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Los profesores estrella.

La red está llena de buenos chistes sobre la educación. Estos de Manel Fontdevila son simplemente geniales. Y es que ahora se lleva mucho el profe estrella, en plan star system of beautiful. Los padres son los primeros que quieren que les den clases esos tíos con imaginación, buen rollo,… que lo mismo entretiene a un grupete de alumnos que se desvive contando chistes y dinamizando la clase para que nadie se sienta mal. Es la victoria del profe estrella, el profe guay, el profe que todo el mundo quiso tener, el que no enseña de manera ordenada, pero que paqué. ¿Para qué saber algo estructurado y ordenado, si la misma legislación  educativa es caótica en sí misma? Pues eso, nos van a salir tontos y con razón, y todo a costa de convertir a los profesores en animadores de aula.

En realidad la educación es otra cosa menos divertida. A nadie le gusta que se le recrimine la conducta, y a nadie le mola tener que decir las cosas que se están haciendo mal. Tampoco puedes estar diciendo cosas amables y buenas para animar siempre, aunque venga bien a todos, porque no siempre se debe ni se puede. Dar clase, y educar a niños y adolescentes, tiene poco que ver con ir de ocurrencia en ocurrencia, haciendo cosas ingeniosas para que disfrutemos todos de la vida. Se confunde aprender jugando (propio del jardín de infancia) con jugar para ver si aprenden algo.

La ciencia infusa no llega por mucho que pongamos películas, apliquemos jueguecitos y nos lo pasemos bomba. Eso está muy bien, pero no debe presuponer aprendizajes nuevos. Y es que para aprender se necesita esfuerzo, atención y constancia. Precisamente tres cualidades que hoy brillan por su ausencia en los educandos de hoy: poco esfuerzo porque han nacido en la cultura del bienestar, y aprender no es tan placentero para ellos como jugar a la play; poca atención porque no son capaces de mantenerla cuando está rodeados de estímulos constantes; y poca constancia porque se cansan rápido de todo.

En el fondo, lo que piden de verdad lo alumnos, es cierta rutina que les dé seguridad, para saber a qué atenerse. Luego, y solo luego, podrán romper la rutina para hacer otra cosa, que entonces sí, será valorada y divertida. Pero convertir la escuela es un parque infantil, con profes atracciones y divertimento sin control no educa a la gente, simplemente la entretiene y les engaña, porque creen que saben algo, cuando no saben casi nada. Esto hace daño a los alumnos, y deteriora la sociedad misma, que proporciona títulos a gente que no se lo merece. Se disfruta más de algo cuando se carece de ello, que cuando se tiene en abundancia; y divertirse es ese “algo”.

Educar tiene que ver con trabajar, con prepararse para hablar bien, con escribir correctamente, con no vocear a destiempo, ni pedir ir al servicio cada minuto. Educar tiene que ver con ser ejemplo, y el mejor ejemplo para que un alumno trabaje es un profesor trabajador. Puede ser divertido ver una película en clase, incluso instructivo, pero si el alumno no memoriza ningún contenido abstracto, no habrá aprendido nada. Se puede memorizar la tabla de multiplicar con canciones, pero como no se practique con cientos de ejercicios y multiplicaciones (deberes, sí deberes) pues no sabrán multiplicar. Los ejemplos motivadores son estupendos el primer día, pero al segundo y al tercero los alumnos se aburren. ¿Otra vez peli? Y es que el ansia por pasarlo bien y no hacer nada es infinito, y el trabajo y el esfuerzo de aprender es muy, pero que muy finito y limitado. Por eso, no hay que caer en la trampa de los profesores estrella, porque su programa de variedades acaba cansando y decepcionando; o está tan sometido a genialidades y cambios que termina estresando a los chicos. Además, cada alumno querrá hacer una cosa distinta según pase el tiempo.

Los mejores profesores que tuve explicaban bien, nos exigían, nos hacían currar y eran tipos agradables y cercanos. Ya está. Un profe que sea divertido no es un profe, no me va a poder exigir nada, y si me lo pide le contestaré con cachondeo, como el que me trata a mi. Un profe que me da conversación no me enseña nada, o casi nada. Puede ser algún día, pero si es la costumbre iré a un bar de tertulia, no a clase. En cambio un profe que me explica algo, mientras estamos todos en silencio respetuosamente, y luego me obliga a repetirlo, me está enseñando algo. Aunque me fastidie estar así, me está enseñando.

Ahora el sistema educativo premia a los profes guays que divierten a los chicos, y los padres están encantados de que sus hijos estén supercontentos con el profe ese. No saben lo que están exigiendo, porque los buenos profes son precisamente los que más hacen sufrir y trabajar a sus hijos. El problema será cuando vaya a la compra y no calcule la vuelta; escriba por whasap y no se le entienda; le hagan preguntas sobre la guerra civil española y la confunda con la guerra de la independencia. En realidad ese tema no lo estudió, vio una peli, mientras su profe le contaba lo malo que es el fascismo, y el chico hizo una redacción libre sobre el tema que le quedó estupendo. Le aprobaron para que las estadísticas fueran acordes a los deseos de un político que presume de reducir el fracaso escolar. Entonces la gente se lleva las manos a la cabeza. ¿cómo puede un universitario no sepa nada de eso? Es que pasaron de curso divirtiéndose, y no se quedaron con nada. Eso sí, son arquitectos, ingenieros,… con flamantes títulos y ninguna cultura. ¡Señor, Señor!

Poema para un compañero maestro que se jubila con gozo.

Enmudecerá la tiza,

pero no tu esfuerzo,

callarán las calles, hablará el silencio,

llorará la noche, gritarán los ecos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero no tu aliento,

seguirá el eco, del consejo cierto,

de la vida, vida,

enseñando esfuerzo.

Los miraste a los ojos,

guardaste su aliento.

 

Enmudecerá la tiza,

jamás tu recuerdo,

de horas regaladas, pasión y desvelo.

Enseñaste a vivir, a exigir sin miedo,

a verlos adultos,

hechos y derechos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero los llevarás dentro,

llevarás su escucha, su dolor, lamento.

El que cambiaste por oro, por sonrisa y sueños.

 

Enmudecerán las tizas,

cuando todos lleguemos,

y te digamos amables,

gracias, compañero.

 

A Julio, compañero y amigo, en la fiesta de su jubilación 28 junio 2016, en el IES González Allende de Toro (Zamora)

 

Este poema, que he escrito hace unos días, y que hemos compartido hoy, es para un maestro que ha dejado huella entre sus alumnos y sus compañeros. Sirva de homenaje a todos los profesores que tratan de hacer del mundo un lugar mejor. Gracias Julio, gracias maestro.

A la caza de los profesores.

Que sí, que sí. Que no me lo invento yo. Que lo ha dicho el mismísimo José Antonio Marina, ideólogo educativo de Zapatero y barragano del Pepé, que no va a cobrar lo mismo un profe bueno que uno malo. Hasta ahí podríamos llegar. Se va a cobrar según se curre, que para eso estamos en un país de jornaleros y de albañiles sin cualificar. Los profes van a cobrar según su producción, y punto. Esto lo dijeron el otro día y no veáis como se han puesto en las salas de profesores de toda esta nación llamada España. Tampoco tanto, porque suena el timbre y se van a sudar con los angelitos que tienen en las aulas, eso en secundaria, porque en primaria hay que esperar al recreo para comentar la jugada.

Los profes hemos interpretado este viejo sonsonete como que a más aprobados más sueldo. Porque dudo que tengan otro criterio más objetivo para calificar la docencia de un profesor. ¿Se puede comparar siquiera un profesor con otro? Ningún profesor es perfecto, pero ninguno es absolutamente incompetente, y si hay excepciones por un lado también las tiene que haber por el otro. En realidad casi todos los profesores somos parecidos en el aula: cuadernos, exámenes, trabajos, explicaciones, ejercicios, extraescolares. Hablamos con los padres, informamos de las faltas de asistencia, y tratamos de corregir el mal comportamiento.

La diferencia de resultados suele venir de lo distintos que son los alumnos de unos lugares y de otros, incluso en una misma casa, los hijos son a veces muy distintos, y no es culpa de nadie. Es frecuente que un profesor logre buenos resultados con una clase, y malos resultados con otra. ¿Es culpa del profesor que tiene doble personalidad? Y es que no todo el mundo parte de la misma situación social y familiar cuando acude a la escuela, y eso no es responsabilidad del profesorado, sino de toda la sociedad en su conjunto.

Pagar más al que más apruebe, perjudica a los alumnos, porque les enseña menos y los capacita peor. Y en esta feria sale más perjudicado el alumno con más carencias, que a la larga serán peor atendidos. Marina no ha pensado demasiado en lo que cuesta una hora de clase con estos alumnos, porque él siempre ha dado clase a los bachilleratos, alumnos ya seleccionados y con más recursos. No desconoce que una hora de clase equivale a cuatro de cualquier otro empleo, pero con su opinión parece poner precio a unas horas de clase frente a otras horas de clase, y ese es un error. Dar una clase magistral de filosofía  a alumnos brillantes es relativamente fácil y muy admirado, pero dictar y corregir dictados a alumnos emigrantes es tedioso, y los buenos resultados, y las mejoras, apenas se notan. ¿Es justo castigar a unos y beneficiar con el sueldo a otros?

La sociedad envidia nuestro tiempo libre, pero no saben lo que cuesta sacar adelante a un muchacho desordenado, que no lleva libro, que no atiende ni dos minutos seguidos una explicación, y que es contestón. Muchos padres nos piden consejo porque no controlan a sus hijos. ¿Nos van a pagar por hora de consulta familiar lo que cuesta una hora de psicólogo? ¿Y con el chico también? Hay cosas que no tiene precio, y si algunos se empeñan en abaratar nuestro trabajo, tendremos que exigir mejores sueldos al principio de temporada. Como los entrenadores de fútbol, que es lo que creen que somos.

Un ejército de abuelos asalta el colegio.

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Este gobierno funciona gracias a que la Soraya tiene en su casa abuelos y suegros que le cuidan al churumbel, sino de qué. Y el pais en su conjunto también. Antes con un sueldo en casa y Seguridad Social para todos, hacías el mes. Ahora no llegamos ni trabajando los dos, y claro, hay que echar mano de los abuelos, la verdadera cobertura social de este país. Por eso, en los tiempos que corren, el que no tiene un par de abuelos en condiciones de resistencia y trabajo no es nadie. Y si tiene hijos está vendido al peor postor, que no es otro que esta sociedad de la prisa. Voy al grano.

Llevan años dando guerra con el asunto diciendo que hay que dedicar unos días para que los niños se adapten al cole. En realidad quienes adaptan su horario durante unos días son los padres, y por supuesto, los abuelos, que como si de un ejército se tratara, forman en comandos unipersonales para socorrer a sus hijos y nietos que no pueden llegar a todo.

Están por todas partes haciendo faenas impropias: supermercados, parques, reuniones de padres, salidas de colegio, entradas al mismo, llevando papeles al hijo, en el banco a no sé qué marrón nuevo, en la cola de la carne y en la del pescado, comprando el pan para toda la familia, que luego distribuyen convenientemente a sus currantes hijos. Son espectaculares y gozan, desde hace décadas de mi más ferviente admiración. Gracias a ellos se llenan: las exposiciones de temas rarísimos de los ayuntamientos, las charlas sobre los más variopintos temas, y las presentaciones de libros, donde a mi nunca me ha faltado unos cuantos abuelos, supuestamente despistados. Encima te dan conversación en cuanto te descuidas, en el autobús o en el metro, da igual. “Es que voy a recoger a mi nieta”, te cuentan. “Los pobres trabajan y no pueden”. ¡Están explotados y no miran por sí mismos! Chapeau.

También son la cobertura económica de muchas familias que fluctúan entre el paro y las nuevas formas familiares, consistentes en que cada vez somos menos y necesitamos más ayuda de los abuelos. Esta peña te ayuda con la compra del mes si no llegas, o te avalan el piso hipotecado si andas con intenciones expansivas. A estos abuelos deberían darles una medalla, porque algunos, además de dar la cara por sus gilhijos, se han visto con problemas con el banco, pagando la letra que sus hijos no han podido. Lo dicho, la salvación del pais.

Se nota su presencia demoledora en la semana de adaptación de los cabroncetes. Nadie entiende por qué se tienen que adaptar ahora los niños al ir al cole, pero es de esas tontadas que se les ocurre a las autoridades educativas para justificar que hacen algo. Antes era más fácil: primer día unos lloran y otros no; el segundo día todos están tan contentos. Ahora se montan unas trifulcas con los angelitos que te cagas. ¡Qué no se traumaticen! Y nos tienen traumatizados a todos. Yo creo que los niños no necesitan ni miramientos, ni periodos chorras, entre otras cosas porque están acostumbrados a ser un paquete de un lado para otro. “Oye, que se me ha puesto malo, que te lo traigo”, “¡mamá, recógeme al nene que me ha vomitado en la guardería!”. No. Indudablemente los niños no necesitan adaptaciones, las necesitamos los adultos a una sociedad esquizofrénica que pretende que estemos en cinco sitios a la vez: comprando, con el niño enfermo en casa, en la puerta del cole recogiendo al pequeño, trabajando a cinco kilómetros de todos ellos, y haciendo la comida a la vez.

A mi los que me dan pena son los que no tienen los abuelos, o los que tragaron con aquello de “lo importante que es la flexibilidad geográfica en el trabajo”, y los tienen en la otra punta de España, o del mundo. La semana de adaptación tienen que hacer cabriolas, piden ayuda a los amigos, y están realmente chungos y jodidos. En una palabra: desesperados buscando alguien que les eche una mano. Más de uno se coge esa semana las vacaciones para atender al chico, y algún otro pide en la “cosa nostra administrativa” una semana sin empleo ni sueldo, un permiso no remunerado que se llama, para atender a su pobre hijito inadaptado según un gilipollas de la Consejería de Educación.

Yo creo que el gobierno, si tiene alguna sensibilidad por lo social, debería organizar unos abuelos de alquiler, una empresa comanditaria donde el abueleterío te pase a recoger cinco o seis niños por aula. Como ahora las clases están más vacías que las consultas de los pediatras (llega el otoño no lo olvidemos, los piojos y las gripes), con tres abuelos hacemos la clase entera, y con veinte el cole entero.

Otra idea, que estoy inspirado: montar turnos para que los funcionarios más relajados, además de salir al bocata matutino un par de horas, pasen a recoger a los churumbeles de los vecinos del barrio. Esto bien organizado sería espectacular y saldríamos hasta en el NY Times. Así dejaríamos a los abuelos descansar en el supermercado, que los pobres también tienen derecho.

Trasmitir la cultura en la escuela.

Hoy es uno de los asuntos que más interesa, el de la educación, y reconozco que he estado remiso y reticente durante mucho tiempo a hablar de este asunto directamente en los artículos que vamos colgando poco a poco en este blog. No obstante, hemos rozado el tema de cuando en cuando, con referencias imposibles de evitar. En este sentido escribí la semana pasada sobre perlas y puercos, haciendo referencia a uno de los males de nuestro tiempo, el utilitarismo del conocimiento que tiñe la mente de los más jóvenes y vulnerables (los alumnos); o a los males que causan algunos dirigentes de la enseñanza, semejantes por otra parte a los males que causan los que con responsabilidad de gobierno, crean con su negligencia, males mayores a los que pretenden resolver. Si el que tiene que apagar el fuego es el pirómano, entonces el cuerpo de bomberos tiene un grave problema. Era un problema humano, sin más, aunque haya tenido la desgracia de reconocerlo en primera línea y en los Institutos de Enseñanza.

El valor que hoy tiene la sociedad por la educación es algo novedoso, pues en siglos pasados a nadie le interesó la actividad del aprendizaje, si exceptuamos la Iglesia, depositaria durante siglos y siglos del saber y el conocimiento. No por apego a él, ni por manipulación, sino simplemente porque era la única interesada en salvaguardar las tradiciones ancestrales romanas, clásicas y antiguas.

Nos conviene recordar que la Iglesia es una institución romana, es la religión del extinto Imperio Romano, por eso siempre estuvo interesada en trasmitir esta cultura, por ser precisamente el vehículo de socialización cultural de un mundo, en nuestro país, hispano-romano. La iglesia se ha empeñado durante siglos en conservar y proteger el legado cultural de occidente: latín, retórica, gramática, filosofía, teología, y cuantos estudios de humanidades podamos enumerar. La iglesia erigió las Universidades, los Estudios catedralicios y monacales, y puso en orden el conocimiento de la medicina, el derecho, la teología, los cánones o el derecho canónico.

Pero esta exclusividad se empezó a ver con recelo cuando el paradigma aristotélico escolástico se empezó a resquebrajar en la Edad Moderna, cuando los reyes se empezaron a ver a sí mismo como soles y cuasidivinidades, y cuando sus adláteres, todos ellos educados en centro religiosos, y autodenominados pomposamente ilustrados vieron en la educación el punto de partida para transformar la sociedad.

Por desgracia no se equivocaron en su juicio, pues efectivamente, la trasmisión de una cultura se realiza básicamente en la socialización primaria, es decir, en la familia. Por eso, la apuesta de todos los regímenes totalitarios, que han querido cambiar la sociedad según sus gustos particulares, siempre ha tenido como gran punto de partida el control de la educación. La construcción de un edificio que supliera a la familia en sus criterios ha sido uno de los grandes objetivos del jacobinismo educativo, cuya actuación más repudiable la hemos podido ver en los países del Este bajo el yugo del totalitarismo comunista. Robamos a los hijos de las familias para decidir su educación. También fue practicado por las juventudes hitlerianas, educamos para ser grandes alemanes, al estilo que algún dirigente de un despacho decide.

La educación en España, y en el entorno Europeo, mantiene los mismos principios del totalitarismo, en una versión más encubierta y débil, menos salvaje, dada la sensibilidad social, pero no menos constante ni benévola. La escuela se ha convertido en el laboratorio de experimentos sociales teñidos de ideologías perfectamente identificables, y rabiosamente defendidas por sus próceres e intelectuales.

Por eso la trasmisión de la cultura occidental está en peligro, y todo lo que se entendió que perteneció a un mundo brillante está cerca de su borrado y reorganización; se está evacuando la tradición a pasos agigantados, y sus consecuencias y efectos ya las estamos empezando a percibir en España, aunque el fenómeno recorra como un fantasma toda Europa y me atrevo a decir todo Occidente.

En las culturas estables, armónicas, las que no cambian en la trasmisión de sus saberes y conocimientos de una generación a otra, el conocimiento se realiza desde la mímesis y el ejemplo familiar. Si existe algún tipo de escuela, ésta está sometida a los dictámenes culturales de la sociedad a la que sirve con más eficiencia que cualquier otra. Un ejemplo sería la cultura pigmea, que apenas ha variado en seis mil años, y que sigue siendo la que mejor se adaptar a un entorno selvático pues trasmite los conocimientos esenciales para la supervivencia en el medio.

Pero nuestra cultura no goza de esta estabilidad. Y nuestros alumnos, no salen adaptados al medio en el que tienen que sobrevivir. Las autoridades educativas se empeñan en educarlos con todo tipo de pantomimas: escuelas bilingües (que deterioran los conocimientos y la lengua castellana), refuerzos educativos y planes estupendos (para que barnicemos la ignorancia de nuestros hijos con un título en inglés). Se hacen sistemas educativos y planes de estudio con una alegría y una negligencia digna del más patoso del mundo, sistemas que se rehacen en poco tiempo. La argumentación que tienen es la adaptación, y en esa adaptación nos cargamos las tradiciones culturales, porque son antiguas y rezuman iglesia, y se empuja a los profesores a que sean grandes defensores de ideas transversales democráticas, que van desde la seguridad vial, hasta la exaltación de los derechos de la bragueta, o la defensa de la ideología particular antimachista, por ejemplo. Menos a Séneca, podemos dar lo que queramos, parecen querer decir, y dicen que no es útil. Que es mejor poder leer un menú de un restaurante chino en inglés, por ejemplo. Variar los contenidos, quedarnos con las formas.

Escuché hace unos años a un director que estuvo en una reunión del Ministerio, que cuando se empezó a hablar de qué había que enseñar en las aulas, nadie se ponía de acuerdo. Unos hablaban de la importancia de los idiomas, o de la informática, o de la lengua (sintaxis, gramática y más sintaxis, como si eso fuera a mejorarlos en su capacidad lectora)  y otros se rebelaban aduciendo la estupidez de educar formalmente y sin contenidos. De hecho el plan Bolonia, que ya campea por toda Europa, está logrando que se terminen las carreras siendo competentes en muchas cosas, incluida la ignorancia de cosas básicas que cualquier hombre de hace cien años, con semejante titulación, se ruborizaría.

Pero aquí no se ruboriza nadie.

 La trasmisión de una cultura implica trasmitir de la manera más fiel posible las tradiciones de esa cultura: tradiciones religiosas, ideológicas, de organización familiar, de comportamiento ético y moral, rituales, leyes jurídicas, trasmitir el lenguaje con su literatura, su poesía, y en general sus formas artísticas.

Aquí se trasmite precisamente lo contrario, lo que es último y fetén. Si hay un tonto que saca la teoría de que los alumnos pueden estudiar en dos idiomas, los padres, benditos ellos, se alegran mucho y odiarán a los profesores que se opongan a eso. Si deciden que hay que sustituir la religión por unas charlitas sobre que no hay que conducir bebido, pues allá vamos. Si en lugar de celebrar la Navidad celebramos el engendro halloween, o el solsticio de invierno, o el día de la cocacola, o el día del docente (que no Santo Tomás de Aquino), pues todos contentos, si decidimos que el latín, la filosofía, la religión, no sirven para nada, y las sustituimos por otra cosa, iniciativa emprendedora, pues todos felices.

Hay que reconocer que los ilustrados tenían razón cuando decidieron quitarse a la iglesia de por medio para poder manipular la sociedad a su antojo, lo malo de eso es que tenemos ya varias generaciones de gente soberbia, que es incapaz de leer algo de hace cien años, y que presume más que una mierda en un solar. Cualquier día ponen a los profesores sobrantes (que son mucho y muy bien formados) a dar cocina y ocio solidario en inglés, y si no al tiempo.

SANCHO PANZA

Ciertamente la novela del ilustre Miguel de Cervantes, titulada en abreviatura El Quijote, es sin duda, y doy fe por haberla terminado de leer por tercera vez, y en cada ocasión con más gusto, la mejor novela escrita nunca en lengua castellana, y me atrevo a a decir que en cualquier otra lengua.

Es conocida como suelen ser conocidas las cosas en este país: en plan puti de pueblo. Todo el mundo habla del Quijote de vez en cuando, pero pocos, y me temo que cada vez menos osados españoles, se han metido por entre las faldas de sus hojas con conocimiento de causa.

Al fondo está Cervantes, un soldado valiente, hijo de un presidiario, cautivo y desafortunado de Argel, un hidalgo venido a menos. Un hombre de honor que fue redimido por sus conciudadanos en los últimos años de su vida, y todo gracias a las letras que le fueron más favorables que las armas, aunque no fueran nunca mejor ejercicio que las primeras, según él mismo nos cuenta.

La primera vez que leí el Quijote lo hice en compañía reciente de aquella serie de dibujos de la tele, cuyos cromos regalaban con las tapas de los yogures. Una buena serie que casi memoricé y que me gustaría volver a ver. Lo que nunca he sabido ni he entendido es porqué no se hizo la segunda parte de la historia, si tantos premios se le dio en su momento. Me lo imagino, pero no logro alcanzar una razón de peso. Lo mismo le sucedió a la magnífica serie de TVE que dirigió Manuel Gutiérrez Aragón, y que protagonizó Fernando Rey como Quijote y Alfredo Landa como genial Sancho… nunca rodaron, ni lo harán ya, la segunda parte.

Fue por entonces, en aquellos años que hoy muchos añoran, que la escuela (el BUP) nos obligaba a leer cosas serias y no sucedáneos adaptados, y terminó cayendo la novela de marras al completo. No me defraudó, pero no terminé de captar toda su riqueza, como es lógico dada mi corta edad.

La segunda vez que lo leí fue movido por la curiosidad de deleitarme al completo de la historia, porque tengo que confesar, y no hay confesión más fácil, que durante mis años de estudiante releía antes de cada examen de derecho un capítulo suelto del Quijote, al azar y por aquello de coger la soltura con la prosa castellana, aunque fuera la recia del derecho. Pensaba que así me salían mejor los exámenes. En aquella segunda ocasión la releí a carcajadas, pues me pareció la mejor novela de humor nunca escrita. Con unos personajes hilarantes y divertidos, y con sucesos muy del gusto, que diría Cide Hamete. La novela de humor la inventamos los españoles, pensé desde entonces, aunque luego digan los ingleses que ellos son los reyes de la risa. Será ahora, claro.

Volver ahora a gustarlo, disfrutando de sus palabras, juicios y discreciones ha sido un tercer y sublime placer, entre otras cosas porque uno siempre termina encontrando y descubriendo cosas nuevas, intuiciones distintas, y relatos entreverados con singular sustancia. Si cuando uno lee la Biblia percibe la hondura del misterio, y una sinfonía de interpretaciones llegan al que lo toma como tal, así me ha sucedido con el Quijote, son tantas las sugerencias e interpretaciones que tengo que decir y catalogar esta novela como la Biblia de las letras, por contener lo básico y esencial de una buena obra, y todo a la vez.

En este último viaje que he hecho con el loco Quijote y el tonto de Sancho me he detenido en la hermosura de sus personajes, porque ni el loco está tan loco, ni el tonto es tan simple. Me detengo para echar una cerilla a la sequedad de la educación de nuestro país. Si  Sancho fuera alumno de secundaria en los tiempos de hoy, les aseguro que sería uno de los más despiertos y listos, y por supuesto habría alcanzado todas las competencias boloñesas: lingüística (hila refrán tras refrán ensartándolos al gusto), competencia matemática (hace buenas cuentas de los azotes y dineros que debe darle su amo), corporal (tiene prudencia  en no causar mal a sus débiles carnes huyendo de las desventuras), social (se relaciona estupendamente con gentes de cualquier clase y condición, como el duque y la duquesa que lo encuentra graciosísimo, además de gobernar con juicio y criterio la ínsula de Barataria), etc. En cambio el Quijote suspendería por ser pendenciero, colérico con las afrentas, y poco dialogante con los que abusan de su locura. Lo catalogarían de “acnee” (alumno con necesidades educativas especiales), y lo tendrían por ahí castigado por las profes más amojamadas de la escuela, que hay más de lo que parece. Se empeñarían en hacerle entender que las letras son mejores que las armas, y lo tildarían de un fascistilla machista. Un inadaptado, vaya.

El valeroso Don Quijote es un loco, un friqui, un conservador de los valores de un país que todavía creía en sí mismo (igual que Cervantes) y que guardaba como oro en paño la regeneración imposible de su patria, por la que el luchó en Lepanto perdiendo su mano izquierda, para orgullo suyo. Era un soldado, un hombre obediente y abnegado, cumplidor del deber por encima de todo, incluso cuando el deber se convierte en una fantasía ridícula de cumplir, como le sucede a D. Quijote. Hoy lo encontraríamos defendiendo la ética y la moral frente a una sociedad incapaz de creer en sí misma, una sociedad que carece de locos honrados que la quieran mejorar, y que abunda en mentecatos que no conocen sus límites, al contrario que Sancho. Sancho, aunque era simple, sabía escuchar consejos de otros, aplicando un sentido común, que no siempre tienen los que nos gobiernan- Y supo renunciar a su gobierno, sin aferrarse al cargo, cuando vio que no era competente para el puesto, cosa que tampoco encontramos en la sociedad soberbia actual, donde todo el mundo cree que vale para todo.

Un Sancho que es genial, simple y gracioso, como se describe a sí mismo, y no es poco. Es un socarrón, muy de la España del Sur, que se junta a un hidalgo viejo con el estilo de la Castilla Vieja del Norte, y con la idea clara de sacar tajada. Los dos se terminan queriendo y mucho, y no hay nada mejor que una amistad tan desigual, y un cariño tan profundo. Son como padre e hijo, como profesor y alumno que viven en sus aventuras un curso prodigioso.

Me recuerda a los consejor que me dio un buen profesor en el Ies Fray Luis de Salamanca, filósofo y próximo entonces a la jubilación, buena persona y hombre justo y recto. Al principio de esta profesión, me dijo, uno es Sancho el Fuerte, porque tiene energías y da mandobles aquí y allá. Luego uno se convierte en Sancho el Bravo, con menos energías, vive sin sacar la espada de la vaina. Al final, con el tiempo, uno se convierte en Sancho Panza, huye de las reyertas y prefiere reírse socarronamente de todo, en espera de su jubilación, si puede ser anticipada mejor. Y no me extraña.

Digo yo, (no este buen profesor), que es entonces cuando lo hacen a uno inspector, no por el afán en el descanso y la gracia, sino por la habilidad adquirida para gobernar la ínsula de Barataria de la educación, donde todo es una farsa favorecida y montada por los de arriba, los políticos responsables de la educación que no comprenden la dedicación de su andante huésped: el profesor o el alumno.

Estos, se ríen en el fondo de Don Quijote y Sancho, los rodean de golpes y les imponen penitencias inmerecidas solo por el gusto de satisfacer la carcajada del público y de la sociedad en general. Hacen escarnio al profesor enervando a padres deslenguados, mandando no enseñar lo que éstos saben, sino lo que conviene al clima sectario y de holganza general. Lo peor es que llevan años haciéndolo sin aprender nada de ellos, y sin preguntarles nada. Son salvadores de la escuela que no la pisan una más que una vez al año para inaugurar el curso escolar, y así desde el año 70 del siglo pasado.

Los personajes de Don Quijote y Sancho están muy bien matizados porque rompen con las reglas al uso de escribir una novela. De hecho, la mejor novela en lengua española es un gran ejemplo que contraviene todas las reglas actuales que por ahí circulan sobre cómo escribir una novela de éxito. Cervantes encaja discursos largos, inventa palabras, añade cuentos y novelas ejemplares sin razón alguna, como el Curioso Impertinente, o el cautivo de Argel entre otros.

Si siguiéramos la regla de quitar de una novela todo lo que estorba a la trama y al texto, es decir, aquello que no agrega nada a la acción, como profetizan los cautivos de las formas, el Quijote no existiría. Su lugar lo ocuparía una novela ejemplar llamada el Licenciado Vidriera, buena pero simple. ¿Se imaginan si Cervantes hubiera prolongado todas sus novelas ejemplares como lo hizo con el Quijote? Nos caeríamos al suelo de gusto.

Lo mejor de Don Quijote son sus personajes, que están tan bien hechos que son el mejor regalo que un escritor ha hecho nunca a la literatura. Es una novela que termina siendo la academia de las novelas. Estos personajes se hacen gracias a soliloquios, pensamientos, consejos y discreciones profundas y bien traídas. Son tan vivos que parecen reales, tanto que luego se ha escrito sobre su significado y sentido filosófico buscando en ellos las raíces de nuestra esencia. Con ninguna novela ha sucedido eso, por eso es la mejor de la historia. La más seria y graciosa a la vez.

Lo que no entiendo es porque nadie ha intentando escribir “Las aventuras del gracioso y cristiano escudero Sancho Panza“. Supongo que en estos días de locura existencial colectiva estamos más Panza, que bravos y fuertes.

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