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Santa Sofía. Santa Sabiduría de Dios.

Santa Sofía en Estambul ha sido reabierta como mezquita; y tal noticia, que ha pasado más o menos de puntillas en los medios de comunicación, ha sembrado en el ánimo de muchísimas personas e instituciones -entre ellas la del Papa Francisco-, perplejidad, sorpresa y tristeza. En mi caso, tal sentimiento de frustración se ve acompañado por los recuerdos del viaje que hice en el 2006 a la antigua ciudad de Constantinopla, y por supuesto, a la visita al impresionante monumento de Santa Sofía. De estos días procede la foto que encabeza esta entrada, si bien creo que se trata de la hermosísima Mezquita Azul, contigua a Santa Sofía, y réplica artística de la primera.

La historia no se puede cambiar, pero sí podemos variar con el tiempo las enseñanzas que nos ofrece en su devenir y en el nuestro. La última gran lección de historia nos la dio el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, que modernizó el país, sentando las bases de una Turquía desfanatizada y pro-occidental. Una de las reformas que hizo Ataturk fue la de modificar la grafía de la lengua turca, latinizándola y desechando el modelo de las letras árabes. Fue un acierto, porque aunque costó mucho a la población adaptarse, consiguió acercarse su país y su cultura al mundo occidental. Turquía, salvo por la rivalidad con Grecia, ha sido considerado tradicionalmente como un país cercano y amigo de Occidente. Un país de fiar frente al radicalismo islámico. En parte lo sigue siendo.

La otra gran reforma de Ataturk fue la de secularizar el país al estilo de los países Occidentales. Es decir, separó la religión islámica del Estado, lo cual ha sido hasta la fecha algo casi único en el mundo musulmán, aunque común en la vieja Europa a la que pertenece.

En este sentido, la Turquía de Ataturk quiso ser y fue con cierto éxito, un país secularizado y aconfesional. Mayoritariamente islámico, pero respetuoso de las minorías cristianas ortodoxas y católicas que se asentaban en el país, y en la ciudad, desde antes de la invasión turca. El patriarcado de Constantinopla es el primero del mundo cristiano ortodoxo, -siempre con permiso de Rusia -,y tiene su sede en la ciudad de Estambul. Lógicamente, y dentro de los gestos de tal secularización, y como apoyo a la libertad religiosa en el país, y reconocimiento y protección hacia los ortodoxos, el gran templo, la inmensa basílica de Santa Sofía, que durante siglos fue una mezquita, se convirtió en un museo único por su historia y su pasado. Incluso se su rehabilitación como museo se descubrieron frescos cristianos en su interior, y se abrieron y cuidaron para que fueran admirados por los visitantes. Frescos que hoy se tapan durante el culto religioso.

De esta manera que he indicado arriba, se acercaba Ataturk a occidente, y a la existencia de las minorías cristianas ortodoxas, más o menos respetadas en Turquía, reconocía el pasado cristiano y romano de la ciudad; y si me apuran, elevaba a la categoría de ciudadanos de primera a todos los turcos, fueran de la religión que fueran.  Era la Turquía moderna, la de Ataturk. La Turquía de todos.

  ¿Por qué lo que hizo bien Ataturk, padre de la Turquía moderna, es ahora corregido a peor por Erdogan? ¿Qué está pasando en Turquía?

El país ha vivido y funcionado culturalmente desde entonces como si corriera a dos velocidades distintas. La Turquía moderna, la de determinados barrios, la que aparece en televisión, se asemeja mucho a cualquier otro país occidental. Las chicas caminan por la calle sin velo. -estaba prohibido llevarlo en la Universidad -, lucían pantalones, fumaban y lo que fuera. Igual que los movimientos LGTBI se mostraban públicamente desde una tolerancia que contrastaba significativamente con la Turquía rural, la que pude ver en el continente asiático. El interior de Turquía no se diferencia demasiado de cualquier otro país islámico como Marruecos o Argelia. Un 10% de la población era árabe, y veías de cuando en cuando mujeres vestidas con burka negro de arriba a abajo. Mucho contraste, desde luego, entre algunos barrios de su capital Ankara; y más contraste todavía en la fragmentada capital que era y es Estambul.

Erdogan fue alcalde de Estambul, y conoce bien la ciudad que gobernó. Su posición política, y el partido que preside, el AKP, se ubica entre el liberalismo democrático y el conservadurismo. Es un hombre de derechas, demócrata pero conservador, y con cierta ambición por el control y el poder. De un carisma indudable, es admirado y reverenciado como lo fue en su momento el mismo Kemal Ataturk.

Imagino que la pregunta que se ha tenido que hacer, y con ella ha reflexionado una parte de Turquía, es si merece la pena conservar la Turquía de Ataturk, la Turquía laica y presumiblemente moderna del escaparate; o si es necesario conservar también el legado cultural del islamismo, y hacer guiños a un electorado que se siente más cómodo en una sociedad menos laicista, y más confesional. Cuando yo estuve el Estambul, el gran debate era permitir el velo a las mujeres en la Universidad. Erdogan lo permitió, a pesar de que Ataturk lo prohibió desde hacía décadas.

Erdogan ha apostado por lo segundo, por menos patria laica y más islamismo; especialmente desde el golpe de Estado que sufrió su gobierno en el 2016, fruto, por otra parte, de la deriva del país y de los descontentos en el seno del ejército.

En este caso, el gesto de Erdogan, el último gesto, ha sido convertir Santa Sofía de Dios de nuevo en mezquita para espanto de los occidentales que comprendían y valoraban la Turquía moderna, la del respeto a los Derechos Humanos y las libertades. La Turquía que respetaba y acogía a los ortodoxos, y otras minorías religiosas, la que abrazaba la tolerancia. Ahora no. La sensación de estos colectivos es que Erdogan está girando peligrosamente hacía posiciones más islamizadas, y que está convirtiendo a Turquía en un país islámico semejante a otros.

Porque Santa Sofía es un símbolo de la humanidad. Fue consagrada en el 360 por los cristianos ortodoxos del Imperio Romano Oriental. Fue la catedral ortodoxa bizantina hasta la caída de Constantinopla en 1453 casi de manera ininterrumpida. Sede de Concilios y centro del mundo ortodoxo hasta su caída.

Se erigió este templo como sede de la Santa Sabiduría de Dios, elevando y reconociendo la sapiencia que recoge el Antiguo Testamento en sus libros sapienciales. El edificio se consagró inicialmente para venerar la sabiduría que procede de lo trascendente. Sabiduría de Dios, fue el nombre que recibió inicialmente. Santa de Dios Sofía. Ha sido un museo durante casi un siglo para recordarnos que puede ser la sede religiosa de la Estambul de ayer y de hoy, la del encuentro y el ecumenismo. La casa de todos los turcos y de todos los que deseaban asombrarse del genio de sus constructores.

Santa Sofía era el símbolo de una Turquía que aspiraba desde Ataturk a ser más sabia y tolerante. Por desgracia, corren malos tiempos para la sabiduría que procede de lo alto, casi tan malos como crece la intolerancia con las minorías en la Turquía de hoy.

 

Vecinos solidarios y vecinos delatores.

La solidaridad se disfraza de delación, insultos y persecución cuando unos cuatro puritanos idiotas deciden acusar  y tocar la breva al resto de la humanidad a través del balcón, la ventana y el visillo. Lo han traído los aires de la pandemia: puritanos idiotas que se afana en insultar, acusar, y señalar con su dedo índice inmisericorde todo lo sospechoso; y lo que es peor, aburren a la policía y denuncian como nunca antes lo habían hecho a cualquiera que vaya por la calle sin coartada aparente.

Son lo peor de la sociedad. Son los que creen que las leyes son inmaculadas y santas, y que hay que obedecerlas siempre, aunque sean injustas. Son los que juzgan y condenan sin pruebas y lo hacen sin conocer la ley en sus justos términos. Aunque la ley diga que se puede salir a tirar la basura, ellos interpretan que hay que sacarla sólo cuando vas a comprar el pan, y así con todo. Por eso miran mal al que no lleva mascarilla en el supermercado, y vigilan al vecino cuando sale a pasear con el perro, no sea que se pase dos minutos más meando en la farola de enfrente. Aunque la ley no regule el tiempo que puede pasar un señor con su perro. “El estrictamente necesario” dirá la ley. Pues eso, los delatores idiotas deciden que “el estrictamente necesario” son los diez minutos que él cree que dice.

Es lo que tiene la sociedad contemporánea, que la maldad y la inquina aflora con todos sus pétalos, sépalos y tallos cuando los demás nos quedamos quietos y en paz. Estos imbéciles son los que durante toda la vida han repetido las consignas borreguiles de sus medios de comunicación favoritos. Son carne de dictadura y los responsables de que las sociedades totalitarias se levanten y construyan cada cierto tiempo. Estos vecinos son los que delatan a sus vecinos para así construir los miedos que necesitan las dictaduras. Cuando la gente deja de tener miedo a los delatores, entonces se caen los regímenes totalitarios y viene la libertad y la democracia. Ahora, en estos días se dictadura, se han venido arriba.

Ya dije hace unas semanas que el confinamiento iba a dar para mucho, sobre todo desde el punto de vista antropológico, y desde luego no me he equivocado. Están apareciendo nuevos estereotipos sociales como éste del delator, que representa lo peor de una sociedad herida por un gobierno que ha instalado un estado de excepción cuando pretendía convencernos de que era un estado de alarma.

Está saliendo lo peor, pero también lo mejor de nosotros mismos. Por eso, frente al delator lleno de inquina, al personaje inmisericorde que no tiene entrañas para comprender al otro, ni para ponerse en su lugar, está su antagónico: el misericordioso, el que hoy llamamos el solidario, que es el que se compadece, el que se pone en el lugar del sufrimiento del otro para sufrir, sentir y hacer un pequeño gesto, un gran gesto o arriesgar su vida.

Son la solidaridad encarnada, la misericordia con mayúsculas. Es el que se pregunta quién lo estará pasando mal, y decide ayudar al que está en soledad, triste o limitado. Son los que de verdad asumen lo del Evangelio, lo del amor al prójimo y lo de dar un vaso de agua a uno de éstos más pequeños. Son anónimos, pero son una fuerza invencible en nuestra sociedad.

Se disfrazan de vecinos pero son ángeles del cielo. Se ofrecen para llevar la compra a los ancianos del barrio, trabajan en Cáritas para abrir camas aisladas a los indigentes, y se ocultan también detrás de cuatro viejas monjas de clausura que tejen mascarillas sacrificando sus  escasos recursos y sus vidas. Son el sacerdote ese que le ofreció el respirador a su compañero de cuarto, y que murió. Son ellos, sí. Los que se sacrifican por los demás.

Hay mucha sociedad solidaria intentando hacer el bien, llevando el bien a los demás. Taxis que no cobran a los médicos, o personas anónimas que han cambiado la producción de su fábrica para hacer mascarillas, respiradores, guantes… Lo que haga falta. Llevan comida a las urgencias, alimentos gratis a los transportistas. Son muchos y son los mejores de nuestra sociedad. Están en los hospitales jugándose la vida y arriesgando lo que otros no son capaces de proteger a pesar de gobernar y de tomar decisiones. Son los que se protegen del virus como pueden, pero que están ahí, dando la cara porque es su obligación. Aunque también lo sea quedarse en casa.

Por eso, mientras algunos critican que qué hace la iglesia, los ricos, Amancio Ortega o el Rey; otros se dedican a mejorar la vida de los demás.  La sociedad del futuro los necesitará, porque son los únicos que de momento están venciendo a una cultura basada en el egoísmo, el individualismo puritano, el placer, la ignorancia o la media verdad, que es tanto como la mentira. Son los que en lugar de quejarse, convierten su vida en un testimonio de solidaridad.

Para vosotros va este aplauso; y sé que es poco: Plas, plas, plas, plas, plas, plas…

 

 

Cuando se comprende la vida: yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios. Leyendo a Javier Garrido.

Tuve la suerte de conocer a este pensador cristiano, Javier Garrido, hace algo más de dos décadas. Fue en unos ejercicios espirituales que se celebraron en Valladolid. Yo andaba por entonces terminando mi etapa de estudios teológicos, y me ofrecieron la posibilidad de acudir para escuchar de viva voz, para tratar y aprender de Javier Garrido Goitia, uno de los teólogos y humanistas más interesantes de nuestro tiempo. Un franciscano que había hecho una síntesis asombrosa entre la teología espiritual y la ciencia psicológica contemporánea, con el referente de Jung entre sus principales.

Había escuchado bastante de él, y leído algo, pues varias creyentes, entre ellas una profesora de filosofía con la que conversaba a menudo, M.R., (que luego marchó de misiones) sentía verdadera devoción por este escritor y pensador. Me lo recomendó, me lo ofreció y me lo leí. Luego comprobé que muchos otros cristianos leían y aplaudían sus propuestas. Realmente ayudaba y mejoraba la vida de las personas en el sentido más amplio e integrador posible. No podría mencionar a todos aquí, pero fueron muchos, desde luego. Era convincente y aportaba algo nuevo.

El caso es que no me defraudó cuando lo traté. Javier Garrido había reinventado y reelaborado en una de los esfuerzos más interesantes de la cultura teológica contemporánea española y europea la psicología moderna con la teología espiritual. Hablaba del personalismo y de la construcción de la persona como elemento fundamental para que la gracia sobreabundase en la limitación humana. Explicaba, analizaba y contaba con mucha claridad y profundidad lo que todos sabemos, y nadie termina de poner nombre ni de definir. ¿Reconocen ese momento de luz intelectual?

Javier Garrido me gustó y me encantó. Tomé muchos apuntes, memoricé y anoté en mi mente muchas de sus nociones, ideas, sugerencias y continué con la vida. Hablamos, le escuchamos y discutimos, dialogamos e intercambiamos ideas y pensamiento. Y por supuesto aprendí mucho, porque estaba ante un maestro, un sabio , un pensador y una buena persona. Un franciscano único. Un creyente arrojado en los brazos del Padre.

El caso es que la vida nos lleva por cualquier sitio, siempre diferente a lo que uno espera, y casualmente, hace unos quince días he vuelto a retomar algunos viejos libros que tengo por casa de este autor. En realidad tengo bastantes de él, así que escogí este de “Adulto y cristiano”, que me regalaron mis buenos amigos TyByT hace diez años, y me he entregado a releer y revivir pensamientos dormidos, siempre sugerentes y de excelente factura. Garrido no ha envejecido. En cambio soy yo el que tiene unos años más…

Hay muchas cuestiones que se podrían destacar de Javier Garrido, pero siempre tengo en mi mente la síntesis de contrarios que hacemos en la vida entre el IDEALISMO Y LA REALIDAD. La vida es eso, una lucha entre los ideales que uno tiene con respecto al amor, el trabajo, la familia, los demás, la sociedad y el mundo; y la realidad con la que uno se encuentra. Siempre en tensión, siempre en crisis y crecimiento. En expansión y en aceptación.

Ser creyente implica además hacer una apuesta por el IDEALISMO que construimos conforme a la fe. La utopía cristiana es una elaboración que hacemos también en nuestras cabezas, en nuestros sentimientos y en nuestras personas; lo cual explica los abandonos y las apostasías de los jóvenes; pero también augura el retorno a la iglesia de aquellos que una vez sintieron el toque delicado en el alma, gente que cuando la vida ha sacudido a fondo vuelven a entrar en un templo y se reencuentran con Dios y con ellos mismos.

“Yo hago lo que puedo y el resto de lo dejo a Dios” dice el libro que pronuncia mucha gente orante. Es una buena síntesis de lo que un cristiano vive cuando descubre que la vida no la controla uno, que todo ha sido y es gracia, y que Dios te ha ceñido el vestido y te ha llevado por donde tú no querías. ¿Acaso no sucede siempre así? A pesar de las dudas y de las vacilaciones, incluso de las negaciones, Dios te ha llevado hasta el final. Eso sólo es posible descubrirlo cuando se ha madurado y sintetizado el idealismo y la realidad. Cuando uno percibe la limitación propia y la grandeza inconmensurable de Dios. La vida es un derroche y un regalo, y nos queda agradecer antes de morir.

La única posibilidad de un cristiano maduro para vivir con autenticidad la fe es abrirse definitivamente a su gracia, a su amor, entregarse en sus brazos como un niño. Ahora qué sé quién eres, deseo estar contigo para siempre. Es la entrega definitiva del hombre maduro y del anciano que recapitula la contingencia de la vida y que descubre que Dios siempre ha estado ahí, purificándolo, amándolo, esperándolo. Todo es gracia, y ha sido voluntad de Dios.

Javier Garrido explica todo esto maravillosamente. Cosas que probablemente no necesiten explicación porque uno las vive sin más.

Y me trae el libro a colación el mundo en el que habito. También con la tensión entre idealismo y realismo que se da en todos nosotros. Me voy a lo prosaico. El idealismo de la izquierda de construir un mundo mejor se resiente cuando la vida avanza y uno necesita adaptarse para comer, entonces parece mira a las derechas; el idealismo de los jóvenes cuando tienen hijos y comprueban que la realidad no era lo que pensaban que era, lo que pensaban que no ibas a hacer lo termina haciendo; el idealismo de los profesores que empiezan pensando que van a cambiar el mundo con sus clases y terminan pidiendo que lleguen las vacaciones cuanto antes y por favor.

Para un creyente siempre hay un viento de idealismo por vivir Siempre se puede contribuir, aunque solo sea con un pescado y un poco de pan, para que Dios lo multiplique. Siempre descubre uno que no ha cambiado el mundo por dar clase, pero que sí que ha podido ayudar a alguien que estaba casi excluido. Con uno basta, porque sólo Dios sabe de verdad. Uno descubre que con que un sueño se haga realidad ya vale la pena. Y a veces ese sueño ya se ha producido.

“Yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios”; y entonces te das cuenta de que lo has comprendido.

 

Figura paterna y figura materna. Reflexión sobre San José. Fiesta del 19 de marzo.

Una de las consecuencias más llamativas del creciente feminismo excluyente, fruto de las ideologías de género, es la desaparición de la figura paterna en el relato contemporáneo y posmoderno. Mientras que se celebra y se recuerda a la mujer en unas cuantas variantes, no muchas; la figura del varón está prácticamente desaparecida en casi todas las suyas.

El modelo cultural de mujer que actualmente se ofrece no es demasiado variado, y se suele reducir a los arquetipos culturales que trata de imponer las ideologías de género. A saber: la mujer “modelo” es la que es trabajadora, la empoderada, la single en todas sus variantes, la que se enorgullece porque aborta, se masturba o enseña las tetas para gritar al mundo que son de ella. La imaginería actual la sitúa trabajando, empoderándose y gritando henchida de soberbia; pero la olvida y la relega cuando es ama de casa, cuando cuida a sus padres o cuando es madre, esposa y se sacrifica por los suyos con humildad y templanza.

Tan mujeres son las primeras como las segundas, pero ciertamente, unos modelos son exaltados y otros perseguidos, incluso denostados como negativos, ridiculizados y borrados de la presencia pública como si fueran un invento del machismo, de los hombres o algo parecido. Nada más lejos de la realidad que pretenden imponer a las mujeres que nos han precedido en la historia de la humanidad, y cuya visión tratan de imponer a la mujer contemporánea.

En el caso del varón, la figura que proyectan las ideologías de género son todavía más reduccionistas. Casi todas son negativas o inexistentes. En general el hombre es visto como un tipo violento, agresivo, con bajo autocontrol, y poca capacidad para no mirar el culo o las tetas de una jovencita. En resumen, la imagen del varón es la de un machista y un cabestro. Un ciudadano de segunda fila que no entiende lo que pasa, un opresor autoritario y machista que hay que perseguir y domeñar. Salvo que sea homosexual, o feminista de género sobrevenido, que entonces se le puede tolerar. Casi nunca se valorará en positivo lo que significa ser varón, ser hombre, ser padre o ser esposo salvo que asuma las funciones que tradicionalmente se le achacaban a las mujeres hace unos años.

Es decir, si un hombre pone la lavadora es un gran hombre, pero si un hombre trabaja y lleva dinero a casa, entonces es sospechoso. Curiosamente es al revés que una mujer. Si una mujer lleva dinero a casa, entonces es una gran mujer, pero si pone la lavadora, entonces está oprimida y hay que liberarla.

Me interesa, más que los roles sociales y organizativos, la figura de la paternidad y la maternidad, porque son los arquetipos más importantes que construyen la familia, y son por tanto, los imprescindibles para transmitir sostenibilidad y equilibrio a la siguiente generación. La figura de padre que tiene la sociedad actual es heredera de la paternidad recibida, y lo mismo sucede con la maternidad. Por eso una paternidad sesgada, inexistente, difamada, no podrá generar figuras paternas equilibradas en el futuro, y lo mismo le va a suceder a la mujer. Los jóvenes y las jóvenes no quieren tener hijos, entre otras cosas porque los modelos experimentados han sido fragmentados y disueltos.

Los crecientes divorcios, separaciones, relaciones no estabilizadas, paternidades y maternidades fragmentadas y repartidas con los abuelos… son modelos que se extenderán a las siguientes generaciones como los mejores y posibles, por ser los vividos. Incluso aunque sean peores objetivamente que los que producen estabilidad afectiva y familiar. La crisis familiar no irá a menos con las ideologías dominantes, que claramente tienen como objetivo la destrucción de la familia natural occidental, la que es formada por un padre, una madre y varios hijos. No es fruto solo del ataque de las ideologías de género; el capitalismo liberal con su modelo disolvente es el principal responsable del estado actual de la familia.

Los interrogantes a estos temas nos dan respuestas molestas e insidiosas con los estilos de vida pautados. ¿Caminamos hacia un modelo de familia equilibrado y sostenible? ¿Qué valores transmiten  los arquetipos sexuales y de género actualmente implantados en la sociedad?

La paternidad ha sido asociada tradicionalmente y desde hace siglos, a dos valores imprescindibles y necesarios para educar a los hijos y hacerlos felices: autoridad y ternura. La autoridad del padre formaba parte de la firmeza con la que se educaba a los hijos, representa las normas, y en los freudianos fue simbolizado desgraciadamente con  la represión y el Superyo. Para los cristianos, la paternidad de la experiencia religiosa es Dios, que se comprende desde la experiencia cristiana como autoridad y como ternura. Jesús tiene autoridad, pero desde su autoridad es amor y ama hasta el límite de dar la vida en la cruz. Un padre es alguien que hace todo lo posible para que sus hijos sean felices, pero lo hace sabiendo que hay que reprender para enderezar lo torcido. Y hace eso por amor.

La maternidad ha sido asociada tradicionalmente al valor de la ternura incondicional. En varios pasajes de la Biblia se afirma que Dios ama como una madre protege y cuida a sus hijos, los alimenta y quiere dándoles la vida. También forma parte de la visión que concebimos hoy día  de Dios. Misericordia sin límites. Quizás en la teología podríamos decir que Dios es padre desde la autoridad del que endereza lo que se dobla, el que nos educa y enseña la verdad con paciencia, pero es también madre en cuanto que ama con un amor incondicional a sus hijos. Las dos imágenes son complementarias, y nuestro lenguaje siempre es más imperfecto que el misterio del que hablamos.

Sin embargo, la imagen de la maternidad es simbolizada en Freud con el Ello. Precisamente lo contrario de la autoridad normativa representada en el Superyo. No es casualidad que en nuestra sociedad el concepto de autoridad no viva su mejor momento, tampoco es buen momento para los varones, para la paternidad en familia, o para los oficios que precisan de un principio de autoridad: policías, maestros, políticos o médicos. Todo el mundo quiere decirles lo que tiene que hacer. En cambio, el concepto de disfrute, hedonismo ilimitado, narcisismo extremo son defendidos y se vinculan a la imagen que debe alcanzar la mujer para ser la mujer modélica de hoy. Por eso hoy el discurso feminista es el “único” discurso posible socialmente hablando. Nada de sacrificios, nada de apostar por los hijos, nada de renunciar al poder. Eso quieren de ellas.

Para los cristianos San José representa el modelo de varón, de padre, de esposo, de paternidad y de amor profundo hacia la esposa y hacia los hijos, a los que educa y enseña.  Es un buen modelo de vida. No es violento, ni agresivo, ni desprecia a su mujer; al contrario, la ama y la respeta hasta el límite de su honor. San José es un modelo de varón para los cristianos.

Su esposa, nuestra madre la Virgen María, representa el modelo de mujer, de madre, de maternidad y de amor profundo e incondicional  de la que se entrega a su familia hasta el límite de la cruz y de su misión en la comunidad cristiana. Su amor no es egoísta, no busca empoderamientos humanos, que siempre son tentación para oprimir a otros. Su gran deseo es hacer la voluntad del Padre Dios. Igual que San José.

 

¡Socorro, auxilio! ¡Qué viene el puritanismo!

Tiempos recios, tiempos recios. Eso es lo que hay. No lo dijo Chesterton, pero como si lo dijera.

Desde que el hombre no es pecador, la gente afirma su perfección. Es la nueva religión, la de la modernidad. Perfectos y salvadores del mundo, gente mesiánica. Soy un salvador del mundo porque tengo las ideas adecuadas para salvarlo. Puedo liberar a la humanidad de los malvados machistas, materialistas, y demás pecadores de la pradera. Basta con apostar por lo políticamente correcto y lo socialmente avanzado, lo progre que se llama, para convertirme en un salvapatrias. El problema es que hay tantos salvadores del planeta que terminan por exigirse entre ellos coherencia, perfección. O sea. Estamos ante un nuevo puritanismo que genera una doble moral.

Decía Jesús en el evangelio que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y claro, la gente hace méritos para poder apedrear a los malos de toda la vida. Porque el puritanismo divide la humanidad en buenos y malos. Sin matices ni nada.

Ahora la gente se siente más culpable que cuando se confesaban con cura. Entonces era sencillo. Reconocías tus pecados, y Dios te perdonaba reestableciendo la paz en tu alma. Te perdonabas a tí mismo, que era también importante. Nadie es perfecto y al asumirlo en humildad, Dios te ubicaba en el lugar de los pecadores perdonados que se reconocen como tales. Gracias. Señor.

Pero ahora no; y los psicólogos trabajan a destajo. Como no hay ni pecados, ni Dios, ni patria, ni fronteras, pues se han quedado sin los palos del sombrajo y les da la solana en la calva. Me explico, la tan fantástica liberación del hombre, y el no menos idealizado fin de la represión, ha aventado nuestras tormentas psicológicas y sociales. La gente se siente culpable y anda neurasténica buscando culpables a los que cargar con el muerto. Pero como no son perfectos, pues el muerto se queda siempre en casa.

Y así, la gente se siente culpable, unos mucho y otros poco, de no reciclar, de ser machistas encubiertos, de soltar frases sexistas, de no comer sano, de no hacer deporte, de usar bolsas de plástico en el super, de ir al trabajo en coche, o de ducharse con agua caliente que contamina el planeta más de dos minutos de reloj.

Por eso ser moderno y avanzado es una tarea titánica. Porque nunca eres lo suficientemente moderno y avanzado. Siempre estás como por detrás de lo que hay que ser, que es perfecto. La culpa es de Platón, que era un amargado y que lo idealizó todo. Pero eso tampoco arregla el problema. El resultado de este desajuste es que tenemos, o gente con mala conciencia que sufre su incoherencia, o gente que se enrabieta con el mundo de los que no piensan como él, y que termina pensando que hay que exterminar. O sufridor u odiador. Puritanismo, puritanismo.

Por eso la gente disimula y finge que somos lo que no somos y que estamos luchando a brazo partido por cambiar el mundo, cuando la realidad es que ni siquiera nos cambiamos a nosotros mismos. Y como hay que sobrevivir, pues encontramos la justificación como la principal herramienta psicológica que nos libera de los pecados. Compramos un día la leche en envase de vidrio y ya somos superbuenos, activista de los que se indignan y pegan por ahí.

La gente es así, pone unos cuantos “me gusta” por las redes, y ya tranquiliza la conciencia por una temporada. Contamos al mundo que estamos indignados, y al día siguiente ya está. Somos unos salvadores de película.

Y mucho peor lo tienen los activistas de cualquier causa contemporánea. Su sufrimiento se multiplica por mil, casi lo mismo que su incoherencia. Sufren hasta llorar sangre.

Los ecologistas, por ejemplo, sufren y lloran lágrimas cada vez que suben a un avión, o cogen un coche. Irían en bici de vacaciones con las maletas en el trasportín, pero claro, eso requiere muchos cursos de vida alternativa que no puede uno asumir. Pues en tren, venga, ale. Y resulta que el tren ecológico, el que va por energía solar tarda una semana en llegar a la costa. Pues casi mejor que no nos vamos de vacaciones… Y ahí los pillas un jueves de ordinario entrando en una hamburguesería a por carne de vacuno de esa que consume más litros de agua que cuando se bañan, y te cuentan que es por la niña, que le gustan los regalos kinder. Y sufren por no ser perfectos, y lo pasan mal. Y es que ser idealista es jodidísimo.

Tampoco ser materialista es mejor, aunque sí sea más Nietzscheano y dé menos problemas de culpabilidad. “Yo no reciclo porque no tengo hijos”. Incontestable. Lo siento Fran, pero es que ni piensan en los sobrinos ni en los niños de los demás. Cochino mundo, sí, lleno de egoístas. Y que nos den morcillas a los idealistas.

En fin. El puritanismo hace que todo el mundo quiera ser perfecto y presuma de perfección, sin apreciar las carencias humanas, sin asumir el pecado estructural de la humanidad, sin aprender que el mal no es combatido con la fuerza de voluntad.

Para los cristianos la lección es muy clara. Somos pecadores y confiamos en Dios para que nos libere del mal y de la muerte, y del pecado. Es verdad que podemos hacer más y que podemos amar más, pero no somos dioses ni Mesías. Intentaremos hacer el bien asumiendo que cuando no lleguemos, Dios sí podrá. Es la esperanza, creer en lo que no se ve, aceptar que es posible el cambio del mundo pero no con nuestras solas fuerzas. Es un idealismo no puritano, bastante más liberador. Es cristianismo. Ni mejores ni peores que los demás, simplemente pecadores perdonados.

 

 

 

Posmodernidad: de la clase social a la tribu.

La posmodernidad de finales del siglo pasado definía al hombre como un ser fragmentado, en descomposición, light y débil. Exigente con los derechos de bragueta y olvidadizo con las injusticias del Tercer Mundo. Pero todo evoluciona, y tras casi veinte años del siglo XXI, me atrevo a formular el siguiente paso del proceso. El hombre débil y light se agrupa en función de sus intereses y gustos más inmediatos, y lo hace utilizando la globalización que permiten las redes sociales para construir un nuevo modelo social: la tribu. Las empresas están al acecho para determinar a qué cuatro o cinco tribus pertenecemos, y así nos puedan vender sus cacharritos con más acierto. Afilan sus cuchillos para darse el gran festín.

La descomposición cultural no es nueva, se inició ya hace unos cuantos siglos. La muerte de Dios y sus sustitución por la razón o por la lucha de clases queda algo lejos, y el hombre trata de agruparse en función de sus apetencias más inmediatas, sus deseos más íntimos, ocultos o públicos. Ahora da igual. Es más, se puede pertenecer a tribus contrarias, enemigas u opuestas en intereses y resoluciones. No importa. La necesidad empuja a que formar parte de la tribu, la que sea, la que nos permita salir de la soledad de un móvil apagado. Ahí está la gente en las redes sociales, atrapados en la tela de araña y buscando compañeros con los que compartir el tiempo, incluso la vida.

Marx inventó el concepto de clase social para poder enfrentar a la humanidad en una lucha sin tregua: oprimidos y opresores; proletarios y burgueses; ricos y pobres. Nadie se libraba de estar en algún bando de la guerra, y los que no tomaban partido eran unos desclasados, unos ateos a la política, unos alelados que fumaban opio a espuertas mientras rezaban el rosario. Tal esquema reduccionista se mantiene en determinados discursos de la izquierda, y eso que la posmodernidad barrió con el muro de Berlín y con los Gulag del paraíso comunista. Pero el mundo sigue su camino, y ahora la humanidad se ha fragmentado en cientos de miles de tribus distintas. Muchas de ellas no son tribus implícitas, pero eso no importa. Consumos comunes, me gusta, y demás van configurando nuestra personalidad en las redes y en los mercados. Los pobres comunistas se han convertido también en tribu; o mejor dicho en muchas tribus distintas: desde los perroflautas hasta los barbudos, Errejones, podemitas o antisistema. Cada uno a lo suyo y viva el individualismo.

No digo nada nuevo si hablo de la muerte del marxismo. Llegó el fin de los discursos y de los mandatos ortoprágmáticos, eso fue la posmodernidad. Sin embargo, la deconstrucción humana se mantuvo y perseveró, hasta lograr abrir una brecha en la soledad de un corazón humano cuya única plenificación sigue siendo Dios. Soledad y tristeza en medio de la fiesta Nietzscheana.

La incoherencia se asentaba en el hombre que había perdido a Dios, y que quedaba desasistido ante los embates de un capitalismo feroz que ha ido aniquilando la trascendencia hasta convertir al ser humano en un cúmulo de fragmentos sin conexión. Somos nuestros deseos de consumo, nuestros gustos. Y nos alimentan con ellos para evitar nuestra trascendencia. La incoherencia no importaba ya, y el pecado quedaba anticuado y lejos. Dicho de otra forma, se podía ser activista de los Derechos Humanos por la mañana, y por la tarde maltratar a la familia. Posmodernidad y doble vida.

Ahora la posmodernidad ha dado un paso más. Los fragmentos inconexos del hombre contemporáneo se han vinculado a otros fragmentos semejantes encontrados en otros hombres que habitan el otro lado del planeta. La red conecta gustos y nos convierte en una nueva agrupación, la de la tribu. Las hay de todos tipos, desde los de Star Wars hasta las “metoo”. En nuestro planeta, los amantes de los platelmintos se unen en la red para intercambiar sus pareceres sobre los abusos que sufren los pobres gusanitos en los intestinos humanos. No dan tregua, aunque sean dos cientos en un mundo de casi 10 millones de hombres fragmentados. A veces llegan a millones, y les basta para conectarse con un “me gusta”. Me mola, me va, me va… Fragmentos buscando el fragmento gemelo que me alivie mi tristeza, mi enfado, mi deseo, mi yo.

Las tribus son subsistemas culturales incompletos que pretenden dar significado a sus miembros. Ofrecen un sentido parcial, recortado y rizomático, pero es suficiente para que sus miembros se sientan a gusto y protegidos. Dan sentido a la soledad, y proporcionan seguridad a un hombre débil que tiene miedo a casi todo, especialmente al ostracismo. Pertenecer a un grupo es la necesidad inmediata. Ya no importa mejorar el mundo, ni siquiera mejorar personalmente, ni mejorar en el trabajo. A la generación Z, la que nació en torno al año 2000, ya tiene claro lo que necesita. Un móvil, conexión y un par de buenos juegos en red. Con eso será feliz hasta que se agote. Por eso la peor tortura que se puede sufrir es que se burlen de él en la red. Débiles, fragmentados y agrupados en tribus.

Por eso en las redes como facebook la gente se agrupa y agrupa sus intereses, sus gustos, para proporcionar un significado que no es conseguido ni en el trabajo, ni en la familia, ni en los amigos de carne y hueso que nos son dados en la vida. Nos agrupan por juegos, aficiones, amigos de red y conocidos de la vida. Nos tribalizan y nos trivializan, y nos ordenan para podernos vender mejor y con más eficacia lo que deseamos. Estas agrupaciones no debaten, no discuten, no comparten más que información para sentirse bien, para no dolerse de la incoherencia. Nos enviamos mensajes con los que estamos de acuerdo para que los que son como nosotros nos den la razón y estén también de acuerdo. Y el colmo del gozo es que reenviemos tales mensajes con los que estamos de acuerdo.

El hombre tribu puede pertenecer a varias tribus sin problemas de coherencia. No le importa, entre otras cosas porque no piensa en términos de totalidad. Ni la filosofía ni la religión son generalizadas, son dos tribus más…

Por eso se puede ser de la red amigos de las hamburguesas a domicilio y a a la vez pertenecer a la tribu que odia el metano que despiden las vacas por la campiña inglesa. No hay más incoherencia que la que proporciona el mismo planeta. Ecologistas todos y consumidores a la vez; feministas todos y machistas a la vez; correctos  y rebeldes al tiempo. Es lo que mola. todos en todo, y unos pocos líderes manejando las tribus a su antojo.

Por eso los movimientos sociales son lo que son, Tribus de deseos comunes. Feminismos, ecologismos, voxistas, socialistas e independentistas, madridistas o barcelonistas. La clave es pertenecer a tres o cuatro tribus. Maś que nada porque sin ellas hace frío.

Los católicos, sin ir más lejos, somos desde hace mucho tiempo una tribu más, una subcultura cada vez más extraña para el mundo, y que sobrevive en una cultura fragmentada. Al menos tenemos la ventaja de estar junto a Dios, el único lugar de la tierra donde hace calorcito.

También las tribus pasarán…

Todos contra la iglesia.

 

Tengo la impresión de que siempre he navegado contracorriente de la sociedad en la que he vivido. Cuando la gente me hablaba del Mediterráneo, como que yo andaba contando lo grandioso que era el Atlántico, y cuando la gente me decía que el océano Atlántico era el más grande, yo les hablaba del Pacífico. Y ahora que me cuentan del océano Pacífico les hablo del inmenso océano de metano que hay en la Titán, una de las lunas de Saturno. Es una metáfora lo que cuento, pero el sentimiento que padezco es real, y los sentimientos no se discuten, se tienen o no se tienen, aunque puedan ser autoinducidos.

El caso es que tomé conciencia de que quería ser cristiano y seguir a Cristo cuando la sociedad  española apostató de una fe que quizás nunca había abrazado de verdad. Años 80. En esa década dejé de ser de izquierdas, justo cuando la izquierda empezó a gobernar este país con sus dos adalides: Felipe González en Moncloa (al que nunca voté), y Santiago Carrillo en la calle (al que voté cuando era PTE y no lo quería ni el tato). Luego empecé a votar a CDS, Adolfo Suárez, justo cuando dejó de gobernar. Luego abandonó la política y yo les seguí votando porque no había nadie que me inspirara confianza. Y así durante años. Luego voté al Saín, un partido casi testimonial de cristianos de izquierdas; y como oveja sin pastor, he ido votando lo que me ha parecido la opción “menos mala”, que ya es triste. Voto útil, voto inútil y voto nulo.

Tengo la impresión de que abandoné la izquierda cuando todo el mundo se hizo de izquierdas, y de que me hice cristiano cuando empezó a estar perseguido. Ahora es mucho peor, pues está mal visto, como que eres intolerante por el simple hecho de creer en Jesucristo, y como que eres malo y enemigo del progreso simplemente por pensar que abortar es un crimen. Hemos dejado de ser una opción para ser la “peor” opción. Pero claro, como experimentar la presencia amorosa de Cristo en la cruz, la mística del que es amado sin merecerlo, es el mejor regalo que se puede otorgar a alguien, pues uno sigue siendo cristiano. Es verdad que eso no solemos contarlo a casi nadie. Por eso no me cambio, ni aunque se haga todo el mundo cristiano dejaré de creer, que ojalá cambie el mundo.

El caso es que mi fe nunca ha sido sociológica, sino experimentada. Una gracia, vaya. Me estorba el cumpli-miento, y agradezco el encuentro con Dios en profundidad, pues su presencia me impregna permanentemente, incluso cuando nadie es consciente de ello. Soy un místico, no un asceta, un enamorado de los planes de Dios que aspira al encuentro definitivo. Al muero porque no muero. Por eso no me sorprende que la iglesia sea perseguida, pues forma parte del destino y de los planes de Dios para confundir al mundo.

Así ha sido. En los últimos años en España – ¿cuarenta? ¿cincuenta? – no ha habido ninguna Ley que haya favorecido de manera clara a la Iglesia. Más bien al contrario, leyes contrarias a los postulados sociales y familiares de la Iglesia. El debate pendulaba entre negarle absolutamente todo a la iglesia, o en negarle solo una parte, para no parecer muy facha. Es la postura de una parte de la izquierda radical, que necesita para justificar sus odios, eliminar los derechos religiosos y de conciencia de los ciudadanos, obligando a los creyentes a meternos en un armario; o la de los de derechas, que nos miran con cierta condescendencia, como pidiéndonos perdón por no hacer nada por nosotros, y pidiéndonos (lo cortés no quita lo valiente) el voto para que no vengan los otros, “las hordas rojas dispuestas a robarnos hasta la catedral de Córdoba si hace falta”. En fin, el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, y bendito sea el nombre del Señor.

En esta línea nos aconsejan muchos: que no hablemos como creyentes, que no opinemos del aborto, que no salgamos a la calle, que nos callemos y que nos metamos en el armario, que ahora corren otros tiempos y no se puede afirmar sin tapujos que eres cristiano. Que volvamos a las catacumbas, donde quizás ya estamos.

De ahí que muchos cristianos vivan su fe de manera anónima, pues se sienten perseguidos, ridiculizados, raros… Lo curioso es que son mayoría sociológica, pero da igual. La propaganda y la atmósfera del mundo se atornilla a golpe de cuchilla desde la Revolución Francesa en círculos donde el odio a los curas primero, y a los cristianos después, es la norma, y no la excepción. Nos toleran, pero nos odian; por lo que es lógico que en este ambiente de persecución y dictadura cultural, la gente oculte su fe, o que va los domingos a Misa. Extraña esa fe, desde luego; y maldito mundo, que ha engendrado tal dictadura y odio. No dude nadie que cuando puedan nos crucificarán como antes lo hicieron con Jesucristo.

La propaganda política desde siempre ha tratado de hacer dos cosas: mentir y ningunear; y las dos son apreciables cuando se habla de la Iglesia. Se miente y exagera para sembrar la confusión, pues algo quedará en el subconsciente colectivo, una dosis más de odio. Mentira fue el caso Galileo, el de Hipatia, la inquisición o el abuso pederasta de los curas, que es una excepción dolorosa, fruto de un hedonismo sexual que nosotros no hemos deseado para nadie. Pero a la propaganda le da igual el mal o el bien. Lo que hacemos y somos en la historia se olvida; y se ningunea, se omite, se restringe y se borra de la memoria colectiva. Como si nunca hubiera existido. No hubo pensadores cristianos en los libros de texto, y si no hagan la prueba y hojeen los libros escolares. Incluso los libros de filosofía.

La iglesia sufre tales ataques desde hace mucho tiempo, y no solo en España. Somos el gran adversario de la modernidad, simplemente porque “ellos” han decidido lo que es modernidad. Pero no nos debe preocupar. Antes que a nosotros ya persiguieron a los profetas, a los mártires y al mismo Hijo de Dios. Por eso, aunque todos estén contra la iglesia, no la derrotarán, entre otras cosas porque es un trozo en el corazón inmenso de Cristo.

Acogida y efecto llamada. Visión cristiana de la emigración.

Los medios de comunicación nos engañan desde hace años. La inmensa mayoría de los emigrantes no llegan a Europa en pateras, ni barcazas, ni en cayucos, ni saltando alambradas. Esos son los casos más extremos, los que están controlados y financiandos por mafias enriquecidas por el tráfico de personas. Son los casos más sangrantes y más deshumanizados, pero no hay que perder de vista que la inmensa mayoría de los emigrantes llega en autobús o en tren o en su viejo coche particular. Lo hacen con su pasaporte y con la intención de encontrar cuanto antes un empleo que les permita enviar algo de dinero a los que dejaron atrás. Vaya eso por delante de este complejo tema.

Vivimos días aciagos; días donde la UE y Occidente en su conjunto ha olvidado sus raíces catolicas y cristianas, días donde vuelve a resurgir el problema de la emigración. Y hay que entenderlo como lo que es: un problema y una oportunidad. El problema es para el país de acogida, que tiene que hacer hueco a otro más, que tiene que compartir con alguien que desconoce (trabajo, mercado y vivienda se compartirán día a día) a veces por completo; y una oportunidad para la persona que llega, pues seguro que tiene la intención de mejorar las condiciones de vida que dejó atrás. Lógicamente nadie emigra para empeorar, y nadie acoge para que le saqueen y le roben. Hasta ahí todo es lógico. Nos ofrecen cosas buenas, sus personas, sus sueños y sus ganas de mejorar. Todo eso es estupendo.

Pero no hay que olvidar que la emigración es un problema que tiene que ver con el número. Un pueblo de 1000 habitantes puede acoger a tres familias, pero no a trescientas. La acogida y la absorción de personas, a las que hay que garantizar vivienda, trabajo, salud y educación implica, y no invento nada, que hay que tener recursos. Si los emigrantes que vienen son muchos, los servicios sociales se colapsan y las ganas de acoger disminuirán entre los autóctonos, incluso entre los emigrantes de primera hornada.

Para los cristianos, emigrar es una actitud vital, incluso existencial. Los personajes escogidos por Dios en la Biblia fueron en su mayoría emigrantes. Abraham fue emigrante, y lo mismo Moisés y el pueblo errante por el desierto. Emigrantes fueron los judíos en Babilonia cuando el destierro, y emigrante es la condición del pueblo de Israel durante siglos. Emigrante fue también Jesucristo con sus padres en Egipto, y emigrante fue Pablo que se condujo como predicador de un lugar a otro. La condición para seguir a Jesús implica un corazón de emigrante, un corazón dispuesto a dejarlo todo, a salir de su comodidad y a caminar a otros lugares desconocidos. Emigrar es vaciarse por dentro, salir de uno mismo para dejarse conducir por el Señor.

Pero también es actitud cristiana la de acoger al emigrante, al que viene de lejos, al que muestra en su rostro el rostro de Cristo lacerado y pobre. Para los hombres antiguos, acoger a los peregrinos y viajeros era un gesto de reconocimiento de Dios en los hombres. El cristianismo manda (mandamiento nuevo) amar al prójimo, y el prójimo es el que llega a tu casa y se quiere instalar en tu barrio y en tu calle buscando una oportunidad. Por eso es buena la actitud del cristiano que acoge, que deja entrar en su casa, que mira a los ojos a los necesitados. Será por eso que la mayoría de las ONG que ayudan a los emigrantes son de inspiración cristiana y católica, y será por eso que algunas están hoy entre perseguidas y vilipendiadas por los gobiernos europeos por ayudar a los emigrantes. Pero está en el ADN del cristiano hacer el bien sin mirar a quién. Así nos lo mandó el Señor. Y el bien tiene rostro de emigrante.

Pero el asunto no es tan fácil, precisamente por el número y por las condiciones de la emigración. Cuando uno contempla la lista de ayudas que se dan en España a la vivienda, alquileres sociales, ayudas a familias desestructuradas, subsidios, etc… la mayoría están conformadas por apellidos extranjeros. En España hay muchos musulmanes, muchos rumanos, y muchos búlgaros que viven del Estado español, y cuando se quejan los pobres autóctonos, tienen una parte de razón, porque parece que todo es para ellos. En esa lista no hay emigrantes ingleses, ni alemanes, ni está Messi ni Cristiano Ronaldo. Son listas de pobres de un mundo que compartimos sin quererlo, pero que es de todos, y no es demagogia.

Esto que afirmo es políticamente incorrecto, pero es una realidad incontestable que los políticos tratan de eludir, de disimular, o simplemente borran de su memoria. Lo formulo a modo de interrogantes: ¿será entonces los marroquíes se dedican a tener hijos, y los españoles autóctonos nos dedicamos a darles pasta para mantenerlos? El problema no está resuelto, y la gente que tiene que convivir con la población emigrante de primera, segunda o tercera generación no siempre está feliz de recibir en su barrio a más emigrantes. ¿Hay un límite a la emigración? Tiene que haberlo, porque en buena lógica los recursos son escasos. Incluso los recursos sociales y laborales lo son. ¿Cuál es el límite? Sabemos que cuando un colegio sobrepasa un porcentaje de alumnos emigrantes, los alumnos autóctonos prefieren cambiarse de colegio. ¿Es eso racismo? Quizás sea que la gente quiere lo mejor para sus hijos, incluidos los autóctonos, y el nivel académico de un aula donde casi nadie habla español correctamente sea más bien bajito. ¿Qué hacemos entonces?

Creo yo que la emigración seguirá existiendo, independientemente de nuestra postura y nuestra actitud. Ya podemos decir, que las palabras no cambiarán el mundo más que de manera limitada. Desde luego, las posturas insolidarias no dan tampoco resultados. Los países que optan por ser agresivos con ellos, y piensan que obtendrán con una serie de normas aporofóbicas (odio a los pobres) o xenofóbicas (odio a los extranjeros), un efecto disuasorio para los emigrantes ponen en riesgo la misma existencia de los Derechos Humanos. Además, tampoco creo que funcionen del todo las políticas disuasorias. Los muros no obstaculizan el paso de gente por las fronteras, y no impiden que el hambre y la miseria se instalen al otro lado del muro. Cuando no hay nada que perder al otro lado, apostarán por venir cueste lo que cueste. La emigración en el pasado nos enseñó que no es inteligente poner puertas al campo, aunque ayude algo, que no digo que no, aunque yo creo que ayuda a que vengan con más ganas y con más vehemencia.

Por eso, en mi modesta opinión, la mejor solución es atajar la raíz del problema, y el problema es la pobreza. Las malas condiciones de vida de determinados países son un acicate y una motivación perenne para los que se atreven a emigrar. Si tuvieran mejores condiciones de vida en sus pueblos y hogares, no se verían obligados a salir en busca de un destino incierto, aunque probablemente mejor. La política internacional no debe conformarse con prestar, subvencionar o negociar con los países pobres saqueando sus materias primas, debería también buscar y potenciar un desarrollo real y sostenible en sus economías. La estabilidad política se debería exigir y reestableer. Esto no es nuevo, es algo que planteó Juan XXIII hace cincuenta años, un gobierno mundial, para un única humanidad.

El desarrollo económico y social debe estar tan globalizado y ser tan sostenible a un lado del muro como al otro. Solo así se frenará la emigración. Cuando estalló la crisis en los años 2008 hasta el 2017, el flujo de emigrantes disminuyó, se frenó y fue negativo. Los españoles volvimos a tener que salir para conseguir mejores condiciones de trabajo. Si hubiera trabajo de calidad aquí, no se habrían ido nuestros cerebros; y por supuesto, si hubiera trabajo de calidad allí, no vendrían pateras.

Poema del escritor en oración.

Quiero Señor, confiar en Tí, en Vos. En el padre.

Poner mis manos en sus manos,

Mi inteligencia en su inteligencia.

Mi mente en su mente.

Para así desgranar palabras y versos buenos

que ensanchen el alma de los atareados,

que abran el corazón de los que lo dejaron de mirar,

que suspiren el aliento que el mismo Espíritu Santo da a sus hijos.

Señor, que no escriba palabras para mi, sino para tus hijos.

que tu inspires mis relatos y mis textos,

que no busque la fortuna, sino tu voluntad.

Para que así, al final de los días

pueda llegar dichoso, con el corazón contrito por mi pecado

a las fuentes de la misericordia.

Cualquier palabra que escriba, que sea para ese fin,

para mejorar a una humanidad

que sangra por un desencuentro, soledad.

Y que se haga tu Voluntad.

Antonio José López Serrano

(Fotografía Roberto Tabarés)

¿Yoga, mindfullness? Yo es que soy más de Rosario.

Tampoco es que sea demasiado de Rosario, pero es que ante la avalancha de espiritualidad modernilla y bajo demanda (siempre pagando la sesión, claro) prefiero la oración de toda la vida en sus diversas variedades: la contemplación ante el Santísimo, la lectura piadosa, el silencio del recogimiento ante el AMOR que nos mira y acompaña, y por qué no, el Rosario de las abuelas y de los Papas, que además es gratis y cunde mucho.

Lleva poniéndose de moda, desde hace unas décadas, la espiritualidad alternativa a la cristiana con sabor y tintes orientales. En general todas terminan en lo mismo, en hacer silencio y en buscar la paz interior. Esto mismo lo puede tener la gente en la parroquia de su barrio; pero eso sería demasiado fácil y carca, y por eso la peña prefiere hacerse un viaje a la India para abrazar a un santón durante unos minutos y sentir que ha tocado con los dedos la profundidad de su esencia esencial. Cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa (Chesterton dixit), y es verdad.

Los menos pudientes (que también tienen derecho a ser ateos) se buscan la vida en el barrio, en alguna sala tipo gimnasio, donde un iniciado les sopla veinte euros por cada sesión de yoga, reiki y silencio con música relajante a la que llaman “mindfullness” y que se traduce por “atención plena”. La gente lo paga sin protestar, y luego se queja de que los curas son unos pedigüeños, y es que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Y encima no reparan que al lado de la floristería hay una parroquia que tiene más horas de silencio que ellos años, pero les da igual, porque quieren una espiritualidad moderna y fetén. Y el supermercado religioso contemporáneo lo ofrece al módico precio de veinte euros sesión.

A mi me da más paz comulgar los domingos y fiestas de guardar, pues además de tocar con los dedos la divinidad, escuchas su palabra y te la comes. Se hace carne de tu carne (como Cristo se hizo carne de nuestra carne) y te alimenta el alma en la autenticidad de un Dios que murió por nosotros. Pero eso es excéntrico para mucha gente, a la que han cegado con un anticlericalismo y una cristofobia soterrada. Odian a Dios y terminan entregados al yoga. Yo creo que los mismos que persiguen y desprecian a los curas los fines de semana en la tertulias con los amigos, se hacinan por las tardes en las salas de mindfullness, yoga, reiki y budismo tibetano contándonos las bondades del silencio. Descubren en su iluminación el Mediterráneo, y nos cuentan con gravedad que la vida espiritual es importante. “Pos claro, Magencio, si fueras a misa de cuando en cuando”. Lo malo es que estas espiritualidades no son ingenuas ni inocentes. Tienen efectos secundarios, y a la larga no satisfacen del todo el alma. Y por eso hago esta entrada.

Estas espiritualidades orientales no conducen a Dios, ni al amor al prójimo ni a la justicia social. Buscan la Paz donde solo hay tranquilidad. Es verdad que la intención es buena, y que el silencio ayuda a encontrar a Dios, pero el silencio no es Dios mismo. El budismo y el hinduísmo son religiones muy respetables, pero estas espiritualidades son fragmentos y porciones de algo más grande que se pierden por la distancia cultural que desemboca en la incomprensión. No son hinduístas, pero tampoco cristianos. No van a descubrir a Dios en sus prácticas, ni al prójimo, ni a los pobres que nos evangelizan. Viven mirándose el ombligo de manera idolátrica, adorarán el silencio, la postura y el mantra ambiguo, pero nunca descubrirán la mística donde Dios abrasa. No conocerán la relación profunda con la divinidad, ni palparán el misterio del AMOR encarnado. Estarán siempre fuera, girando sobre sí mismos.

Dicho de otra forma: la experiencia religiosa que no interroga la vida y el comportamiento, se convierte en algo muy pobre para las personas. Termina degenerando en una justificación conformada con un dios hecho a medida, y por tanto, un dios falso y muerto. Si en lugar de escuchar a Dios, lo silenciamos para que no nos moleste ni nos cambie la vida, entonces tampoco nos dará sentido a la vida, ni nos ofrecerá una cosmovisión salvífica, ni integraremos la vida con la fe y la creencia. La experiencia religiosa plena nunca llegará.

Por eso, es mejor el Rosario. La esencia de estas prácticas orientales se basa en un dualismo desencarnado y platonizante exagerado, pero no reconcilia al hombre con Dios. Sus practicantes gritan por el día a sus empleados, y por la tarde hacen relajación para desestresarse de sus gritos. Me recuerdan a la crítica que se hacía (con toda la razón del mundo) a los cristianos que iban a misa los domingos y hacían el capullo cuando salían de la iglesia. Hipocresía se llamaba. La diferencia es que en misa se insiste en no ser hipócrita y en hacerlo mejor. Interrogan al creyente para que cambie de vida. En estas espiritualidades no hay ningún interrogante a la vida, son egocéntricas y justificadoras de las maldades. Un asesino puede matar a alguien y luego practicar yoga para desestresarse. En cambio, un cristiano asesino tendrá que arrepentirse, llorar, pedir perdón, y reencontrarse con un Dios que perdona los pecados para poder recuperar su vida.

Por eso prefiero el Rosario. Porque te lleva a Dios, te envía al prójimo, te plenifica con una paz profunda y te invita a vivir todo eso con una comunidad de pecadores perdonados. Casi nada. Las abuelas y los Papas ya lo sabían desde hace mucho tiempo. Y es que ya lo dijo el Señor, “Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has manifestado a los  sencillos (Mt 11, 25)”.¿Alguien lo duda?

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.