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Me ha explotado el lavavajillas pero no pasa nada, porque cómo en casa en ningún sitio.

Lo dicho. ¡Cómo en casa en ningún lado!

Si no fuera porque nos han encarcelado en nuestros hogares, y porque el virus está matando a la gente sin que se entere el gobierno, esto sería el paraíso. No es el paraíso para todo el mundo (faltaría más), pues siempre hay gente que no se puede pasar sin dar la paliza a la basca, pero en general, en casa se está de puta madre. Salvo por unos pequeños detalles sin importancia.

El sumario televisivo de nuestra vida ordinaria nos indica, en esta cuarentena, que la mayoría estamos entretenidos dilapidando nuestro patrimonio personal y nuestras virtudes conseguidas durante años, y estamos entregados a la noble tarea de la desidia y el malgasto de tiempo. Algo que Paul Lafargue ya disfrutó como un cabroncete. Aunque perder la vida sea muchas veces ganarla, todo sea dicho. Muchos están en casa como pollos sin cabeza, y otros como cabezas sin pollo.

Yo me imagino al personal degradándose a golpe de mando a distancia, arrostrados por la querencia a la bollería casera, la que suele hacerse en la cocina que habitualmente se entrega a los precalentados; o como solícitos vagabundos de las redes sociales, donde los memes y los chistes rabiosetes hacen su agosto bajo la hilaridad de los cientos de mensajes a la hora.

Luego, por la tarde, nos llega  el parte del sargento chusquero, el tal Sánchez que nos cuenta lo feliz que está de haberse conocido. Y por la noche al catre, ale, a seguir almacenados como basura en nuestras casas, que se han convertido en contenedores llenos de virus y de inmundicia humana contagiosa.

Yo, en mi modesto caso, estoy prescindiendo de las redes sociales que son aburridas y están llenas de inquina y de lameculos de lo suyo, y me he entregado a la noble tarea de leer y de disfrutar de la vida con lo que la vida nos trae, que no es poco. Además de los oficios de Semana Santa, el mundo se ha vuelto de otra manera entretenido y simpático.

Si me lo permiten.

Reparaciones de hogar: El Viernes Santo se nos fundió el lavavajillas, pero lo hizo de la mejor forma posible. Echando chispazos y atronando cual tormenta eléctrica que hubo en su interior. Ya tengo que decir que no pasó nada, ni pasó a mayores. El diferencial eléctrico saltó, se llenó todo de humaco de vapor de agua del interior del lavaplatos; y la resistencia -no la del Dúo Dinámico, sino la del lavaplatos- se descacharró partiéndose en tres trozos. Y eso que es de hierro fundido fabricado hace veinte años. Supongo que la obsolescencia programada ha pasado ya su factura y nos ha hecho la pascua, aunque no la de Resurrección, lógicamente, sino la del Viernes Santo. Ayes y por poco no la contamos. La pequeña nos avisó, que es un cielo. ¡Papi, papi, que salen chispas de la cocina! Y corrimos a desenchufar el aparatejo. Por suerte, yo tardo menos en lavar platos a mano, pero no porque sea rápido en esto, sino porque soy lento metiendo la vajilla en el lavava, que ya está difunto.

Luego está la vida de mi vecindario. Supongo que será parecida a la de todos, pero hay que saberle sacar partido. Es verdad que no observamos la cantidad de zumbados que hay por el mundo, salvo en agosto que se hacen notar porque somos menos en la ciudad. en cambio ahora, se están haciendo valer porque estamos todos callados, y eso, con la ventana abierta, salvo uno que sea sordo, es imposible no escuchar música celestial mientras lees tomando el sol en el balcón.

De todos los chalados se lleva la palma mi vecina del primero, que se le ha ido la pinza hace tiempo. No es de ahora y no invento nada. La mujer está como una puta carraca. Fuma porritos lo indecible con la ventana abierta, y de cuando en cuando insulta a todo el mundo que se pasee por delante. Echa basura al patio interior, y un día que tuve que llamar a la poli porque estaba intentando montar un fuego de campamento en el descansillo de la escalera, nos abrió la puerta en tetas caídas, mientras las meneaba como si fuera Brigitte Bardot con veinte años.

-¡Mirad, mirad que tetas tengo! ¡Jodeos cabrones!- dijo para meterse de nuevo en su metafísico hogar.

La contestación del policía municipal, un tipo alto, algo desgarbado y con experiencia en resolver conflictos in situ, se comportó como un verdadero profesional. Aquello fue determinante para que me escojonara de risa por la escena, realmente salida de una peli de Berlanga.

-¡Venga señora, qué para lo que hay que ver!

Y era verdad, sí. Había poco que ver. Ahora la señora anda más recatada en lo de las tetas. Supongo que es por aquello de que no se puede salir de casa, pero la sigue preparando día sí, día también, a voces y molestando al personal.

Yo lo entiendo en parte, porque como con el confinamiento hay gente que sale a la plaza a dar espectáculo, pues eso altera a la buena señora, la cual se cabrea de que le quiten protagonismo. Últimamente grita y tira los envases de cervecita vacíos por la ventana, e intenta canturrear algo contrario a los himnos fascistas que según ella suenan por los balcones. Para evitar escarnio con la profesión respetable que profesa, omitiré su trabajo que es casi como el mío pero en otro centro. Por supuesto está de baja.

Luego está el desenlace de las ocho de la tarde. Debe haber variedad  de espectáculo según la zona de la ciudad donde vivas. Hay barrios donde algunos dan conciertos personales con sus instrumentos favoritos por un rato que va entre los dos minutos y los quince. Hay gente educada que por no hacer el feo al artista, y por amor al aire callejero, escucha interesada tras los aplausos a los sanitarios. Se supone. En la mía, por ejemplo, no falta de nada. Primero se aplaude sonoramente, mientras saludamos al de enfrente al modo romano, hola, ave, qué tal, bien. Y luego, algún vecino concienciado de la causa nos pone el himno de España como si estuviera la orquesta entera metida en su casa. Varios vecinos sacan sus banderas patrióticas, y yo, que soy buena gente, me pongo la mano en el pecho (para que vean que soy norteamericano de Valencia) mirando al cielo como si fuera un jugador de la selección. Iniesta mejor que Ramos. Luego aplaudimos y varios niños gritan desahogándose unos vivas a España, que a mi me suenan a un “a la mierda este confinamiento”. El caso es que los nenes son respondidos por todos los vecinos, y me incluyo, con alegría y contumacia. Ahí es nada. Lo echaré de menos cuanto acabe todo esto. Himno y bandera. Parecemos un país de verdad y no una puta mierda acomplejada.

A las nueve termina la sesión con un griterío de cacerolas y sartenazos. Se vocifera contra el poder establecido, contra Sánchez y su puta madre, contra todo lo que se mueva, y contra el gobierno. Deben salir menos, pero sí son bastantes; y yo, salvo el primer día, no suelo asomarme porque estoy a otros menesteres personales. Es entonces cuando aprovecha la vecina grillada del primero para asomarse a la ventana e insultar a todos, pero va por días. es entonces cuando se activa el “salvame callejero”, porque los indignados se la devuelven con creces. Para mi que le dan estopa como si fuera el Iglesias o alguna pija de esas que nos gobierna. Loca, hija puta, cabrones, fachas de mierda… el caso es que hay un buen rollo que me encanta.

A la policía casi no la veo por aquí, aunque andan cerca supongo molestando a los que arriesgan sus vidas saliendo de casa. Por cierto, el otro día vimos un arco iris espectacular en el cielo, cuyas fotos han dado la vuelta al planeta. Precioso. Y es que como en casa en ningún sitio.

¡Socorro, auxilio! ¡Qué viene el puritanismo!

Tiempos recios, tiempos recios. Eso es lo que hay. No lo dijo Chesterton, pero como si lo dijera.

Desde que el hombre no es pecador, la gente afirma su perfección. Es la nueva religión, la de la modernidad. Perfectos y salvadores del mundo, gente mesiánica. Soy un salvador del mundo porque tengo las ideas adecuadas para salvarlo. Puedo liberar a la humanidad de los malvados machistas, materialistas, y demás pecadores de la pradera. Basta con apostar por lo políticamente correcto y lo socialmente avanzado, lo progre que se llama, para convertirme en un salvapatrias. El problema es que hay tantos salvadores del planeta que terminan por exigirse entre ellos coherencia, perfección. O sea. Estamos ante un nuevo puritanismo que genera una doble moral.

Decía Jesús en el evangelio que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y claro, la gente hace méritos para poder apedrear a los malos de toda la vida. Porque el puritanismo divide la humanidad en buenos y malos. Sin matices ni nada.

Ahora la gente se siente más culpable que cuando se confesaban con cura. Entonces era sencillo. Reconocías tus pecados, y Dios te perdonaba reestableciendo la paz en tu alma. Te perdonabas a tí mismo, que era también importante. Nadie es perfecto y al asumirlo en humildad, Dios te ubicaba en el lugar de los pecadores perdonados que se reconocen como tales. Gracias. Señor.

Pero ahora no; y los psicólogos trabajan a destajo. Como no hay ni pecados, ni Dios, ni patria, ni fronteras, pues se han quedado sin los palos del sombrajo y les da la solana en la calva. Me explico, la tan fantástica liberación del hombre, y el no menos idealizado fin de la represión, ha aventado nuestras tormentas psicológicas y sociales. La gente se siente culpable y anda neurasténica buscando culpables a los que cargar con el muerto. Pero como no son perfectos, pues el muerto se queda siempre en casa.

Y así, la gente se siente culpable, unos mucho y otros poco, de no reciclar, de ser machistas encubiertos, de soltar frases sexistas, de no comer sano, de no hacer deporte, de usar bolsas de plástico en el super, de ir al trabajo en coche, o de ducharse con agua caliente que contamina el planeta más de dos minutos de reloj.

Por eso ser moderno y avanzado es una tarea titánica. Porque nunca eres lo suficientemente moderno y avanzado. Siempre estás como por detrás de lo que hay que ser, que es perfecto. La culpa es de Platón, que era un amargado y que lo idealizó todo. Pero eso tampoco arregla el problema. El resultado de este desajuste es que tenemos, o gente con mala conciencia que sufre su incoherencia, o gente que se enrabieta con el mundo de los que no piensan como él, y que termina pensando que hay que exterminar. O sufridor u odiador. Puritanismo, puritanismo.

Por eso la gente disimula y finge que somos lo que no somos y que estamos luchando a brazo partido por cambiar el mundo, cuando la realidad es que ni siquiera nos cambiamos a nosotros mismos. Y como hay que sobrevivir, pues encontramos la justificación como la principal herramienta psicológica que nos libera de los pecados. Compramos un día la leche en envase de vidrio y ya somos superbuenos, activista de los que se indignan y pegan por ahí.

La gente es así, pone unos cuantos “me gusta” por las redes, y ya tranquiliza la conciencia por una temporada. Contamos al mundo que estamos indignados, y al día siguiente ya está. Somos unos salvadores de película.

Y mucho peor lo tienen los activistas de cualquier causa contemporánea. Su sufrimiento se multiplica por mil, casi lo mismo que su incoherencia. Sufren hasta llorar sangre.

Los ecologistas, por ejemplo, sufren y lloran lágrimas cada vez que suben a un avión, o cogen un coche. Irían en bici de vacaciones con las maletas en el trasportín, pero claro, eso requiere muchos cursos de vida alternativa que no puede uno asumir. Pues en tren, venga, ale. Y resulta que el tren ecológico, el que va por energía solar tarda una semana en llegar a la costa. Pues casi mejor que no nos vamos de vacaciones… Y ahí los pillas un jueves de ordinario entrando en una hamburguesería a por carne de vacuno de esa que consume más litros de agua que cuando se bañan, y te cuentan que es por la niña, que le gustan los regalos kinder. Y sufren por no ser perfectos, y lo pasan mal. Y es que ser idealista es jodidísimo.

Tampoco ser materialista es mejor, aunque sí sea más Nietzscheano y dé menos problemas de culpabilidad. “Yo no reciclo porque no tengo hijos”. Incontestable. Lo siento Fran, pero es que ni piensan en los sobrinos ni en los niños de los demás. Cochino mundo, sí, lleno de egoístas. Y que nos den morcillas a los idealistas.

En fin. El puritanismo hace que todo el mundo quiera ser perfecto y presuma de perfección, sin apreciar las carencias humanas, sin asumir el pecado estructural de la humanidad, sin aprender que el mal no es combatido con la fuerza de voluntad.

Para los cristianos la lección es muy clara. Somos pecadores y confiamos en Dios para que nos libere del mal y de la muerte, y del pecado. Es verdad que podemos hacer más y que podemos amar más, pero no somos dioses ni Mesías. Intentaremos hacer el bien asumiendo que cuando no lleguemos, Dios sí podrá. Es la esperanza, creer en lo que no se ve, aceptar que es posible el cambio del mundo pero no con nuestras solas fuerzas. Es un idealismo no puritano, bastante más liberador. Es cristianismo. Ni mejores ni peores que los demás, simplemente pecadores perdonados.

 

 

 

Posmodernidad: de la clase social a la tribu.

La posmodernidad de finales del siglo pasado definía al hombre como un ser fragmentado, en descomposición, light y débil. Exigente con los derechos de bragueta y olvidadizo con las injusticias del Tercer Mundo. Pero todo evoluciona, y tras casi veinte años del siglo XXI, me atrevo a formular el siguiente paso del proceso. El hombre débil y light se agrupa en función de sus intereses y gustos más inmediatos, y lo hace utilizando la globalización que permiten las redes sociales para construir un nuevo modelo social: la tribu. Las empresas están al acecho para determinar a qué cuatro o cinco tribus pertenecemos, y así nos puedan vender sus cacharritos con más acierto. Afilan sus cuchillos para darse el gran festín.

La descomposición cultural no es nueva, se inició ya hace unos cuantos siglos. La muerte de Dios y sus sustitución por la razón o por la lucha de clases queda algo lejos, y el hombre trata de agruparse en función de sus apetencias más inmediatas, sus deseos más íntimos, ocultos o públicos. Ahora da igual. Es más, se puede pertenecer a tribus contrarias, enemigas u opuestas en intereses y resoluciones. No importa. La necesidad empuja a que formar parte de la tribu, la que sea, la que nos permita salir de la soledad de un móvil apagado. Ahí está la gente en las redes sociales, atrapados en la tela de araña y buscando compañeros con los que compartir el tiempo, incluso la vida.

Marx inventó el concepto de clase social para poder enfrentar a la humanidad en una lucha sin tregua: oprimidos y opresores; proletarios y burgueses; ricos y pobres. Nadie se libraba de estar en algún bando de la guerra, y los que no tomaban partido eran unos desclasados, unos ateos a la política, unos alelados que fumaban opio a espuertas mientras rezaban el rosario. Tal esquema reduccionista se mantiene en determinados discursos de la izquierda, y eso que la posmodernidad barrió con el muro de Berlín y con los Gulag del paraíso comunista. Pero el mundo sigue su camino, y ahora la humanidad se ha fragmentado en cientos de miles de tribus distintas. Muchas de ellas no son tribus implícitas, pero eso no importa. Consumos comunes, me gusta, y demás van configurando nuestra personalidad en las redes y en los mercados. Los pobres comunistas se han convertido también en tribu; o mejor dicho en muchas tribus distintas: desde los perroflautas hasta los barbudos, Errejones, podemitas o antisistema. Cada uno a lo suyo y viva el individualismo.

No digo nada nuevo si hablo de la muerte del marxismo. Llegó el fin de los discursos y de los mandatos ortoprágmáticos, eso fue la posmodernidad. Sin embargo, la deconstrucción humana se mantuvo y perseveró, hasta lograr abrir una brecha en la soledad de un corazón humano cuya única plenificación sigue siendo Dios. Soledad y tristeza en medio de la fiesta Nietzscheana.

La incoherencia se asentaba en el hombre que había perdido a Dios, y que quedaba desasistido ante los embates de un capitalismo feroz que ha ido aniquilando la trascendencia hasta convertir al ser humano en un cúmulo de fragmentos sin conexión. Somos nuestros deseos de consumo, nuestros gustos. Y nos alimentan con ellos para evitar nuestra trascendencia. La incoherencia no importaba ya, y el pecado quedaba anticuado y lejos. Dicho de otra forma, se podía ser activista de los Derechos Humanos por la mañana, y por la tarde maltratar a la familia. Posmodernidad y doble vida.

Ahora la posmodernidad ha dado un paso más. Los fragmentos inconexos del hombre contemporáneo se han vinculado a otros fragmentos semejantes encontrados en otros hombres que habitan el otro lado del planeta. La red conecta gustos y nos convierte en una nueva agrupación, la de la tribu. Las hay de todos tipos, desde los de Star Wars hasta las “metoo”. En nuestro planeta, los amantes de los platelmintos se unen en la red para intercambiar sus pareceres sobre los abusos que sufren los pobres gusanitos en los intestinos humanos. No dan tregua, aunque sean dos cientos en un mundo de casi 10 millones de hombres fragmentados. A veces llegan a millones, y les basta para conectarse con un “me gusta”. Me mola, me va, me va… Fragmentos buscando el fragmento gemelo que me alivie mi tristeza, mi enfado, mi deseo, mi yo.

Las tribus son subsistemas culturales incompletos que pretenden dar significado a sus miembros. Ofrecen un sentido parcial, recortado y rizomático, pero es suficiente para que sus miembros se sientan a gusto y protegidos. Dan sentido a la soledad, y proporcionan seguridad a un hombre débil que tiene miedo a casi todo, especialmente al ostracismo. Pertenecer a un grupo es la necesidad inmediata. Ya no importa mejorar el mundo, ni siquiera mejorar personalmente, ni mejorar en el trabajo. A la generación Z, la que nació en torno al año 2000, ya tiene claro lo que necesita. Un móvil, conexión y un par de buenos juegos en red. Con eso será feliz hasta que se agote. Por eso la peor tortura que se puede sufrir es que se burlen de él en la red. Débiles, fragmentados y agrupados en tribus.

Por eso en las redes como facebook la gente se agrupa y agrupa sus intereses, sus gustos, para proporcionar un significado que no es conseguido ni en el trabajo, ni en la familia, ni en los amigos de carne y hueso que nos son dados en la vida. Nos agrupan por juegos, aficiones, amigos de red y conocidos de la vida. Nos tribalizan y nos trivializan, y nos ordenan para podernos vender mejor y con más eficacia lo que deseamos. Estas agrupaciones no debaten, no discuten, no comparten más que información para sentirse bien, para no dolerse de la incoherencia. Nos enviamos mensajes con los que estamos de acuerdo para que los que son como nosotros nos den la razón y estén también de acuerdo. Y el colmo del gozo es que reenviemos tales mensajes con los que estamos de acuerdo.

El hombre tribu puede pertenecer a varias tribus sin problemas de coherencia. No le importa, entre otras cosas porque no piensa en términos de totalidad. Ni la filosofía ni la religión son generalizadas, son dos tribus más…

Por eso se puede ser de la red amigos de las hamburguesas a domicilio y a a la vez pertenecer a la tribu que odia el metano que despiden las vacas por la campiña inglesa. No hay más incoherencia que la que proporciona el mismo planeta. Ecologistas todos y consumidores a la vez; feministas todos y machistas a la vez; correctos  y rebeldes al tiempo. Es lo que mola. todos en todo, y unos pocos líderes manejando las tribus a su antojo.

Por eso los movimientos sociales son lo que son, Tribus de deseos comunes. Feminismos, ecologismos, voxistas, socialistas e independentistas, madridistas o barcelonistas. La clave es pertenecer a tres o cuatro tribus. Maś que nada porque sin ellas hace frío.

Los católicos, sin ir más lejos, somos desde hace mucho tiempo una tribu más, una subcultura cada vez más extraña para el mundo, y que sobrevive en una cultura fragmentada. Al menos tenemos la ventaja de estar junto a Dios, el único lugar de la tierra donde hace calorcito.

También las tribus pasarán…

ANIMALISTAS versus HUMANISTAS

Siempre que se ha querido insultar a alguien se le ha llamado animal en todas sus variantes: burro, cerdo, hijo de perra, etc. Hoy casi esto es políticamente incorrecto, porque mucha gente considera mejores a los animales que a los seres humanos, y dentro de unos años serán un elogio de las personas: “eres tan simpático como mi perro”, te dirán, y tú te quedarás con cara de morsa, que será también un elogio a tu mostacho.

Desde luego el tema trae cola y no es nuevo. Calígula nombró a su caballo senador con la hermosa intención de insultar a los senadores. Y algo parecido sucede hoy: se falta el respeto al ser humano diciendo que los animales son como las personas. De hecho se les otorgan derechos, algunos semejantes a los derechos humanos, y este fenómeno sí que es nuevo. ¿Por qué? Sin duda porque la Ilustración y su humanismo ya se han agotado, y a falta de panes, pues buenas son tortas.

Cuando los iluminados del siglo XVIII quedaron deslumbrados de su propio ingenio, y arrinconaron a Dios, buscaron un sustituto que hiciera las veces de lo trascendente. Fue así como reinventaron la Razón y el Pensar. Pero la razón fracasó cuando se volvió absoluta, fría y dura; así que la sustituyeron (nunca de forma total) por las emociones y los sentimientos. Una ola de romanticismo y nacionalismo patriotero inundó Europa hasta que se agotó. Luego llegó la ciencia, la que iba a sustituir a Dios, pero sus tecnologías siguen siendo frías y sin capacidad para responder las últimas preguntas, esas que nunca nos solucionan los programas de televisión ni los móviles. ¿Qué nos queda entonces? ¿La política con su lucha de clases acaso? El fracaso del comunismo soviético fue el fracaso de la antropología marxista, empeñada en igualarnos a costa de robarnos libertad y trascendencia. Ahora nos igualan a los animales, pero siguen sin convencernos de que sea lo mejor, ni para nosotros ni para la naturaleza.

El escepticismo contemporáneo, llamado posmodernidad por los filósofos de finales del siglo XX, surgió con el agotamiento de las ideologías del siglo pasado. Es el hastío del hombre cuando se queda sin Dios. Sin embargo, tras la posmodernidad hay vida, y en ella resurge la irracionalidad, la fragmentación y la incoherencia elevada a aspiración universal. Un producto que produce nauseas a los pensadores e intelectuales, pero que logra introducirse en las mentes ensoberbecidas de aquellos que creen luchar contra la barbarie a fuerza de gritar consignas nuevas, algunas ridículas, y muchas absurdas. Da igual que la consigna tenga raíces religiosas, marxistas, nacionalistas o cientifistas, porque en la posmodernidad todo vale, y todo vale lo mismo. O sea nada.

Una de esas consignas es la ideología animalistas con sus múltiples y diferentes variantes: veganos, naturalistas, nudistas, vegetarianos, postnudistas alopécicos, new age, etc. Su punto de partida y su raíz primaria para una construcción racional podría ser el ecologismo espiritualista, que entiende la naturaleza como una hermandad, vinculándose con algunas ramas del budismo. En esta idea, algunos animalistas confiesan ser parientes casi cercanos de los monos, los mamíferos y las medusas, y cualquier maltrato a los animales debe ser castigado como si fuera maltratado un ser humano. En el paroxismo terminan afirmando que hay que proteger a los animales y castigar y perseguir a los hombres, o que los hombres son peores, como reza la imagen que he escogido en esta entrada.

En realidad, la contestación a la imagen es muy sencilla: los animales tampoco son capaces de construir, de imaginar, de pintar, ni de distinguir el bien del mal. No son malos ni buenos, simplemente siguen sus instintos (por cierto, igual que muchos seres humanos caprichosos). Es más, no son inteligentes, y esa es, desde siempre, la gran diferencia que hemos tenido los hombres con respecto a los animales. Nosotros pensamos y razonamos, tenemos logos y hablamos, y ellos no. Eso no justifica el maltrato, ni que no amemos a los animales, pero no por encima de las personas o sus culturas hechas por y para el hombre.

Un animal nunca podrá dibujar como Picasso, nunca podrá construir una catedral como la de León, ni hará una mampostería como la de la Alhambra. No me contará sus ideas sobre viajar al espacio, ni me entretendrá contándome lo que ha hecho por la mañana. Las ratas de laboratorio no investigan para combatir las enfermedades; al contrario, me podrán infectar de las suyas si no lo cuido adecuadamente. No me preguntará mi gato que tal en el trabajo, porque no saben ni en qué trabajo ni qué es el trabajo. No pueden dar muchas cosas buenas, además de proteínas cárnicas, pero tengo que controlarlos para que no arruinen mis cosechas, o me ataquen si están sueltos y descontrolados. Son animales, y no dan más de sí.

El pensamiento animalista surge, y creo no equivocarme, por la profunda decepción que el hombre causa en la misma humanidad. Se confió en el ser humano y en sus posibilidades. La Ilustración exaltó al hombre convirtiéndolo en un absoluto que sustituyera a Dios, y ese hombre está cada vez más fracasado y apesadumbrado. Tras dos siglos de intentos, el hombre tampoco parece dar más de sí. El hombre no es Dios, vaya, y a pesar de los esfuerzos de los nietzscheanos por adoctrinarnos en un superhombre por encima de la vieja moral igualitarista y cristiana, el vulgo prefiere amar a su perro y divinizarlo, antes que querer a su vecino, a sí mismo, o a un Dios personal que lo trascienda. Es el drama de nuestro tiempo.

Contribuye al animalismo la descomposición centrífuga de la familia provocada por la sociedad de consumo, producción y explotación masiva de los recursos. Donde no caben abuelos, ni tíos, ni padres envejecidos, ni esposos, ni hijos,… ahora se quiere una mascota. Quizás reflejo de lo que le gustaría a mucha gente que fueran sus semejantes: movidos, cariñosos, simpáticos, baratos e inferiores. Sumisos y maleables, leales y protectores. No discuten contigo, no piensan, simplemente aman y se encariñan con nosotros. No tienen educación, ni valores. Y no me parece mal del todo. De hecho se usan los animales, las mascotas, como terapia de las enfermedades mentales. “Usar” he dicho, sí: usar. Algo abominable para algunos animalistas.

La gente quiere a sus animales, los cuida y son felices con ellos. Eso está muy bien. La única pega que pongo es que no son personas, no son humanos por mucho que queramos humanizarlos. Los animales no opinan, no hablan, no reivindican, cosa que sí que hacen muchos de los eslóganes y consignas antitaurinas o animalistas. Les gustan sus animales porque parece que son como ellos, pero no, no son humanos. Y en esa defensa particular de las mascotas, olvidamos la defensa universal de la humanidad: los niños que mueren de hambre, el problema de los refugiados, o la desigualdad con los países más pobres. El pensamiento animalista es escapista y desencarnado, se desentiende de la humanidad, y no pocas veces daña a los animales pretendiendo lo contrario. Y en eso, claro, no estoy de acuerdo.

El triunfo del PAPANATISMO.

Yo creo que es una constante sociológica, que el ÉXITO atrae al ÉXITO. Sucede en todos los ámbitos de la vida, desde la política hasta el fútbol, desde los restaurantes hasta las lecturas de cabecera. Si algo triunfa, será como un imán. Aparecerán de inmediato gentes dispuestas a arrimarse al caballo ganador para saborear las mieles del triunfo. Esto hace que el éxito sea todavía mayor, y que engorde el triunfador de turno con más éxito todavía. Esto lo saben tanto los publicistas como los asesores políticos. Es verdad que presumir del éxito ajeno es un tanto ridículo, pero a cambio, nos permite disfrutar y humillar el que se ha apuntado al fracaso. Se llama papanatismo, y el responsable es la neurona espejo. Y es que así somos.

No me estoy inventando nada nuevo, pues esto es algo que sucede desde que el hombre es hombre. De hecho, yo creo que sería más interesante analizar algunos hechos históricos desde el papanatismo humano que desde las consignas marxistas de la lucha de clases. En realidad la historia no es una síntesis dialéctica provocada por el enfrentamiento entre opresores y oprimidos. ¿Ricos contra pobres, buenos contra malos? Ya no se lo cree ni Magoo haciendo de stripper en Femen. Para mi que la historia es una dialéctica entre triunfadores y fracasados; entre papanatas y auténticos. Entre la gente que se apunta al triunfo, y los que se empeñan en ser originales y auténticos, los cuales terminan convenciendo a sus parientes más cercanos de que tenían razón, al cabo de cincuenta años, claro. ¿A qué tenía razón? Sí, abuelo, sí. Genio y figura el cabroncete del abuelo, dicen cuando le dejan en la residencia los domingos.

En España, sin ir más lejos, tenemos una gloriosa historia de papanatas voceras amigos del pensamiento hervíboro. Hoy echo a la puta de la reina (Isabel II), y mañana grito “Viva el Rey” (Alfonso XII). Como un poseso y en manifa por si acaso. Esto, que no obedece a ninguna lógica – ya se lo dijo Russell a los marxistas estalinistas hace mucho, que la dialéctica hegeliana es una estafa –  es sin embargo fácilmente observable en cualquier tiempo histórico.

La antigüedad no fue mucho mejor. Julio César fue aclamado por Roma cuando tenía éxito y entró con sus legiones tras cruzar el famoso Rubicón y pronunciar el alea iacta est. Pero después de ser asesinado, la gente se cambió de chaqueta, o de toga, según se viera, y se convirtieron en apestados sus antiguos defensores. El pobre Marco Antonio, que fue incondicional suyo, quedó como Cagancho en Almagro cuando cambiaron las tornas. Hasta se fue a Egipto con Cleopatra, a ver si se le pegaba algo de las antiguas glorias cepillándose a la antigua amante de su jefe y amigo Cayo. Un error, porque con Augusto todos eran de Augusto de toda la vida. Es lo normal. Nos apuntamos al Real Madrid para ganar, y para que no nos partan la jeta, pero ahora los capullos del Barça están chuleándonos. Al menos Marco Antonio murió con el estandarte romano bien levantado a orillas del Nilo. Es lo que le queda. Y la gloria del genial monólogo de Shakespeare, que se me olvidaba.

En libros y literatura pasa otro tanto. Si empieza a triunfar 50 sombras de Grey, pues todo el mundo se apunta a leerlo. Total, antes hicieron lo mismo con el Código Da Vinci de Brown. Luego vendrá otra generación que lo vilipendiará, lo barrerá con su nueva basura, sus Juegos de Tronos o la mierda que sea, y ahí andará el chulito de turno presumiendo de que lo que él lee es estupendo y único. De cosa en cosa, de éxito en éxito, de Potter en Pota, o de Agatha Christie en Federico Moccia. Y es que la regla es brutal y repetitiva: nadie se hace colega del fracaso, aunque sea mejor, tenga más calidad, o sea, curiosamente idéntico. Por eso luego llega un tipo llamado Patrick Modiano (premio Nobel 2015), que escribe como los ángeles, cuyo primer eco que produce en nuestra patria es: ¿quién es ese tío que no me suena? Y eso tan lamentable sucede entre la gente que está atenta a la literatura y a los libros, porque los fans de GH se mantienen en su salsa de langostinos con tanga, sin coscarse de que hay librerías en el planeta tierra.

Ser del que tiene éxito tiene sus ventajas. Estás en la pomada, eres ganador, triunfan los tuyos y sobre todo… no eres perseguido y no te dan de hostias, cosa importante cuando el ambiente político se pone chungo. Y es que el Papanatismo en la política es cuanto menos peligroso. Por ejemplo, durante la Revolución Francesa, hubo unos añitos que si no eras de los jacobinos podías acabar aguillotinado, lo mismo con los que no eran estalinistas, que terminaban en el gulag perdiendo dedos congelados. Y es que ser de la oposición política, cuando no se lleva es, más que un error, una desventaja importante para la salud física y psíquica. Porque te persiguen, y si pueden te matan. Y es porque los triunfadores suelen pecar de soberbios e intolerantes; y si les dejas de cabrones. Se les sube a la cabeza, y no quieren competencias. Hace años todos éramos demócratas y aclamábamos la transición, en cambio ahora hay que defender que hay que cambiar la Constitución. Ni se te ocurra defenderla.

Los que marcan las tendencias culturales también saben ésto. Ahora por ejemplo se lleva ser alternativo y progre de ciudad. Cuando yo era peque los tíos que se tatuaban eran cargadores del puerto o proscritos recién salidos de la cárcel. Luego empezaron las tías de hollywood a tatuarse con solecitos y bobaditas, y al final todo el mundo se apunta al tatoo, al piercing y al rollito de decorarnos el body. Es que es guay ser guay. Lo de las rastas, el buen rollismo, comer lentejas sin chorizo y acelgas con avena, vestir como con restos y enseñar medio culo porque se cae el pantalón, es lo fetén. Pero cuando todo el mundo sea alternativo con esta estética alternativa – que ya casi lo es – pues ser alternativo será vulgar, como del montón, y dejará de molar. Y surgirá otra moda que atraerá al papanatas tanto como el éxito.

En realidad lo más alternativo que hay hoy día es tener cuatro hijos, piso propio no heredado, trabajar en un banco, leer a Góngora y no tener móvil. Pero eso no creo que triunfe, entre otras cosas porque se necesita un cargamento de neuronas espejo para lograrlo, y están todas ocupadas “tuiteando” por la red, y colgando chorraditas. Por dar ideas que no quede.

¡Desconfianza!

He tenido la desgracia en los últimos tiempos de verme rodeado en el trabajo de un ambiente de desconfianza disolvente y machacante. Les aseguro, que tras esta experiencia laboral, aquel sugerente dicho que afirmaba que donde hay confianza da asco, me parece ahora una delicia. Porque la desconfianza es lo más pernicioso que hay para el ser humano, y a las pruebas (y a la experiencia incluida en el insti del Bierzo en el que curro) me remito.

La desconfianza ahonda en lo peor del hombre. Rescata y saca a la luz una serie de mecanismos de protección, que se convierten a la larga en una cadena esclavizante para cualquiera que lo viva. La desmotivación está garantizada en un ambiente así, del que el principal responsable es el superior, que no siempre se entera que cuando hay mal ambiente y desconfianza la gente trabaja peor. Dicho sin ambages: si uno trabaja rodeado de gente desconfiada, termina trabajando de otra forma, o sea sin ganas y estresado. No ofrecerá todo lo que puede dar, y en cuanto pueda se largará a otro sitio. La desconfianza es una fuerza centrífuga que arroja fuera de sí cualquier calor humano que pudiera haber, cualquiera creatividad y cualquiera buena idea. Es diabólico en el sentido más etimológico de la palabra, dispersador, engañador y centrifugador de afectos e inteligencia. La desconfianza acaba engendrando mediocridad y tristeza.

Es fácil comprobar como en ambientes donde unos desconfían por sistema de otros se genera una conducta hipócrita edificada en una ética heterónoma infantilizante. En estos lugares muchos acaban hablando bajo para que no nos oigan, se oscurecen las razones de porqué se convoca tal o cual reunión; hay que estar, pero no dicen para qué por si acaso nos vamos de la lengua. En estos ambientes se disimulan los afectos, pocos dicen lo que piensan para evitar ser señalados, e incluso las conductas comprendidas en otros lugares como normales, se hacen sospechosas hasta corromper la conciencia más equilibrada y tranquila del mundo. Aunque la conducta sea adecuada, razonable y buena moralmente, (en una palabra pensada), se duda y se genera una culpabilidad en los más débiles moralmente, fruto de las miradas aviesas, los controles y las conductas manipuladoras de los más desconfiados, que siembran una atmósfera de maldad y sospecha sobre el otro. ¿Lo estaré haciendo mal cuando todo el mundo piensa mal de todo el mundo?

Todo se anota, se supervisa y se firma, nadie puede escapar a un control normativista absurdo, hecho por los más desconfiados para aparentar seriedad, cuando realmente lo que expresa es la más profunda desconfianza respecto a lo que el otro me puede ofrecer. Antes de que el otro falle, le obligo a que acate las normas de la empresa, del instituto, del grupo o de lo que sea. El otro vale poco sin normas que le obliguen, parecen querer decir. Estos ambientes son odiosos y nadie los quiere, pero cuando llegan es difícil evitarlos. Se requiere tiempo para cambiar las cosas, y en estos ambientes hay que desmontar el recelo y el rencor acumulado por años de sospechas.

La desconfianza se percibe en cuanto notas que algunos se esconden para evitar problemas, en cuanto no se dicen con claridad las cosas, cuando no hay ideas y nadie manifiesta la más mínima creatividad. Se aprecia cuando solo hay ideas nuevas para uniformizar, para igualar lo distinto, o para someter al desconocido que trae aires nuevos. Es un grito a la inteligencia ver que el trabajo del otro no se respeta, que se desprecia pública o privadamente, donde se murmura sobre tal o cual conflicto ordinario. Algunos siempre están echando mierda sobre el otro, quizás porque desconocen todo del otro, o porque creen conocerlo demasiado bien. Nunca se ciscan en el que se oculta y disimula, por lo que acaba siendo la conducta más estimada en estos ambientes. Pasar de todo, y esperar el relevo. Como las legiones romanas de Petibonum. El problema es que cuando se disimula y uno se esconde se queda a merced de los peores. Un ambiente de desconfianza se percibe enseguida porque en lugar de trabajar con alegría, la peña fluctúa entre el escaqueo, el miedo, o la mediocridad compartida.

A lo largo de estos dos años he comprobado como uno de los primeros males que genera la desconfianza humana es el resurgir incontrolado de normas y reglamentos internos. Como no se confía en la naturaleza humana, ni en el otro, se prefiere confiar en las normas. Se crean normas de obligado cumplimiento para evitar que las personas sean personas, y se construye un edificio laboral alienante y ridículo. En estos lugares todos tienen que trabajar exactamente lo mismo, de manera idéntica y uniforme, y el que no haga lo que decimos nosotros los desconfiados rompe las reglas del juego. En un ambiente de desconfianza es fácil que los peores impongan a los mejores sus igualitarismos uniformizantes con su mediocridad. Nadie puede ser especialmente creativo, ni generoso, ni bondadoso, ni humano, ni blando con el alumno, ni duro con ellos. Todos tenemos que suspender lo mismo como profes, se dice. Es lo que destacó Nietzsche en su genealogía de la moral, la desconfianza de los que se consideran buenos acaba aplastando a los que son mejores a ellos. En un ambiente de desconfianza los peores compañeros se quejan de que son los malos de la película, sin reparar en que efectivamente son los peores y los malos, y que actúan manipulando a los demás para que sean como ellos. Darth Vader era un malo que no se quejaba de ser malo, pero estos desconfiados se quejan de que no son malos los demás, se convierten en malos sin escrúpulos, en malos mediocres y cutres. Malos insatisfechos, y sin conciencia de su maldad, que es lo peor.

Decía un amigo mío hace unos años, que hay que evitar acabar como ellos, como esta gente que desconfía de los demás, entre otras cosas porque nunca respetan a los compañeros. No respetan (ni confían) en que el otro es tan buen profesional como ellos, y no respetan que tengas ideas buenas distintas y originales, cuando ellos no las tienen. No respetan ni aceptan que te lleves bien con el alumnado, que escribas tu material, que seas bueno dando clase, que apruebes a más alumnos que ellos, y crearán por todos los medios mecanismos para generar desconfianza entre tú y tus alumnos. Son maledicentes por naturaleza, y generan atmósferas opresivas en los centros de trabajo donde están.

Desconfían porque piensan que los demás les roban cosas, que los otros hacen las cosas con maldad y a sabiendas, que el otro les miente porque no se atreve a contar la verdad. Y aunque les cuentes la verdad una y otra vez ellos siempre tendrán su fantasiosa versión llena de cotilleo y resentimiento. El que desconfía del otro lo somete a control, y en ese control se crean normas y normas para que el otro, (un geta según nuestro gran desconfiador), no se escape haciendo lo que quiere, que es lo que harían ellos si pudieran. En realidad no es que haga lo que quiera, es simplemente que no hace lo que el desconfiado quiere. Es una forma sutil y dramática de manipular al otro, forzándole a ser como ellos.

La desconfianza genera antipatía y odio por el otro. Se le deja de querer para convertirlo en un objeto del que uno puede deshacerse, relegarlo, jubilarlo, o incluso promocionarlo para quitárnoslo de encima. Cuantos ambientes enrarecidos han dado lugar a un odio disimulado, a una animadversión permanente, donde cuando pueda me la pagará. Es la desconfianza la responsable, y sus desconfiados vientos.

Esto que se genera y he conocido en un ambiente de trabajo cotidiano, ¿qué no será en una sociedad donde la desconfianza se instala en la mentalidad y la atmósfera de toda la sociedad o la política? Imagino los países y lugares en la historia donde la desconfianza generó en guerra civil, como aquí en España. Nadie confiaba en que los demás cumplieran las normas, nadie confiaba en que el otro tenía ideas propias que podían ser buenas o al menos discutibles. Nadie confiaba en el que no era de su bando, y el odio se fue instalando en las mentalidades más rencorosas y primarias.

Por desgracia en nuestra sociedad parece que la desconfianza, que es un mal moral y ético, distribuye sus tentáculos de hidra venenosa sin control. Muchos medios de comunicación siembran la desconfianza en el adversario político, tertulianos de oficio con la desconfianza por regla han generado no pocas veces sociedades donde el común deja de pensar para empezar a desconfiar. Hoy muchos desconfían de los políticos, de la democracia, de la izquierda, de la derecha, del que no es como yo.

Y solo hay un remedio y una solución bastante simple y que consiste en volver al simbolein (contrario al diabolein). Que donde haya odio ponga yo confianza, amor, entendimiento, paz, diálogo y verdad. Eso dijo San Francisco de Asis en una hermosísima oración que nos ha quedado. El hombre bueno no rehuye el conflicto, como parecen susurrar los desconfiados y los escondidos, al contrario, se enfrenta directamente a él, dice la verdad aunque le cueste, y se empeña en cambiar todo lo que puede la realidad para que las cosas sean distintas. Lo primero, desmontando el mal generado.

¿Qué más decir?

La desconfianza no es propia de Dios, que al fin y al cabo, sigue confiando en el hombre, y con la que está cayendo no es poco.

El agua de la fuente

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