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Sapiens de Yuval Noah Harari. Otro best seller (y autor) que se me cae de las manos.

Dice el autor anónimo del Lazarillo en su prólogo que alguna cosa se provecho se puede sacar de todo libro, y tiene toda razón. En mi caso, y tras leer un best seller llamado Sapiens, he aprendido que detrás de muchos de los libros superventas de ensayo científico no hay nada más que ignorancia y pereza del autor. Prometo no volver a leer nada de Yuval Noah Harari. De hecho iba a pasar de puntillas sobre este tío. Me he equivocado y he leído, casi pisado, una mierda. Ya está, no volverá a suceder. Sin embargo, para mi desgracia he visto que sigue sacando libros como rosquillas, y me ha parecido buena cosa alertar a otros incautos que como yo han perdido su tiempo.

Algo tendrá cuando se vende tanto. Y es verdad. Tiene palabrería y mucha dogmática. Es como un libro de una secta escrito para sus acólitos. Lo alarmante es que cuando alguien investiga, estudia, o aborda una problemática compleja, como es la cultural, lo que menos necesitamos es que el escritor ignore lo que otros han escrito, estudiado o investigado, porque el resultado sólo puede ser esto. Un pastiche, una mezcla sincrética sin pies ni cabeza, que seguro que encandila a la gente desconocedora de la antropología social y cultural que investiga y estudia. No digo que Marvin Harris tenga la razón en todo, pero desde luego no se puede hacer antropología barata de salón, presuntamente científica, sin saber nada de antropología cultural contemporánea. No quiero decir que sea un charlatán, pero siento no poder decir lo contrario. Seguro que el tío es muy majo, pero este ensayo le queda grande.

El problema del libro, creo yo que está en la pretensión del autor. Un historiador que quiere hacer antropología cultural y social. Es extraño. Yuval Noah Harari es historiador, especializado en historia medieval y militar. Seguro que en eso es muy bueno, aunque en el libro tampoco lo he notado. Dice en la reseña del libro que el autor se doctoró en Oxford y que luego se dedicó a la historia del mundo -supongo que querrá decir a la historia general- y a los procesos macrohistóricos. Lo de los procesos macrohistóricos me suena a cachondeo y falacia. ¿Qué es eso de procesos macrohistóricos? ¿Filosofía de la historia? Dice Harari que la historia tiene un sentido, y claro. Eso es filosofía de la historia. Y ahí también patina.

¿Por qué un historiador se dedica a escribir sobre antropología social y cultural cuando demuestra que no sabe casi nada de ese tema? ¿Por qué un historiador hace antropología filosófica, casi filosofía sobre el hombre? No tengo una respuesta clara, pero creo que lo que hace el señor Harari es lo que se llama intrusismo profesional, que es una de las tentaciones más habituales de los malos historiadores. Terminan especulando sobre la ciencia cuando hacen historia de la ciencia; y especulan sobre la naturaleza humana cuando hacen historia. La ciencia es de los científicos y la antropología es una ciencia y un estudio específico que Harari simplemente desconoce. ¿Qué puedo más decir? Es como si yo quisiera escribir un ensayo sobre los avances del hombre en energía nuclear, y no supiera nada sobre física cuántica. No me atrevería.

No es la primera vez que descubro a un historiador haciendo filosofía. Pero nunca lo había visto en el campo de la antropología cultural disparando erráticamente. Normalmente los historiadores suelen hacer paleontología, arqueología, y aportan cosas muy importantes y serias al estudio de la hominización. Pero nunca los había visto meterse tanto en el campo de la antropología cultural y decir tantas tonterías juntas en tono divulgativo. Lo peor es que la gente lo lee y cree que no hay nada más investigado que las cuatro especulaciones que ha hecho este tipo.

Me asombra, porque el estudio del hombre y su naturaleza es muy profundo y complejo. De ello se encarga una rama filosófica llamada “antropología”. Es un estudio especializado de posgrado con grandes investigadores que se realiza tras los estudios de Filosofía. Estudios que hice parcialmente hace unos años en la UNED. Escogía asignaturas sueltas de antropología y las cursaba para obtener la diplomatura en Filosofía. La materia me encantó.

¿Por qué este escritor hace antropología cuando no sabe casi nada de ella? Yo no soy historiador, hago novelas históricas, por lo que suelo documentarme de lo que han investigado otros historiadores. Yuval no es antropólogo. Es lógico que no sepa las razones de por qué unas culturas de cazadores recolectores son diferentes de otras. Es normal que no pueda darnos una explicación sobre el fenómeno religioso, jurídico o ético de una cultura. No lo conoce. Trata todo como si fuera lo mismo, y lo hace por ignorancia. Lo relevante es que aunque no lo sabe, sí se atreve a opinar, y eso tiene su mérito, pues tanta temeridad es sospechosa.

¿Mis sospechas? Gana dinero vendiendo libros, y eso es, para él y para su editorial, lo más importante. De hecho así lo dice en su libro Sapiens: lo más importante del mundo, la nueva religión, es el dinero. Como eslogan simplón puede valer, sobre todo si eres de la secta progre y políticamente correcta -el libro abunda en unas cuantas afirmaciones arquetípicas de hoy. Sin embargo, como afirmación filosófica y antropológica, tal generalización es demasiado gruesa como para que tenga algún valor.

Supongo que divulgar antropología con garantías de seriedad es más dífícil y complejo de lo que parece. Harari no lo logra ni por asomo. Es, en ese sentido, un libro fallido que ha rodeado de ramajes y hojas propias de la historia, intentando de esta manera confirmar sus teorías filosóficas, que además luce con incoherencia supina. Este libro es a la antropología y a la filosofía lo que el Código da Vinci a la teología. Nos va a costar años convencer a la gente de que miente por desconocimiento. Zapatero a tus zapatos, yo ya he empezado.

 

Dedicado a los amantes de la historia.

Hay que reconocer la importancia y el valor que tiene para mucha gente la historia. No me refiero a que haya personas que recurran constantemente a ella para justificar sus excesos ideológicos, véase nacionalistas y exaltados de toda condición, sino a aquellos que buscan en la historia razones y resortes para entender y comprender al hombre en toda su complejidad. De ahí que la historia, o mejor las historias de la historia, les emocionen y fascinen. A mi también me embriagan y deleitan, ¿por qué no reconocerlo?

Tiene algo de romántico recrear escenarios imposibles en la actualidad, soñar con portes y personajes muertos hace tiempo, asimilar el absurdo azaroso de la existencia humana, o comprobar que la maldad y la bondad, la cizaña y el trigo, crecen en campos muy cercanos. Tan cercanos que caben en un mismo poblado, un mismo reino, y bajo un mismo techo.

La historia está llena de esas historias maravillosas que despiertan la imaginación y elevan la costumbre de mirar el día a día con otras neurosis. Presentan a menudo ojos sabihondones y extremidades zanquilargas, las mismas que nos permiten correr nuestra existencia con la melancolía de no haber vivido en otra época, y el promiscuo y sensato agradecimiento de disfrutar de las comodidades de ésta. La historia otorga a sus seguidores el don de no amostrencarse, de no ser un zote; los ubica en el tiempo y les da argumentos para no despachar al mundo con demagogias simplonas maltraídas en un vermut de mediodía. Nos da conversación e ilumina las relaciones con los objetos que tienen más de cien años. Nos ayuda a comprender al bisabuelo, y nos hace trascender  con la misma luz que iluminó a los platónicos, y los desplazó en su contemplar de sombras cavernícolas. Desde que hay escritura hay historia, y no es casualidad. Escribir sobre la historia, novelarla, contarla y entenderla es ser más hombre y menos semoviente.

Sin duda un amante de la historia es un caballero, un marinero, un eremita, un romano conquistador de fronteras y pueblos, un capitán prendado de territorios inexplorados, de batallas imposibles y de mundos torcidos. Es un seductor, siempre dispuesto a regresar al pasado en cualquier momento para ver, y comprobar por sí mismo que los muertos del pasado resucitan temporalmente, y que nos pueden hablar y contar de sí mismos y de su tiempo. Esos espectros resucitados nos enseñan y nos obligan a aprender, y cuando ya han cumplido su misión, vuelven a las tumbas en las que un día los depositaron. Les miramos a la cara, pensando que siguen estando ahí, junto a nosotros. Dispuestos a narrarnos, a decirnos. nos dan las gracias y se vuelven a dormir.

Junto a los muertos de la historia comprendemos que el hombre es hombre en cualquier condición y circunstancia, y que las veleidades que habitualmente arrastramos estuvieron configuradas, y prefiguradas, en otras vidas anteriores a la propia. Ajenas y malditas, o benditas e irrepetibles. ¡Cuánto nos hubiera gustado conocer a tal o a cual personaje de la historia…! Y nos recreamos imaginando y disfrutando con los restos del castillo, de la calzada romana, conociendo a la Santa con la pluma en la mano. Y nos basta una espada labrada en la fragua que un día visitamos por un par de euros en un museo provinciano. Un guía nos cuenta lo que ya sabíamos y amábamos, pero a nosotros nos seduce imaginarnos que por tales piedras paseó aquella andariega universal, o cabalgó aquel rey emperador, inocentes, inteligentes, arrojados, entregados, heroicos, hombres y mujeres, niños que crecieron, vidas que dejaron como huella nuestra existencia, pues antepasados nuestros son.

Tampoco hay que olvidar que detrás de un historiador hay un pequeño cotilla, un hombre interesado en las cuitas humanas, un recopilador de anécdotas que no se resigna a lo que le cuentan, sino que quiere reconstruir con meridiana exactitud aquello que sucedió, con pelos y señales, como si lo viera y lo pudiera tocar. Por eso, que durante estos días, haya tanta gente interesada en la novela histórica, en la serie Carlos Emperador, en Santa Teresa, en la serie Isabel, o en la Segunda Parte de los Caballeros de Valeolit. Lealtad y promesa es un motivo de regocijo para mi, y para todos los que disfrutamos contemplando el tiempo, soñando mundos pasados, ensanchando nuestra existencia. Y me trae a cuenta la enorme responsabilidad de contar con fidelidad y rigor la verdad de lo que sucedió, y de recrear con decisión y valentía, aquello que no sucedió, pero que perfectamente pudo suceder. Esa es la novela histórica, y esos son los amantes de la historia. A vosotros os lo dedico…

El agua de la fuente

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