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Trasmitir la cultura en la escuela.

Hoy es uno de los asuntos que más interesa, el de la educación, y reconozco que he estado remiso y reticente durante mucho tiempo a hablar de este asunto directamente en los artículos que vamos colgando poco a poco en este blog. No obstante, hemos rozado el tema de cuando en cuando, con referencias imposibles de evitar. En este sentido escribí la semana pasada sobre perlas y puercos, haciendo referencia a uno de los males de nuestro tiempo, el utilitarismo del conocimiento que tiñe la mente de los más jóvenes y vulnerables (los alumnos); o a los males que causan algunos dirigentes de la enseñanza, semejantes por otra parte a los males que causan los que con responsabilidad de gobierno, crean con su negligencia, males mayores a los que pretenden resolver. Si el que tiene que apagar el fuego es el pirómano, entonces el cuerpo de bomberos tiene un grave problema. Era un problema humano, sin más, aunque haya tenido la desgracia de reconocerlo en primera línea y en los Institutos de Enseñanza.

El valor que hoy tiene la sociedad por la educación es algo novedoso, pues en siglos pasados a nadie le interesó la actividad del aprendizaje, si exceptuamos la Iglesia, depositaria durante siglos y siglos del saber y el conocimiento. No por apego a él, ni por manipulación, sino simplemente porque era la única interesada en salvaguardar las tradiciones ancestrales romanas, clásicas y antiguas.

Nos conviene recordar que la Iglesia es una institución romana, es la religión del extinto Imperio Romano, por eso siempre estuvo interesada en trasmitir esta cultura, por ser precisamente el vehículo de socialización cultural de un mundo, en nuestro país, hispano-romano. La iglesia se ha empeñado durante siglos en conservar y proteger el legado cultural de occidente: latín, retórica, gramática, filosofía, teología, y cuantos estudios de humanidades podamos enumerar. La iglesia erigió las Universidades, los Estudios catedralicios y monacales, y puso en orden el conocimiento de la medicina, el derecho, la teología, los cánones o el derecho canónico.

Pero esta exclusividad se empezó a ver con recelo cuando el paradigma aristotélico escolástico se empezó a resquebrajar en la Edad Moderna, cuando los reyes se empezaron a ver a sí mismo como soles y cuasidivinidades, y cuando sus adláteres, todos ellos educados en centro religiosos, y autodenominados pomposamente ilustrados vieron en la educación el punto de partida para transformar la sociedad.

Por desgracia no se equivocaron en su juicio, pues efectivamente, la trasmisión de una cultura se realiza básicamente en la socialización primaria, es decir, en la familia. Por eso, la apuesta de todos los regímenes totalitarios, que han querido cambiar la sociedad según sus gustos particulares, siempre ha tenido como gran punto de partida el control de la educación. La construcción de un edificio que supliera a la familia en sus criterios ha sido uno de los grandes objetivos del jacobinismo educativo, cuya actuación más repudiable la hemos podido ver en los países del Este bajo el yugo del totalitarismo comunista. Robamos a los hijos de las familias para decidir su educación. También fue practicado por las juventudes hitlerianas, educamos para ser grandes alemanes, al estilo que algún dirigente de un despacho decide.

La educación en España, y en el entorno Europeo, mantiene los mismos principios del totalitarismo, en una versión más encubierta y débil, menos salvaje, dada la sensibilidad social, pero no menos constante ni benévola. La escuela se ha convertido en el laboratorio de experimentos sociales teñidos de ideologías perfectamente identificables, y rabiosamente defendidas por sus próceres e intelectuales.

Por eso la trasmisión de la cultura occidental está en peligro, y todo lo que se entendió que perteneció a un mundo brillante está cerca de su borrado y reorganización; se está evacuando la tradición a pasos agigantados, y sus consecuencias y efectos ya las estamos empezando a percibir en España, aunque el fenómeno recorra como un fantasma toda Europa y me atrevo a decir todo Occidente.

En las culturas estables, armónicas, las que no cambian en la trasmisión de sus saberes y conocimientos de una generación a otra, el conocimiento se realiza desde la mímesis y el ejemplo familiar. Si existe algún tipo de escuela, ésta está sometida a los dictámenes culturales de la sociedad a la que sirve con más eficiencia que cualquier otra. Un ejemplo sería la cultura pigmea, que apenas ha variado en seis mil años, y que sigue siendo la que mejor se adaptar a un entorno selvático pues trasmite los conocimientos esenciales para la supervivencia en el medio.

Pero nuestra cultura no goza de esta estabilidad. Y nuestros alumnos, no salen adaptados al medio en el que tienen que sobrevivir. Las autoridades educativas se empeñan en educarlos con todo tipo de pantomimas: escuelas bilingües (que deterioran los conocimientos y la lengua castellana), refuerzos educativos y planes estupendos (para que barnicemos la ignorancia de nuestros hijos con un título en inglés). Se hacen sistemas educativos y planes de estudio con una alegría y una negligencia digna del más patoso del mundo, sistemas que se rehacen en poco tiempo. La argumentación que tienen es la adaptación, y en esa adaptación nos cargamos las tradiciones culturales, porque son antiguas y rezuman iglesia, y se empuja a los profesores a que sean grandes defensores de ideas transversales democráticas, que van desde la seguridad vial, hasta la exaltación de los derechos de la bragueta, o la defensa de la ideología particular antimachista, por ejemplo. Menos a Séneca, podemos dar lo que queramos, parecen querer decir, y dicen que no es útil. Que es mejor poder leer un menú de un restaurante chino en inglés, por ejemplo. Variar los contenidos, quedarnos con las formas.

Escuché hace unos años a un director que estuvo en una reunión del Ministerio, que cuando se empezó a hablar de qué había que enseñar en las aulas, nadie se ponía de acuerdo. Unos hablaban de la importancia de los idiomas, o de la informática, o de la lengua (sintaxis, gramática y más sintaxis, como si eso fuera a mejorarlos en su capacidad lectora)  y otros se rebelaban aduciendo la estupidez de educar formalmente y sin contenidos. De hecho el plan Bolonia, que ya campea por toda Europa, está logrando que se terminen las carreras siendo competentes en muchas cosas, incluida la ignorancia de cosas básicas que cualquier hombre de hace cien años, con semejante titulación, se ruborizaría.

Pero aquí no se ruboriza nadie.

 La trasmisión de una cultura implica trasmitir de la manera más fiel posible las tradiciones de esa cultura: tradiciones religiosas, ideológicas, de organización familiar, de comportamiento ético y moral, rituales, leyes jurídicas, trasmitir el lenguaje con su literatura, su poesía, y en general sus formas artísticas.

Aquí se trasmite precisamente lo contrario, lo que es último y fetén. Si hay un tonto que saca la teoría de que los alumnos pueden estudiar en dos idiomas, los padres, benditos ellos, se alegran mucho y odiarán a los profesores que se opongan a eso. Si deciden que hay que sustituir la religión por unas charlitas sobre que no hay que conducir bebido, pues allá vamos. Si en lugar de celebrar la Navidad celebramos el engendro halloween, o el solsticio de invierno, o el día de la cocacola, o el día del docente (que no Santo Tomás de Aquino), pues todos contentos, si decidimos que el latín, la filosofía, la religión, no sirven para nada, y las sustituimos por otra cosa, iniciativa emprendedora, pues todos felices.

Hay que reconocer que los ilustrados tenían razón cuando decidieron quitarse a la iglesia de por medio para poder manipular la sociedad a su antojo, lo malo de eso es que tenemos ya varias generaciones de gente soberbia, que es incapaz de leer algo de hace cien años, y que presume más que una mierda en un solar. Cualquier día ponen a los profesores sobrantes (que son mucho y muy bien formados) a dar cocina y ocio solidario en inglés, y si no al tiempo.

Las perlas y los puercos.

Es conocida la sentencia evangélica, “no deis perlas a los puercos” puesta en boca de Jesucristo nada menos, y que solemos por estos pagos interpretarla como que la miel no se ha hecho para la boca del asno. Es decir, que cuando uno se empeña en ofrecer algo sublime, excelso y elevado al otro, suele toparse con que la respuesta del interlocutor suena más al eco de un rebuzno que a una aceptación del valor de lo ofrecido. Y las consecuencias no tardan en asomarse, por fuera se te aboba la mirada, y por dentro se te caen los palos del sombrajo. Luego te pregunta el susodicho que porqué pones esa cara de pasmo; y tú, al borde la anestesia sanitaria, prefieres correr un tupido velo y mirar para otro lado, antes de que la vergüenza ajena sonroje al que no debe.

Esto me ha pasado numerosas veces, y casi siempre en el ámbito escolar. En tal teatro, el de la clase quiero decir, un alumno interrumpe al profesor, o mejor dicho y para seguir el símil, excrementa su gruñido contra el muestrario de joyería que nuestra sociedad quiere inculcar a nuestros rebrutos carcamales, a través de sus incomprendidos profesores, y sus lacerantes padres. Casi siempre es alguien henchido de soberbia y audacia, un insolente, que a fuerza de ser miles, los calificamos como chico espontáneo, con formas disruptivas y abruptas propias de la juventud. O sea, un maleducado que te tutea intentando convertirte en un colega de su adolescencia. Gentes sin rubor que se quejan de tí, cuando comentes el atropello de exigirles que escriban sin poner faltas de ortografía; uno de esos que tienen la misma educación que los puercos de la Biblia, vaya.  Da igual que estés leyendo un precioso poema de Becquer, que estés analizando al caverna de Platón, o que andes corrigiendo la interpretación errática de un pasaje bíblico, filosófico o histórico. Da igual, porque la pregunta con la que interrumpe la clase es siempre la misma: ¿y eso para qué sirve? Y se quedan esperando que justifiques la belleza de los colores, mientras proclama feliz su ceguera.

De hecho es la pregunta recurrente de los alumnos de ciencias o de letras, más los mayores que los pequeños, que creen que lo saben todo y no tienen que aprender nada, ni de los demás ni de sus mayores, ni del mundo, ni de la vida, ni de Dios ni del diablo; quizás porque lo único que les importa sea hocicar, y devorar el curso cuanto antes (la joyería entera), para que nos titulen aunque seamos como jamones colgados al fresco invernal, donde lo más valioso que tuvimos fueron las bellotas que nos dieron. Estos muchachos, tan adictos al móvil como exigentes de su formación, te suelen perdonar la vida de cuando en cuando, y a cambio, claro, te piden que les perdones sus despistes en los exámenes. Es también una pregunta que te hacen algunos padres cuando se animan a considerarte un igual, aunque ellos no hayan superado la primaria por falta de celo; y entonces te lo cuentan a modo de confidencia, como que eres un colega de la piara: “bueno, esto, entre nosotros, es que no sirve para nada”. Y tu sonríes recordando lo sabio que es el evangelio con sus perlas y sus puercos.

Es la atmósfera de los tiempos que vivimos, dominados por la soberbia de los que creen que lo saben todo, y la arrogancia de los que sin saber de nada hacen las leyes educativas que tenemos, para escarnio de maestros y profesores. Los docentes somos simplemente los que hacemos el trabajo sucio de barrer la porqueriza de cuando en cuando, echar perfume a la piara, y ofrecer los resultados del próximo trimestre. ¡Ha descendido el fracaso escolar en Castilla y León!, nuestros políticos se ponen como pavos, nos dan las gracias, dicen que somos los mejores, nos congelan la paga extra, y de paso nos comentan, mientras nos prohíben dar clase de latín o de griego por falta de alumnado, que realmente, saber quién fue o no Séneca, no sirve para nada, que lo que hay que hacer es tener buenos resultado en el informe Prisa. Y nadie les pone a parir, por si nos mandan a un inspector que revise y nos riña porque les hemos dado a Séneca, y les hemos mandado leer la Biblia. Yo creo que cuando la soberbia hace amistad con la espontaneidad y la ignorancia, el cocido que nos sale es la estupidez, algo que en nuestro mundo (no quiero dejar fuera a nadie ni de la francofoní, ni de la anglosajoní) andamos sobrados desde tiempos remotos.

Decía, que a algunos alumnos (por suerte suele haber excepciones), casi les tienes que pedir perdón por intentar enseñarles algo inútil, porque está demasiado acostumbrados a que les demos cosas utilísimas como charlas contra la violencia de género, reparto de condones, compresas y días de flores (San Valentín vomitante) y fiesta (huelga y huelga). A los chicos preferimos darles charlitas sobre lo malo que es conducir bebido, en lugar de perlas inútiles como elaborar un extracto exhaustivo de enfermedades que se derivan del consumo de alcohol a edades tempranas e infantiles. Por eso la escuela se ha convertido en algo inútil en sí misma. El latín es inútil, supongo. Y yo he escuchado desde hace casi veinte años de docente evolucionar la pregunta, casi tanto como la carrera profesional que ejerzo. El para qué sirve rezas, o Dios, o la religión, hasta para que sirve la filosofía. Los matices actuales son para qué sirve la poesía, o la literatura, o la historia, o la matemática. Menos el inglés y la informática parece que todo es inutilidad y hastío. Y no se salva nada en la estrechez de estos alumnos que quieren tan pronto rentabilizar sus saberes.

Recuerdo hace años en una excursión un alumno me contó en el autobús, cerca del asiento del conductor, que  no servía una mierda todo lo que habíamos visto de las Edades del Hombre, una exposición de arte en la ciudad de Segovia. Una maravilla, que el muchacho despreciaba porque no lo entendía, y abjuraba con una soberbia apresurada sobre todo lo que anatematizaba sin vergüenza. Antes de que le contestara salió al quite el conductor, un hombre que pensaba que no llevaba ganado porcino, sino alumnos, y tras soltar un par de blasfemias, dijo algo así como que estos chicos de hoy eran unos maleducados, luego cogió al chico por banda y le explicó que en su puta vida había podido estudiar, y que él que tenía oportunidad no fuera un subnormal perdido. Mano de santo. El chico se sonrojó cuando le dijeron la verdad, y la entendió sin tener que andarnos con paños calientes.

La cita evangélica, y no quiero dejarlo en el tintero, tiene una segunda parte, no menos aguda que la primera, y que entona una nueva sentencia. La cita completa dice: No deis lo sagrado a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen, y además se vuelvan y os destrocen. Y a eso voy, cuando hace unos días me contó un alumno, interrumpiendo con una educación lamentable, que eso no valía para nada (un poema de Espronceda). Un chico con fracaso escolar y sin capacidad para redactar con sujeto, verbo y predicado; con una letra ilegible incluso para él mismo, intentaba provocar sobre la utilidad de lo que estudiaba, pues debe estar ansioso de conocer el mecanismo para ganar dinero sin dar un palo al agua, lo miré y no dije nada. No valía la pena.

Supongo que para ser un cretino no se necesitan estudios, pero para disimular las miserias humanas sí, murmuré. Como no me entendió se enfadó, pero no le repetí nada, no sea que sea hijo de algún político de postín y me haga la vida imposible.

El cristianismo de las dos culturas.

Reconozco que soy un detractor de la Ilustración y de su soberbia conspicua, empeñada en que la razón triunfe como una divinidad lo haría por encima de los seres humanos. Viva la razón y abajo el hombre, acaban diciendo. Y es que “el sueño de la razón crea monstruos”; y creo yo que devora a los hombres engañándolos con sus lenguajes conceptuales de puretas. Aunque no sea demasiado correcto, lo sé, porque va en contra de lo que nos han vendido durante décadas de educación post-ilustrada; al siglo XVIII, y a sus hijos, no les veo más que mentiras, falacias y animadversión hacia lo que no encumbran con sus idolatrías. Ni Dios, ni amo, ni patria, dicen sus nietos; pero a mi me gusta que Dios sea mi amo, para así poder tener una patria en algún sitio que valga la pena, y que solemos llamar los cristianos Reino de Dios. Todo un lenguaje prohibido por los controladores de las ideas de este mundo, los que nos hoy dicen subrepticiamente lo que hay que pensar porque son lógicos y racionales, los demás todos tontos.

Por el contrario, y quizás porque se ninguneaba en la historia que nos contaban en el cole, me fascina la última etapa del Imperio Romano, la que considero más evolucionada culturalmente, y la más interesante desde el punto de vista filosófico. Esta corresponde al siglo IV y V, lo que los historiadores han llamado el la etapa cristiana del imperio romano, y que termina – por poner una fecha – en el año 476, donde el último emperador romano de Occidente, llamado Rómulo Augústulo, es depuesto con tan solo diez años. No es una época importante desde el punto de vista militar, político o económico, pero es un momento decisivo para occidente, pues se sientan las bases culturales de los siglos siguientes. Es, precisamente en esta época, cuando se termina de fusionar la cultura greco-romana con el judeocristianismo, dando como resultado nuestra cultura occidental.

Los ilustrados en su odio anticlerical, siempre negaron (o manipularon) la importancia a este periodo, y buscaron que la cultura occidental fuera ante todo una cultura laica, contrastando así y convirtiendo la historia de Occidente en una cultura e historia secularizada; donde las cuestiones religiosas aparecieran desprovistas del soporte cultural de su tiempo, y así, según fuera el tema, la iglesia devenía siempre en una institución maligna, a diferencia de los agnósticos, más bien masones diría yo, o ateos militantes, que se convertían así en los próceres de la humanidad, los salvadores del error religioso, dicho en el lenguaje que nos han repetido, y nos siguen contando hasta el día de hoy muchos.

Así, por ejemplo, el medievo en su conjunto, o la inquisición en particular, era de la iglesia y era mala, independientemente de que jugara un papel importante en el control de las ideas que todos los monarcas gustaban ejercer; o del pueblo, siempre hambriento de asaltar aljamas judías y musulmanas. La lectura que hacía la ilustración ha sido siempre fácil: el pueblo asesinaba a los judíos porque era excitado por la iglesia, en cambio, cuando el pueblo aguillotina a media Francia, incluidos sus monarcas, entonces es que eran guiados por las luces del siglo, y si hacían la revolución rusa era porque habían visto a sanlenin bendito. Pues eso, para tí lo malo, y para mi lo bueno. Si el medievo lo calificaban de siglos oscuros (cosa que los medievalista se hartan de refutar) era porque los cristianos eran gente oscura para ellos; en cambio, para los renacentistas  inventaron que eran tipos luminosos y medio ateos, lo que era un mentirusco a sabiendas, por otra parte.

Otro asunto que me fastidia mucho es la selección que hacen de los autores de la Historia de la Filosofía, en general heredera de Hegel y del idealismo hegeliano del siglo XIX. Estos pensadores, en su conjunto, terminan solemnizando los hechos de la historia para convertirlos en conceptos absolutos. De esa manera, les importa mucho la construcción del mundo de los conceptos, y terminan identificando la historia de la filosofía como la exclusiva historia del debate de los conceptos, las ideas en estado puro y abstracto. Con esto olvidan que la historia de la filosofía es también, en mi opinión y en la de otros autores como Lovejoy A.O., Kristeller P.O. y la escuela Francesa de Duby o Braudel, la historia del pensamiento y de las mentalidades.

En el fondo una cultura no tiene ideas, y los filósofos no son gente con ocurrencias. Una cultura edifica una mentalidad, lo que los antropólogos llaman el nivel emic y etic de una cultura, y la mentalidad de una cultura es algo social, donde lo religioso forma parte de las ideas y las creencias de manera indisoluble. No es posible entender el arte, sin comprender la religión que dibuja, pero tampoco podemos comprender la historia sin entender el hecho religioso que sustenta la cultura de que se trate. En realidad es imposible entender al hombre sin entender la religión del hombre, pero esto va en contra del espíritu laico al que quieren reducir la historia.

El absurdo del cientifismo positivista llegó a entender en su sectarismo anticlerical, por ejemplo y no sigo, que el origen de la filosofía estaba en la muerte de la religión, y que por tanto el paso del mito al logos era el gran acontecimiento humano. Para ellos era el paso de la creencia estúpida a la palabra razonada, donde la emergía la filosofía y la razón como una especie de salvadora de la humanidad. Esta visión sigue estando presente en muchos libros de texto de Filosofía, a pesar de lo anticuada y cerril que es. Aunque las Facultades de Filosofía afirmen una y otra vez que “el origen de la filosofía” es un falso problema, por tratarse de un concepto muy occidental para seguirnos mirando al espejo de nuestro eurocentrismo, y lo que en todo caso, tuvo más que ver con determinadas condiciones socioculturales que hubo en la antigua Grecia que propiciaron la aparición de un pensamiento más abstracto y conceptual, aún así siguen erre que erre, y es hasta el título de una pregunta en Selectividad.

Todas estas cuestiones sería calificadas de ridículas en el Imperio Romano cristiano, cuyo modelo cultural fue luego copiado y repetido en Occidente como la esencia de nuestra cultura. El renacimiento carolingio buscó repetir aquel Sacro Imperio Romano Cristiano, al que le añadirán lo Germánico como una nota novedosa de identidad. El mismo Renacimiento Italiano y Europeo buscó e indagó en Roma su esencia, y no lo buscó de manera secularizada, sino precisamente lo hizo ahondando en sus raíces cristianas y evangélicas. Esta búsqueda de lo auténtico cristiano estuvo detrás, sin duda, de la Reforma Protestante que empujó la historia europea un siglo después con el monje agustino (de San Agustín siglo IV) llamado Lutero. Un monje que leyó a San Pablo en su carta a los Romanos y quedó simplemente conmovido, por no decir extasiado.

La historia del cristianismo, cuyo marco me ha servido para encuadrar la historia de las primitivas comunidades joánicas y paulinas del siglo I y II d.C. en la novela “EL ÁNGEL AMADO” (descarga gratis aquí), se ha edificado con la ayuda de dos pulmones, dos visiones diferentes, cuyos orígenes arrancan de dos culturas distintas: la grecorromana por una parte, y la judeocristiana por otra. Conceptos y narraciones, estatismo y dinamismo cultural, dos formas antagónicas y complejas muy difíciles de unir y fusionar, pero que lograron en gran parte los genios del pensamiento de aquella época, desde San Agustín de Hipona, hasta Basilio el Grande. Es el latido de dos culturas en una: latina y griega.

Esta fusión entre cristianismo y grecorromanismo nunca ha sido bien tolerado por los Ilustrados, porque era como reconocer a la madre que los parió, y ellos no. Ellos no quieren ser cristianos ni en sueños. Nunca se les ocurrió colocar al profeta Jeremías o el SegundoIsaías, por ejemplo, junto con los filósofos griegos de aquel tiempo: Tales o Heráclito; aunque fueran entonces más ingeniosos que aquellos. Se ve que la denuncia profética no es pareció buena como idea, y prefirieron barajarlo como mito, mientras gestaban la revolución marxista como un vuelta de tuerca de un cristianismo secularizado y mal entendido, como interpretó el tocagüevos de Nietzsche, que les puso en su sitio, pero les daba igual, porque ya habían conseguido una historia de la filosofía más coja que la del mantecas, que en paz descanse. Y hasta hoy.

Esta es una realidad que cuesta explicar hoy en la sociedad, y es que el Imperio Romano no fue una cultura, sino dos. No hubo una gran lengua, el latín; sino dos, el latín y el griego. Dos formar de componer y de asimilar la fusión cultural de dos mundos, como fueron el mundo griego, extendido desde el helenismo por el Oriente Mediterráneo, y el mundo latino o romano, que a la postre, siempre hemos identificado con Europa. Pero no es única ni exclusivamente Europa.

Europa es también el Imperio Romano Oriental, cuya continuidad estuvo vigente en el Imperio Bizantino hasta el siglo XV. Lo que hizo Occidente para dar la espalda a Bizancio no fue más que una treta para olvidar que ellos (y no nosotros) seguían siendo herederos del verdadero Sacro Imperio Romano Cristiano. Aquellos romanos, y aquellos cristianos orientales forman parte de la historia de Europa, aunque se encuentren bien lejos. A nadie se le ocurriría pensar que Grecia no es Europa, o que Rusia no es Europa, pero lo son. Son herederos de la cultura romana, en su variante Oriental, y tras sufrir, no pocas veces, las invasiones y presiones del Islam.

Los cristianos orientales, lo que hoy vemos en Siria, de rito Caldeo, los maronitas, los coptos, o los coptoetíopes, por citar algunas de estas Iglesias Orientales antiquísimas, han podido convivir durante muchos siglos con el Islam. La tolerancia que da una forma de entender el Corán sin temor a una invasión cultural de lo Occidental, ha propiciado durante muchos siglos que estos cristianos fueran tolerados como mal menor, como residuo de una historia y de un pasado, como ejemplo de que estábamos ante una minoría muy bien preparada, formada y con recursos sociales.

Pero los grandes enemigos han despertado, y no me refiero sólo al Jihadismo, ni al islam radical, que son los ejecutores a cuchillo de los cristianos de aquellas tierras, sino a los hijos de la Ilustración, que desde Occidente contemplan desde su ignorancia quienes son o quienes fueron esos cristianos.

No saben que estaban alli antes que los musulmanes, y no saben que representan a la cultura romana que un día fuimos, mal que les pese, cristiana y romana a la vez. No son capaces de ver que formamos parte de una historia cultural común, entre otras cosas, porque no quieren saber nada de los cristianos de ningún sitio, a los que siguen pareciendo oscuros y supersticiosos. Es notable, y triste desde luego, ver como algunos de estos post-ilustrados (los más descerebrados sin duda) justifican el islam y parte de los crímenes que ni siquiera los musulmanes en su mayoría ven con buenos ojos. Pero es que son así, cristófobos, y se asocian a los asesinos del pelaje que sea con tal de garantizar que la iglesia sea un poco más débil cada día; aun a costa de destruir la razón por la que tanto presumen cuando argumentan.

Los asesinatos y la destrucción de estas iglesias en Siria, en Irak o en Egipto y en otros lugares son un atentado contra las personas que allí profesan su fe bimilenaria, pero son también atentados contra Occidente, porque ven en en el enemigo Occidental la amenaza que sacude las raíces que ellos quieren salvaguardar de su cultura. Occidente mira para otro lado en casi todo lo que le incumbe, sin ser consciente de que la realidad es terca y tozuda. No veremos el ebola hasta que la epidemia no se extienda, y no pensaremos que los Jihadistas son una amenaza hasta que no veamos los primeros asesinatos en tierras europeas. En realidad Europa lleva perdiendo esta guerra desde que decidimos dejar a los cristianos orientales a su suerte.

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