Entrada 27. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS.

La misericordia había aflorado en las almas de aquellos caritativos señores y no podía ser menos. Eran gentes entregadas a la documentación y el legajo; imponían primero cargas a los hombres, y luego se las levantaban para aparentar bondad y magnificencia ante el pueblo. Se contaba, por ejemplo, que las herencias se atascaban durante años, y como todos aquellos señores del “Negociado de Calamandurrios” había sufrido en sus carnes al tener que hacer los papeles en Yecla, decidieron causar graves quebrantos de salud y no menores disgustos. Una tarde, sin avisar, determinaron olvidar los temas y asuntos que desvelaban a los vecinos causándoles insomnio. Y nadie reclamó los años perdidos, ni a las personas olvidadas.

Hubo una excepción. En verano les recordó Amalia, a propósito de la fructífera testada que legaron sus antepasados, que tanto Francisco Montañés como Leonardo Onarres (suegro y padre respectivamente) seguían sin morir oficialmente. Les explicó que se habían traspapelado los certificados en un proceso administrativo y registral ralentizado. Y que no había podido hacer nada, ni por alargar el tiempo, ni por acortarlo. Les confesó en su desgracia y aburrimiento que había estado yendo y viniendo al juzgado casi todos los días durante cinco años. Los hombres le dieron la razón, pero tampoco pidieron perdón, no se enterara el vecindario de que eran débiles con las mujeres, y recios y firmes con los hombres.

El hecho es que José Justo creció escondiéndose en su casa, de ahí que cuando alcanzó una edad importante, se sintiera abandonado por los suyos. No había sido culpa de nadie, de las circunstancias tal vez; pero era el precio que había que pagar por vivir en el altiplano, el mismo que compartían con creces. Nos toca vivir con los demás y no coincidimos con los mejores, dijo Argimiro ejerciendo de hermano mayor.

Amalia justificaba su desidia para con sus hijos echando la culpa a la ataraxia de los epicúreos. Dijo que los días que vino José Justo al mundo fueron de unos amaneceres sorprendentes, y se quedó tan ancha. Lo cierto es que nadie esperaba su nacimiento y menos ella. Explicó que cuando rompió aguas, pensó que tenía el suelo pélvico en las últimas, y cuando notó unos pinchazos en la espalda creyó que era porque llevaba dos años recogiendo ciruelas para los experimentos de los científicos de la Sociedad de Cazadores. Nadie advirtió al médico de que estaba embarazada, y cuando llegó el galeno para hacerse cargo del parto, ya tenía José Justo el cordón umbilical cortado, la placenta en el retrete, y el sueño dentro de un armario donde lo ocultaron hasta que se ausentara aquel matasanos con su visita inoportuna.

Comentaron las vecinas a Argimiro, que fue el hermano más interesado en el extraño caso, que el médico recomendó caldo de pollo para aliviar la gripe española, que era lo que le pareció padecía aquella mujer tan sudorosa, y se fue sin apreciar ni dar cuenta a las autoridades de que había una nueva vida en la casa de Juan Montañés y Amalia Onarres.

El muchacho creció en un ambiente sano, pero lo hizo con el trauma que padeciera en su infancia. No pronunció la “erre” hasta los doce años, gracias a la ayuda de Alfonso, y siempre estuvo en su propia casa como escondiéndose y huyendo.

—Lo mejor, madre, es que José Justo madure recorriendo mundo —le sugirió Gerardo por carta mientras hacía el Servicio Militar en África.

Y tenía una parte de razón, porque José Justo se estaba convirtiendo, con tantas excentricidades, en un chico “mimado”, incapaz de valerse por sí mismo, y con una sustancial “carencia afectiva” sobre sus espaldas.

—¿Tú conoces el futuro? —le dijo una tarde a su hermano Argimiro.

La pregunta cayó de sorpresa al hermano mayor, y Argimiro, que no entendía por qué su hermano conocía el secreto que había guardado desde su infancia, se avino a hacer una explicación que pudiera, además de tranquilizar el alma inquieta de José Justo, resolver una falla traumática que los separaba, y que también los unía.

—Es una habilidad que tenemos algunos en el pueblo, pero no conozco a nadie más, vivo, que ahora pueda valerse de ella —le contestó.

—¿Y por qué no te dedicas a hacer como que lees el futuro con cartas o así? Seguro que ganarías mucho dinero.

Y Argimiro, que estaba ansiando poner un negocio que prosperara en el pueblo, el segundo negocio tras la imprenta, se preguntó por qué había estado tanto tiempo escondido aquel hermano suyo que le era especialmente preclaro. Agradeció a su hermano el gesto, y tras sopesar con los ángeles del cielo y del infierno, tomó una decisión que lo mantuvo ocupado durante muchos años y que el recordaría como los mejores años de su soltería.

El negocio engrandecía la mesa tercera de la cantina donde repartió dividendos. Se ubicaba el lugar junto al Mercado central y frente al Ayuntamiento, en una plaza donde nadie supo nunca por qué se había quemado la iglesia de la Asunción, la única de sus características que estuvo cerrada durante más de mil años. Lo verdaderamente grave fue que, aunque el negocio marchó viento en popa, no faltaron maledicencias y envidias, las mismas que afloran en todos los lugares donde hay trigo y cizaña.

Se ayudó de su hermano José Justo para iniciar las primeras relaciones sociales con los posibles interesados, pero había que reconocer, y en esto Argimiro siempre fue un hombre más bueno que clarividente, que su penúltimo hermano no conocía a nadie ni tenía la soltura suficiente como para llevar una cartera de clientes de calidad. Por eso sólo pudo atraer a unas pocas mujerucas de raigambre hebrea, que también vivían en clandestinidad cerca del cerrico del Castillo; sin que faltaran las autoridades locales, que deseaban más que nadie saber lo que iba a pasar en España. Habían oído hablar de las gracias especiales derramadas por los dioses sobre la familia de los Montañés Onarres, y se aprestaron a soltar billetes de una peseta por cada avance en las sombras que iluminara el primogénito de los Montañés.

—Nos gustaría saber si la religión se va a extinguir en el pueblo —preguntó el presidente de la logia masónica, el cual acababa de colocar a su cuñado de nuevo alcalde.

Argimiro dudo si mentir a aquellos prebostes, pero su hermano le convenció de que había que decir la verdad. No se podía mentir al futuro, pues estaba en juego un negocio que se basa en la confianza que dan los demás a la veracidad de los oráculos profetizados.

—La Parroquia de la Concepción será incendiada y en sus altares se venderá pescado a tres pesetas, y carne de conejo a dos perras gordas el kilo —dijo viendo un futuro incierto que no sabía si era lejano o cercano.

Los de la logia, que había acudido en comandita, se alegraron con las palabras de Argimiro, comprendieron que el fenómeno era único y le dieron, para que se congratulara con su nueva apuesta por la verdad racional, un bono para la Sociedad de Cazadores y cincuenta pesetas ahorradas por la logia, casi una fortuna.

Pero los pueblos a menudo están llenos de chinchorreos y habladurías, y las palabras que había sentenciado, no imaginaron las consecuencias.

Se despertaron las ánimas más beatíficas de los yeclanos, que se comportaron como los más vulgares e insidiosos conspiradores. Varios santos se incomodaron, y el sacristán tuvo que calmar al párroco, que hasta ese día le habían hecho gracia las excentricidades de los Montañés.

—Esto pasa de castaño a oscuro —dijo el hombre, y poniéndose el bonete, las puñetas y un gabán sobre las faldas negras de su sotana, y cruzó la plaza del Ayuntamiento para pedir explicaciones al pitoniso.

Entendieron algunos que no eran explicaciones lo que pedía sino una cita velada que le indicara una salida honrosa a su juego de cartas con el alcalde, el boticario y el maestro, donde perdía la dignidad y el dinero.

—No se preocupe, es verdad que se incendiará, pero luego la restaurarán, y habrá más devoción que antes a la Virgen Santísima —confesó Argimiro viendo con nitidez los años de la posguerra civil.

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