ENTENDER LA POSMODERNIDAD CONTEMPORÁNEA: DEL FRAGMENTO A LA IDENTIDAD.

La historia del pensamiento y de la humanidad está plagada de bandazos que mueven las mentalidades de las personas de un extremo al otro. Tras el racionalismo llegó el romanticismo, luego el cientifismo y más tarde el irracionalismo. Tras los liberalismos llegaron los totalitarismos, para luego volver a ser desplazados por el neoliberalismo, que son a su vez bamboleados por los neototalitarismos del pensamiento único. ¿En qué punto estamos hoy?

La filosofía trata de analizar dónde está y quién es el hombre contemporáneo, y en su intento por clarificar y pensar lo vivido, seguimos caminando por la senda del desconcierto. Todo es casual, y nada parece tener sentido. ¿O sí lo tiene? La filosofía trata de clarificar lo enmarañado.

La posmodernidad se intuyó como la mentalidad que iba sustituyendo, poco a poco, a la modernidad. Se habló mucho de ello durante los años 90 y la primera década del siglo XXI. Había una nueva sociedad, nuevos tiempos, sobre todo tras la caída del muro de Berlín, símbolo de una modernidad atrincherada en discursos aburridos que tan sólo generaban escépticos y muertos. Ya no se quería ser científico sacrificado, sino que era mejor disfrutar de la fiesta y del presente. El nihilismo era la única alternativa al discurso moderno.

Esta modernidad ilustrada se fue agotando, hasta que surgió (años 80 y 90) un modelo de hombre nuevo, un hombre egoísta y fiestero que lloraba al mirarse al espejo, pero que era aparentemente feliz en la fiesta eterna del sábado por la noche. Un hombre sin rumbo, y ni falta que hacía saber adónde ir.

Se pasaba del hombre prometeico de la modernidad, el que robaba el fuego a los dioses y se enfrentaba a ellos, al hombre narcisista. El hombre posmoderno se embriagaba mirándose a si mismo, aunque se ahogara en su propia imagen. Narciso for president.

Se producía una fragmentación en el corazón humano. La moral se dividía en pública y privada, y el discurso y los grandes relatos se dividían en rizomas (trozos) pequeños de historias sin sentido. Entonces decíamos que el hombre estaba fragmentado, que se estaba rompiendo, que había perdido su integridad, su autenticidad y que volvía blando, light, débil y frágil.

Lejos quedaba el hombre revolucionario, el hombre resistente, el hombre osado que buscaba su destino, que hacía un discurso para cambiar el mundo. Ahora llegaba el agotamiento. No es posible un mundo mejor. «Dios ha muerto, Marx ha muerto y a mi me duele la cabeza». Eran afirmaciones de un ocaso sin tragedia, de una sociedad que desintegraba su esencia para volver al «apeirón» de Anaximandro.

Ahí estaban los filósofos como Deleuze, Lyotard, Foucault, Fukuyama o Mardones para confirmar el devenir del hombre moderno en una posmodernidad que no ha cesado, pero que se transforma.

¿Dónde está ahora esa posmodernidad?

Quizás de todos los elementos que anunciábamos entonces, el más fácilmente seguimos reconociendo es el narcisismo de la sociedad contemporánea. El peterpanismo, el miedo a crecer y a madurar sigue estando presente en una sociedad, cuyos “ejemplares inmaduros” ya gozan de sus cuarenta, cincuenta y sesenta años (basta ver first dates para comprobarlo). Además de peterpanes, narcisistas y egocéntricos.

Este narcisismo no ha muerto, ni siquiera ha retrocedido. Al contrario, las redes sociales lo han elevado a la categoría del clímax, es decir, el divino arte de los negocios. El narcismo es fuente de información de primera magnitud para los vendedores, que ya hablan de tribus humanas y no de ciudadanos, o usuarios. Con cada visita, cada like, o cada movimiento que hacemos, servimos —al que aparentemente nos regala algo— de una información que genera dinero y recursos. El narcismo es una fuente de dinero fácil en nuestra sociedad. Seres histriónicos deseando ser conocidos por su nada y que hacen de su identidad un problema para la historia.

Pero el siglo XXI ha continuado, y los nuevos tiempos van convirtiendo los múltiples fragmentos de lo pensado y lo existido del hombre en identidades, lo cual augura unos tiempos más recios y violentos que los anteriores.

Los narcisos se agrupan ahora en identidades compartidas. Los negros con los negros, y los blancos con los blancos, generando una exclusión a los que no poseen dicha identidad. Es lo que explica en la sociedad contemporánea la lucha de géneros (propiciada por el feminazismo o feminismo de tercera ola), o el frentismo político de cualquier movimiento anti-algo, desde los catalanes hasta el ecototalitarismo. Identidades que son de quita y pon, y que son elegidas en el supermercado del fragmento cultural en el que vivimos. Barsa Madrid.

Lo que ha sucedido es que Narciso escoge un fragmento y, tras asociarse a otros narcisos que comparten el mismo fragmento, hacen de ese fragmento una identidad excluyente. Siempre excluyente y enfrentada a alguien. Necesitan un enemigo al que demonizar y perseguir, pues se sienten mesías de su causa.

¿Qué fragmentos e identidades hay? Cualquiera que sirva para incluirse y excluir.

En ese caldo de cultivo importa mucho la tribu, la propaganda, alimentarse con nuestra propia identidad, aunque sea una identidad elegida al azar. Se cuecen en su propio jugo. Barsa contra Madrid, derechas contra izquierdas, mujeres contra hombres, trans contra el resto, y así sucesivamente, colapsistas contra ecofascistas… y hasta el infinito y más allá. Cada uno en su burbuja de identidad, y siempre luchando contra el enemigo.

Al ser identidades excluyentes abundan los insultos, los trolls, los convencidos, los indignados y una sarta inimaginable de debilidades mentales cuya principal aportación a la humanidad es levantar trincheras y lograr que el legislador me haga caso. Casi todos alimentan que nosotros somos los buenos y que los otros son los malos, y en ese movimiento emocional se ponen en marcha las manifestaciones, los linchamientos mediáticos, los acosos al discrepante y la persecución totalitaria, casi siempre alimentada por una masa amorfa y descabezada, cuyo única propuesta es tener una identidad de la que carecen, pues sólo absolutizan fragmentos.

¿Qué futuro nos espera? El de la lucha de identidades, es obvio. Una lucha que ya ha empezado para mucha gente y que sólo tiene como salida reafirmar la identidad perdida. Es la guerra por la guerra, el “polemos” de la propaganda que nos tiene que hacer creer que es mejor ser negro que blanco, ecologista que consumista, mujer y no hombre, lesbiana antes que trans, etc. Es imponer perspectivas de algo: de género, de inclusión, ecológica…

Sólo me queda una reflexión final a este marasmo.

Unir en griego es “simbolein” símbolo; desunir o fragmentar es “diaboléin”. ¿Alguien ve la mano del diablo detrás de todo esto? Yo sí.

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