Archivo del sitio

Buscando un tema, preparando el siguiente libro.

Me identifico con los creativos, con los creadores y con los artistas y genios de cualquier condición. Me identifico con los que agotan su mente buscando una idea, una pequeña y simple idea que nos haga recrear, procrear, policrear y expandirnos. Me identifico con todos los locos del mundo que se obsesionan con lo que tienen entre manos, con los que agotan su tiempo y lo pierden buscando expresar lo que llevan dentro. Gracias a ellos ha sido posible el arte, la ciencia, la técnica y la literatura.

Si no lo hacemos, si no creamos, nos ahogamos en nosotros mismos, nos estancamos y pudrimos como agua pantanosa. Lo nuestro es el agua que corre, la acequia que se lleva la tierra de la orilla, el río señorial y el ancho y precioso mar donde pretendemos desembocar nuestras ideas. Luego nos arrepentiremos, queremos destruir a nuestros hijos, nos aburrirán sin que podamos retocarlos, pediremos perdón por equivocarnos, pero seguiro que pensaremos en la siguiente tarea creadora, en la última y la siguiente que es la más interesante y sugerente. Al menos para nosotros.

Crear supone un esfuerzo. Siempre ha sido así. El ejercicio de crear una obra de arte requiere un estado mental agotador, de obsesión permanente y de trabajo continuado. Las musas no nos visitan, y en cambio lo hace la soledad, el hastío cuando no sale nada, el silencio roto por la incomodidad de no saber, de estar perdido creando, haciendo, escribiendo o pintando, que tanto da. Las noches pensando para parir una idea son tan necesarias en el científico como en el novelista.

Confieso que tengo un buen número de libros escritos, bastantes más de los que he publicado, pero no son suficientes. Primero escribí LOS CABALLEROS DE VALEOLIT como una sola novela. Por razones de venta he tenido que sacar la novela en tres partes, pero realmente era una única novela, una epopeya al estilo Los miserables, Guerra y Paz… Nada más terminarla, empecé a escribir EL ÁNGEL AMADO. Estoy hablando de novelas que escribí hace ya unos cuatro o cinco años.

Luego me entretuve con dos novelas que estuve escribiendo a la vez. Era como si el descanso de una supusiera concentrame y descansar mentalmente con la otra. Estaban (y están bien escritas), pero las he ido abandonando al olvido. La primera se titula ENTRE DOS RAMBLAS, y está ambientada en Tarragona, la ciudad en la que pasé mi infancia. Es una historia de misterio y de amor a un tiempo, más autobiográfica que otras y con varias escenas que me fascinan. Buena literatura aunque los temas sean vulgares. La otra novela que escribí al tiempo la titulé LA ISLA DE LAS ESFERAS, es de ciencia ficción en la Tierra, gentes del futuro que se dan una vuelta por nuestro mundo, y con todos los componentes para hacer pensar al público. Es mi novela más Saramago, supongo, también en el olvido. La envié a algún premio de los que están amañados, y lógicamente no me lo dieron.

Tardé en terminarlas unos dos años, pero luego, cuando ves que el mundo editorial es una castaña pilonga, y que hay más tiburones en el mar que peces de colores, pues te tiendes a desanimar y a refugiarte en más y más escrituras y lecturas.

Continué escribiendo, claro que sí. No podía dejarlo, y empecé otro relato. En mi opinión es el mejor pero es inclasificable. ¿Quién escribiría Cien años de Soledad otra vez? Pues yo, que me gusta escribir y me gusta el realismo subrealista mágico y a la española. Reinventé el estilo, y he inaugurado con esta obra una corriente nueva en la literatura universal. Digo yo que es así, pero no creo que venda mucho a los lectores de novelas de usar y tirar.

Es una obra maestra, eso creo. Pero no alcanzará al número de los selectos lectores de Marcel Proust, que actualmente se encuentran en unos cincuenta por todo el mundo. Así que mejor no publicarlo. los pocos que lo han leído les ha parecido una obra extraordinaria. No se venderá, lo presiento, o será un éxito descomunal. Me da igual. Lo titulé primero NATURALEZA MUERTA, y luego le puse por título LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑES. Está ambientada en Yecla, y con ella cambiará la historia de la literatura, modestia aparte. ¿Seguimos?

Tengo recién terminada una última novela de ciencia ficción aventuras muy al uso. Se titula TRAS EL CIELO DE URANO, y seguro que terminan haciendo una película con ella los de Hollywood. Dice mi hermano, que se la ha leído, que habrá cientos de capítulos y libros en continuación, y es que las aventuras son siempre una delicia. Mi madre opina que es como Julio Verne, y no creo que le falte razón.

El caso es que no sé que más escribir. Y tampoco tengo muy claro qué va a ser lo siguiente que voy a autopublicar. De momento voy sacando las entradas de este blog en PALABRAS ATADAS, formato Amazon, pero no termino de darle salida a lo que escribo. Todo se andará.

Tengo, como objetivos próximos, escribir una novela con la vida de la primera madre heroína de la que tenemos noticia: Santa Mónica. Me da pereza empezar. Otra sería continuar con el estilo realimo mágico subrealismo español, pero es menos vendible que un humidificador en el desierto del Sahara. También tengo pensado lanzarme con ls siguientes partes de TRAS EL CIELO DE URANO, pero también me da hartura. He pensado escribir EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO versión propia, mi búsqueda del tiempo perdido en relatos sencillos y profundos. Si Proust lo hizo, ¿por qué no lo voy a poder escribir yo?

En fin, que estoy perdido, buscando tema y preparando el próximo libro. Casi nada.

 

La cortesía ortográfica.

Muchos debates en redes sociales comienzan hablando de cualquier tema (casi siempre política), y terminan ahondando en la ortografía y la escritura de la gente. Y es que hay peña que exhibe sin arrobo sus vergüenzas ortográficas creyendo que cuanto más zafios, más espontáneos y majetes son. Suelen recibir bastantes críticas, y es lógico, pues es más fácil recriminar a un pollo tomatero su faltas de ortografía que argumentar sobre el cambio climático, pongo por caso. Luego vienen los insultos contra los talibanes de la ortografía, y que escribir con faltas no es un indicativo de tener más o menos cultura.  Entonces responden otros cabreadísimos sobre el estado lamentable de la cultura, y no les falta razón. Suele ser entonces cuando abandono el tema para entretenerme con los deberes de mi hija, o con otros asuntos prosaicos que la vida familiar me ofrece.

Me molestan, aunque reconozco que no demasiado, las faltas de ortografía cuando son menores; pero me asombra y fastidia la soberbia del que escribe con más faltas que una embarazada en periodo de gestación y presume de ello chuleando al resto. También me golpean las faltas graves, esas que dañan a al vista y que me impiden seguir leyendo salvo que me inicie en el noble arte de la jaculatoria mariana. ¡Madre mía, Virgen Santa! Siempre son expresiones socorridas que ayudan a aligerar las emociones encontradas. Me da pena el infractor, y juzgo (pues ya tengo premisas y prejuicios para andar valorando) que el contenido de lo expresado flojea tanto como el que contenedor del fulano que la expresa. ¿Será un bachiller contemporáneo o un licenciado remasterizado actual? Y me entra un yuyu que vuelvo a la jaculatoria.

Decía Ortega, que la cortesía del filósofo era la CLARIDAD, y de la misma forma y parafraseando, la cortesía del que se comunica por escrito debe ser la CORRECCIÓN ORTOGRÁFICA Y GRAMÁTICAL. Lo contrario es la incomunicación, o la comunicación con interferencias. Dicho en román técnico: no se entiende una mierda, y vete a saber que c… dice este tío. Aprender a escribir con corrección ortográfica y gramatical es una de las tareas más elementales que debe enseñar la escuela; y si no lo hace, es mejor cerrarlas, resetearlas y volver a encender el disco duro de los planes educativos.

Es verdad que la ortografía es simplemente un convencionalismo. Se parte de unas reglas de juego heredadas por el latín, y se busca la eficacia y la claridad comunicativa. Ya está. Esas reglas de juego se expresan y clarifican desde la RAE, lo cual permite que podamos escribirnos y leernos sin que se nos salten las lágrimas de risa o de pena, y que podamos simplemente comunicarnos con gusto y corrección. Los cambios en las reglas ortográficas suelen ser molestos, sobre todo cuando se han asimilado las reglas anteriores. De ahí que deberían permitir siempre las reglas anteriores, sobre todo cuando la ambigüedad que toleran y proponen es mayor. Ahí está el famoso debate sobre “tomar un café solo” o tomar un café sólo”. Se equivocarán los de la RAE, sin duda, pero es un trabajo respetable y nada fácil el que les toca hacer. Yo solo pido no cambiar a peor. Perdón. Quiero decir que yo sólo pido no cambiar a peor.

También es verdad que no todas las reglas ortográficas tiene la misma importancia. Es más molesto en la lectura una ausencia de “h” que el olvido de un acento, y también hay que aceptar que algunas reglas ortográficas son complicadas de aprender, pues varían sutilmente según el contexto en el que se escriba, acentos diacríticos, palabras juntas o separadas, etc. Son pequeñeces, pero cuando uno se dedica al oficio de escribir, percibe que no es tan fácil ni claro escribir sin faltas. Y si eso le sucede a un escritor con folios de vuelo, que no le sucederá a un chavalito de quince años, o a un redactor de Televisión Privada.

Esas faltas, en mi opinión, son muy veniales cuando la comunicación es privada y personal, incluso me atrevo a decir que no son casi ni faltas. Pero cuando se escribe a un público amplio, o se redacta desde la Administración Pública, la corrección ortográfica es casi una cuestión de “marca nacional” y de juzgado de guardia.

Es curioso que en Secundaria no podamos poner los profesores como objetivo educativo el escribir sin faltas, pues los contenidos, incluso en la asignatura de Lengua Castellana lo impiden. Cuando los políticos dicen que hay que meter más horas de Lengua, casi nunca se acuerdan de la ortografía, y menos de la Literatura. Casi siempre se empeñan en meter más sintaxis, teoría del lenguaje y otros conocimientos, en mi opinión menos decisivos para la vida. Escribir correctamente es una cortesía que deberíamos enseñar a todos los ciudadanos. Lo de la sintaxis y el primo de Saussure pueden esperar un poco, creo yo, a que lo primero quede replandeciente.

Luego está el resto, el cotarrillo de la España contemporánea, cuna del castellano y refugio de listillos, donde emergen grafías inhumanas llenas de signos impronunciables. De todas ellas, la que más me mosquea es la del duplicado arrobático, que se ha extendido como grama por el monte. Es el signo “@”, que pretende sustituir el genérico masculino por el masculino y femenino a la vez. Asistí, hace unos años a un conferencia dada por un vasco de la Universidad suya, que añadía el femenino allí donde el masculino ya hacía su labor, creyendo que con tal vicio, nos informaba de que era muy feminista el tío. En realidad me abrió los ojos a la estupidez humana, pues se hizo tan tediosa y farragosa su explicación, que me juré que nunca hablaría ni escribiría así. Aquel hombre faltaba al deber de claridad y de corrección más elemental.

Luego han proliferado otros signos (“#”) que lo único que han logrado es que la gente que se cansa de escribir, se anime a escribir en jeroglíficos y en emoticonos, que es el nombre que reciben los dibujitos que se añaden a los textos.

Todo muy expresivo, pero poco claro de lo que realmente se siente. Y es que las palabras dichas con corrección son, y pueden ser además, bellas. Por eso enseñar ortografía debería ser cuestión de Estado, para que no nos quedemos sin poetas ni literatos.

El escritor en crisis.

Me confieso escritor en crisis. Ya está, lo dije, lo solté. Es normal. Todo escritor pasa por un trance semejante. Soy alcohólico, drogata, adicto al sexo, al mando de la tele, fumeta ludópata e insípido paterfamiliaris… da igual, lo importante es reconocerlo delante del grupo de autoayuda que es este blog: chicos, estoy en crisis. Y punto. Iba bien con los relatos y de repente me he mirado al espejo y he descubierto lo que pensaba que nunca me sucedería: los personajes se me han cabreado y no me cumplen en la historia, los relatos me parecen livianos y sin interés, y no sé si empezar nuevo o seguir con el mismo relato hasta que sea perfecto. Alea iacta est y quod natura non dat… Ale.

En realidad lo que necesito es que alguien me diga que soy bueno, cojonudo, que no abandone, que lo vuelva a intentar; y que ese alguien sea el que reparte los premios Nobel, el de los Planeta, los Ateneos y los Alfaguara. Premios, que por cierto es imposible que gane, porque no he enviado nada. Y es que estoy en crisis. Es imposible ganar un premio cuando no se participa en él, me dicen los amigos. Bueno no, digo yo: gané el Miguel Delibes de narrativa por mi primera novela, y que conste que no envié nada. Así que estoy en crisis y sin enviar nada.

Ando con la depre, y no por falta de ideas nuevas, creatividad o miedo al folio en blanco. No, no. Estoy en crisis porque es la forma habitual de estar cuando se crea algo. Tengo un lío con los personajes y las tramas, y estas cosas, que solo le pasan a los grandes escritores, también nos sucede a los pequeños y desconocidos. Yo creía que estaba vacunado de esas enfermedades molestas. Y ya ven. Me ha pasado y estoy más ojiplático que contento. No es un tema que me guste tratar, entre otras cosas porque supongo que entra dentro de la intimidad de cada uno, pero cuando uno está en crisis artística y literaria, pues es capaz de escribir, aunque solo sea, para reconocer sus miserias, y mi miseria más contemporánea es la de la pena mora que llevo en el alma.

El problema – y voy a confesarme como la Pantoja ante su público –  es que tras LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, trilogía que ya está escrita, escribí en un tiempo relativamente breve EL ÁNGEL AMADO. Era una novelita sencilla y pequeña, pero que me resultó fácil de componer y narrar. Apenas dos o tres correcciones, y ya estuvo terminada. Como se suele decir: de sopetón y sin entretenerme demasiado. Me gusta además como quedó. Y me embarqué con otras dos novelas distintas que he ido atendiendo y abandonando simultáneamente sin demasiado éxito. En los dos casos voy por la quinta o sexta redacción, y me siguen sin convencer. He aprendido mucho de mis errores con ellas, pero a cambio me he quedado compuesto y sin pareja de tango.

La primera es una novela introspectiva, con muchos volcados de mi infancia. Muy bien escrita, supongo, aunque con exceso de adjetivos y adverbios. Algo que por cierto, no gusta a los editores, agentes, etc. La releo y me gusta; pero también me disgusta. El personaje no me cuadra, y es que cuando se emplea un narrador omnisciente los personajes se mosquean y desbordan al autor. Y ahí ando, intentando que vuelvan al redil. Esta la veía ganando el premio Nadal, pero claro, a estas alturas de la historia, bastante lograré con que el protagonista no me despierte por la noche contándome que por qué le tengo haciendo el tonto por la trama. Me he vuelto un indolente, y mis personajes son ahora unos plastas que me persiguen. De tal palo tal astilla, claro.

La otra novela, de ciencia ficción, es estupenda. Empieza como un cañón, pero luego se me cae. Entre otras cosas porque al protagonista no le dejo que se líe la manta a la cabeza y se entregue a la aventura. Faltaría más. Mi historia no es de aventureros, y eso tiene un precio. Una novela donde el prota es un insulso no vale para mucho, sobre todo cuando hay que salvar el mundo y a la humanidad. Así que estoy en crisis, porque no me da la gana que el prota salve el mundo, que eso es una vulgaridad, y yo quiero escribir como Proust, y que mis personajes aburran a las ovejas mientras se contemplan a sí mismos.

Esto me recuerda que he cometido también un nefasto error, que ha despertado todos los demonios del críticón que llevamos dentro todos los escritores, y es que me gustan los clásicos; o sea, me emociona la literatura que no se me cae de las manos. Leí el otro día a Patrick Modiano, fantástico. Releo Platero y yo, sublime. Ando a vueltas con Victor Hugo. Y me entra la depre. No por ellos, sino por mi. Por que me veo incapaz de escribir Cien años de soledad, que es lo que me gustaría.

Me dice mi yo listillo que eso es absurdo, que cada uno escribe su obra maestra, y que no repetimos las obras que ya están escritas. Es verdad que Cien años de soledad ya está escrita, así que no tengo porque escribirla de nuevo. Cada uno tiene su estilo, su forma de hacer literatura, y no tengo porqué ser tan exigente conmigo. Que estoy llamado a escribir una obra maestra, pero la mía. Y yo digo que vale, pero no me lo termino de creer. Así que estoy en crisis, aunque seguramente, tras esta entrada, encuentre una salida digna a la crisis: Obedeceré al prota de la primera novela, y montaré un prota aventurero que te cagas en la de ciencia ficción. ¡Qué fácil! ¿No?

PD: Esto lo escribí hace veinte días, así que no me preguntéis por la crisis. En realidad estoy cojonudo, acabo de matar al narrador omnisciente de la tercera novela, y me está quedando de muerte. En un mesecito o dos termino y me abro la botella de champán esa que nunca tenemos los escritores a mano. Esa. La que nos prohíbe el médico y que nos trincamos a las cuatro de la mañana.

Lecturas de verano: los clásicos nunca fallan.

Reconozco que cuando llega el buen tiempo, con las vacaciones y las ganas de campear, playear y arrumbarse al ocio, surge el fervor desmedido por entregarse a la ejemplar lectura de verano. Las experiencias en este campo, como suele pasar con todo, son de lo más variopintas; y así, uno se enfrenta de cuando en cuando al deporte de buscar algún libro que valga la pena, y bucea entre la innumerable pléyade de publicaciones que se dispersan por la estanterías de las librerías más guapas de la ciudad, y de la propia casa.

También están las librerías de los grandes almacenes, donde ofrecen los libros igual que fueran quesos de producción regional, en grandes anuncios, y amontonados de cincuenta en cincuenta. Me dice un amigo editor (local, claro) que la mayoría se reciclan y destruyen luego, pero que una montonera llama a otra montonera y que es la forma de vender contemporánea: torres de libros, montones en cajones como sandías. O sea, si quieres vender libros acumula tres mil libros en un pasillo de un supermercado y venderás doscientos. Porque si acumulas doscientos, solo venderás treinta, y así sucesivamente. La peña funciona así, no rebusca un buen libro, sino que prefiere que le digan lo que tiene que leer. Que me aconsejen, que me recomienden hasta que tenga más criterio, o porque me fío del buen gusto de mi gente, o porque no quiero perder el tiempo pensando. Y eso está bien a medias. Yo soy de los que rebuscan y encuentran más por casa propia, o de mis padres que por grandes almacenes. Sí que sigo los consejos de mi hermano o de mi madre en lecturas, porque no suelen fallar. Y luego el instinto de uno, no siempre certero, pues reconozco que alguna vez uno ha picado de más, y cuando vas a comprar una silla de playa, terminas llevándote el libro que dignifique el asiento, pero suelo leer lo que veo perdido por algún rincón y me llena de curiosidad. ¿Y este libro?

Dicen los libreros que en estos días la gente prefiere el libro de bolsillo, cómodo de llevar y casi también hecho para las vacaciones. Y mucha gente me ha comentado que en verano aprovechan para leer lo que durante los meses de trabajo, con niños y bullicio es imposible. La piscina siempre se presta a que, mientras los niños abruman al personal soltero con sus gritos, la mamá (o papá) profesional del berrido cotidiano se entregue a la lectura entre sol y sombra, cañita y heladito. Eso son las vacaciones, y que se quiten bobadas de parques temáticos, donde nos los excitan por veinte euros tu entrada de adulto.

También los pueblos se iluminan de urbanitas que durante las horas de siesta, donde hay más silencio que por las noches, se empanan con alguna lectura. Desde luego más ameno que los bodrios que echan por la tele, series b, o corazón con tomate, donde te cuentan lo delgados y guapos que está la gente delgada y guapa de la tele, sí que es. Este año, Marujita Diaz no nos pondrá ojitos (D.E.P.), y seguro que con suerte nos perdemos a la Obregón enseñando el jamón (mira, rima), gracias a Dios, por supuesto. Así que no tenemos excusa para echar un vistazo al Delibes que espera en la estantería  polvorienta y fresca de la casa del pueblo.

Yo la pregunta que me hago siempre que acabo un libro es cuál será el título de lo siguiente que lea. Reconozco que no soy de comprar más que cuando me interesa mucho, o me llama mucho la atención una obra o un autor, porque yo soy de autores y de obras completas. Soy más de rebuscar entre los buenos clásicos que andan por casa, y nunca me han defraudado, que de salir a la biblioteca a por algo, que también. Y siempre escucho y digo lo mismo: donde esté un autor clásico que se quite lo demás.

Supongo que uno está acostumbrado a que la lectura sea magistral, única y benévola. Que le saque de la rutina, que le impulse a los más altos grados del delirio placentero que se puede alcanzar con un libro. O si un año leímos algo que nos encantó, exigimos a la vida que nos deleite con lecturas magníficas y maravillosas, y claro, eso no suele ocurrir con frecuencia. Por que hay libros que nos decepcionan después de haberle entregado nuestra alma y tiempo. Por eso reconozco que prefiero los clásicos, los que nunca fallan.

Los autores clásicos son como una novia estrecha y recatada, exigen cierto esfuerzo que no piden las novelicas montoneras, casquivanas todas ellas. Aquí se conquista la lectura, y alcanzan los deleites más elevados. La literatura que ofrece un clásico no es la estándar, aquí se nota una buena de una mala traducción, un buen vocabulario y una expresión personal del autor, a diferencia de esa forma de escribir “finlandesa” que ahora parece imperar en todo el mundo. Ningún clásico se parece a otro libro, entre otras cosas porque un clásico no es un libro de usar y tirar. Perduran en el tiempo, y siempre ofrecen algo especial que no ofrece nadie. Son la novia para toda la vida. la que entregas alma y cuerpo y no te decepciona ni aunque te vayas con otras mil. Siempre retornas para admirarla sobre todas las demás. Por eso el Quijote es único y lo releo de cuando en cuando, o a Proust, o a Galdós, o a Dickens, Wilde, etc. Únicos e irrepetibles.

Hay gente que necesita que una novela le enganche, pero eso para mi es un defecto. La intriga del final puede ahogar las palabras empleadas por el autor. Se acaba convirtiendo la novela en una anécdota que va seduciendo de tramo en tramo, sin que termine importando la profundidad del personaje, ni la descripción del autor, ni los mundos que recrea, y me atrevo a decir ni la misma trama. ¿Leería usted dos veces un libro que le enganchó? Si la respuesta es negativa, es que el libro es malo, seguro.

Yo creo que los buenos amores no tienen por qué partir de una seducción incontrolable, sino de una belleza irrepetible. Y la lectura es igual, ni no es bella por algo que tenga, no es buena. Siempre digo lo mismo: la poesía, por ejemplo, no engancha, entre otras cosas porque no tiene trama, ni falta que le hace. Pero su belleza la convierte en sublime, en la literatura con mayúsculas, no es un género menor, como creen algunos. Las buenas novelas no necesariamente tiene que enganchar. Es un amor duro de conquistar, pero un amor para toda la vida.

Un clásico puede llegar a cambiar la vida de un lector, y eso no se puede decir de cualquier otra lectura.

¿Qué qué voy a leer? La verdad es que no lo sé, pero no faltará algún clásico que ilumine un poco más mi vida.

¿Y qué me gustaría escribir durante el verano? Por supuesto una novela que sea un clásico, un buen clásico. El mejor del mundo. Sé que seguramente no lo conseguiré, pero no dejaré de intentarlo.

Ahora ando todavía corrigiendo un par de novelas que me parecen muy interesantes. Con el tiempo terminará el parto, e iniciaré la siguiente. Espero que sea la mejor que pueda escribir.

Feliz lectura, feliz verano.

SANCHO PANZA

Ciertamente la novela del ilustre Miguel de Cervantes, titulada en abreviatura El Quijote, es sin duda, y doy fe por haberla terminado de leer por tercera vez, y en cada ocasión con más gusto, la mejor novela escrita nunca en lengua castellana, y me atrevo a a decir que en cualquier otra lengua.

Es conocida como suelen ser conocidas las cosas en este país: en plan puti de pueblo. Todo el mundo habla del Quijote de vez en cuando, pero pocos, y me temo que cada vez menos osados españoles, se han metido por entre las faldas de sus hojas con conocimiento de causa.

Al fondo está Cervantes, un soldado valiente, hijo de un presidiario, cautivo y desafortunado de Argel, un hidalgo venido a menos. Un hombre de honor que fue redimido por sus conciudadanos en los últimos años de su vida, y todo gracias a las letras que le fueron más favorables que las armas, aunque no fueran nunca mejor ejercicio que las primeras, según él mismo nos cuenta.

La primera vez que leí el Quijote lo hice en compañía reciente de aquella serie de dibujos de la tele, cuyos cromos regalaban con las tapas de los yogures. Una buena serie que casi memoricé y que me gustaría volver a ver. Lo que nunca he sabido ni he entendido es porqué no se hizo la segunda parte de la historia, si tantos premios se le dio en su momento. Me lo imagino, pero no logro alcanzar una razón de peso. Lo mismo le sucedió a la magnífica serie de TVE que dirigió Manuel Gutiérrez Aragón, y que protagonizó Fernando Rey como Quijote y Alfredo Landa como genial Sancho… nunca rodaron, ni lo harán ya, la segunda parte.

Fue por entonces, en aquellos años que hoy muchos añoran, que la escuela (el BUP) nos obligaba a leer cosas serias y no sucedáneos adaptados, y terminó cayendo la novela de marras al completo. No me defraudó, pero no terminé de captar toda su riqueza, como es lógico dada mi corta edad.

La segunda vez que lo leí fue movido por la curiosidad de deleitarme al completo de la historia, porque tengo que confesar, y no hay confesión más fácil, que durante mis años de estudiante releía antes de cada examen de derecho un capítulo suelto del Quijote, al azar y por aquello de coger la soltura con la prosa castellana, aunque fuera la recia del derecho. Pensaba que así me salían mejor los exámenes. En aquella segunda ocasión la releí a carcajadas, pues me pareció la mejor novela de humor nunca escrita. Con unos personajes hilarantes y divertidos, y con sucesos muy del gusto, que diría Cide Hamete. La novela de humor la inventamos los españoles, pensé desde entonces, aunque luego digan los ingleses que ellos son los reyes de la risa. Será ahora, claro.

Volver ahora a gustarlo, disfrutando de sus palabras, juicios y discreciones ha sido un tercer y sublime placer, entre otras cosas porque uno siempre termina encontrando y descubriendo cosas nuevas, intuiciones distintas, y relatos entreverados con singular sustancia. Si cuando uno lee la Biblia percibe la hondura del misterio, y una sinfonía de interpretaciones llegan al que lo toma como tal, así me ha sucedido con el Quijote, son tantas las sugerencias e interpretaciones que tengo que decir y catalogar esta novela como la Biblia de las letras, por contener lo básico y esencial de una buena obra, y todo a la vez.

En este último viaje que he hecho con el loco Quijote y el tonto de Sancho me he detenido en la hermosura de sus personajes, porque ni el loco está tan loco, ni el tonto es tan simple. Me detengo para echar una cerilla a la sequedad de la educación de nuestro país. Si  Sancho fuera alumno de secundaria en los tiempos de hoy, les aseguro que sería uno de los más despiertos y listos, y por supuesto habría alcanzado todas las competencias boloñesas: lingüística (hila refrán tras refrán ensartándolos al gusto), competencia matemática (hace buenas cuentas de los azotes y dineros que debe darle su amo), corporal (tiene prudencia  en no causar mal a sus débiles carnes huyendo de las desventuras), social (se relaciona estupendamente con gentes de cualquier clase y condición, como el duque y la duquesa que lo encuentra graciosísimo, además de gobernar con juicio y criterio la ínsula de Barataria), etc. En cambio el Quijote suspendería por ser pendenciero, colérico con las afrentas, y poco dialogante con los que abusan de su locura. Lo catalogarían de “acnee” (alumno con necesidades educativas especiales), y lo tendrían por ahí castigado por las profes más amojamadas de la escuela, que hay más de lo que parece. Se empeñarían en hacerle entender que las letras son mejores que las armas, y lo tildarían de un fascistilla machista. Un inadaptado, vaya.

El valeroso Don Quijote es un loco, un friqui, un conservador de los valores de un país que todavía creía en sí mismo (igual que Cervantes) y que guardaba como oro en paño la regeneración imposible de su patria, por la que el luchó en Lepanto perdiendo su mano izquierda, para orgullo suyo. Era un soldado, un hombre obediente y abnegado, cumplidor del deber por encima de todo, incluso cuando el deber se convierte en una fantasía ridícula de cumplir, como le sucede a D. Quijote. Hoy lo encontraríamos defendiendo la ética y la moral frente a una sociedad incapaz de creer en sí misma, una sociedad que carece de locos honrados que la quieran mejorar, y que abunda en mentecatos que no conocen sus límites, al contrario que Sancho. Sancho, aunque era simple, sabía escuchar consejos de otros, aplicando un sentido común, que no siempre tienen los que nos gobiernan- Y supo renunciar a su gobierno, sin aferrarse al cargo, cuando vio que no era competente para el puesto, cosa que tampoco encontramos en la sociedad soberbia actual, donde todo el mundo cree que vale para todo.

Un Sancho que es genial, simple y gracioso, como se describe a sí mismo, y no es poco. Es un socarrón, muy de la España del Sur, que se junta a un hidalgo viejo con el estilo de la Castilla Vieja del Norte, y con la idea clara de sacar tajada. Los dos se terminan queriendo y mucho, y no hay nada mejor que una amistad tan desigual, y un cariño tan profundo. Son como padre e hijo, como profesor y alumno que viven en sus aventuras un curso prodigioso.

Me recuerda a los consejor que me dio un buen profesor en el Ies Fray Luis de Salamanca, filósofo y próximo entonces a la jubilación, buena persona y hombre justo y recto. Al principio de esta profesión, me dijo, uno es Sancho el Fuerte, porque tiene energías y da mandobles aquí y allá. Luego uno se convierte en Sancho el Bravo, con menos energías, vive sin sacar la espada de la vaina. Al final, con el tiempo, uno se convierte en Sancho Panza, huye de las reyertas y prefiere reírse socarronamente de todo, en espera de su jubilación, si puede ser anticipada mejor. Y no me extraña.

Digo yo, (no este buen profesor), que es entonces cuando lo hacen a uno inspector, no por el afán en el descanso y la gracia, sino por la habilidad adquirida para gobernar la ínsula de Barataria de la educación, donde todo es una farsa favorecida y montada por los de arriba, los políticos responsables de la educación que no comprenden la dedicación de su andante huésped: el profesor o el alumno.

Estos, se ríen en el fondo de Don Quijote y Sancho, los rodean de golpes y les imponen penitencias inmerecidas solo por el gusto de satisfacer la carcajada del público y de la sociedad en general. Hacen escarnio al profesor enervando a padres deslenguados, mandando no enseñar lo que éstos saben, sino lo que conviene al clima sectario y de holganza general. Lo peor es que llevan años haciéndolo sin aprender nada de ellos, y sin preguntarles nada. Son salvadores de la escuela que no la pisan una más que una vez al año para inaugurar el curso escolar, y así desde el año 70 del siglo pasado.

Los personajes de Don Quijote y Sancho están muy bien matizados porque rompen con las reglas al uso de escribir una novela. De hecho, la mejor novela en lengua española es un gran ejemplo que contraviene todas las reglas actuales que por ahí circulan sobre cómo escribir una novela de éxito. Cervantes encaja discursos largos, inventa palabras, añade cuentos y novelas ejemplares sin razón alguna, como el Curioso Impertinente, o el cautivo de Argel entre otros.

Si siguiéramos la regla de quitar de una novela todo lo que estorba a la trama y al texto, es decir, aquello que no agrega nada a la acción, como profetizan los cautivos de las formas, el Quijote no existiría. Su lugar lo ocuparía una novela ejemplar llamada el Licenciado Vidriera, buena pero simple. ¿Se imaginan si Cervantes hubiera prolongado todas sus novelas ejemplares como lo hizo con el Quijote? Nos caeríamos al suelo de gusto.

Lo mejor de Don Quijote son sus personajes, que están tan bien hechos que son el mejor regalo que un escritor ha hecho nunca a la literatura. Es una novela que termina siendo la academia de las novelas. Estos personajes se hacen gracias a soliloquios, pensamientos, consejos y discreciones profundas y bien traídas. Son tan vivos que parecen reales, tanto que luego se ha escrito sobre su significado y sentido filosófico buscando en ellos las raíces de nuestra esencia. Con ninguna novela ha sucedido eso, por eso es la mejor de la historia. La más seria y graciosa a la vez.

Lo que no entiendo es porque nadie ha intentando escribir “Las aventuras del gracioso y cristiano escudero Sancho Panza“. Supongo que en estos días de locura existencial colectiva estamos más Panza, que bravos y fuertes.

actuapoli

Actualidad política y Administración municipal