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Entrega 35. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS

Pensó la criada sordociega, en un arrebato de la serpiente que había ingerido aquella mañana, que quizás tuviera Argimiro algún interés en las hijas de Jacinto. Estaban en sazón y algo repasadas por el tiempo y los hijos, pero nunca se sabía que se podía esperar de un hombre que deseaba copular con el tiempo muerto.

—¿Jacinto Santaolaya? Salió ayer por la madrugada, tenía varios negocios que hacer en Villena. No volverá hasta mañana por la mañana, creo —le confesó la muchacha consciente de que leer la mente a la vecina de enfrente, dada la distancia, siempre era una temeridad.

Seguramente había errado en su lectura mental, pero no quiso mostrarse ante su señor Argimiro como una mujer casquivana, entregada a las habladurías de los demás.

—Le esperaré —dijo— y se sentó en el poyo de la entrada de la casa, con la vista fija sobre el hogar de su vecino, el que había sido padre de sus cuatro hijas, marido de su inocente esposa, y dueño de sus cinco gallinas, ocho pollos, dos cabras murcianas, un búho sabio y un camaleón comprado a Argimiro en días taciturnos y antiguos.

Se descuidaron los días y las noches, e incluso Amparín, que entró por la trasera del patio no se cruzó con Argimiro. Lo pensaba desaparecido, con una oreja gacha y la otra enhiesta, y ella, que alborotaría lo necesario cuando regresara a casa le perdonaría de su perdularia desfachatez. Sabía que había ido a dormir al campo, a la Bronquina, pero que se quedara allí más tiempo del que había prometido era un abuso que no estaba dispuesta a aguantar. Hasta ahí podríamos llegar.

Al día siguiente, llegó Jacinto con su carro, más grande que el de Argimiro, y con cuatro piedras sobre la vertedera trasera. Argimiro dormía sobre el poyo de la entrada, pero en cuanto sintió el saludo de Jacinto llegando con su carruaje, el hombre se incorporó de un salto, se aproximó al carro de su vecino Jacinto, y tras examinar las piedras, y comprobar apenado que ninguna de ellas era su piedra caliza, la que amaba desde la eternidad, preguntó a Jacinto qué había sido de la piedra de la Bronquina, la que tanto amaba.

—La vendí a unos señores de Villena, que la llevaron a unos predios de Sax, para cambiarlos por unos mojones de Almansa ubicados en el camino de Higueruela, pero lo más probable es que hayan disuelto la piedra para hacer bicarbonato sódico.

El rostro de Argimiro se quedó pálido. Entonces comprendió Jacinto que aquel hombre había perdido la cabeza, y que iba a perder la vida si no encontraba pronto una mujer que sustituyera el vacío dejado por la caliza. Era altisonante que consumiera bicarbonato sódico comprado en la botica del pueblo, y que la sustancia que aliviara su estómago fuera la que debía aliviar su azogue.

—Lo mejor es que la olvide. Un clavo saca otro clavo, y una piedra es sustituida fácilmente por otra piedra. No sé que más decirle. Si hubiera sabido que quería ese pedrusco, se lo hubiera vendido a cambio de su casa y el pianoforte de su esposa, porque es insoportable el ruido que hace gimiendo tantas horas hasta la madrugada.

—Son las fiestas interminables de mi esposa —se disculpó Argimiro con melancolía y vergüenza. Si algo detestaba en este mundo era interferir en la vida y la paz de los demás.

El rostro de su vecino Jacinto brilló con un tono plateado ante la desdicha y el fracaso que se le venía encima a su vecino Argimiro, un hombre solitario, al que de alguna manera apreciaba por su capacidad para mantener el tiempo a raya. Él añoraba los buenos tiempos del pasado, cuando el tiempo tenía un sentido y un orden, pero con Antonio Alarín-Vicente viveando por el pueblo, todo parecía haber cambiado. Aquella luminosidad de cada mañana le oprimía velozmente, como si la gloria de las huellas pisoteadas de cada día fueran una losa interminable y pesada que aplastaba su alma dejándola más liviana y tonsurada.

Argimiro podía aliviar la plaza del Teatro de las habladurías teñidas de exabruptos de la física cuántica y de la astrofísica, pero no podría dominar el tiempo hasta que no consiguiera la amatista que Benjamín Franklin solicitó en su día a las autoridades locales, cuando obtuvo el silencio como respuesta.

—Si quiere le ofrezco a algunas de mis hijas por si quisiera amigarse —le dijo Jacinto con voz trémula—. Me quedan tres de ellas, porque la cuarta la tengo prometida al hijo del sastre. Ya sabe, uno no puede casarlas con quién le apetezca, sino con quién digan las estrellas.

—Lo comprendo perfectamente. A mí me pasará lo mismo con mis hijos. El día que decidan irse de casa nos quedaremos, mi Amparín y yo, solos y amortajados.

—Bueno, hombre bueno —le dijo Jacinto posando su mano sobre el hombro de Argimiro Montañés— tampoco hay que desear la muerte.

Y él, Argimiro Montañés Onarres, un hombre sensible donde los hubiera, empezó a desear la muerte desde aquel momento. Si la vida consistía en perder el amor inocente y puro, entonces no quería ese regalo envenenado. La piedra había sido para él un amor pasivo, es verdad, transido de aromas níveos, calcáreos, calizos y tiernos. La adoraba, pero tenía razón su vecino Jacinto, no podía continuar suspirando por el día y desvelándose por la noche. El amor se había ido, y ahora sería absorbido por el estómago de algún villenense o pinosero. Eran las leyes de la vida, las que obligan a los hombres a deconstruirse constantemente y en cualquier lugar, y todo por culpa de un amor equivocado y malparido.

El ofrecimiento de su vecino era atractivo, pues sus hijas, además de bellas eran hijas de un rico labrador. Pensó en las cuatro princesas que alojaban las paredes de aquel claustro, y con la facilidad que tenía para averiguar el futuro a una velocidad impensable, desdeñó amigarse eternamente con cualquiera de ellas.

—Yo no tengo varias almas para ocuparme de más amores que el que le tengo a mi Amparín —le dijo a Jacinto—. Mi abuelo Francisco fue otra cosa.

—Es que Paco Montañés, el estanquero, era de otra pasta —le dijo Jacinto.

Comprendió que no pintaba allí nada más, y que si no quería atraer los malos vientos y humores de la parca, le convenía alejarse de aquella jaula que era la vida de un padre con cuatro hijas. Salirse de ella y explorar nuevos mundos con el convencimiento de que ni la tarántula ni los alacranes podían sacarlo de su ensimismamiento con promesas ridículas y absurdas. Tenía que volar. En el pueblo no quedaban más que amores celosos y enfermizos, como los de aquellas bestias peludas de seis ojos, ocho patas, dos pedipalpos y un aguijón venenoso en la boca y en el culo. Los artrópodos, los arácnidos y las tarántulas no eran serios. Procedían de una familia hidalga y centenaria en la vida de las especies, milenaria incluso, pero habían demostrado que eran un desastre en los asuntos del amor y de la reproducción con los seres humanos.

—Gracias por todo —le contestó dejando que el labrador rico descargara su carro.

Regresó Argimiro al poyo de su puerta donde había permanecido horas y horas sentado; el carasol ventilaba todos los malos aires a la par que convocaba a las abejas y las serpientes de sangre fría; y él, con los ojos cerrados, lo agradecía. Sabía, mientras caminaba atravesando la vacía y polvorienta plaza del Teatro, que Jacinto le contemplaba al desfilar, como Moisés miró un día a Yahvé que le enseñó la espalda. Tenía cuatro hijas, los cuatro puntos cardinales, la rosa de los vientos, los cuatro evangelistas y los cuatro jinetes del apocalipsis en hembras y enaguas. Pensó en ellas y las disolvió con su aceite rizomático.

La hija mayor, Juana Santaolaya le sacaba la friolera de ocho años, era realmente mayor. Además se había casado con uno de los Rico, y entrar en aquella fiesta para levantar la hembra a un hombre con posibles y futuro en el pueblo, sería interpretado por los ángeles del cielo como una afrenta con el destino y una estupidez que lo enemistaría con medio pueblo. ¿Por qué se la había ofrecido Jacinto si ya estaba comprometida? La mujer era muy bella y hermosa, es cierto, pero no la deseaba más que a su esposa Amparín. Luego pensó en Lucía y vino a su mente lo que sucedería en cinco, diez, quince y veinte años. Se contempló a sí dormitando bajo su hombro, con María, la de la tía Lucía, la nieta del abuelo Francisco Nogales, el hombre que se marchó una mañana a recorrer mundo y apenas llegó al finisterre errático de sus pasos cuando se arremolinó junto a los vapores de otra hembra. Tampoco la deseaba, y cualquier intento de acercamiento con aquella hembra hubiera supuesto amigarse con la rata que encerraba en la bodega de su casa, la que mordería años más tarde a aquella mujer, cuyo principal interés era que despreciaba leer y escribir, lo mismo que un bruto desprecia enjoyarse con turquesas y amatistas diamantinas.

La siguiente hija le pareció la más apetecible. Era Carmen, y había nacido a la par que él. Apenas unos meses antes, pues era capricornio y ella era libra. La cabra y la balanza no harían buenas migas, pues consultando la astrología disponible de su cabello entendió que debía ser la hija prometida por el labrador rico de su vecino. Además, iba a ser la madre, con ayuda de Francisco Gómez Parcena —hijo del veterano sastre Jacinto Gómez Luna— de un barbilampiño Jacinto Gómez Santaolaya, el único hombre que había nacido antes de tiempo, el único que había logrado retroceder varios años hacia atrás, el único que había logrado ser disecado en vida, elevado a los pedestales antes de asomar su cara por la entrepierna de su madre. Era un portento, y si su abuelo no quería que le sucediera nada a su hija Carmen era porque sospechaba algo. Mientras contemplaba de nuevo la plaza desde su asiento de piedra, dura y enjalbegada como sus entrañas con cada día que pasaba, Argimiro deducía el futuro sin atreverse a solicitar la verdad al presente o al pasado.

Le quedaba María Catalina Marta Santaolaya, la que estaba prometida a Melitón Jiménez, su segundo esposo, pues también le constaba que era mujer de dos almas y de cinco vidas. Le constaba también que estaba enamorada de la Bronquina, y que había construido allí una de casa de recreo a modo de vivienda colonial. Tenía una entradica llena de higos chumbos redondos y olorosos que atraían las avispas en verano y la miel en octubre. El portalón se abría sin desesperarse y con brío, era portón más que puerta, y desde su interior iluminaba el suelo una chimenea en campana, que era hogar de gazpachos y fiesta hasta veinte generaciones más adelante. El amor de María a la Bronquina le traía a Argimiro recuerdos lóbregos, los peores, los más tristes de su vida, y es que volvía a pensar en su roca caliza.

Todo lo que se ama con locura se olvida con lentitud, pero todo lo que recuerda a ese amor acaba doliendo, incluso para siempre si deja de ser cotidiano. Las calles de Yecla habían sido pasto de duelo para muchos zagales y zagalas, pero los amoríos de Argimiro se sepultaban en otro hogar. Quizás mantuviera una vida paralela en otro universo, y debería haber buscado otra lápida con la que compartir la eternidad, arrugada con un nombre distinto, una hembra diferente, unos hijos con otra cara y otra vida. Otros mundos imposibles de imaginar sin la casualidad de lo efímero e insoportable.

La Bronquina estaba impregnada de un amor indolente y falso. Los alacranes le advirtieron de la traición que acompaña a cualquier amor, pero la pasividad de la piedra empezaba ahora a pasarle factura. Aquella piedra estúpida, pensó. Ni siquiera tenía ojos para mirarme con el desdén que merecía mi histriónica actuación. No volvería a la Bronquina, no con aquel cuerpo y vientre, no con las piernas ni con el mulo que le había prestado su vecino. No iba a ser así. No regresaría.

Y con un suspiro melancólico decidió buscar a su esposa para entregarle lo mejor de su sementera. El único amor que valía la pena era el que era capaz de engendrar nueva genética, y eso que nunca se sabía de antemano el rostro del que iba a nacer. Era una ventaja para él, que sabía, a ciencia cierta, que de sus cuatro hijos, uno de ellos se casaría con una hermana de Jacinto Gómez Santaolaya, el único hombre que veía en el futuro moverse, mientras el resto del pueblo de Yecla permanecía disecado.