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Perdiendo libertades, retrocediendo en derechos.

Todo el mundo coincide, derechas e izquierdas: en España hay menos libertad ahora que hace treinta años. ¿Por qué? La tragedia no es exclusiva de nuestro país, pues también se afirma la pérdida de libertades en México, Estados Unidos, Francia o en Alemania… ¿Qué está sucediendo en nuestro mundo para que haya un retroceso en la libertad de expresión, cuando precisamente los sistemas políticos democráticos, defensores de las democracias, son los que han triunfado frente a los totalitarismos del siglo XX? ¿Por qué ahora que no competimos contra las tiranías, hemos convertido nuestras sociedades biempensantes en reductos de fanatismo y de persecución? ¿Quiénes son y qué políticas e ideologías restringen las libertades? Adivina, adivinanza.

Los datos se van repitiendo. A Coque Malla le reprochan una canción que hizo hace años, lo mismo a Mecano. No es correcto, es machista, no es correcto, es homófobo, no es correcto, y deben pedir perdón. No es correcto, nos repiten. Por eso ya no se oyen las opiniones de los obispos en los medios de comunicación social, porque están vetados. Tampoco hay catedráticos discrepantes, gentes de universidad con ideas diferentes. No es que no existan, es que están ninguneados y sus opiniones perseguidas cuando afloran. Por eso se tienden a esconder. Son fascistas, ¿qué si no? ¿Tenemos que pedir perdón por lo que dijeron nuestros artistas hace treinta años? ¿Tiene que pedir perdón Aristóteles, San Agustín o Santa Teresa de Jesús? ¿Es un fascista Cervantes,  Ortega o Julio Iglesias por lo que dijeron en su tiempo y en su sociedad? Ya no tienen credibilidad, por lo que la humanidad ha sido desposeída de su historia y de sus pensadores. ¿Empezamos de cero? Vale, ¿volvemos a la tiranía que encarceló a Platón, aquel gran clasista, machista y fascista?

Es evidente que nuestra sociedad ha evolucionado desde lo que la izquierda ha venido en llamar ingeniería social. Las posturas defensoras de la familia, los hijos, la mesura o la tolerancia han sido criticadas y vejadas hasta el extremo de ser tachadas permanentemente de fascistas. Es el triunfo de la pereza intelectual. Todo lo que es contrario a la ingeniería social y cultural de las ideologías de género, o de los ecologismos contemporáneos, es tachado inmediatamente de patriarcal, de machista, de favorecedor del asesinato y la violencia, y por tanto malo en sí mismo. No hay ninguna posibilidad de dialogar. Por eso el machismo es siempre radical y malo; y el feminismo tiene matices en su defensa intelectual. Todo es calificado y etiquetado bajo tales parámetros, y no se escapa nadie. Si comes carne eres un maltratados de animales, y si comes espárragos un falócrata y un salido.

La persecución se está extendiendo con cada día que pasa, y el radicalismo llega a las nuevas generaciones que son incapaces de leer nada de literatura, poesía, historia o filosofía sin que perciban machismo por todas partes. Se les está educando para que no vean otra cosa, y esa es la desgracia verdadera y profunda de nuestro tiempo. Ciegos e ignorantes que van diciendo lo que vale y lo que no. Emiten juicios de valor a la historia, y nos quedamos en bragas, desnudos, bajo la intemperie y a merced de que cualquier listillo nos diga lo que tenemos que pensar. Eso es Podemos, pero eso es también el Frente Nacional francés. Son los que dicen lo que tienen que decir la siguiente generación.

Cuando afirmábamos hace unos años que la falta de cultura y la ignorancia cultural traería una manipulación mayor de las masas, no nos equivocábamos. Aquel futuro hace tiempo que es presente, y las nuevas generaciones están más concienciadas. Bueno, en realidad están sólo concienciadas y nada ilustradas. Desconocen el valor de lo tradicional, y la sociedad se ha, por desgracia, fracturado brutalmente. Todo es machismo, todo lo anterior al móvil y las redes sociales es una basura y no vale nada. No nos lo dicen, pero nuestros jóvenes lo piensan. Y los mismos que están alimentando al monstruo empiezan a darse cuenta de que los está devorando. Ya son una masa incontrolable que se está adueñando de la sociedad. Cursos, leyes, televisiones… todo es políticamente correcto; es decir, todo es dictadura y pérdida de libertad. Nadie puede ni debe discrepar, o será perseguido en las redes sociales, en el mundo, y truncadas sus posibilidades.

La incoherencia de la nueva sociedad no es un freno. La posmodernidad no tiene complejos, no es como antes. Al contrario, es la fragmentación la que absolutiza cada fragmento. Se puede tachar de machista el cuento de caperucita, y a la vez estar sometido a los controles del móvil que ejerce la pareja. Son radicales en lo que rechazan, que es casualmente lo cultural. Así es. Se puede estar horrorizado y ser beligerante con el racismo del amigo Trump, y a la vez odiar a los que piensan diferente. Intolerancia disfrazada de radicalismo y tolerancia cero. Se puede defender en público el libertinaje sexual, y a la vez exigir fidelidad en privado. Nada importa, todo vale, menos el machismo, los negacionistas y los católicos. Son sus dogmas.

La consigna que tuvieron hace años, afirmaba que cada cual hiciera con su vida y con su cuerpo lo que quisiera. Pero eso ha cambiado. Sin negar la premisa, ya no se puede pensar como se quiera, ni se puede actuar como se quiera. Vida y cuerpo para lo que quieras, pero pensar lo que se quiera no. Eso nunca.

Es la muerte de la democracia, y lo hace de la misma forma que anunció Aristóteles, vence la demagogia, la estupidez y la ignorancia. Vence la intolerancia del que es incapaz de escuchar un pensamiento contrario al propio. Cualquier discurso será bueno para ellos si dice lo que todo el mundo quiere escuchar (aunque sea mentira); y cualquier discurso será malo si dice lo que la sociedad rechaza públicamente, (aunque en privado se le dé la razón). Hermanos, bienvenidos a la clandestinidad.

 

 

Reflexión: los límites de la libertad de expresión.

La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír (George Orwell).

Es una buena definición, pero me temo que insuficiente. Como todos los derechos, la libertad de expresión tiene límites, ningún derecho es absoluto e ilimitado, pues todos tienen restricciones y límites. El más claro es la libertad de expresión del otro, y que se basa en la igualdad de un mundo plural y diverso en ideas. Por eso no es una locura afirmar que deberíamos también derecho a no oír determinadas cosas que no queremos oír, y eso es también libertad de expresión y respeto a la libertad de pensamiento. Sin embargo, en nuestra sociedad, eso es bastante complicado orquestar.

En primer lugar, hay que partir de una premisa histórica decisiva para comprender el actual marco democrático de libertades, y es que la libertad de expresión y de pensamiento surgió teóricamente como una necesidad frente al poder establecido. El gobernante, el rey absolutista, censuraba las opiniones discrepantes. Y a lo largo de la historia así se ha sucedido: la censura ha sido siempre la principal herramienta que ha coartado y limitado la libertad de expresión. Su uso en las dictaduras de cualquier signo es la principal seña de identidad para diferenciar una dictadura de una democracia. De la libertad de expresión deriva la libertad de cátedra o la libertad de prensa, imprescindibles en un Estado que pretende el pluralismo político.

En segundo lugar, el principal límite de la libertad de expresión afecta al honor de las personas. No podemos insultar, mancillar, calumniar o injuriar a alguien, ni con motivo ni sin él; y mucho menos públicamente. Pues destruimos de inmediato el honor de la persona, y con ello la convivencia y la fraternidad que deben presidir una sociedad. Estos límites siempre han estado ahí, desde el principio. La injuria sería aquel delito consistente en una acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación. Se considera grave cuando hay desprecio a la verdad, publicidad, etc. La calumnia, prima hermana, consiste en imputar un delito a alguien sabiendo que es falso. Son delitos privados, que persigue el que es injuriado o calumniado. hay cosas que no se deben decir, por respeto a las personas.

Estos límites a la libertad de expresión son los que han presidido nuestro marco legal durante muchos años, funcionando bastante bien. Se podía manifestar cualquier opinión, siempre bajo las reglas de juego de respetar la opinión del otro. El problema es que las ideologías políticas han necesitado altavoces mediáticos permanentes y constantes para hacerse valer, y en su deseo, han terminado imponiendo un determinado tipo de ideas relativistas y no totalitarias, convirtiéndose ellas mismas en un nuevo tipo de totalitarismo ideológico. Han acabado siendo lo que combaten, entre otras cosas porque necesitan repetir el mensaje ( es una táctica política), y además, para más inri, han precisado acallar a los rivales políticos para escucharse a ellos mismos mejor. Dicho de otra forma: esto es un gallinero de a ver quien grita más. Y se apela a la libertad de expresión para gritarle al otro la opinión propia, y se pide al otro silencio porque nos ataca con sus odios y agresiones. Así está el patio en las redes y en la sociedad.

El problema surgió, en mi opinión, con los abusos que tuvo la libertad de expresión frente a las víctimas del terrorismo en el País Vasco. Claramente fue la primera gran restricción a la libertad de expresión, pero que todo el mundo entendió que era para proteger mejor a las víctimas de ETA. Gente que había sufrido la muerte en sus carnes no tenía por qué aguantar a un señor en la televisión vasca, o en el periódico, diciendo que matar era estupendo para lograr la libertad de la patria vasca. La construcción ideológica del terrorismo etarra necesitaba gritar sus consignas para hacerse valer y convencer a los vascos de que asesinar era el camino correcto. Esa apología del terrorismo, se entendió que alentaba el terrorismo y agredía a la sociedad tanto como la pistola y el tiro en la nuca. Lo mismo que se limitó su presencia y participación en las elecciones, etc. Tales restricciones se aceptaron como buenas, porque la justicia y el derecho parecían no proteger adecuadamente los sentimientos de personas que no merecían seguir siendo víctimas de la violencia, ni siquiera ideológica, de un grupo minoritario defensores del asesinato en determinadas circunstancias. La lucha contra el terrorismo en su conjunto parecía pedir este tipo de restricciones a la libertad de expresión.

La libertad de expresión continuó siendo limitada con las reformas sucesivas de los códigos penales. El ejemplo más inmediato es el artículo 510 CP donde se recogen los delitos de odio, hostilidad, discriminación o violencia contra una grupo,… por razón de pertenencia por motivos racistas, antisemitas, o referentes a ideología, religión, creencias, situación familiar, pertenencia a étnica, origen nacional, sexo, orientación o identidad sexual, por razón de género, enfermedad o discapacidad. O sea, que no se puede decir demasiado de ningún colectivo, y menos criticarlo, porque la sospecha de despertar el odio, aunque no se pretenda más que la discrepancia amistosa, lo impedirá.

Semejante destino penal tendrán los que trivialicen delitos de genocidio, lesa humanidad, bienes protegidos en caso de conflicto armado, enaltezcan a sus autores, etc. O sea, que nadie puede discrepar de determinadas verdades que el derecho penal considera absoluto, y que minimizarlo lleva penas de  prisión, multas, etc. ¿Es adecuado que en una democracia haya unas ideas absolutas sobre las que nadie pueda discrepar? El bien jurídico parece que es evitar el odio y la discriminación, pero también parece un bien jurídico lograr que no haya discrepancias en algunos hechos de la historia, y eso es un retroceso en libertades. ¿Se puede hablar con libertad del franquismo, por ejemplo, cuando el debate y la discrepancia entre los historiadores y los españoles no está cerrada?

A la luz de este artículo del CP no pueden opinar los siguientes colectivos, entre otras cosas porque promueven a la violencia y al odio: los racistas, los antisemitas, los anticlericales, los cristófobos, los islamófobos, los tradicionalistas de la familia, los gitanofóbicos, los homofóbicos, los misóginos, los misántropos, los antibisexuales, y por extensión los negacionistas de los asesinatos de Hitler, Stalin, Castro, Pol Pot, Gengis Khan, el Che Guevara, el apartheid, Napoleón y muchos más. Los que nieguen los asesinatos de la noche de San Bartolomé son delincuentes, y lo mismo los que digan que Robespierre fue un gran hombre, pues instauró y consolidó el terror rojo en la Revolución Francesa. ¿Están protegiendo a las personas y las minorías o están protegiendo que todos pensemos igual? Desgraciadamente, las dos cosas. Discrepar en algunos temas es un delito, y eso altera las reglas de juego de la pluralidad y la diversidad en una sociedad donde se puede pensar lo que se quiera. ¿Por qué no? El problema es que no se puede decir, y eso despierta la crítica de José Luis Sanpedro: “Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada”. Pero se puede parafrasear perfectamente: “Sin libertad de expresión, la libertad de pensamiento es una tumba”, y se termina muriendo el pensamiento.

Evidentemente, como esto no se puede cumplir – pues los jueces, fiscales y abogados no tendrían tiempo para hacer nada más – pues se cumple a veces sí y a veces no, según la corriente de opinión que sople por la ventanilla del magistrado de turno, según si denuncia alguna asociación y tal y tal,… lo cual genera una arbitrariedad impropia de un sistema jurídico seguro. Tampoco se nos escapa, que el legislador incorpora en sus precisiones terminológicas un lenguaje y un concepto técnico de la sexualidad que no es generalizado ni común. Lo de orientación y lo de identidad sexual no es defendido siquiera en el ámbito científico por unanimidad. Lo mismo sucede con las interpretaciones de la historia, los genocidios y los hechos del pasado y de la política. Para mucha gente el Che es un genocida, pero para otros es un héroe.

En mi opinión, el legislador ha ido demasiado lejos y está impidiendo opinar libremente cuestiones que pueden ser opinables. Desde luego, su pretensión era buena, evitar el odio y la discriminación, pero afectando a la opinión ha errado de plano; y ahora no es fácil corregirlo.

En la ofensa a las religiones y los sentimientos religiosos sucede algo parecido. El art. 525, que por cierto se cumple bien poco en las redes sociales, donde hay gente que rezuma odio contra la iglesia, dice textualmente: “Incurrirá en pena… los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito, o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente a quienes los profesan o practiquen”. Casi nada. Hay miles de mensajes en la red que delinquen impunemente, contra la iglesia y contra el islam principalmente. Es decir, ha habido más delitos en gente cabreada con lo del autobús, que lo que decía el autobús mismo, que no decía nada ofensivo contra ningún colectivo. Al menos que yo sepa.

A mi me enseñaron que cuando una persona discrepa de algo, sea lo que sea, puede ser combatida en su opinión con otra opinión. Y no me parece malo del todo. Si un colectivo defiende la violencia contra otro colectivo, en lugar de castigar su opinión, sería preferible defender el derecho de todos a discrepar, y oponer ideas contrarias. En España, desde que hay estos delitos de odio, parece que han crecido los delincuentes, y es que no hay nada mejor para potenciar algo que prohibirlo. ¿Tanto daña la opinión de otro, aunque rezume odio? Al final la libertad de expresión es restringida dañando a toda la sociedad, y conduciéndonos a un lugar del que no sé si sabremos salir.

Otra cosa es la violencia real. Por ejemplo, los que con fuerza, intimidación o violencia impiden actos o celebraciones religiosas incurren en delito, y es que aquí sí se atenta contra la libertad religiosa y de conciencia de los demás. O alguien que agrede a otro porque es tal o cual. Eso es delito, ¿pero opinar sin ofender? Aunque moleste, habrá que defenderlo.

 

 

Islamofobia, cristofobia y libertad de expresión.

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En días recientes la voz del Papa Francisco recogía el clamor y la agonía de los cristianos perseguidos en Siria, Irak y tantos otros lugares de Oriente Próximo (me atrevo a incluir al Oriente lejano de China), donde bajo la luz de una especie de un juridicismo coránico, y una interpretación del mismo torticera, iluminista, fanática y excluyente, convertían el Corán en un arma arrojadiza, y a los cristianos de aquellas zonas del planeta – que llevan viviendo allí desde antes que hubiera islam – en sus principales víctimas.

Pero hete aquí que esto es insuficiente para esta gente, y desde hace tiempo, pues no es nuevo, se empeñan en atosigar con actos terroristas a los países Occidentales, como si nosotros fuéramos culpables de su desconcierto cultural. En este sentido atentaron contra las Torres Gemelas de NY, Madrid, Londres, y ahora París, donde por cierto, se la tenían jurada a Charlie Hebdo. También llevan atentando y persiguiendo cristianos en Africa, secuestrando a chicas jóvenes (Boko Haram) y muchas otras atrocidades sin apenas despeinarse, y con Occidente mirando a Marte por si acaso hubiera vida por allí.

También hay que decir que a los cristianos no solo los atacan estos zumbados, también encontramos en la fauna nacional y patria, otros grupos y sectores, que con límites más razonables, se toman en serio la tarea de incomodar y molestar a los creyentes de la religión que sea. Y ahí tenemos a las petardas de Femen sacando sus mandolinas en el Vaticano, agrediendo a ancianos en misa (o sea curas y obispos), o, sin ir más lejos, los señores de Charlie Hebdo, que han sufrido en sus carnes el precio de tocar los cojones a una panda de fanáticos radicales nacidos y crecidos en los suburbios musulmanes de París, y me consta que no es el primer atentado que reciben por disfrutar de una libertad de expresión siempre en el límite de la falta de respeto (y de prueba cuelgo algunas de sus portadas, todas tan graciosas como impertinentes para la gente sensible a lo religioso).

¿Tiene límites la libertad de expresión? Evidentemente sí,  debe tenerlos, pues todos los derechos tienen límites. Y de hecho en nuestra sociedad la libertad de expresión está limitada y cada vez más: reírse de una víctima del terrorismo o de una mujer agredida deben ser penados, pues entendemos todos que hay un limite a la libertad de expresión muy claro y es herir la sensibilidad más íntima y radical del otro.

Esto abre la puerta a una serie de problemas sobre el nivel de sensibilidad y paciencia que uno puede soportar. Así por ejemplo, los cristianos estamos “acostumbrados” a que se nos falte al respeto de cuando en cuando. Se alude a la libertad de expresión para montar exposiciones vejatorias e insultantes para la sensibilidad de un creyente, donde se mofan de Cristo, o de la Virgen, y aunque hay una muestra de rechazo importante, las autoridades no suelen prohibir ninguno de estos actos, argumentando la libertad de expresión. Es verdad que con no acudir a tales actos es suficiente; pues no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, pero esto no es tan fácil para una víctima del terrorismo cuando tiene que cruzarse por la calle con un grupo de idiotas que le insulta. Las televisiones, por ejemplo, u otros medios públicos, no suelen insultar de manera flagrante a sus espectadores creyentes, pues entienden que el respeto es el límite de la libertad de expresión, un límite al que hay que adherirse hoy más que nunca, pero no por miedo a la reacción del otro, sino por miedo a perder la esencia humanista de los derechos humanos.

Está claro que el nivel de tolerancia de un señor para matar a otro, no tiene nada que ver con el nivel de tolerancia de alguien que se siente molesto porque cuelgan un crucifijo en el cole de su hijo, o tocan las campanas de la iglesia del pueblo el domingo, o soporta la burla en un chiste gráfico  mofándose de sus convicciones religiosas. Podemos convivir sin molestarnos demasiado, y sin matarnos, creo yo. Lo contrario vulneraría una de las conquistas más importantes de Occidente, como son sus derechos, entre los cuales figura el derecho a la libertad de expresión, limitado, pero necesario para nuestra cultura cristiana y occidental, hija de Roma y del debate filosófico, tanto como lo es de la bondad y el reconocimiento del otro como persona.

Tolerancia significa que vemos la persona, y que la tratamos respetando aquello que no nos gusta de su ideología, creencia, etc. Supongo que un agnóstico o un ateo podrá sobrevivir sin agredirnos ni insultarnos cuando se cruza una procesión de Semana Santa por donde él paseaba, o se canta una saeta delante de la fachada de su casa, o se cruza con una monja de hábito y rosario en la mano.

En el malvado atentado terrorista contra Charlie Hebdo yo creo que se han saltado varios límites importantes:

Por supuesto el primer límite de todo este asunto es el derecho a la vida del nacido (del no nacido también aunque ahí se mire para otro lado), es decir, que aunque un señor se burle de mi creencia religiosa, no estoy legitimado, ni por Dios ni por el derecho ni por nada ni nadie, para matar al bufón. Esta gentuza tergiversadora del Corán cree que les legitima la sharia, y ahí demuestran que tienen bien poca formación religiosa. La misma formación religiosa que no existe en Francia desde hace 100 años por ser un Estado laico, con un sistema político bastante intolerante con la religión cuando se manifiesta en público, todo hay que decirlo. Pues no olvidemos que en Francia la iglesia fue despojada de sus templos, y actualmente no se permite una procesión con el Santísimo por las calles salvo que lo apruebe un funcionario en su despacho. O sea, intolerancia en el corazón de la grandeur, que quizás conviene repensar.

Segundo límite, la libertad religiosa. Las religiones deberían poderse manifestar públicamente sin más cortapisa que la alteración del orden público, o la generación de graves problemas sociales. Esto no se respeta en Francia, que recluye la religión a la esfera de lo privado, negando a la religión una de sus características más esenciales, como es la de ser un hecho social, cultural, y por tanto público. Esto ha convertido a la religión en un problema para todo occidente, en especial para Francia, pero no la religión islámica, sino cualquier religión incluida la cristiana. El laicismo francés desconoce que es en esencia lo religioso, pero tampoco entiende el cristianismo que explica la cultura francesa, lo que equivale a decir que no se entienden a sí mismos. Este mal por desgracia tiene a aquejar a todo Occidente que se va desraízando de su propia cultura, hasta no reconocerse fácilmente en el espejo. ¿Cuál es la esencia de occidente?

En mi opinión la religión forma parte intrínseca de una cultura, es uno de sostenes de la identidad de un pueblo y de una nación, y sus manifestaciones, cuando no son imposiciones intolerables y contrarias a las convicciones más íntimas, no deberían molestar. Es una superestructura, como les gusta decir a los marxistas. En mi opinión, la religión es capaz de moldear el resto de elementos culturales propios y ajenos: familia, jurídico, social, ideológico, e incluso económico y productivo. Esto no es ni bueno ni malo, es simplemente una realidad antropológica.

La sharia no es por eso algo malo en sí mismo, sino algo lógico en todas las culturas, incluida la nuestra, que también de alguna forma tiene su normativa jurídica más o menos reconocida en la ley cristiana. El cristianismo modificó singularmente el imperio Romano, y la cultura romana formó en gran parte el cristianismo (latín, liturgias, etc).

Tercer límite. La libertad de expresión. Las religiones no compiten de la misma manera con las ideologías cuando se trata de zaherir al otro desde la libertad de expresión. Es decir, se pueden ridiculizar las ideas cuando son abiertamente irracionales, irreflexivas, o absurdas, y el debate se enriquece, pero no se puede ridiculizar las creencias del otro sin insultarlo profundamente. Esto no suele ser comprendido demasiado por el ateísmo, que tiene las creencias de los demás como algo absurdo y ridículo, como mera ideología irracional. De hecho, hace unos años, cuando participaba en debates ateos-cristianos, era bastante complicado dialogar con los representantes del ateísmo, porque fácilmente terminaba tachando a los creyentes de idiotas, ignorantes y cosas por el estilo. Es verdad que luego no sabían que era el argumento ontológico de San Anselmo, ni habían leído un libro en su vida, pero les daba igual, porque bastaba con manejar varios clichés insultantes sobre la inquisición, para autoconvencerse de que eran unos sabios comecuras. Por supuesto abandoné tales foros porque la libertad de expresión se había tergiversado y convertido en insultar al otro, lo que convertía esa libertad de expresión en la esclavitud de no poder entendernos.

Por eso, es muy importante limitar la libertad de expresión que promueve el odio, porque en la construcción del diálogo en la democracia, el respeto y al escucha al otro es una premisa ética sin la cual no existe democracia alguna.

¿Por qué entonces no entendemos el islam de igual forma que ellos nos entienden a nosotros?

Desde el punto de vista racional no podemos comprender culturalmente a un pueblo si no entendemos y atendemos a su religión, además de, por supuesto, a su economía, su estructura familiar, patrimonial, jurídica, ideológica, o productiva-reproductiva. Pero no son compartimentos estancos, sino que se vinculan y conviven influyéndose unos y otros hasta armonizarse con el tiempo. Una cultura no puede ser incoherente por mucho tiempo, salvo que esté sometida a una permanente crisis identitaria, que es lo que le sucede a Occidente. Por eso la disarmonía de las estructuras culturales tiene que ver con los periodos de crisis de las sociedad y las culturas, crisis causada por el encuentro con otra cultura poderosa, que es lo que le sucede al cristianismo occidental y al islam. O crisis causada por la pérdida del sentido religioso, como le sucede a Occidente.

Ellos (los descerebrados estos que se auto-inmolan haciendo el bestia) se sienten atacados por la cultura occidental que es más poderosa económicamente, y su reacción ante tal invasión cultural es la resistencia ante Occidente, su estilo y su modo de vida. Por eso atentan contra sus vecinos inmediatos sean parisinos o sean de Alepo en Siria. Para esta gente todo lo que pertenece a Occidente es el demonio, y ante una cultura que pretende globalizar los derechos humanos, incluida la libertad de expresión, no les queda más respuesta que justificar su atentado bajo la falacia de una interpretación religiosa sesgada por ellos mismos para obligar a Alá a decir lo que dicen ellos mismos blasfemando contra el hombre y en el nombre de Alá.

De hecho, estos señores que han atentado en París se han educado en Occidente. Son franceses que han ido de pequeños a la escuela laica y pública francesa, la gran escuela francesa, muy eficaz en muchas cosas, pero claramente incapaz de orientar a las nuevas generaciones de emigrantes hacia un arraigo en la tradición cultural francesa. Son por desgracia la punta de un iceberg formado por desarraigados que no desean convivir con la cultura francesa que les vio nacer.

Es evidente que el problema no está en las religiones mismas, pues encontramos que desde hace 1400 años convivían los cristianos Caldeos de Siria con los musulmanes que llegaron a allí tras la Hégira. El problema está en la falta de arraigo y sentido de la vida religiosa de estos franceses, hijos de emigrantes la mayoría, que han encontrado en el islam una justificación y una legitimación para matar a otros, igual que los de miembros de cualquier otra secta fanática e intolerante.

Por eso la libertad religiosa, tiene que encontrar como límite el respeto y la convivencia con otras confesiones o religiones. Y esto es complicado desde el punto de vista antropológico, porque una cultura siempre tiende a uniformizarse desde la mayoría cultural que va imponiendo a la minoría cultural sus pautas culturales. De ahí que sea lógico y entendible, que estos franceses sientan animadversión hacia la cultura que se les quiere imponer, en este caso la Occidental, aunque sea la cultura que les ha dado todo, y sea a la que pertenecen. ¿Me siguen? Están desarraigados en su propia cultura francesa, y hay que combatir el yihadismo combatiendo tal desarraigo cultural mostrando que es posible ser un buen musulmán en Occidente aceptando y asimilando los derechos humanos como algo querido por Alá.

Cuando las chicas musulmanas acaban yendo con estos grupos a salvar al mundo occidental del demonio, y se encuentran con que son las putas de los soldados varones del Estado Islámico yihadista desean volver, y es que no han sido educadas para ser putas de nadie. De hecho, en ninguna cultura (y mucho menos en el islam) se educa a las mujeres para ser putas de los varones.

El desarraigo cultural de occidente, donde se seculariza cualquier trascendencia acaba formando una sociedad deconstruida, fragmentada y rizomática (en terminología de Deleuze). Se fragmenta el individuo, que lo arroja y convierte en un superviviente de la sociedad de consumo, y se termina sustituyendo la trascendencia por lo tangible de la patria, la grandeur del pasado y la historia, o el frenesí de sus lemas omnímodos: libertad, fraternidad e igualdad. Napoleón acaba siendo el Dios que Francia mató en la Revolución, por decirlo en un lenguaje metafórico y poético, y ellos mismos terminan adorándose como el becerro de oro se adoraba a sí mismo, pues era de oro. Este es un caldo de cultivo para que surjan los fanatismos religiosos, las interpretaciones excluyentes y violentas de los textos sagrados, sean los que sean, y suenen como suenen. Y es que no se puede sustituir a Dios por la Nación, por la Patria, o por la Raza francesa, como pretenden hacer los extremistas del otro lado.

Por eso es deber de todos combatir este yihadismo desde los distintos frentes que no podemos dar, y que voy a proponer en varios puntos sencillos.

1. El islam que vive en occidente debe vincularse a esta lucha contra el yihadismo. Si forman parte de nuestra sociedad francesa, española, o alemana, deben implicarse en su construcción social y cultural, donde los derechos humanos sean respetados por ser principios insertos en la vida de la sharia. En este sentido no puede aceptarse una interpretación de la ley islámica que incluya la lapidación, y otras muchas reglas del mismo cariz. La interpretación personal del Corán que afirme que el respeto a los derechos humanos es querido por Alá, y es tan bueno y santo como la Sharia, debe ser la interpretación dominante entre los imanes y los líderes religiosos del islam.

2. Occidente (pero también los países islámicos) deben asumir la práctica de lo religioso, incluidas sus manifestaciones como algo público. No se puede exigir libertad religiosa en París o Madrid, y no pedirla en igualdad de condiciones para los cristianos que viven en El Cairo, en Alepo, o en Teherán. La confesionalidad de un estado no puede ser un obstáculo que restrinja la libertad religiosa, donde se incluya el respeto a las minorías.

3. Limitar la libertad de expresión censurando aquellas manifestaciones que sean insultantes o vejatorias para la sensibilidad religiosa, o para las personas. No se deben aceptar manifestaciones que potencien la violencia o el odio contra nadie, ni contra sus ideas o creencias.

4. Potenciar una auténtica y adecuada formación religiosa en las nuevas generaciones. La religión no puede estar en manos de cualquier iluminado. La formación religiosa es un asunto de Estado, como lo es la trasmisión de una cultura. Esto no implica obligatoriedad en la creencia, sino en su conocimiento. Necesitamos buenos profesores de islam, como ya hay gente en el cristianismo con una magnífica formación. ¿No sería deseable un islam con dirigentes sensatos, con buenos intelectuales, y gente de bien como tiene el cristianismo en sus obispos o en el Papa? Esto ya sucede en muchos estratos de la sociedad islámica, pero la cuestión es si esas personas están asumiendo posiciones de liderazgo, capaz de construir una sociedad más justa y tolerante. Esto beneficiaría al islam a encontrar su acomodo en este mundo globalizado, a la vez que le permitiría la convivencia, dejando al descubierto el absurdo del terrorismo yihadista.

Menos islamofobia, menos cristofobia, y más una libertad basada en el respeto al otro. ¿Podría ser?

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