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La amargura del sabio, y la alegría del necio.

Tengo mis dudas, y en estos asuntos abandono la claridad de ideas con la que someto a mis lectores semana tras semana con mis comentarios. ¿Son los hombres ignorantes felices? ¿El conocimiento de las cosas conduce a la amargura? ¿Son felices los tontos? ¿El que sabe mucho vive abrumado por la estupidez que se enseñorea a su alrededor? Pensar un poco nunca está de más, aunque eso nos pueda conducir a la infelicidad. ¿Es eso cierto?

Decir que los ignorantes son felices contradice abiertamente a Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad clásica, quizás el más grande de todos. Por eso me siembran las dudas decir que los tontos son felices, y que los gilipollas somos los que hemos estudiado mucho y sabemos y comprendemos (algo mejor y sin venirnos arriba) cómo funciona nuestra sociedad y nuestro mundo; y que por culpa de tanto saber nos molesta sobremanera la estupidez del que gobierna, la idiocia de las chusma cuando se hace demogresca y la memez de los cantamañanas que todos los días y sin descanso nos trituran con sus trinos pestilentes, sin ellos sospechar siquiera que son aborrecibles. El mundo está lleno de portavoces, de gente subvencionada y de ignorantes que repiten las consignas de los suyos. La pregunta es si son felices los sabios que piensan por sí mismos, o lo son ellos.

Aristóteles nos enseñaba que el filósofo es el amante de la sabiduría. Cuando el hombre tomaba la palabra y la razón, daba sentido a su vida. En cambio, el hombre que vive como un animal, o como una planta, se malogra, no contribuye a ser lo que la naturaleza le ha mandado que sea. Vivir como cerdos es muy adecuado para los gorrinos, en buena lógica, pero no es lo más adecuado para los seres humanos. Salvedad: es evidente que a algunos les encanta refocilarse como cochinos en la tele; y esa realidad me obliga a enarcar mis cejas. El impertérrito filósofo que se queda asombrado contemplando, en este caso, el defecar de su compañeros de especie, y eso le conduce a la infelicidad. ¿Qué hacen estos subnormales descerebrados? ¿Qué dice este bobo, portavoz de no sé qué? ¿Soy feliz contemplando eso?

Para el estagirita, es decir, para Aristóteles, el hombre feliz es el que se deja embaucar por la curiosidad y se hace preguntas. Es el que disfruta observando, razonando y admirando la belleza del mundo, su gentil construcción, y si me apuran, su sentido último. Es el que toma la palabra con timidez y pone nombre a las cosas y a los fenómenos. Busca una explicación plausible y se sumerge en esa búsqueda. El hombre que filosofa es feliz porque hace lo que le corresponde, cumple con el sentido de su existencia racional y humana.

Pues bien, llegado a este punto, tengo que decir que Aristóteles tiene parcialmente razón, pues aprender, lo que se dice aprender, siempre me ha sido gozoso, entretenido y placentero. De hecho, cuando llegué a 3º de BUP dudé si decantarme por las ciencias o las letras, pues en todas ellas encontraba belleza y encanto. Y sí, lo digo hoy con cierta pena, me hubiera gustado aprender matemáticas, medicina, astrofísica, biología… como el que más, pues en todas ellas había un placer oculto, no apto para todos los públicos. Confieso que hice letras puras, humanidades, y no me he arrepentido lo más mínimo, al contrario, pues he conocido muchas cosas, y soy consciente de lo que sé y de lo que no sé. Lo que me debe convertir en alguien sabio, con permiso y con modestia, o al menos, en un filósofo.

Pero conocer mucho no siempre nos trae alegría.

El primer mal de los que estudian y aprenden mucho es la soberbia que conduce a la tristeza y a la soledad. Creer que, por saber un poco más eres más, es una especie de vicio en el que me temo caen la inmensa mayoría de los profesores de universidad, y muchos otros. Poca gente hay humilde que reconozca que sabe poco. “Solo sé, que no sé nada” es una frase extraña entre los sabios de nuestro tiempo, aunque fuera vieja y de Sócrates, maestro del maestro de Aristóteles. De hecho, hoy encontramos sabios y expertos en todo que no saben ni de lo suyo. Personalmente me gusta escuchar al que tiene algo que decir, algo nuevo y propio, algo investigado y descubierto. Por desgracia, mucha gente no sabe ni de lo que habla, aunque se crean listísimos y cultísimos. Hay idiotas disfrazados de sabios, supongo.

El segundo mal es la tristeza por confrontar la realidad, que no siempre es bella, lozana y natural. Aprender observando la naturaleza es agradable, pero aprender derecho administrativo, por ejemplo, es comprender de sopetón las mil y una injusticias que se ciernen sobre la humanidad, llamada ahora administrados, contribuyentes, ciudadanos…

Saber Derecho implica refutar de inmediato algo así como el 95% de las declaraciones de casi toda la peña que aparece por el telediario, desde los políticos hasta los espontáneos. Saber Derecho es como descubrir que el mundo está lleno de mentirosos y de filibusteros tratando de engañar al personal con frases rigurosamente falsas. Frases que además calan en la sociedad, incluso en gente que ha estudiado (eso es lo que más me ha sorprendido siempre) y que las repiten hasta la saciedad, como si supieran algo del tema. Saber Derecho es contemplar la irresponsabilidad permanente y constante de los que niegan la separación de poderes diciendo que la protegen; o que mienten sobre lo que es la Democracia, a la par que se ponen medallas de guays y demócratas de toda la vida. Tristeza, claro. Qué si no.

¿Qué añadir? Que esa tristeza enloquece y enerva al sabio cuando el conocimiento profundo es sustituido por el eslogan de la masa. Se hace acerba la vida cuando se escucha el discurso asertivo del que no tiene nada que decir por falta de pulso intelectual, y te repite el eslogan que ha escuchado en otro cursillo semejante al que imparte. Es dramática la vida del sabio que contempla el deterioro del saber en sus semejantes, deterioro que casi siempre va acompañado por la inmoralidad, el vicio y el desprecio por las tradiciones y el saber clásico y sólido.

Para el sabio, alejarse de todo eso es casi una obligación moral, pues hay que evitar el contagio del virus de nuestro tiempo que nos obliga a hablar en frases eslogan porque la peña no quiere escuchar a nadie más de cinco segundos. Casi mejor no decir nada, y así que se estrellen, creo yo.

Mi pregunta, sin embargo, sigue en pie. ¿Son felices los necios y los bobos? Sólo y cuando no sepan que lo son. Por eso, la salida maligna y honrosa de los sabios con la nube sobre la frente  consiste en contarles la verdad y fastidiarlos. Al fin y al cabo, eso es lo que deben hacer los filósofos. ¿No crees, mi querido Aristóteles?

 

 

Pensar la vida. Marcel Proust

Proust es uno de mis escritores preferidos. Quizás porque no tengo tantas lecturas tras mis ojos como anhelos en mi vida, pero es así. Es un autor arduo, que no está al nivel de muchos lectores devoradores de historias. Ya lo digo, Proust no escribe historietas, sino que escribe sobre la gran historia que es la vida. Su vida y la nuestra. Por eso es otra cosa. Es un escritor diferente, un devorador de la vida, un constructor de espejos del pasado donde mirarse. Es un escritor con dulce pluma, donde lo importante no es ejercitar la memoria lectora sino el recuerdo propio. Proust te deja contemplar personajes y pensamientos, reflexiones y vidas. Es un espejo donde mirar la propia vida, y de esta manera pensarla. Pensarnos a nosotros en lo que observamos.

Confieso que no soy el primero en calificarlo como uno de los mejores escritores de todos los tiempos; y proclamo este año – por la autoridad que me confiere el planeta Neptuno – como el verano de Marcel Proust y sus muchachas en flor. El año de los cortesanos fatuos y ridículos, y el año de los nobles innobles de Guermantes. Este es el año del desamor y el amor de nuestro queridísimo Swan. Año de la vida que pasa y que merece ser pensad.

Añado además que Proust es el autor que rompe todas las reglas de los narradores cinematográficos, donde el mundo se ordena en presentación, nudo y desenlace. Si no pasan cosas nos aburrimos, profe. Pues bien, amigo lector, pequeño padawan, Proust no presenta, no enreda y no desmaraña. Y es lógico que sea así, pues la vida – la tuya y la mía – es de otra forma. No es una película que tengas que contar cada poco ni exhibir. No es un griterío. Sino un silencio.

Y eso es de agradecer en el mundo actual. Cientos de millones de novelas se escriben para engancharnos como si fuéramos jumentos tras un mercadillo de zanahorias ambulantes. Pero Proust no. Marcel Proust nos quiere mostrar la vida a través de su alma. Y eso es único.

Ortega y Gasset, el filósofo español, habló de pensar la vida. Una vida no pensada es quizás una vida mortecina, un mero dejar pasar los días en espera del ataúd. Los cerdos son seres vivos, y también las mariposas, las moscas y las arañas. Los gansos folloneros son seres vivos, y también los calamares, los perros y los gatos. De eso hay mucho en los medios de comunicación: cacatúas, loros, cotorras… aves de paso. Pero nosotros somos distintos. El hombre que piensa la vida es un ser diferente. Es un ser que busca la trascendencia, y que no tiene miedo a encontrar respuestas. Es un hombre abierto a las tradiciones y al progreso… pero no a cualquier tradición ni a cualquier progreso.

Una vida pensada es una vida asombrosa, una vida donde el misterio de lo trascendente deja visualizar las alegrías y las penas, los anhelos y las esperanzas. Una vida plenificada es una vida en Dios; pero una vida asimilada y pensada, es una vida buena y honesta. ¿Se puede querer algo mejor que la honestidad para con uno mismo?

En el devenir de los días, donde contemplamos la deshonestidad, pensar la vida es casi una obligación. Aunque no sea con Proust, pensar la vida es un deber ineludible.

 

 

El pichiglás (la materia que sostiene el universo sapiens)

Si los presocráticos hubieran vivido en el presente – o sea, siglo XXI – se hubieran quedado admirados al descubrir la sustancia primigénea que compone el universo infinito, y que no es otra cosa que el pichiglás. Palabra que se compone de dos lexemas imposibles: pichi y glas.

Yo descubrí primero la sustancia, y lo hice en mis años mozos. Creo que todos mis juguetes acabaron a trozos, lo cual ya demostraba que el pichiglás estaba presente en la realidad de la sustancia atómica. Rompí un reloj de péndulo a mi abuela Carmen con tan solo rozar el badajillo, y sepulté mi bicicleta BH, una que yo creía más resistente que el acero cromado, tras usarla como bici de montaña-cros, que es como se llamaba a hacer el vándalo con la bici. Balones pinchados, relojes casio muertos y bolígrafos explotados fueron el legado que recuerdo de esos años donde coqueteaba con una materia que llegó de las estrellas para quedarse: el pichiglás.

Se supone que como era un niño, pues era normal que todo se rompiera con el tiempo. Pero no. Ahora he descubierto la verdad. Todo está compuesto de pichiglás, y ese es el arché de los griegos, el principio unificador de todas las cosas, es el Ser de Parménides y es la madre que la parió a un tiempo. Ni el agua, ni el fuego, ni el aire, ni los números… el pichiglás. Sólo el pichiglás.

La palabra se me apareció en años de adolescencia y juventud, pues hasta entonces no gozaba del término adecuado para designar aquella transustanciación de la materia, donde lo que parece “algo” se convierte en una mierda. Alguien supongo que la dijo, y yo, que siempre he sido mimético con lo que me hace gracia, lo adopté. Pichiglás, pichiglás.

Por suerte adopté la palabra mágica. PICHIGLÁS, y creo que lo logré gracias a otro invento de mi época: el blandiblú. Tenía que sonar así, en aguda y con tilde. Como madelmán y caricú. Luego apliqué el denotativo (¿o era lo otro?) a aquellos objetos que se cascaban con la mirada, y la expresión no pudo ser más feliz.

– ¡Esto está hecho de pichiglás! – y era verdad.

Los listillos esos de la lengua, que son unos listillos, afirman que la palabra PICHIGLÁS procede de PLEXIGLÁS, que es su origen, y que procede de la marca registrada construida por algún capullote del plástico en su versión más casera. Dicen en la RAE que se forma de dos palabras, una del latín: “plexum”, que viene a significar “plegado”; y la otra del inglés “glass” que significa vidrio o cristal. El plexiglás es una resina sintética que tiene aspecto de vidrio (primera acepción), o material transparente y flexible con el que se hacen las prendas de vestir, manteles, etc (segunda acepción). El término se nos queda corto, aparte de que es más difícil de pronunciar.

En realidad PICHIGLÁS procede de PICHI, que significa hecho con el pucio de los huevos; y GLASS, que se rompe con la mirada como si fuera cristal. En resumen, son dos lexemas que se unen en una combinatoria inigualable. Lo fabricaron con la polla (el pito para entendernos) para que se rompiera lo antes posible. El término científico es “obsolescencia programada”, pero a mi, que quieren que les diga, ahora que he reflexionado sobre el término PICHIGLÁS, lo prefiero una y mil veces. PICHIGLÁS es la palabra.

Casi todo lo de mi alrededor está hecho de está trascendental materia. La batidora antigua que se fue a tomar por saco, mi viejo coche, el otro viejo coche, los cientos de radiocasetes que he tenido, las pelis de video VHS, los cedés de hace unos años (medio borrados) y por supuesto los intangibles: las ideologías de hoy son de pichiglás, igual que los adolescentes, los alienígenas de la tele, los jovencitos, los niños y las mochilas de los niños. Los móviles son de la misma materia que los milenial, por eso lo llevan adherido a sus manos, los grandes clubes de fútbol, los programas de televisión y sus series, en especial con sus finales de pichiglás. Todo. Absolutamente todo está hecho de pichiglás. Lo material y lo inmaterial. Salvo el NOUS, todo es de pichiglás.

El único problema que tiene la palabreja es que suena sexista. Pero yo, que tengo asumida mi condición de ciudadano varón hetero, me importa una mierda como suene. Pichiglás tampoco es peneglás, ni cipoteglas, que son palabras mucho más machistas. En realidad pichi es un pito deconstruido, que es lo que tiene la sustancia primigenea, una deconstrucción de la leche. Por eso pichiglás no es machista, es una realidad decadencial y decadente, un paralelo a la uretra amorcillada y poco más.

No obstante, para que vean que no soy un retrógrado y que estoy al día, he construido un nuevo término: CUCAGLÁSS, que es más fino que chochoglás y – dónde vamos a ir a parar – mucho más discreto. La cucaglás. Así tendríamos que según el fabricante, los objetos son de pichiglás, o de cucaglás, según es aspecto externo del genital del ingeniero o ingeniera fabricante.

Dado que el pichiglás y el cucaglás son los nombres que damos a la materia primigénea, y que esta compone todo el universo desde el origen, tendríamos que valorar con seriedad, que todo en el origen se organiza desde un doble principio, regresando así a Platón, a Pitágoras. Pero como este  dualismo (bien y mal, noche y día) se enfrenta en los clásicos griegos pues prefiero alejarme de ellos y apoyarme en una dialéctica bíblica, menos dualista y más unitiva.

Es evidente (y ya termino) que lo creado y el creador no son la misma cosa. De ahí que haya que separar pichiglás y cucaglás para lo creado, lo que tradicionalmente hemos llamado contingente; y reservar el término Dios, para lo necesario.

Esto me emparenta de nuevo con la filosofía más clásica: Todo es pichiglás, excepto Dios, que es necesario. Por supuesto, el hombre en su contingencia solo puede fabricar en pichiglás; y la mujer igual solo que en cucaglás.

Ahí lo dejo, antes de que se me estropee mi ordenador de pichiglás.

Quien bien te quiere, te hará llorar (del refranero clásico).

El refranero castellano clásico está lleno de frases con profunda sabiduría, que por aquello de las prisas y de la modernidad, se han terminado olvidando, y por desgracia sustituyendo por cientos de frasecitas facilonas y recurrentes de las redes sociales. Yo creo que muchas de ellas no aguantan ni medio asalto con la vida, y la prueba es que van cambiando y siendo sustituidas por cientos de miles que saturan las mentes y atrofian la sapiencia, dejando en su lugar la sensación de un buenismo tan infinito como falso. Con el refranero clásico no sucede igual, como mucho se percibe el paso del tiempo, el cambio de la sociedad en la que surgió, pero no la infinita sabiduría que esconden en pocas palabras. Pocas palabras para enseñar mucho.

Hoy me centro en esta “quien bien te quiere, te hará llorar” que se ha convertido, por su mala interpretación y su deficiente aplicación en el azote de pedagogos y de demagogos de todo tipo y condición. Es uno de los refranes más perseguidos de la sociedad actual, y como lo mío es pensar y no condenar, pues prefiero pensar en el refrán y ofrecer mi reflexión filósofica. Qué sino.

La primera filosofía que encuentro en ella es que el amor hace sufrir. Sin más. No es cierto que el amor sea una cosa bobalicona, romántica y desencarnada. Eso no es amor, sino una construcción, una entelequia para eludir el presente. El amor es duro. Amar supone querer, apasionarse, entregarse, renunciar y por tanto dolerse y sufrir por la no correspondencia, y porque vemos equivocarse en la vida a las personas que queremos. Los que se aman sufren muchas veces por culpa de su incapacidad para comprenderse, para entregarse, para construir un camino juntos. Amar es sufrir, y ese lado difícil de la vida no puede ser eludido. Tampoco sería justo si dijéramos que en el amor todo es sacrificio y que no otorga ninguna satisfacción. No somos masoquistas, aunque nos toque sufrir alguna vez por los que queremos. Amar y sufrir forman parte de la vida, y las personas que renuncian a sufrir, casi siempre terminan renunciado a amar.

Por eso sufre el padre cuando sus hijos se tuercen; sufre el hijo cuando el padre le quiere corregir; y sufre la sociedad cuando en lugar de decir “quien bien te quiere, te hará llorar”, afirma “quien bien te quiere, te dará placer”. Es hedonismo para hoy, y sufrimiento para mañana. Nuestra nueva generación Z y X son especialistas en la queja, y todo por no haber sufrido lo bastante cuando eran pequeños. Ya llorarán, ya. Y no es porque les quiera mal, sino porque la vida es así.

El refrán conviene no malinterpretarlo. No dice que “quien bien te quiere, te dará cosas malas”. No dice eso. Las cosas buenas no siempre son entendidas por el niño, por eso se llora. Llora el niño con una rabieta cuando su padre le quita las tijeras con las que puede herirse. Ahí está el sentido verdadero del refrán. Lloran los niños porque desean cosas malas. ¿Hay que dejar experimentar con cerillas para que el niño se queme y aprenda? Mejor negárselas, mejor darle pequeñas dosis de libertad, mejor ayudarle a crecer. Mejor reñirle y castigarlo cuando lo merezca.

Es evidente que los niños y adolescentes no siempre aprecian la virtud y los valores que quieren enseñar los padres, profesores o adultos. A menos que sean buenas personas, dicen muchos; pero para eso hay que negarles algo cuando hacen el mal. Repito, las personas que están aprendiendo, los niños y los adolescentes, no siempre saben lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es virtuoso… por eso deben llorar y es bueno que lloren para aprender. No es cierto que se aprenda con una sonrisa, no siempre se puede hacer, y en ocasiones hay que enseñar haciendo llorar a los peques. Proporcionalmente, por supuesto, pero llorar.

Los niños deberían ser los principales receptores del mensaje. Pero los pedagogos modernos se oponen a que lo escuchen. Pobrecitos, dicen. En realidad los prefieren cojos y tuertos para su jaula de cristal, que sólidos y fuertes para la vida. Muchos no quieren que sufran, entre otras cosas porque no son sus hijos, y porque no los tienen. Que no lloren, que estén siempre contentos. Eso está bien, pero el “siempre” es la tentación. Que estén contentos no es el objetivo, sino que sean felices, y para estar felices hay que enseñar a privarse de algo.

Niño, yo te lo digo:

No te quiere bien el que te da caramelitos por la calle, sino tu padre que te los niega porque vigila tu salud.

Niño, no quieren más a sus hijos los que les regalan un móvil con ocho años, sino la madre que se lo niega hasta los 18 años.

Niño, no te quiere más el que te dice que disfrutes con tu cuerpo, sino el que te enseña a respetarlo y a valorarlo.

Pues eso. Quien bien te quiere, te hará llorar.

PD: El refrán tampoco puede leerse al revés, que es lo que muchos, por olvidar las reglas elementales de la lógica, han confundido. No dice “quien te hace llorar, es porque te quiere”. No dice eso. Hay mucha gente que hace llorar porque es mala, porque hace daño, porque es tóxica, y porque no se quieren ni a sí mismos. El dolor por el dolor no tiene sentido, y por supuesto el refrán no habla de violentar a los demás, ni de agredirlos, ni de azotar a la gente. Es una interpretación sesgada e irreflexiva. Cuando sucede tal cosa, entonces el dolor se convierte en un absurdo.

PD2: Finalmente: ¿funciona el refrán cuando uno es adulto? Yo creo que no. El refrán se pensó en su historia para la educación de los pequeños, para que comprendieran el valor de la negación o del castigo que trata de corregir, y ese esfuerzo pegagógico de los mayores tiene que ver con el querer y el amor al niño. Amor verdadero. Por eso entre adultos no cuadra. No lloran más las parejas que se quieren mucho. Sería una relación de desigualdad excesiva. Aquí se habría que rehacer el refrán: “quien bien ten quiere, buscará tu felicidad”, incluso aunque sea alejado de tu persona.

 

Reinterpretar la historia: un deber español gracias a IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA DE ROCA BAREA

Pocas veces un libro ha removido el intelecto a tantas personas como lo ha hecho el de IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de María Elvira Roca Barea. Lo leí hace un par de meses, y esto no ha hecho más que empezar. El libro hay que recomendarlo a todos los amantes de la historia, los buscadores de la verdad, y los interesados en la política. Por supuesto, también los recomendamos a franceses, holandeses, ingleses e italianos que siguen creyendo las mentiras que ellos mismos inventaron sobre nuestro país; y no olvidamos, faltaría más, a las soberbias élites españolas que repitieron, y repiten, como papagayos durante los siglos XIX y XX las consignas difamantes de franceses, ingleses, holandeses, masones independentistas americanos y demás enemigos de nuestro país. Gracias a ellos España se odia a sí misma y está acomplejada, y no es difícil encontrar españoles avergonzados de sus pajas en ojos propios, olvidando las vigas de los óculos ajenos. Osease.

Cabizbajos hasta que leímos este libro, por supuesto. A partir de ahora, cuando me encuentre con alguien que me hable mal de España, le recomendaré el libro y le contaré que tenemos que reinterpretar la historia. Más que nada, porque seguimos bombardeados por documentales de la BBC y la francophonie que siguen erre que erre alimentando los viejos tópicos y las mentiras más burdas sobre nuestro imperio colonizador a sangre y fuego. Para más inri, nuestros libros de texto en España están infestados de tales mentiras y frases hechas que funcionan como coletillas estúpidas que nos obligarían a rehacerlos de arriba a abajo. ¿Empiezo? El último gran imperio europeo fue el español, y eso les duele. Francia no llegó, y los ingleses se conformaron con cuatro puertos francos dominados por sus comerciantes durante siglo y medio. Eso fue su imperio, por eso dicen que el nuestro fue casualidad y una mierda. Ya, claro. Y vamos y nos lo creemos…

Les duele porque las indias, o sea casi todo el continente americano, los Países Bajos o Napoles, fueron tan España como lo sigue siendo hoy Cuenca, Sabadell o Valladolid. Las españas, que se  decía así en plural, no montaron una metrópoli racista para saquear sus colonias. En realidad España no tuvo colonias, ni colonizó nada. España fue un imperio, y los imperios no tienen colonias, sino territorios y súbditos. Ni siquiera hubo persecución contra los indígenas, pues los mismos pueblos sometidos por los aztecas e incas pidieron ayuda a los recién llegados para acabar con el terrorismo de estado que soportaban. España llevó la civilización donde había genicidio, y llevó el catolicismo donde se practicaban sacrificios humanos, y lo hizo de manera ejemplar.

Las españas se organizaron en reinos, ducados y virreinatos, con garantías y con leyes. En los dos virreinatos, el Perú y Nueva España, se abrieron universidades, se asfaltaron caminos, se edificaron hospitales y se hicieron súbditos de la corona a sus habitantes, en igualdad de condiciones y derecho que el resto de españoles. El tradicional racismo europeo no existió en España, que por el contrario creó la raza criolla. Donde no se ponía el sol. Es curioso que los extremeños, esos que tanto ridiculizan los catalanes y los daneses contemporáneos, conquistaran a los pueblos genocidas de américa con intuición, capacidad, prudencia y valentía. Lo que otros no hicieron en su historia, sufren porque lo logramos nosotros.

No me voy a poner estupendo, porque no fue todo fantástico, aunque sí casi todo. El libro de Roca Barea no me pilla de nuevas. Para los que hemos estudiado un poco de todo, y mucho de algo, la historia siempre me ha resultado extraña y tendenciosa en las interpretaciones más aceptables por el común. ¿No han escuchado aquello de que la historia la hacen los vencedores? Lo cual significa que la historia la hacen algunos contra otros. Ni más ni menos. Unos intereses contra otros intereses. Y cuando se inventan aspectos de la historia para parecer unos más y otros menos, entonces es cuando entramos en la falta de honestidad, en la mentira burda, en la falta de escrúpulos, en el abuso contra la memoria de los pueblos. Como sucedió con el caso Galileo, por ejemplo; o con el caso Hipatia, recientemente reinventado como arma cristofóbica y anticlerical.

Cuando yo estudiaba, o cuando explicaba Historia de la Filosofía, me preguntaba por qué se daban los autores que se daban. ¿Por qué se empezaba la HF con los presocráticos? ¿Por qué no estaban los profetas bíblicos, que eran de la misma época, con sus ideas sobre la igualdad, la justicia o la misericordia humana y divina? ¿Por qué los padres de la iglesia, que fueron excelentes pensadores, habían sido eliminados de un plumazo de los libros de texto? ¿Ninguna mención a San Leandro o a San Ildefonso? ¿Por qué era el medievo del siglo XIII oscuro, si había más libertad de pensamiento y de ciencia que en siglos ilustrados? ¿Por qué eliminaron luego de la HF a la escuela de Salamanca del siglo XVI, cuando fue una de las más brillantes en el derecho de gentes y el derecho internacional? Daba la impresión de que era desconocimiento, pero hoy sé que no. Era producto de la mala fe de nuestros enemigos, y luego del papanatismo de los que presumían de afrancesados y modernos.

En resumen, por qué lo que estudié en la carrera de Derecho era desconocido en Filosofía, y por qué la Teología y sus importantes contribuciones al pensamiento occidental eran obviados y eliminados de los tratados de Filosofía política. Todo me pareció un misterio que he resuelto al leer este libro de la profesora Roca Barea. La respuesta clarifica: por odio a la verdad. Odio a todo lo que sonara católico primero y cristiano después, y odio a lo que fuera una contribución de los españoles a la cultura europea.

De hecho, eso explica que los españoles hablen mal de España, odien su patria, y sigan leyendo su historia con las gafas de la mentira, las gafas equivocadas que llevamos desde hace dos siglos. Voto a brios.

Verdades que ofenden, verdades que enseñan, verdades que molestan.

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La verdad es la verdad, la diga quien la diga, Platón o la abuela de Platón. Esta era la máxima que se ha seguido durante muchos siglos, cuando la verdad era una, y cuando pretendíamos con la objetividad conquistar al mundo que se arrastraba por las aguas mentirosas de la opinión y la subjetividad. Pero los tiempos han cambiado, y la verdad, hasta donde podemos expresarla, adolece de la fuerza de una autoridad que la respalde con solidez. Hoy la fragmentación del pensamiento nos obliga a comprender todo a medias, sin un sentido último de las cosas, y sin una explicación razonable de lo que sucede.

Hoy, por ejemplo, se cita a los poetas para los asuntos de ética, se cita a los científicos para cuestiones de antropología y cultura, y se cita a los de la tele para burlarse de la ignorancia de los ciegos en el país de los tuertos. Los del telediario nunca nos explican el porqué de las cosas, y los comentaristas televisivos indagan en la simpleza del juego politico como si fuera una partida de ajedrez compleja y llena de psicologías indescifrables. A veces, incluso – digo yo que por equivocación -se cita a algún filósofo, pero casi siempre lo hacen sacando de contexto lo que quiso decir, y siempre con la intención de justificar la propia opinión. Son los signos de los tiempos, se fragmenta el saber, y se hace decir al pasado lo que uno quiere escuchar. No corren buenos tiempos para la verdad, y parece que nadie quiere escuchar una VERDAD profunda que sirva PARA APRENDER algo desconocido.

La verdad soltada por la gente así, a bocajarro y sin vaselina, que es como te enteras de lo que se quiere decir, nos despista respecto de la verdad que contiene, entre otras cosas porque es una FORMA. Los lenguajes asertivos deben ser – según la psicología moderna – supercómodos, llenos de confort y facilidades de pago, pero no siempre logran que el prójimo se entere de lo que se quiere decir. Hasta los perros pillan el tono que empleamos. Por eso, llamar hijo de la gran puta, a un señor que es tal, comentándoselo en plan aseritivo: “su conducta es impropia de un ciudadano que ama la libertad, la democracia y respeta al prójimo, debería usted intentar no violentar los objetos que no le pertenecen”; pues como que no se entera. Te llama facha despreciable, y te sigue rallando el coche con las llaves. Hay que llamarle hijo puta, hasta que se cabree. De hecho se lo dices para que se cabree y se entere de que es un capullo. Esta es la VERDAD QUE MOLESTA, más que nada porque se la dices a pelo, y porque dices la verdad.

Hay un refrán que dice que “LA VERDAD OFENDE”, y es cierto. Sobre todo ofende a las personas soberbias que no están dispuestas a aprender de los demás. Los que han terminado su discurso, catalogado el mundo y puesto letrero a las personas según sus convicciones. Esta peña es la que suele terminar gritando que no les faltes, que no les ofendas, mientras te insultan sin límite. Son los hijos de puta que van con las llaves por el mundo, jodiéndote el coche. Suelen proliferar en el anonimato de las redes sociales, los chat de grupos de debate y demás contenedores anónimos de ese infierno llamado internet. Mucha gente piensa que al otro lado no hay nadie real, o que es un lerdo. Jamás se plantean que están debatiendo frente a un señor que podría ser doctor en historia, o catedrático en biología, o que tiene más estudios que uno, y multiplicados por cien. Siempre se cree que los del otro lado son medio estúpidos (muchas veces lo son, claro); pero al final, dada la limitación del espacio virtual, se termina convirtiendo las redes sociales en un lodazal.

Esto viene a propósito de un suceso de esta semana. El otro día en las redes sociales, una antigua alumna que tuve en Bembibre (como no), insultaba a los católicos abiertamente, comparándolos con los yihadistas, para lo cual usaba un chiste de dudoso gusto y mucho resentimiento acumulado. Lógicamente reprobé su conducta con argumentos, pero ella, en lugar de aceptar su equivocación, se empeñaba en reafirmar su postura. Ya le puedes exponer la diferencia entre un católico y un musulmán, que ella ni lo veía, ni lo quería ver. Se sentía superior porque era “atea”, y decía que como estaba estudiando historia que ya lo sabía. O sea, que no terminamos una carrera y ya somos autoridad en todo. Carrera que, por cierto, era derecho, no historia. Le da igual, porque no buscaba la verdad y se escudaba en la mentira. Si le dices la verdad de su conducta, la ofendes, claro, como al capullo de las llaves. Que son don erre que erre y salvo que te enfrentes no ven nada más que la zanahoria que cuelga delante de sus narices, sin preguntarse si alguien se la ha puesto ahí para que la miren y caminen. Ya Platón tuvo problemas con su mito de la caverna y los sofistas que se empeñaban en decir que eran muy listos.

La verdad que ofende es la que aterriza en un tipo soberbio, en una persona que no quiere aprender nada de los demás y que no quiere escuchar que se ha equivocado. Es la verdad de cientos de alumnos que hoy pululan por las clases con su pensamiento políticamente correcto, incapaz de descubrir nada nuevo que no provenga de sus fuentes de referencia, es decir, su círculo social cerrado y sectario. Es la verdad de la juventud, que grita en la calle su verdad, y atropella a los demás cuando no le siguen. Es la verdad del sectario y del obrero, del que no sabe y no sabe que no sabe. Es la verdad cuando se la cuentas al necio, te suelta una coz.

La verdad que molesta es aquella que cae sobre las personas que no quieren escuchar más que su discurso, y que se sienten agredidas en cuanto escuchan algo que desentona con lo que ellos afirman. Es la del egocéntrico, del que está mirándose el ombligo todo el día, el que no tiene tiempo para pensar en otras cosas que no sean su mismidad. Es el superhombre de Nietzsche, que se molesta con los disgustillos que le dan los que todavía creen en el bien y en el mal, pero que no saben que son la misma basura que desprecian. En el fondo son parecidos a los anteriores, aunque guardan mejor las apariencias y las formas.

Yo prefiero la verdad que enseña. La que enseña al que quiere aprender algo que no sabe. La verdad que enseña es aquella que cae sobre las personas que tienen deseos de aprender, que aunque no estén de acuerdo en todo lo que escuchan, lo escuchan con atención intentando comprender. Su desgracia será que la mayoría de los que van por la vida enseñando cosas, no enseñan nada más que las tonterías que ya hemos escuchado todos una y otra vez. Se necesita paciencia para estar en esta posición de escucha.

Estos bienaventurados, son las personas que suelen enseñarnos a los que queremos aprender de los demás, pues han escuchado a todos y de todo. Estas personas tienen ante la verdad una actitud humilde, no suelen dar lecciones más que de lo que saben y están dispuestos a aprender de cualquiera que se esfuerce en mostrarle la verdad. Es la verdad de los profesores que se sienten estudiantes toda la vida, de los que han estudiado y miran el mundo haciéndose preguntas irresolubles, de los que aprecian el saber y disfrutan con una palabra sabia, por pequeña que sea. Es la verdad de los que son conscientes de que cuanto más estudian y conocen, más ignoran y desconocen. Es la verdad de los que son honestos con lo que saben y no saben, y te cuentan lo que conocen, que a veces es muchísimo.

Algunos al pasar junto a ellos no les reconocen, y siguen vociferando, otros nos descubrimos ante ellos, pues son los verdaderos filósofos que mantienen una actitud filosófica ante la sociedad.

Por desgracia, nuestro mundo rebosa de gente que se esfuerza en enseñar a los demás memeces (usa cartelitos, fotos y chistecitos para convencer al resto), pero no tienen argumentos cuando les preguntas por el fondo de su opinión. No son muchos, por suerte, pero hacen mucho ruido; por eso hay que ofenderlos cuanto antes para que nos dejen tranquilos, y podamos escuchar a los que de verdad saben y enseñan.

Trasmitir la cultura en la escuela.

Hoy es uno de los asuntos que más interesa, el de la educación, y reconozco que he estado remiso y reticente durante mucho tiempo a hablar de este asunto directamente en los artículos que vamos colgando poco a poco en este blog. No obstante, hemos rozado el tema de cuando en cuando, con referencias imposibles de evitar. En este sentido escribí la semana pasada sobre perlas y puercos, haciendo referencia a uno de los males de nuestro tiempo, el utilitarismo del conocimiento que tiñe la mente de los más jóvenes y vulnerables (los alumnos); o a los males que causan algunos dirigentes de la enseñanza, semejantes por otra parte a los males que causan los que con responsabilidad de gobierno, crean con su negligencia, males mayores a los que pretenden resolver. Si el que tiene que apagar el fuego es el pirómano, entonces el cuerpo de bomberos tiene un grave problema. Era un problema humano, sin más, aunque haya tenido la desgracia de reconocerlo en primera línea y en los Institutos de Enseñanza.

El valor que hoy tiene la sociedad por la educación es algo novedoso, pues en siglos pasados a nadie le interesó la actividad del aprendizaje, si exceptuamos la Iglesia, depositaria durante siglos y siglos del saber y el conocimiento. No por apego a él, ni por manipulación, sino simplemente porque era la única interesada en salvaguardar las tradiciones ancestrales romanas, clásicas y antiguas.

Nos conviene recordar que la Iglesia es una institución romana, es la religión del extinto Imperio Romano, por eso siempre estuvo interesada en trasmitir esta cultura, por ser precisamente el vehículo de socialización cultural de un mundo, en nuestro país, hispano-romano. La iglesia se ha empeñado durante siglos en conservar y proteger el legado cultural de occidente: latín, retórica, gramática, filosofía, teología, y cuantos estudios de humanidades podamos enumerar. La iglesia erigió las Universidades, los Estudios catedralicios y monacales, y puso en orden el conocimiento de la medicina, el derecho, la teología, los cánones o el derecho canónico.

Pero esta exclusividad se empezó a ver con recelo cuando el paradigma aristotélico escolástico se empezó a resquebrajar en la Edad Moderna, cuando los reyes se empezaron a ver a sí mismo como soles y cuasidivinidades, y cuando sus adláteres, todos ellos educados en centro religiosos, y autodenominados pomposamente ilustrados vieron en la educación el punto de partida para transformar la sociedad.

Por desgracia no se equivocaron en su juicio, pues efectivamente, la trasmisión de una cultura se realiza básicamente en la socialización primaria, es decir, en la familia. Por eso, la apuesta de todos los regímenes totalitarios, que han querido cambiar la sociedad según sus gustos particulares, siempre ha tenido como gran punto de partida el control de la educación. La construcción de un edificio que supliera a la familia en sus criterios ha sido uno de los grandes objetivos del jacobinismo educativo, cuya actuación más repudiable la hemos podido ver en los países del Este bajo el yugo del totalitarismo comunista. Robamos a los hijos de las familias para decidir su educación. También fue practicado por las juventudes hitlerianas, educamos para ser grandes alemanes, al estilo que algún dirigente de un despacho decide.

La educación en España, y en el entorno Europeo, mantiene los mismos principios del totalitarismo, en una versión más encubierta y débil, menos salvaje, dada la sensibilidad social, pero no menos constante ni benévola. La escuela se ha convertido en el laboratorio de experimentos sociales teñidos de ideologías perfectamente identificables, y rabiosamente defendidas por sus próceres e intelectuales.

Por eso la trasmisión de la cultura occidental está en peligro, y todo lo que se entendió que perteneció a un mundo brillante está cerca de su borrado y reorganización; se está evacuando la tradición a pasos agigantados, y sus consecuencias y efectos ya las estamos empezando a percibir en España, aunque el fenómeno recorra como un fantasma toda Europa y me atrevo a decir todo Occidente.

En las culturas estables, armónicas, las que no cambian en la trasmisión de sus saberes y conocimientos de una generación a otra, el conocimiento se realiza desde la mímesis y el ejemplo familiar. Si existe algún tipo de escuela, ésta está sometida a los dictámenes culturales de la sociedad a la que sirve con más eficiencia que cualquier otra. Un ejemplo sería la cultura pigmea, que apenas ha variado en seis mil años, y que sigue siendo la que mejor se adaptar a un entorno selvático pues trasmite los conocimientos esenciales para la supervivencia en el medio.

Pero nuestra cultura no goza de esta estabilidad. Y nuestros alumnos, no salen adaptados al medio en el que tienen que sobrevivir. Las autoridades educativas se empeñan en educarlos con todo tipo de pantomimas: escuelas bilingües (que deterioran los conocimientos y la lengua castellana), refuerzos educativos y planes estupendos (para que barnicemos la ignorancia de nuestros hijos con un título en inglés). Se hacen sistemas educativos y planes de estudio con una alegría y una negligencia digna del más patoso del mundo, sistemas que se rehacen en poco tiempo. La argumentación que tienen es la adaptación, y en esa adaptación nos cargamos las tradiciones culturales, porque son antiguas y rezuman iglesia, y se empuja a los profesores a que sean grandes defensores de ideas transversales democráticas, que van desde la seguridad vial, hasta la exaltación de los derechos de la bragueta, o la defensa de la ideología particular antimachista, por ejemplo. Menos a Séneca, podemos dar lo que queramos, parecen querer decir, y dicen que no es útil. Que es mejor poder leer un menú de un restaurante chino en inglés, por ejemplo. Variar los contenidos, quedarnos con las formas.

Escuché hace unos años a un director que estuvo en una reunión del Ministerio, que cuando se empezó a hablar de qué había que enseñar en las aulas, nadie se ponía de acuerdo. Unos hablaban de la importancia de los idiomas, o de la informática, o de la lengua (sintaxis, gramática y más sintaxis, como si eso fuera a mejorarlos en su capacidad lectora)  y otros se rebelaban aduciendo la estupidez de educar formalmente y sin contenidos. De hecho el plan Bolonia, que ya campea por toda Europa, está logrando que se terminen las carreras siendo competentes en muchas cosas, incluida la ignorancia de cosas básicas que cualquier hombre de hace cien años, con semejante titulación, se ruborizaría.

Pero aquí no se ruboriza nadie.

 La trasmisión de una cultura implica trasmitir de la manera más fiel posible las tradiciones de esa cultura: tradiciones religiosas, ideológicas, de organización familiar, de comportamiento ético y moral, rituales, leyes jurídicas, trasmitir el lenguaje con su literatura, su poesía, y en general sus formas artísticas.

Aquí se trasmite precisamente lo contrario, lo que es último y fetén. Si hay un tonto que saca la teoría de que los alumnos pueden estudiar en dos idiomas, los padres, benditos ellos, se alegran mucho y odiarán a los profesores que se opongan a eso. Si deciden que hay que sustituir la religión por unas charlitas sobre que no hay que conducir bebido, pues allá vamos. Si en lugar de celebrar la Navidad celebramos el engendro halloween, o el solsticio de invierno, o el día de la cocacola, o el día del docente (que no Santo Tomás de Aquino), pues todos contentos, si decidimos que el latín, la filosofía, la religión, no sirven para nada, y las sustituimos por otra cosa, iniciativa emprendedora, pues todos felices.

Hay que reconocer que los ilustrados tenían razón cuando decidieron quitarse a la iglesia de por medio para poder manipular la sociedad a su antojo, lo malo de eso es que tenemos ya varias generaciones de gente soberbia, que es incapaz de leer algo de hace cien años, y que presume más que una mierda en un solar. Cualquier día ponen a los profesores sobrantes (que son mucho y muy bien formados) a dar cocina y ocio solidario en inglés, y si no al tiempo.

Las perlas y los puercos.

Es conocida la sentencia evangélica, “no deis perlas a los puercos” puesta en boca de Jesucristo nada menos, y que solemos por estos pagos interpretarla como que la miel no se ha hecho para la boca del asno. Es decir, que cuando uno se empeña en ofrecer algo sublime, excelso y elevado al otro, suele toparse con que la respuesta del interlocutor suena más al eco de un rebuzno que a una aceptación del valor de lo ofrecido. Y las consecuencias no tardan en asomarse, por fuera se te aboba la mirada, y por dentro se te caen los palos del sombrajo. Luego te pregunta el susodicho que porqué pones esa cara de pasmo; y tú, al borde la anestesia sanitaria, prefieres correr un tupido velo y mirar para otro lado, antes de que la vergüenza ajena sonroje al que no debe.

Esto me ha pasado numerosas veces, y casi siempre en el ámbito escolar. En tal teatro, el de la clase quiero decir, un alumno interrumpe al profesor, o mejor dicho y para seguir el símil, excrementa su gruñido contra el muestrario de joyería que nuestra sociedad quiere inculcar a nuestros rebrutos carcamales, a través de sus incomprendidos profesores, y sus lacerantes padres. Casi siempre es alguien henchido de soberbia y audacia, un insolente, que a fuerza de ser miles, los calificamos como chico espontáneo, con formas disruptivas y abruptas propias de la juventud. O sea, un maleducado que te tutea intentando convertirte en un colega de su adolescencia. Gentes sin rubor que se quejan de tí, cuando comentes el atropello de exigirles que escriban sin poner faltas de ortografía; uno de esos que tienen la misma educación que los puercos de la Biblia, vaya.  Da igual que estés leyendo un precioso poema de Becquer, que estés analizando al caverna de Platón, o que andes corrigiendo la interpretación errática de un pasaje bíblico, filosófico o histórico. Da igual, porque la pregunta con la que interrumpe la clase es siempre la misma: ¿y eso para qué sirve? Y se quedan esperando que justifiques la belleza de los colores, mientras proclama feliz su ceguera.

De hecho es la pregunta recurrente de los alumnos de ciencias o de letras, más los mayores que los pequeños, que creen que lo saben todo y no tienen que aprender nada, ni de los demás ni de sus mayores, ni del mundo, ni de la vida, ni de Dios ni del diablo; quizás porque lo único que les importa sea hocicar, y devorar el curso cuanto antes (la joyería entera), para que nos titulen aunque seamos como jamones colgados al fresco invernal, donde lo más valioso que tuvimos fueron las bellotas que nos dieron. Estos muchachos, tan adictos al móvil como exigentes de su formación, te suelen perdonar la vida de cuando en cuando, y a cambio, claro, te piden que les perdones sus despistes en los exámenes. Es también una pregunta que te hacen algunos padres cuando se animan a considerarte un igual, aunque ellos no hayan superado la primaria por falta de celo; y entonces te lo cuentan a modo de confidencia, como que eres un colega de la piara: “bueno, esto, entre nosotros, es que no sirve para nada”. Y tu sonríes recordando lo sabio que es el evangelio con sus perlas y sus puercos.

Es la atmósfera de los tiempos que vivimos, dominados por la soberbia de los que creen que lo saben todo, y la arrogancia de los que sin saber de nada hacen las leyes educativas que tenemos, para escarnio de maestros y profesores. Los docentes somos simplemente los que hacemos el trabajo sucio de barrer la porqueriza de cuando en cuando, echar perfume a la piara, y ofrecer los resultados del próximo trimestre. ¡Ha descendido el fracaso escolar en Castilla y León!, nuestros políticos se ponen como pavos, nos dan las gracias, dicen que somos los mejores, nos congelan la paga extra, y de paso nos comentan, mientras nos prohíben dar clase de latín o de griego por falta de alumnado, que realmente, saber quién fue o no Séneca, no sirve para nada, que lo que hay que hacer es tener buenos resultado en el informe Prisa. Y nadie les pone a parir, por si nos mandan a un inspector que revise y nos riña porque les hemos dado a Séneca, y les hemos mandado leer la Biblia. Yo creo que cuando la soberbia hace amistad con la espontaneidad y la ignorancia, el cocido que nos sale es la estupidez, algo que en nuestro mundo (no quiero dejar fuera a nadie ni de la francofoní, ni de la anglosajoní) andamos sobrados desde tiempos remotos.

Decía, que a algunos alumnos (por suerte suele haber excepciones), casi les tienes que pedir perdón por intentar enseñarles algo inútil, porque está demasiado acostumbrados a que les demos cosas utilísimas como charlas contra la violencia de género, reparto de condones, compresas y días de flores (San Valentín vomitante) y fiesta (huelga y huelga). A los chicos preferimos darles charlitas sobre lo malo que es conducir bebido, en lugar de perlas inútiles como elaborar un extracto exhaustivo de enfermedades que se derivan del consumo de alcohol a edades tempranas e infantiles. Por eso la escuela se ha convertido en algo inútil en sí misma. El latín es inútil, supongo. Y yo he escuchado desde hace casi veinte años de docente evolucionar la pregunta, casi tanto como la carrera profesional que ejerzo. El para qué sirve rezas, o Dios, o la religión, hasta para que sirve la filosofía. Los matices actuales son para qué sirve la poesía, o la literatura, o la historia, o la matemática. Menos el inglés y la informática parece que todo es inutilidad y hastío. Y no se salva nada en la estrechez de estos alumnos que quieren tan pronto rentabilizar sus saberes.

Recuerdo hace años en una excursión un alumno me contó en el autobús, cerca del asiento del conductor, que  no servía una mierda todo lo que habíamos visto de las Edades del Hombre, una exposición de arte en la ciudad de Segovia. Una maravilla, que el muchacho despreciaba porque no lo entendía, y abjuraba con una soberbia apresurada sobre todo lo que anatematizaba sin vergüenza. Antes de que le contestara salió al quite el conductor, un hombre que pensaba que no llevaba ganado porcino, sino alumnos, y tras soltar un par de blasfemias, dijo algo así como que estos chicos de hoy eran unos maleducados, luego cogió al chico por banda y le explicó que en su puta vida había podido estudiar, y que él que tenía oportunidad no fuera un subnormal perdido. Mano de santo. El chico se sonrojó cuando le dijeron la verdad, y la entendió sin tener que andarnos con paños calientes.

La cita evangélica, y no quiero dejarlo en el tintero, tiene una segunda parte, no menos aguda que la primera, y que entona una nueva sentencia. La cita completa dice: No deis lo sagrado a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen, y además se vuelvan y os destrocen. Y a eso voy, cuando hace unos días me contó un alumno, interrumpiendo con una educación lamentable, que eso no valía para nada (un poema de Espronceda). Un chico con fracaso escolar y sin capacidad para redactar con sujeto, verbo y predicado; con una letra ilegible incluso para él mismo, intentaba provocar sobre la utilidad de lo que estudiaba, pues debe estar ansioso de conocer el mecanismo para ganar dinero sin dar un palo al agua, lo miré y no dije nada. No valía la pena.

Supongo que para ser un cretino no se necesitan estudios, pero para disimular las miserias humanas sí, murmuré. Como no me entendió se enfadó, pero no le repetí nada, no sea que sea hijo de algún político de postín y me haga la vida imposible.

El agua de la fuente

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