Entrega 7. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS

Todo lo había conseguido Angustias con sus solas manos y su influencia de serpiente bendita. El marido de Angustias se doblegó en cuanto abundó en su mesa la fabada, el filete de ternera y el arroz con leche —era asturiano de adopción—, pero no pudo convencer a sus antepasados de que era menester cambiar el doble apellido por uno simple de cada cónyuge.

—¡Llámate como te dé la gana! Pero no nos des la murga con nuestros apellidos —le dijo su suegro, un hombre de rancio abolengo e hidalguía de hambre.

Y el hombre que no dijo nada, fue llamado a partir de aquel instante el Bragueta, en honor a Angustias Mochales, su esposa. Ella, que en aquel momento le servía una sopa con fideo grueso, dejó el asunto de su suegro para la eternidad y empujó a su marido para que aceptara el trabajo como un mal menor.

Unas horas más tarde, cuando empezó a inundarse los bolsillos de monedas de oro —pues nunca habían ganado nada—, cambió el Bragueta de parecer y concluyó que el mal del trabajo no era tal, y que valía la pena tener más dinero que cualquier otro que hubiera en el pueblo. Por esa razón, y no otra, el hombre compró ricas telas y encargó al sastre Luna e hijos que le hicieran el más estrambótico traje que fuera posible, pues si era el hombre más rico del pueblo, tenía derecho a aparentarlo.

Angustias, que había abierto la puerta al trabajo, y por tanto al diablo que dialoga con la clase media, se alarmó que su esposo, el Bragueta, quisiera seguir trabajando hasta ser el hombre más rico del pueblo, incluso con ambiciones de ser el más rico del mundo. Y él, que nunca tuvo raciocinio sino para rehuir el conflicto, no comprendió que hacer alarde del dinero ganado, los colocaba en la clase alta, y no en la clase obrera y jornalera que es donde Angustias quería estar para codearse con la masa.

—¿Y por qué tenemos que parecer pobres y miserables? Yo creo que es mejor tener buen aspecto —dijo mirando el talle de su nuevo traje, de seda verdosa con ribetes de amapola herida.

—Porque si no, vendrán los revolucionarios y nos quitarán lo que tenemos y lo repartirán entre los pobres. Es mejor parecer pobres y que se lo quiten a otros para que nos lo den a nosotros.

El Bragueta no lo entendía de ninguna manera, pero como no se atrevía a discutir con su mujer, guardó el nuevo traje, uno que le había costado media cosecha de uva moscatel, cinco pesos de monedas de oro y varias tardes en casa del sastre Jacinto Gómez Luna e hijos. Se plantó en la cocina de su casa con los harapos que había descosido Angustias Mochales la noche anterior, y pidió la cena con la humildad y el afán de un jornalero hambriento.

Por desgracia, la mujer no quedó conforme con la decisión de su marido, pues sabía de los chismes que corrían por el pueblo a propósito de la riqueza y la miseria. Cenaron aquella noche, pero al día siguiente volvió a la carga con nuevas armas y ambiciones para reconquistar a su esposo.

Ciertamente, la pécora había trabado amistad con el visillo que decía verdades a destiempo. Es decir, había escuchado a la tarántula de la plaza que no eran pobres todos los que aparentaban pobreza; y ella, que anhelaba ser la más obrera y paupérrima de todos los jornaleros —para obtener y acaparar más derechos humanos reconocidos en el futuro— se encendió de santa ira.

Bajó a casa y llamó a su marido, que en ese momento estaba contando los doblones de plata en el ataúd de su viejo y augusto padre. Lo iba a enterrar en monedas y enjoyado como si fuera un Rey, pues pensaba que estaría más seguro su dinero en el panteón familiar que en la bodega de casa. El hombre no pudo salir de su asombro cuando le conminó a que tuvieran de doce a quince hijos, como los menesterosos.

—Los pobres tienen muchos hijos, son proletarios. Así es en Inglaterra, y así tiene que ser aquí. Si no tienes muchos hijos pareceremos ricos y nadie nos querrá. Y el día de mañana, se repartirán nuestro dinero.

—Pero si tenemos muchos hijos… tendremos que mantenerlos y nos volveremos pobres —contestó él, soñando ya con un desayuno belga, consistente en una patata cocida y un vaso de agua.

—Es lo que se lleva ahora, hijo. ¡Qué le vamos a hacer! Los pobres, cuando tienen hijos en abundancia, se llaman proletarios; entonces los ofrecen a las empresas para que los exploten con salarios de miseria y así les roben la plusvalía. Pero más adelante, cuando llegue la revolución proletaria, la nuestra, seremos otra vez ricos, pues nos repartirán el dinero de los opresores.

—¡Mujer! Si para entonces no habrá ricos. A este paso, no habrá nada para repartir. Además, ¿qué hago entonces con las joyas de mi padre?

—Entiérralas y olvídalas. El pasado es pasado. Nosotros lo que tenemos es que empezar a tener hijos —le solicitó con verdadero deseo.

Y como la mujer seguía de buen ver, enseñó la rodilla a su diligente esposo, que aquella mañana prefirió no hincar el diente en la patata, sino en la costilla de su hembra.

Encargaron el primero, que vivió sano y feliz; luego vino el segundo, que tuvo el sarampión y se murió. Eso les obligó a tener más deseos de copular, y con la luna llena lograron engendrar dos de un golpe. Angustias se sentía dichosa, porque de una atacada empezaba a parecer menesterosa y víctima oprimida. Además, el bueno del Bragueta estaba cada vez más enamorado de su nueva vida, trabajaba como un león limpiando basura por las calles, sacándose un jornal de miseria en el campo en los meses de estío y vendimia, y alimentando y cuidando a sus hijos. Al siguiente hijo lo abandonaron en un orfanato con gran alegría, jubilosos de que por fin la miseria se hubiera fijado en ellos. Dos años más tarde, parió Angustias otros dos mellizos que trabajaron con su padre de sol a sol. Nunca tuvieron ropa ni jabón, y caminaron descalzos hasta que las plantas de los pies se les volvieron de cobre.

—¿Y si la revolución no llega? —preguntó su marido cada vez más sometido de alegría por su nueva vida—. Casi sería mejor que no hubiera revolución, porque si llega, nos va a hacer la puñeta. A mí me gusta esta vida de miseria que llevamos. Además, no se está tan mal, por lo menos no hay que disimular el hambre como cuando éramos hidalgos.

—Ni me lo recuerdes —contestó ella asustada porque alguien supiera de su condición anterior.

Fue en esos años, cuando Angustias Mochales Quejido entró en el servicio de las casas ajenas. La mujer ya había parido unos cuantos hijos, y aunque su marido le empujaba a tener más hijos, ella empezaba a pensar que no era tan buena idea tener medio centenar de ellos.

—Yo creo, esposo mío, que en el futuro, cuando tengamos la revolución en marcha, no convendrá tener tantísimos hijos, porque el reparto de la riqueza nos va a dejar sin nada. Lo he estado pensando. Si dan diez mil duros por familia, y nosotros somos diez, apenas vamos a tocar a mil por persona; en cambio, si somos ocho, nos tocaría a mil doscientos. Es mejor no tener tantos hijos.

—No creo que nos den diez mil duros por familia, ¿quién ha dicho eso?

—En el sindicato dicen que nos van a dar diez mil por familia, cinco hectáreas, dos cabras murcianas, una mula y una casa majuelera. Vamos a ser colonos.

—¿Y de dónde van a sacar todo eso? ¿Tanto dinero tienen en el sindicato?

Pero no era el dinero lo que le preocupaba al Bragueta, sino tener que cultivar y cuidar una propiedad privada. Mientras habían sido pobres, nadie podía exigirles nada, pero si llegaban a tener una propiedad privada, otro más empobrecido podría hacer una revolución agraria sobre su revolución proletaria y quitarles su porción. Además, iban por los doce hijos, aunque su esposa contara diez olvidando que había tenido dos partos dobles.

—De los ricos, hombre. El dinero lo tienen los ricos. ¿Quién si no? Hay que tener menos hijos.

—Pues ya vamos por doce, que lo sepas —dijo pensando que tras la filoxera y la escasa vendimia, no quedaba nadie adinerado en treinta leguas a la redonda.

El Bragueta sabía que su suerte iba a cambiar. Se abrochó el botón del pantalón con la seguridad de que aquella iba a ser su última coyunda en mucho tiempo, pues sabía que cuando a su mujer se le metía algo en la cabeza, era capaz de perseverar hasta morir.

—¿Doce hijos? Tenemos que matar por lo menos a dos.

El Bragueta se quedó atónito y con los pantalones bajados. ¿Matar a los que eran sangre de su sangre? Aquello era, además un infanticidio, un asesinato, una ilegalidad y una crueldad. Habían criado con fervor y amor gratuito a sus hijos, les quería por encima de todo. Sabía que su esposa no guardaba demasiado afecto por los niños, nunca le habían gustado, pero de ahí a que pensara en matar a sus criaturas, le pareció una crueldad típica de la tarántula de la plaza, que continuaba con sus insidias. ¿Para eso los habían tenido con gran esfuerzo?

Se quedó de piedra como gesto de protesta, y Angustias recapacitó.

La mujer fue convencida definitivamente —por la luna roja — de que aquello iba a ser un asesinato; y ella, que no era de mal corazón, acepto la reprimenda silenciosa. Sin embargo, la relación con su marido quedó afectada por la malaria y el pensamiento de la tarántula, por lo que nunca volvieron a ser los mismos.

Tras unas semanas de partitura en sí menor, Angustias mantenía la tesis de que ahora las obreras debían emanciparse y terminar con la opresión de los varones. En especial, de los que solo saben hacer hijos a las mujeres.

—Si quieres emanciparte, vete a la mierda —le contestó el Bragueta mientras se volvía vestir con su traje verde, el que hacía años que no se ponía.

Y la mujer, que se había afeitado el cuero cabelludo para aparentar ser un hombre, se deshizo en improperios contra el que había sido su marido durante años.

—Así me agradeces lo que he hecho por ti —dijo mientras lo veía marchar por la puerta.

Y decidió cambiar de casa para evitar preguntas por su marido, pues las que le hacían por sus hijos no cesaban y siempre tenían el retintín de los que, desde una vieja moral, la acusaban de abandonar a su propia familia.

A ella le daba igual, pues era una mujer moderna, libre, emancipada, proletaria y ya se veía preparada para que la revolución socialista le diera el ciento por uno y la inundara de felicidad y de alegría.

Fue por aquel entonces cuando, aprovechando que el Bragueta había desenterrado a su padre en el cementerio, y le había robado las joyas que luciera en su funeral, se destapó ella en acusaciones contra el hombre y sus hijos. Las autoridades enterraron de nuevo los cadáveres putrefactos, que guardara en la bodega de casa, en el panteón sagrado, y Angustias, harta de las habladurías, entró a servir en casa de Argimiro y Amparo, que acababan de enterrar a su anterior criada, una mujer ciega y sorda.

Angustias Mochales Quejido, que sentía una especial simpatía por los que sufrían sus miserias, decidió que iba a ser el mejor lugar donde trabajar.

—Mi marido no trabaja. Fue despedido de García y Alcoholes y no quiere trabajar más en esta vida —le dijo Amparín, la valenciana esposa de Argimiro Montañés Onarres.

—Será un hidalgo de los de antes —le contestó con cierto mal tono, Angustias, el día que se entrevistó con la señora de la casa.

—Es más un librepensador, que es lo peor que se puede ser en este mundo. Así que la que saca un salario soy yo, pianista de las niñas del pueblo que se lo pueden pagar. Vienen a casa y les doy algunas clases.

A Angustias Mochales no le pareció que aquella actividad fuera demasiado proletaria. Asumía que era peor saber leer, que leer una partitura; pero tampoco le agradaba alguien que se entretuviera con la música cuando había que cambiar el mundo con las armas, la pólvora y la guerra santa.

Sin embargo, no dijo nada, pues a fuerza de escuchar las ideas jacobinas en el sindicato, había llegado a aceptar que cualquier opinión, por peregrina que fuera, podía ser defendida si le gustaba al Secretario General, que era el que prometía trabajo y pan a todos. Por eso, entendió que servir en casa de cuatro ricos era una cosa, pero enseñar galanterías de postín a niñas bien, era otra; el piano, que nunca lo había escuchado hasta aquella tarde, le resultó un lujo necesario —incluso prescindible— para cuando llegara la revolución. Pero la melodía que emitía era embriagadora. Algo bueno tendrá la burguesía, pensó. Y al instante se arrepintió de ser una burguesa camuflada.

Angustias prefirió no azotarse demasiado con su loca imaginación. Se entregó a la tarea de limpiar la casa de inmundicia y se desentendió de Amparín y de su piano. Cuando días más tarde descubrió al fondo del patio a Argimiro Montañés Onarres, que anhelaba su deceso tanto como ella deseaba la revolución, se dio cuenta de que se había equivocado toda su vida. Un hombre tan bello y hermoso, capaz de enamorar a cualquier sirena por mucho que surcara los mares de Ulises, no podía estar errado en sus fabulaciones.

Si aquel varón deseaba la muerte es porque debía de ser algo digno de encomio; y ella, que no tenía ningún interés en volver a ser rica, ni en seguir siendo pobre, comprendió que la revolución y dar la vida matando a cincuenta campesinos bolivianos, era el destino que le reservaba la musa. Morir por sus ideales, aunque fueran melancólicos. Sin embargo, no pudo abandonar su puesto de criada, pues deseaba compartir el techo con aquel hombre al que amó desde aquel instante y hasta el final de sus días. Nunca le molestaron las tarántulas que se daban cita para contemplarlo cada tarde.

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