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Publicación del libro: PRIMERAS PALABRAS ATADAS.

A principios de Noviembre, entre revisión y revisión de un libro de ciencia ficción que no termino de acabar, me sugirieron que recopilara y seleccionara los artículos y las entradas que he ido publicando en este blog. La idea no me pareció mala, pues muchos de aquellos artículos eran bastante buenos e interesantes, y era probable que tras la maraña de nuevas entradas se perdieran las perspicaces reflexiones que entonces se pudieron hacer.

Ciertamente, llevaba cuatro años en PENSAR, ESCRIBIR, AMAR Y REZAR, y desde entonces no ha parado de crecer el número de lectores y de seguidores. A todos ellos, gracias.

Sin embargo, era la hora de comprometerme y ofrecer una selección, recopilación de aquellos textos, de aquellas palabras atadas.

Empecé a releer con la extraña sensación de mirarme en un espejo, de redescubrirme en un pasado no muy lejano. Era como volver a un viejo diario para encontrarse con inquietudes dormidas, muertas, como regresar a uno mismo, a la tierra donde uno vivió y estuvo.

Encontré ademas que el número de artículos acutales y vivos, trabajados y elaborados, era muy abundante. Lo que me obligaba a acortar la edición que tenía pensado hacer, desde un primer momento, en versión ebook, y que luego he ampliado a versión papel por las facilidades que da la multinacional amazon para editar bajo demanda.

El libro es simplemente lo que es. Una recopilación antológica de las mejores entradas del año 2014. Son las primeras palabras atadas a los lectores y a esta bitácora de escritor, comentadas jugosamente con los sucesos que rodearon algunas de ellas. No están escritas al albur, y algunas de ellas despertaron reacciones diferentes en los lectores, que por entonces era sobre todo de Bembibre, lugar en el que vivía. Muchos leyeron a escondidas las entradas que criticaban y hablaban veladamente de los problemas del instituto donde trabajé. Los primeros artículos virales llegaron en pocos meses, y me sorprendieron. No por lo qeu ponía, sino por lo que la gente pensaba que ponía. En cada uno de los artículos y entradas hago un comentario sobre su razón de ser, su porqué.

Recorrer aquellas páginas me ha emocionado, alterado, enervado, enamorado. Me ha hecho pensar en lo que siempre hemos pensado, lo que siempre hemos amado y buscamos. las palabras escritas ya no se las lleva el viento del Bierzo. Con esta recopilación quedan atadas, al menos para el que quiera reflexionar y pensar con ellas.

Gracias.

 

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Bembibre en el Bierzo.

bembibre

 

En el Alto Bierzo, y en la entrada a la tierra prometida del Bierzo (provincia equivocada de León) se encuentra Bembibre, su capital. La segunda más importante en tamaño en las tierras bercianas, al Oeste de León y sin querer ser León. Un lugar inolvidable para mi, tras dos años de estancia y de trabajo. Un sitio para detenerse y disfrutar, un lugar para quedarse a vivir, para compartir amistades y personas. Como así ha sido.

En Bembibre he visto crecer a mis hijas. La pequeña aprendió en sus parques a subirse a los columpios, a pronunciar sus primeras palabras y sus primeros saludos, a toquetear todo lo que podía en el Mercadona donde trabaja la mamá de una buena alumna, a hablar con el pediatra del Centro de Salud y su adusta enfermera. ¿Y la mayor? La mayor se va con cinco años, muchos amigos de clase, y estoy seguro que grandes y pequeños recuerdos para toda la vida. Desde el colegio de las monjas, como aquí le llaman, hasta el rostro amable de su profesora de infantil.

Los sitios donde uno a vivido se clavan en el alma como garfios y no se sueltan por nada del mundo. Calles, plazas, solares, muros y pequeños espacios que uno no ve cuando es adulto, pero que se graban en la mente y se quedan allí para toda la vida. Por experiencia sé lo que es vivir en lugares distintos, Javea, Tarragona, Valladolid, Salamanca,… añado Bembibre, que ya es un lugar especial en mi vida y en la de mi familia.

Me llevo el recuerdo feliz de Sonia y de su familia, y con ella de los buenos compañeros del instituto donde he trabajado. Me llevo la sonrisa de los alumnos, muchos aficionados al fútbol, (aunque no del Pucela, claro), barça, madrid, o su atlético de Bembibre. Me llevo en el alma la alegría y la espontaneidad de muchos chicos y chicas de clase, algunos demasiado dispuestos a salir de Bembibre para buscar un futuro lejos de la casa que los vio nacer. No quieren quedarse más en el pueblo, pero algún día volverán, pues nadie olvida sus raíces, aunque ahora no lo sepan. Me llevo a los padres de otros compañeros de cole, vigilantes todos en el parque, como si fuera una sola familia. Me llevo un trozo de Cabo Verde, y el alma de algún que otro pakistaní bueno. Y que quedo con todo el alto Bierzo porque no hay tierra más bella que esta. Desde el Catoute hasta San Facundo, desde Igueña hasta la Virgen de la Peña, que reza por todos los bercianos en el silencio de su roca.

Me quedo con la gente de estas tierras: buena, gentil, amable y sobria. Han labrado su pasado y su historia reciente en golpes de pico y pala, bajando a la mina de carbón, para arrancar a la tierra el escaso jornal. La naturaleza les ofrece todo a lo que puede aspirar alguien que lo desea todo: un pequeño jardín donde cultivar patatas, lechugas, acelgas, tomates o pimientos, algunos frutales amigos y buenos paisajes.

Los pimientos los asan entre septiembre y octubre inundando el aire del aroma de sus brasas. Muchos son comprados en el mercadillo, y otros los cultivan en los alrededores, donde en sus casas de campo contemplan la vida esperando que todo mejore, con más trabajo para los hijos, y más futuro para el Bierzo. Y esperan a que llegue el invierno para cambiar el aire húmedo del otoño por el olor de sus calderas de carbón. Lo guardan bajo sus casas, en capazos y baldes llenos de eficacia, pues huyen del frío y de la noche, con el miedo del que prefiere vivir las horas del día con la intensidad, por ser las mejores horas del universo. Tejados de pizarra y castaños frondosos, curan sus embutidos con el humo de sus hogueras, y ven caer la nieve por los alrededores seguros de que será un buen año.

En Bembibre, el día está lleno de luz, incluso en los días en los que las nubes cubren los cielos amenazando descargar sus dedos sobre sus vecinos. Luego llegará el botillo, su plato típico hecho con sobriedad y pimentón. Lo exaltan y lo disfrutan en días fríos, recordando, junto con el otoñal Magosto que la castaña fue su alimento durante mucho tiempo, cuando los cereales escaseaban, y las comunicaciones los aislaban en estas montañas entre Galicia, León y Asturias.

El alma del altoberciano es jovial y risueña, les gusta celebran las fiestas del Cristo con más tranquilidad que devoción, y se entregan a su pueblo con la certeza de que es de ellos, que les pertenece, que no es León, pero tampoco Ponferrada. Guardan los carnavales con esperanza de que el cielo les acompañe, y se disfrazan convirtiendo el sábado de ceniza en sábado de piñata. En Diciembre se envuelven bajo el manto de Santa Bárbara, patrona de los mineros, que celebran porque saben que la vida y la muerte se debe a la santa protectora. Son el gremio laboral que más vive vinculado a su patrona, y tienen, no ya conciencia de clase, sino conciencia de oficio y de sacrificio, conciencia de pueblo. Y su santa los protege, y ellos a sus familias.

En invierno se apuntan a la piscina, niños y mayores para aprender a nadar, y cuando se asoma la primavera y los primeros calores, desfilan por sus jardines infantiles pequeños y mayores. Los matrimonios, jubilados y señoras pasean hasta San Román buscando un oportunidad para detenerse en el Tanatorio y saber quién ha pasado a mejor vida, quién ha dejado este mundo hostil. Quieren saberlo todo y preguntan. Y pasan los días, y tras las lluvias plantan sus nuevas semillas, y contemplan las flores crecer con singular frondosidad y belleza, como si siempre hubiera sido así, como si nadie se hubiera empeñado en que fueran hermosas

¿Marchaste? ¿Corregiste? Todo indefinido, como evocando que no hay pasado cercano, ni pretérito perfecto. Son afables y agradecidos en general, y con carácter para expresar indirectamente lo que molesta y enfada. Son sus gentes las mejores, sin decir lo que piensan, dicen lo que sienten sin palabras. Y cuando las usan las armonizan con músicas gallegas, asturianas y leonesas únicas en su habla. Cuando pase por tu portal te pico, dicen. Y dicen mucho más que no se dice en ningún otro lugar. Porque son de Bembibre.

En pocos sitios he recibido tanta gentileza y amabilidad por parte de padres, alumnos, vecinos y conocidos. Es verdad, que ha habido de todo, y que no con todo el mundo andamos bien, pero las muestras de aprecio, sonrisas gratuitas, y mensajes de agradecimiento a través de correos electrónicos me han llenado el corazón, y no podía menos que devolver las gracias a las gentes de Bembibre que tan bien nos han tratado.

Gracias.

Y pido para ellos un respeto, y pido un futuro, a aquel que pueda atenderlo. Pues lo merecen y lo necesitan.

Por Bembibre.

 

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¡Desconfianza!

He tenido la desgracia en los últimos tiempos de verme rodeado en el trabajo de un ambiente de desconfianza disolvente y machacante. Les aseguro, que tras esta experiencia laboral, aquel sugerente dicho que afirmaba que donde hay confianza da asco, me parece ahora una delicia. Porque la desconfianza es lo más pernicioso que hay para el ser humano, y a las pruebas (y a la experiencia incluida en el insti del Bierzo en el que curro) me remito.

La desconfianza ahonda en lo peor del hombre. Rescata y saca a la luz una serie de mecanismos de protección, que se convierten a la larga en una cadena esclavizante para cualquiera que lo viva. La desmotivación está garantizada en un ambiente así, del que el principal responsable es el superior, que no siempre se entera que cuando hay mal ambiente y desconfianza la gente trabaja peor. Dicho sin ambages: si uno trabaja rodeado de gente desconfiada, termina trabajando de otra forma, o sea sin ganas y estresado. No ofrecerá todo lo que puede dar, y en cuanto pueda se largará a otro sitio. La desconfianza es una fuerza centrífuga que arroja fuera de sí cualquier calor humano que pudiera haber, cualquiera creatividad y cualquiera buena idea. Es diabólico en el sentido más etimológico de la palabra, dispersador, engañador y centrifugador de afectos e inteligencia. La desconfianza acaba engendrando mediocridad y tristeza.

Es fácil comprobar como en ambientes donde unos desconfían por sistema de otros se genera una conducta hipócrita edificada en una ética heterónoma infantilizante. En estos lugares muchos acaban hablando bajo para que no nos oigan, se oscurecen las razones de porqué se convoca tal o cual reunión; hay que estar, pero no dicen para qué por si acaso nos vamos de la lengua. En estos ambientes se disimulan los afectos, pocos dicen lo que piensan para evitar ser señalados, e incluso las conductas comprendidas en otros lugares como normales, se hacen sospechosas hasta corromper la conciencia más equilibrada y tranquila del mundo. Aunque la conducta sea adecuada, razonable y buena moralmente, (en una palabra pensada), se duda y se genera una culpabilidad en los más débiles moralmente, fruto de las miradas aviesas, los controles y las conductas manipuladoras de los más desconfiados, que siembran una atmósfera de maldad y sospecha sobre el otro. ¿Lo estaré haciendo mal cuando todo el mundo piensa mal de todo el mundo?

Todo se anota, se supervisa y se firma, nadie puede escapar a un control normativista absurdo, hecho por los más desconfiados para aparentar seriedad, cuando realmente lo que expresa es la más profunda desconfianza respecto a lo que el otro me puede ofrecer. Antes de que el otro falle, le obligo a que acate las normas de la empresa, del instituto, del grupo o de lo que sea. El otro vale poco sin normas que le obliguen, parecen querer decir. Estos ambientes son odiosos y nadie los quiere, pero cuando llegan es difícil evitarlos. Se requiere tiempo para cambiar las cosas, y en estos ambientes hay que desmontar el recelo y el rencor acumulado por años de sospechas.

La desconfianza se percibe en cuanto notas que algunos se esconden para evitar problemas, en cuanto no se dicen con claridad las cosas, cuando no hay ideas y nadie manifiesta la más mínima creatividad. Se aprecia cuando solo hay ideas nuevas para uniformizar, para igualar lo distinto, o para someter al desconocido que trae aires nuevos. Es un grito a la inteligencia ver que el trabajo del otro no se respeta, que se desprecia pública o privadamente, donde se murmura sobre tal o cual conflicto ordinario. Algunos siempre están echando mierda sobre el otro, quizás porque desconocen todo del otro, o porque creen conocerlo demasiado bien. Nunca se ciscan en el que se oculta y disimula, por lo que acaba siendo la conducta más estimada en estos ambientes. Pasar de todo, y esperar el relevo. Como las legiones romanas de Petibonum. El problema es que cuando se disimula y uno se esconde se queda a merced de los peores. Un ambiente de desconfianza se percibe enseguida porque en lugar de trabajar con alegría, la peña fluctúa entre el escaqueo, el miedo, o la mediocridad compartida.

A lo largo de estos dos años he comprobado como uno de los primeros males que genera la desconfianza humana es el resurgir incontrolado de normas y reglamentos internos. Como no se confía en la naturaleza humana, ni en el otro, se prefiere confiar en las normas. Se crean normas de obligado cumplimiento para evitar que las personas sean personas, y se construye un edificio laboral alienante y ridículo. En estos lugares todos tienen que trabajar exactamente lo mismo, de manera idéntica y uniforme, y el que no haga lo que decimos nosotros los desconfiados rompe las reglas del juego. En un ambiente de desconfianza es fácil que los peores impongan a los mejores sus igualitarismos uniformizantes con su mediocridad. Nadie puede ser especialmente creativo, ni generoso, ni bondadoso, ni humano, ni blando con el alumno, ni duro con ellos. Todos tenemos que suspender lo mismo como profes, se dice. Es lo que destacó Nietzsche en su genealogía de la moral, la desconfianza de los que se consideran buenos acaba aplastando a los que son mejores a ellos. En un ambiente de desconfianza los peores compañeros se quejan de que son los malos de la película, sin reparar en que efectivamente son los peores y los malos, y que actúan manipulando a los demás para que sean como ellos. Darth Vader era un malo que no se quejaba de ser malo, pero estos desconfiados se quejan de que no son malos los demás, se convierten en malos sin escrúpulos, en malos mediocres y cutres. Malos insatisfechos, y sin conciencia de su maldad, que es lo peor.

Decía un amigo mío hace unos años, que hay que evitar acabar como ellos, como esta gente que desconfía de los demás, entre otras cosas porque nunca respetan a los compañeros. No respetan (ni confían) en que el otro es tan buen profesional como ellos, y no respetan que tengas ideas buenas distintas y originales, cuando ellos no las tienen. No respetan ni aceptan que te lleves bien con el alumnado, que escribas tu material, que seas bueno dando clase, que apruebes a más alumnos que ellos, y crearán por todos los medios mecanismos para generar desconfianza entre tú y tus alumnos. Son maledicentes por naturaleza, y generan atmósferas opresivas en los centros de trabajo donde están.

Desconfían porque piensan que los demás les roban cosas, que los otros hacen las cosas con maldad y a sabiendas, que el otro les miente porque no se atreve a contar la verdad. Y aunque les cuentes la verdad una y otra vez ellos siempre tendrán su fantasiosa versión llena de cotilleo y resentimiento. El que desconfía del otro lo somete a control, y en ese control se crean normas y normas para que el otro, (un geta según nuestro gran desconfiador), no se escape haciendo lo que quiere, que es lo que harían ellos si pudieran. En realidad no es que haga lo que quiera, es simplemente que no hace lo que el desconfiado quiere. Es una forma sutil y dramática de manipular al otro, forzándole a ser como ellos.

La desconfianza genera antipatía y odio por el otro. Se le deja de querer para convertirlo en un objeto del que uno puede deshacerse, relegarlo, jubilarlo, o incluso promocionarlo para quitárnoslo de encima. Cuantos ambientes enrarecidos han dado lugar a un odio disimulado, a una animadversión permanente, donde cuando pueda me la pagará. Es la desconfianza la responsable, y sus desconfiados vientos.

Esto que se genera y he conocido en un ambiente de trabajo cotidiano, ¿qué no será en una sociedad donde la desconfianza se instala en la mentalidad y la atmósfera de toda la sociedad o la política? Imagino los países y lugares en la historia donde la desconfianza generó en guerra civil, como aquí en España. Nadie confiaba en que los demás cumplieran las normas, nadie confiaba en que el otro tenía ideas propias que podían ser buenas o al menos discutibles. Nadie confiaba en el que no era de su bando, y el odio se fue instalando en las mentalidades más rencorosas y primarias.

Por desgracia en nuestra sociedad parece que la desconfianza, que es un mal moral y ético, distribuye sus tentáculos de hidra venenosa sin control. Muchos medios de comunicación siembran la desconfianza en el adversario político, tertulianos de oficio con la desconfianza por regla han generado no pocas veces sociedades donde el común deja de pensar para empezar a desconfiar. Hoy muchos desconfían de los políticos, de la democracia, de la izquierda, de la derecha, del que no es como yo.

Y solo hay un remedio y una solución bastante simple y que consiste en volver al simbolein (contrario al diabolein). Que donde haya odio ponga yo confianza, amor, entendimiento, paz, diálogo y verdad. Eso dijo San Francisco de Asis en una hermosísima oración que nos ha quedado. El hombre bueno no rehuye el conflicto, como parecen susurrar los desconfiados y los escondidos, al contrario, se enfrenta directamente a él, dice la verdad aunque le cueste, y se empeña en cambiar todo lo que puede la realidad para que las cosas sean distintas. Lo primero, desmontando el mal generado.

¿Qué más decir?

La desconfianza no es propia de Dios, que al fin y al cabo, sigue confiando en el hombre, y con la que está cayendo no es poco.

Jimena Muñoz, un gran personaje de Los caballeros de Valeolit

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Hola a todos los lectores de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT

Me decís que es una magnífica novela, y que os está gustando bastante, pero que es larga.

Incluso JM me contó que le había fastidiado un viaje porque quería acabarla, y le enganchaba y quería descansar, y no podía dejarla.

Me siento halagado porque si engancha es que está bien montada la trama, aunque reconozco que lo que más que interesa es la forma literaria, cosa que no sé si consigo siempre. Enfín, uno es exigente consigo mismo y con lo que ofrece. Supongo.

Para los que os cuesta más arrancaros a leerla. La novela se divide por partes, y se puede leer parcialmente, dejarla un tiempo y luego proseguir.

La primera parte se titula: Los hijos de Pelayo. Es la presentación de los personajes.

La segunda parte se titula: Lealtad y promesa, y cuenta la época entre la muerte de Fernando I el Grande y el reinado de su segundo hijo Alfonso VI.

La tercera parte es parte del reinado de Alfonso VI y se titula: El Testamento de la Reina Sancha.

Incluso diseñé la portada de cada apartado, y os lo pongo.

Los que no os la hayáis descargado ya sabéis que podéis bajarla GRATIS en

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

Os dejo las portadas que diseñé.

Por cierto la foto está tomada de la Torre del Castillo de Cornatel, en el Bierzo. De la que fue Tenente doña Jimena Muñoz, amante de Alfonso VI, con quien tuvo dos hijas: Teresa Alfónsez, que casó con Enrique de Borgoña y fue la madre del primer rey de Portugal, y Elvira Alfónsez, que casó con el conde Raimundo de Tolosa.

No me preguntéis más porque sale en la novela.

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Para los que os gusta poner caras a la gente.

No he encontrado la de Jimena Muñoz, pero sí la de su amante el Rey, y la de su hija Teresa. Es lo que tiene ser la concubina del rey, y que nunca te ofrezca matrimonio en serio. Luego no sales en las fotos.

 

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