Entrega 31. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑES.

Era una proeza nada natural la que logró Amparín, que estudió la carrera entera de piano en un año, exactamente desde que falleció su padre Alejandro y se vio con la necesidad de mantener a su madre, hasta dieciocho meses después. Lo que todo el mundo llamaba: vivir con el agua al cuello y la soga en casa. Para tal hazaña se despachaba aporreando teclas día y noche, sin que las normativas relativas al ruido y las buenas costumbres pudieran con ella. Las denuncias hechas por los vecinos fueron frustradas por carecer de aparatos de medición de ruido que fueran científicos y fiables; y los decibelios, que es una magnitud de tiempos recientes, no pudo ser constatada por el sereno que testificó en el juicio y que invitó al Juez a darse una vuelta por el patio de la casa. El Secretario del Juzgado que acudió para atender las pruebas presentadas convino que no escuchaba nada, y es que padecía de una otitis mal diagnosticada desde los cincuenta y tres años. Finalmente, el Juez absolvió a la jovencita de doce años alegando que un poco de música no puede hacer daño, y que además casi no se escuchaba.

Amparín aprobó los estudios con la certeza de que tendría un puesto asegurado como profesora en el Conservatorio. Sin embargo, la historia se torció por razones extraordinarias. Su madre, Pascuala, cambió la lápida de su difunto esposo, y modificó con unas letras el epitafio que colocara en su momento el general Báñez, muerto en combate y dando su vida.

El nuevo epitafio no fue del gusto de la sociedad valenciana. Escribió la esposa viuda del sastre:

Si uno no arranca flores, es porque no comió coles”,

Creyeron muchos valencianos, y así lo decretó el místico y consuetudinario Tribunal de las Aguas, que faltaba a las buenas prácticas de los huertanos, que ni arrancan flores al tuntún, ni comían coles a destiempo. Un grupo de radicales herbívoros, en concreto, veinte cebras recién traídas de África, reivindicaron el papel importante de Báñez en su tierra, y de la protección que merecían las flores del campo, desarraigadas y acosadas por ser tan solo bellas y hermosas. La guerra en África estaba levantando ampollas, y los generales fallecidos, a los que no se les pasaba ni una coma, eran héroes y mártires. La presión obligó a Pascuala a tomar una decisión.

—En cuanto acabes los estudios, nos trasladamos al pueblo, del que nunca teníamos que haber salido. Esto está lleno de luneros —dijo Pascuala, su madre, sin sopesar que Amparín no había escuchado una palabra.

Bajo los aplausos y el cum laude del Conservatorio salió Amparín por la puerta de atrás, para no toparse con la manifestación de los incontrolados herbívoros que habían hecho una paella con varios defensores del Republicanismo Valenciano que por entonces se estilaba en los mentideros de Valencia. Vicente Blasco Ibáñez, eminente escritor de la tierra, escribió las arengas de sus compañeros de partido, lo que hizo que Amparín odiara hasta el final de sus días a todos los escritores y mercachifles de la ciudad del Turia.

Por eso, es razonable que cuando Argimiro le contó a su esposa que había estado con un poeta granadino llamado Federico, y que le había regalado una poesía, ella arrugara la nariz con coquetería y enfado. Besó a su marido en la mejilla, un beso tan casto que se tornó sensual y que abrió la caja de pandora de aquella familia, donde se sembraron, en los hijos, los bienes y los males, en una distribución que extendía los límites del tiempo y del espacio.

Aquel beso fue como el que en el presente le rogara su mujer intentando con muestras insistentes de cariño —y de imperativos— que Argimiro no se dejara morir tontamente.

—Con lo que me ha costado superar la muerte de mi padre —dijo ella.

Y es que no estaba dispuesta a permitir que un poeta granadino se interpusiera entre ella y el amor de su vida, su adorable Argimiro Montañés, por el que bebía los vientos y los mares, con deseos hirvientes por acariciar su espesa y adorable piel de hombre apolíneo.

Aquella noche, tocó Amparín varias polonesas muy jaraneras, que agradaron soberanamente al hidalgo general Antonio Alarín-Vicente Yagüe, el cual, sentado sobre el butacón de su salón de espejos particular de Yecla, estuvo rodeado de los pocos nietos que le quedaban con vida, y de una muchedumbre de bisnietos y de tataranietos, algunos llegados de los confines de la tierra para homenajearle como merecía su casi bicentenaria existencia. Amparín disfrutó entregada al piano, sólo atacada por ligeros ramalazos de una melancolía risueña que sacudía sus ojos tibios, agregándole un nudo en la garganta. No podía dejarse llevar por sus sentimientos, pues una buena profesional no adolece de emociones cuando está dando lo mejor de ella misma al piano. No pudo evitar, no obstante, que algunas notas se fueran del pentagrama ante la pena que asolaba la tonada, que aunque era agradable y gozaba de ritmo y alegría, había sido compuesta por un autor polaco alejado de su tierra, y emigrado a las noches parisinas, donde la luna anuncia de madrugada la caricia de la soledad.

Amparín intentó por todos los medios que aquellas notas se quedaran en su sitio, pero las corcheas, que son las más levantiscas, se arremolinaron a modo de semicorcheas con puntillo, y luego se entregaron a devorar a quince fusas y semifusas, logrando que la velocidad de sus manos tornara una esfinge de rabia contenida en su rostro. ¿Por qué quería morirse su marido, si ella lo adoraba desde que lo viera por primera vez? ¿A qué la vida?

Aplaudieron los presentes a rabiar viendo la rapidez y la proeza de sus manos en sincronía con el gesto elocuente y tenso de su rostro, pero no pudieron evitar que varias de estas notas saltaran de la partitura a la pared embriagando con sus cuerpos pentagrámicos y sinfónicos las paredes de la estancia.

D. Antonio Alarín-Vicente Yagüe, que había guardado durante años la amatista entre sus pertenencias, comprendió que era un efecto secundario de la belleza enigmática de Argimiro, su esposo, y sin que alterara los signos evidentes de su prudencia, pronunció unas palabras cuando terminó la melodía que dejaron boquiabierta a Amparín.

—Usted, mi querida Sra. Villarino, está enamorada a rabiar de su esposo Argimiro. Nunca vi tanta emotividad en una pianista. Es usted una artista única.

Y ella, alcanzada por aquellas palabras, se ruborizó; y tras sopesar lo que tenía que decir, repitió lo primero que se le pasó por la cabeza, una frase repetida cuando le preguntaban por su marido.

—¿Mi marido? Le he puesto el calzón y lo he dejado metido en la cama —dijo comprendiendo que nadie entendería la copla excepto el hidalgo Antonio.

—Debería tener cuidado de los celos de la tarántula, siempre está preparada para envenenar la existencia de la gente buena.

Y Amparín asintió con el vaso de ponche recién agarrado de la mano. Era una noche tibia, donde el sol dejaba su reguero en luz en los errantes astros que todos llaman planetas. Las estrellas acompañaban insistentemente con el desenfreno de su helio recién devenido de hidrógeno y deber.

— No obstante, gracias por advertirme, mi querido general. Ciertamente no es una noche como las demás. Mi marido desea la muerte, y no hace nada para evitarla —le confesó.

—Quizás no quiera morir en el fondo —contestó.

—Lo que me duele no es su muerte, sino que muera sin pensar en mi dolor —contestó, y el general comprendió inmediatamente.

Él mismo había dejado en el campo de batalla, a lo largo de su larga vida, a cientos de hombres moribundos, cuya pena era que morían sin poder susurrar a sus amantes, esposas e hijos el profundo amor que hubieran podido mostrarles, si la muerte no hubiera llegado con su lascivos deseos de perforar y destruir el alma humana. Recordó, él mismo, lo mucho que había amado a su esposa, de la que había olvidado su nombre de tanto que la idolatraba. La señora Muñoz, la señora Muñoz, y no conservaba en ningún lugar su nombre de pila bautismal. Era una dama, la señora Muñoz. Y no recordaba más de ella.

Había visto pasar a tantas personas por delante de sus ojos que no añoraba el caudal de vida que había cursado por culpa de la amatista de la plaza, la cual, una vez perdida, le había obligado a ver pasar los años uno tras otro. Había envejecido más en los últimos decenios sin la amatista, que todos los anteriores donde enfermaban y envejecían los demás, para finalmente ahogarse con lágrimas y miedo en los ojos.

—La entiendo perfectamente —le dijo—. Si quiere puedo hablar con él.

Y el ofrecimiento se entendió como una gota de perfume en el laberinto del Minotauro, un atractivo regalo para una vida que sufría lo indecible el desamor, que es el peor de los males. La gala continuaba y no era momento para continuar platicando, aún quedaba interpretar el repertorio completo hasta que la noche agonizara en sus manos y dedos ágiles.

—No obstante, mi experiencia me dice que el amor que sienta él hacia usted no tenga nada que ver con sus deseos de morir. Cuando alguien pierde el trabajo, es natural que se pierda la cabeza. Debe usted levantarse y continuar con la vida —le dijo el general en medio de una corte de familiares que pedían más música y más fiesta.

Amparín volvió a su pianoforte, pero en esta ocasión las notas que salieron del pentagrama fueron más vivarachas y entretenidas. Había comprendió por fin el sentido de la polonesa, incluso de toda la historia de la sufrida Polonia, una nación que había tenido que levantarse cientos de veces contra sus agresivos vecinos. La redención, si es posible configurarla de alguna manera, tenía sentido en un pueblo que reflexionaba sobre su destino y su razón de ser en el mundo que le rodea. Por eso Polonia estaba redimida, y por eso España caminaba hacia una guerra maldita entre ideólogos con ansias de justificar su pereza ética y su maldad, con razonamientos deshumanizados, de esos que tanto gustan a los científicos de la historia como a los científicos de la religión.

Terminó la canción, como si quisiera ocultarse de la nube negra que asolaba el Serratejo. La misma embriaguez de Amparín, que dominó a Argimiro en los días en los que se doblegó al amor, fue desgranando cuentas de un rosario de canciones interminables que hicieron las delicias de los presentes. Eran para su hombre, Argimiro.

Los vecinos, sin embargo, aplaudieron y se enorgullecieron de tener entre sus coetáneos a un hombre como D. Antonio Alarín-Vicente Yagüe, de tanta longevidad y fantasía, un hombre como de otro tiempo que sabía adaptarse perfectamente a las circunstancias, sabiendo que la fiesta era bienvenida en cualquier época histórica y prehistórica.

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