que vamos camino de la disgregación nacional, pues la venta al por mayor de nuestras tradiciones, nos arroja a una intemperie merecida. Otros intelectuales han optado por hacer mutis por el forro, y buscan aislarse de la estupidez patria, en sus casas de campo o en el extranjero, lo más alejados de la necedad nacional, que es mucha. Y siempre hay alguno que se disputa su saber con la estupidez compartiendo páginas de periódico, o tertulias interrumpidas por el grito y la publicidad, o voceras solitarios en alguna universidad rodeados de miserables que lograron sus cátedras con ayuda de los amiguetes del partido.

Hay que reconocer que reformar a los españoles es la tarea más complicada de todas, porque no hay por donde coger el toro, y es tan ingente la obra, que seguro que nuestros compatriotas se liarían a discutir si empezamos reformando una cosa u otra; por eso la estrategia no puede consistir en preguntar y luego hacer; sino en hacer, y luego preguntar. Cambiamos la forma de pensar de los españoles, y luego les preguntamos que qué opinan. Es exactamente la estrategia de la ingeniería social del Psoe y la progresía a lo largo de estos casi cuarenta años de democracia, que es justamente la contraria de lo que hace el Pp, que termina siempre ratificando los desmanes morales y éticos que hace la progresía cuando están en la oposición, sin atreverse a proponer más que la liquidación de la justicia social, para no parecer demasiado fachas. Maricomplejines les llamó certeramente Jiménez Losantos, y no le faltaba razón. Tan nefastos han sido los gobiernos de izquierdas (y sus aplaudidores) como los de derechas en la democracia, y cada uno ha ido sepultando por entregas la conciencia ética y las tradiciones de un pueblo, o sea lo poco bueno que albergaban los españoles.

Es curioso que al final del franquismo había más derechos sociales y laborales que hoy (recogidos en el Estatuto de los trabajadores del 80), y eso no es solo una expresión políticamente incorrecta para los gurús de hoy, sino que es estrictamente la verdad. ¿Dónde están los economatos? ¿Los contratos indefinidos? ¿La estabilidad geográfica en el empleo? ¿Las jubilaciones anticipadas? Las leyes administrativas hechas durante el franquismo fueron las mejores leyes nunca hechas en nuestro pais, si exceptuamos el Código Civil de 1888, cuyo haber está en el derecho romano. Todas aquellas buenas leyes se han ido dilapidando y siendo sustituidas por leyes generosas con los mangantes, los arrimados y los mafiosillos de profesión sus negocios. Quitaron a los altos funcionarios de la administración (de oposición durísima) para sustituirlos por idiotas con carnet, subnormales éticos sin estudios, o consejos de fraternidad dudosa. En el año 80 el Estado era propietario de una buena parte de la Industria de nuestro país, y a lo largo de estos casi treinta y cinco años se ha vendido al mejor postor, soportando hoy a las compañías que levantaron los españoles con trabajo, y que hoy nos saquean de manera impune: Véase Telefónica o tantas otras del estilo, que roban y roban y vuelven a robar, y nadie les para los pies. A mi me mangaron pasta el mes pasado, en su línea vaya. Llame al mil cuatro.

La culpa de todo la tiene el capitalismo, que todo lo descompone y deconstruye, centrifuga la familia hasta convertirla en una nada vacía y rizomática llena de cargas y ningún derecho. ¿No es un síntoma de deterioro moral que haya tantos fracasos matrimoniales ( o sea divorcios)? ¿No es un síntoma de fracaso cultural que nuestros jóvenes fracasen escolarmente? ¿No es una vergüenza que la única chica que no se acuesta con toda la clase sea la rarita, y el resto de zorras y zorros gritones alardeen de sus miserias? Esto lo digo por una conversación que tuve el otro día con una madre de familia, que no me invento nada, porque el colegio era además de curas. ¡Sonamos, dijo Mafalda! La Pucha, digo yo.

A fuerza de tontear con el mal, acabamos pensando que todo es fiesta, y se celebra el divorcio como si fuera una juerga, el aborto como si fuera un derecho, y matar al vecino como un futuro reality. Ser un cabrón es uno de esos derechos de bragueta recién adquiridos, y matar al no nacido un deporte nacional alentado por los tetazos de las de Femen. Y además no se puede decir, porque sino eres un facha, un malhumorado, y lo peor de todo: un machista; que ahora es sinónimo de malo malísimo a secas, casi al nivel del fascista de libro.

Esto demuestra la estulticia nacional, no solo del que lo disfruta, sino de los que lo aplauden, que son tanto y tan idiotas como los anteriores. Ya voy pensando en desapuntarme del país.

La ética en su conjunto se ha deteriorado, y la mayoría de los españoles no distingue el bien del mal. O mejor dicho, ha mutado tanto sus principios morales que ha acabado asumiendo que lo que era malo ahora es bueno, y lo que era bueno, ahora es malo. Por ejemplo el asunto del aborto, que es el que más asombra a la gente que aún distingue el bien del mal. El aborto es malo, es un fracaso social y personal, es el indicativo de una sociedad cobarde que prefiere matar a sus futuros hijos, antes que darlos en adopción y permitirles la vida. Cuando una persona prefiere matar a dejar vivir, es que las cosas están mal. ¿Saben como se mitigaría el problema del aborto? Lo digo con toda la ironía del mundo: permitiendo que se pague por hijos adoptados. Seguro que más de una madre des-moralizada prefería ganar un dinerillo en lugar de abortar. Y es que para el capitalismo todo tiene precio, incluido el ser humano, incluidos los no nacidos.

Que no se pueda detener la violencia de un lerdo agresivo de esos que pululan por la faz del planeta pegando a su mujer y a sus hijas, o matando rivales deportivos, o quemando contenedores en Gamonal, o rompiendo escaparates de Barcelona porque están en la lengua de los españoles, es otro síntoma de incapacidad moral y ética. Y es que mucha gente no distingue ya que no pagar el IVA el robar al resto de la sociedad, o que cobrar un subsidio por jornalero cuando no han trabajado una peonada es ser tan corrupto como el profe de Universidad que cobra por no trabajar (Errejón te hemos pillado), o el Jefe de Sección que no coge el teléfono de su oficina porque es un inepto que no sabe hacer la O con un canuto, y que está ahí por ser un exconserje con influencias. Eso es  lo que hay que cambiar, la inmoralidad y el desorden ético en los niveles más bajos, para poder así exigir en los niveles más altos.

Esto no se hace en cuatro días. Si la Logse ha logrado que dos generaciones de españoles sean más demagogos ignorantes que la generación anterior, salvo excepciones (han pasado 25 años desde que se aprobó, y sus hijos pueblan ya la escuela (y la universidadpodemos dando lecciones de didáctica y sabiduría políticamente correcta), nos va a costar rearmar éticamente esta sociedad. Otros 40 años como mínimo de democracia, creo yo. Pero claro, para eso tienen que haber democracia y constitución, porque si se cambian las reglas de juego se va a acabar la partida, y eso no.

Termino que ya va siendo hora: La reforma ética de los españoles tendría que ser la primera de las reformas. Pero ésta tiene que ir de la mano de otra reforma no menos exigente ni necesaria: devolver a los españoles su religión. Durante años han ridiculizado la religión, y han perseguido de manera directa e indirecta lo religioso. ¿Como vamos a logra una sociedad feliz, madura y adulta, si se les priva de las últimas respuestas a la población? En lugar de que nos salve el Sálvanos de la tele, que no hace más que ahogar a la sociedad en su fango, sería más adecuado otra cosa que ayude a los españoles a pensar por sí mismos, a razonar, a rezar y a encontrar el sentido perdido de la vida.

Es verdad que nunca hemos tenido una formación religiosa en condiciones, pero lo de los últimos años raya el patetismo más contradictorio, y la burla más injuriosa posible. El año pasado mandé leer los evangelios en clase, y la reacción más generalizada fue “no me imaginaba que era así”. Si desconocemos lo básico de nuestra cultura y nuestro arte, ¿cómo vamos a entender siquiera la constitución? Esto es necesario e imprescindible, porque sino andaremos como pollos sin cabeza, que es como van el resto de los Europeos, que se han convertido ( y que además queremos imitar), en descerebrados (alienados) explotados y reventados, sin Dios ni lugar donde caerse muertos.

¡Qué gran ocasión el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa, para que los españoles queden admirados de una señora que renovó la iglesia y la sociedad en un mundo de hombres! ¡Y sin usar condones ni móviles! Por suerte, nuestro principal patrimonio cultural está ya escrito, y siempre podremos volver a él. Aunque nos exiliemos al Pernambuco.

¿Suena facha? Entonces es que he acertado.

PD: Si he puesto la imagen del águila de San Juan es porque era el escudo de España cuando se inauguró la democracia. El águila que nos preside desde hace quinientos años, pero claro, ¿no simbolizaba el águila la visión profunda? Pues eso, hoy el escudo de España debería presidirlo un grajo negro y con gafas de sol; y con los huevos amarillos como pelotas de fútbol, por supuesto, barça madrí que no falte.

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