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El derecho a mentir y a soltar bulos.

Uno de los elementos fundamentales en los que se cimenta la cultura occidental es que se puede mentir. Y además se puede mentir a tumba abierta. Se supone que para contrarrestar las mentiras hay que formar a la gente; es decir, darle criterios para que se entere y piense por sí misma. Por eso, que estos días hayan limitado el derecho a soltar mentiruscos-gordos-ataos-con-piedra solo puede indicar que estamos más cerca del totalitarismo. Es decir, que unos pocos dicen a todos lo que es verdad y lo que es mentira. Los cerdos se hacen con el control de la granja, Orwell dixit.

Que nuestra sociedad se sostiene en las mentiras es una verdad como un templo. Por eso existen los fedatarios públicos, notarios y corredores de comercio, porque la gente miente que da gusto. Crean la figura de un señor que nunca miente, o sea, un notario que dé fe pública, y así parece como que el chiringuito es más estable y sólido. A nadie se le escapa que también los notarios pueden mentir, pero dado que no es tan habitual, pues lo convertimos en delito y vaya usted a demostrarlo al juzgado. Por cierto, los acusados de un delito y sus familiares tienen derecho a mentir en un juicio. Pues todo el mundo acepta que es normal que mientan a su favor. Yo no he sido, señor juez.

No son los únicos, pues aquí, gracias a Dios, todo el mundo miente de ordinario. Dicen los expertos de las revistillas que mentimos unas diez o doce veces por día; y que mentir, lo que se dice mentir, es un signo de inteligencia. Dicen que los niños que mienten antes, son más inteligentes. Pongo un ejemplo, el zagal que rompe el bote de mermelada, cuando llega la mamá pregunta airada por el autor del desaguisado. El niño inteligente, el que sabe apreciar el sabor de lo dulce tanto como de los cachetazos en el culo, miente descaradamente: yo no he sido ha sido periquito. Y jurará y perjurará que no ha sido él. En cambio, el niño pasmado, el tontón de turno, dice que ha sido él, lo dice como que hace la gracia, y le cae la del pulpo con la zapatilla de su madre. Lo dicho, mentir bien es signo de inteligencia. Por eso hay políticos que son realmente inteligentes, y otros que parecen unos paletos puritanos.

Aprender a diferenciar la verdad de la mentira también es un ejercicio de inteligencia. Cuando le cuentas al nene lo del ratoncito Pérez, lo de los Reyes Magos y Papá Noel, el párvulo (y el no tan párvulo) se lo cree porque confía en los mayores, pero cuando se hace mayor, su confianza no puede ser tan ciega. Su inteligencia debe hacerse crítica porque en caso contrario tendremos un problema con el chico. ¿Todavía cree en los reyes magos? Es la pregunta eterna frente a la mentira. ¿Eso es verdad? ¿Fue así? Y es una pregunta que debemos seguir haciendo de adultos, porque esto está lleno de mentirosos.

Sólo los abotargados mentales no se preguntan cuando leen un periódico, una revista, o ven un telediario si eso es verdad o se lo está inventando el periodista, el político o el contertulio a sabiendas. La persona inteligente se pregunta si eso será verdad, y trata de conformar y de contrastar las cosas. Te pueden engañar, mentir y confundirte alguna vez; y si repiten muchas veces una mentira, incluso puede que la mentira te parezca verdad. Por eso hay que estar bien despierto en una sociedad tan plagada de mentiras como la nuestra. A los que no son críticos se les puede engañar de cualquier forma. Esto los políticos y los filósofos como Ortega lo saben muy bien. La masa es dirigida porque se deja dirigir; y hay gente muy forofa que termina creyendo sus propias mentiras. Don Quijote se creyó la mentira de la caballería andante, pero el mismo Quijote era una mentira construida por Cervantes para criticar la memez cultural de su tiempo. Por eso en nuestra sociedad de hoy, lo que debemos hacer es NO convertirnos en Sancho Panza, que no tenía sal en la mollera, no sea que nos creamos lo que nos cuenta nuestro amo.

El abotargamiento mental conduce al totalitarismo y a la dictadura de lo correcto y de la masa. Todos los totalitarismos quieren imponer sus verdades sin argumentar, y lo primero que hacen es señalar a sus rivales como mentirosos y buleros. La Revolución Francesa, por ejemplo, se levantó gracias a unas mentiras muy bien dirigidas a la sociedad de entonces; lo mismo que las revoluciones del siglo XX o las guerras. Hay que mentir mucho para que la gente se mate, pero funciona. ¿Quién no recuerda la guerra de Irak con las armas químicas? ¿Y las mentiras soviéticas sobre la felicidad y el trabajo del pueblo? El marxismo y el comunismo estuvo tan lleno de mentiras que muchos todavía las creen; igual que el liberalismo, el nazismo o el independentismo contemporáneo. Mentiras para lograr sus objetivos políticos, mentiras que persiguen a los que dicen lo contrario. Mentiras que hay que criticar.

Además de los políticos y los activistas, los periodistas son otros de los grandes mentirosos, pues cuentan las cosas según su subjetividad, y en algunos casos con clara intención de alterar el pensamiento de sus seguidores. Para leer “El Pais”, periódico español, hay que hacer un complicado ejercicio de lógica argumental, pues los titulares no suelen coincidir con la letra pequeña, y en ocasiones la fantasía de sus redactores es asombrosa. Ocultan parte de la verdad a sabiendas (que es como mentir) o directamente modifican los datos para que den otra impresión. Pero tienen derecho a mentir. Lo mismo que muchas cadenas de radio o de televisión. El problema no está en que digan bulos, mientan, o alteren y deformen la realidad; el problema está en que el receptor tenga el cerebro de un niño de cinco años, y se crea todo lo que le cuentan.

Por eso Marlaska no se equivocó cuando mintió el otro día diciendo que había un nuevo caso de violencia de género, cuando en realidad lo que sucedió es que el marido había intentado que la chica suicida no se tirara por la ventana. Lo que sucede es que no hay que creer todo lo que te dicen los miles de Marlaskas que salen por la tele. En realidad casi ningún caso de violencia de género es por culpa del género. Pero para eso tenemos la cabeza, para diferenciar las mentiras, las fantasías y las exageraciones de los que viven de sus propias mentiras.

Defender el derecho a que se mienta en la red es fundamental. Lo mismo que el derecho a pensar libremente y a poder contrastar las noticias. Las sociedades totalitarias se caracterizan porque quieren controlar el discurso, y para eso no dudarán en considerar mentira cualquier opinión que no sea acorde a su visión particular de la realidad. La mejor manera de evitar que las mentiras florezcan es obligando a que la gente piense por sí misma, construyendo una sociedad del pensamiento y del sentido crítico, y no una sociedad cretinizada y mentecata. Justo lo contrario de lo que están haciendo.

Perdiendo libertades, retrocediendo en derechos.

Todo el mundo coincide, derechas e izquierdas: en España hay menos libertad ahora que hace treinta años. ¿Por qué? La tragedia no es exclusiva de nuestro país, pues también se afirma la pérdida de libertades en México, Estados Unidos, Francia o en Alemania… ¿Qué está sucediendo en nuestro mundo para que haya un retroceso en la libertad de expresión, cuando precisamente los sistemas políticos democráticos, defensores de las democracias, son los que han triunfado frente a los totalitarismos del siglo XX? ¿Por qué ahora que no competimos contra las tiranías, hemos convertido nuestras sociedades biempensantes en reductos de fanatismo y de persecución? ¿Quiénes son y qué políticas e ideologías restringen las libertades? Adivina, adivinanza.

Los datos se van repitiendo. A Coque Malla le reprochan una canción que hizo hace años, lo mismo a Mecano. No es correcto, es machista, no es correcto, es homófobo, no es correcto, y deben pedir perdón. No es correcto, nos repiten. Por eso ya no se oyen las opiniones de los obispos en los medios de comunicación social, porque están vetados. Tampoco hay catedráticos discrepantes, gentes de universidad con ideas diferentes. No es que no existan, es que están ninguneados y sus opiniones perseguidas cuando afloran. Por eso se tienden a esconder. Son fascistas, ¿qué si no? ¿Tenemos que pedir perdón por lo que dijeron nuestros artistas hace treinta años? ¿Tiene que pedir perdón Aristóteles, San Agustín o Santa Teresa de Jesús? ¿Es un fascista Cervantes,  Ortega o Julio Iglesias por lo que dijeron en su tiempo y en su sociedad? Ya no tienen credibilidad, por lo que la humanidad ha sido desposeída de su historia y de sus pensadores. ¿Empezamos de cero? Vale, ¿volvemos a la tiranía que encarceló a Platón, aquel gran clasista, machista y fascista?

Es evidente que nuestra sociedad ha evolucionado desde lo que la izquierda ha venido en llamar ingeniería social. Las posturas defensoras de la familia, los hijos, la mesura o la tolerancia han sido criticadas y vejadas hasta el extremo de ser tachadas permanentemente de fascistas. Es el triunfo de la pereza intelectual. Todo lo que es contrario a la ingeniería social y cultural de las ideologías de género, o de los ecologismos contemporáneos, es tachado inmediatamente de patriarcal, de machista, de favorecedor del asesinato y la violencia, y por tanto malo en sí mismo. No hay ninguna posibilidad de dialogar. Por eso el machismo es siempre radical y malo; y el feminismo tiene matices en su defensa intelectual. Todo es calificado y etiquetado bajo tales parámetros, y no se escapa nadie. Si comes carne eres un maltratados de animales, y si comes espárragos un falócrata y un salido.

La persecución se está extendiendo con cada día que pasa, y el radicalismo llega a las nuevas generaciones que son incapaces de leer nada de literatura, poesía, historia o filosofía sin que perciban machismo por todas partes. Se les está educando para que no vean otra cosa, y esa es la desgracia verdadera y profunda de nuestro tiempo. Ciegos e ignorantes que van diciendo lo que vale y lo que no. Emiten juicios de valor a la historia, y nos quedamos en bragas, desnudos, bajo la intemperie y a merced de que cualquier listillo nos diga lo que tenemos que pensar. Eso es Podemos, pero eso es también el Frente Nacional francés. Son los que dicen lo que tienen que decir la siguiente generación.

Cuando afirmábamos hace unos años que la falta de cultura y la ignorancia cultural traería una manipulación mayor de las masas, no nos equivocábamos. Aquel futuro hace tiempo que es presente, y las nuevas generaciones están más concienciadas. Bueno, en realidad están sólo concienciadas y nada ilustradas. Desconocen el valor de lo tradicional, y la sociedad se ha, por desgracia, fracturado brutalmente. Todo es machismo, todo lo anterior al móvil y las redes sociales es una basura y no vale nada. No nos lo dicen, pero nuestros jóvenes lo piensan. Y los mismos que están alimentando al monstruo empiezan a darse cuenta de que los está devorando. Ya son una masa incontrolable que se está adueñando de la sociedad. Cursos, leyes, televisiones… todo es políticamente correcto; es decir, todo es dictadura y pérdida de libertad. Nadie puede ni debe discrepar, o será perseguido en las redes sociales, en el mundo, y truncadas sus posibilidades.

La incoherencia de la nueva sociedad no es un freno. La posmodernidad no tiene complejos, no es como antes. Al contrario, es la fragmentación la que absolutiza cada fragmento. Se puede tachar de machista el cuento de caperucita, y a la vez estar sometido a los controles del móvil que ejerce la pareja. Son radicales en lo que rechazan, que es casualmente lo cultural. Así es. Se puede estar horrorizado y ser beligerante con el racismo del amigo Trump, y a la vez odiar a los que piensan diferente. Intolerancia disfrazada de radicalismo y tolerancia cero. Se puede defender en público el libertinaje sexual, y a la vez exigir fidelidad en privado. Nada importa, todo vale, menos el machismo, los negacionistas y los católicos. Son sus dogmas.

La consigna que tuvieron hace años, afirmaba que cada cual hiciera con su vida y con su cuerpo lo que quisiera. Pero eso ha cambiado. Sin negar la premisa, ya no se puede pensar como se quiera, ni se puede actuar como se quiera. Vida y cuerpo para lo que quieras, pero pensar lo que se quiera no. Eso nunca.

Es la muerte de la democracia, y lo hace de la misma forma que anunció Aristóteles, vence la demagogia, la estupidez y la ignorancia. Vence la intolerancia del que es incapaz de escuchar un pensamiento contrario al propio. Cualquier discurso será bueno para ellos si dice lo que todo el mundo quiere escuchar (aunque sea mentira); y cualquier discurso será malo si dice lo que la sociedad rechaza públicamente, (aunque en privado se le dé la razón). Hermanos, bienvenidos a la clandestinidad.

 

 

Reflexión: los límites de la libertad de expresión.

La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír (George Orwell).

Es una buena definición, pero me temo que insuficiente. Como todos los derechos, la libertad de expresión tiene límites, ningún derecho es absoluto e ilimitado, pues todos tienen restricciones y límites. El más claro es la libertad de expresión del otro, y que se basa en la igualdad de un mundo plural y diverso en ideas. Por eso no es una locura afirmar que deberíamos también derecho a no oír determinadas cosas que no queremos oír, y eso es también libertad de expresión y respeto a la libertad de pensamiento. Sin embargo, en nuestra sociedad, eso es bastante complicado orquestar.

En primer lugar, hay que partir de una premisa histórica decisiva para comprender el actual marco democrático de libertades, y es que la libertad de expresión y de pensamiento surgió teóricamente como una necesidad frente al poder establecido. El gobernante, el rey absolutista, censuraba las opiniones discrepantes. Y a lo largo de la historia así se ha sucedido: la censura ha sido siempre la principal herramienta que ha coartado y limitado la libertad de expresión. Su uso en las dictaduras de cualquier signo es la principal seña de identidad para diferenciar una dictadura de una democracia. De la libertad de expresión deriva la libertad de cátedra o la libertad de prensa, imprescindibles en un Estado que pretende el pluralismo político.

En segundo lugar, el principal límite de la libertad de expresión afecta al honor de las personas. No podemos insultar, mancillar, calumniar o injuriar a alguien, ni con motivo ni sin él; y mucho menos públicamente. Pues destruimos de inmediato el honor de la persona, y con ello la convivencia y la fraternidad que deben presidir una sociedad. Estos límites siempre han estado ahí, desde el principio. La injuria sería aquel delito consistente en una acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación. Se considera grave cuando hay desprecio a la verdad, publicidad, etc. La calumnia, prima hermana, consiste en imputar un delito a alguien sabiendo que es falso. Son delitos privados, que persigue el que es injuriado o calumniado. hay cosas que no se deben decir, por respeto a las personas.

Estos límites a la libertad de expresión son los que han presidido nuestro marco legal durante muchos años, funcionando bastante bien. Se podía manifestar cualquier opinión, siempre bajo las reglas de juego de respetar la opinión del otro. El problema es que las ideologías políticas han necesitado altavoces mediáticos permanentes y constantes para hacerse valer, y en su deseo, han terminado imponiendo un determinado tipo de ideas relativistas y no totalitarias, convirtiéndose ellas mismas en un nuevo tipo de totalitarismo ideológico. Han acabado siendo lo que combaten, entre otras cosas porque necesitan repetir el mensaje ( es una táctica política), y además, para más inri, han precisado acallar a los rivales políticos para escucharse a ellos mismos mejor. Dicho de otra forma: esto es un gallinero de a ver quien grita más. Y se apela a la libertad de expresión para gritarle al otro la opinión propia, y se pide al otro silencio porque nos ataca con sus odios y agresiones. Así está el patio en las redes y en la sociedad.

El problema surgió, en mi opinión, con los abusos que tuvo la libertad de expresión frente a las víctimas del terrorismo en el País Vasco. Claramente fue la primera gran restricción a la libertad de expresión, pero que todo el mundo entendió que era para proteger mejor a las víctimas de ETA. Gente que había sufrido la muerte en sus carnes no tenía por qué aguantar a un señor en la televisión vasca, o en el periódico, diciendo que matar era estupendo para lograr la libertad de la patria vasca. La construcción ideológica del terrorismo etarra necesitaba gritar sus consignas para hacerse valer y convencer a los vascos de que asesinar era el camino correcto. Esa apología del terrorismo, se entendió que alentaba el terrorismo y agredía a la sociedad tanto como la pistola y el tiro en la nuca. Lo mismo que se limitó su presencia y participación en las elecciones, etc. Tales restricciones se aceptaron como buenas, porque la justicia y el derecho parecían no proteger adecuadamente los sentimientos de personas que no merecían seguir siendo víctimas de la violencia, ni siquiera ideológica, de un grupo minoritario defensores del asesinato en determinadas circunstancias. La lucha contra el terrorismo en su conjunto parecía pedir este tipo de restricciones a la libertad de expresión.

La libertad de expresión continuó siendo limitada con las reformas sucesivas de los códigos penales. El ejemplo más inmediato es el artículo 510 CP donde se recogen los delitos de odio, hostilidad, discriminación o violencia contra una grupo,… por razón de pertenencia por motivos racistas, antisemitas, o referentes a ideología, religión, creencias, situación familiar, pertenencia a étnica, origen nacional, sexo, orientación o identidad sexual, por razón de género, enfermedad o discapacidad. O sea, que no se puede decir demasiado de ningún colectivo, y menos criticarlo, porque la sospecha de despertar el odio, aunque no se pretenda más que la discrepancia amistosa, lo impedirá.

Semejante destino penal tendrán los que trivialicen delitos de genocidio, lesa humanidad, bienes protegidos en caso de conflicto armado, enaltezcan a sus autores, etc. O sea, que nadie puede discrepar de determinadas verdades que el derecho penal considera absoluto, y que minimizarlo lleva penas de  prisión, multas, etc. ¿Es adecuado que en una democracia haya unas ideas absolutas sobre las que nadie pueda discrepar? El bien jurídico parece que es evitar el odio y la discriminación, pero también parece un bien jurídico lograr que no haya discrepancias en algunos hechos de la historia, y eso es un retroceso en libertades. ¿Se puede hablar con libertad del franquismo, por ejemplo, cuando el debate y la discrepancia entre los historiadores y los españoles no está cerrada?

A la luz de este artículo del CP no pueden opinar los siguientes colectivos, entre otras cosas porque promueven a la violencia y al odio: los racistas, los antisemitas, los anticlericales, los cristófobos, los islamófobos, los tradicionalistas de la familia, los gitanofóbicos, los homofóbicos, los misóginos, los misántropos, los antibisexuales, y por extensión los negacionistas de los asesinatos de Hitler, Stalin, Castro, Pol Pot, Gengis Khan, el Che Guevara, el apartheid, Napoleón y muchos más. Los que nieguen los asesinatos de la noche de San Bartolomé son delincuentes, y lo mismo los que digan que Robespierre fue un gran hombre, pues instauró y consolidó el terror rojo en la Revolución Francesa. ¿Están protegiendo a las personas y las minorías o están protegiendo que todos pensemos igual? Desgraciadamente, las dos cosas. Discrepar en algunos temas es un delito, y eso altera las reglas de juego de la pluralidad y la diversidad en una sociedad donde se puede pensar lo que se quiera. ¿Por qué no? El problema es que no se puede decir, y eso despierta la crítica de José Luis Sanpedro: “Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada”. Pero se puede parafrasear perfectamente: “Sin libertad de expresión, la libertad de pensamiento es una tumba”, y se termina muriendo el pensamiento.

Evidentemente, como esto no se puede cumplir – pues los jueces, fiscales y abogados no tendrían tiempo para hacer nada más – pues se cumple a veces sí y a veces no, según la corriente de opinión que sople por la ventanilla del magistrado de turno, según si denuncia alguna asociación y tal y tal,… lo cual genera una arbitrariedad impropia de un sistema jurídico seguro. Tampoco se nos escapa, que el legislador incorpora en sus precisiones terminológicas un lenguaje y un concepto técnico de la sexualidad que no es generalizado ni común. Lo de orientación y lo de identidad sexual no es defendido siquiera en el ámbito científico por unanimidad. Lo mismo sucede con las interpretaciones de la historia, los genocidios y los hechos del pasado y de la política. Para mucha gente el Che es un genocida, pero para otros es un héroe.

En mi opinión, el legislador ha ido demasiado lejos y está impidiendo opinar libremente cuestiones que pueden ser opinables. Desde luego, su pretensión era buena, evitar el odio y la discriminación, pero afectando a la opinión ha errado de plano; y ahora no es fácil corregirlo.

En la ofensa a las religiones y los sentimientos religiosos sucede algo parecido. El art. 525, que por cierto se cumple bien poco en las redes sociales, donde hay gente que rezuma odio contra la iglesia, dice textualmente: “Incurrirá en pena… los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito, o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente a quienes los profesan o practiquen”. Casi nada. Hay miles de mensajes en la red que delinquen impunemente, contra la iglesia y contra el islam principalmente. Es decir, ha habido más delitos en gente cabreada con lo del autobús, que lo que decía el autobús mismo, que no decía nada ofensivo contra ningún colectivo. Al menos que yo sepa.

A mi me enseñaron que cuando una persona discrepa de algo, sea lo que sea, puede ser combatida en su opinión con otra opinión. Y no me parece malo del todo. Si un colectivo defiende la violencia contra otro colectivo, en lugar de castigar su opinión, sería preferible defender el derecho de todos a discrepar, y oponer ideas contrarias. En España, desde que hay estos delitos de odio, parece que han crecido los delincuentes, y es que no hay nada mejor para potenciar algo que prohibirlo. ¿Tanto daña la opinión de otro, aunque rezume odio? Al final la libertad de expresión es restringida dañando a toda la sociedad, y conduciéndonos a un lugar del que no sé si sabremos salir.

Otra cosa es la violencia real. Por ejemplo, los que con fuerza, intimidación o violencia impiden actos o celebraciones religiosas incurren en delito, y es que aquí sí se atenta contra la libertad religiosa y de conciencia de los demás. O alguien que agrede a otro porque es tal o cual. Eso es delito, ¿pero opinar sin ofender? Aunque moleste, habrá que defenderlo.

 

 

El agua de la fuente

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