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Master and doctor. ¡Qué vuelva la tuna a España, por favor!

Digo yo que son los signos de los tiempos. Debe importar mucho que los políticos, que no saben hacer la O con un canuto, disimulen sus miserias, y para ello nada mejor que hacer unos cuantos master, doctorados y cátedras a destajo, que es tanto como decir que se quieren poner a la altura del burrerío nacional que nos circunda. El tema no es nuevo, el “usted no sabe con quién está hablando” es tan viejo como la tos; y ahora se lleva el rellenar los currículos vite por si acaso se quedan sin empleo. Será por eso.

Master en relaciones de vecindario y catarsis sindical, por ejemplo. Y presumen más que una mierda en un solar (mi abuelo dixit). Son la nueva y la vieja clase política, la que necesita decir a todo el mundo que saben algo, y nos lo cuentan diciendo que tienen títulos y estudios. Los muy orates, ¡cómo disimulan! No se han enterado que los doctorados los regalan en España a cambio de arrastrarse y pelotear unos añitos a sus respectivos catedráticos de departamento. Lupanares tiene la santa madre universidad. Eso lo sabe todo el mundo. Por eso, que te regalen un título sin pasar por el peloteo sienta muy mal a la gente. Lo de estudiar es lo de menos, porque con cincuenta mil micro asignaturas ya no se estudia nada, pero lo del cafelito con el catedrático y la pléyade de moscones dándole la razón… eso no tiene precio.

Estos jornaleros del título, digo yo que son gente de bien; acomplejada quizás. Caminan por la vida y por las sedes de sus respectivos sindicatos y partidos políticos como pollos sin cabeza por pillar un cargo. Y cuando lo tienen se les cae el mundo a sus pies, porque entonces les piden un título para parecer más. “Chica, es que hoy día, sin un título de doctor no eres nadie en política” y se vuelven locos por camelarse a un fulano de esos de la universidad que les firme que son super listos, que hicieron muchos estudios, y que ellos son tan sabios como venden en las fotos. Las tunas casi desaparecidas por falta de cantores, la clases vacías por falta de exigencia, y estos tipos con las paredes llenas de títulos firmados por el Rey en fotocopia. ¡Cómo hemos empeorado!

En realidad lo de los estudios ha ido a pique desde hace tiempo, y la universidad es desde hace mucho un abrevadero de títulos, un lupanar de amiguetes colmados de soberbia y palmaditas en la espalda. No es nuevo. Cuando era joven, más joven quiero decir, había catedráticos por la gracia del PSOE. Los llamábamos así; gente que les habían regalado las cátedras por ser simpatizantes del PSOE, que era lo que se llevaba y lo que era fetén. Todos eran del partido y presumían de tener carnet. Se iban colando en los departamentos a poner sus huevos, como alien el octavo pasajero. Los huevos eclosionaron, claro, y han dado lugar a la Universidad contemporánea, con parásitos y plagiadores en abundancia. Se salvan los mejores, claro, que son minoría. Faltaría más. Pero a veces son tan minoría que hablamos de excepciones.

Todos sabíamos quiénes eran esos regalados señores por la gracia del PSOE, que con el tiempo han llegado a ser casi todos en la uni. Se han reproducido como termitas, y los que no pertenecen, ni tienen siglas políticas rojizas son simplemente aislados o proscritos de la Universidad. De la pública hablo, que es la que conozco. Eso ya venía pasando con el franquismo, cuando la universidad era antifranquista. El problema es que las mañas no han cambiado, y muchos terminan rechazando la meritocracia, y prefieren a un lerdo de los nuestros en el departamento, que a un sabio de los “malos”. Y al final todo se ha llenado de pelotas y bobos.

Las universidades de todo el mundo, no solo las españolas, están llenas de tipos como Pablo Iglesias, que no saben casi nada, pero que tienen títulos recaudados a golpe de palmaditas. Errejón y Pablo son el paradigma de lo que se ha convertido la institución medieval por excelencia, la universidad; por eso la Cifuentes, que es del PP por equivocación, porque opina en casi todo igual que el PSOE, quiere ser como sus homólogos políticos. Doctora y sabia. No lo necesita, porque para ser político hay que saber tanto como los que te votan, pero la ambición rompe el saco; y anda por ahí señalada por haber dado saludos y palmaditas en la espalda a los catedráticos que ahora dicen no conocerla.

Para mi, y no es coña, lo más preocupante de la universidad española es nos hemos quedado sin tuna y sin clases. Los alumnos son ahora como los de BUP de antes, van con sus madres a reclamar las notas del chiquitín. Los doctores son como los profesores contratados que hacían el doctorado mientras daban clase a los cursos inferiores, y los catedráticos son como los doctores de antes. Incluso estoy tirando por lo alto.

¿Les cuento mi experiencia universitaria?

Estudie Derecho en Valladolid en los tiempos de la masificación, finales de los años 80. Éramos unos 250 por aula, 1000 por curso, y no había sitio ni para sentarnos. Los alumnos que llegaban tarde se tenían que quedar de pie. El profesor daba clase dictando apuntes, mandaban ampliar por libros recomendados y en pocas asignaturas nos mandaron leer algún libro. Se contrataban jueces y fiscales para darnos clase, fueron los mejores profesores. La época de los grandes catedráticos de Valladolid había terminado, pero todavía quedaban rescoldos de su calor: García de Enterría o Torío. Los que quedaban eran secundones, algunos buenos y con capacidad y otros no. Por suerte estudié el plan del 56, antes de que reinventaran la Universidad multiplicándola con mini-asignaturas de ganchillo y macramé. Luego te especializabas, hacías la oposición. En esa Universidad estudió Sainz de Santamaría, por cierto. Sacaba matrícula tras matrícula. A esa universidad de los 80 le doy un 7 y tiro alto. Los planes eran buenos, y había todo tipo de profesores. Ninguna aspiración internacional, ningún interés por el mundo laboral. Departamentos repartidos entre las izquierdas y las derechas a partes desiguales. Nada que objetar más que era una fábrica de hacer títulos.

Mi siguiente carrera fue la de Teología en el grado de licenciatura, que correspondía al antiguo Bacchalaureatus in sacra theología. Le pusieron por nombre Licenciatura en estudios eclesiásticos. Las clases las recibí en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, vinculado a la Universidad Pontificia de Comillas de los jesuítas de Madrid. Venían profesores de Roma y de Madrid a darnos clase algunos semestres, y los compañeros de carrera fueron ingleses, indios, filipinos, españoles y portugueses. El nivel exigido era bajo, pero el nivel enseñado era alto, muy alto. Se recomendaba leer mucho y bien, con muchos libros y con el nivel que cada alumno podía. Se aspiraba a mucho y eran magníficos profesores. No se faltaba a clase, y éramos unos 100 en toda la universidad, divididos en dos grupos, los del cíclico y los de primero.

Mi tercera experiencia universitaria fue en la UNED, entre el 2004 y el 2008, donde estudié Filosofía hasta la diplomatura. Empecé unos planes de estudio que a los tres años cambiaron. El plan del 2001 sustituía al plan de hacía cuatro años, y el siguiente era el plan del 2006 o por ahí. Muchos planes, créditos por todos los lados, y materias con poca chica. Era una suma de cursillos, algunos chorras y sin ninguna sistematicidad académica. En total recuerdo dos profesores muy buenos, el resto un absoluto desastre. Las de Antropología escribían sus propios libros con faltas de ortografía, banalidades y soberbia. El nivel exigido casi igual al que tenían los profesores, o sea, nivel académico muy bajo. Realmente lamentable. Había asignaturas donde los profesores eran unos fulanos sin capacidad para dar clase, ni recomendar libros adecuados. En otras desconocían la materia, o no la daban correctamente por falta de interés. Eso sí, todos presumían de ser estupendos y super reflexivos. Las excepciones vinieron de algunos adscritos que se curraban las clases, y de los alumnos, que al ser a distancia, solía ser gente con más experiencia universitaria que la que allí ofrecían. Eso sí, estaba muy bien organizada, y muy poco controlada.

Por supuesto ya no había tuna, sino tunantes. ¡Ay qué pena la tuna que cantaba!

¡Cuándo la tuna te dé serenataaaa….!

 

 

Trasmitir la cultura en la escuela.

Hoy es uno de los asuntos que más interesa, el de la educación, y reconozco que he estado remiso y reticente durante mucho tiempo a hablar de este asunto directamente en los artículos que vamos colgando poco a poco en este blog. No obstante, hemos rozado el tema de cuando en cuando, con referencias imposibles de evitar. En este sentido escribí la semana pasada sobre perlas y puercos, haciendo referencia a uno de los males de nuestro tiempo, el utilitarismo del conocimiento que tiñe la mente de los más jóvenes y vulnerables (los alumnos); o a los males que causan algunos dirigentes de la enseñanza, semejantes por otra parte a los males que causan los que con responsabilidad de gobierno, crean con su negligencia, males mayores a los que pretenden resolver. Si el que tiene que apagar el fuego es el pirómano, entonces el cuerpo de bomberos tiene un grave problema. Era un problema humano, sin más, aunque haya tenido la desgracia de reconocerlo en primera línea y en los Institutos de Enseñanza.

El valor que hoy tiene la sociedad por la educación es algo novedoso, pues en siglos pasados a nadie le interesó la actividad del aprendizaje, si exceptuamos la Iglesia, depositaria durante siglos y siglos del saber y el conocimiento. No por apego a él, ni por manipulación, sino simplemente porque era la única interesada en salvaguardar las tradiciones ancestrales romanas, clásicas y antiguas.

Nos conviene recordar que la Iglesia es una institución romana, es la religión del extinto Imperio Romano, por eso siempre estuvo interesada en trasmitir esta cultura, por ser precisamente el vehículo de socialización cultural de un mundo, en nuestro país, hispano-romano. La iglesia se ha empeñado durante siglos en conservar y proteger el legado cultural de occidente: latín, retórica, gramática, filosofía, teología, y cuantos estudios de humanidades podamos enumerar. La iglesia erigió las Universidades, los Estudios catedralicios y monacales, y puso en orden el conocimiento de la medicina, el derecho, la teología, los cánones o el derecho canónico.

Pero esta exclusividad se empezó a ver con recelo cuando el paradigma aristotélico escolástico se empezó a resquebrajar en la Edad Moderna, cuando los reyes se empezaron a ver a sí mismo como soles y cuasidivinidades, y cuando sus adláteres, todos ellos educados en centro religiosos, y autodenominados pomposamente ilustrados vieron en la educación el punto de partida para transformar la sociedad.

Por desgracia no se equivocaron en su juicio, pues efectivamente, la trasmisión de una cultura se realiza básicamente en la socialización primaria, es decir, en la familia. Por eso, la apuesta de todos los regímenes totalitarios, que han querido cambiar la sociedad según sus gustos particulares, siempre ha tenido como gran punto de partida el control de la educación. La construcción de un edificio que supliera a la familia en sus criterios ha sido uno de los grandes objetivos del jacobinismo educativo, cuya actuación más repudiable la hemos podido ver en los países del Este bajo el yugo del totalitarismo comunista. Robamos a los hijos de las familias para decidir su educación. También fue practicado por las juventudes hitlerianas, educamos para ser grandes alemanes, al estilo que algún dirigente de un despacho decide.

La educación en España, y en el entorno Europeo, mantiene los mismos principios del totalitarismo, en una versión más encubierta y débil, menos salvaje, dada la sensibilidad social, pero no menos constante ni benévola. La escuela se ha convertido en el laboratorio de experimentos sociales teñidos de ideologías perfectamente identificables, y rabiosamente defendidas por sus próceres e intelectuales.

Por eso la trasmisión de la cultura occidental está en peligro, y todo lo que se entendió que perteneció a un mundo brillante está cerca de su borrado y reorganización; se está evacuando la tradición a pasos agigantados, y sus consecuencias y efectos ya las estamos empezando a percibir en España, aunque el fenómeno recorra como un fantasma toda Europa y me atrevo a decir todo Occidente.

En las culturas estables, armónicas, las que no cambian en la trasmisión de sus saberes y conocimientos de una generación a otra, el conocimiento se realiza desde la mímesis y el ejemplo familiar. Si existe algún tipo de escuela, ésta está sometida a los dictámenes culturales de la sociedad a la que sirve con más eficiencia que cualquier otra. Un ejemplo sería la cultura pigmea, que apenas ha variado en seis mil años, y que sigue siendo la que mejor se adaptar a un entorno selvático pues trasmite los conocimientos esenciales para la supervivencia en el medio.

Pero nuestra cultura no goza de esta estabilidad. Y nuestros alumnos, no salen adaptados al medio en el que tienen que sobrevivir. Las autoridades educativas se empeñan en educarlos con todo tipo de pantomimas: escuelas bilingües (que deterioran los conocimientos y la lengua castellana), refuerzos educativos y planes estupendos (para que barnicemos la ignorancia de nuestros hijos con un título en inglés). Se hacen sistemas educativos y planes de estudio con una alegría y una negligencia digna del más patoso del mundo, sistemas que se rehacen en poco tiempo. La argumentación que tienen es la adaptación, y en esa adaptación nos cargamos las tradiciones culturales, porque son antiguas y rezuman iglesia, y se empuja a los profesores a que sean grandes defensores de ideas transversales democráticas, que van desde la seguridad vial, hasta la exaltación de los derechos de la bragueta, o la defensa de la ideología particular antimachista, por ejemplo. Menos a Séneca, podemos dar lo que queramos, parecen querer decir, y dicen que no es útil. Que es mejor poder leer un menú de un restaurante chino en inglés, por ejemplo. Variar los contenidos, quedarnos con las formas.

Escuché hace unos años a un director que estuvo en una reunión del Ministerio, que cuando se empezó a hablar de qué había que enseñar en las aulas, nadie se ponía de acuerdo. Unos hablaban de la importancia de los idiomas, o de la informática, o de la lengua (sintaxis, gramática y más sintaxis, como si eso fuera a mejorarlos en su capacidad lectora)  y otros se rebelaban aduciendo la estupidez de educar formalmente y sin contenidos. De hecho el plan Bolonia, que ya campea por toda Europa, está logrando que se terminen las carreras siendo competentes en muchas cosas, incluida la ignorancia de cosas básicas que cualquier hombre de hace cien años, con semejante titulación, se ruborizaría.

Pero aquí no se ruboriza nadie.

 La trasmisión de una cultura implica trasmitir de la manera más fiel posible las tradiciones de esa cultura: tradiciones religiosas, ideológicas, de organización familiar, de comportamiento ético y moral, rituales, leyes jurídicas, trasmitir el lenguaje con su literatura, su poesía, y en general sus formas artísticas.

Aquí se trasmite precisamente lo contrario, lo que es último y fetén. Si hay un tonto que saca la teoría de que los alumnos pueden estudiar en dos idiomas, los padres, benditos ellos, se alegran mucho y odiarán a los profesores que se opongan a eso. Si deciden que hay que sustituir la religión por unas charlitas sobre que no hay que conducir bebido, pues allá vamos. Si en lugar de celebrar la Navidad celebramos el engendro halloween, o el solsticio de invierno, o el día de la cocacola, o el día del docente (que no Santo Tomás de Aquino), pues todos contentos, si decidimos que el latín, la filosofía, la religión, no sirven para nada, y las sustituimos por otra cosa, iniciativa emprendedora, pues todos felices.

Hay que reconocer que los ilustrados tenían razón cuando decidieron quitarse a la iglesia de por medio para poder manipular la sociedad a su antojo, lo malo de eso es que tenemos ya varias generaciones de gente soberbia, que es incapaz de leer algo de hace cien años, y que presume más que una mierda en un solar. Cualquier día ponen a los profesores sobrantes (que son mucho y muy bien formados) a dar cocina y ocio solidario en inglés, y si no al tiempo.

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