Entrega 32. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS

DOCE

La cigarra había chirriado desde el siglo pasado, y lo hacía en aquella perdida noche en la que Argimiro se entregaba al amor y a la seducción absoluta. Ejecutaba su serenata con las mismas ganas con las que Amparín había desgranado las mejores notas que nunca faltaron en su piano. Lo hizo entre la soledad y el tibio rostro de la tercera fiesta bullanguera del pueblo con un ritmo más lento y romántico que los anteriores y posteriores conciertos y veladas. Aún llegarían cientos de fiestas más, que dibujarían notas por las paredes de las casas y entregaría su arte a solazar, incluso, el alma de Antonio Alarín-Vicente en los días previos a su fallecimiento. La cigarra, en cambio, seguiría aburriendo con su discordancia, y amagando con fallar la siguiente nota por falta de valentía ante la tarántula que trepaba la rama para devorarla.

Argimiro se había inclinado al frenesí del amor con el crepúsculo de la tarde, mientras aguardaba el amanecer del día siguiente. Alabó a su bella y amada piedra caliza sin perder el aliento ni la virilidad; más tarde, muy de madrugada, sintió frío, y contemporizó con las horas que le quedaban por vivir si continuaba sin más abrigo que sus pasiones descubiertas. Luego perdió unas lágrimas por su rostro pecador y contrito, y flageló su alma pensando que era imposible el amor entre un ser inerte y otro pleno de vida, como era su roca.

Era tanta su felicidad al descubrir el verdadero amor en la pasividad de la naturaleza muerta, que se sentía florecer como naturaleza viva. En su ensoñación amorosa, la cigarra le emocionaba como si copleteara un romance y una estrofa única llena de luminosidad, como si cientos de luciérnagas calentaran con sus verdosas almas la sierra Salinas. Aquella nocturnidad del paraje donde habitaban los bronquineros —que era el nombre de los criados en los majuelos, entre el abono y la granota, siempre dispuestos a la entrega total— le colmaba sus expectativas de silencio y de trascendencia a un tiempo.

En medio del tálamo se fijó en los astros, puntos de luz que agujereaban la esfera de las fijas. La más tempranera había sido Venus, un errante de la noche, cuya superficie está en la realidad a 450 grados Celsius, bajo el aroma y la fuerza de gases insoportables, con una presión cuatro veces la de la inhóspita tierra. Era verdaderamente un infierno desconocido, la apasionada Venus. Un lugar pensado para el amor, pero que en realidad nada tenía que ver con la dicha y la felicidad que todos achacaban al amor, a Cupido o a Venus. Los artilugios de las meretrices contaban que era realmente un infierno, donde la tiniebla y el calor eran sofocantes y donde cualquier alma errática se convertía en pasmo y muerte al instante. Venus no sería un destino de la humanidad, a diferencia de Marte, que era otra cosa. El amor, aparentemente tan cálido era un infierno; en cambio la guerra, más siniestra, era un cielo de azufre y pimentón.

Había otro discurso sobre Marte en La Voz de Yecla, que era uno de los periódicos publicados por la imprenta de Alfonso Montañés, de corte liberal y de amplias tragaderas. Marte estaba habitada por etruscos, troyanos y australopitecus martiensis. La guerra siempre había generado una épica noble y adusta que el pueblo de Yecla no olvidaba fácilmente. Ellos habían luchado contra franceses, austriacos, bereberes e ingleses siempre que habían tenido ocasión en la historia, y eso les confería un especial aprecio hacia la guerra, la batalla y la sangre derramada por una causa, fuera noble o estúpida.

Marte, el dios de la guerra, era un dios amigo para los yeclanos, aunque fueran pacíficos tertulianos o paseantes de la subida de San Francisco, del Parque, de la plaza del Teatro o de la calle de la Corredera. Ellos amaban la guerra y las armas en cualquiera de sus modalidades; de hecho, en las fiestas de la Inmaculada, gozaban disparando con arcabuzazos al aire, pidiendo con el ruido un hueco en la historia de los grandes ejércitos que habían poblado la faz de la tierra. Imaginaban a Marte lleno de sangre roja y espesa, aunque estuviera henchido de frío su núcleo planetario, como habían descubierto gracias al cohete que mandó Jacinto hacía años, Marte era un lugar polvoriento, rubicundo por culpa de su tristeza y tan árido como el altiplano en sus peores días de estío y secarral.

Era un lugar que carecía de colores azules, verdosos, amarillos y grises. El dios de la guerra en realidad era el dios del tedio y del aburrimiento, pues Marte, decían los Yeclanos que se enteraban de los adelantos por Jacinto, era una tierra fría y sin interés ni entretenimiento alguno. Ni siquiera había monumentos que no fueran naturales. Cuatro piedras, cinco cerros y polvo por todas partes. A los yeclanos aquello no les impedía soñar, enamorarse y luchar contra su vecino con el pico, la pala, el hacha o el cuchillo; pero de ahí a querer conquistar la esfera del dios de la guerra había un abismo tan ancho como intentarlo con su melliza Venus, en apariencia dulce, pero diabólica en su alma.

Después de Venus y Marte, Argimiro contempló la salida del resto de las estrellas, casi como de golpe y de la nada, mientras la atmósfera se hacía invisible, rojiza, azul y parda. La Osa Mayor, la Menor, Casiopea, Hércules, León Minor y Mayor, Syrius y Orión, Vega y Lira, las Pléyades tristes y rodeadas de oropeles. Era un desfile victorioso.

Era la explicación al tiempo que había recorrido y contemplado desde que su existencia pasó del no ser al ser; o un llanto amargo para poder examinar la profundidad del aire, escudriñar el velo de la nocturnidad y la alevosía, que cantaba por encima del Serratejo. Cualquier explicación saludable la hubiera aceptado, cualquier fin del mundo oscurecido le hubiera parecido bien, todo menos desoír el palpitar de su corazón efervescente y animoso. Tras media noche pasando frío abrazado a la roca, amándola y entregándole lo mejor de sí mismo, como nunca antes había estado con un amor que lo recogía y absorbía todo, Argimiro vio salir a la luna.

Era cuarto creciente, casi luna llena, su forma de “D” imaginaria y gigantesca se asomó primero con el color del rubor y la timidez, pero luego fue tomando cuerpo y fuerza hasta volverse una exhibicionista de maravilloso anfiteatro. Estaba desnuda y sin nada que le cubriera el cuerpo, a diferencia de aquella piedra caliza, amada y entendida en amores, completa y realizada en su trascendencia más posible. Argimiro se quedó prendado de la hermosura de su roca a la luz de la luna, y tras sorprenderse de sí mismo, decidió y prometió, tras arropar a la buena caliza, que al día siguiente la trasportaría hasta el pueblo en su carro. Le daría calor y mimos, y así podría tenerla todos los días en el patio de su casa. Aunque Amparín se opusiera a muerte.

Era un hombre y estaba dispuesto a hacer lo que conviniera para hacer valer su condición de macho conocedor de cientos de secretos vedados al resto de la humanidad. La cubriría con mantas, la aposentaría en la parte más agradable del carro, le entregaría su alma y su vida, se zafaría de penumbra para que los rayos de sol no estropearan su hidratación de piedra. La llevaría con todas sus fuerzas hasta donde hiciera falta.

La piedra se mostró de acuerdo con sus planes. Calló y otorgó con su silencio un sí sin precipitación, lleno de prudencia y de saber estar. Aquello era lo que más enorgullecía a Argimiro de su nuevo amor. Se besaron, se abrazaron por última vez, y Argimiro volvió a arropar la caliza con la manta que llevaba encima. Luego, sin mirar hacia atrás, porque le costaba dejar a la piedra, le juró y prometió que nunca más volvería a dormir sola y al raso, y tras alejarse, halló la puerta de la casa majuelera prestada por Jacinto Santaolaya donde iba a pasar la noche, su última noche en soledad y desamor.

El día siguiente se madrugó a la hora de siempre, pues aunque Jacinto podía alargar y prolongar el tiempo y el espacio a su antojo, aquella no fue la noche en que se entretuvo el afortunado de los Montañés con la dilatación y contracción de los minutos y las horas. Argimiro abrió los ojos sin saber dónde estaba, no reconoció el sitio hasta pasados unos minutos. Cuando su olfato delató el aroma de la bodega, húmeda y con olor a vino nuevo, comprendió que estaba en la Bronquina, respirando el mismo aire que su amada caliza, la que a tan solo doscientos metros lloraba el infortunio de su ausencia. Pensó si debía salir precipitadamente, y aunque escuchó sonidos de carruajes, mulas y asnados, prefirió hacerse de rogar. Era un día feliz, y no había que correr más de la cuenta para hacer lo que convenía a su alma. Cuando terminara el día ya estaría entregado a su amada piedra, la cargaría en el carro —quizás con ayuda del mulo— y luego viajarían hasta Yecla, para arribar por la tarde plenificado de gozo.

Desayunó unas longanizas que llevaba en el zurrón, estaban tiernas y las acercó al calor de la fogata cuyas brasas se habían apagado hacía tan solo media hora. Humeaba dulcemente el fuego, y las cenizas invitaban a depositar en una rejilla metálica el sabor del cerdo de San Martín adobado con especias y naranja, del gusto de Abundio tatarabuelo, el artesano de la carne que vivía al final de la plaza del Teatro. Estaban deliciosas, calientes, dulces y tibias a un tiempo. Cuando se las comió, calzó al jumento, lo almohazó y le quitó las hierbas y herrumbres de la mañana. El animal rebuznó dando las gracias, cual Platero bajo la arenga de su amo. Argimiro pensó en la dicha de poder contemplar en armonía el reino mineral, vegetal, animal y racional, los cuatro en compañía astral, los mundos que expresaban la belleza de Dios sin proferir ninguna palabra tediosa ni sobrante. Puso los arreos en su sitio y afianzó el carro que había esperado frente a la puerta de su improvisado hogar. Luego, cuando comprendió que estaba todo preparado, salió para encontrarse con su amada.

Pero no estaba.

En su lugar sólo quedaba la manta que le había prestado de madrugada, estaba enterrada y llena de polvo, tal y como corresponde a la lana que se restriega por tierra y se abandona en el campo durante unos días. Pensó que era una broma de alguien, toqueteó la manta, y dándose cuenta de que habían pasado varios días para la manta, y que ésta se había deteriorado y envejecido más que la estación en la que estaba, comprendió que había quebrado con su inconsciente el tiempo y el espacio, y que habían pasado varios días desde que se quedara dormido en la casa majuelera. Debía de ser jueves, o viernes, pero no tenía forma de demostrar que habían pasado varios días durmiendo. ¿Y la piedra? ¿Dónde estaba su amada caliza, de tez pálida?

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