Entrega 25. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS

El lecho mortuorio estaba decorado con todo lo necesario para morir. Un Rosario de cuentas colgado de la mesa, una vela en cada alfeizar de la ventana y tres orinales. Uno para Francisco, otro para los invitados y un tercero para sus nietos, que estaban por entonces controlando sus esfínteres con el máximo interés.

Sin embargo, y esta es una de las cuestiones que puso luego en entredicho el alcalde cuando se enteró, todo salió al revés.

—No es posible pedir a una criada que reza a la Virgen del Remedio que no se confunda alguna vez y pida remedio a los cielos —dijo dos días más tarde el burgomaestre, tomando chocolate delante del cadáver de Francisco Montañés Chaco.

La chica, que entonces era muy joven para entender que “el orden de los factores sí alteraba el producto en algunas ocasiones”, dijo que entraran de menor a mayor.

Y ahí se equivocó.

Porque aunque leía la mente, en ocasiones los subconscientes de los parlantes jugaban malas pasadas, y engañaban a los que hablaban y hablaban diciendo una cosa y pensando otra. El disgusto estuvo a punto de costarle el trabajo, y si no hubieran intervenido las autoridades de la Inquisición, que todavía pululaban contritas por el pueblo, redimiendo a los espíritus inocentes, la chica hubiera sido condenada por el puritanismo que sacudió el pueblo aquella tarde, y que se extendió por todo el altiplano sin control durante los años venideros.

La criada quedó tan confundida por la maldición que le echó Purificación Manzano cuando se enteró, que comprendió que no recuperaría la vista en un año, ni el oído en tres, que era lo que le había profetizado el pequeño Argimiro con su lengua de trapo. Por suerte, Juan Montañés, el yerno ciego y padre de los muchachos, comprendió que no era cristiano ni humano aquella maldición, y le enseño a leer mejor, con más hipocresía y precisión, las mentes gracias a un sistema de ultrasonidos semejantes al que empleaban los murciélagos en Albacete y Chinchilla.

Lo que no pudo evitar es que fuera atacada por la tarántula celosa cuando llegara el día, pero es que, tras la muerte de Francisco, nada volvió a ser lo mismo. Y eso lo dijo todo el pueblo.

—Te bendigo hijo. Para ti la imprenta y el primer barril de vino —dijo a Alfonso que lo confundió con Argimiro.

La causa de que se le nublara la vista estuvo en el gateo del meridiano felino en que se había convertido el muchacho. Sabía que tenía que andar por allí, y como no era capaz de verlo, y sí de escuchar sus movimientos, dedujo que cuanto antes acabara por bendecidle, mejor. Luego llegó Gerardo, que le dio lo que le correspondía, las cabezas de ganado, que cuando el muchacho, de apenas cuatro años, supo que habían fallecido por la peste bovina diez años antes de morir el abuelo, se juró y prometió que se marcharía el día menos pensado a África para conocer el origen de sus antepasados australopitecinos.

El tercer hijo fue un poema de lágrimas y llanto. Pues Argimiro se acercó a su abuelo, lo besó y le dio las gracias por los bienes que iba a darle. Francisco, que nunca perdió cuentas a la vida, excepto el día que habló con Antonio Alarín-Vicente, comprendió que había sido engañado por la doncella, y que no tenía para darle a Argimiro más que un puesto en el Ayuntamiento. Puesto que podría conseguir tras vender las tierras de las Argandoñas que le había prometido. Iba a ser un desastre, y el hombre, compungido, empezó a llorar como un magdalena llamando la atención de toda la casa.

—Me han engañado como a los patriarcas de la Biblia —dijo reponiéndose gracias a las condolencias que recibió de Purificación, la cual intentaba calmar a su marido, no fuera a morirse ese mismo día. Como así fue.

Alfonso estaba desaparecido, y Gerardo no comprendía lo que sucedía. Solo Argimiro empezaba a intuir el futuro, pues la bendición, en cuando se manifiesta, emite efectos invisibles sobre las facultades hipolumínicas de aquellos que las reciben.

—Tu hermano Alfonso es el más preparado para conocer los secretos del tiempo que es elástico y del amor, pero te ha robado la imprenta, y no puedo yo, sino intentar compensarte. Serás el hombre más amado del mundo y si encuentran la piedra amatista que perdió en la plaza el hidalgo Antonio Alarín-Vicente podrás viajar a la velocidad de la luz —dijo Francisco a punto de morir.

Todos creyeron que deliraba, especialmente el médico y el párroco, que allí estaban disfrutando de una tarde inolvidable con su vecino moribundo, llena de dimes y diretes para comentar en la sacristía al día siguiente.

—Yo creo que está viendo a los ángeles —dijo el médico que intentaba congraciarse con la fama de ateo que le habían encasquetado por aquello de no ir de levita los domingos a misa.

—El caso es que este hombre no está fuera de sus cabales —dijo el sacerdote empleando el espíritu pragmático que sabía gustaría a su colega en lecturas, el señor médico.

La única que creía entender algo era Purificación. Había visto como Francisco, su esposo, había consumido sus vidas de la manera más estúpida. Las almas las había empleado con prudencia y buen tino, pero el asunto de las vidas, pasaba de castaño a oscuro. Ella sabía que había malgastado dos vidas tontamente. La primera la desperdició bebiendo cicuta, pues deseaba sentir la muerte de Sócrates como en primera persona, y la segunda con la tarántula del Serratejo.

No le costó a Francisco solicitar dos botellas de cicuta desde su puesto de estanquero, pues desde Madrid no hacía preguntas sobre los brebajes que despachaban los de las provincias. Su mujer tuvo que aliviarle con dos vasos de leche de cabra cuando se lo encontró en el suelo vomitando un líquido azul.

Sin embargo el asunto de la tarántula fue más complicado. Aquel bicho parlanchín andaba seduciendo a los demás animales sin ningún criterio lógico. El panchacudo de su esposo deliraba con irrisorias conversaciones de arácnido sin castrar, y se había empeñado en tomar notas, apuntes con pluma y tinta, sobre las habladurías que se gastaban los artrópodos del campo en los altozanos del Serratejo y la campiña de la sierra Salinas. Era ridículo ver al hombre con un zurrón de pastor, asemejando con sus tonterías a los prístinos y esgrimidos escritores del Siglo de Oro, comedores de hambre. Una época que Purificación antojaba en Yecla como anterior al diluvio de Noé y posterior a las guerras con los austracistas y contra los franceses.

—Se podían haber quedado aquí los franceses —dijo Antonio Alarín-Vicente en cuanto comprobó que durante siglos y siglos los franceses siempre andaban por el altiplano torpedeando y barriendo los campos con hierro y sal.

—Da igual que se hubieran quedado —le contestó Francisco Montañés cerrando el Estanco para darse un paseo hasta el Serratejo—. La tarántula tampoco hubiera aprendido francés para enamorar al alacrán.

Se rascó D. Antonio la calva, no sin antes quitarse el tricornio que gastaba desde que se lo cosieran su bella esposa, cuyo nombre no recordaba nunca, pero cuyo apellido era Muñoz, y mirando a Francisco no supo qué decirle. Era incontestable con el tema de los idiomas, y aunque no era su propósito agobiar a nadie, dijo una frase que pasó a los anales del refranero popular.

—¡Caracoles! En Francia hasta un tonto sabe hablar francés.

—Hasta un niño de seis años habla mejor francés que nosotros —contestó Francisco alejando la polémica de su negocio y de su tiempo.

Quedaron en tablas y se citaron para, en unas semanas, continuar con la plática que tantas tardes apetecían. Solían encontrarse en el parque, que lo consideraban terreno neutral. Sin embargo, aquel infausto día, picó de muerte la tarántula en la mejilla de Francisco, que se había acercado demasiado para escuchar la plática y costumbre de aquellos animalejos. Le parecía que hablaban chisporroteando versos; y él, que era más curioso que una mangosta ante una cobra, olvidó que tenía que respetar la naturaleza en su esencia bruta.

Purificación le preguntó, cuando lo vio llegar con la mejilla inflamada por la escucha, si había perdido el espíritu ilustrado de averiguar el origen del mundo, el porqué de la naturaleza, o los escarpados que guardan las tarántulas venenosas del Serratejo. Pero él no dijo nada, comentó que no iba a morir, porque le quedaban algunas vidas más que gastar. Extremo incierto, pues se equivocaba al contar.

Fueron las tarántulas que holgazaneaban por las calles y esquinas de Yecla las más perjudicadas por su naturaleza venenosa. Por eso, el día del entierro de Francisco nadie se acordó de invitar a la tarántula; y ella, cobra de ocho patas peludas y seis ojos negros, decidió vengarse seduciendo a Argimiro, su nieto preferido, cosa que no logró ni aunque hubiera empleado los más potentes recursos diabólicos para enamoriscar a Darwin, que también nos convenció diciendo que éramos parientes de los arácnidos.

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