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Las heces envasadas del tío Pit.

Cuando Pit descubrió que podía envasar sus heces para venderlas en una performance,  su ama de llaves levantó una ceja, arrugó su papada y se ofendió 2,5 en escala Richter. Estaba claro que era una señora como las de antes, y que no deseaba molestar al dueño de Napoleón, que era el nombre que convinieron para llamar al caniche de oro fino que deambulaba por su palacio.

Con la ocurrencia llegaron los insomnios, que pueden resumirse en tres. ¿Qué si no? El primero lo provocó la Hacienda Pública, el segundo el Ministerio de Sanidad francés y el tercero la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra de Bélgica.

Hacienda le envió una carta, pues tanto defecar como vender mierda debían pagar el correspondiente Impuesto de Valor Añadido.

Pit contestó que ya había pagado IVA al comer, y que era la misma materia subatómica que ahora defecaba y vendía, y que no se podía pagar dos veces por lo mismo.

Hacienda respondió que si esa mierda ahora valía oro, debía ser repercutida en los porcentajes que marcaba la Ley, es decir, el 21%. Y que debía pagar por cada ñordo valioso que arrojara y fuera vendido, donado o almacenado  a partir de la correspondiente notificación y sin efectos retroactivos.

Respondió Pit que la mierda la había cagado en el Louvre en Francia, que él era un artista y que no debía quedar sujeta a impuestos españoles sino franceses. Y que era una obra de arte. Y por supuesto, aseguró en carta jurada que no pensaba cagar más, no se lo fuera a gravar la Hacienda de los cojones.

La Agencia Tributaria se sonrió, y tras aceptar la declaración jurada de no volver a hacer arte con sus heces, informó a escondidas a a Francia para que investigara sobre el asunto.

Sin embargo, antes de que enviaran la mierda al depósito de los Juzgados de la plaza Castilla de Madrid, para que se tramitara su venta en subasta pública, llegó una llamada de la Ministra de Sanidad francesa a su homólogo español con una importante reclamación. Aquellas heces, que habían sido producidas en el Louvre pertenecían al Louvre, pues era arte robado y debían, según la normativa vigente de la Unión Europea para la protección del arte y contra el brexit, quedarse en suelo francés.

Aceptó al petición el ministro español, que era de natural conciliador, y tras enviar el único resto de heces del tío Pit, abrió un proceso penal contra el artista, por robar arte francés a sabiendas.

El tío Pit fue detenido el jueves por la tarde cuando estaba intentando negociar una exposición de arte con la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra con sede en Bélgica, y sucursal en Tierra de Campos. A la vez se abrió un debate importante sobre el Guernica que no llevó a nada.

Sin embargo, aquella detención alertó a la prensa, que tras movilizar a la demogresca en un par de programas, logró que la exposición de las primeras heces del tío Pit, defecadas en 1969, culminaran con una marcha nupcial de varios colectivos liberales. Se multiplicaron las visitas, las bodas, los banquetes y las heces por los medios. Hubo incluso varios miles de chalecos amarillos que se manifestaron frente a la sede de la Embajada China sin motivo suficiente.

El caso es que, por desgracia, el pobre tío Pit tuvo que huir del continente, pues estaba decidido a no pagar más impuestos por la venta de sus cagurrios. Y además estaba harto de no poder usar las toilettes de la Europa civilizada.

Cuando falleció, veintiocho años después en Pernambuco, hablaron de la falta de incentivos que había en España para proteger la cultura y a los grandes artistas. Por supuesto, junto al cuadro de “la Libertad guiando al pueblo” en el Louvre hay una inscripción que indica que en ese lugar, el tío Pit tuvo su primer retortijón en tierra francesa. Un lugar que ha despertado una variada literatura sobre qué quiso decir el tío Pit, y si tiene relación con que todo comenzara delante de un cuadro tan emblemático.

Y Fin.

 

Artistas libres; artistas controlados.

Cuando a un artista se le encarga una obra, la ejecuta y cobra. No hace lo que quiere, pero gana dinero. En este mundo del arte, el que paga, manda. O mandaba. Así ha sido durante mucho tiempo en el mundo del arte, de los artistas y de los escritores. Por eso, amigo lector, si quieres vivir de esto, tienes que buscarte un mecenas. O ser independiente y funcionario.

Te recuerdo que un mecenas es cualquiera que te da dinero por lo tuyo. Puede ser un lector o amazon. El problema es que a veces la obra no gusta mucho cuando es terminada, o que gusta pasado un tiempo, o que no es ubicada donde te esperabas.

Me cuentan que a veces el cuadro no hace juego con el tresillo de casa porque es de colores apagados, aunque también hay casos donde el pagador se “pasa” de cuando en cuando por el taller del artista y le da instrucciones, aporta su visión de lo que debe ser, y lo que considera que está bien o mal según su criterio y su bolsa. Poderío, que se llama. Sí moana, dice el artista. Mejor colores claros que hagan juego con el tresillo. Lo que usted mande, señor editor.

Lo dicho, tú eliges, o independiente o lo que diga el jefe.

Esta visión no está tan superada como podría parecer. El que paga sigue mandando, y salvo que un artista tenga una familia con pasta, le tocará plegarse a las exigencias de su jefe.

Hoy los que pagan son muchos (lectores y compradores) y piden que tu obra sea agradable, rentable y que valga algo, aunque sea en el futuro. Que no es poco. Ya saben, si no gusta tu cuadro al propietario de la galería de arte, siempre puedes venderlo a tus amigos, conocidos, despistados y turistas manirrotos. A veces te lo compran pensando que vas a ser famoso en el futuro. Ya está. Se lo vendes.

A los poetas siempre les queda un último recurso. ¡Amigo escritor, si tu poesía no le gusta a tu editor, siempre puede declamarla en el Campo Grande de Valladolid a los pavos reales! No pasa nada. Así empezó Clarín y terminó suicidándose.

Cada uno tiene su caché y para no amargarnos, nos recordamos una y otra vez que van Gogh no vendió una morcilla en su vida, y que mira ahora. Lo descubrimos tarde. ¿Seguro? Digamos que generó dinero tarde, cuando el pobre ya había palmado y no podía hacernos cientos de cuadros de girasoles similares. Si le hubiéramos pillado a tiempo…

Pocos artistas ha habido en la historia del arte que hayan sido verdaderamente libres. Pero los ha habido. Casi siempre responden al creador que ha logrado alcanzar un estatus y reconocimiento a partir del cual, hagan lo que hagan, tienen éxito y son apreciados. Dejan de ser deudores de sus intermediarios, e incluso de su público. Hacen lo que quieren, desde el punto de vista creativo, y todo se les perdona y se les compra. Porque son de fulanito.

Esto permite a los autores liberados crear sin cortapisas, construir su obra, pintar lo que les da la gana y como les da la gana. O escribir lo que les parezca sin que nadie les diga lo que tienen o no que hacer. Así le sucedió a Victor Hugo, pero no a Cervantes ni a Shakespeare.

Siempre me hace gracia que los mismos que coartan en el presente la libertad de sus artistas en nómina, son los que afirman guardar un amor desmedido por lo que hicieron los genios con toda la libertad del mundo. Y así encontramos al mismo editor que rechazó “Cien años de soledad” o abomina de “Marcel Proust” dando lecciones de lectoescritura a una camarilla de adláteres escritores que trabajan sometidos a él en la editorial equis. Ese mismo editor es además el que otorga los títulos de buenos escritores a los de su pesebre con la concesión de suculentos premios. Si les dices algo te contarán que si el mercado patatín, el mercado patatán. Y que ellos defienden el arte. Pero no es verdad. Lo esquilman sin sostenibilidad para el artista.

Picasso pudo pintar lo que le daba la gana cuando tuvo un estatus de pintor genial. Antes no, pero luego sí. Lo mismo le sucedió a Dali, que firmaba lienzos en blanco para incrementar su cuenta corriente. En la música popular, los Beatles decidieron dejar de actuar en directo y pasaron a experimentar en el estudio de grabación de Abbey Road en Londres, entre otras cosas, porque estaban hasta los mismísimos tarantinos de dar conciertos donde no se escuchaban ni a sí mismos desafinar del griterío que había. Hasta aquí hemos llegado, Paul, dijeron. Y se acabó. Y tres años después “Let it be”.

Los Beatles hicieron lo que quisieron, experimentaron e inventaron como quisieron. Revolucionaron gran parte de la música, y siguieron vendiendo discos. Son seguramente sus mejores discos, los menos comerciales y los más interesantes. Si no hubieran sido tan famosos, no habrían editado ni la mitad de sus discos, y hoy serían un grupo más de los muchos que hubo en los años 60 por la pérfida albión. No habrían salido de su pueblo, vaya. Por muy molonas que sean sus canciones no tendríamos la psicodelia del Sgt Peppers, ni el album blanco, ni habrían llegado a cruzar Abbey Road, frente a los estudios Apple, que ellos mismos fundaron.

El otro día me contaban las penas de varios escritores consagrados, teóricamente consagrados y conocidos. Escriben lo que todos esperan que escriban. Si han parido una novela histórica buena tienen que escribir una trilogía. Y cuando tienen una trilogía, otra segunda parte de la trilogía. Y así se pasan su vida de artistas escribiendo lo mismo que una vez escribieron. Son envidiados por el resto de escritores; pero es curioso que muchos escritores consagrados envidian a los que no tenemos tanto éxito, entre otras cosas porque disfrutamos de libertad para escribir lo que nos sale del prepucio, el pucio y el pospucio.

Ellos viven de escribir, o mejor dicho, viven de reescribir aquello que les dio éxito, y lo reescriben una y otra vez. Nueva novela del año, la última de fulanito. Y es igual que las anteriores, incluso peor. No tienen el suficiente éxito para escribir lo que quieren y en ocasiones se van autodestruyendo. En cambio los pequeños escritores que no vivimos del tema, podemos escribir más libremente, aunque tenemos que alimentarnos de otro empleo para sobrevivir.

Es curioso que haya sido así en la historia de la literatura de manera tan generalizada. Abundan los escritores militares, periodistas, profesores, funcionarios, hijos de papá, etc.

Los artistas de nuestro tiempo están controlados por el pensamiento políticamente correcto. Pero también por los grandes inversores de arte, gente que ha construido una maquinaria para vender y comprar arte, libros o cuadros al por mayor. Esa maquinaria tiene mucho que ver con la política y las ideologías del mercado democrático. Artistas de izquierdas y artistas contraculturales. ¿Les suena? Hay público para todo, es verdad, pero los grandes del negocio quieren productos de bajo coste y mucha venta. Por eso hay arte basura, arte para usar y tirar, arte mercado y arte clandestino. Libros basura y libros de usar y tirar.

Por eso muchos artistas hoy se rebelan. Autoeditan sus discos, sus libros, sus novelas y su pintura. Son los nuevos genios que no quieren someterse al viejo mecenas, ni a las viejas formas.

Yo quiero ser uno de ellos. Como los poetas, que son los más libres de todos. A ellos les basta con compartirlo en las redes sembrando luces de belleza donde antes solo había caos.

 

 

Paseando por el Louvre.

Esta cosa minúscula que señalo con mi dedo índice es el famosísimo cuadro de Leonardo Da Vinci, titulado La Gioconda, por ser la señora esposa del Giocondo. También es conocida por la Mona Lisa, si bien desconozco a qué se debe el insulto a tan egregia y fotografiada señora. El cuadro está en el Louvre y no hay forma de arrimarse al mismo, pues hay tal fila de respetable, que ni aunque hiciera cola durante media hora (las interminables colas parisinas) conseguiría verlo con detalle. Además de un cristal de un centímetro, hay una azofaifa a su derecha que vigila un perímetro de dos metros, a fin de evitar ataques de locura entre la tropa cultureta de este planeta enano. Si el Giocondo levantara la cabeza se mosquearía y mucho, ¿qué es eso de que a su esposa la mire toda la peña, la fotografíen y se entretengan mirándola?

Del tema de la enigmática sonrisa no digo nada. Me basta mostrar la mía, también enigmática, pues no se sabe si es resignación, júbilo, cachondeo o chanza. Es la expresión viva de lo que siento cuando entro en un museo, un profundo maltrato personal y colectivo.

Los museos son la expresión más clara de la sociedad en la que vivimos. El arte se agrupa y almacena igual que se almacenan a las personas en cajas de cartón llamadas viviendas o en contenedores urbanos semovientes llamados metros y autobuses. En Paris todo está almacenado y organizado. Hasta Napo tiene su sitio de dictador que no se lo va a quitar ni la memoria histórica ni la madre que lo parió. Ole y ole.

El Louvre es la expresión máxima del almacenaje cultural y de la decadencia francesa. Salas y salas de material robado a los egipcios, griegos, italianos, sirios o persas que es mostrado sin el menor rubor a una serie de hordas turísticas, entre las que me encuentro, cuyo principal interés es tachar de la lista lo que nos falta por ver en París, entre ellos el Louvre, el Orsay, la torre Eiffel y el Montmatre. Y dentro del Louvre nos dan otra lista para decir que hemos estado delante de tal o cual cuadro. El de la Mona debe ser muy cotizado en Japón, por eso hay más gente que en la guerra, con perdón.

Lo dicho, dentro del Louvre hay carteles sembrados por doquier anunciando donde está el cuadro de la Gioconda, para que las masas transiten a través de salas y salas llenas de cuadruchos impopulares. Luego están los prospectos anunciadores de los cuadros de segunda fila. Y por supuesto el resto es de tercera fila. En realidad para un artista casi todo es de una magnífica calidad, pero para las masas no. Como dijo mi amigo el Latino, la plaza Mayor de Salamanca es mucho mejor que lo que hay por ahí. Y tiene su parte de razón.

A mi, lo que más me gusta de los museos famosos, es hacerme una idea del tamaño real del cuadro; porque cuando uno estudia pintura siempre tira de fotos de libros y todos parecen iguales. El retrato de la Gioconda es más bien pequeñito, tamaño medio tirando a ñaco. El de la Revolución guiando al pueblo (Delacroix) tampoco es demasiado grande, pues hasta cabría en el salón de mi casa; en cambio el de Napoleón coronándose emperador es cojonudo, enorme y gigantesco, como la cojonudez y el chauvinismo de nuestros vecinos. Ese es para la fachada del Corte Inglés en Navidad. De hecho no me cabía casi en la cámara, es decir en el móvil. Ofrezco unas muestras, para que no se diga que soy un exagerado. Primero Delacroix, y luego David con su cuadrito del Bonaparte cascándose una autocoronación.

Vale. No voy a aburrir con la misma monserga. Reconozco que lo más interesante de los museos es la gente haciendo fotos y mirando los cuadros. Es una experiencia mistérica, primaria y única. Muchos miran sin verlos, y casi todos lo hacen a través de sus móviles. Están necesitados de una explicación para poder ver lo que hay que ver, de ahí que compren audioguías; lo que los convierte en una especie de compradores de marchandeisin que miran y rebuscan en un mercadillo de viejo, no para comprar lo que no pueden comprar por falta de recursos, sino para congraciarse con lo que estudiaron en el cole. Mira, este me suena; es lo que le digo yo a mi santa.

Pero siempre hay alguien que te hurta el cinismo y la ironía; y está delante de tus ojos. La excepción es joven y frágil. Me fijé en alguien que entró en una sala, miró un solo cuadro, estuvo dos horas contemplándolo extasiada. Se humedecieron sus ojos, lloró en silencio y se fue. Era imposible no reconocerla como la mujer del cuadro, la única que encuentra sentido en contemplar su retrato, supongo. O quizás, no. Quizás tengamos que aprender a visitar los museos de cuadro en cuadro. Deteniéndonos en el primero, y dejando para la semana siguiente el segundo.

En fin, yo me quedo con mis abundantes fotos. Este de Renoir y público, es magnífico. Hasta parece que miran algo, los del cuadro, digo. Feliz fin de agosto.

 

Poliartista, polifacético, poliantropoide.

Me reconozco en los hombres del Renacimiento, que son los mismos que los del Medievo, que los de la Antigüedad. Me gusta todo y amo todo saber y todo arte. En realidad, la especialización ha conducido a una mediocridad abrumadora. El catedrático en física cuántica resulta que no lee un libro de narrativa en su vida. Un desperdicio, porque seguramente no dirá nada importante nunca en física, y menos en narrativa. Nadie sabe nada, ni uno no sabe de todo y quiere aprender de todo. Y el narrador de novela negra, que nunca ha sentido el placer ni la atracción por hacer y construir música no deja de ser un juntaletras. ¡Con lo bien que le vendría para montar la película de la novela!

Y es que la humanidad especializada es una humanidad muerta, fragmentada, rota y diabólicamente dividida en su interior. El hombre que busca, el que sabe que no sabe, el que desea aprehender el mundo con su mente y su alma es un hombre polifacético. En el arte se les reconoce perfectamente. Escriben, pintan, cantan y bailan. Dalí hacía de todo, lo mismo que Picasso, igual que Leonardo, o que Aristóteles o Platón, igual que Abelardo, que el arcipreste de Hita, Lorca, Lennon, Averroes y miles más. Gracias a Dios no estoy solo. No estamos solos, porque somos muchos.

En la antigüedad también era así. El médico Avicena era también matemático, filósofo y narrador. Y Julio César no digamos. Además de político y militar se dedicaba a escribir sus hazañas bélicas. Cervantes también era militar, y escritor, y poeta y dramaturgo. Como tiene que ser. De todo un poco y de un poco nada. Newton, por si acaso alguien duda, además de la ciencia se dedicaba a la teología y a la Biblia. Y es que constreñir la curiosidad es no tener curiosidad. San Juan de la Cruz también dibujaba. Lógico.

Por eso nuestro mundo camina a convertirse en un basurero planetario. La especialización nos mata y nos destruye. Nos aliena en lo más profundo. El telediario que no sabe relacionar el hambre en Etiopía con triunfar en Nueva York en Broadway es un telediario manipulador. Colocan las noticias como piezas de un dominó, como si el cuatro no fuera parte del dos. Y así nos va. De incomprensión en incomprensión.

El todo y las partes forman parte de una misma armonía (renacentistas dixit). La especialización es la muerte, terminar sabiendo una porción tan diminuta del mundo convierte las almas en la porción que analizan. El jurista que solo tiene ojos para el derecho ve derechos de autor cuando visita el Prado. El ecónomo solo verá precios, ofertas y demandas. El público general ve una manera de pasar la mañana, y un artista encontrará que tal o cual cuadro se podría expresar mejor con un piano y la voz de Monserrat Caballé, o ideará una historia detectivesca sobre el robo en un museo. Y si es original, pensará mejor en una historia de ciencia ficción donde la humandidad decide enviar los cuadros a la órbita de Plutón para preservarlos de la fatídica mano de la inteligencia artificial. Popof, popof. O una pira de todos ellos ardiendo con el final de la humanidad… Imaginar es disfrutar, crear es vivir para el gran Creador.

Todo esto viene a cuento de que he vuelto a la pintura. Además de escribir para mi y para mis lectores (muchos o pocos) quiero dibujar, pintar, plasmar el mundo con colores, con manchas y sombras planas y rugosas. Pero no quiero pintar lo que todos ven, sino lo que a mi me gustaría ver. Lo que realmente veo, cuando veo algo que me gusta. Lo que me trasmite y me hace sentir.

La afición no es nueva, ya me entregué a pintar cuando era más joven y apuesto. Duró un año, el tiempo que decidí en la vida lo que debía decidir. Me había entretenido antes con la música, compuse un puñado de canciones que publiqué con VOZ DE LOS SIN VOZ. Gente buena del Movimiento Cultural Cristiano, Partido Saín para más señas. Disfruté y mucho con Diego. Canciones a miles, muchas de ellas no publicadas ni editadas, pues no había youtube. Ahí están, esperando el sueño de los justos. Quizás nunca las rescate del hundimiento del Titanic.

Pero ahora mi entretenimiento es otro. Pintar. Terminaré la novela que tengo a medias de ciencia ficción, que publicaré cuando me parezca. Y esperaré a que un agente literario me responda emocionado por última novela que le envié (subrealismo, realismo mágico español, naturaleza muerta). Quizás antes tenga que mandar al pairo a un galerista del monopolio editorial del arte. Igual que los de la escritura no ven artistas, sino gallinas con capacidad para poner huevos. Y nos exhortan a que les aportemos el huevo de oro. Pues eso. El gallinero nos pertenece.

Una muestra de mis basurillas, las que me siguen dejando insatisfecho y satisfecho a la vez. Las que nos dan vida y nos hacen disfrutar del ocio y del negocio.

 

Mañana más.

 

 

Operación Triunfo, Operación Fracaso 2017

Recuerdo hace unos años que hicieron una parodia sobre el talante de los concursantes que iban a televisión, y me reí a gusto, claro que sí. Salvo los concursos de preguntas en plan saber y ganar (que ya estaba por entonces en la tele), el resto destacaba porque se dedicaban a molestar, vejar, humillar y torturar a los participantes con una sonrisa en la cara. Como si aparentemente no les disgustara que les partieran un brazo, les rompieran los testículos de un balonazo o se fracturaran la tibia llegando tarde a la caída de un cubo de pintura. Kitano, el creador del humor amarillo lo bordó. Los japos se daban de leches con una alegría y buen sentido que durante años los tuvimos por la tele. Por supuesto, lo importante era no perder la sonrisa, mantener un espíritu de sana competición y dar mucho, pero que mucho espectáculo, y entretener a un público cansado de ver a Chaplin en blanco y negro. Mejor la hostia realista en color de nuestros paisanos. Vaya que sí.

Pero todo pasa, y ahora las torturas son sibilinas. Lo llaman reality show y tratan de captar la mirada del espectador que sigue siendo el gran dios del mando. Que nos emocionen, coño, que tenemos vidas muy aburridas. Y ahí llegaron desde Gran Hermano, que no es otra cosa que una jaula de simios que hablan en un zoológico llamado “la casa”. Mientras el fabulador de la idea gana un pastón mostrando lo que es mejor ni mirar, por verguenza ajena muchas veces, o porque lo importante no nos lo muestran. Al final no ha habido nada que mostrar que pueda ser interesante, por eso apareció casi a la vez los concursos de gente talentosa, que es lo mismo pero en plan competir por algo más que ser una harpía o un harpío. O sea, Operación Triundo y Master Chef. Cantamos gorgoritos o hacemos concurso de tortillas de diseño.

Pero Operación Triunfo es distinto, porque se supone que la música es un arte, además de un negocio. En OT la jaula de simios se ha convertido en una escuela para aprender el oficio de cantante, de gran estrella de la música. De gente que ganan grammys si llegan lejos, o que termina emborrachándose por las calles del olvido contando aquello de… “yo salí en en la tele, amigo”. Venga, otra copa para este señor tan gracioso.

La escuela promete, porque aparte de dedicarse a aprender una canción y a interpretarla, no aprenden nada más. La ensayan hasta aburrir, y de vez en cuando hacen pilates y jueguecitos divertidos. Entretenimiento y aprendizaje divertido. Es casi como un instituto, pero sin matemáticas ni lengua. Es la escuela que llevan diseñando desde hace años los planes educativos en nuestro país, y me temo que en el mundo entero también. Escuela divertida e inclusiva. Bueno, inclusiva no. Aquí están todos cortados por el mismo patrón.

En realidad no es un conservatorio, donde la gente tarda años en aprender, y tampoco es una carrera de arte dramático. En realidad es todo eso y nada. Es una escuela para compartir vivencias (convivencias juveniles) dirigida por unos profes guays y mediáticos que enseñan a los televidentes a ser tan guays y mediáticos como ellos. Son todos unas copias de sí mismos, majetes en serie. A estos de OT les vemos levantarse, cagar, comer y meterse el dedo por entre los dientes para sacarse los restos, o entre los dedos de los pies, porque están como a gusto disfrutando de sus semanas de fama. Les vemos retozar ante la llamada de la especie por la reproducción, y ellos disfrutan riendo como cosacos, pero también llorando. Son indefensos primates, sometidos a las emociones inolvidables y a un estrés maravilloso. Lo malo es que en lugar de convertirlos en grandes artistas, les anulan el talento (que lo tienen y mucho) y los modelan para que el concurso sea televisivo y prometedor. Todos cantan el mismo tipo de canciones, casi de la misma forma, no hay espacio para la creatividad, y es que están buscando un producto, que en caso de que salga se van a forrar. No ellos, claro; sino el tío que les ha puesto ahí.

Reconozco que nunca he seguido el concurso, salvo en esta edición, y en diferido por supuesto. Todo está concebido para que se termine odiando el talento y la buena música. Los participantes llegan con muchas posibilidades, pero terminan cantando igual unos y otros. Nadie ofrece sus canciones, nadie crea música para el público, nadie hace nada especial que no sea cantar como todos los demás. Gorgoritos y abrazos, lagrimones y un jurado que va de malotes de circo, salvando la vida a los concursantes y condenándolos en plan emperador de circo romano. El público muy chillón, se supone que les han pagado bien en especies (bocatas).

Igual que el lobo de los tres cerditos veía salchichas cuando miraba a los chanchitos corretear por la dehesa; los productores de estos programas están buscando un negocio rentable. Igual no lo tienen, pero lo que sí está claro es que van a exprimir todo lo que puedan a esta gente. Ya están seleccionados para la matanza: todos tienen la misma edad, las mismas expectativas en la vida, la misma condición social y casi el mismo nivel de estudios alcanzados. Son buena gente, desde luego, simplemente están en el lugar equivocado para hacer una carrera musical, aunque ellos estén felices de estar entre los cerdos elegidos para el convite de los lobos. Son inocentes, y si no que se lo pregunten a los OT de anteriores ediciones.

Se harán famosos antes que cantantes; y nos contarán su vida sexual antes de que graben su primer disco. Una pena, porque nunca saldrán buenos rockeros de esta gente. Salvo que alguno de la espantada y monte un verdadero show. Ojalá.

Pearl S. Buck o la escritora olvidada. Novela: ORGULLO DE CORAZÓN

Estamos ante uno de los grandes escritores del siglo XX. Una mujer, sí. No pongo “grandes escritoras” porque dejo fuera a los varones que compiten con ella en escribir como los ángeles. Pearl escribía muy bien, por supuesto que sí. De los mejores de la narrativa norteamericana y universal.

Pearl fue una señora extraordinaria que obtuvo en el año 1938 el Nobel de Literatura y que escribió algunas de las más bellas páginas de la narrativa contemporánea. Por supuesto, su olvido no es total, porque siempre queda gente amante de las buenas letras que sigue leyendo a Pearl, pero ciertamente no son los más. Incluso entre estos empieza a ser una desconocida. Y es que el tiempo termina borrando a este tipo de autores cuyos derechos de autor ya no existen y que se descargan gratis si se encuentran. Las editoriales apuestan por cosas más actuales – casi siempre de peor calidad –  y Pearl se termina reduciendo a ser una escritora cuyos libros se hallan escondidos en las librerías de viejo y de segunda mano. Casi todas las ediciones de las obras de Pearl son del siglo XX. Así que… cuando me escuchen afirmar que nuestra cultura está suicidándose, no me cuenten que no es cierto. Porque olvidar a Pearl es olvidar demasiado.

Su vida tuvo muy poco de convencional, si es que hay vidas convencionales. Pearl era norteamericana, hija de padres misioneros. Pasó casi toda su vida en China, desde los tres meses de edad hasta la edad adulta. Nació en 1892 y murió en 1973, lo que nos da cuenta de los acontecimientos históricos que pudo vivir en Asia, desde el triunfo del Maoismo, hasta la Segunda Guerra Mundial. Hablaba inglés y manchú, y escribió unos 85 libros, muchos de ellos de poesía, narrativa y teatro con el tema de lo oriental en muchos de ellos.

Su novela más conocida por la que le dieron el Nobel es: Viento del este, viento del oeste. Pero yo, guiado por la lectora más avezada en asuntos de Pearl (mi madre), he leído primero y recientemente el titulado en castellano ORGULLO DE CORAZÓN, que en inglés varía algo pues significa algo como “este orgulloso corazón” THIS PROUD HEART. Es del año 38, y es la menos oriental de sus novelas. El título es engañoso, pues podría pensarse que es una novela de amor facilón, un típico subproducto de segunda fila y de otros tiempos donde el amor romántico vendía más porque las mujeres no se tatuaban el culo. No es así, el tema que trata es la creatividad del artista y los sacrificios que impone crear arte, y todo ello contado desde el punto de vista de una mujer.

La historia  de ORGULLO DE CORAZÓN es la de una mujer que siente pasión creativa por la escultura y que vive tal pasión olvidando sus obligaciones familiares. Una mujer que vive pasiones amorosas autodestructivas mientras le queda el arte, el construir, el hacer como refugio ante sus equivocaciones. El personaje principal es como Picasso, o como Pearl, son creadores naturales, absolutos y brutales. La pasión por el arte es vivida con tal fuerza que la protagonista olvida su vida convencional, y se ve obligaba a domesticar su afán creativo desaforado. Es el retrato de todos los artistas, de los que no pueden vivir sin hacer, sin escribir, sin pintar, y en el caso de la novela, sin amasar y moldear barro con los dedos, o esculpir granito con el martillo y el cincel. Es el drama del que tiene que crear, y a la vez vivir con los que ama y que son los suyos.

Esta novela es genial desde la primera página. Expresa perfectamente en su primer capítulo todo lo que debe expresar. No sobra ni una coma, y no falta ni una palabra. Se presentan a los personajes, se cuenta de qué va el tema y se inicia la novela con la belleza de una obra aparentemente sencilla pero bien escrita. Más adelante descubrimos que es una novela profunda y sugerente. No es tan solo la vida de una mujer que lucha por romper con el convencionalismo social de su época, que también; ésta es la novela de todo artista, de todo creador que se ve impelido a crear, aún a costa de una felicidad impostada, aparente, regalada y formal.

Las grandes víctimas de la historia son los hijos, su primer marido y ella misma. La vida le obliga a ir siempre corriendo para conseguir lo que otros obtienen de la vida con un aparente menor esfuerzo. En realidad, la construcción de la vida y del entorno de un artista siempre quedan bajo el egoísmo del genio que destruye y destroza la vida que tiene a su alrededor, y eso lo hace en aras de su ingenio y su obra. No siempre sucede así, pero compaginar la tarea creativa con la vida cotidiana no es nada fácil, y la protagonista de esta historia se convierte permanentemente en la víctima y el verdugo de su vida. Eso hace que el libro dé que pensar. Detrás de todo artista, incluidos los escritores, hay siempre un exhibicionista, un egoísta perfecto, una persona sensible dotada de una cualidad especial, pero que suele ser incapaz de atender las sensibilidades ajenas. En el extremo contrario, un artista necesita también comer, necesita relaciones sociales aburridas y divertidas, necesita convivir sin sufrir, y eso obliga a cierta sociabilidad, atención, generosidad… Lograr tal equilibro no está al alcance de todos, pues el arte requiere cierta exclusividad cuando está gestando y dando a luz la vida. Deducimos de inmediato que los escritores, pintores, escultores… no son las personas más fáciles del mundo en la convivencia cotidiana. Aunque luego dé mucho gusto leer, contemplar, examinar su obra.

La frase “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer (y viceversa)” son una gran verdad. Porque la paciencia, la comida caliente, la vida cotidiana, también se labran en el lugar escondido del hogar, que es donde nadie ve al artista, donde se le soporta y se le sufre.

Esta novela, a mi juicio, es un ejemplo de buena literatura. Cuenta con todos los ingredientes de la narrativa norteamericana, y seguro que lo pondrán como ejemplo en la escuela Gothan de Escritores de USA. El único problema de este libro es que está casi olvidado, igual que su autora, la primera mujer norteamericana en obtener el Nobel.

Los Miserables de Víctor Hugo

  

Acabo de terminar esta novela magnífica novela, estupenda y bastante mal escrita. Lo que no sé es cómo lo he podido leer, si es un tocho de esos que nadie se atreve a editar por ser excesivo en páginas. Ha sido una suerte poder contar con un volumen de la editorial Aguilar, la que cuida sus traducciones por ser de épocas donde el lenguaje se cuidaba. Y ha sido una experiencia única, lo confieso.

No digo nada nuevo, pues al mismo Victor Hugo le achacaron que estaba mal escrita, y es verdad. No guarda los estúpidos cánones con el que nos seducen las películas, las novelas y el ocio en general que cuenta y que narra historias con las cartas marcadas. Esas que permiten que supongamos el final en cuanto leemos veinte páginas. Happy end. Esa que a la gente le molan porque le enganchan, como si quedara alguna historia interesante. Yo, tras la mierda de “el código da Vinci” que enganchaba mucho y no decía más que tontadas, recelo de las novelas que enganchan. Cuanto menos enganche mejor, por si acaso. Con que sea hermoso, los personajes sean interesantes, y esté bien escrito me conformo, y casi estoy pidiendo la luna, pues no todo el mundo es capaz de escribir con buen gusto y arte.

Le pasa lo mismo al Quijote, y cualquier editor moderno le diría al tal Cervantes que abrevie, que le sobran las digresiones y los cuentecitos; que hay que quitar trescientas páginas, vaya. A Hugo le sobrarían doscientas del principio, y otras cien de algunas partes. Eso sí, no tendríamos los Miserables, tendríamos algo parecido a una novela romántica algo ridícula. Lo que hacen en el teatro, musicales y cosas por el estilo es para el que no le gusta leer. ¿No han hecho película? Te preguntan los alumnos cuando hablan de alguna de estas magnas obras. Y es que estas novelas, La Regenta, el Quijote o Los Miserables, necesitan aire para escribirse y tiempo para disfrutarlos. Tiempo para la belleza y para la reflexión. Eso es. y la sociedad actual no es capaz de disfrutar de una obra de arte más de cinco segundos. Hacemos la foto, y nos vamos corriendo a otra cosas sin entender nada. Así funciona la música, las exposiciones, la poesía y la literatura. Y eso suponiendo que alguien lo consuma.

Yo creo, que el arte que seduce, nos atrapa y nos deleita embriagándonos. Cuando algo es bello nos obliga a mirarlo (un cuadro por ejemplo) cientos de miles de veces, de horas, de años. Por eso Los miserables es una obra revolucionaria, no porque tenga cientos de miles de frasecitas chorras de esas que molan en internet, a medio decir y no dicen nada, tipo: “el amor es lo que queda cuando el vapor del alma se disipa”. Ole mis… Ni tampoco es una obra revolucionaria porque nos cuente la historia de una barricada formada por gente que no sabe a lo que va (como hoy). Para mi gusto, por cierto, tampoco es original la historia de amor de Mario y Cossete. La novela es grande porque con todo eso hay dos grandes personajes interesantes que lo recorren todo: Jean Valjean y Javert. Porque está bien contado y para eso necesitó el autor un tocho de cientos de páginas, y porque cada párrafo guarda la belleza de un autor que escribe como él mismo. O sea, todo lo contrario de lo que recomiendan las academias de escritura, donde hay que escribir para que sea fácil de leer. ¿Para quién? Huyo de los libros cuya forma de escribir no reconozca como original y novedosa. Escritura estandar, no gracias.

De nuevo reconozco que los clásicos no fallan, que tienen ese algo que enamoran. Grandes personajes, reconocibles y tan veraces que se hacen de carne y hueso. Que los puedes tocar y que los conoces en profundidad. Grandes escenarios, lugares míticos del pasado o del presente, da igual. Y exquisitez para contarlo. Capacidad para escribir de manera única y bella.

Así me gustaría escribir a mi. Así que pediré a Victor Hugo que me de unas clases de narrativa, donde no me entretenga en agradar al público, sino en marcar mi ritmo y seguirlo hasta el final. Una obra única, sin duda. De las que no se olvidan.

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