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Nos mienten. Siempre nos han mentido.

Nos mienten.

Repito: nos mienten.

Nos mienten por la mañana, por la tarde y por la noche.

Nos mienten porque subrayan medias verdades sin contarnos la otra mitad.

Nos mienten despreciando y olvidando la verdad.

 

Nos mienten porque quieren nuestros votos y nuestra atención.

Nos mienten porque quieren nuestras conciencias, nuestro pensamiento y nuestro comportamiento.

Nos mienten para vendernos sus productos, y ya somos oblación de sus anunciantes. Picada de tres cuartos.

También nos mienten porque nos quieren sumisos, uniformes e iguales.

Mienten y lo seguirán haciendo para que seamos avanzados, inanes, felices y malos.

Y nos mienten con mentiras engañosas que nos confunden.

 

Nos mienten para que repitamos sus consignas formales y asertivas.

Y para que nos llevemos las manos a la cabeza indignados por la mentira que ellos mismos han urdido.

Mienten con saña para alejarnos de Dios.

Pero quizás no saben que somos un resto.

Y que conocemos la verdad que trasciende las cosas.

 

Ellos quieren que la humanidad sea  una masa amorfa y blanda, y mienten por el poder.

Nos mienten. Y nos mienten sin parar desde hace siglos. Guiados por el príncipe de las mentiras que les ha prometido el éxito, el dinero y el poder.

Mienten por el poder. Y sueñan la mentira de una lucha de clases eterna. Aspiran ser verdugos de un periodo de Terror eterno donde todos mueran por la justicia, que es la bota de su nuevo demonio. Morirán en Thermidor, un martes. Si no, al tiempo.

 

Pero nosotros conocemos la verdad.

La verdad que afirma a Dios.

La verdad que confía en los hombres mansos. La verdad de los perseguidos por inocentes.

La verdad que siembra la paz en el corazón. La que repara el odio en los silencios llenos de amor.

La verdad del monte Tabor es ya vencedora.

Pero ellos no lo saben, pues no quieren un dios traspasado en una cruz.

 

El agua de la fuente

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