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El cautivo voto cristiano ha sido liberado.

 

urna

La fotografía recoge perfectamente lo que suele pasar con el voto cristiano. Vota aquí, da lo mismo, dice el simpático contenedor de basura, y es que la ingeniería social de la izquierda ha logrado, en connivencia con la derecha, suponemos ahora que laicista y masónica, que los cristianos no tengan casi opción para votar, o mejor dicho, que tengan el voto al borde de la histeria. Me explico, porque creo que vale la pena ahondar en una de las cuestiones más interesantes para la antropología cultural de nuestra sociedad española.

Pertenezco a la generación de cristianos con poco olor a naftalina, más del Concilio Vaticano II que de las grandes manifestaciones tumultuosas proviva el Papa, aunque todo seguro que se hace ad maiorem gloriam dei. Creo que “Lucha y contemplación” han sido los dos grandes lemas que sedujeron a cientos y cientos de cristianos a lo largo de la historia, y que en su momento me sedujeron a mí, como a tantos cristianos de base, de pie, de asfalto, de estudios y de grupos cristianos, a veces olvidados por las curias, y otras ninguneados por los poderes políticos. Poder vivir desde esos dos ideales, de la oración en profundidad, y del compromiso social y cultural transformador, es una gracia otorgada de lo Alto, para un pequeño cristiano como creo que soy.

Esto me ha obligado, durante muchos años como cristiano reflexivo y comprometido, a tener que dilucidar y discernir, en ocasiones con grandes dificultades, a qué partido entregar el voto, pues ninguno de ellos casaba con el ideal del evangelio en plenitud.

Desde la teología moral, y en concreto la teología social de la Iglesia, ninguna opción temporal agota la plenitud del ideal evangélico, por eso, a la hora de votar, se nos ha dicho a los cristianos laicos, con un criterio fantástico y discutible, por parte de los obispos y el magisterio en general, que había que pensar el voto. Y los dos extremos siempre han estado claros para muchos creyentes durante muchos años.

 Las izquierdas políticas han representado evangélicamente como ninguna, a veces más en la teoría que en la práctica (pues una cosa es predicar y otra dar trigo), el ideal de la igualdad, de la justicia social, de la ayuda al débil y necesitado, de la apuesta por una democracia participativa, reflexiva, pensada, creciente y constructiva. Una defensa más teórica que real, pues en la práctica la izquierda usa al pobre o al obrero como arma arrojadiza para lograr votos, aunque de nuevo, de todo hay.

La búsqueda de equidad era un principio tan importante casi como la honestidad y la austeridad como valor de izquierdas. En ese sentido, la izquierda siempre ha recibido, aunque algunos no lo crean, el voto de muchos creyentes cristianos. Muchos de ellos entraron en la militancia política en partidos como Izquierda Unida, en sindicatos (USO fue fundado por parte de la cúpula de la Juventud Obrera Cristiana en los años 60, y lo mismo podríamos decir de CCOO, en sus inicios, claro), o en el PSOE (corrientes de cristianos para el socialismo…).

Pero hay que decir que estas opciones políticas no siempre fueron acogedoras con los cristianos de base. Bien mientras dejen su cristianismo en la sacristía, porque en el partido no se habla de esas cosas. Además chocaban abiertamente con el ideal evangélico en una cuestión tan básica como era la defensa de la VIDA. El aborto ha sido un escollo importante para el cristiano de izquierdas, lo sonrojaba y le avergonzaba hasta el punto de tener que justificar la inhumanidad del humanismo materialista marxista. Incluso algunos creyentes pensaron que podían eludir ideológicamente todas esta cosmovisión sin poner en riesgo sus creencias, y acabaron perdiendo la fe, pública o privada, en Jesucristo, según casos.

Chocaban para los izquierdistas que el cristianismo pudiera ser una opción pública y radical, pues la ideología marxista de la que partían no admitía más religión que la transformación social, o la lucha de clases, que tanto daba; de ahí que la iglesia y los cristianos no pudieran, nunca lograran, tener una voz respetada en esas formaciones. Como gente del partido bien, pero si eran cristianos que lo llevaran en privado, les han dicho directa e indirectamente.

Es la mismo postura de la masonería en la que se han bañado muchos de los dirigentes de la izquierda. La misma que sostiene a los dirigentes de derechas de otros partidos. Tras cuarenta años de democracia los cristianos, ni de derechas ni de izquierdas han logrado evitar el deterioro de la clase de religión en la escuela (la asignatura más ninguneada y perseguida de todas), han frenado la lacra social y moral que supone el aborto en la sociedad, ni han sido tenidos en cuenta para el desarrollo de la justicia social, tantas veces denunciada por Cáritas, por ejemplo.

Dicho de otra forma: los cristianos de izquierdas modificaron su cristianismo, o cambiaron su voto, simplemente. Pero la derecha ha sido peor con los cristianos.

Aparentemente la derecha siempre ha sido más acogedora con el voto cristiano, pues al entender que las religiones representan algo tradicional y conservador, pues les venía bien. Era el granero de votos y la contestación ideológica en la calle que nunca pudo organizar la falange del Franco, ni el Pepé de la democracia. Nunca entendieron que el cristianismo incorporaba una revolución en su seno, que el dinero y el libre mercado tenían que estar por debajo del hombre. que el dinero no era todo, y que había que construir una sociedad con valores como la igualdad, la libertad, la vida, la pluralidad y el reconocimiento a la tradición española y a la historia. Sin complejos ni tapujos, sin falsas palabras.

Para los cristianos la libertad siempre ha sido necesaria como medio en la construcción del Reino Evangélico, era una coincidencia importante con una opción política menos sectaria y más complaciente con la pluralidad y la construcción social sin intervención política dirigida. O eso parecía, porque ni una mala palabra, ni una buena acción, eso ha sido el Pepé.

La izquierda hacía la ingeniería social para cambiar la sociedad, para dejarla pulida y desprovista de religión, para anular los valores del Reino, reconvertidos, eso sí, en pseudovalores conniventes con la modernidad, para alentar los derechos de la bragueta, del fumeque y del asesinato abortista. Y la derecha presumía de que iban a hacer cuando llegaran. Decía la derecha que le bastaba para convencer al mundo con ofrecer la libertad absoluta, la de mercado, la de optar entre lo malo y lo bueno, la del mínimo intervencionismo político, y el agudo orden público.

– ¿Y por qué no modificáis la ley del aborto? Le preguntaban a Aznar los cristianos cuando gobernaba.

– Porque no hay interés social – respondían los peperos de su entorno con un cinismo atronador.

O sea, que el interés social lo marca la izquierda, no los cristianos de este país. Ahí está el meollo de la cuestión. Los liberales del Pepé no van mover un dedo por lograr más igualdad social, ni justicia social ni nada por el estilo. Salvo que les de votos, claro, no son gilis. Tampoco van a modificar la ley del aborto, no van a proteger ni a la mujer ni el feto, ni a las familias, ni nada de nada. Salvo que nos de votos, dicen los gurús del pepé, que por cierto, parece que se van equivocando de medio a medio.

Los cristianos que pensaban que la derecha era algo más partidaria de sus postulados se han desencantado en esta legislatura, se han caído del guindo de bruces y se han roto la nariz, porque se han quedado desamparados y en la calle ideológica. Era algo que ya veíamos algunos desde hacía tiempo. Les pueden los complejos ideológicos, y prefieren hacer lo que marcan las ideologías de izquierdas que rastrear indagando lo que dicen sus votantes, algunos conservdores, otros liberales, y otros cristianos y todos indecisos.

Nadie hizo tanto por alejar el voto cristiano de la izquierda que el infausto presidente Zapatero, pero nadie ha hecho tanto por cabrear al voto cristiano de la derecha como el pasmado presidente Rajoy.

Por eso el voto cristiano, que estaba cautivo en la búsqueda del ideal ha sido liberado. Nadie quiere defender la familia, ni la vida, ni la clase de religión, ni la equidad, ni la justicia social, ni la verdad, ni la libertad, ni la igualdad como la defienden los cristianos, en lucha y contemplación. Y ahora sí, ahora podemos votar cualquier opción por muy antiabortista que sea, pues ningún partido defiende el NO AL ABORTO. incluso nos podemos quedar en casas con la conciencia bien tranquila mientras vemos que se derrumba la democracia. Total, ¿qué más nos da a nosotros? Nunca creímos que la monarquía fuera mejor que la república, ni que la democracia fuera mejor que la dictadura. Somos ciudadanos de otro mundo, y nos limpiamos el polvo de nuestras sandalias.

PD: Dice de Prada que una solución sería no ser metecos y quedarnos en casa, o votar otras opciones minoritarias, no seguir entregándonos a los que nos faltan al respeto permanentemente, y no le falta razón.

PD2:Luego se sorprenderán que la gente vote a Vox, como opción cristiana, a Ciudadanos, como opción de centro, y a Podemos de izquierda radical. Pero ya verán como pase lo que pase, aquí los cristianos seguiremos siendo ninguneados. No nos quiere ni el tato.

PD3: ¿No dicen nada los obispos de ésto? Sería deseable un partido cristiano, que claramente defienda la justicia social y la vida. No se agotaría el evangelio con las opciones mundanas, pero nos aliviaría de los problemas de conciencia, los mismos que no deben tener los diputados del psoe ni del pp, ni de Iu cuando votan lo que votan sin despeinarse…

Yiurops livin a celebreison (Europa se va de fiesta con los neonazis).

La fiesta de la democracia es el nombre más bobo que han dado los políticos bienpensantes al noble arte de opinar introduciendo la papeleta en una urna electoral. Lo adjetivan democrática, o sea del pueblo, pero para mí que es una fiesta tan exclusiva y cerrada como la papeleta que nos ofrecen, llenos de nombres extraños, impronunciables, y desde luego poco vulgares. Faltan Garcías y Manolos, me parece a mí. Además, es una fiesta a la que la mayoría de los españoles, y europeos, prefieren no ir. Y por algo será, cuando nos encanta pasarlo bien. En Valladolid celebramos los descensos de categoría, así de chulos somos, imagínate si ganamos la Champions por penaltis: el no va más. Nos bebemos hasta el agua del Pisuerga.

Para mí votar es todo menos una fiesta, la verdad. Yo diría que es más un trámite administrativo que hay que hacer de vez en cuando para que los políticos toquen madera y se palpen la ropa pensando que se van a su casa. Votar está bien para echar a alguien, pero no para elegir a otro mejor, porque quizás no lo haya, y los votantes, comprobado está, no son mejores que sus dirigentes. La democracia es una buena válvula de escape para evitar guerras civiles, para no afostiarnos a leches, pero una fiesta, lo que se dice una fiesta no lo es. Y desde luego la fiesta de la democracia europea es una fiesta  aburrida de cojones, salvo que invadan los neonazis franceses y griegos, entonces si va a ser un tronche que te pasas, sobretodo para los emigrantes y para el resto, que nos van a liquidar en cámaras de gas financiadas con nuestros impuestos. Nos vamos a morir de risa en esa fiesta.

Además, para que sea una fiesta hay que currarse un poco su preparación, y en estas elecciones europeas, si nos vamos a su preparación, han sido una chapa de lo peor en años. Es la única fiesta que deseábamos que pasaran lo antes posible, y desde luego, ante el fiestón de Lisboa, todo lo demás parecía un funeral en esta patria nuestra.

Cañete, que parece un tío simpático estaba empaquetado en un papel que no sabía hacer. Quería asemejarse a Aznar y Rajoy en una fusión sin precedentes, y no le salió bien. Poca calidad con su gargosa voz que no sabía elevar en plan político cabreado. Es que no sabe arengar a la masa. Encima se puso prepotente en unas declaraciones chulescas, que si parecía el macho camacho y todo eso. Se creyó que era Aznar y actúa de pena. Eso le vale, porque un político que disimula mal es más digno de confianza que otro sibilino que dice y no se sabe. ¿Están pensando en algún gallego dirigente político? Yo sí. Si encima tiene barba pensaremos que oculta algo. Y es que la imagen lo es todo en una fiesta.

Para que no queden dudas: yo con Cañete me iba de fiesta a comer un lechacito, verduras confitadas, buenos vinos y yogures caducados, y a escojonarnos de lo que sea. Unos buenos chistes, y a retorcerte con las carcajadas.  Lo que sea. Eso es una fiesta, coño. Te ríes y se te ensancha la cara. Nos vamos de paellada y hablamos de lo que nos apetece. Seguro que la cosa pelaba de otra manera. Sin corbata, con chancletas y bermudas debajo de una parra, en plan italiano y con cantidad de peña en el mismo plan. Se han equivocado de campaña en el pepé, como suele ser habitual últimamente, y Cañete habría estado más propio y auténtico con otro estilo menos plasta.

En las antípodas de Cañete está la señora Valenciano que es alegre a rabiar. Sería el alma de una juega japonesa, donde toman sake a espuertas y lloran sus penas en silencio. Irse de fiesta con la Valenciano tiene que ser como comerse una chuleta de cordero quemada. Te vas a casa con acidez de estómago, y la convicción de no volver hasta que no cambien al cocinero del restaurante. ¿Pero es que esta mujer no se ríe nunca? Está tan indignada con la vida que cuando se ríe se piensas que ha asesinado a alguien.

Hace años que me contó un misionero que los pobres de Africa se reían mucho, que eran gente muy alegre, más de lo que nos imaginábamos en Europa, y eso pasaba aunque no tuvieran nada que comer ese día. ¡Vaya contraste!

Aquí, fruto del dualismo ancestral platónico nos encanta quejarnos y malhumorarnos mostrando que somos los más aguerridos y sacrificados del mundo. No falta gente en nuestro pais que te cuenta en cuanto te ve lo mucho que sufre, lo prontísimo que se levanta y lo chungo que lo está pasando (aunque le vaya de puta madre). La gente que le va mal, suele disimular porque les da vergüenza, y solo cuando están a punto de reventar porque no pueden más, te enteras porque te lo dicen a gritos; y no pocas veces te enteras demasiado tarde del problema del que tienes al lado. Desde luego, al que le va bien en España tiene complejo de culpabilidad, y prefiere decir que sufre a mansalva en lugar de sonreír gratis. Diría Nietzsche que no tenemos ni idea de disfrutar de la fiesta de la vida, ni de la voluntad de poder, ni de nada de nada, y es que los políticos no eran demasiado valorados por el filósofo alemán, y los de hoy lo serían aún menos.

En España, además de quejarnos por todo, estamos bien contentos (y anestesiados) gracias al fútbol, claro; menos la Valenciano, que tiene pinta de no gustarle ni el fútbol, por ser una cosa frívola y de fachas. Yo para pasar una juega me iría con Rubalcaba, aunque siendo del Madrid mejor me busco uno del Pucela, por si acaso, o o del Atletic, que esa gente si se divierta manque pierda.

Esto ya lo dijo Vizcaíno Casas, la derecha parece estar siempre de juerga riéndose de todo, y la izquierda llora que te llora, indignada y empeñada en cambiar este triste mundo. Por eso Rubalcaba parece más de derechas (como González) que la Valenciano, que es izquierda pura y dura. En cambio Aznar es de todo de izquierdas, porque está superenfadado, aunque es porque no le hacen caso en su partido. Una cena de Aznar y la Valenciano tiene que ser la hostia, hasta los chistes serían tristes, pedirían lechuga, serrín para adelgazar y contarían dos anécdotas en total. Por supuesto cada uno pagaría lo suyo.

Decía Ortega que las tradiciones deben recuperar su sentido si lo tienen, y que no bastaba con repetir las costumbres de manera automatizada pues se anquilosarían, tampoco las democráticas añadiría yo. La tradición con su ritual electoral no puede perder el sentido ni la razón del proceso por culpa de unos políticos ineptos mal aconsejados por sus asesores de imagen. Esto no es una fiesta, y menos una fiesta de descerebrados. Precisamente, por pensar que era una fiestuqui fantástica se nos han colado varios neonazis por el sobaco francés y griego. Y eso si que no tiene ni puta gracia.

 

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