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¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

Posmodernidad: de la clase social a la tribu.

La posmodernidad de finales del siglo pasado definía al hombre como un ser fragmentado, en descomposición, light y débil. Exigente con los derechos de bragueta y olvidadizo con las injusticias del Tercer Mundo. Pero todo evoluciona, y tras casi veinte años del siglo XXI, me atrevo a formular el siguiente paso del proceso. El hombre débil y light se agrupa en función de sus intereses y gustos más inmediatos, y lo hace utilizando la globalización que permiten las redes sociales para construir un nuevo modelo social: la tribu. Las empresas están al acecho para determinar a qué cuatro o cinco tribus pertenecemos, y así nos puedan vender sus cacharritos con más acierto. Afilan sus cuchillos para darse el gran festín.

La descomposición cultural no es nueva, se inició ya hace unos cuantos siglos. La muerte de Dios y sus sustitución por la razón o por la lucha de clases queda algo lejos, y el hombre trata de agruparse en función de sus apetencias más inmediatas, sus deseos más íntimos, ocultos o públicos. Ahora da igual. Es más, se puede pertenecer a tribus contrarias, enemigas u opuestas en intereses y resoluciones. No importa. La necesidad empuja a que formar parte de la tribu, la que sea, la que nos permita salir de la soledad de un móvil apagado. Ahí está la gente en las redes sociales, atrapados en la tela de araña y buscando compañeros con los que compartir el tiempo, incluso la vida.

Marx inventó el concepto de clase social para poder enfrentar a la humanidad en una lucha sin tregua: oprimidos y opresores; proletarios y burgueses; ricos y pobres. Nadie se libraba de estar en algún bando de la guerra, y los que no tomaban partido eran unos desclasados, unos ateos a la política, unos alelados que fumaban opio a espuertas mientras rezaban el rosario. Tal esquema reduccionista se mantiene en determinados discursos de la izquierda, y eso que la posmodernidad barrió con el muro de Berlín y con los Gulag del paraíso comunista. Pero el mundo sigue su camino, y ahora la humanidad se ha fragmentado en cientos de miles de tribus distintas. Muchas de ellas no son tribus implícitas, pero eso no importa. Consumos comunes, me gusta, y demás van configurando nuestra personalidad en las redes y en los mercados. Los pobres comunistas se han convertido también en tribu; o mejor dicho en muchas tribus distintas: desde los perroflautas hasta los barbudos, Errejones, podemitas o antisistema. Cada uno a lo suyo y viva el individualismo.

No digo nada nuevo si hablo de la muerte del marxismo. Llegó el fin de los discursos y de los mandatos ortoprágmáticos, eso fue la posmodernidad. Sin embargo, la deconstrucción humana se mantuvo y perseveró, hasta lograr abrir una brecha en la soledad de un corazón humano cuya única plenificación sigue siendo Dios. Soledad y tristeza en medio de la fiesta Nietzscheana.

La incoherencia se asentaba en el hombre que había perdido a Dios, y que quedaba desasistido ante los embates de un capitalismo feroz que ha ido aniquilando la trascendencia hasta convertir al ser humano en un cúmulo de fragmentos sin conexión. Somos nuestros deseos de consumo, nuestros gustos. Y nos alimentan con ellos para evitar nuestra trascendencia. La incoherencia no importaba ya, y el pecado quedaba anticuado y lejos. Dicho de otra forma, se podía ser activista de los Derechos Humanos por la mañana, y por la tarde maltratar a la familia. Posmodernidad y doble vida.

Ahora la posmodernidad ha dado un paso más. Los fragmentos inconexos del hombre contemporáneo se han vinculado a otros fragmentos semejantes encontrados en otros hombres que habitan el otro lado del planeta. La red conecta gustos y nos convierte en una nueva agrupación, la de la tribu. Las hay de todos tipos, desde los de Star Wars hasta las “metoo”. En nuestro planeta, los amantes de los platelmintos se unen en la red para intercambiar sus pareceres sobre los abusos que sufren los pobres gusanitos en los intestinos humanos. No dan tregua, aunque sean dos cientos en un mundo de casi 10 millones de hombres fragmentados. A veces llegan a millones, y les basta para conectarse con un “me gusta”. Me mola, me va, me va… Fragmentos buscando el fragmento gemelo que me alivie mi tristeza, mi enfado, mi deseo, mi yo.

Las tribus son subsistemas culturales incompletos que pretenden dar significado a sus miembros. Ofrecen un sentido parcial, recortado y rizomático, pero es suficiente para que sus miembros se sientan a gusto y protegidos. Dan sentido a la soledad, y proporcionan seguridad a un hombre débil que tiene miedo a casi todo, especialmente al ostracismo. Pertenecer a un grupo es la necesidad inmediata. Ya no importa mejorar el mundo, ni siquiera mejorar personalmente, ni mejorar en el trabajo. A la generación Z, la que nació en torno al año 2000, ya tiene claro lo que necesita. Un móvil, conexión y un par de buenos juegos en red. Con eso será feliz hasta que se agote. Por eso la peor tortura que se puede sufrir es que se burlen de él en la red. Débiles, fragmentados y agrupados en tribus.

Por eso en las redes como facebook la gente se agrupa y agrupa sus intereses, sus gustos, para proporcionar un significado que no es conseguido ni en el trabajo, ni en la familia, ni en los amigos de carne y hueso que nos son dados en la vida. Nos agrupan por juegos, aficiones, amigos de red y conocidos de la vida. Nos tribalizan y nos trivializan, y nos ordenan para podernos vender mejor y con más eficacia lo que deseamos. Estas agrupaciones no debaten, no discuten, no comparten más que información para sentirse bien, para no dolerse de la incoherencia. Nos enviamos mensajes con los que estamos de acuerdo para que los que son como nosotros nos den la razón y estén también de acuerdo. Y el colmo del gozo es que reenviemos tales mensajes con los que estamos de acuerdo.

El hombre tribu puede pertenecer a varias tribus sin problemas de coherencia. No le importa, entre otras cosas porque no piensa en términos de totalidad. Ni la filosofía ni la religión son generalizadas, son dos tribus más…

Por eso se puede ser de la red amigos de las hamburguesas a domicilio y a a la vez pertenecer a la tribu que odia el metano que despiden las vacas por la campiña inglesa. No hay más incoherencia que la que proporciona el mismo planeta. Ecologistas todos y consumidores a la vez; feministas todos y machistas a la vez; correctos  y rebeldes al tiempo. Es lo que mola. todos en todo, y unos pocos líderes manejando las tribus a su antojo.

Por eso los movimientos sociales son lo que son, Tribus de deseos comunes. Feminismos, ecologismos, voxistas, socialistas e independentistas, madridistas o barcelonistas. La clave es pertenecer a tres o cuatro tribus. Maś que nada porque sin ellas hace frío.

Los católicos, sin ir más lejos, somos desde hace mucho tiempo una tribu más, una subcultura cada vez más extraña para el mundo, y que sobrevive en una cultura fragmentada. Al menos tenemos la ventaja de estar junto a Dios, el único lugar de la tierra donde hace calorcito.

También las tribus pasarán…

Noticia de última hora: Julian, el chico australiano, está vivo.

Mentir se ha convertido en un negocio muy rentable. Basta con que uno lance noticias fáciles, mentirosas y emotivas, para que miles de internautas los clickeen volviendo a su creador en un tipo rico. Cuantos más usuarios visiten tus páginas, más dinero se puede ganar en publicidad, o simplemente en google, que paga por tener éxito. Por eso circulan por las redes sociales miles de noticas falsas, que se dan la mano con las verdaderas tratando a la verdad de tú a tú. Lo que no deja de ser algo diabólico. Pido perdón por inventar el titular, y te animo a que leas esta entrada sobre la mentira en nuestra cultura.

Está claro que mentir es una inmoralidad, pero siempre habrá peña que se lo crea, aunque sea a medias; mucha otra gente sí se lo cree, y a lo bestia. Decía Goebbels: Miente que algo quedará, y es que cuando descubrieron que manipular a las masas era superfácil, la clase política y sindical no ha dejado de mentir día tras día. De hecho ya venían mintiendo de antes. Dicen lo que piensan a medias, se callan sus miserias y airean las del prójimo con bastante poca honestidad. Le llaman juego politico, pero no deja de ser un juego cansino para los ciudadanos. Y mentiroso, porque no dicen lo que piensan y tienen deseos de engañar al electorado.

Es evidente que los linchamientos en las redes sociales existen porque hay gente que se cree cualquier mentira que le moleste o indigne; y está dispuesto a machacar a quién sea gratuitamente, sin criterio ni moral. La gente se cree lo malo a pies juntillas, y desconfia del bien, lo que no deja de ser paradójico. Los partidos políticos populistas se basan en la indignación, mucha de ella construida a base de mentiras.

Pongo un ejemplo: si digo que ha aparecido vivo Julian, el niño australiano asesinado en las ramblas de Barcelona. Alguno pensará que puede ser verdad, pero necesitará alguna ratificación de la noticia, porque es una noticia importante. Si nadie lo desmiente muchos creerán que es verdad. Otros sospecharán, hasta que la vean en otro medio semejante que lo publica (retuiteo que se llama). Si además (segunda mentira) digo que la familia está tratando de ocultar que ha aparecido, porque quiere cobrar una pensión de terrorismo que dan en España, la gente se empezará a indignar contra esta buena gente. Si luego un politico habla de poca claridad en la policía, ya no habrá quien levante la sospecha. Por mucho que digan, les será imposible desmentir la mentira; y aunque lo hagan, tendrá menos clickeo que la mentira, convertida ridículamente en viral y planetaria.

Desmentir impacta menos que mentir. Necesita más gasto y más dinero.

Tendrá que ser otra autoridad (el gobierno australiano o español) el que lo desmienta. ¿Y si no lo desmiente porque no se ocupa de esas cosas nimias? ¿Y si ya no son creíbles? La gente pensará que Julian está vivo y que su familia es malvada. O sea, que además de quedarse sin chico y sufrir un ataque terrorista en las Ramblas, serán perjudicados en las redes, se quedarán sin reputación. Eso sí, el inventor de la noticia se forrará con millones de clickeos de gente super feliz que debate durante días y años si lo que he puesto es verdadero o falso. Se retuitea, se reenvía, se reduplica la mentira… Se alimenta de la indignación latente y la desconfianza enquistada en la sociedad.

Cuando se miente sobre un suceso histórico (una noticia no contemporánea) pasa exactamente lo mismo. Siempre hay gente que afirma haber encontrado la tumba de María Magdalena y que la iglesia lo oculta en el Vaticano; o peña que repite que los españoles colonizaron américa con ayuda de unos extraterrestres del imperio inca. Hay cadenas empeñadas en difundir estas mentiras, incluso con formas pseudocientíficas.

Ciertamente, la historia sirve para justificar muchos actos contemporáneos de los nacionalistas, por ejemplo; pero también es la justificación del marxismo para iniciar la lucha de clases. Las mentiras empujaron al gobierno de US a desalojar a los españoles de Cuba en 1898, y las mentiras de la masonería hicieron otro tanto en Filipinas. La mentiras y las verdades han sido utilizadas durante las guerras mundiales para desacreditar al enemigo. Y para hacer creer a los propios que iban venciendo cuando estaban siendo derrotados. Lo llaman propaganda, o lo llamaban. Ahora es la libertad de las redes, una especie de libertad de prensa sin control moral y terriblemente mentirosa.

Lo que dice Mark Twain es bastante cierto, es más difícil destapar una mentira que inventarla. Por eso estamos todavía dando vueltas a las mentiras que se montaron sobre el Medievo en los siglos ilustrados, o las que crearon los franceses e ingleses sobre la leyenda negra de las Españas, creídas en nuestro país sin ningún criterio por sus intelectuales durante siglos. Luego vienen guerras civiles, exaltados y levantamientos amparados en mentiras y abusos en los discursos contemporáneos.

Lo curioso, y me centro en lo que me importa, es que nadie controla los contenidos más que cuando sobrepasan los estándares mínimos de lo que se define por decencia contemporánea: el racismo, el machismo y la violencia. Pero si la mentira indigna y genera violencia, eso no importa ni se controla; lo que me lleva a pensar que la mentira tiene las patas demasiado largas en nuestra sociedad, es rentable e impide cada vez más una sociedad pacífica, abierta a Dios y a su justicia.

Es el paso siguiente que da la posmodernidad, donde tras la fragmentación que desacreditaba la mentira y convertía todo en sospecha, regresa una especie de credulismo que alimenta la indignación y espanta el bien y la concordia. Las mentiras con éxito despiertan los odios y las emociones fuertes. Y, por desgracia, de la indignación al odio hay tan solo un paso. Una sociedad tan emocionalmente inestable como la nuestra, tan de osos de peluche y de indignados con rabietas infantiles, no hacen sino empujar a los pimpollos a la lucha. Como los terroristas, que creían hacer el bien, cuando estaban haciendo el mal. Y es que no lo distinguen.

La cortesía ortográfica.

Muchos debates en redes sociales comienzan hablando de cualquier tema (casi siempre política), y terminan ahondando en la ortografía y la escritura de la gente. Y es que hay peña que exhibe sin arrobo sus vergüenzas ortográficas creyendo que cuanto más zafios, más espontáneos y majetes son. Suelen recibir bastantes críticas, y es lógico, pues es más fácil recriminar a un pollo tomatero su faltas de ortografía que argumentar sobre el cambio climático, pongo por caso. Luego vienen los insultos contra los talibanes de la ortografía, y que escribir con faltas no es un indicativo de tener más o menos cultura.  Entonces responden otros cabreadísimos sobre el estado lamentable de la cultura, y no les falta razón. Suele ser entonces cuando abandono el tema para entretenerme con los deberes de mi hija, o con otros asuntos prosaicos que la vida familiar me ofrece.

Me molestan, aunque reconozco que no demasiado, las faltas de ortografía cuando son menores; pero me asombra y fastidia la soberbia del que escribe con más faltas que una embarazada en periodo de gestación y presume de ello chuleando al resto. También me golpean las faltas graves, esas que dañan a al vista y que me impiden seguir leyendo salvo que me inicie en el noble arte de la jaculatoria mariana. ¡Madre mía, Virgen Santa! Siempre son expresiones socorridas que ayudan a aligerar las emociones encontradas. Me da pena el infractor, y juzgo (pues ya tengo premisas y prejuicios para andar valorando) que el contenido de lo expresado flojea tanto como el que contenedor del fulano que la expresa. ¿Será un bachiller contemporáneo o un licenciado remasterizado actual? Y me entra un yuyu que vuelvo a la jaculatoria.

Decía Ortega, que la cortesía del filósofo era la CLARIDAD, y de la misma forma y parafraseando, la cortesía del que se comunica por escrito debe ser la CORRECCIÓN ORTOGRÁFICA Y GRAMÁTICAL. Lo contrario es la incomunicación, o la comunicación con interferencias. Dicho en román técnico: no se entiende una mierda, y vete a saber que c… dice este tío. Aprender a escribir con corrección ortográfica y gramatical es una de las tareas más elementales que debe enseñar la escuela; y si no lo hace, es mejor cerrarlas, resetearlas y volver a encender el disco duro de los planes educativos.

Es verdad que la ortografía es simplemente un convencionalismo. Se parte de unas reglas de juego heredadas por el latín, y se busca la eficacia y la claridad comunicativa. Ya está. Esas reglas de juego se expresan y clarifican desde la RAE, lo cual permite que podamos escribirnos y leernos sin que se nos salten las lágrimas de risa o de pena, y que podamos simplemente comunicarnos con gusto y corrección. Los cambios en las reglas ortográficas suelen ser molestos, sobre todo cuando se han asimilado las reglas anteriores. De ahí que deberían permitir siempre las reglas anteriores, sobre todo cuando la ambigüedad que toleran y proponen es mayor. Ahí está el famoso debate sobre “tomar un café solo” o tomar un café sólo”. Se equivocarán los de la RAE, sin duda, pero es un trabajo respetable y nada fácil el que les toca hacer. Yo solo pido no cambiar a peor. Perdón. Quiero decir que yo sólo pido no cambiar a peor.

También es verdad que no todas las reglas ortográficas tiene la misma importancia. Es más molesto en la lectura una ausencia de “h” que el olvido de un acento, y también hay que aceptar que algunas reglas ortográficas son complicadas de aprender, pues varían sutilmente según el contexto en el que se escriba, acentos diacríticos, palabras juntas o separadas, etc. Son pequeñeces, pero cuando uno se dedica al oficio de escribir, percibe que no es tan fácil ni claro escribir sin faltas. Y si eso le sucede a un escritor con folios de vuelo, que no le sucederá a un chavalito de quince años, o a un redactor de Televisión Privada.

Esas faltas, en mi opinión, son muy veniales cuando la comunicación es privada y personal, incluso me atrevo a decir que no son casi ni faltas. Pero cuando se escribe a un público amplio, o se redacta desde la Administración Pública, la corrección ortográfica es casi una cuestión de “marca nacional” y de juzgado de guardia.

Es curioso que en Secundaria no podamos poner los profesores como objetivo educativo el escribir sin faltas, pues los contenidos, incluso en la asignatura de Lengua Castellana lo impiden. Cuando los políticos dicen que hay que meter más horas de Lengua, casi nunca se acuerdan de la ortografía, y menos de la Literatura. Casi siempre se empeñan en meter más sintaxis, teoría del lenguaje y otros conocimientos, en mi opinión menos decisivos para la vida. Escribir correctamente es una cortesía que deberíamos enseñar a todos los ciudadanos. Lo de la sintaxis y el primo de Saussure pueden esperar un poco, creo yo, a que lo primero quede replandeciente.

Luego está el resto, el cotarrillo de la España contemporánea, cuna del castellano y refugio de listillos, donde emergen grafías inhumanas llenas de signos impronunciables. De todas ellas, la que más me mosquea es la del duplicado arrobático, que se ha extendido como grama por el monte. Es el signo “@”, que pretende sustituir el genérico masculino por el masculino y femenino a la vez. Asistí, hace unos años a un conferencia dada por un vasco de la Universidad suya, que añadía el femenino allí donde el masculino ya hacía su labor, creyendo que con tal vicio, nos informaba de que era muy feminista el tío. En realidad me abrió los ojos a la estupidez humana, pues se hizo tan tediosa y farragosa su explicación, que me juré que nunca hablaría ni escribiría así. Aquel hombre faltaba al deber de claridad y de corrección más elemental.

Luego han proliferado otros signos (“#”) que lo único que han logrado es que la gente que se cansa de escribir, se anime a escribir en jeroglíficos y en emoticonos, que es el nombre que reciben los dibujitos que se añaden a los textos.

Todo muy expresivo, pero poco claro de lo que realmente se siente. Y es que las palabras dichas con corrección son, y pueden ser además, bellas. Por eso enseñar ortografía debería ser cuestión de Estado, para que no nos quedemos sin poetas ni literatos.

Insultarse en las redes sociales.

Está claro que necesitamos unas lecciones extras de educación en las redes sociales, “la cosa nostra”, o sea internet. Me dirán algunos que la educación en general anda de capa caída, y es verdad. Pienso, a bote pronto, en cualquier tienda de ropa regentada por jovencitas recién contratadas, de las que se esfuerzan por tratarte educadamente, pero que no les termina de salir. Entonces recurren al buenrrollismo, o sea, te tratan guay, del tipo, “hola chicos”, “hija, te queda fenomenal” y demás colegueos, donde el tuteo que despliegan sin pudor es lo siguiente a insoportable. Se creen que son familia nuestra, y estoy seguro de que les encantaría formar parte de ella. Pero no. Como dicen algunos, no somos iguales, aunque algunos, acérrimos al buenismo, se empeñen en rebajar todo lo que no es mediocre.

En mi opinión, el pulso real de una sociedad se puede comprobar viendo el “insulto ordinario” en la red. Casi siempre es anónimo. Es decir, la gente no pone a caldo a su cuñado en facebook porque todo el mundo lo lee, y se lo pueden contar, y se te cae el pelo. Ni uno manda a la mierda a sus amigos, aunque piensen distinto a uno, ni les llama hijos de puta, así, por la cara. O sea, justo l0 contrario de la red, donde la peña se vapulea de lo lindo, se explaya a gusto y se quedan más agotados que un gato viendo un estanque de peces epilépticos.

Insultar sin ver la cara del otro, que es tanto como sin dar la cara, implica cobardía, zafiedad y pobreza moral. Los pseudónimos, nombres artificiales o virtuales, y la distancia del ordenador por medio, ha convertido las relaciones sociales, los foros y los chats en un auténtico estercolero. Son el espejo de la humanidad, la prueba de que las guerras son nuestra forma de entender la vida propia y ajena. Son el fin del Imagine de Lennon y del pacifismo de salón. Muestran, a las claras y sin tapujos, el carente amor por la humanidad de la mayoría de la gente. Pero además, exhibe la ignorancia en un escaparate donde sufro, por vergüenza ajena y porque me da grima, el alardeo del catetismo más orgulloso. Casi todos hacen bueno aquello de que “la ignorancia es lo más atrevido que hay”. La gente está engolfada de soberbia para deslumbrar a los demás con su ira, que no sabiduría, se creen los mejores, y para que todos veamos que son unos genios de la opinión, nos dan lecciones a los que estamos equivocados, y por supuesto, si no nos convencen nos insultan abiertamente.

Sin duda estos foros de debate sacan lo peor de la gente, en las antípodas del espíritu de los Ilustrados. Si Voltaire levantara la cabeza y visitara un foro cualquiera de esos, estoy seguro de que querría ser cartujo con voto de silencio. Sería como la voz discrepante, razonable y educada, que aparecen de cuando en cuando por los contenedores de tales debates, de esas que no tienen nada que hacer en medio de una jauría de perros, con perdón para los chuchos que ladran y dan la patita, que sin duda están más civilizados que algunos simios alopécicos a los que les encanta darnos su visión de las cosas.

Y es que cuando cualquier tonto se pone a opinar, pues sale cualquier cosa de su boca; el listo se lleva las manos a la cabeza, y los políticamente correctos nos cuentan que todo el mundo tiene derecho a decir memeces. Por supuesto, faltaría más.

Para mi que la verdad sigue siendo una, grande y libre (mira que cosas), la diga quien la diga. Por eso, estos vomitorios de pensamiento social en la red, son lo que son. El que no sabe, no sabe lo que dice, por mucho que lo vista de vehemencia. Y el que sabe y conoce, aunque no explique nada, sabe y conoce.

Hay que decirles a muchos, que los que no opinan, no es porque no tengan opinión, sino porque no les gusta contar a todo el mundo lo que piensan. El que no manda la típica foto de Rajoy con orejas de burro, en plan insulto, es por que suele respetar las opiniones de aquellos que sí les gusta Rajoy como presidente. ¿Tan difícil es entender que no todo el mundo es exhibicionista de sus ideas?

Yo viendo las redes me asusto, porque compruebo lo difícil que es opinar contracorriente de cualquier cosa. Y entre esos me incluyo a mi mismo, bastante discrepante de lo políticamente correcto, más por irracional, que por abundante. En fin. ¿Se atreve alguien a defender al toro de Vega? ¿Alguien paciente dispuesto a explicar los contenidos de su fe católica? ¿Algún voluntario en discrepar y decir que la Merkel es estupenda, y que Rajoy lo ha hecho bien? Ni los del pepé se atreven. Antes te defienden como demócrata a Franco con la Pasionaria montando un affaire.

Yo antes, por entretenimiento, aprovechaba para escribir algún comentario ambiguo, medio correcto medio airoso, y lo metía de rondón en la red en cuanto salía una noticia de yahoo. Luego comprobaba que era de los más aplaudidos, aunque pusiera bobadas políticamente correctas. “Les vamos a dar pal pelo” fue la más aplaudida, y eso que no decía a quién íbamos a dar nada. Si entraba en el mismo foro con otro nombre, e intentaba explicar algo con argumentos, era reprobado inmediatamente por catetos con faltas de ortografía. Que esa es otra, la gente que escribe con faltas y se creen grandes intelectuales.

No nos igualan, y eso de Julián Marías, que ha afirmado que la red ha agrupado a los estúpidos, no es cierto. Por desgracia, la red agrupa todavía a todo tipo de personas. El otro día recibí la opinión discrepante de un lector de este blog, por supuesto con un tono cortés y educado. Algo que, por supuesto, agradecí.

LA NOVELA DEL VERANO LA HE ESCRITO YO.

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Ya sé, ya sé.

No es forma de empezar una entrada en un blog que se precie de ser serio, elegante y hecho por un escritor que cuide su imagen pública. La verdad es que no la cuido demasiado, y habrá que empezar a fingir las alegres mentiras que unos y otros nos vamos contando a través de las redes sociales. Que si pensamos tal o cual cosa, que si nos gusta lo que leemos, pinchamos y cliqueamos por aquí y por allá. Como locos.

Y es que la vida en las Redes es terriblemente variada, unos se empeñan en contarnos sus opiniones políticas, sus exaltaciones personales, y otros nos deleitan con sus farras, fiestas, copas y ascensos y éxitos deportivos. En general nos juntamos para contarnos nuestras cosas, las que hacen la vida propia, la que se colma de nuestras rarezas y gustos.

Dicen algunos que en lugar de REDES habría que llamarlas telas de araña (spiderwebes), donde nosotros los insectos vamos cayendo y nos vamos quedando atrapados. Sin podernos mover y sin demasiado margen de maniobra. nos damos cuenta de que nuestro mundo, que aparentemente es enorme, se queda reducido a un pequeño círculo de gente que le da igual lo que hagas o digas, entre otras cosas porque no dices cosas que valga la pena escuchar con interés, o porque en este mundo nos conocemos todos y ya sabemos lo que pensamos sin hablar. Nos convocamos rápido y creemos por eso que nos comemos el mundo, pero no es así. Mas bien nos van a comer con cuchara y tenedor. Somos el postre de la araña de la tela.

La RED se parece una jaula llena de sordos que gritan para que les hagan caso, pero que descubren que nadie les está atendiendo, y perciben, en no mucho tiempo, que no pueden escuchar simplemente porque no tienen tiempo de hacerlo. Y mientras tanto llega la araña, la Viuda Negra peluda de ocho ojos, que son los que nos chupan gustos e información para vendernos mejor a sus dueños. Pulgones controlados por hormigas. Algo así.

La verdad es que tomarse un café o unas cañas, abandonando el móvil y sus conexiones es casi un acto de insumisión al poder controlador de las nuevas tecnologías. Eres como un pájaro que vuela demasiado alto para ser capturado por los nuevos gurús de lo virtual. Miramos el móvil en miles de micromomentos cotidianos a cual más absurdo. Para jugar a algo, para ver si alguien ha saludado, para resolver el sudoku, o para escuchar la música que nos apetece mientras estamos sentados en el vater, o en el bus, o bajando por el ascensor. O lo que sea. No queremos perdernos nada, y terminamos perdiéndonos en la tela de araña. Engullidos en el tiempo y en el espacio. Ñam, ñam.

Este tema me fascina, por eso estoy escribiendo una novela de CF, que en el gremio significa CIENCIA FICCIÓN. Tendréis que esperar al menos unos meses que termine de retocarla. Mientras tanto os propongo algo que realmente sí vale la pena y que entretiene haciéndote disfrutar sin estrés. ¿Qué es?

 

LA NOVELA DEL VERANO 2014.

 

Tengo que decir que también se puede leer en los siguientes años, pero no será lo mismo.

¿Qué cuál es? LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, por supuesto. Y la he escrito yo.

 

La podéis descargar gratis en el enlace que tenéis a vuestra derecha, o en la misma foto que pongo

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NOVELA HISTÓRICA. SIGLO XI. LOS CABALLEROS DE VALEOLIT.

Es una novela larga, histórica, de las que ahora arrasan en las librerías de moda. Es la lectura del verano, tanto en tamaño, como en interés y precio.

El tamaño sí importa. Siempre ha importado. Cuando en clase propongo una lectura la pregunta sine qua non es: ¿cuántas páginas tiene? Si pasa las 300 mejor dejarlo para después de Navidad, y si supera las 500 para el verano. Bien, pues es verano, y tenemos tiempo.

CONFIDENCIA: La novela se divide en tres partes, y cada una de ellas puede funcionar independientemente. ¿Una trilogía? Sí, vale, es una trilogía. Son tres novelas en una, una historia en tres partes, y cada una de ellas cuenta un momento distinto de nuestros caballeros: infancia, juventud y madurez. Es una novela de aventuras que recorre la historia, donde los personajes descubren la vida, maduran, se enamoran, se autoengañan, se ilusionan y se desengañan. Por eso es la novela del verano. Porque lo tiene todo, está bien escrita, y es un placer leerla con tranquilidad. No es un culebrón, entre otras cosas porque aunque la realidad daba para sapos y culebras, en este caso, la historia queda reflejada en el ambiente, en los personajes, en los sucesos reales de un tiempo tan pasado como verdadero e interesante. La novela se desarrolla además por toda la Península Ibérica, y eso hace que uno pueda comprobar y disfrutar recorriendo las calles de las ciudades, tal y como eran en el siglo XI: Burgos, Valladolid, León, Avila, Santiago de Compostela, Braga, Toledo, Badajoz, Córdoba, Granada, Valencia, Madrid, Zaragoza, y muchas otras más como Yecla, Carrión de los Condes, Aledo, Talavera o Simancas, Lleiria, Viseu… No sigo porque no terminaría. Entonces eran musulmanas, cristianas, amuralladas, con arrabales y mercaderes, con soldados y ganapanes. Casi igual que ahora.

Sobre el precio. Es gratis. No porque no valga nada, sino porque es una novela tan estupenda que no puedo ponerle un precio acorde al esfuerzo y agrado con que la escribí. Que lo hagan otros que sepan de negocios editoriales.

Tras cinco años de mi vida investigando, estudiando, y trabajando para que resultara un buen texto y una mejor narración e historia, puedo decir que su valor es incalculable, al menos para mí. Más adelante pasaremos la gorra y el cepillo pidiendo la voluntad a través de paypal, pero de momento me conformo con hacerme rico en virtudes y en prodigalidad. Es un regalo que mantendré de momento y mientras pueda.

Los que la van leyendo, que ya son bastantes, me cuentan en momentos informales de la vida española tan nuestra, que les ha encantado, que les ha gustado, que es buena, que es larga, sí. Pero que PARA EL VERANO ES PERFECTA. Que no tiene nada que envidiar a las novelas que encontramos por ahí. Gracias me dicen, me ha hecho disfrutar mucho. Yo he leído la primera parte. Yo no pude dejar de leerla.

Yo aún no he empezado…

SILENCIO EN LA SALA

¿Qué dices?

Se hace un silencio sepulcral en el círculo de amigos. Todos miran al incauto que ha preferido leer a Dan Brown antes que los caballeros de Valeolit de mi amigo Antonio.

Si es buenísima. Le contesta cualquiera de ellos. Y yo me siento fatal viendo que por mi culpa no se lo ha leído todavía.

Pues no se hable más.

No pienso prohibir descargas durante el curso, pero ahora que llega el verano, no puedo menos que contar lo mío. La novela es estupenda, y la regalo porque me da la gana regalar mis libros. Si yo los cojo de la biblioteca y me los pasan gratis algunas páginas amigas tipo pirata, o los compró porque me apetece, ¿por qué voy a poner puertas al campo? REGALO DE LA CASA, y ya me contarás que te ha parecido. Así de fácil.

 

Enfín, no quiero contarles nada más para no cansar. Los sesudos comentarios sobre la historia de siglo XI en Castilla y León los dejaremos para más adelante. De momento, disfrutemos del verano con…

 

LOS CABALLEROS DE VALEOLIT.

y que sea lo que Dios (y su Majestad el rey Alfonso VI) quiera…

 

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