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Artistas libres; artistas controlados.

Cuando a un artista se le encarga una obra, la ejecuta y cobra. No hace lo que quiere, pero gana dinero. En este mundo del arte, el que paga, manda. O mandaba. Así ha sido durante mucho tiempo en el mundo del arte, de los artistas y de los escritores. Por eso, amigo lector, si quieres vivir de esto, tienes que buscarte un mecenas. O ser independiente y funcionario.

Te recuerdo que un mecenas es cualquiera que te da dinero por lo tuyo. Puede ser un lector o amazon. El problema es que a veces la obra no gusta mucho cuando es terminada, o que gusta pasado un tiempo, o que no es ubicada donde te esperabas.

Me cuentan que a veces el cuadro no hace juego con el tresillo de casa porque es de colores apagados, aunque también hay casos donde el pagador se “pasa” de cuando en cuando por el taller del artista y le da instrucciones, aporta su visión de lo que debe ser, y lo que considera que está bien o mal según su criterio y su bolsa. Poderío, que se llama. Sí moana, dice el artista. Mejor colores claros que hagan juego con el tresillo. Lo que usted mande, señor editor.

Lo dicho, tú eliges, o independiente o lo que diga el jefe.

Esta visión no está tan superada como podría parecer. El que paga sigue mandando, y salvo que un artista tenga una familia con pasta, le tocará plegarse a las exigencias de su jefe.

Hoy los que pagan son muchos (lectores y compradores) y piden que tu obra sea agradable, rentable y que valga algo, aunque sea en el futuro. Que no es poco. Ya saben, si no gusta tu cuadro al propietario de la galería de arte, siempre puedes venderlo a tus amigos, conocidos, despistados y turistas manirrotos. A veces te lo compran pensando que vas a ser famoso en el futuro. Ya está. Se lo vendes.

A los poetas siempre les queda un último recurso. ¡Amigo escritor, si tu poesía no le gusta a tu editor, siempre puede declamarla en el Campo Grande de Valladolid a los pavos reales! No pasa nada. Así empezó Clarín y terminó suicidándose.

Cada uno tiene su caché y para no amargarnos, nos recordamos una y otra vez que van Gogh no vendió una morcilla en su vida, y que mira ahora. Lo descubrimos tarde. ¿Seguro? Digamos que generó dinero tarde, cuando el pobre ya había palmado y no podía hacernos cientos de cuadros de girasoles similares. Si le hubiéramos pillado a tiempo…

Pocos artistas ha habido en la historia del arte que hayan sido verdaderamente libres. Pero los ha habido. Casi siempre responden al creador que ha logrado alcanzar un estatus y reconocimiento a partir del cual, hagan lo que hagan, tienen éxito y son apreciados. Dejan de ser deudores de sus intermediarios, e incluso de su público. Hacen lo que quieren, desde el punto de vista creativo, y todo se les perdona y se les compra. Porque son de fulanito.

Esto permite a los autores liberados crear sin cortapisas, construir su obra, pintar lo que les da la gana y como les da la gana. O escribir lo que les parezca sin que nadie les diga lo que tienen o no que hacer. Así le sucedió a Victor Hugo, pero no a Cervantes ni a Shakespeare.

Siempre me hace gracia que los mismos que coartan en el presente la libertad de sus artistas en nómina, son los que afirman guardar un amor desmedido por lo que hicieron los genios con toda la libertad del mundo. Y así encontramos al mismo editor que rechazó “Cien años de soledad” o abomina de “Marcel Proust” dando lecciones de lectoescritura a una camarilla de adláteres escritores que trabajan sometidos a él en la editorial equis. Ese mismo editor es además el que otorga los títulos de buenos escritores a los de su pesebre con la concesión de suculentos premios. Si les dices algo te contarán que si el mercado patatín, el mercado patatán. Y que ellos defienden el arte. Pero no es verdad. Lo esquilman sin sostenibilidad para el artista.

Picasso pudo pintar lo que le daba la gana cuando tuvo un estatus de pintor genial. Antes no, pero luego sí. Lo mismo le sucedió a Dali, que firmaba lienzos en blanco para incrementar su cuenta corriente. En la música popular, los Beatles decidieron dejar de actuar en directo y pasaron a experimentar en el estudio de grabación de Abbey Road en Londres, entre otras cosas, porque estaban hasta los mismísimos tarantinos de dar conciertos donde no se escuchaban ni a sí mismos desafinar del griterío que había. Hasta aquí hemos llegado, Paul, dijeron. Y se acabó. Y tres años después “Let it be”.

Los Beatles hicieron lo que quisieron, experimentaron e inventaron como quisieron. Revolucionaron gran parte de la música, y siguieron vendiendo discos. Son seguramente sus mejores discos, los menos comerciales y los más interesantes. Si no hubieran sido tan famosos, no habrían editado ni la mitad de sus discos, y hoy serían un grupo más de los muchos que hubo en los años 60 por la pérfida albión. No habrían salido de su pueblo, vaya. Por muy molonas que sean sus canciones no tendríamos la psicodelia del Sgt Peppers, ni el album blanco, ni habrían llegado a cruzar Abbey Road, frente a los estudios Apple, que ellos mismos fundaron.

El otro día me contaban las penas de varios escritores consagrados, teóricamente consagrados y conocidos. Escriben lo que todos esperan que escriban. Si han parido una novela histórica buena tienen que escribir una trilogía. Y cuando tienen una trilogía, otra segunda parte de la trilogía. Y así se pasan su vida de artistas escribiendo lo mismo que una vez escribieron. Son envidiados por el resto de escritores; pero es curioso que muchos escritores consagrados envidian a los que no tenemos tanto éxito, entre otras cosas porque disfrutamos de libertad para escribir lo que nos sale del prepucio, el pucio y el pospucio.

Ellos viven de escribir, o mejor dicho, viven de reescribir aquello que les dio éxito, y lo reescriben una y otra vez. Nueva novela del año, la última de fulanito. Y es igual que las anteriores, incluso peor. No tienen el suficiente éxito para escribir lo que quieren y en ocasiones se van autodestruyendo. En cambio los pequeños escritores que no vivimos del tema, podemos escribir más libremente, aunque tenemos que alimentarnos de otro empleo para sobrevivir.

Es curioso que haya sido así en la historia de la literatura de manera tan generalizada. Abundan los escritores militares, periodistas, profesores, funcionarios, hijos de papá, etc.

Los artistas de nuestro tiempo están controlados por el pensamiento políticamente correcto. Pero también por los grandes inversores de arte, gente que ha construido una maquinaria para vender y comprar arte, libros o cuadros al por mayor. Esa maquinaria tiene mucho que ver con la política y las ideologías del mercado democrático. Artistas de izquierdas y artistas contraculturales. ¿Les suena? Hay público para todo, es verdad, pero los grandes del negocio quieren productos de bajo coste y mucha venta. Por eso hay arte basura, arte para usar y tirar, arte mercado y arte clandestino. Libros basura y libros de usar y tirar.

Por eso muchos artistas hoy se rebelan. Autoeditan sus discos, sus libros, sus novelas y su pintura. Son los nuevos genios que no quieren someterse al viejo mecenas, ni a las viejas formas.

Yo quiero ser uno de ellos. Como los poetas, que son los más libres de todos. A ellos les basta con compartirlo en las redes sembrando luces de belleza donde antes solo había caos.

 

 

Gracias Don Miguel. Enhorabuena soldado. (Homenaje a Miguel de Cervantes)

Escribir sobre Don Miguel de Cervantes, y más en estas fechas, es casi cuestión obligada. Cuando se cumplen los cuatrocientos años de su fallecimiento, 23 de abril de 1616, uno se siente contagiado por el ánimo de todos los escritores que en el mundo han sido, el de todos aquellos que salieron a escribir aventuras e historias con el mismo ánimo que don Quijote salió para hacer un mundo mejor, sin malandrines ni bellacos. con buenas historias que contar bajo un árbol, en ambiente bucólico y pastoril. Y eso lo quiero contar bajo la luz de la orden de Caballería, que tanto gustaba a don Quijote, y que tanto dolor causó a su creador Miguel de Cervantes.

Al igual que los caballeros andantes, Cervantes sufrió el desprecio y la burla de la sociedad de su tiempo. No llegó a ser un hombre marginal, pues trabajó en la incipiente administración de entonces, la que recaudaba impuestos, pero sufrió en sus carnes (semejantes a las que abrió Sancho Panza para conseguir el desencantamiento de su señor don Quijote) el aliento de la muerte y del desprecio de sus contemporáneos. También le llegó la gloria al final de su vida, y es que, al menos por una vez, se hizo justicia en aquel siglo de Oro, que los que lo vivieron pudieron perfectamente llamarlo de desidia, de corrupción y de empobrecimiento social y económico.

Su personaje don Quijote fue de lo mejor que dio aquella sociedad, y si hubiera existido de verdad, hubiera sido considerado el mejor de los españoles. Reformador de la Orden de Caballería Andante frente a la picaresca, de los buenos sentimientos frente a la maldad del mundo, hombre de palabra y sin tacha. Don Quijote fue verdaderamente un héroe para aquella sociedad engatusada con la fantasía caballeresca, que prefirió mirar a otro lado antes que seguir viendo como se derrumbaba el Imperio en manos de sus prebostes.

Este héroe no podía sino tener la apariencia del antihéroe: todo hombre que quiere cambiar el mundo es un loco, y el que lo acompaña un tontorrón, como Sancho. Pero aquel hombre inocente y loco, representa todo lo mejor que podía encontrarse en una sociedad corrupta como la que soportó Cervantes. Don Quijote es el hombre que vive en el seno materno, y desconoce, por tanto, la maldad del hombre. Cervantes en cambio sí ha conocido tal maldad a lo largo de su vida. Envidias, burlas y desprecios. Los mismos que sufrieron estos personajes tan aplaudidos.

Cervantes fue un patriota, un soldado que luchó con honor y que vio frustrada su carrera militar por culpa de una herida grave en la mano. De hecho era llamado “el manco de Lepanto”, y aquella herida, lejos de significar una merma de facultades o una deshonra para su portador, lo defendió como el más grande honor que podía haber recibido un soldado valiente. La herida obtenida en “la más alta ocasión que vieron los siglos” es indicativo de haber sufrido y padecido para que no viéramos nuestro mundo patas arriba. Cervantes fue un salvador de su tiempo, un héroe, pero las circunstancias lo llevaron precisamente a lo contrario. Tras una campaña, desempeñada con varias y costosas batallas por mar y tierra, fue capturado y secuestrado por los piratas moriscos del norte de África, es decir, por los enemigos de las Españas.

Tras varios años de cautiverio fue liberado, y regresó con los suyos, su familia y su entorno. Pero ya era tarde para que un soldado de una edad rehiciera su vida militar. La mutilación lo convertía, en aquella época, en algo más que un impedido y un incapacitado. Cervantes era un hombre acabado cuando le negaron que se reenganchara. Su experiencia era importante, pero le faltaba un brazo. Aumentó su desgracia, pues no logró los trabajos que pretendía, ni en las Indias, ni en la administración. Luego fue acusado de robo en Ecija y absuelto, pero no será la única vez en la que sus enemigos lo acusen con más o menos éxito. Fue un hombre golpeado por la realidad de la vida, a diferencia de su personaje Quijote, que en medio de las adversidades mostraba su mejor rostro. ¿Fue así Cervantes? Mientras tanto se sucedieron cuatro bancarrotas en el reino de España, varias guerras más, todas ellas acompañadas de duelos y quebrantos, de dolores y angustias para una sociedad empujada  de manera irrefrenable a la decadencia.

Cervantes vio como aquella España gloriosa de don Juan de Austria y Santa Ignacio de Loyola (dos personajes y soldados que admiró) se derrumbaba en sus dirigentes. Pero también pudo comprobar como la España de la escritura y las artes florecía a pesar de no ser regada por las autoridades. Ni falta que hizo. Lope de Vega, Gongora fueron contados en las tertulias literarias de Madrid, donde quiero pensar que participó Cervantes a pesar de sus años y agotamiento. Conoció la bella pluma de Santa Teresa y fue un hombre piadoso, de fe y oración constante. Probablemente su estancia en Argel le valió tal ánimo orante.

Su crecimiento como escritor se fue gestando durante muchos años, antes de su marcha como soldado, pero lo cierto fue que su novela EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA superó todas las expectativas creadas por su autor y editores. Tal obra le valió ser considerado, hasta la fecha, el más grande escritor en lengua castellana (y de muchas otras) de todos los tiempos, a la par que le proporcionó el reconocimiento y el beneficio de una sociedad que hasta entonces le había negado, como quien dice, un lugar de más honor.

No terminó ahí su periplo. Le salieron competidores que plagiaron a sus personajes, y tuvo que escribir una Segunda Parte del Quijote para poner a Avellaneda en su sitio. Es triste que hasta el último momento tuviera que luchar por defender su obra y sus personajes. Falleció un año más tarde de que se publicara la Segunda Parte del Quijote. El Caballero de la Triste Figura, melancolía que también podríamos atribuir, aunque solo sea por analogía a Cervantes.

La España de entonces quizás no difiera demasiado en la actual nuestra, donde los pícaros han mirado para otro lado mientras sus dirigentes saqueaban su bien más preciado: su cultura, su literatura, su pintura, su arte… Somos un pueblo de hidalgos, de perdedores, de pícaros, de ganadores y envidiosos, de soñadores y de… de Quijotes y de Sanchos. Un pueblo de locos. Cervantes nos retrató como nunca, y hoy por desgracia, mientras otros celebran a sus dramaturgos con devoción, aquí bailamos al son que nos marcan los más mediocres. Aun nos queda reconocerle, maestro de las letras. Gracias Cervantes, y enhorabuena escritor. Qué Dios te guarde en la eternidad del cielo.

UN PLACER RESERVADO: FERIAS DE LIBROS ANTIGUOS Y DE OCASIÓN.

Una de las cosas más entretenidas del mundo es darse un garbeo por cualquiera de las Ferias del Libro Viejo y de Ocasión que, en estas fechas primaverales, crecen y se reproducen por nuestras ciudades y pueblos como setas otoñales. Da gusto salir al campo de los libros y entretenerse con ellos, aunque solo sea un rato. Es de esos placeres inmensos que pocas veces tenemos el gusto de hacer: hojear y ojear libros, revistas antiguas, carteles, folletos, con sus páginas toqueteadas por algún extinto propietario que se nos antoja, a estas alturas, alguien de otro mundo, de otra época, alguien en el fondo amigo, que por alguna extraña razón tuvo que desprenderse de un bien preciado, de sus libros.

Mientras escudriño el interior de uno de poemas de Rosalía de Castro, descubro agazapado el nombre de su antigua dueña: Dolores Martínez. El nombre es insípido, pero evoca a una persona real. Quizás se trata de alguna vieja lectora, ya fallecida, cuyos libros no inspiran a su nuevo dueño. Es decir, que no caben en los contenedores en los que vivimos, pisos pequeños con la cocina puesta, armarios empotrados y sin alma ni libros. Es cierto que acabamos saturando nuestras casas de cachivaches, y que cuantos más metros cuadrados de piso, más mierda acumulamos en rincones y armarios, pero un libro es algo más que un objeto. Es una ventana a nuestras almas.

Supongo que es lógico que cuando algunos llegan a la edad de heredar, del tío del cura, de la tía monja, de la solterona de toda la vida, del abuelo o de sus años mozos, mucha gente prefiera deshacerse de una fabulosa Enciclopedia Galáctica, que quedarse con ella. Lógico de toda lógica, y más viendo las vidas absurdas que arrastramos.

Pero puede que me equivoque, y que los libros que allí se venden sean residuos de amargados lectores ahora empobrecidos, hastiados de los muchos libros que guardan, y que piensan que cuando ya han leído algunas cosas, se puede uno desprender de ellas sin enjugar una lágrima a cambio. Gente que quiere sacar una rentabilidad económica a lo que acumuló en su casa cuando soñaba con una vida no conseguida. Pero lo dudo, porque los libros se venden al peso, salvo que sean valiosos por su rareza o antigüedad. Poca fortuna económica se saca de un libro, y mucha espiritual.

También observo que muchos de los libros que se enseñorean por los mostradores de las Ferias acaban de ver la luz, pues son, un año tras otro, repetidos títulos y repetidas obras. Son las viejas editoriales que fueron generosas en ejemplares, y tacañas en lectores, y entre estas muchas, hay colecciones que fueron un día carne de quiosco, y hoy parecen gritar desde su hueco de Feria, mírame, hojéame, o cómprame y llévame a casa, como los langostinos de la marca fetén. A veces, son malas ediciones, y otras son auténticas oportunidades de guardar y releer las mejores historias de la literatura.

Me gusta también observar a algunos de estos libreros, especialmente aquellos que son dueños del habitáculo que les han dejado y cuyas edades peinan canas o calvas, que de todo hay. Barbas pobladas, en plan años setenta, y rodeados de libros que parecen recién sacados de partidos políticos extintos tipo Partido Marxista de los Pueblos Republicanos y Anarquistas de España. Te venden a Bakunin, lo mismo que coquetean con San Juan de la Cruz, o la vieja Constitución del 31, con hojas amarillentas que se codean con las viejas cartillas Palao, que reposan junto a los geniales tomos de la Editorial Álvarez. Da igual, porque todo es viejo y vetusto, y afable para los que tenemos pesadillas con una feria del libro electrónico y viejo. Donde lo único que se puede hacer es cacharrear con un ratón.

Aquí en Valladolid, muy cerca de la Feria del Libro, vivieron varios vecinos míos ilustres escritores que nos dejaron hermosas páginas escritas con amor y aplomo. Imagino a Cervantes, con 400 años de entierro a cuestas, paseándose por la Feria, remirando su Quijote, editado en piel, acuarela y plumilla, todavía vivo y con cientos de estanterías dedicadas a su obra. Se volvería a sus dos acompañantes, antes de proferir Don Quijote una refrán tomado de Sancho sobre el buen gusto de las gentes de Pucela. Atrás quedaron los Amadís de Gaula, que ya no venden. Pero el Quijote, siempre está ahí.

O el bueno de José Zorrilla que todavía vende su Juan Tenorio a 10€, o 5€ o 3, o 2. Da igual el precio. Siguen siendo obras de incalculable valor que nadie podrá pagar suficientemente a sus escritores. O Delibes, que paseaba por el Campo Grande en los últimos años de vida fecunda, paseo contiguo al lugar donde hoy presumen sus libros de ser perennes. O Umbral, que tras espaciarse con un par de ninfas por las tiendas de los alrededores, se entretiene excavando sus libros, sus buenos libros, de entre la turba fecunda del mostrador. Yo es que he venido a ver si siguen estando mis libros.

Es la Feria que más me gusta, donde los libros no tienen una fecha de caducidad de tres meses (lo que distribuye una editorial), porque Homero se sigue vendiendo, tanto o más que la última fantasmada de moda, donde los precios son variados y accesibles, donde todo se recicla. Desde la tradición hasta la cultura sobre la que nos hemos edificado.

Siento no haberme comprado los tres tomos preciosos en piel, papel biblia, edición de Aguilar de Las Mil y Una Noches por el precio de dos partidos de fútbol de primera división. Pero es que me gusta cazar los libros como las perdices. Las rodeo, y cuando se confían doy el asalto final: póngame estos, por favor.

 

 

 

El origen de la corrupción.

Se habla mucho de corrupción en nuestra sociedad, de la corrupción de los otros, claro. Y pocas veces se analiza y estudia el porqué de la misma. La gente no es corrupta porque sí, y los políticos no lo son por ser unos ignorantes – de hecho suelen tener más estudios y capacidad que la mayoría de la gente -. El problema está en que unos y otros, estudiosos e ignorantes, podemitas y peperos, perroflautas y sosialistos tienen, todos juntos – all together y tous ensemble – un problema serio para diferenciar el bien del mal. Es un problema que afecta a las sociedades occidentales, pues, como dijo Dostoyevski, si Dios ha muerto, todo está permitido; y algunos están disfrutando la del pulpo con esta afirmación.

Yo creo que vamos a peor, porque en una sociedad narcisista el egoísmo justifica cualquier actitud. Las nuevas generaciones, y doy clase desde hace casi veinte años en secundaria, tiene cada vez más problemas para diferenciar el bien del mal. No todo el mundo, claro, pero muchos sí. El hedonismo hace estragos y uno puede escuchar en un aula justificar el derecho a aprobar sin hacer nada, como si la ciencia infusa se instalara en la cabeza de un angelito que está todo el día con el móvil en su mano derecha, mientras con su mano izquierda recoloca su creciente testicular. 

Luego llegarán sus mamás y te dirán que le apruebes, que el chico necesita nota para hacer medicina. Y que no ha podido estudiar porque es que estamos separados, y como el pobre está cada año con un pariente distinto,  incluida una abuela, pues eso, que no ha venido a clase muchos días, porque se duerme los lunes por la resaca, pero que el chiquito lo pasa muy mal. Que estamos todos en paro, y con ese ambiente en casa no se anima a venir al cole. Ya, ya. Me hago cargo que el muchacho sufre mucho en la cama, con el móvil y la mesa puesta a mediodía. Sí, sí. Le vamos a llevar a un psicólogo de la Seguridad Social, faltaría más, porque con lo caro que está por lo privado. Psicólogo gratis para todos, te dicen.

Y luego llega la inspección y te suelta la misma baba, que si tenemos que aprobar para reducir el fracaso escolar, que si tenemos que hacer piruetas metodológicas y preguntarles por el día de la semana que estamos para que titulen.

¿Quién es el corrupto en este asunto? El alumno, la mamá, el profesor que renuncia a enfrentarse, la inspección y sus jefecillos.

Esto me hace pensar que el origen de la corrupción española no está en el hedonismo contemporáneo, que no ha hecho más que exacerbarlo, sino en algo más nuestro, algo que se encuentra en nuestra esencia. Yo creo que en España, país que ha renunciado a su propia lengua y cultura, somos inmorales desde los tiempos de la picaresca, siglo XVI, cuando el mundo era nuestro y podíamos presumir con orgullo. En aquel entonces, los que pasaban hambre se entregaban al vicio de robar, afanar, ridiculizar y burlarse de la gente elevada, y los que nos gobernaban intentaban medrar y salvar el culo. Era la corrupción del pícaro Lazarillo de Tormes, pero también la del secretario de Estado Antonio Pérez, o la del Conde Duque de Olivares, la del Gran Capitán y sus cuentas o la del amigo Godoy que se trajinaba a la reina. tipos distintos, y con variantes de una forma muy personal de hacer las cosas. Y es que el problema de España, que contara la generación del 98, sigue siendo un problema sin resolver, aunque lo creamos superado.

En la actualidad se nos concentran los comportamientos inmorales por segundos; pero mucha gente no lo detecta a estas alturas de la película, donde todo le parece normal, o donde se justifica lo injustificable si el mal lo comete uno de su bando. Luego vienen las guerras civiles, los héroes olvidados de Baler o de la guerra de la independencia, los desmanes de un país que trata a sus ciudadanos (Blas de Leza o Cervantes) como  si fueran estiércol, mientras se regodean y vocean cualquier soflama estúpida que esté de moda. Nuestro problema es la envidia, y no es por casualidad.

Pérez-Reverte califica el tema diciendo a menudo que “en España no cabe un tonto más”, pero para mí no es solo un problema de inteligencia y estudios, sino de la confusión en el asunto del comportamiento moral. Yo más bien diría que en España, por culpa de la deriva ética, aún caben bastantes malos más, getas y golfos, que por desgracia se acabarán contagiando de la picardía e inmoralidad de los primeros. La estupidez es también contagiosa, pero ese es otro tema, porque en un país donde la gente no lee, hablar de ignorancia y educación es como insultar a millones y millones de personas. Lo dejaremos para el día que conmemoremos el Cuarto Centenario de la Muerte de Cervantes, que está cerquita.

La Barcelona de Ignacio Agustí y la de Eduardo Mendoza.

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Barcelona es bona si la bolsa sona, dicen los clásicos de la ciudad, pero Barcelona es más que eso. Es un magnífico escenario donde recrear y contar historias de misterio, y sobre todo del pasado. Me vienen a la mente varias de ellas recientes, de variado estilo y calidad; desde la genialidad de Ruiz Zafón, con su “La sombra del viento” y sus repetitivas comparsas (así me lo parecen), “El juego del ángel”, y “El prisionero del cielo”, hasta la novela histórica de “La catedral del Mar”, de Ildefonso Falcones, que por cierto, me recuerda mucho a Ken Follet y sus “pilares de la tierra”.

En cambio estas dos, la de Ignacio Agustí y la de Eduardo Mendoza, que presento hoy, dos autores distintos y con contenidos diferentes, me resultan más interesantes y curiosas, sobre todo porque recrean una época semejante, desde temáticas y perspectivas distintas. Son los años del modernismo, de la Semana Trágica de Barcelona, de las Exposiciones Universales, y de los inicios del siglo XX, donde la industrial Barcelona se debatía entre la justicia social, la modernidad y el modernismo, y el progreso.

Mariona Rebull, la primera de la saga de los Rius, es una obra sencilla y tierna, con el recuerdo de Anna Karenina en la presentación de la mujer fresca y joven, alegre y abierta a la vida, y decepcionada de la realidad. Anna Karenina encontró otro amor, prohibido para el entorno en el que vivió; en cambio Mariona Rebull es devorada por la muerte de unos terroristas que exigen justicia social sembrando el caos en la ciudad. Es una novela rápida y bien traída, afable y sencilla, que refleja bien una sociedad, y unos deseos en el señor Rius de triunfar y construir dinero y riqueza con la que comprar una dignidad no heredada. El trasfondo es el ruido de los obreros, de las bombas, de los sinsabores de una vida dura y con conciencia de clase, y que está dispuesta a reivindicar mejoras, incluso a cualquier precio.

La segunda novela de la saga, “El viudo Rius”, muestra también desde esos años la Barcelona escondida de la miseria y la burguesía a partes iguales. La conflictividad social crece, junto al miedo y los problemas; y la ciudad se va transformando, igual que la sociedad española, hasta alcanzar el enfrentamiento de las dos españas, irreconciliables y sádicas con el enemigo, siempre ajeno y siempre odioso. Aquí el protagonista de la historia es la ciudad, que se come a los personajes con su devenir, su oscuridades y su talento. El viudo se mira a si mismo, igual que la ciudad, que no tiene ojos para nadie más. La vida continúa, y las ciudades no parecen darse cuenta más que a través de sus habitantes y sus personajes.

La perspectiva de Eduardo Mendoza, en su novela “La ciudad de los prodigios” es distinta, aunque no la época que retrata, y que se extiende con un personaje desde la primera Exposición Universal que vivió la ciudad de Barcelona, allá por el siglo XIX, hasta la segunda, ya en la segunda década del siglo XX. Entre una y otra el personaje central, Onofre Bouvila, una anarquista de vida cambiante y entretenido nos va recreando una y otra vez con su ingenio para la supervivencia. Me recuerda, y es para bien, con Gabriel García Márquez, sin pretender escribir algo grandioso, logra Mendoza, lo que sería para mi gusto una muy buena novela, original y única, quizás algo larga en algunos tramos, pero bien compensada por la hilaridad y la sonrisa que siempre ubica en los lectores. El protagonista es de nuevo la ciudad que cambia, que está tan viva como sus personajes, incluso más que ellos, y va empujando la vida de estos.

Es extraño pero si comparo las dos visiones de la Barcelona que recrean observo dos muchos distintos, complementarios, antagónicos a veces, y cercanos otras. Agustí nos ofrece la Barcelona de la burguesía, desde un círculo cerrado, en cambio Mendoza nos enseña una Barcelona hecha desde la calle, el suelo denso y arrugado de la popularidad, incluso marginal.

Si me paro a pensar, afirmaría que todas las ciudades tienen mucho que contar, historias e intrahistorias escondidas que aguardan en sus plazas y calles, y que dormitan esperando que alguien venga a despertarlas. Por eso la labor de los escritores tiene mucho que ver con el príncipe que besa a la mujer dormida, el hada madrina que acompañada la dureza de la vida de los lugares, que logra con su varita mágica que lo que era sórdido cobre una luminosidad nueva. Es el flautista de Hamelin que con su música logra que dancen los niños a su son. Así la ciudad de despereza y acoge agradecida a los nuevos personajes creado de la pluma del escritor, que se ubican con naturalidad en la ciudad, la de todos y la de siempre. O del pasado.

De esta manera la tristeza de una ciudad desaparece cuando llega un escritor y la ilumina por dentro, recuperando rincones y personajes. Pienso en Soria y en Antonio Machado, que hizo del verso un espacio distinto al simplemente visible. El itinerario entre San Polo y San Saturio es ya distinto para todos, hoy quizás sea el más recorrido por los visitantes que turistean intentado no salirse de la urbe; ayer era el lugar donde el poeta descubrió las siglas que eran nombres, y los números que eran fechas de un pasado ya eterno. Reconozco una luz nueva en mi paisano Blasco Ibáñez que recrea la Valencia de la plaza Redonda, en “Arroz y Tartana”. Allí se vendían telas y telares, hoy varios bares esperan a que la clientela busque un lugar distinto donde perderse en la ciudad.

Reconozco que es lo que he intentado con Los caballeros de Valeolit, aunque creo que lo consiguió magníficamente Cervantes por toda España. No hay rincón de nuestro país mencionado por el escritor, que no muestre hoy con orgullo las letras que puso en su día Cervantes en alguna de sus novelas ejemplares. Menciono también el Valladolid de Delibes, donde la ruta del hereje forma parte indisoluble de la novela “El hereje”, o en Avila, donde “La sombra del ciprés es alargado” llena de recuerdos una infancia truncada por la realidad de la vida y de la muerte.

Veo que los escritores son recuperadores de las ciudades, son sus ciudadanos más ilustres aquellos que son creados e inventados, son buscados por los rincones, y en poco tiempo surgen establecimientos que llaman a su historia, en una especie de agradecimiento solemne y recíproco. Tanto me das escritor, tanto te devuelvo, parecen decir. Por eso no es extraño que alguien vaya hoy por Barcelona buscando la Biblioteca de los Libros Perdidos, por si acaso hubiera una buena novela que leer.

SANCHO PANZA

Ciertamente la novela del ilustre Miguel de Cervantes, titulada en abreviatura El Quijote, es sin duda, y doy fe por haberla terminado de leer por tercera vez, y en cada ocasión con más gusto, la mejor novela escrita nunca en lengua castellana, y me atrevo a a decir que en cualquier otra lengua.

Es conocida como suelen ser conocidas las cosas en este país: en plan puti de pueblo. Todo el mundo habla del Quijote de vez en cuando, pero pocos, y me temo que cada vez menos osados españoles, se han metido por entre las faldas de sus hojas con conocimiento de causa.

Al fondo está Cervantes, un soldado valiente, hijo de un presidiario, cautivo y desafortunado de Argel, un hidalgo venido a menos. Un hombre de honor que fue redimido por sus conciudadanos en los últimos años de su vida, y todo gracias a las letras que le fueron más favorables que las armas, aunque no fueran nunca mejor ejercicio que las primeras, según él mismo nos cuenta.

La primera vez que leí el Quijote lo hice en compañía reciente de aquella serie de dibujos de la tele, cuyos cromos regalaban con las tapas de los yogures. Una buena serie que casi memoricé y que me gustaría volver a ver. Lo que nunca he sabido ni he entendido es porqué no se hizo la segunda parte de la historia, si tantos premios se le dio en su momento. Me lo imagino, pero no logro alcanzar una razón de peso. Lo mismo le sucedió a la magnífica serie de TVE que dirigió Manuel Gutiérrez Aragón, y que protagonizó Fernando Rey como Quijote y Alfredo Landa como genial Sancho… nunca rodaron, ni lo harán ya, la segunda parte.

Fue por entonces, en aquellos años que hoy muchos añoran, que la escuela (el BUP) nos obligaba a leer cosas serias y no sucedáneos adaptados, y terminó cayendo la novela de marras al completo. No me defraudó, pero no terminé de captar toda su riqueza, como es lógico dada mi corta edad.

La segunda vez que lo leí fue movido por la curiosidad de deleitarme al completo de la historia, porque tengo que confesar, y no hay confesión más fácil, que durante mis años de estudiante releía antes de cada examen de derecho un capítulo suelto del Quijote, al azar y por aquello de coger la soltura con la prosa castellana, aunque fuera la recia del derecho. Pensaba que así me salían mejor los exámenes. En aquella segunda ocasión la releí a carcajadas, pues me pareció la mejor novela de humor nunca escrita. Con unos personajes hilarantes y divertidos, y con sucesos muy del gusto, que diría Cide Hamete. La novela de humor la inventamos los españoles, pensé desde entonces, aunque luego digan los ingleses que ellos son los reyes de la risa. Será ahora, claro.

Volver ahora a gustarlo, disfrutando de sus palabras, juicios y discreciones ha sido un tercer y sublime placer, entre otras cosas porque uno siempre termina encontrando y descubriendo cosas nuevas, intuiciones distintas, y relatos entreverados con singular sustancia. Si cuando uno lee la Biblia percibe la hondura del misterio, y una sinfonía de interpretaciones llegan al que lo toma como tal, así me ha sucedido con el Quijote, son tantas las sugerencias e interpretaciones que tengo que decir y catalogar esta novela como la Biblia de las letras, por contener lo básico y esencial de una buena obra, y todo a la vez.

En este último viaje que he hecho con el loco Quijote y el tonto de Sancho me he detenido en la hermosura de sus personajes, porque ni el loco está tan loco, ni el tonto es tan simple. Me detengo para echar una cerilla a la sequedad de la educación de nuestro país. Si  Sancho fuera alumno de secundaria en los tiempos de hoy, les aseguro que sería uno de los más despiertos y listos, y por supuesto habría alcanzado todas las competencias boloñesas: lingüística (hila refrán tras refrán ensartándolos al gusto), competencia matemática (hace buenas cuentas de los azotes y dineros que debe darle su amo), corporal (tiene prudencia  en no causar mal a sus débiles carnes huyendo de las desventuras), social (se relaciona estupendamente con gentes de cualquier clase y condición, como el duque y la duquesa que lo encuentra graciosísimo, además de gobernar con juicio y criterio la ínsula de Barataria), etc. En cambio el Quijote suspendería por ser pendenciero, colérico con las afrentas, y poco dialogante con los que abusan de su locura. Lo catalogarían de “acnee” (alumno con necesidades educativas especiales), y lo tendrían por ahí castigado por las profes más amojamadas de la escuela, que hay más de lo que parece. Se empeñarían en hacerle entender que las letras son mejores que las armas, y lo tildarían de un fascistilla machista. Un inadaptado, vaya.

El valeroso Don Quijote es un loco, un friqui, un conservador de los valores de un país que todavía creía en sí mismo (igual que Cervantes) y que guardaba como oro en paño la regeneración imposible de su patria, por la que el luchó en Lepanto perdiendo su mano izquierda, para orgullo suyo. Era un soldado, un hombre obediente y abnegado, cumplidor del deber por encima de todo, incluso cuando el deber se convierte en una fantasía ridícula de cumplir, como le sucede a D. Quijote. Hoy lo encontraríamos defendiendo la ética y la moral frente a una sociedad incapaz de creer en sí misma, una sociedad que carece de locos honrados que la quieran mejorar, y que abunda en mentecatos que no conocen sus límites, al contrario que Sancho. Sancho, aunque era simple, sabía escuchar consejos de otros, aplicando un sentido común, que no siempre tienen los que nos gobiernan- Y supo renunciar a su gobierno, sin aferrarse al cargo, cuando vio que no era competente para el puesto, cosa que tampoco encontramos en la sociedad soberbia actual, donde todo el mundo cree que vale para todo.

Un Sancho que es genial, simple y gracioso, como se describe a sí mismo, y no es poco. Es un socarrón, muy de la España del Sur, que se junta a un hidalgo viejo con el estilo de la Castilla Vieja del Norte, y con la idea clara de sacar tajada. Los dos se terminan queriendo y mucho, y no hay nada mejor que una amistad tan desigual, y un cariño tan profundo. Son como padre e hijo, como profesor y alumno que viven en sus aventuras un curso prodigioso.

Me recuerda a los consejor que me dio un buen profesor en el Ies Fray Luis de Salamanca, filósofo y próximo entonces a la jubilación, buena persona y hombre justo y recto. Al principio de esta profesión, me dijo, uno es Sancho el Fuerte, porque tiene energías y da mandobles aquí y allá. Luego uno se convierte en Sancho el Bravo, con menos energías, vive sin sacar la espada de la vaina. Al final, con el tiempo, uno se convierte en Sancho Panza, huye de las reyertas y prefiere reírse socarronamente de todo, en espera de su jubilación, si puede ser anticipada mejor. Y no me extraña.

Digo yo, (no este buen profesor), que es entonces cuando lo hacen a uno inspector, no por el afán en el descanso y la gracia, sino por la habilidad adquirida para gobernar la ínsula de Barataria de la educación, donde todo es una farsa favorecida y montada por los de arriba, los políticos responsables de la educación que no comprenden la dedicación de su andante huésped: el profesor o el alumno.

Estos, se ríen en el fondo de Don Quijote y Sancho, los rodean de golpes y les imponen penitencias inmerecidas solo por el gusto de satisfacer la carcajada del público y de la sociedad en general. Hacen escarnio al profesor enervando a padres deslenguados, mandando no enseñar lo que éstos saben, sino lo que conviene al clima sectario y de holganza general. Lo peor es que llevan años haciéndolo sin aprender nada de ellos, y sin preguntarles nada. Son salvadores de la escuela que no la pisan una más que una vez al año para inaugurar el curso escolar, y así desde el año 70 del siglo pasado.

Los personajes de Don Quijote y Sancho están muy bien matizados porque rompen con las reglas al uso de escribir una novela. De hecho, la mejor novela en lengua española es un gran ejemplo que contraviene todas las reglas actuales que por ahí circulan sobre cómo escribir una novela de éxito. Cervantes encaja discursos largos, inventa palabras, añade cuentos y novelas ejemplares sin razón alguna, como el Curioso Impertinente, o el cautivo de Argel entre otros.

Si siguiéramos la regla de quitar de una novela todo lo que estorba a la trama y al texto, es decir, aquello que no agrega nada a la acción, como profetizan los cautivos de las formas, el Quijote no existiría. Su lugar lo ocuparía una novela ejemplar llamada el Licenciado Vidriera, buena pero simple. ¿Se imaginan si Cervantes hubiera prolongado todas sus novelas ejemplares como lo hizo con el Quijote? Nos caeríamos al suelo de gusto.

Lo mejor de Don Quijote son sus personajes, que están tan bien hechos que son el mejor regalo que un escritor ha hecho nunca a la literatura. Es una novela que termina siendo la academia de las novelas. Estos personajes se hacen gracias a soliloquios, pensamientos, consejos y discreciones profundas y bien traídas. Son tan vivos que parecen reales, tanto que luego se ha escrito sobre su significado y sentido filosófico buscando en ellos las raíces de nuestra esencia. Con ninguna novela ha sucedido eso, por eso es la mejor de la historia. La más seria y graciosa a la vez.

Lo que no entiendo es porque nadie ha intentando escribir “Las aventuras del gracioso y cristiano escudero Sancho Panza“. Supongo que en estos días de locura existencial colectiva estamos más Panza, que bravos y fuertes.

La última novela de D. Arturo Pérez-Reverte.

 

 

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Para que les voy a engañar diciendo que es buenísima cuando creo que es del montón. La última novela de Pérez-Reverte no me ha emocionado, y es una pena, porque creo que escribiendo como escribe podría ser capaz de regalarnos una obra maestra, de esas que se leemos una y otra vez y nos sigue gustando. Como el Asedio, sin ir más lejos, también suya.

Escribir es complicado, y los esfuerzos que uno realiza en la compleja oscuridad del que crea, trabaja y escribe no siempre son seguidos por editores, distribuidores y demás negociantes del maltrecho y efímero negocio del libro. Por eso reconozco la obra del bueno de Don Arturo, flamante sillón de la RAE. Imagino que una obra como El Francotirador Paciente es una muestra de que fue capaz de escribir aventuras de muchos tipos. Pero yo ya espero de él obras maestras.

En otros casos, escritores de nombre y tipo Dan Brown, cuyas novelas parecen salida de un estudio sociológico, me merecen menos respeto. ¿Cómo escribir algo que guste a la gente, poquito de sexo gratuito, que moleste a la gente con sensibilidad por lo religioso (beatos de toda la vida), y que enganche en una trama trepidante y pestilente? Eso es lo que hace el tío Dan, echar mierda sobre las estanterías de las librerías, imagino que alentado y pagado por editores muy gustosos con difundir sus propias ideas. Pérez-Reverte lucha para que su libro destaque en medio de esa hojarasca otoñal en caída libre gracias a los piratas de la cultura, y eso merece más respeto que ver a un tipo con sombrero Panamá.

Una y no más, eso dije con Dan Brown y lo he cumplido. Me tocó explicar en varias clases la “inventada teología y la nula ciencia” de Brown. Luego tengo que hacer terapia, que confieso consiste en leer un poco a Galdós o a Cervantes, y a ir tirando unos meses más. Con Arturo no tengo que hacer terapia, gracias a Dios, pero no me ha parecido buena.

Las novelas donde uno persigue a otro siempre tienen el mismo problema, y Don Arturo no lo ha resuelto tampoco en El francotirador paciente. Estas novelas se caen para el lector cuando descubre que lo que perseguía era una tontería. El misterio de la novela, que es lo que engancha, debe tener una resolución impecable, sorprendente. Eso dicen los manuales de escritura de medio mundo. Pero el problema sigue sin resolverse. Se lleva al lector a un precipicio para decirle que simplemente hay una buena vista. Quizás no esté tan mal.

El giro de guión que hace Pérez-Reverte al final, y que no destripo, no me parece interesante. El paisaje de los grafiteros está bien, pero no me entusiasma. Peor fue Brown cuando al final de su Codigo da Vinci nos descubrió mentiras teólogicas para comecuras logse de fin de semana.

¿No sería mejor descubrir que al final de la nada, no hay nada? ¿O que lo que hay es redentor y salvífico? Don Quijote perseguía a sus enemigos imaginarios, que eran una nada sabida por el lector desde el principio. Sublime. Frodo Bolsón perseguía el mal que lo atenazaba, y al final redime la Tierra Media. También bueno. El francotirador paciente no persigue nada importante. Simplemente a sí mismo, y con el giro final tampoco encuentra el lector nada más que un paisaje que se retrataba en veinte páginas. No necesitaba más.

Supongo que ahí está la diferencia entre un genial escritor, un escritor a secas, y un mediocre escritor. Como todavía me considero del grupo de los mediocres, prefiero no atacar al escritor a secas diciéndole que no es genial, no sea que me saque en su columna del XL Semanal y logre que la peña machaque mis queridos Caballeros de Valeolit antes de que los lean cien personas, que por ahí voy.

En lo demás el autor no defrauda. Su prosa es buena, de un estilo que no me gusta demasiado, pues a mi me tira más Caballero Bonald, pero elegante y con ritmo. Esperaré, no obstante a su próxima novela, espero que sea la obra maestra que andaba buscando. Pero que alguien le diga a Don Arturo que corra, no sea que logre en mi tercera novela alcanzarlo en una carrera donde la liebre parece estar agotada. ¿No te enfadarás? No lo creo, somos caballeros, y entre un grafitero y un escritor no debe haber demasiada diferencia.

Valladolid en la frontera de León y Castilla.

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La novela histórica LOS CABALLEROS DE VALEOLIT describe con detalle el Valladolid del siglo XI, a la par que entretiene, por tratarse de una novela de aventuras. Sin embargo mi pretensión inicial siempre fue hacer, desde las letras, un pequeño homenaje a la ciudad de Valladolid. Una ciudad cuyo pasado pequeño y escondido revela un origen incierto y vulgar, algo paradójico para un lugar que vería pocos siglos más tarde casarse a los Reyes Católicos o nacer al emperador Felipe II. La capital del imperio donde no se ponía el sol, se inició como un villorrio con cuatro casa mal puestas, lo cual nos arroja luz sobre la futilidad y puerilidad del destino de los pueblos, llamados a la grandeza o el olvido, según se trate.

Hoy Valladolid es una ciudad con más de 340.000 habitantes, pero por aquel entonces, apenas era conformado por un pequeño grupo de vecinos que se asentaron, posiblemente en el inicio de siglo XI en la encrucijada del río Pisuerga, o Pisorga como se le menciona en los documentos de la época, y el afluente de la Esgueva o el Esgueva (único río bisexuado del planeta), y que desembocaba por dos canalizaciones de agua en superficie, y una tercera subterránea.

Esto daba una configuración peculiar a la aldea, y que lo acompañaría durante su historia hasta casi el siglo XIX: agua, agua y más agua. Mosquitos, el cantar de las ranas, muchos puentes como en Amsterdam pero con menos agua y más vegetación, y un freno para los incendios, que siempre tienen dificultad para saltar a la otra orilla por un canal de agua.

Nuestros vecinos del siglo XIX se empeñaron en la salubridad de la ciudad y desecaron y desviaron sus cauces, dejando el único que hoy existe hacia el norte de la ciudad. Nuestro querido Valladolid padeció durante muchos años inundaciones y enfermedades endémicas y ocurrente, propias de aguas no demasiado correnderas, y poco reguladas por los pantanos que sí lo hacen hoy en día. Nuestro vecino D. Miguel de Cervantes, entonces con menos fama que hoy, vivía frente al río Esgueva en una zona infecta, que entonces era de rastrillo y ventas, y que hoy llamamos calle Miguel Iscar. Del Esgueva por Miguel Iscar nos queda cada cierto tiempo su peculiar gemido, pues la calle se hunde por el agua subterránea que daña sus cimientos. lo cual es algo como muy de Pucela, bajo las apariencias transitan las aguas disolventes de nuestro glorioso y maloliente pasado. Todo es una en las grandes ciudades.

El Valladolid del siglo XI estaba asentada junto a uno de los ramales, en una zona algo más elevada, aunque no demasiado, en torno a lo que hoy es la plaza de San Miguel; y completaba el vecindario con unas pocas casas con sus traseras, entregados a la agricultura, ganadería y pesca. Un lugar olvidado, como antes he dicho, para los grandes, pues de nuestra querida aldea no tenemos nombre alguno hasta el escrito de la fundación de la ciudad por el Conde Ansúrez, conde de Saldaña y Carrión en el año 1095, (escrito que pone VALEOLIT), sin que se sepa a ciencia cierta de dónde procede tal nombre, inventando los especuladores del siglo XIX y XX múltiples teorías al respecto.

Tenía la aldea, por aquel entonces, dependencia de Cabezón y su tenencía, donde se asentaba un puente importante, que era lugar de paso y control de viajeros.  Tal lugar dependía a su vez del Conde Ansúrez, cuya familia los Banu Gómez emparentó en el pasado con la monarquía leonesa, a los que seguía en lealtad y vasallaje en tiempos de nuestra novela.

El condado se extendía de norte a sur, desde Liébana, Saldaña,  Carrión y Monzón hasta alcanzar Palencia (que era la sede episcopal) para terminar a orillas del río Duero en Tordesillas. Valladolid era un lugar pequeño y sin demasiada importancia. Su vecina Simancas, a diez kilómetros al sur del Pisuerga era bastante más importante, por disponer de un puente fantástico sobre el río, castillo, defensa y prestigio.

El asunto es que las tierras del condado no estaban demasiado pobladas, de ahí el interés del rey Alfonso VI y su petición al Conde Ansúrez para que repoblara toda la zona. Ansúrez fue su mano derecha durante los momentos más dificultosos e iniciales de su reinado en la etapa leonesa. Cuando Alfonso VI se convirtió en rey también de Galicia y Castilla, por la muerte en el cerco de Zamora de su hermano Sancho II, el conde fue apartado del puesto de especial confianza que tuvo hasta entonces. ¿Por qué? Muchas opiniones hay al respecto, desde cierta desconfianza de Alfonso hacia la nobleza leonesa que fue relegando poco a poco en favor de los castellanos (Alvar Fáñez, un castellano llegó a ser lugarteniente de sus ejércitos), hasta la mano influeyente de los borgoñeses en el gobierno de León, pues casó con Constanza de Borgoña.

Todo eso se cuenta en la novela.

La pregunta que nos queda por saber es porqué Valladolid fue la elegida por el Conde.

No lo sabemos con seguridad, pero sin duda su posición estratégica fue importante.

Valladolid era un lugar de frontera. Delimitaba el río Pisuerga, de una manera natural las tierras del condado de Saldaña, Carrión y Monzón, que fueron los títulos que le correspondían a Ansúrez, con las de Castilla. Por eso, en sentido estricto podríamos decir que Valladolid era Castilla. Pero ojo, porque la otra orilla de Valladolid, nuestra actual Huerta del Rey y barrio de la Victoria, Parquesol, etc, pertenecerían a León.

Más adelante la frontera y la guerra entre León y Castilla trajo que Valladolid fuera tierra en disputa, situando la frontera en el río Cea, algo más al Oeste, dejando una tierra neutral hasta la ciudad del Pisuerga por antonomasia, aunque yo diría por costumbre.

¿Se acuerdan de los mapas de la EGB, donde en ocasiones Palencia y Valladolid estaban en el Reino de León, y en otras ocasiones aparecían con Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Avila, es decir Castilla? Pues eso. Valladolid presentaba muchos recursos para ser repoblada, ninguna fortificación, y todo por hacer.

El conde escogió tal lugar como el mejor para su gran proyecto: un monasterio de monjes cluniacenses, llegados y tomados del Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes, una colegiata, y una ampliación. Un puente sólido que cruzara de una orilla a otra del Pisuerga, y un lugar que no tuviera pasado. Era un lugar nuevo, y los lugares nuevos parece que siempre están llamados a nuevas empresas, como así fue.

 

 

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