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Versos sueltos de Navidad.

En el silencio de un pesebre,

Se adivina el rostro dormido de tu hijo.

Madre de los pobres y los sencillos,

 

En la soledad de una estrella.

se contempla la luz del ángel que anuncia.

Paz a los hombres que desean el bien.

 

En la alegría de los días de siempre.

Se desea que el Salvador nos salve.

Y ahora que sabemos quién eres y quién es tu Hijo.

Míranos como lo miras a Él.

Cómo nos mira Él.

Gracias, Señor. Me quedaré acurrucado a tus pies.

 

FELIZ NAVIDAD, FELIZ TIEMPO DE NAVIDAD 2017.

 

El poder del poeta.

La poesía no está de moda. No hay más que conversar con la gente para darse cuenta de ello. Ni gusta ni se la espera, dice la mayoría de la gente. Se ha convertido en el último refugio de los románticos y de los frikis. Leí una entrevista el otro día donde le preguntaban a una poetisa si no se atrevía a hacer novela. Su respuesta no puede ser más sólida: la poesía no es inferior a la novela. Pero esto el mercado editorial no se lo cree, que son los que acaban diciendo lo que es inferior y lo que es superior en este mundo.

Me gustaría saber qué novelistas contemporáneos se atreven con la poesía. Quienes pueden crear belleza con pocas palabras. Yo no distingo un novelista de otro, ni en estilo, ni casi a veces en temática. Da lo mismo que sea el Falcones, o la Dueñas, o la Pancol. Todos escriben igual, me parece a mí. En cambio en poesía nadie escribe como otro, nadie dice ni expresa lo mismo. Nadie te emociona con sus palabras como otro.

La poesía tiene algo de incorruptible frente a la sociedad de consumo que con su juego diabólico, quiere convertirla en valor económico. Cuando uno empieza a leer poesía, el mundo se calla y el ritmo mortal que nos inunda y acompaña en lo cotidiano se ralentiza y trasciende. La poesía requiere paz y sosiego para gustarla, y eso va en contra de nuestra forma de vida, la que nos ha impuesto la revolución industrial, hija del racionalismo, nieta de satanás. Por eso la poesía es rebeldía, porque va en contra de todo lo útil y valioso del mundo de hoy. Un poema pueden ser apenas doce versos, no llegan a cien palabras. Pero nos hacen llorar, emocionarnos, sentir, vibrar. Y eso es intolerable para un mundo que consume y consume palabras sin sentido. Las novelas parecen hechas para usar y tirar, pero la poesía está hecha para que la repitas y la fundas en tus labios, con palabras que puedes repetir al día siguiente y seguir encontrando la misma belleza otro día que te asomas a ellas. Son minutos cortos de belleza.

Es como aquel chiste que siempre que lo escuchas te hace gracia. Es lo que convierte en genial a Gila y sumerge en el olvido a cientos de monologistas. La poesía acaba con los yuppies de Wall street, sepulta a los mercaderes que todo lo quieren comprar. Porque basta con unas pequeñas palabras, para que uno se emocione. Es el valor del arte. Sublime e irrepetible. Puede haber cientos de miles de palabras escuchadas al cabo del día, incluso leídas por el mismo poeta. Pero hay tres versos que te rompen por dentro. Eso es poesía.

La poesía está ausente en la radio, ni un recitado en años. En la televisión, donde recitar poesía es perder audiencia. Como mucho se habla con algún poeta, se dice que han premiado a tal o cual señor o señora, pero la poesía en recitado, ni aunque nos maten la escucharemos con toda la fuerza de un buen rapsoda. Antes se hace un montaje con música e imagen que un recitado compacto y puro de poesía. Es la gran ausente de la sociedad, el arte que ingresa menos pasta al mundo. ¿Quién compra un poema a diez céntimos?

Se venden poemarios de cincuenta páginas por lo menos, porque un poema parece poco. Como si el precio de la literatura tuviera que ver con el número de palabras dichas en un momento. ¿Qué vale un poema? ¿A cuánto está la palabra? Verde que te quiero verde. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Recuerde el alma dormida. Tenemos en mente cientos y cientos de palabras mágicas, dichas en poemas, en versos sueltos y atados, en silvas, sonetos, rimas asonantes y consonantes. Recitar y escuchar la voz recitando es una de las cosas con las que más disfruto y hago disfrutar. Con una palabra me basta. Es tan corta la vida y tan largo el olvido.

Como profesor me encanta recitar versos a los alumnos. Les pido silencio, y ellos callan porque no quieren sino escuchar para descansar de una explicación, de un dictado, de un análisis sintático, de unos ejercicios. Entonces se produce la música del poema. Sale con fuerza, con silencios y palabras dichas al viento, que encajan en sus oídos, acostumbrados a la palabra fácil y chillona. Y esto lo he comprobado. Sea el alumno que sea, más estudioso o menos, más bruto o menos. Casi todos se quedan en silencio, incluso emocionados cuando termino.

¡Que bonito! Se atreven a decir tras cuatro rimas de Becquer. ¡Qué precioso! comentaron tras la prosa poética de Platero y yo. ¡Es precioso, profe! me dijo el otro día un alumno del que jamás había sospechado que tuviera sensibilidad alguna. Y esta emocionado escuchando a Lorca.

Les cuesta entender lo que es una elegía, porque tienen pocas experiencias de la muerte. Pero reconocen el amor bien dicho. Saborean algo que les detiene en el tiempo, un micromomento poético que no viene en el móvil. Es una greguería sin tiempo para comprenderla…

Confieso que he descubierto la poesía, con toda su fuerza y poder, hace no muchos años. Dentro de la literatura, se le trata muchas veces como si fuera una hermana pequeña, casi residual, frente al poder de la novela de cualquier tipo y género. El capitalismo ha intentado doblegarla, pero la poesía es mucha poesía. En pocas palabras: emociona, corrompe, molesta, identifica, daña y agrede el alma como pocas artes son capaces de hacer.

El filósofo por antonomasia es para Nietzsche el poeta (como Heráclito), por eso escribe con un lenguaje narrativo su gran obra Así habló Zaratustra. El poeta es un contestatario, un corruptor de menores, una mosca cojonera, un flautista de Hamelin con la flauta de sus palabras, un malvado con una varita mágica, o un hada que cambia la vida de las personas con una palabra adecuada y a tiempo.

Los grandes de la literatura han tenido en algún momento de su vida el desliz poético. En otros casos fueron poetas que escribieron novelas, o cuentos cortos, o lo que fuera. Yo también he escrito algunos poemas, pero no los quiero sacar a la luz, pues temo que se pierdan en la vorágine de la prisa. Los míos no sé si son buenos. De momento lloro con otros grandes poemas. Con otros poetas. Poderosos conmigo.

Belleza y alegría en unos versos. ¿Se puede pedir más?

Es una pena que muchos curas no se atrevan a cantarlo, porque la música litúrgica de estas palabras irradian una belleza sublime. Digna de cualquier persona que pise esta tierra inhóspita.

Se pronuncian en la noche santa del Domingo de Resurrección, es el Pregón Pascual, donde lo divino y lo humano se dan la mano de una manera mágica.

No son para escuchar fríamente, sino en su contexto pascual de la noche santa.

Al menos nos queda la posibilidad de meditarlo y rezarlo durante la Pascua. Cincuenta días de fiesta.

Una vez más me emocioné al escucharlo, y no es para menos…

(La resurrección del Greco es la imagen del año, así que Felices Pascuas de Resurrección).

 

 

 

Exulten por fin los coros de los ángeles,
exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria de Rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra,
inundada de tanta claridad,
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

En verdad es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán
y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua,
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Ésta es la noche
en que sacaste de Egipto
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche
en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.

Ésta es la noche
en que, por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo
son arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y son agregados a los santos.

Ésta es la noche
en que, rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche
de la que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mí gozo.»

Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre santo,
este sacrificio vespertino de alabanza
que la santa Iglesia te ofrece
por medio de sus ministros
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.

Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de esta cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Que noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano y lo divino!

Te rogarnos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
arda sin apagarse
para destruir la oscuridad de esta noche,
y, como ofrenda agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso
por los siglos de los siglos.
Amén.

 

 

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