LOS CUENTOS DE CHEJOV.

No es mi género favorito, quizás porque lo he explorado y practicado poco, pero reconozco que cada vez me atrae más el mundo del cuento y de la narración corta. El último descubrimiento se lo debo a Antón P. Chejov, uno de los grandes escritores rusos del siglo XIX.

Andaba detrás de este escritor desde hacía tiempo, y aunque poseo varios tomos de sus obras, algunas dedicadas al teatro y otras al cuento, no me decantaba por ninguna de ellas. Remoloneaba y me dejaba arrastrar por otras lecturas más suculentas e inmediatas, que quizás no me han aportado tanto como Chejov. ¿O sí? Ya no lo recuerdo.

Así fue que al cabo de un par de meses, quizás algo más, tomé el libro para asentarlo en mi mesita de noche, que es casi un ascenso militar dentro del extraño mundo de los libros de mi casa. Pasó de libro raso, a capitán general. El tema es que lo empecé a leer; y así, cuento tras cuento, estoy a punto de acabarlo. Obras completas, como a mi me gusta, aunque en este caso es una antología frondosa de la gran taiga rusa. Me quedan dos cuentos del tomo segundo, que, Dios mediante, hoy serán cero y tendré que devolver el libro a su estantería maternal, dejando al pobre tomo para la reserva, después de haber ofrecido sus servicios a mi menda lerenda.

Sé que no tiene mucho mérito leerme un tomo de cuentos a las bravas, pues tengo por costumbre, quizá sea una manía, leer mucho y todo lo que puedo de un autor si me gusta y me agrada, y en el caso de Antón P. Chejov, tengo que confesar, que sí, me gusta y es imposible que no enamore a cualquier curioso y amante de la lectura.

Antes que él cayeron los cuentos de Andersen, y tengo memoria de haber atacado por completo al norteamericano Edgar Allan Poe hace unos años. Entre medias ha estado devorando a Conan Doyle y su Holmes. Narraciones cortas todas ellas. También me metí una sesión completa del contemporáneo Orson Scott Card, tanto de sus cuentos como de sus novelitas. Años de lectura que son años de felicidad, y… ¿por qué no decirlo? Leer es un placer para iniciados.

Chejov es único. No se parece a nadie que yo recuerde haber leído antes, y el caso es que me resulta familiar todo lo que escribe y me cuenta.

¿Qué tiene Chejov?

Chejov me gusta porque escribe bien. Esto es algo que siempre tengo en cuenta en un escritor. Debe sonar la música de fondo de la literatura, y Antón lo logra. Esos escritores que escriben todos igual, sin personalidad, no me dicen nada.

En este caso, hay mucho mérito del traductor, Víctor Gallego, que pertenece a esa estirpe de buenos traductores que realzan el texto y lo mantienen hermoso, lozano y bello para los lectores de lengua castellana. Una buena traducción es, en ocasiones, tan imprescindible como un buen relato o una buena narración. Esa es mi experiencia.

Además de escribir bien, Chejov cuenta historias interesantes, incluso extrañas, las propias del alma rusa. Chejov muestra un mundo desaparecido, pero no por eso menos enigmático. Me ha recordado por una parte el costumbrismo de Blasco Ibáñez o de Zola; pero por otra parte, emparenta con la fuerza melancólica de Tolstoi, y la tiniebla que envuelve a los personajes secundarios de Dostoievski. Es ruso hasta la médula de la tristeza y la melancolía, hasta acabar con la botella de Vodka para luego marcharse a casa a cinco verstas en medio de la oscuridad de la noche helada.

Chejov es paradójico, pues es alegre, triste y melancólico al mismo tiempo. Quizás esa sea su característica más notable. No son historias que terminen bien o mal, son simplemente historias, retratos y fotografías de sucesos que no sucedieron, pero que bien podrían hacer sucedido. Todos sus personajes poseen ese halo de soledad que proporciona una vida dura. Viven la intensidad y la rutina con el mismo entusiasmo.

Hombres solitarios, bosques solitarios, frío y campesinos. Trabajadores cetrinos y sacerdotes ortodoxos. Es un mundo lleno de silencios, donde las mujeres son abandonadas tras amar con locura a sus hombres. Donde los hombres aman por encima de su moral. El universo de Chejov es único y no deja indiferente, es extraño y complejo, sencillo hasta la extenuación, y por eso mismo, está perfectamente elaborado y son buenos relatos.

Soy consciente de que he leído una antología de seiscientas páginas, y que los dieciocho tomos de cuentos que escribió Chejov, muchos de los cuales no están traducidos, esconden más relatos bellos y hermosos. ¿Algún día podré leerlos todos? Me temo que la melancolía me invade.

Confieso mi gusto por los clásicos. Una vez más, son los grandes de la literatura que no defrauda, y que por desgracia, son cada vez más desconocidos e ignorados. Tan ignorada como es Rusia por parte de la vieja Europa.

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