Entrega 29. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS.

Algunos en el pueblo ya habían pensado en lo felices que serían si instalaran una torre como la de Eiffel en París, pero otros, que despreciaban las obras hechas en hierro, añoraban las casetas del cinematógrafo que tantas alegrías estaba dando a los californianos.

Unos soñaban con ungüentos para curar todas las heridas y otros con envases mágicos que preservaran la leche en perfecto estado durante una semana. Llevaron varias muestras de distintos tipos de plástico elaborado a partir de una sustancia llamada aceite de roca (petróleo), y las primeras experiencias extrasensoriales se dieron cita alegando que la parapsicología era tan ciencia como la física cuántica.

—Esto sirve para envolver los bocadillos de atún en escabeche que abrimos de las latas de conservar —dijo aquel vendedor desde su puesto de novedades.

Y los que se enracimaban se asustaban de ver tantos adelantos en un momento. Algunos creían que iban a desaparecer las longanizas, así tal y como las conocían, las de Abundio, e imaginaron que terminarían comiéndose la hojalata de las latas de conservas.

—Esto sirve para abrir la lata de conservas sin dañar el atún —y mostró el feriante una especie de ganzúa gigante.

—¡Oh! —exclamaban los yeclanos a coro.

—¿Y se puede guardar el atún que no se coma durante dos años? —preguntó una señora que todos la tuvieron por tacaña y amarreta.

El hombre no contestó, y es que las principales novedades que se iban a exhibir en la Exposición Universal contaban con unos precursores que no iban a ser, ni mucho menos, los grandes inventores y progresistas que llegarían luego.

Se inició la Exposición el día de San Antonio, en pleno mes de Junio, lo que fue a las claras un error de las autoridades, pues la cantidad de personas devotas del santo franciscano y lisboeta vació el parque a las horas de precepto y oración, que fueron muchas a lo largo del día.

Sin embargo, aquello no tuvo consecuencias, pues a las ocho de la tarde, el recinto se había quedado pequeño para los yeclanos, que acudieron en masa desde el primer día.

Allí estuvieron de gala los más importantes feriantes con los más extraordinarios adelantos de la época. Llamó la atención unos calcetines que no se caían y que no necesitaban calzar de ningún tipo, ni lazos ni ligas. Gustó mucho un casco capaz de leer los sueños, cuyo único problema, decían sus inventores, era convertir los impulsos eléctricos del cerebro a luminarias verdes y rojas. En el futuro nos contarían los sueños como en Morse, decían aquellos austriacos de grandes mostachos, gente que nadie entendía en el pueblo que no estuvieran en el frente luchando por su patria. No obstante, eso no impidió que casi todos en el pueblo se probaran el casco bendito, a la par que un caricaturista de Alicante, lugar donde se tomaban las aguas, les hiciera un simpático retrato a muchos de los vecinos pudientes que amaban el arte pictórico.

Los puestos mostraban lo que las inteligencias de occidente estaban desgranando para vencer en la guerra, pero ninguno enseñaba todas las carta.En esos días, se dieron cita en Yecla los más extraños personajes del espionaje internacional. De hecho, la única posada de Yecla decidió no pedir registro de alojamiento, permitiendo que los de la Triple Alianza se ubicaran en el ala sur, y los de la Entente lo hicieran en las habitaciones del lado norte. Los problemas arreciaban cuando se encontraban en el desayuno, confeccionado a base de tortas fritas y aceite, que no probaron pensando si los envenenaban sus enemigos de siempre.

Los ingleses contaban a las clara que habían descubierto un aparato para detectar al enemigo en la guerra, mediante una especie de señal en eco, pero que no lo desvelaban porque los espías pululaban por doquier. En realidad parecían querer de tal manera deprimir los escasos ánimos de un enemigo que había chocado una y otra vez con unas trincheras insidiosas e infranqueables. Los alemanes y austrohúngaros que acudieron presumían de poseer unos carros de combate, que estaban cerrados por todos los lados y que guardaban en su interior a dos o tres personas armadas con escopetas hasta los dientes.

Tampoco se vio nada de eso por el Parque de San Francisco; y así, los rusos ofrecieron unos exvotos de un santón influyente llamado Rasputín; los alemanes unas salchichas prensadas sin huesos; los franceses unos quesos con moho verde y los ingleses unas sartenes donde no se pegaban las gachasmigas. Ni que decir tiene que todos estos presentes se fueron agotando, y se pudo financiar parte de la guerra gracias a unas ventas tan enjundiosas y lascivas.

También fue reseñable la presencia de varios chinos, los primeros Chian, con artilugios nunca vistos: tintas invisible, amatistas de terciopelo que controlaban el tiempo, y varios tipos de arroz, que fue a la postre lo único que vendieron en el pueblo: paellas con trozos de tortilla y guisantes.

La estrella de la feria fue, y esto todos tuvieron que asumirlo, el anclaje de tres aviones aeroplanos, exportados de los Estados Unidos de América, que sobrevolaron el cielo del altiplano. Despegaban y aterrizaban del viejo camino de Sax, lo que produjo algunos problemas en los ejes de las ruedas finas de aquellos artefactos. Varios vecinos subieron a los aviones y hablaron maravillas de la experiencia. Hasta que chocaron con un dirigible llevado a la Feria del Pinoso que durante esos días también se debió celebrar sin conocimiento de los yeclanos.

Los vecinos enmudecieron, porque si el progreso significaba que se muriera la gente en el aire y se cayera desde medio kilómetro de altitud, entonces se podía renunciar perfectamente. No obstante, y a pesar de las carencias y los accidentes, el evento fue un éxito.

De hecho, la Exposición Universal sirvió para que Jacinto Gómez Santaolaya, que por entonces era pequeño, se entusiasmara con las novedades y decidiera ser inventor de todo lo que la gente parecía pedir, y es que el muchacho tenía un corazón servicial y entregado, como pocos vecinos en la plaza del Teatro.

Fue allí cuando se fijó en las amatistas del tiempo, las que nunca pudo comprar, pues no estaban a la venta, pero que supo, por sí mismo, que existían. Tuvo que reconocer que era demasiado tarde, y que la única amatista que había en el pueblo con tales características la poseía el viejo Antonio Alarín-Vicente, un hombre que debía de haber hecho un pacto con el diablo, pues era el único hombre del siglo XVIII que todavía vivía, y con aparente fortaleza, hasta bien entrado el siglo XX.

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