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Mi entretenida y curiosa carrera cinematográfica.

Veía el fin de semana la gala de los insoportables premios Goya de este año, y me acordaba de mi incursión por el mundo de la cinematografía. Hay bastantes escritores que antes de escribir se sintieron muy atraídos por el cine, y que luego, viendo que era un campo imposible por endogámico, optaron por escribir, que es más barato y más satisfactorio. Además, siempre hay que pelotear menos a la gente y bajarse menos los pantalones ante los consagrados de todos los tiempos. ¿Qué hay de lo mío? Eso en el mundo del cine es lo habitual.

El caso es que el gusanillo por el cine me vino por culpa de la película que vi en la Seminci de un director novel llamado Fernando León de Aranoa, y que se titulaba Familia. La peli me resultó fascinante, incluso yo diría que mágica. Aquella actriz desconocida llamada Elena Anaya, y aquella trama tan sugerente sobre la verdad y la mentira en la vida de las personas me mantuvo en vilo, en reflexión permanente y asombrado durante varios días. Yo quería hacer algo así, hacer cine y arte. ¿Era imposible?

Conocía la mecánica de la música y la mecánica de la pintura. En aquel año, octubre del año 96, estaba acabando la carrera de teología, con la finalidad de ser ordenado sacerdote no tardando mucho, sin embargo aquella película me embriagó y me sacó de un itinerario que parecía marcado. Ya era Licenciado en Derecho, y era una persona leída, pero desconocía todo lo que había detrás de una cámara, y me empecé a interesar y a obsesionar por el Séptimo Arte. ¿Qué era aquello? ¿Cómo se hacía? ¿Era posible el arte?

Durante ese curso escolar busqué todo lo que pude sobre el mundo del cine. Me metí en él, me interesaba todo y quería aprender mucho. Soy autodidacta por naturaleza, sobre todo cuando no existe otra posibilidad. Me hubiera ido de buena gana a Madrid, o a Miami, o a Los Ángeles a alguna escuela de Cine que me enseñara, pero no podría ni quería dejar los estudios de Teología, que como he dicho, concluía ese mismo año.

Participé en un curso breve de guión y cine impartido por Primitivo Aguado. Primi era el productor ejecutivo que trabajaba habitualmente con Elías Querejeta, y ahí conocí a un buen número de personas jóvenes, todas amantes del cine y de hacer cine. Leí todo lo que puede sobre narrativa cinematográfica, guiones de cine. Estudié y estudié. Comprendía que el guión y el guionista es la madre de todas las historias y todas las películas. Luego el director hace y rehace, y finalmente el montador. Era como una danza de varias personas donde la sincronización era fundamental.

El caso es que lo aprendí todo. Tuve la oportunidad, me invito una amiga, a participar como extra en el rodaje de la película Mamá es boba de Santiago Lorenzo. Me gustó la experiencia tanto, que le pedí al director si podía quedarme por allí viendo y aprendiendo. Me dijo que sí, y sin que habláramos demasiado, estuve durante la semana que rodaron en Valladolid husmeando todo lo que pude, preguntando a unos y otros y aprendiendo. Script, iluminación, sonido, maquillaje. lo único que no hice fue molestar a los actores, que estaban en lo suyo. Todo aquello me parecía un gran engranaje, una especie de orquesta filarmónica que dirigía un maestro con su batuta.

Uno de los días me dijo Santiago si quería decir una frase en la película, propuso a varios y tras hacer una recitación, me eligió y debuté en el celuloide. La frase, encajada en una conversación, la pronuncio con Gines García Millán, un buen actor al que saludé. ¿Mi frase? “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él”. Hicimos tres tomas, todas de lujo que debieron sorprender al montador. Según me contó Santiago, le encandiló mi ejecución vocal.

En esos meses me sucedieron muchas más cosas sorprendentes, pero sería muy prolijo contar ahora. Entre otras, saludé al Papa, Juan Pablo II en Roma, abandoné el seminario, obtuve la Licenciatura en Ciencias Eclesiásticas (Teología) y continué estudiando cine. Me empapaba de todo lo que podía.  Durante aquel verano hice buena relación con el joven director de cine Ivan Sainz-Pardo, participando como asesino, o algo así, en uno de sus primeros cortos. No recuerdo si participé en algún otro rodaje suyo. El chico rodaba cámara en mano con mucha habilidad y talento. Eran historias llenas de vida. Iván luego se fue a Alemania y continúa dirigiendo cortos, algunos de los cuales han sido premiados, hoy es un tipo muy reconocido, al que por supuesto, también le gusta escribir. Reconocido, pero no en los Goya, claro. El cine es el cine.

El caso es que durante ese verano acudí a un curso de cámara de televisión y de realización para deempleados. Era curioso pero mi vida parecía girar de nuevo hacia un mundo desconocido para mi. Escribí varios guiones de cine, cortos; y rodé, en formato Betamax, creo, mi primer corto con ayuda de varios enamorados del cine. Choco y varios más. Yo mismo participo como actor en un corto suyo. En esos días, fundé la Asociación de Cineastas Quinito Films, cuya continuidad terminó en un armario de mi casa. Sorpresa tras sorpresa. De esta manera escribí mi primer guión de cine, y registré mi primera obra literaria, si es que se puede llamar así. Era un proyecto de cineasta, de jurista, de teólogo y de merluzo que tenía toda la vida por delante.

Sin embargo, los garbanzos son los garbanzos. Por eso, cuando en septiembre me propusieron trabajar como profesor de Religión en el Ferrari de Valladolid, en media jornada, no me lo pensé. Era algo de dinero, y ya seguiría con el cine cuando pudiera. ¿Acaso era imposible compaginar la vida? Desde entonces he dado clase, y como la faceta de cineasta no he podido desarrollarla, pues me he dedicado a escribir, que es bastante más barato.

¿Qué por qué dejé lo del cine? Es una afición demasiado cara; además, se necesita a mucha gente para sacar adelante una peli. La suerte última que me desesperó fue la excesiva endogamia de los que se dedican a ésto en España; o tienes apellido o eres amiguete de los amiguetes progres y guays de ese mundillo. Ni siquiera los que estaban bien relacionados son atendidos ni tienen suerte. Daba igual que fueras un genio o un pardillo, se necesita abuela y padrino. Y bajarse los pantalones. Opté por ir al cine sin más, y disfrutar viendo lo que otros hacían.

Por eso, cuando veo una fotograma de una película recuerdo lo que significa estar al otro lado, esperando que llegue el cámara, que suene la claqueta, que se ilumine la escena, que haya treinta personas mirando cuando parece que no hay nadie. Y me veo a mi mismo haciendo cine otra vez. Al menos por unas horas y hasta el día siguiente, hasta que me siento a escribir las siguientes letras de mi próxima novela.

El complejo cultural español.

El tema viene a propósito de un comentario que escuché a un señor que afirmaba que en España no había ningún pensador sólido en la historia de la filosofía porque preferíamos entretenermos con el fútbol y los bares. Refuté el argumento indicando que sí había gente, y cuando eché mano del elenco de pensadores españoles me quedé con Ortega, y casi regresé a los tiempos de Vives, Averroes y Séneca. ¿Era cierta esa afirmación?

Desde luego los países que son pequeños presumen mucho de lo poco que tienen, eso es cierto. Dinamarca y Copenhage presume mucho de Kierkegaard, de Hans Christian Andersen, de la cerveza Carlsberg y de la sirenita. Uno por sector, y eso hacen muchos lugares del mundo. Holanda vende a Van Goth y Praga a Kafka. En cambio, los países más grandes venden la cultura de otra manera, casi siempre ligada al potencial económico. En este sentido, España es un país pobre en recursos y casi ridículo en propaganda cultural, dedica muy poco a potenciar su cultura y el negocio de la cultura española está todavía por explotar. Eso es cierto.

Pero no es cierto que no haya artistas ni pensadores, yo diría más bien que vendemos poco o nada a nuestros epígonos culturales, tanto de primera como de segunda fila. Ciertamente nuestro peso no ha estado en la filosofía, y menos en las últimas centurias, pero tampoco nuestros políticos destacan por ser unos magnificos impulsores de lo que ya tenemos. Y tampoco disponemos en España de un baluarte cultural e intelectual de cierto peso ordenado y reconocido, como tienen en Francia, por ejemplo. Los intelectuales españoles han pasado por ser los amiguetes de cine y algún que otro escritor. Es poco lo que exportamos, pero es mucho lo que atesoramos. Vendemos mal lo mucho que tenemos. Sería deseable otra actitud, de acuerdo.

España ha dado buenos filósofos en su historia. En el mundo romano destacó Séneca, y en el mundo visigodo San Leandro, San Ildefonso y San Isidoro de Sevilla. Al-andalus fue cuna del despuntar filosófico musulmán, competía con la escuela de Bagdad, y presentaba nombres tan importantes como Averroes, Avempace, Avencerraje y muchos otros. Gente olvidada en los planes de estudios de la Historia de la Filosofía, que seguramente la diseñan en Londres, París y Berlín. En el renacimiento destaca la Escuela de Salamanca, donde muchos pensadores brillan junto a Juan Luis Vives, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria. ¿Por qué esa gente no se estudia en al historia de la filosofía? Pues porque los que hicieron las primeras historias de la filosofía en el siglo XIX olvidaron el catolicismo, o sea a los españoles. ¿Realmente no había pensadores o es que se quedaron fuera? Se quedaron fuera porque eran menos conocidos y poco apreciados en un contexto Europeo de rivalidad. Hasta el Parlamentarismo hay que reconocerlo como un invento leonés del medievo, y no una genialidad británica. Ellos venden y nosotros olvidamos nuestro genio.

El resto de la historia del siglo XVIII, XIX y XX ha pasado para nuestro país desde la imposibilidad de pensar libremente, y no es culpa exclusiva de la Inquisición, ni del olvido de nuestras autoridades monárquicas primero y liberales después. Un pensador original y profundo como Gustavo Bueno está a la altura de Bertrand Russell, pero nosotros no lo apreciamos así. Ortega es un genio, y si lo consideran algo por Europa es porque estudió en Alemania, no porque fuera español. La gente conoce a Kierkegaard, pero nadie se acuerda de Ortega, al que las derechas acusaron de republicano, y las izquierdas de avenirse con el franquismo. De Zubiri ni se acuerda el respetable, y eso que fue un magnífico pensador contemporáneo. Mejor abrazamos a Foucault, que era un renegado con poses fascistas. Así nos ha ido.

En otros sectores culturales sucede algo parecido. Francia, Inglaterra y Alemania subrayan los suyos, y los venden como si fueran agua de mayo; mientras tanto en España no nos preocupamos ni tan siquiera de conocerlos. ¿Se imaginan el flamenco en Inglaterra? Sería la música y el baile de moda en todo el mundo. En España los editores de cante hondo, cante gitano son… franceses. Se editan en París, y luego nos venden los cedés a nosotros. En España la gente escucha cualquier basura anglosajona, y ni siquiera entra en los circuitos comerciales de nuestro país el flamenco. Gracias a Hispanoamérica, Mexico, Colombia, Perú y Argentina, el complejo español es menor. Ellos no tienen reparo es su música, ni en su arte, ni en sus escritores. La pena es que no seamos una sola nación, ni una confederación más unida por una construcción cultural hermanada.

En el mundo anglosajón, Shakespeare es, además de un dramaturgo, una asignatura consistente en leer e interpretar al dramaturgo. Lope de Vega, que no tiene nada que envidiar al inglés, pues además de ser un dramaturgo tan genial o más, era poeta, y muy bueno; pasa desapercibido por el mundo, más que nada porque está olvidado por los españoles. Si Lorca es famoso fuera de España, es porque fue fusilado, porque la izquierda exiliada lo vendió como un mártir, y porque escribió Poeta en NY. Tan bueno o más es Manuel Machado en comparación a Antonio Machado, y se habla mucho del segundo y poco del primero.

España es un país espectacular en pintura. Pero ni siquiera hemos sabido vender a Goya como precursor del impresionismo. Picasso, ha pasado durante décadas por un pintor francés, mientras que aquí lo despreciábamos por no entenderlo. Dalí vendía porque era raro y tenía bigote, Miró es desconocido, y Antonio Tapies, otro genio, tampoco es muy apreciado por los españoles, que prefieren a Kandisnky porque es de fuera, y por supuesto van Goth, que es más chulo que Tiziano o Rivera. Hasta Velázquez lo vendemos mal.

Nuestro país no es inferior culturalmente a las grandes potencias culturales. Lo que es inferior es nuestra política cultural y nuestra inversión económica. Que ni está ni se la espera. Por eso en España hay grandes artistas, grandes escritores, grandes pintores, y grandes músicos. Tengo un libro por casa que escoge los mejores obras de literatura de la historia (escrito por un holandés): por supuesto sólo está el Quijote. Prefiere el Cantar de Roldán al Cantar del Mío Cid y así con casi todo. Se le olvida a Galdós, Blasco Ibáñez, Lope de Vega, Fernando de Rojas, Miguel Delibes y cientos de escritores geniales que no lograron vender fuera de nuestras fronteras. ¿Por qué? Hasta el Premio Nobel lo han inventado en un país pequeño, donde hay 15 galardonados en las letras que son Escandinavos, por 12 Hispanos (de los que 6 son españoles). Esto lo explica todo, claro.

El agua de la fuente

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