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Entrada 20. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS

Francisco Montañés Chaco se quedó cariacontecido. No tenía ningún recuerdo disponible desde que entró en el Estanco, y no estaba dispuesto a sufrir ni a llorar por algo que era tan ridículo. Miró por la ventana en un instante de furia controlada. Había perdido el tiempo, un tiempo que se alargaba y que se acortaba con el ritmo vital de la existencia. Si hubiera descubierto las propiedades de la luz y de los fotones, antes hubiera podido seducir al sol de hacía 3.000 millones de años, pero estaba velada tal información al siglo, al menos hasta que no hallara la amatista, la piedra preciosa que despertaba los universos paralelos.

Estaba obligado a la observación del vuelo de las aves, y con ese pensamiento tuvo que tomar una decisión que cambiaría el destino del pueblo de manera eterna. Las avutardas participaron de la decisión de una manera sibilina, pues desde los páramos castellanos de Villafáfila cortejaron a los estorninos, que ese año viajaron hasta las tierras del altiplano solicitando la atención de Francisco Montañés Chaco. Los virajes y los balanceos, en aleteos conspicuos, hicieron dudar al estanquero, pero no pudo mostrar ademán alguno, no enarcó la ceja como hiciera Antonio Chaco en los años que había vivido, antes por el contrario, humedeció sus labios con su lengua bífida, la que le perteneció desde niño, cuando descubrió sus dos almas enjutas y en flor, dispuestas al amor y al dolor con igual persistencia y magnanimidad, y siguió hablando desde la inocencia de su rostro herido por un rayo de luna y por el incontrolado tiempo.

—Disculpe, pero estoy confundido. Ahora mismo no puedo darle ningún nombre —soltó a bote pronto mientras intentaba ver algún estornino por el ventanuco del Consistorio.

—No se preocupe, don Francisco, nos hacemos cargo de la dificultad de la decisión. Ya nos encargamos nosotros, si le parece. Hoy mismo resolveremos el asunto.

—Se lo agradezco, sí —y salió de la Casa Consistorial con la frente gallarda y la inteligencia más embotada que nunca.

Eran las doce del mediodía, y a aquella hora tenía que regresar al Estanco para recoger una partida de sal, azufre, pólvora, plomo, mercurio y antimonio.

Fue entonces cuando, descendiendo la calle san Francisco, se encontró con la joven que viera la última vez que acudió al Ayuntamiento. Habían pasado dos vidas, y la mirada en flor de la doncella —sin duda lo era— le agradaron oportunamente. Entendió que Micaela estaba agonizando, y que aquella niña, ahora convertida en mujer, iba a ser su próxima esposa. Los polichinelas de terciopelo que se amparaban en sus juanetes, ahora prescritos por indicación del arquitecto de Yecla, lograron la consistencia del plástico y la eficacia del artesano, pues María Purificación Manzano Díaz, que así se llamaba la amapola, bebía los vientos por su segunda alma desde que lo viera con pocos años de vida. Él se acababa de quedar prendado de ella, aunque era menester saber esperar, para que todo sucediera en el tiempo previsto.

Aquella noche, se olvidaron los estorninos de volar delante de la casa de Francisco Montañés, pues no deseaban molestar con sus ingenios al estanquero que tantos bienes les había traído. Sabido era que depositaba goma laca sobre el enjalbegado muro del cementerio, como si quisiera con ese gesto atraerse la dulzura de los campos y la tranquilidad de los pájaros levantinos, pero lo que nunca comprendió Francisco era que aquellas avecillas estuvieron enamoradas de sus canas y de sus lamentables pies aterciopelados desde el mismo día que los cubrió de promesas. El tiempo trajo el olvido durante varios otoños, pero los estorninos de Yecla habían aprendido a sortear la enfermedad con arrumacos y cancioncillas; y una de ellas hablaba, casualmente, del amor eterno que le prodigó una golondrina a un príncipe misericordioso. La misma que revoloteó alrededor de la estatua de Jacinto Gómez Santaolaya años más tarde, presintiendo que estaba vivo, y por tanto enamorado en su velocidad infinita.

—Volverán las oscuras golondrinas —dijo para sí.

No pudo terminar de pronunciar el poema que haría famoso a Gustavo Alfonso Bécquer, pues sabía que cuando volvieran las golondrinas y sustituyeran a los estorninos, Yecla cambiaría. Se enamorarían los animales de Argimiro Montañés Onarres, su maldito y bendito descendiente. Iba a ser su nieto, su primer nieto con el don de comprender y elongar el tiempo. Pero nunca sería dueño de su espacio ni de su pasado hasta que no apareciera la amatista de la plaza.

Francisco no entendía que sus lágrimas de duelo brotaran negras. Su llanto se había vuelto amargo y ácido, y sus ojos se habían impregnado con una especie de betún oscuro y pegajoso. Eran inevitables el dolor y el tiempo derramado, pero no las alteraciones de la materia cósmica de su cuerpo. Le extrañó tanto, que pensó que era un motivo de jolgorio y resurrección, lo que alteró la observación de los vecinos del pueblo con respecto a su persona.

Su capacidad para superar el sufrimiento había llamado la atención de todas las ovejas, caléndulas y musarañas, desde hacía años. También modificó los ánimos de los que acudieron a darle el pésame por la muerte de su esposa Micaela Alarín Muñoz. Luego llegaron plañideras, tarántulas, moscas y moscones; y siguieron los vecinos, los parientes de la plaza y los sacristanes de San Roque, que siempre estaban dispuestos a hacer valer la vocación bendita de su santo ante la vida eterna.

Algunos se preguntaron, delante del cadáver, si era posible una vida tan corta para una mujer tan bella y hermosa; y Francisco, cuyos sentimientos amorosos nunca pudo controlar, perdió varios cabellos de su cabeza, lo cual hizo tambalear su primer alma, dejándolo herido y sin que notara su rastro.

Miró el rostro lívido de su esposa fallecida, y se enamoró como un jilguero de un cadáver virtuoso hasta el extremo de callar en medio del sepelio agonizante. El gesto que hizo a continuación disipó las dudas de los maledicentes y las porteras, pues Francisco, enamorado del cuerpo sin vida de su esposa, levantó el velo que cubría su faz, limpió sus ojos de lágrimas negras, y besó sus labios cenicientos con tanto amor que la muchacha resucitó en un universo paralelo, para asombro de las golondrinas y los estorninos, que se sumaron con su “no nacido nieto” a una verbena universal.

El instante eterno de la naturaleza muerta que viaja a la velocidad de la luz hizo que se incorporara con parsimonia. Se sacudió el viento, y tras devolver el abrazo a su esposo, decidió probar el chocolate y las pastas que habían prodigado sus invitados a su viudo Francisco.

—Este chocolate que has encargado para mi velatorio es el mejor que he comido nunca —dijo con marmórea placidez, consciente de que estaba a punto de regresar con la luz del final del túnel—. Espero que no me haga daño para el viaje eterno.

—Dios es misericordia, y ese tipo de viajes siempre son agradables —contestó Francisco indagando un misterio que no había recorrido.

Era un gesto inocuo pero lleno de sentido. Entregó la taza para que sorbiera su marido los restos del chocolate, y cuando terminó de degustar observó a su antigua esposa, que le sonrió.

—Voy a fregar, que no digan que no soy diligente.

—Te van a dar igual esas habladurías, si ya estás muerta.

Pero Micaela no contestó, entregó sus manos blancas al azote del agua fría y al jabón de lagarto. Para tal cosa cruzó la casa, contempló a los visitantes disecados, y sonrió en varias ocasiones a su marido, con una mirada pura, limpia e inocente. Cuando terminó se dirigió a él, le colocó la corbata, y le habló con voz baja.

—Nunca he sabido hasta el día de hoy con quién me había casado —le dijo Micaela—. ¿Eres un dios?

—Solo soy un mortal que ha recibido muchas gracias. Lo siento. Nunca te dije lo de las dos almas para no molestarte —y suspiró con la confesión que lo encumbraba temporalmente a su destino—, estaba escrito en el agujero negro que preside nuestra galaxia que así fuera.

—No entiendo eso que me dices, siempre has sido un hombre sabio, y yo no he estudiado más que la manera de amarte.

—Pues lo has hecho, y siempre estarás en mi corazón —confesó Francisco sin dolerse de sus palabras lo más mínimo.

Y así, como si el tiempo se arrugara, el alma se fue, y el cadáver se aplanó hasta tomar la forma de una molécula que se escondió dentro de la primera alma de Francisco Montañés, exactamente lo hizo en la glándula pineal, donde algunos pensaban que no había pelo ni hueso. Aquel descubrimiento que hizo René Descartes despreciando la observación para que no se ofendieran sus paisanos, había sido su filosofía más acertada. El alma humana, centro de razón, andaba junto a la ubicación del amor y los recuerdos.