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Artistas libres; artistas controlados.

Cuando a un artista se le encarga una obra, la ejecuta y cobra. No hace lo que quiere, pero gana dinero. En este mundo del arte, el que paga, manda. O mandaba. Así ha sido durante mucho tiempo en el mundo del arte, de los artistas y de los escritores. Por eso, amigo lector, si quieres vivir de esto, tienes que buscarte un mecenas. O ser independiente y funcionario.

Te recuerdo que un mecenas es cualquiera que te da dinero por lo tuyo. Puede ser un lector o amazon. El problema es que a veces la obra no gusta mucho cuando es terminada, o que gusta pasado un tiempo, o que no es ubicada donde te esperabas.

Me cuentan que a veces el cuadro no hace juego con el tresillo de casa porque es de colores apagados, aunque también hay casos donde el pagador se “pasa” de cuando en cuando por el taller del artista y le da instrucciones, aporta su visión de lo que debe ser, y lo que considera que está bien o mal según su criterio y su bolsa. Poderío, que se llama. Sí moana, dice el artista. Mejor colores claros que hagan juego con el tresillo. Lo que usted mande, señor editor.

Lo dicho, tú eliges, o independiente o lo que diga el jefe.

Esta visión no está tan superada como podría parecer. El que paga sigue mandando, y salvo que un artista tenga una familia con pasta, le tocará plegarse a las exigencias de su jefe.

Hoy los que pagan son muchos (lectores y compradores) y piden que tu obra sea agradable, rentable y que valga algo, aunque sea en el futuro. Que no es poco. Ya saben, si no gusta tu cuadro al propietario de la galería de arte, siempre puedes venderlo a tus amigos, conocidos, despistados y turistas manirrotos. A veces te lo compran pensando que vas a ser famoso en el futuro. Ya está. Se lo vendes.

A los poetas siempre les queda un último recurso. ¡Amigo escritor, si tu poesía no le gusta a tu editor, siempre puede declamarla en el Campo Grande de Valladolid a los pavos reales! No pasa nada. Así empezó Clarín y terminó suicidándose.

Cada uno tiene su caché y para no amargarnos, nos recordamos una y otra vez que van Gogh no vendió una morcilla en su vida, y que mira ahora. Lo descubrimos tarde. ¿Seguro? Digamos que generó dinero tarde, cuando el pobre ya había palmado y no podía hacernos cientos de cuadros de girasoles similares. Si le hubiéramos pillado a tiempo…

Pocos artistas ha habido en la historia del arte que hayan sido verdaderamente libres. Pero los ha habido. Casi siempre responden al creador que ha logrado alcanzar un estatus y reconocimiento a partir del cual, hagan lo que hagan, tienen éxito y son apreciados. Dejan de ser deudores de sus intermediarios, e incluso de su público. Hacen lo que quieren, desde el punto de vista creativo, y todo se les perdona y se les compra. Porque son de fulanito.

Esto permite a los autores liberados crear sin cortapisas, construir su obra, pintar lo que les da la gana y como les da la gana. O escribir lo que les parezca sin que nadie les diga lo que tienen o no que hacer. Así le sucedió a Victor Hugo, pero no a Cervantes ni a Shakespeare.

Siempre me hace gracia que los mismos que coartan en el presente la libertad de sus artistas en nómina, son los que afirman guardar un amor desmedido por lo que hicieron los genios con toda la libertad del mundo. Y así encontramos al mismo editor que rechazó “Cien años de soledad” o abomina de “Marcel Proust” dando lecciones de lectoescritura a una camarilla de adláteres escritores que trabajan sometidos a él en la editorial equis. Ese mismo editor es además el que otorga los títulos de buenos escritores a los de su pesebre con la concesión de suculentos premios. Si les dices algo te contarán que si el mercado patatín, el mercado patatán. Y que ellos defienden el arte. Pero no es verdad. Lo esquilman sin sostenibilidad para el artista.

Picasso pudo pintar lo que le daba la gana cuando tuvo un estatus de pintor genial. Antes no, pero luego sí. Lo mismo le sucedió a Dali, que firmaba lienzos en blanco para incrementar su cuenta corriente. En la música popular, los Beatles decidieron dejar de actuar en directo y pasaron a experimentar en el estudio de grabación de Abbey Road en Londres, entre otras cosas, porque estaban hasta los mismísimos tarantinos de dar conciertos donde no se escuchaban ni a sí mismos desafinar del griterío que había. Hasta aquí hemos llegado, Paul, dijeron. Y se acabó. Y tres años después “Let it be”.

Los Beatles hicieron lo que quisieron, experimentaron e inventaron como quisieron. Revolucionaron gran parte de la música, y siguieron vendiendo discos. Son seguramente sus mejores discos, los menos comerciales y los más interesantes. Si no hubieran sido tan famosos, no habrían editado ni la mitad de sus discos, y hoy serían un grupo más de los muchos que hubo en los años 60 por la pérfida albión. No habrían salido de su pueblo, vaya. Por muy molonas que sean sus canciones no tendríamos la psicodelia del Sgt Peppers, ni el album blanco, ni habrían llegado a cruzar Abbey Road, frente a los estudios Apple, que ellos mismos fundaron.

El otro día me contaban las penas de varios escritores consagrados, teóricamente consagrados y conocidos. Escriben lo que todos esperan que escriban. Si han parido una novela histórica buena tienen que escribir una trilogía. Y cuando tienen una trilogía, otra segunda parte de la trilogía. Y así se pasan su vida de artistas escribiendo lo mismo que una vez escribieron. Son envidiados por el resto de escritores; pero es curioso que muchos escritores consagrados envidian a los que no tenemos tanto éxito, entre otras cosas porque disfrutamos de libertad para escribir lo que nos sale del prepucio, el pucio y el pospucio.

Ellos viven de escribir, o mejor dicho, viven de reescribir aquello que les dio éxito, y lo reescriben una y otra vez. Nueva novela del año, la última de fulanito. Y es igual que las anteriores, incluso peor. No tienen el suficiente éxito para escribir lo que quieren y en ocasiones se van autodestruyendo. En cambio los pequeños escritores que no vivimos del tema, podemos escribir más libremente, aunque tenemos que alimentarnos de otro empleo para sobrevivir.

Es curioso que haya sido así en la historia de la literatura de manera tan generalizada. Abundan los escritores militares, periodistas, profesores, funcionarios, hijos de papá, etc.

Los artistas de nuestro tiempo están controlados por el pensamiento políticamente correcto. Pero también por los grandes inversores de arte, gente que ha construido una maquinaria para vender y comprar arte, libros o cuadros al por mayor. Esa maquinaria tiene mucho que ver con la política y las ideologías del mercado democrático. Artistas de izquierdas y artistas contraculturales. ¿Les suena? Hay público para todo, es verdad, pero los grandes del negocio quieren productos de bajo coste y mucha venta. Por eso hay arte basura, arte para usar y tirar, arte mercado y arte clandestino. Libros basura y libros de usar y tirar.

Por eso muchos artistas hoy se rebelan. Autoeditan sus discos, sus libros, sus novelas y su pintura. Son los nuevos genios que no quieren someterse al viejo mecenas, ni a las viejas formas.

Yo quiero ser uno de ellos. Como los poetas, que son los más libres de todos. A ellos les basta con compartirlo en las redes sembrando luces de belleza donde antes solo había caos.

 

 

Incendio cultural en las letras: Víctor Hugo, Blasco Ibáñez y los cuentos infantiles.

Me produce cierta grima la reacción de la gente, sobreemocionada y antinatural ante el incendio de la catedral de París. Se multiplican las imágenes de Quasimodo abrazado, lloriqueando, y se evocan y se despiertan los símbolos de Europa, que nadie sabe quiénes son. En realidad el único gran símbolo europeo es el cristianismo, la base común desde la que hemos edificado desde hace milenios nuestra cultura romano-cristiana, hoy democrática y libre.

A mi me da pena el incendio, claro que sí. Estuve el verano pasado en París, y es una catedral magnífica y asombrosa. Pero también me llena de pena y de tristeza la destrucción de los Budas de Oriente Medio, la que el Estado Islámico se cargó; y también me horroriza el robo sistemático del patrimonio de las pequeñas parroquias de pueblos pequeños en Castilla; por no hablar del saqueo que sufrió el Museo Arqueológico de Bagdad hace unos años. La miseria no es nueva, están en la historia. Me refiero, por ejemplo a la destrucción de cientos de iglesias y de patrimonio por los revolucionarios franceses, que arrasaron con lo que les dio la gana cuando estuvieron por España en 1808. Animales e ignorantes siempre los ha habido en la historia, y no es nada nuevo. Lo malo son los que usan la sensibilidad y la teledirigen para que se llore por unas cosas y no por otras. Eso es.

En fin. El caso es que los que amamos la cultura y el arte, lloramos en silencio desde hace tiempo y casi todos los días por lo que viene sucediendo. Convivir con un sistema educativo que ridiculiza su propio patrimonio, que niega las humanidades en sus planes de estudios, o que convierte el saber en un eslogan, son parte de esa pena acumulada, de esa tristeza y de esas manos a la cabeza. Si no leen el Quijote, ¿cómo van a entenderlo? Les mandamos adaptaciones, de la misma manera que vemos los monumentos en foto. Para que te hagas una idea, niño.

Reconozco que lo primero que me vino a la cabeza, cuando ví las imágenes del incendio en la catedral de Notre Dame de Paris fue la famosa sentencia acuñada por las izquierdas: la mejor iglesia es la que arde. Hoy creo que están más calladitos, y me los imagino agazapados esperando que pasen unas semanas para seguir haciendo frases ingeniosas. Los memes en las redes lo petan, y como siempre, el mundo se entretiene con lo que vemos en la tele. Es el tema de moda, y dentro de unos años, la gente estará a otros asuntos. Ahora toca ositos de peluche con la cara de Quasimodo. Pues vale. Todo estupendo. Mañana será otra cosa.

Sin embargo, no es mi intención hablar del patrimonio perdido, sino del patrimonio olvidado, es decir, del patrimonio literario, el que conservamos y se mantiene en nuestra sociedad gracias a que existen lectores que leen y despiertan mundos escondidos y desconocidos.

Notre Dame de Paris, la catedral, está vinculado a la novela de Víctor Hugo, el libro. Una historia que como ha sido recreada en el cine por películas Disney, que le han dado la fama, pues todo el mundo como que lo conoce sin habérselo leído. Ayer creo que fue la novela más descargada en amazon en Francia, que imagino que era gratis hasta que la hora en la que incendió el monumento, pero tampoco voy a confirmarlo.

Lo paradójico: sin el incendio, mucha gente no habría leído la novela. Es triste, pero es así. Necesitamos que roben un cuadro famoso y salga mucho en la tele, para que nos interese el cuadro en cuestión. Y es que parece que la sociedad contemporánea no puede disfrutar de lo que descubre, sino de lo que le dicen que tiene que descubrir. Esto es arte, y esto no. Y es una pena, porque hay gran parte del patrimonio literario que se perderá por falta de lectores.

También hay un patrimonio cultural que se ha perdido en la albufera de Valencia, la de la cultura del arroz y del agua. La que plasmó bellamente la novela de Blasco Ibáñez, “Cañas y barro”. Me he dado una vuelta estos días por la albufera, hemos navegado en sus barcazas y he hablado con las gentes del lago de agua dulce más grande de España. Todo ha cambiado, y el mundo que reflejó el escritor Vicente, así me lo ha contado Vicent, un pescador, tampoco es el mismo.

La albufera se ha ido perdiendo poco a poco, ha ido cambiando para poderla conservar, pero los lugares de la novela, el entorno y la vida dura y sacrificada de los que vivían en ella. El mundo que Blasco retrató, permanece indeleble en sus novelas. Ese patrimonio está dormido, y conviene despertarlo algún día, porque ya no existe en la realidad. No hay huerta, ni albufera, ni campos, ni mercados, ni sociedades como las de entonces. Basta con leer las páginas de sus libros. Basta leer a Juan Valera, a Miguel Delibes, a muchos otros para comprobar como fueron otros mundos. Para saber quiénes somos y de dónde venimos.

La cultura se destruye, pero el libro, también aquí, permanece. Se quemará Notre Dame, y desaparecerá la forma de vivir de los del Palmar en la albufera, pero quedarán los libros, el patrimonio literario que nos cuenta cómo era, y nos lo cuenta haciendo de las letras y las palabras un arte. Tenemos un patrimonio de romanos, de griegos, de medievales, de renacentistas, de barrocos, de exploradores, de románticos y de realistas. Tenemos letras que son arte, puro arte.

Pero los libros también pueden ser quemados. Me refiero a la censura. Últimamente parece que hay bibliotecas infantiles y colegios que censuran libros infantiles, cuentos tradicionales y clásicos que son excluidos y relegados. La culpa la tiene el nazifeminismo que se va extendiendo por amplias capas de la sociedad con un único objetivo: imponer su visión fragmentada del mundo, y para eso no dudan en recurrir al terror de la censura y de la mordaza.

No me sorprenderían que con el tiempo se quejaran del sexismo de Quasimodo, y lo censuraran; o que dijeran que “cañas y barro” es machista; o “Arroz y tartana”… No hay que olvidar que son los mismos que afirman que “la mejor iglesia es la que arde”. Pues eso. incendio cultural.

Los Miserables de Víctor Hugo

  

Acabo de terminar esta novela magnífica novela, estupenda y bastante mal escrita. Lo que no sé es cómo lo he podido leer, si es un tocho de esos que nadie se atreve a editar por ser excesivo en páginas. Ha sido una suerte poder contar con un volumen de la editorial Aguilar, la que cuida sus traducciones por ser de épocas donde el lenguaje se cuidaba. Y ha sido una experiencia única, lo confieso.

No digo nada nuevo, pues al mismo Victor Hugo le achacaron que estaba mal escrita, y es verdad. No guarda los estúpidos cánones con el que nos seducen las películas, las novelas y el ocio en general que cuenta y que narra historias con las cartas marcadas. Esas que permiten que supongamos el final en cuanto leemos veinte páginas. Happy end. Esa que a la gente le molan porque le enganchan, como si quedara alguna historia interesante. Yo, tras la mierda de “el código da Vinci” que enganchaba mucho y no decía más que tontadas, recelo de las novelas que enganchan. Cuanto menos enganche mejor, por si acaso. Con que sea hermoso, los personajes sean interesantes, y esté bien escrito me conformo, y casi estoy pidiendo la luna, pues no todo el mundo es capaz de escribir con buen gusto y arte.

Le pasa lo mismo al Quijote, y cualquier editor moderno le diría al tal Cervantes que abrevie, que le sobran las digresiones y los cuentecitos; que hay que quitar trescientas páginas, vaya. A Hugo le sobrarían doscientas del principio, y otras cien de algunas partes. Eso sí, no tendríamos los Miserables, tendríamos algo parecido a una novela romántica algo ridícula. Lo que hacen en el teatro, musicales y cosas por el estilo es para el que no le gusta leer. ¿No han hecho película? Te preguntan los alumnos cuando hablan de alguna de estas magnas obras. Y es que estas novelas, La Regenta, el Quijote o Los Miserables, necesitan aire para escribirse y tiempo para disfrutarlos. Tiempo para la belleza y para la reflexión. Eso es. y la sociedad actual no es capaz de disfrutar de una obra de arte más de cinco segundos. Hacemos la foto, y nos vamos corriendo a otra cosas sin entender nada. Así funciona la música, las exposiciones, la poesía y la literatura. Y eso suponiendo que alguien lo consuma.

Yo creo, que el arte que seduce, nos atrapa y nos deleita embriagándonos. Cuando algo es bello nos obliga a mirarlo (un cuadro por ejemplo) cientos de miles de veces, de horas, de años. Por eso Los miserables es una obra revolucionaria, no porque tenga cientos de miles de frasecitas chorras de esas que molan en internet, a medio decir y no dicen nada, tipo: “el amor es lo que queda cuando el vapor del alma se disipa”. Ole mis… Ni tampoco es una obra revolucionaria porque nos cuente la historia de una barricada formada por gente que no sabe a lo que va (como hoy). Para mi gusto, por cierto, tampoco es original la historia de amor de Mario y Cossete. La novela es grande porque con todo eso hay dos grandes personajes interesantes que lo recorren todo: Jean Valjean y Javert. Porque está bien contado y para eso necesitó el autor un tocho de cientos de páginas, y porque cada párrafo guarda la belleza de un autor que escribe como él mismo. O sea, todo lo contrario de lo que recomiendan las academias de escritura, donde hay que escribir para que sea fácil de leer. ¿Para quién? Huyo de los libros cuya forma de escribir no reconozca como original y novedosa. Escritura estandar, no gracias.

De nuevo reconozco que los clásicos no fallan, que tienen ese algo que enamoran. Grandes personajes, reconocibles y tan veraces que se hacen de carne y hueso. Que los puedes tocar y que los conoces en profundidad. Grandes escenarios, lugares míticos del pasado o del presente, da igual. Y exquisitez para contarlo. Capacidad para escribir de manera única y bella.

Así me gustaría escribir a mi. Así que pediré a Victor Hugo que me de unas clases de narrativa, donde no me entretenga en agradar al público, sino en marcar mi ritmo y seguirlo hasta el final. Una obra única, sin duda. De las que no se olvidan.

El escritor en crisis.

Me confieso escritor en crisis. Ya está, lo dije, lo solté. Es normal. Todo escritor pasa por un trance semejante. Soy alcohólico, drogata, adicto al sexo, al mando de la tele, fumeta ludópata e insípido paterfamiliaris… da igual, lo importante es reconocerlo delante del grupo de autoayuda que es este blog: chicos, estoy en crisis. Y punto. Iba bien con los relatos y de repente me he mirado al espejo y he descubierto lo que pensaba que nunca me sucedería: los personajes se me han cabreado y no me cumplen en la historia, los relatos me parecen livianos y sin interés, y no sé si empezar nuevo o seguir con el mismo relato hasta que sea perfecto. Alea iacta est y quod natura non dat… Ale.

En realidad lo que necesito es que alguien me diga que soy bueno, cojonudo, que no abandone, que lo vuelva a intentar; y que ese alguien sea el que reparte los premios Nobel, el de los Planeta, los Ateneos y los Alfaguara. Premios, que por cierto es imposible que gane, porque no he enviado nada. Y es que estoy en crisis. Es imposible ganar un premio cuando no se participa en él, me dicen los amigos. Bueno no, digo yo: gané el Miguel Delibes de narrativa por mi primera novela, y que conste que no envié nada. Así que estoy en crisis y sin enviar nada.

Ando con la depre, y no por falta de ideas nuevas, creatividad o miedo al folio en blanco. No, no. Estoy en crisis porque es la forma habitual de estar cuando se crea algo. Tengo un lío con los personajes y las tramas, y estas cosas, que solo le pasan a los grandes escritores, también nos sucede a los pequeños y desconocidos. Yo creía que estaba vacunado de esas enfermedades molestas. Y ya ven. Me ha pasado y estoy más ojiplático que contento. No es un tema que me guste tratar, entre otras cosas porque supongo que entra dentro de la intimidad de cada uno, pero cuando uno está en crisis artística y literaria, pues es capaz de escribir, aunque solo sea, para reconocer sus miserias, y mi miseria más contemporánea es la de la pena mora que llevo en el alma.

El problema – y voy a confesarme como la Pantoja ante su público –  es que tras LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, trilogía que ya está escrita, escribí en un tiempo relativamente breve EL ÁNGEL AMADO. Era una novelita sencilla y pequeña, pero que me resultó fácil de componer y narrar. Apenas dos o tres correcciones, y ya estuvo terminada. Como se suele decir: de sopetón y sin entretenerme demasiado. Me gusta además como quedó. Y me embarqué con otras dos novelas distintas que he ido atendiendo y abandonando simultáneamente sin demasiado éxito. En los dos casos voy por la quinta o sexta redacción, y me siguen sin convencer. He aprendido mucho de mis errores con ellas, pero a cambio me he quedado compuesto y sin pareja de tango.

La primera es una novela introspectiva, con muchos volcados de mi infancia. Muy bien escrita, supongo, aunque con exceso de adjetivos y adverbios. Algo que por cierto, no gusta a los editores, agentes, etc. La releo y me gusta; pero también me disgusta. El personaje no me cuadra, y es que cuando se emplea un narrador omnisciente los personajes se mosquean y desbordan al autor. Y ahí ando, intentando que vuelvan al redil. Esta la veía ganando el premio Nadal, pero claro, a estas alturas de la historia, bastante lograré con que el protagonista no me despierte por la noche contándome que por qué le tengo haciendo el tonto por la trama. Me he vuelto un indolente, y mis personajes son ahora unos plastas que me persiguen. De tal palo tal astilla, claro.

La otra novela, de ciencia ficción, es estupenda. Empieza como un cañón, pero luego se me cae. Entre otras cosas porque al protagonista no le dejo que se líe la manta a la cabeza y se entregue a la aventura. Faltaría más. Mi historia no es de aventureros, y eso tiene un precio. Una novela donde el prota es un insulso no vale para mucho, sobre todo cuando hay que salvar el mundo y a la humanidad. Así que estoy en crisis, porque no me da la gana que el prota salve el mundo, que eso es una vulgaridad, y yo quiero escribir como Proust, y que mis personajes aburran a las ovejas mientras se contemplan a sí mismos.

Esto me recuerda que he cometido también un nefasto error, que ha despertado todos los demonios del críticón que llevamos dentro todos los escritores, y es que me gustan los clásicos; o sea, me emociona la literatura que no se me cae de las manos. Leí el otro día a Patrick Modiano, fantástico. Releo Platero y yo, sublime. Ando a vueltas con Victor Hugo. Y me entra la depre. No por ellos, sino por mi. Por que me veo incapaz de escribir Cien años de soledad, que es lo que me gustaría.

Me dice mi yo listillo que eso es absurdo, que cada uno escribe su obra maestra, y que no repetimos las obras que ya están escritas. Es verdad que Cien años de soledad ya está escrita, así que no tengo porque escribirla de nuevo. Cada uno tiene su estilo, su forma de hacer literatura, y no tengo porqué ser tan exigente conmigo. Que estoy llamado a escribir una obra maestra, pero la mía. Y yo digo que vale, pero no me lo termino de creer. Así que estoy en crisis, aunque seguramente, tras esta entrada, encuentre una salida digna a la crisis: Obedeceré al prota de la primera novela, y montaré un prota aventurero que te cagas en la de ciencia ficción. ¡Qué fácil! ¿No?

PD: Esto lo escribí hace veinte días, así que no me preguntéis por la crisis. En realidad estoy cojonudo, acabo de matar al narrador omnisciente de la tercera novela, y me está quedando de muerte. En un mesecito o dos termino y me abro la botella de champán esa que nunca tenemos los escritores a mano. Esa. La que nos prohíbe el médico y que nos trincamos a las cuatro de la mañana.

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