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Figura paterna y figura materna. Reflexión sobre San José. Fiesta del 19 de marzo.

Una de las consecuencias más llamativas del creciente feminismo excluyente, fruto de las ideologías de género, es la desaparición de la figura paterna en el relato contemporáneo y posmoderno. Mientras que se celebra y se recuerda a la mujer en unas cuantas variantes, no muchas; la figura del varón está prácticamente desaparecida en casi todas las suyas.

El modelo cultural de mujer que actualmente se ofrece no es demasiado variado, y se suele reducir a los arquetipos culturales que trata de imponer las ideologías de género. A saber: la mujer “modelo” es la que es trabajadora, la empoderada, la single en todas sus variantes, la que se enorgullece porque aborta, se masturba o enseña las tetas para gritar al mundo que son de ella. La imaginería actual la sitúa trabajando, empoderándose y gritando henchida de soberbia; pero la olvida y la relega cuando es ama de casa, cuando cuida a sus padres o cuando es madre, esposa y se sacrifica por los suyos con humildad y templanza.

Tan mujeres son las primeras como las segundas, pero ciertamente, unos modelos son exaltados y otros perseguidos, incluso denostados como negativos, ridiculizados y borrados de la presencia pública como si fueran un invento del machismo, de los hombres o algo parecido. Nada más lejos de la realidad que pretenden imponer a las mujeres que nos han precedido en la historia de la humanidad, y cuya visión tratan de imponer a la mujer contemporánea.

En el caso del varón, la figura que proyectan las ideologías de género son todavía más reduccionistas. Casi todas son negativas o inexistentes. En general el hombre es visto como un tipo violento, agresivo, con bajo autocontrol, y poca capacidad para no mirar el culo o las tetas de una jovencita. En resumen, la imagen del varón es la de un machista y un cabestro. Un ciudadano de segunda fila que no entiende lo que pasa, un opresor autoritario y machista que hay que perseguir y domeñar. Salvo que sea homosexual, o feminista de género sobrevenido, que entonces se le puede tolerar. Casi nunca se valorará en positivo lo que significa ser varón, ser hombre, ser padre o ser esposo salvo que asuma las funciones que tradicionalmente se le achacaban a las mujeres hace unos años.

Es decir, si un hombre pone la lavadora es un gran hombre, pero si un hombre trabaja y lleva dinero a casa, entonces es sospechoso. Curiosamente es al revés que una mujer. Si una mujer lleva dinero a casa, entonces es una gran mujer, pero si pone la lavadora, entonces está oprimida y hay que liberarla.

Me interesa, más que los roles sociales y organizativos, la figura de la paternidad y la maternidad, porque son los arquetipos más importantes que construyen la familia, y son por tanto, los imprescindibles para transmitir sostenibilidad y equilibrio a la siguiente generación. La figura de padre que tiene la sociedad actual es heredera de la paternidad recibida, y lo mismo sucede con la maternidad. Por eso una paternidad sesgada, inexistente, difamada, no podrá generar figuras paternas equilibradas en el futuro, y lo mismo le va a suceder a la mujer. Los jóvenes y las jóvenes no quieren tener hijos, entre otras cosas porque los modelos experimentados han sido fragmentados y disueltos.

Los crecientes divorcios, separaciones, relaciones no estabilizadas, paternidades y maternidades fragmentadas y repartidas con los abuelos… son modelos que se extenderán a las siguientes generaciones como los mejores y posibles, por ser los vividos. Incluso aunque sean peores objetivamente que los que producen estabilidad afectiva y familiar. La crisis familiar no irá a menos con las ideologías dominantes, que claramente tienen como objetivo la destrucción de la familia natural occidental, la que es formada por un padre, una madre y varios hijos. No es fruto solo del ataque de las ideologías de género; el capitalismo liberal con su modelo disolvente es el principal responsable del estado actual de la familia.

Los interrogantes a estos temas nos dan respuestas molestas e insidiosas con los estilos de vida pautados. ¿Caminamos hacia un modelo de familia equilibrado y sostenible? ¿Qué valores transmiten  los arquetipos sexuales y de género actualmente implantados en la sociedad?

La paternidad ha sido asociada tradicionalmente y desde hace siglos, a dos valores imprescindibles y necesarios para educar a los hijos y hacerlos felices: autoridad y ternura. La autoridad del padre formaba parte de la firmeza con la que se educaba a los hijos, representa las normas, y en los freudianos fue simbolizado desgraciadamente con  la represión y el Superyo. Para los cristianos, la paternidad de la experiencia religiosa es Dios, que se comprende desde la experiencia cristiana como autoridad y como ternura. Jesús tiene autoridad, pero desde su autoridad es amor y ama hasta el límite de dar la vida en la cruz. Un padre es alguien que hace todo lo posible para que sus hijos sean felices, pero lo hace sabiendo que hay que reprender para enderezar lo torcido. Y hace eso por amor.

La maternidad ha sido asociada tradicionalmente al valor de la ternura incondicional. En varios pasajes de la Biblia se afirma que Dios ama como una madre protege y cuida a sus hijos, los alimenta y quiere dándoles la vida. También forma parte de la visión que concebimos hoy día  de Dios. Misericordia sin límites. Quizás en la teología podríamos decir que Dios es padre desde la autoridad del que endereza lo que se dobla, el que nos educa y enseña la verdad con paciencia, pero es también madre en cuanto que ama con un amor incondicional a sus hijos. Las dos imágenes son complementarias, y nuestro lenguaje siempre es más imperfecto que el misterio del que hablamos.

Sin embargo, la imagen de la maternidad es simbolizada en Freud con el Ello. Precisamente lo contrario de la autoridad normativa representada en el Superyo. No es casualidad que en nuestra sociedad el concepto de autoridad no viva su mejor momento, tampoco es buen momento para los varones, para la paternidad en familia, o para los oficios que precisan de un principio de autoridad: policías, maestros, políticos o médicos. Todo el mundo quiere decirles lo que tiene que hacer. En cambio, el concepto de disfrute, hedonismo ilimitado, narcisismo extremo son defendidos y se vinculan a la imagen que debe alcanzar la mujer para ser la mujer modélica de hoy. Por eso hoy el discurso feminista es el “único” discurso posible socialmente hablando. Nada de sacrificios, nada de apostar por los hijos, nada de renunciar al poder. Eso quieren de ellas.

Para los cristianos San José representa el modelo de varón, de padre, de esposo, de paternidad y de amor profundo hacia la esposa y hacia los hijos, a los que educa y enseña.  Es un buen modelo de vida. No es violento, ni agresivo, ni desprecia a su mujer; al contrario, la ama y la respeta hasta el límite de su honor. San José es un modelo de varón para los cristianos.

Su esposa, nuestra madre la Virgen María, representa el modelo de mujer, de madre, de maternidad y de amor profundo e incondicional  de la que se entrega a su familia hasta el límite de la cruz y de su misión en la comunidad cristiana. Su amor no es egoísta, no busca empoderamientos humanos, que siempre son tentación para oprimir a otros. Su gran deseo es hacer la voluntad del Padre Dios. Igual que San José.

 

El futuro de Occidente: hacia la cultura de la basura.

Este comentario seguro que le da mucha grima a Trump y Putin, que cualquier día se reúnen en una cumbre de esas, internacionales, donde comen jamón y gambas. Hoy hablamos del fin de Occidente, que es lo mismo que decir del mundo globalizado que hemos diseñado. El fin de Trumpismo y el Putinismo (que no putismo).

La cultura Occidental tiene varios problemas antropológicos muy elementales (y muy graves), de esos que nunca hemos resuelto y que vamos camino de enquistar para nuestra desgracia. Y el más gordo de todos es la sostenibilidad energética y el agotamiento de los recursos.

Es elemental que las culturas gasten la energía que necesitan para subsistir. En general, en siglos anteriores, y no me invento nada, la energía era escasa, y se intentaba por todos los medios no gastar más de lo necesario. No se derrochaba, y se trataba de aprovechar el máximo posible. Es decir, el molino no seguía dando vueltas con el burro atado cuando no había trigo que moler. Tampoco agotábamos a los remeros de un barco hasta matarlos, usábamos del viento, los recuperábamos y luego volvían a remar. En aquel mundo, cualquier brizna del aire era un regalo de Dios y de los ángeles del cielo que velaban por los marineros.

Hay una primera regla cultural y antropológica básica: la energía que usa una cultura tiende a ser proporcional a los recursos que obtiene por ello. No gasta más energía si no obtiene recursos por ello. ¿Para que voy a encender una chimenea si no hay nadie en la casa? ¿Para que mover un barco de pesca si no voy a pescar? ¿O llevo gente a casa y monto una posada rentabilizando el calor, o apago el fuego? De cajón, vaya.

Y una segunda regla que se sigue de la anterior: los recursos de una cultura tienden a determinar el número de hijos, y por tanto su crecimiento demográfico. Si hay recursos se tienen más hijos. Si hay sitio para todos vivimos juntos, y si no, se marchan colonizando otras zonas con esos recursos adquiridos y sobrantes. La cultura y el manejo de un colono también puede ser un recurso. Reproducirá su cultura, su energía y sus recursos. Necesita sitio, claro.

Pero cuando no hay esos recursos, o las condiciones geográficas son limitadas, las culturas no pueden tener tantos hijos, y de manera indirecta ponen trabas a la reproducción, porque no hay demasiados recursos para todos, eso sucede hasta alcanzar un nuevo equilibrio entre energía, recursos y población. Lo pongo en cuadro, que me mola, y hago explicación del asunto.

  1. Poca energía, pocos recursos, pocos hijos: cultura de supervivencia o en contracción. El ejemplo es la humanidad en el paleolítico, o en las culturas actuales de cazadores y recolectores. Suelen tener un equilibrio entre el número de hijos y la energía y los recursos que tienen. Son los pigmeos en África. Esta gente ha visto disminuir todavía más sus recursos (por la expansión de occidente), y se han visto empobrecidos y conducidos a su extinción. Lógico. En condiciones normales suelen sobrevivir sin demasiadas enfermedades, con abundante y variado alimento. Por supuesto, casi ya no existe ahora, pero es el modelo al que retornaremos en un periodo no demasiado largo (profetizo unos 500 años). Venga, una porra.
  2. Mucha energía, pocos recursos, pocos hijos: cultura desajustada que derrocha energía. Cuando sucede esto, la cultura se acelera de pronto, empieza a producir a un ritmo acelerado, y a tener muchos hijos. Es el momento previo de la revolución industrial o neolítica. Los días previos a la locura y el desequilibrio. El descubrimiento de una nueva tecnología produce esta situación. De repente un grupo se enriquece muchísimo porque ha descubierto algo. Las antiguas formas de vida de esa cultura se extinguirán en poco tiempo. Esta cultura continúa con la siguiente.
  3. Mucha energía, muchos recursos, muchos hijos para expandirse: cultura en expansión. El ejemplo más clásico es la revolución industrial (también la revolución neolítica), se crecía mucho porque de repente hubo una mejora tecnológica energética brutal con la máquina de vapor. Eso desordenó la cultura occidental hasta la actualidad, donde aún no hemos alcanzado un equilibrio entre energía, recursos y población. Hay masas de pobreza y muchos recursos desaprovechados. Crecen las epidemias (recurso natural ante poblaciones muy abundantes). Eso se llama desequilibrio y desorden cultural. Nuestra globalización es en realidad una cultura en expansión desequilibrada. Sería el siguiente modelo.
  4. Mucha energía, muchos recursos, pocos hijos: Cultura desajustada que derrocha energía y recursos. UNA CULTURA QUE CONVIERTE CASI TODO LO QUE TOCA EN BASURA, porque le sobra y lo tira. Es nuestra cultura occidental de los países ricos. Realmente podría abastecer a mucha más población, pero el bienestar alcanzado y la riqueza enorme se transforma en comodidad. Es una cultura egoísta, pero peor que eso, es una cultura HEDONISTA. Derrocha solo por el placer se sentirse bien. Se convertirá, si no lo remedia, en una cultura atractiva para su entorno. Bienvenida emigración. Sorry mister Trump. Aunque dispare constantemente en una alambrada interminable, la gente la atravesará, aunque sea en túneles de cincuenta kilómetros subterráneos.
  5. Poca energía, pocos recursos, muchos hijos: cultura desajustada donde hay pobreza. Es la cultura de la globalización de muchos países del tercer mundo. no hay demasiadas salidas a este desequilibrio. La primera solución es producir más energía, desarrollarse, generar más recursos. Pero para eso necesitan la tecnología de los países que la tiene, o sea los occidentales. Como no se la prestamos les queda una segunda alternativa muy lógica. ¿A dónde irá la gente si hay pobreza? Bingo, al mundo hedonista del número cuatro. Emigración. Es la continuación del modelo anterior

El número cuatro, que somos nosotros, merece una reflexión aparte. No me lo invento, consumimos miles de millones de kilowatios de energía al día, pero es mejor decir que derrochamos miles de millones de kilowatios de energía, porque la mayoría de esa energía no tendría por qué desperdiciarse, pero se desperdicia de manera ridícula. Son los millones de standby de aparatos, coches que circulan cuando es más ahorrativo andar, etc. ¿Cómo no va a querer venir media África y parte de Asia? Señor Trump, su muro va a tener que ser muy, muy alto. La globalización ha puesto en contacto unas culturas con otras, es el nuevo re-equilibrio que nos convierte en… mucha energía, muchos recursos y mucha más población. Llegaron los chinos, los indios y los mejicanos. Más expansión y ratificación del modelo cultural. ¿Hasta cuándo? Seguimos siendo una cultura de expansión, aunque no tengamos hijos en Occidente, otros los tendrán por nosotros y se comerán nuestros recursos. Eso es una llamada de atención para los xenófobos que además no quieren tener hijos. También es una solución al problema de las pensiones, las pagarán los hijos de los emigrantes que vengan. Salvo que pete antes el desequilibrio.

Nuestra cultura va camino de quebrar cuando se acabe la energía, por cierto. Porque no toda la energía es renovable, lo que significa que se acabará. Entonces nos volverá a tocar subir agua del pozo con la manivela, y será el fin del deporte chorras en gimnasios y lo de subir en ascensor a los rascacielos haciendo turismo.

Occidente, si quiere sobrevivir, está obligada a descubrir una energía que sea igual de barata, para seguir derrochando su estilo de vida, el mismo que ha impuesto en todo el planeta. Pero además necesitamos que esa energía sea inagotable, a fin de que la derrochemos a nuestro gusto. La energía podrá ser sacada del subsuelo, fracking, o de las estrellas, pero la necesitamos para mantener el desequilibrio cultural de Occidente. Estamos obligados a huir hacia delante, y eso es nuestra perdición. Porque incluso descubriendo nuevas fuentes de energía, los recursos naturales de este planeta son escasos y limitados.

No es un problema de alimentación, de eso hay de sobra hasta que nos lo comamos todo. Es un problema de que fabricamos electrodomésticos, libros, pilas, coches y demás cacharrería cuya vida útil está medida para que puedan sobrevivir fabricando más electrodomésticos, libros, pilas, etc. Se llama obsolescencia programada, es la cultura de la basura. La que genera miles de millones de basura al día con productos que nos han servido tan solo por unas horas o unos pocos meses. ¿Y luego? Luego más basura. El capitalismo terminará comprando y vendiendo basura para fabricar más. Acabaremos comiendo basura, filetes cuyo contenido sea basura, un resto de ternera, y plásticos con fibra para ayudar al tracto intestinal. De hecho ya nos lo comemos.

Mi pronóstico es el siguiente. Primero acabaremos con los recursos y las materias primas, luego (cuando todo el planeta esté lleno de basura), compraremos y venderemos basureros enteros para seguir fabricando cacharros que generen más basura. Al final tendremos productos miles de veces reciclados en un mundo que estará lleno de basura. Los millonarios la coleccionarán, y la gente comerá comida basura (perdón, acabo de descubrir el presente). Viajaremos a Marte y a los demás planetas del sistema solar con unas naves hechas con restos de neveras y lavadoras viejas. Y llenaremos el sistema solar de basura, que es nuestro gran intercambio con la naturaleza. De hecho nuestro planeta ya lo tenemos rodeado de basura espacial.

Nos estará bien empleado, por comodones. Eso sí, a Trump y a Putin les harán una estatua de plástico reciclado que quemarán en una fiesta. Mira, me acabo de inventar las fallas. Quemaremos el planeta y encima diremos que en el medievo los tíos eran bobos. Yo de momento les veo más listos que nosotros.

El triunfo del PAPANATISMO.

Yo creo que es una constante sociológica, que el ÉXITO atrae al ÉXITO. Sucede en todos los ámbitos de la vida, desde la política hasta el fútbol, desde los restaurantes hasta las lecturas de cabecera. Si algo triunfa, será como un imán. Aparecerán de inmediato gentes dispuestas a arrimarse al caballo ganador para saborear las mieles del triunfo. Esto hace que el éxito sea todavía mayor, y que engorde el triunfador de turno con más éxito todavía. Esto lo saben tanto los publicistas como los asesores políticos. Es verdad que presumir del éxito ajeno es un tanto ridículo, pero a cambio, nos permite disfrutar y humillar el que se ha apuntado al fracaso. Se llama papanatismo, y el responsable es la neurona espejo. Y es que así somos.

No me estoy inventando nada nuevo, pues esto es algo que sucede desde que el hombre es hombre. De hecho, yo creo que sería más interesante analizar algunos hechos históricos desde el papanatismo humano que desde las consignas marxistas de la lucha de clases. En realidad la historia no es una síntesis dialéctica provocada por el enfrentamiento entre opresores y oprimidos. ¿Ricos contra pobres, buenos contra malos? Ya no se lo cree ni Magoo haciendo de stripper en Femen. Para mi que la historia es una dialéctica entre triunfadores y fracasados; entre papanatas y auténticos. Entre la gente que se apunta al triunfo, y los que se empeñan en ser originales y auténticos, los cuales terminan convenciendo a sus parientes más cercanos de que tenían razón, al cabo de cincuenta años, claro. ¿A qué tenía razón? Sí, abuelo, sí. Genio y figura el cabroncete del abuelo, dicen cuando le dejan en la residencia los domingos.

En España, sin ir más lejos, tenemos una gloriosa historia de papanatas voceras amigos del pensamiento hervíboro. Hoy echo a la puta de la reina (Isabel II), y mañana grito “Viva el Rey” (Alfonso XII). Como un poseso y en manifa por si acaso. Esto, que no obedece a ninguna lógica – ya se lo dijo Russell a los marxistas estalinistas hace mucho, que la dialéctica hegeliana es una estafa –  es sin embargo fácilmente observable en cualquier tiempo histórico.

La antigüedad no fue mucho mejor. Julio César fue aclamado por Roma cuando tenía éxito y entró con sus legiones tras cruzar el famoso Rubicón y pronunciar el alea iacta est. Pero después de ser asesinado, la gente se cambió de chaqueta, o de toga, según se viera, y se convirtieron en apestados sus antiguos defensores. El pobre Marco Antonio, que fue incondicional suyo, quedó como Cagancho en Almagro cuando cambiaron las tornas. Hasta se fue a Egipto con Cleopatra, a ver si se le pegaba algo de las antiguas glorias cepillándose a la antigua amante de su jefe y amigo Cayo. Un error, porque con Augusto todos eran de Augusto de toda la vida. Es lo normal. Nos apuntamos al Real Madrid para ganar, y para que no nos partan la jeta, pero ahora los capullos del Barça están chuleándonos. Al menos Marco Antonio murió con el estandarte romano bien levantado a orillas del Nilo. Es lo que le queda. Y la gloria del genial monólogo de Shakespeare, que se me olvidaba.

En libros y literatura pasa otro tanto. Si empieza a triunfar 50 sombras de Grey, pues todo el mundo se apunta a leerlo. Total, antes hicieron lo mismo con el Código Da Vinci de Brown. Luego vendrá otra generación que lo vilipendiará, lo barrerá con su nueva basura, sus Juegos de Tronos o la mierda que sea, y ahí andará el chulito de turno presumiendo de que lo que él lee es estupendo y único. De cosa en cosa, de éxito en éxito, de Potter en Pota, o de Agatha Christie en Federico Moccia. Y es que la regla es brutal y repetitiva: nadie se hace colega del fracaso, aunque sea mejor, tenga más calidad, o sea, curiosamente idéntico. Por eso luego llega un tipo llamado Patrick Modiano (premio Nobel 2015), que escribe como los ángeles, cuyo primer eco que produce en nuestra patria es: ¿quién es ese tío que no me suena? Y eso tan lamentable sucede entre la gente que está atenta a la literatura y a los libros, porque los fans de GH se mantienen en su salsa de langostinos con tanga, sin coscarse de que hay librerías en el planeta tierra.

Ser del que tiene éxito tiene sus ventajas. Estás en la pomada, eres ganador, triunfan los tuyos y sobre todo… no eres perseguido y no te dan de hostias, cosa importante cuando el ambiente político se pone chungo. Y es que el Papanatismo en la política es cuanto menos peligroso. Por ejemplo, durante la Revolución Francesa, hubo unos añitos que si no eras de los jacobinos podías acabar aguillotinado, lo mismo con los que no eran estalinistas, que terminaban en el gulag perdiendo dedos congelados. Y es que ser de la oposición política, cuando no se lleva es, más que un error, una desventaja importante para la salud física y psíquica. Porque te persiguen, y si pueden te matan. Y es porque los triunfadores suelen pecar de soberbios e intolerantes; y si les dejas de cabrones. Se les sube a la cabeza, y no quieren competencias. Hace años todos éramos demócratas y aclamábamos la transición, en cambio ahora hay que defender que hay que cambiar la Constitución. Ni se te ocurra defenderla.

Los que marcan las tendencias culturales también saben ésto. Ahora por ejemplo se lleva ser alternativo y progre de ciudad. Cuando yo era peque los tíos que se tatuaban eran cargadores del puerto o proscritos recién salidos de la cárcel. Luego empezaron las tías de hollywood a tatuarse con solecitos y bobaditas, y al final todo el mundo se apunta al tatoo, al piercing y al rollito de decorarnos el body. Es que es guay ser guay. Lo de las rastas, el buen rollismo, comer lentejas sin chorizo y acelgas con avena, vestir como con restos y enseñar medio culo porque se cae el pantalón, es lo fetén. Pero cuando todo el mundo sea alternativo con esta estética alternativa – que ya casi lo es – pues ser alternativo será vulgar, como del montón, y dejará de molar. Y surgirá otra moda que atraerá al papanatas tanto como el éxito.

En realidad lo más alternativo que hay hoy día es tener cuatro hijos, piso propio no heredado, trabajar en un banco, leer a Góngora y no tener móvil. Pero eso no creo que triunfe, entre otras cosas porque se necesita un cargamento de neuronas espejo para lograrlo, y están todas ocupadas “tuiteando” por la red, y colgando chorraditas. Por dar ideas que no quede.

El fanatismo religioso.

Los atentados del pasado fin de semana en París han conmovido a la opinión pública occidental, acostumbrada fervientemente a ensimismarse bajo el paraguas de su civilización próspera y expansiva, ha reventado su burbuja de felicidad, por unas horas al menos, para encontrarse de la noche a la mañana, con que hay unos abejorros dispuestos a inmolarse por algo incomprensible para su mentalidad como es lo religioso.

Occidente, y especialmente los vecinos franceses (por aquello del laicismo), nunca han entendido en qué consiste el fenómeno religioso, de ahí que hayan perdido mucho tiempo en vilipendiarlo y proscribirlo sin comprenderlo siquiera más que en su sentido más ideológico y negativo, perjudicando de paso la solidez de la cultura occidental, cimentada en el cristianismo. La religión cristiana, que sí aguanta caricaturas con bastante deportividad y dientes rechinados, es bastante diferente del islam. Y es que, hay que decirlo con claridad, no todas las religiones son iguales, como no son iguales ni las culturas ni las personas. Diferenciar las cosas es la primera forma de respetarnos, a pesar de todo.

La religión es el componente más sólido y permanente que configura una cultura. Ni lo económico, ni lo productivo, ni sus formas matrimoniales, ni sus características para resolver conflictos (derecho) decide qué tipo de sociedad o cultura tenemos. Lo religioso es otra cosa distinta de lo ideológico. Esta es la gran confusión occidental. Las religiones, además de levantar la diferencia más clara entre una cultura y otra, logran configurar una cosmovisión trascendente y de sentido para los miembros de esa cultura. La religión logra dar sentido a las personas que viven en esa cultura, y una cultura sin religión, como sucede hoy en parte a occidente, es una cultura en crisis y descentrada. Por mucho que sustituyan a Dios por la Marsellesa, no deja de ser una canción, pues los símbolos, cercanos a los sacramentos, no gozan de la presencia de la trascendencia como mecanismo transformador. Nos emocionan, pero no nos orientan.

No estoy diciendo nada extraño a la antropología social y cultural, incluso desde la perspectiva más marxista, defendida por el ilustre y audaz Marvin Harris, materialismo cultural, lo religioso está en la cúspide de una pirámide, en el polo que denomina superestructura de la cultura. Pensaba Harris, y ahí discrepo, que lo religioso no configura una cultura, sino que ésta viene determinada por su economía y su sistema productivo-reproductivo, y creo que se equivocaba. Lo religioso es lo que más tarda en modificarse en una cultura, es básicamente tradición y por tanto inmovilidad. La identidad e identificación de esa cultura pasa necesariamente por la religión que se tenga, y cuando cambia la religión, sabemos y apreciamos que tal mundo ha cambiado, y que estamos ante otra cosa, otra cultura, otra civilización. La religión es la cultura, su identidad. Y eso es válido aunque las personas no sean religiosas, ni demasiado fervorosas o practicantes.

Con un ejemplo seré más claro: El norte de Africa no cambió su forma productiva y reproductiva con la invasión de los árabes y musulmanes en el siglo VII, pero está claro que apreciamos una ruptura cuando se sustituyó la religión cristiana por la musulmana en aquellas zonas. En cambio, en Italia, sí vemos continuidad en esos siglos. La cultura es básicamente su religión, y eso ha costado más que dolores de cabeza a muchos laicistas que siguen sin entenderlo, pues se empeñan en privatizar la religión, con el consiguiente desconcierto y desasosiego cultural.

El fanatismo religioso es un fenómeno cultural que se produce en determinados grupos subculturales o sociales, y que es provocado por una circunstancias que me atrevo a discriminar en dos grupos.

En primer lugar estaría el fanatismo provocado como reacción interna ante los cambios que sufre la misma cultura. La religión tarda en cambiar, y el fanatismo religioso es la reacción lógica que quiere evitar esos cambios. Ejemplo: las personas cristianas más fanáticas suelen gustarles poco los cambios que va haciendo la sociedad, son en conjunto reaccionarios, y quieren petrificar las tradiciones (como bien decía Ortega) para idolatrarlas. Acaban siendo más amigos de la idolatría clerical, por ejemplo, que del mensaje renovador de Jesucristo. Esto mismo sucede en el islam. El islam está cambiando desde hace siglos, en parte por su contacto con occidente, pero también porque la misma cultura islámica está evolucionando: los musulmanes quieren un islam distinto. Fiel al Corán y a Aláh, pero distinto. Lo hemos visto en Irán, una revolución religiosa, de corte conservador, que termina aprobando formas más aperturistas; o en Turquía, donde se quiere poner freno a un islamismo conservador y fanático, apostando por uno más progresista y acorde a la sociedad en la que vivimos, compleja y difícil, de imposición laica para evitar avances del fanatismo.

Parte del fanatismo religioso de esta panda que llamamos Yihadistas, pero que tiene que ver poco con la verdad yihad, que es un camino de perfección espiritual, proviene de estos cambios internos y se rebela contra los propios musulmanes moderados y progresistas que quieren un tipo de islam menos absorbente y grisáceo. Hay que recordarles que nosotros ya tuvimos fanáticos como Savonarola o Calvino, que intentaron imponer una moral rígida y cabreante a Florentinos y Ginebrinos casi por igual y con los mismos resultados: el cabreo de la gente normal. El islam moderado es el primero que tiene que reaccionar contra los fanáticos, ni ocultarlos ni esconderlos, porque son sus enemigos, incluso sus verdugos.

La segunda causa del fanatismo religioso puede proceder del exterior, es xenofóbica. La invasión cultural que vive el mundo islámico, y que recibe, por su poderío económico de la cultura occidental, alimenta por sí misma el fanatismo religioso de los pueblos a los que seduce. Los musulmanes más fanáticos consideran que el estilo de vida occidental es decadente, patético y satánico, y que hay que extirparlo de la faz de la tierra. No pensarían así, si no tuvieran que lidiar todos los días con la ropa de moda de las tiendas que imponen un estilo occidental, nuestros coches, diversiones, alcohol ocio han entrado en sus vidas, y reaccionan violentamente contra esa invasión. Por eso arremeten en París contra el heavy o contra el fútbol, porque son occidentales. Es igual que en la antigüedad romana, los cristianos del siglo V arremetían contra el circo y los gladiadores, y antes los paganos contra los cristianos. Es lógico, aunque no nos parezca éticamente bueno.

En la cultura cristiana están las raíces de lo que es occidente. El lema “libertad, fraternidad e igualdad” que tanto gusta a los franceses y europeos, no son sino proclamaciones y eslóganes cristianos secularizados. Por eso el Papa para ellos es enemigo número uno, y por eso recuperar la alhambra es fundamental para lograr un golpe moral definitivo que los aúpe en sus posiciones fanáticas.

Pero desconocen varias cosas. Que aunque destruyan (o lo intenten porque no lo van a conseguir), a personas o símbolos occidentales, nuestra cultura es muy fuerte económica y socialmente, y su herencia no termina en un cuarto de hora. Si occidente se viera realmente amenazado, bastaría con expulsar a los musulmanes de Europa, radicales y moderados, o le costaría relativamente poco hacer del islam una religión de Estado para controlar la cultura y la educación islámica en mezquitas y ummas, o simplemente soltar una bomba atómica en Siria, o en la Meca. ¿Me siguen verdad? Gracias a Dios, el Dios cristiano nos ha enseñado a ser compasivos, y a entender que la verdadera lucha del hombre es contra sí mismo y contra su corazón egoísta y enfermo. El fanatismo debe ser combatido. ¿Con qué? Por supuesto con las armas si son necesarias (que vemos que son imprescindibles), pero también con la educación religiosa musulmana en los colegios y con las ideas claras. Y hay que reconocer que esto último es lo más difícil de conseguir en nuestro decadente, y poco cristiano, occidente.

PD: PRAY FOR PARIS,

PRAY FOR THE WORLD, OUR WORLD.

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