Archivo del sitio

Cien años de Unión Soviética. Revisar la URSS.

Pues sí, pues sí. En estas semanas se ha cumplido el centenario. Casi nada. Hace cien años y casi no ha habido fastos. Supongo que es porque nadie reivindica el legado de la tragedia, especialmente cuando se derramó tanta sangre y se cometieron tantas equivocaciones. Putin no está por la labor, y el comunismo está en proceso de reconversión publicitaria (como toda la izquierda). Pero seríamos injustos si no hiciéramos una lectura también en positivo de la historia, sin apasionamientos, y sabiendo que la Revolución Soviética duró 74, que se derrumbó por sí misma, sin que nadie le empujara, y que han pasado, nada menos que 26 años. ¿Por qué no?

La historia de la Unión Soviética se puede leer, en el siglo XXI, como la historia de un gran fracaso ideológico. Nunca una posición política concreta tuvo tantos adeptos, estudiosos y fanáticos. Y nunca triunfó una ideología con la vehemencia y la fortuna con que lo hizo el movimiento bolchevique en la URSS en 1917. Es verdad que aprovecharon la debilidad del zar Nicolás II durante la 1ªGM y que fueron capaces de crear una atmósfera de presión contra los liberales mencheviques, ganando temporalmente la partida, pero no lograron perpetuar su victoria siquiera cien años. El paraiso se derrumbó en tres generaciones.

Desde luego, si observamos el juego completo, el gran triunfador ha sido la postura democrática liberal, teñida de aires nuevos por el zar Putin. ¿Valió la pena derramar tanta sangre? Si hubieran triunfado los Mencheviques, quizás nos habríamos ahorrado unas cuantas purgas y genocidios. No sabemos que hubiera sido de la historia, aunque sí sabemos algo con certeza: habría sido distinto.

Lo cierto es que la revolución soviética fue posible gracias a la debilidad del poder establecido, del gobierno de los zares. Y esta es una buena lección de la historia: cuando los gobernantes son incompetentes, el vacío de poder que generan es ocupado por posiciones más firmes y autoritarias.

La similitud con la Revolución Francesa es fascinante. Luis XVI fue tan mal rey en la Francia ilustrada, como Nicolas II en la Rusia tardoabsolutista. Pagaron con la vida, y desencadenaron en los dos casos una guerra civil en sus respectivos países. En Francia la guerra civil tuvo vencedores puntuales que no tardaron en pagar con su misma sangre la osadía de querer ser grandes. La excepción fue Napoleón, que lo tuvimos que deponer el resto de los Europeos tras unos cuantos años de saqueo y chulería. La muerte del Zar, por el contrario, trajo una guerra civil primero y una estabilización de un régimen totalitario que se mantuvo durante 74 a sangre y fuego después. Cuando el poder no es fuerte, otros lo toman y lo ejercen para sus intereses. ¿Hay algún pontevedrés por ahí? Pues eso.

En la Unión Soviética se pusieron en marcha las ideas radicales del comunismo marxista, la izquierda tuvo su oportunidad. Por eso podemos hacer un juicio al comunismo como ideología, y descubrir sus profundas limitaciones y sus puntuales aciertos. Los que siguen siendo comunistas, y que prefieren no usar las siglas del comunismo deberían hacer una verdadera reflexión sobre la practicidad de lo que intentaron, y la debilidad filosófica y antropológica de sus planteamientos, para evitar volver a repetir los mismos errores. ¿Pablito, estás ahí con tu Monedero y Errejón querido?

Para mantenerse en el poder, los dirigentes soviéticos tuvieron que ejercitarse duro. Fue una carnicería. No los años de guerra civil, los iniciales de los años 20, sino en los años siguientes y siguientes, y los siguientes de después. Totalitarismo y dictadura ferrea. Y es que la democracia no es posible para los comunistas; por eso hablan tanto de ella, porque no creen en ella, ni saben lo que es. Ellos llaman democracia al totalitarismo ejercido por ellos, o sea el pueblo. Y eso no es democracia.

Si hay una tónica común en la URSS es que persiguieron desde el primer día a sus enemigos ideológicos, y así estuvieron hasta el último día. La época más dura de persecución fue la de Stalin, pero tampoco se andaban con chiquitas en la época de Andropov, o Jruschov, o Bresnev. Persecusión y falta de libertad hubo hasta que Gorvachov, 1986, accedió a la secretaría general del partido. Cinco años más tarde se derrumbaba todo. Comunismo y persecución son casi sinónimos, y es una pena que confirma que las ideas son más benévolas en los papeles que en la calle.

El gran éxito del comunismo, desde la perspectiva histórica, fue que introdujo el acceso de los servicios públicos y derechos sociales, como algo importante y generalizado para la humanidad. La educación y la sanidad eran el escaparate de que lo suyo funcionaba. Tampoco hay que olvidar que ya era un objetivo de los socialistas utópicos del siglo anterior, y por supuesto, siempre ha sido la pretensión de la socialdemocracia (izquierda rosa), o de los fascismos totalitarios (izauierda negra). Occidente y el capitalismo llegó a lo mismo cuando comprendió que era más rentable que los trabajadores tuvieran derechos y dinero para gastar, porque eso incentivaba el consumo y el crecimiento económico, que no que se murieran de hambre. Educación, sanidad, deporte, vacaciones pagadas y parques cerca de casa. Eso sí era el paraíso del pensamiento laicista que propusieron los comunistas. El capitalismo en occidente les ganó por la mano.

Desde la 2GM, en todos los países occidentales, se impuso la igualdad de oportunidades, los servicios públicos y la protección social. En una palabra: Estado Social de Derecho. La democracia de la igualdad. La socialdemocracia sustituyó al socialismo y al comunismo ideológico que pretendían la revolución como camino para conseguir lo que ya gozaban en el paraíso capitalista. Eran otros tiempos, y el capitalismo con reformas no era tan malo como lo habían pintado los comunistas, que no lo querían ni ver.

Esto nos sirve para poder entender por qué se hundió la URSS. En realidad no se cayó porque el capitalismo le hiciera frente. Se hundió porque dejó de ofrecer algo mejor a la humanidad. Cuando la sanidad se hizo pública en occidente, la URSS dejó de ser guay, porque ofrecía lo mismo, pero a cambio de perder la libertad. Un espejismo todavía inexistente en los países pobres, por cierto.

La URSS no fue un modelo de bondad, ni de respeto a los Derechos Humanos. Si hubiera ganado Stalin la guerra civil española, Franco sería ahora un alma querida y un héroe nacional derrotado, de esos que tanto nos gustan. La utopía suele ser necesaria hasta que se alcanza el poder, entonces es imprescindible ser realista, como bien le explicaron al Che Guevara cuando fue un nefasto ministro de industria en Cuba. O como pudo comprobar Ángel Pestaña en su famosísimo viaje a la URSS, de la que volvió impresionado.

Sin duda, el éxito sin paliativos de la URSS fue su capacidad para crecer económicamente durante los años difíciles del crack económico del 29. Se enfrentó más tarde a Hitler y lo venció perdiendo veinte millones de vidas. Si hay algo por lo que se puede admirar a Stalin, lo único me temo, fue porque venció a Hitler; y porque logró elevar a su país a la categoría de potencia económica a fuerza de sacrificios y sangre. Grandes recursos naturales, gran industria pesada, y poca industria de trasformación al servicio del consumo. Pero lo logró. Aunque dejara una contaminación brutal, lo logró, claro que sí. El pueblo ruso es más fuerte de lo que cree el resto del mundo, por supuesto.

Después de Stalin vino una lenta y agónica decadencia. Marcada por la guerra fría y por la estupidez de un sistema incapaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Alcanzaron su techo de éxito y terminaron resistiendo al mal, que identificaron con Occidente. La cultura comunista y su estilo de vida se quedó sin argumentos cuando llegaron oleadas de vaqueros y de objetos de consumo masivo. Resulta que los trabajadores oprimidos de occidente vivían mejor que los trabajadores protegidos del Estado Soviético. Tampoco fueron capaces de facilitar a sus ciudadanos la libertad que reclamaban. Y su sistema económico planificado fue un gran modelo de ineficacia, burocracia y corrupción.

Por supuesto, tampoco fueron capaces, a pesar de convertir su ideología en una pseudorreligión, de dar una visión trascendente al hombre. Sin más allá, y sin Dios, no hay sociedad que pueda perpetuarse, siquiera sobrevivir. Fue un problema secundario para sus dirigentes, algo que no comprendieron (la izquierda sigue sin comprender lo que es una religión), por eso la URSS se quedó vacía por dentro, y sin expectativas de eternidad ni de futuro. No pudieron ofrecer más que un presente de trabajo esclavizante a favor del Estado Totalitario, y muchos de sus ciudadanos fueron perseguidos y encarcelados por disentir, por querer otra vida, por aspirar a Dios. La URSS se convirtió en una cárcel inmensa, de la que no podían escapar sus ciudadanos. Un paraíso herido de muerte.

Cuando llegó Gorbachov al poder, cayó la URSS. Probablemente cometió muchos errores, porque es increíble que una superpotencia se derrumbara tan fácilmente. Pero así fue. En realidad no había nadie que quisiera seguir sacrificándose por su soviet, ni por su partido o por su sociedad liberticida. El pueblo ruso prefirió la libertad y la democracia. Aunque nostálgicos nunca hayan faltado.

Los demás pueblos soviéticos amigos prefirieron el autogobierno, lejos de la potencia rusa dominante. El comunismo fue capaz de unificar las repúblicas más dispares del mundo durante un tiempo; en ese sentido fue algo católico, universal… lástima que el cemento no fuera fuerte. Si la URSS hubiera sido una Unión de Repúblicas Socialistas Católicas, seguramente habría durado más tiempo y el Papa actual sería un ruso y no un argentino. ¿Quién sabe lo que hubiera sido mejor? Por si acaso, mejor no especular. 😉

¿Por qué estudiamos la historia que estudiamos?

La historia es siempre una reinterpretación de unos hechos del pasado, que han sido seleccionados previamente por el historiador. Por eso no es, ni puede ser, objetiva. No lo es cuando el historiador selecciona unos hechos y no otros; y no lo es cuando interpreta esos hechos en función de sus intereses políticos, éticos o sociales del momento. El historiador reinterpreta la historia y lo único que le podemos pedir, no es que sea objetivo, sino que sea honesto con la verdad que trata de dilucidar; que intente por todos los medios ser fiel a la verdad que va descubriendo aunque esa verdad le moleste y flagele, aunque desee que hubiera sido de otra forma. Cuando el historiador utiliza la historia para justificar el presente político y su actuación particular y partidista, seguramente está dejando de hacer historia para hacer política. Se convierte en un altavoz de la mediocridad.

Esto explica por qué a los políticos les interesa mucho la historia. Quieren que se cuente en las escuelas exactamente de la forma que ellos quieren que se cuente; es decir, que den la única interpretación posible para que una sociedad que prefiere el fútbol a leer libros de historia sea convencida y aplauda lo que en el presente se hace o se quiere hacer. La propaganda política, y no solo hablo de nacionalistas, utiliza la historia para justificar su postura ideológica presente, como si vieran en la historia algún tipo de progreso, de evolución o de sentido. Los políticos y sus altavoces hablan de la historia que avanza o que retrocede, y ellos dicen que gracias a sus empecinamientos progresa, avanza y se menea de gusto. Ahí es nada. No hay más que ver los libros de texto del cole o los documentales de la tele para percibir sus intentos.

Tienen parte de razón. Que cuando se manipula con éxito la historia luego cuesta mucho volverla a poner en su sitio. Ahí están los mitos inventados del caso Galileo o de Hipatia, los olvidos de Blas de Leza y de Rafael Menacho, las conversiones de la revolución francesa en burguesa, o las terribles atrocidades de la inquisición, las cruzadas y los españoles en América. Todas ellas despiertan emociones, y es que para eso se reinventan y se reinterpretan.

Por supuesto, los más grandes reintérpretes de la historia han sido los ingleses, y el más grande manipulador de la misma su vecino Karl Marx. El resto hace lo que puede deshaciendo lo que hacen otros, y desdiciendo lo que afirman gratuitamente otros. En España la historia nos la hacen de fuera, y eso es algo que no se nos debe olvidar. Desde la guerra civil hasta Trafalgar. Por eso estamos acomplejados, y lo seguiremos estando mientras no recuperemos la memoria histórica de verdad. Sin manipulaciones y sin reinterpretaciones.

Pero no quiero detenerme demasiado en España, mi país, sino pararme en la interpretación que estamos haciendo actualmente sobre la REVOLUCIÓN FRANCESA. Gracias a la obra de Mme Staël, Consideraciones sobre la Revolución francesa, escrita poco después de los hechos, se termina uno enterando de lo que ya sospechaba: que Marx ha sido el mejor y más grande manipulador de los hechos históricos que ha habido, y su fratricida influencia llega hasta nuestros días sin cortes ni arrobos. Allí no hay ni lucha de clases, ni triunfos de la burguesía; como tampoco hubo revolución del proletariado en Rusia en tiempos del Ejército Rojo.

Madame Staël escribió cuando todavía no se mentía afirmando que la Revolución Francesa era una Revolución burguesa, que es la principal aportación de Marx. En realidad no fue una guerra entre las derechas y las izquierdas, ni siquiera un enfrentamiento entre lo que el llama clases sociales, que claramente es una entelequia falsa creada para justificar la violencia y la masacre del enemigo, al que siempre se acusa de “opresor”. En realidad Madame Staël, hija del ministro de Finanzas Necker, considerada uno de los analistas políticos más inteligente de su tiempo, brillante y con unos conocimientos aplastantes de su tiempo y de la historia que pudo conocer, valoró y aportó muchos más datos para reconstruir la historia de lo que sucedió en la Revolución sin dejarse llevar por las vísceras.

La causa de la Revolución Francesa fue la pésima gestión política del Rey Luis XVI y su esposa, María Antonia. Titubeos, e incapacidad. Populismo y no querer perder el control llevaron a la ruina a Francia y a Europa, gracias a su incompetencia política. Salvando las distancias: cabreó a la gente tanto como Zapatero a los suyos hace cinco años (como pasa el tiempo, coño). Luis XVI tomó decisiones que arruinaron su economía (no la de la gente, pues de eso se encargaban las malas cosechas), y tomó decisiones políticas que arruinaron la estabilidad social y política (cabreó todos los estamentos sociales habidos y por haber). Ante el caos y la debilidad del Rey, aparecieron los listillos de siempre, los que se aprovechan y se escudan en las ideas para conseguir ser famosos, tener éxito y poder, y presumir más que una mierda en un solar. Eso fue la Revolución: un caos ético y económico, una guerra de personalidades por conseguir el poder a toda costa y mantenerlo, que terminó aclamando a Napoleón, un militar-dictador que puso orden en la jaula.

Mme Staël no está contaminada por el marxismo, y eso es algo que se agradece. Pero hay varias lecciones políticas que voy aprendiendo de ella, pues todavía no he terminado el libro.

Primera lección: Lo que más daño hace a una sociedad es un incompetente tomando decisiones. Nunca se arrepentirá de lo que ha hecho mal. Ni aunque le cortes la cabeza. Y la primera incompetencia de un gobernante es no saber hacia donde conducir una nación. No tener ideas y dejarse mecer por el viento de los acontecimientos prestando oídos a todos y queriendo quedar bien con todos. Lo peor son esos bienqueda que gobiernan para la opinión pública y para el pueblo. Pues el pueblo es en esencia plural y manipulable por la propaganda de los sectarios.

Segunda lección: En cualquier sociedad abundan los sectarios. Hay que evitar por todos los medios que acceda al poder cualquier fanático. Da igual que tengan unas ideas u otras, que sus ideas suenen mejor o peor. Su sectarismo les impedirá gobernar buscando el bien de los que no piensen como ellos. Se suelen considerar soberbios, superiores, sabelotodo, reflexivos, populares y harán lo posible para llevar a cabo sus ideas por todos los medios. No escuchan otras ideas, y no van a cambiar de opinión ni aunque sea evidente su equivocación. Son sectarios, ¿qué van a hacer si no? Deben gobernar las personas que escuchan a los otros, que ponen en tela de juicio sus ideas cuando se le ofrecen razonamientos, que entienden que el rival político puede tener buenas y mejores ideas que los nuestros, y que no está mal reconocerlo.

Tercera lección: La historia la suelen interpretar los sectarios. Por eso, es importante deshacerse de ellos y relegarlos a lugares donde sean inofensivos. Hay que evitar que lleguen a la universidad, a las escuelas, a los documentales televisivos o a las cátedras de lo que sea. Además de no saber por no haber estudiado, emborronan el saber de otros con sus fanatismos y cerrazones. Su gran mal serán generaciones manipuladas a las que no se podrá hacer pensar.

Cuarta lección: Aquí no hay buenos y malos. Hay buenos gobernantes y malos gobernantes. Eso no significa el triunfo de los gestores tecnócratas (recuerdo a Habermas) frente a los ideólogos. Un gestor sin ideas no existe, y un gobernante sin ideas no hace nada, y termina siendo un mal gobernante. Los buenos gobernantes destacan por su honestidad, su ética incorruptible, su amor a las normas, su desgaste por la patria y por el colectivo, su búsqueda de soluciones a los problemas de la gente, su empatía hacia el sufrimiento de las minorías, y su aprecio a los sacrificios de las mayorías, su rechazo a la demagogia, su odio a quedar siempre bien, su vómito hacia los que disfrazan la verdad de múltiples formas. Esta gente no es ni de derechas ni de izquierdas. Se lo aseguro.

 

 

Cuando los dictadores fingían ser grandes hombres: Napoleón.

Forma parte de la naturaleza humana que la gente justifique sus acciones, tanto buenas o malas; y forma parte de la naturaleza humana que los eufemismos de los dictadores terminen siendo aclamados por las turbas como verdades incontestables, especialmente cuando las justificaciones coinciden con las ideas de los oyentes. Si yo mato en nombre de la libertad, es fácil que el auditorio que ama la libertad termine aplaudiendo mi asesinato. Y si mato en nombre de la justicia social, es lógico que los que tienen la justicia social como la madre de toda la justicia, aplaudan la injusticia social de matar a alguien impunemente. Normal.

La segunda batería de argumentos viene cortada por la medida de la regla ideológica impuesta, la cual planea sobre el hombre como espada cerril y arbitraria. Se divide la humanidad en buenos y malos según sus ideas. Es decir, para mucha gente hay diferentes grados de humanidad, y así la gente es buena o mala según defienda la libertad, la justicia social, la patria o la sopa boba y la ocupación. De esta forma se divide la humanidad con una dicotomía absolutamente contraria a los valores cristianos, donde todo el mundo es pecador y malo, aunque también sea capaz de hacer el bien y amar a sus enemigos. Para un cristiano, la humanidad es una fraternidad, una familia; pero tras la muerte de Dios el hombre es catalogado en bueno o malo, de los míos o de los otros. Por eso, los buenos son “víctimas” cuando son asesinados (revolucionarios y patriotas cuando matan a alguien); y los malos, por el contrario, se lo “merecen” cuando son asesinados (enemigos y cobardes fascistas cuando matan a alguien).

Esta es la razón por la que estamos viendo en España que los asesinos de ETA empiezan a ser hombres de paz, en cambio los Guardias Civiles son usurpadores de las libertades. Y es que el mal se termina justificando e imponiendo si no intervenimos decididamente con nuestras ideas. Perderemos la posguerra contra ETA, y será por falta de valentía y arrojo, de pulso político, de ganas por hacer valer la verdad, lo que queramos. Es lo que suele pasar.

Yo siempre he mantenido que la diferencia entre Napoleón y Hitler en su forma de actuar fue escasa. Los dos quisieron conquistar Europa y el mundo con un ansia desmedida de poder. Es verdad que las causas de tales deseos fueron contrarias, y así el odio de Hitler por la humillación que sufrió Alemania tras la 1ª Guerra Mundial no lo gastaba Napoleón. Hitler mantuvo unas ideas diferentes a Napoleón, pero eso no lo convierten en malo a uno y grandioso a otro. En realidad los dos fueron gentuza con ansias imperiales, que es una forma de ser como otra cualquiera. Los dos lo intentaron con los británicos, y los dos se quedaron congelados en Rusia. Hitler la tomó contra los judíos, y Napoleón con los que no juraban la Constitución. Uno gaseó a sus enemigos, y el otro masacró a los suyos deseando ganar.

Pero la historia no ha tratado de igual forma a los dos últimos Emperadores de Europa. Lo curioso es que Napoleón tenga en el Arco del Triunfo de París un monumento a sus desmanes y asesinatos, y Hitler no tenga en Berlín ni una escasa banderita nazi presidiendo una tienda de baratijas. Y es que los Nazis perdieron la guerra y la posguerra; en cambio los Revolucionarios perdieron la guerra, pero vencieron en la posguerra imponiendo sus ideas. Francia nunca percibió que Napoleón fuera una mala bestia sanguinaria, y le otorgó un mausoleo y un panteón en los Inválidos, y para más fatuidad gala puso flores por los franceses buenos que murieron matando a los demás europeos (españoles, rusos, británicos y prusianos). En cambio de Hitler no quedan casi ni las fotos, son la vergüenza de Alemania, lo cual es algo digno de elogio de la nación teutona, que debe ser el único país del mundo donde sus asesinos son asesinos; y sus filántropos, filántropos.

En España se elogia a Largo Caballero y a Carrillo, dos asesinos; en cambio se quita el nombre a un aviador llamado García Morato, que cumplía órdenes de Franco. Y es que la guerra la ganó Franco, pero en la posguerra y en la democracia arrasan los de la III República. Luego vendrán sus desmanes, y dirán que son revolucionarios y luchadores de la justicia y la patria. De hecho, ya lo vienen diciendo.

Napoleón fue uno de los dictadores más pérfidos que ha habido en la historia. Quiso conquistar Europa con engaños, armas y asesinatos. Es lo que mamó de su infancia militar y de su complejo de inferioridad por ser bajito. Colocó a sus amiguetes y familiares donde le dio la gana y no se avino a ninguna de las razones ilustradas que cien años antes hablaban pestes de los monarcas absolutistas. Napoleón se erigió como estandarte de la Ilustración, cuando fue su profanador. Se convirtió en el absolutista que mataron los Franceses, pero con más ganas de pasar a cuchillo a sus enemigos. Luis XVI a su lado fue un alma de cántaro. Y es que realmente Napoleón fue un Tirano, que es bastante peor que un monarca. Estaba lleno de soberbia, y colocó a la Revolución Francesa en la obligación de guerrear contra toda Europa, asolando, robando y destruyendo todo lo contrario a sus ideas. Como todos los dictadores.

En España robaron y destruyeron gran parte de nuestro patrimonio nacional, asolaron campos y dejaron nuestro país como un erial de pobreza, hambre y miseria. Les dimos para el pelo gracias a la ayuda británica y portuguesa; y por supuesto gracias al puñado de patriotas que decidieron no dejarse atrapar por la medusa que todo lo congelaba. Es curioso observar como algunos ilustrados españoles, antes simpatizantes de lo francés, echaran pestes de las tropas francesas asesinas que poblaron nuestro país. Beethoven tachó la sinfonía que le había dedicado al emperador cuando abrió los ojos. Es lo que tiene la historia. Los que primero aplauden a los asesinos, suelen ser los primeros que abjuran de ellos. Que se lo digan a Camilo Cienfuegos, que se lo cuenten a Yoyes, que se lo digan a los del POUM o a los campesinos asesinados por el Ché en Bolivia.

PS: Un tal Trueba dice que él iba con los franceses. En realidad también hubo españoles juramentados que lucharon con las tropas francesas. En su momento fueron tachados de traidores, pero seguramente ahora sean patriotas. Gentuza capaz de matar por sus ideas, supongo, que es la razón más soberbia y estúpida de matar a alguien.

PS2: Supongo que Trueba no mataría a nadie por sus ideas, ¿o sí?

PS3: Te perdonamos, hombre; pero no nos obligues a ver tu película.

 

Dedicado a los amantes de la historia.

Hay que reconocer la importancia y el valor que tiene para mucha gente la historia. No me refiero a que haya personas que recurran constantemente a ella para justificar sus excesos ideológicos, véase nacionalistas y exaltados de toda condición, sino a aquellos que buscan en la historia razones y resortes para entender y comprender al hombre en toda su complejidad. De ahí que la historia, o mejor las historias de la historia, les emocionen y fascinen. A mi también me embriagan y deleitan, ¿por qué no reconocerlo?

Tiene algo de romántico recrear escenarios imposibles en la actualidad, soñar con portes y personajes muertos hace tiempo, asimilar el absurdo azaroso de la existencia humana, o comprobar que la maldad y la bondad, la cizaña y el trigo, crecen en campos muy cercanos. Tan cercanos que caben en un mismo poblado, un mismo reino, y bajo un mismo techo.

La historia está llena de esas historias maravillosas que despiertan la imaginación y elevan la costumbre de mirar el día a día con otras neurosis. Presentan a menudo ojos sabihondones y extremidades zanquilargas, las mismas que nos permiten correr nuestra existencia con la melancolía de no haber vivido en otra época, y el promiscuo y sensato agradecimiento de disfrutar de las comodidades de ésta. La historia otorga a sus seguidores el don de no amostrencarse, de no ser un zote; los ubica en el tiempo y les da argumentos para no despachar al mundo con demagogias simplonas maltraídas en un vermut de mediodía. Nos da conversación e ilumina las relaciones con los objetos que tienen más de cien años. Nos ayuda a comprender al bisabuelo, y nos hace trascender  con la misma luz que iluminó a los platónicos, y los desplazó en su contemplar de sombras cavernícolas. Desde que hay escritura hay historia, y no es casualidad. Escribir sobre la historia, novelarla, contarla y entenderla es ser más hombre y menos semoviente.

Sin duda un amante de la historia es un caballero, un marinero, un eremita, un romano conquistador de fronteras y pueblos, un capitán prendado de territorios inexplorados, de batallas imposibles y de mundos torcidos. Es un seductor, siempre dispuesto a regresar al pasado en cualquier momento para ver, y comprobar por sí mismo que los muertos del pasado resucitan temporalmente, y que nos pueden hablar y contar de sí mismos y de su tiempo. Esos espectros resucitados nos enseñan y nos obligan a aprender, y cuando ya han cumplido su misión, vuelven a las tumbas en las que un día los depositaron. Les miramos a la cara, pensando que siguen estando ahí, junto a nosotros. Dispuestos a narrarnos, a decirnos. nos dan las gracias y se vuelven a dormir.

Junto a los muertos de la historia comprendemos que el hombre es hombre en cualquier condición y circunstancia, y que las veleidades que habitualmente arrastramos estuvieron configuradas, y prefiguradas, en otras vidas anteriores a la propia. Ajenas y malditas, o benditas e irrepetibles. ¡Cuánto nos hubiera gustado conocer a tal o a cual personaje de la historia…! Y nos recreamos imaginando y disfrutando con los restos del castillo, de la calzada romana, conociendo a la Santa con la pluma en la mano. Y nos basta una espada labrada en la fragua que un día visitamos por un par de euros en un museo provinciano. Un guía nos cuenta lo que ya sabíamos y amábamos, pero a nosotros nos seduce imaginarnos que por tales piedras paseó aquella andariega universal, o cabalgó aquel rey emperador, inocentes, inteligentes, arrojados, entregados, heroicos, hombres y mujeres, niños que crecieron, vidas que dejaron como huella nuestra existencia, pues antepasados nuestros son.

Tampoco hay que olvidar que detrás de un historiador hay un pequeño cotilla, un hombre interesado en las cuitas humanas, un recopilador de anécdotas que no se resigna a lo que le cuentan, sino que quiere reconstruir con meridiana exactitud aquello que sucedió, con pelos y señales, como si lo viera y lo pudiera tocar. Por eso, que durante estos días, haya tanta gente interesada en la novela histórica, en la serie Carlos Emperador, en Santa Teresa, en la serie Isabel, o en la Segunda Parte de los Caballeros de Valeolit. Lealtad y promesa es un motivo de regocijo para mi, y para todos los que disfrutamos contemplando el tiempo, soñando mundos pasados, ensanchando nuestra existencia. Y me trae a cuenta la enorme responsabilidad de contar con fidelidad y rigor la verdad de lo que sucedió, y de recrear con decisión y valentía, aquello que no sucedió, pero que perfectamente pudo suceder. Esa es la novela histórica, y esos son los amantes de la historia. A vosotros os lo dedico…

Hacia una edad oscura.

libros

Reconozco que no quiero ponerme catastrofista, pero resulta que trabajo con las futuras generaciones, y eso, como es de esperar, produce una angustia vital que se va metiendo en lo más hondo del alma de cualquier persona que tenga sensibilidad por el futuro y por la cultura occidental recibida.

Podría traer muchos discursos sobre las razones del fracaso cultural en el que vivimos, o sobre la incapacidad para trasmitir la cultura recibida a una siguiente generación plenamente sodomizada con móviles más modernos que ellos (chicos convertidos en pobrecillos y anquilosados idólatras de fetiches que necesitan recargar todos los días, después de mirarlos para no ver nada importante), y cuya única reivindicación es la fiesta y el bragueteo en cualquiera de sus formas. Son gente alimentada con 50 sombras, nada menos, gente que vomita sin remedio porque su estomago no puede digerir una lectura clásica ni un cuadro de un museo compuesto por piezas y no por explicaciones y gráficos. Se vanaglorian en su condena por la rapidez del consumo que nunca satisface, la absorción de ideologías inodoras que los dejen a gusto con su conciencia, todo políticamente correcto y emocional, sin atisbo de razón por ningún lado. Gentes inmorales para la vida, y atrofiados para la lectura, para el arte, o para detenerse en un pensamiento que no sea vano y falaz. Les duele la verdad tanto como mirarse en el espejo de sus antepasados. Ellos son la oscuridad del futuro, por eso hay que vomitarlos, o yo diría mejor, exorcizarlos cuanto antes, expulsar los demonios que los atrapan, para que no se mueran de pena y de tonticia.

Estamos ante la primera gran generación posmoderna, heredera directa de sus blanditos padres. Sus progenitores habían transitado del esfuerzo al absurdo, gracias a una sociedad protectora; pero sus hijos han alcanzado el límite del nanaísmo, del que me den que para eso existo, que me paguen la escuela, el pupitre, los libros, el médico, el autobús, la calefacción, la comida y el coche, que ya me encargaré yo de hacer lo que me dé la gana. Predican que los malos son los políticos, los banqueros, los que se enfadan porque he quemado una papelera, los fachas, los aguafiestas, los corruptos, y los que no me dan la píldora del día después cuando es mi derecho abortar, matar, gastar o abofetear a mi novia porque no me quiere, o a mi novio (que tanto da), que lo cambio porque solo fue un entretiempo, tan joputas ellos como ellas. Son hijos paridos a golpe de subvención, los que piden y piden sin ofrecer nada a cambio, los que lo tienen todo y aún quieren más. Los que no saben como afrontar la vida cuando hay que doblar el lomo, los que por desgracia hacen que su egoísmo sea contagioso, con rasgos ya epidémicos, que llega a afectar incluso a generaciones de cuarenta años infantilizadas. Hay que detener el virus y cortar el desastre antes de que sea demasiado tarde, y se nos pierda un paciente exangüe, que disfruta mirando su hemorragia.

Tampoco quiero pensar que es algo nuevo, pues hace dos generaciones eran igual de ignorantes sus abuelos o padres, pero eran sabedores de su ignorancia, de su pequeñez; y ese era un germen para respetar al que sabía: al maestro no se le grita, niño. Atiende y no seas un destripaterrones como tu padre, coño. Ahora presumen de ignorancia, y se han vuelto hipersensibles ante policía que les mete una multa, o el profesor o el médico de cabecera, tanto da; son indiferentes ante su propia estupidez narcisista, incapaces para pensar más de diez minutos seguidos, y ateridos para sentir en profundidad con el que sufre. Megaombligados, ombligofrénicos, cualquier palabra que inventemos se queda corta para describir el egocentrismo del vampiro que no se refleja en un espejo decente, y que chupa la sangre a los demás.

Nunca la humanidad había llegado tan lejos en el arte de la idiocia colectiva, y es verdad que habría que hacer y dar un homenaje de lapidación contra los listos que han degenerado y destruido todo lo que se intentó levantar a lo largo de los siglos tardomedievales hasta la revolución industrial, cuyo gran mérito va a ser esquilmar nuestro querido y limitado planeta tierra. Pero no sigamos por ahí. Occidente siempre ha tenido herramientas, y antes de que nos invada el islam con sus propuestas integradoras, convendría enfocar el problema adecuadamente y buscar la solución que nos ofrece la historia de occidente, la que tenemos a mano.

Los pueblos inteligentes suelen mirar a su pasado cuando perciben la decadencia del presente, y Europa no ha sido una excepción en su historia. ¿Qué creen que fue la reforma carolingia? Mirar al pasado clásico del Sacro Imperio Cristiano y Romano para intentar levantar las bases de un mundo nuevo. Impulsaron los estudios del quadrivium y el trivium, que a la postre han sido la institución cultural (universidad) más importante para occidente, la que le ha permitido superar a los demás pueblos en conocimientos y habilidades. ¿Y la reforma protestante? Fue volver a mirar el Evangelio, transformador y sólido con la mirada de los primeros apóstoles, los primeros pensadores cristianos, sin velos ni tulipas. ¿Y la reforma renacentista? Volver a mirar el mundo griego y romano tanto en su estética como en sus leyes, su derecho, sus proporciones, su amor por la vida, su hambre de Dios y de trascendencia.

Por eso el mundo está en una nueva encrucijada, y tiene que elegir entre el marasmo y la autodestrucción de la sociedad de consumo, del nihilismo decadente de la ignorancia, del hombre blando de pensamiento relativista, donde la única moral posible es la moral de situación (hago lo que me se me ocurre que tengo que hacer en cada momento, y no me arrepiento de nada); o apostar por mirar al pasado, donde se vuelvan a dar la mano los pensadores greco-romanos, el cristianismo con su imprescindible propuesta ética de máximos y su espiritualidad de encarnación, y el orden y el derecho romano.

Al menos hay que pensar la humanidad (que diría Ortega), es lo que menos que podemos hacer. Aunque yo no me quedaría ahí, yo intentaría exorcizar al demonio (con ayuda de Dios, claro) antes de que nos arrastre sin remedio en su soberbia infinita.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.