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Pecados navideños y tiempo de Navidad.

No me apetece convertir este blog en una clase, pero es que a veces conviene. Sobre todo cuando han pasado los caballos de Atila por encima de la cultura contemporánea. Así que vamos con un poco de reflexión en voz alta, y con unos razonamientos filosóficos y teológicos que nunca nos vienen mal. Seré breve que va por ustedes y feliz año.

Lo primero que hay que explicar es que no es lo mismo el día de Navidad que el tiempo de Navidad. El  día de Navidad, que es el día que empieza el tiempo de Navidad, arranca la festividad en la víspera del día 25 de diciembre,  en la Nochebuena, pero el tiempo de Navidad se extiende hasta el domingo posterior a la Epifanía, que este año será el día 13 de enero, fiesta del Bautismo del Señor y primera semana del tiempo Ordinario. Por tanto la Navidad no es un día, ni unas horas, y no se termina ni cuando comienza el año, ni cuando llegan los Reyes. La semana tras los Reyes (epifanía) también son días de Navidad.

En Navidad los cristianos celebramos el nacimiento de Jesucristo, de Jesús el Mesías, que es tanto como decir del Hijo de Dios (Unigénito de Dios). Navidad es una abreviatura del término Natividad, que significa nacimiento.

Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo desde la eternidad. Pues bien, los cristianos creemos que el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, se encarnó en Jesús de Nazaret, el hijo de María en los días históricos de hace unos 2019 años. No nos importa la precisión o la imprecisión de las fechas exactas, porque no es relevante para la fe. Lo importante para nosotros es lo que indican los evangelios: Jesús nació en Belén de Judá y es el Mesías que esperaba el pueblo de Israel. Ser el Mesías en la tradición semita significaba que era Dios mismo. Que Jesús sea el Mesías y el Hijo de Dios sólo puede indicar que es Dios mismo. No es hijo de adopción como nosotros, no es criatura; sino que es, y así ratifica la tradición de la iglesia desde el inicio que es engendrado, luz de luz, es Dios mismo.

¿Cómo no celebrar que Dios se ha hecho hombre por nosotros? Esta sería la teología de abajamiento. Dios desciende y se hace pecado por nosotros, dice San Pablo en la 2Cor. Dios se hace uno de nosotros para que nosotros podamos alcanzar lo divino, en palabras de San Ireneo.

Dios se hace hombre de forma plenamente humana. No es un medio hombre, ni es un medio Dios. La iglesia defendió en los primeros Concilios que Jesús era verdadero hombre y verdadero Dios, uno y el mismo, en plenitud de facultades. Eso nos permite descubrir que Dios se hace uno de nosotros, para poder dialogar con nosotros, para redimir nuestra naturaleza pecadora, para dar su vida en la cruz mostrando el profundo AMOR de un Dios que se hace DOLOR Y SUFRIMIENTO por nosotros.

En Navidad celebramos tal abajamiento, tal descenso y humillación de Dios para mostrarnos la MISERICORDIA INFINITA que tiene por nosotros. Se hace además hombre en un pequeño niño, indefenso y pobre, desnudo como estuvo desnudo en la cruz. Dios nos interroga con su manera de hacerse hombre.

Durante el tiempo de Navidad, la Iglesia Católica de los primeros siglos  fue ubicando otras fiestas menores de ese gran misterio que nos ayudan a comprender la profunda naturaleza de ese misterio sobrenatural que supone que un Dios se haga hombre.

Configuró el tiempo de Adviento en las cuatro semanas previas a la Navidad para que hubiera una preparación adecuada. Es un tiempo de esperanza, reflejo de la Segunda Venida, un tiempo para reconocer la figura de la Virgen María en la fiesta de la Inmaculada Concepción, para descubrir una actitud en Juan el Bautista, y para mantener encendido el aceite de la lámpara.

Dentro ya del periodo de Navidad, del tiempo navideño, las fiestas importantes se van sucediendo una tras otra, especialmente la primera semana tras el día 25 diciembre. El primer mártir de la Iglesia es festejado el día 26 dic (San Esteban), el día 27 dic celebramos al primero y más joven de sus discípulos (San Juan Evangelista) y el día 28 dic la iglesia reflexiona sobre la matanza de los inocentes.

El primero domingo tras la Navidad la iglesia recuerda la fiesta de la Sagrada Familia, donde recordamos el misterio de la encarnación desde la perspectiva de un niño en su hogar y en su familia. El crecimiento en sabiduría y estatura es la clave; y la actitud de María es ejemplar para los cristianos: María meditaba todas estas cosas en su corazón.

La tercera fiesta más importante para el cristianismo tras la Navidad y la Sagrada Familia es la fiesta de Santa María, Madre de Dios. 1 de Enero y día de hoy. Es quizás la fiesta mariana más importante del año. El misterio de la Maternidad y Virginidad de María confluyen en un sentido para afirmar que Dios lo puede todo. Por eso, la que era una simple niña-mujer, es ahora la Madre de Dios, la que dice que “sí” a Dios y cambia la historia de la Redención. Dios pide permiso al hombre para redimirlo, y María abre una puerta que cerraron Adán y Eva con su pecado. Ahora sí se puede. María es esa puerta. Abre el año civil, pero abre también la historia de salvación.

El misterio del Theotokos fue afirmado en el Concilio de Efeso en el 431, creo recordar. No es María madre de la humanidad de Jesús, es Madre de Dios. ¿Una madre que es Virgen a un tiempo? Dios lo puede todo. ¿Una madre que lo es de su creador? Dios se entrelaza de esta manera amorosa con nosotros. Un Dios que se hace hombre, y una madre que lo es de su creador. Esa es nuestra fe.

Finalmente, la última gran fiesta, además del segundo domingo de Navidad, cuando lo hay, es la fiesta de la Epifanía. De hecho, para los ortodoxos es el verdadero día fuerte de la Navidad, el centro del tiempo navideño. Lo celebramos el día 6 de enero como el día de los Reyes Magos.

Epifanía significa manifestación, y es el día en el que el misterio de la encarnación de Jesús se abre a la humanidad entera, se manifiesta ante la humanidad entera como Rey y Señor de la Historia. En esta epifanía (hay otras dos más), Jeśus es adorado por la humanidad entera, representada por la figura de los reyes magos, cuyo número no viene en la Biblia. Es un día que personalmente me recuerda mucho al último del calendario litúrgico: Jesucristo como Señor y Rey de todo lo creado. Esa fiesta que es la fiesta plena del Resucitado es rememorada por la Iglesia cuando todavía es un niño. Día de la Epifanía.

El pecado de los cristianos durante estos días santos está en celebrar otra cosa. En celebrar unas cuantas comilonas, o celebrar que somos felices haciéndonos regalos, o celebrar que nos juntamos en familia que hacía muchas semanas que no nos veíamos. O celebrar que hay que ser solidarios y buenos, soltando frasecitas más o menos ñoñas y melancólicas. Esa forma de celebrar la Navidad solo conduce a la tristeza, que es el principal fruto del pecado.

Y la Navidad es alegría, que Dios ha nacido es una buena noticia para una humanidad que lo creía muerto.

 

FELIZ NAVIDAD 2018

A todos los lectores de este blog, y a los que nos seguís desde distintas plataformas sociales.

Os deseo una Feliz Navidad 2018.

 

 

En Belén nace un Niño,

Unigénito de Dios.

Y en el corazón sincero,

su paz y su redención.

 

 

Versos sueltos de Navidad.

En el silencio de un pesebre,

Se adivina el rostro dormido de tu hijo.

Madre de los pobres y los sencillos,

 

En la soledad de una estrella.

se contempla la luz del ángel que anuncia.

Paz a los hombres que desean el bien.

 

En la alegría de los días de siempre.

Se desea que el Salvador nos salve.

Y ahora que sabemos quién eres y quién es tu Hijo.

Míranos como lo miras a Él.

Cómo nos mira Él.

Gracias, Señor. Me quedaré acurrucado a tus pies.

 

FELIZ NAVIDAD, FELIZ TIEMPO DE NAVIDAD 2017.

 

Mirando la plaza y yendo a ver Star Wars.

Sin detenimiento llegaba la gente. Se arrebolaba en torno a un desfile, procesión, cabalgata sin caballos. Era día 15 de diciembre y como todo el mundo sabe, en las ciudades obtusas de piedra y neurona alguien decidió que había que celebra el día de la nada, de la leche gaza, del paseo marítimo sin playa, de la costa verde sin costa. Repartieron caramelos, exaltaron la fiesta abstracta de la abstración que nadie sabía y que viva la juerga. Desde el viernes negro hasta el sábado color leche de vaca. Muuuuu. Había muuuuucha gente, muuuuuchos niños y todos felices. Sus padres menos, y los de las carrozas cara de poker de ases, perdón. Escalera de colores, como el día de la humildad heterosexual. Una genialidad el alcaide, que ahora es portagrillos del principal partido indultador de golpistas.

Me pilló por la calle Duque de la Victoria, Marques de la Derrota, Hidalgo de la Locura, daba igual. Estaba el centro cortado porque había una cabalgaba con carrozas y todo, donde la nada confluía con el todo. ¿Para qué darles a los católicos cancha? Mejor dividir las fuerzas y tener contento a todo el mundo. Y que viva Papá Noel, la leche Gaza y la madre que lo parió. Todavía no sé que coño celebraban. Que la fuerza te acompañe, tío. Vale, gracias.

Atravesamos por la menguada plaza Mayor. Un árbol estilo torre de babel, alto y sin tronco. Como Valladolid mismo. Luces y reluces, sin traje de luces. Todo brillaba. El mercadillo de sí mismo vendía lo que calienta: chocolate; y lo que nadie recuerda, que son petardos y matasuegras. Al fondo, escondido en un pesebre de pega unas esculturas relativas al pesebre católico. Gracias, hombre, al menos no nos lo habéis quemado. Será por respeto a vuestras abuelas. El tíovivo mantiene la tradición de marear a los niños para que cuando sean adultos se acostumbren al caos y al movimiento reinante de una sociedad que ha perdido el norte a fuerza de imitar a los chinos.

Me entregan unos vales, una especie de boletos de rifa de tiendas, donde si concursas y ganas te regalan una orgía de consumo pero sin poderte copular lo que te salga del fetiche. Cheque regalo dicen, y luego a gastar en bloques de 300 euracos, máximo 1000 por tienda. Los comerciantes están felices con la Navidad. Cualquier día cubren el niño de oro y lo adoran. Será el becerro de oro del nuevo pueblo elegido cuya tierra no mana ni leche ni miel. Manan cofrades y beduinos con camellos de cartón piedra. Baltasar será Goitóm, aquel sueco que jugaba en el pucela, por recordar cuando éramos malos. Viva la lotería, el boleto indiscreto, el gasto por el gasto, el consumo por el consumo. Comer para defecar, y alimentarse de las heces para redefecar. Con perdón. La Navidad era otra cosa que nadie recuerda por falta de tiempo. Yo sí la recuerdo de otra forma, y me gustaba más.

De noche me procesiono para ver el final de los Jedis. Es más de lo mismo, pero no más de lo mismo de las anteriores pelis de Star Wars; es más de lo mismo respecto al paisaje de la ciudad. No se distinguen los buenos de los malos, los héroes son unos resentidos amargados, y el tío Walt aprovecha para colarnos la lucha de clases de rondón. Ricos y pobres, alegres y entristecidos, listos y tontos, malos y buenos, indios y vaqueros. La religión laica starwadiana está herida de muerte. El ángel San Miguel ha tomado las riendas del asuntos y a Belcebú se le empieza a ver el plumero. La fuerza es un equilibrio zoroastrista imposible sin la guerra. Es Heráclito sin Parménides, es el triunfo de Nietzsche con un nazismo oculto que no desciframos. En realidad el último Jedi fue Georges Lucas que se pasó al lado oscuro de Disney al vender la gallina. Las consecuencias serán terribles en el infierno, donde se asan gallinas a fuego lento.

Van por el capítulo VIII, en cuanto lleguen al capítulo XIII los héroes serán indefinidos sexuales, tripoligonádicos. Es lo suyo dentro de cinco o seis trilogías. Estar con los tiempos, matar a los heróes de pelo en pecho, salvadores de huérfanos y viudas. Que los salve su p. m. Vale. Al menos la batalla y las hostias no defraudan. Y la música. Eso sí que mola en pantalla grande. Naves yendo y viniendo a ningún lado, porque no saben ni quienes son los buenos. Los malos son los fachas, claro, pero es que ya todos son fascistas y antifascistas, o sea, malos todos menos los robot, que siempre son buenos por ser oprimidos de segunda fila, esclavos de sus amos.

Al día siguiente pongo el Belén en mi casa. No hay trampa ni cartón. Las figuras son de resina, pero expresan lo que representan. Un niño desnudo y pobre en una cuna donde no abundan ni los revolucionarios, ni los sacerdotes jedis, ni los entristecidos y lloricas comerciantes de mi ciudad. Un pesebre donde no está el alcalde colocándose en primera fila junto a su concejala del ramo frito, y donde el niño no toma leche gaza, sino leche de teta de María Virgen y Madre de la Humanidad. En el Belén de mi casa las figuras no son robots listillos que pilotan naves de combate. Son símbolos inertes de un mundo católico que está más vivo que nunca. Los inertes son ellos, que agonizan con aspavientos raros. Y me siento un Jedi de verdad. Los últimos Jedis somos nosotros, y no ese Suerte Paseaporelcielo de Luke. Lo sé porque doy docente, que sigue siendo una noble e ingrata tarea. Lo sé, porque Miguel, el pobre del Mercadona que vino de Canarias, me saluda contento cada vez que me ve. Echamos una parrafada y me dice “mi niño”. Es buena gente, pero sin suerte. Lo contrario de Lucke, que es un amargado.

Feliz Navidad del Niño de Belén. Qué Dios venga. Marana tha.

 

Celebrar el Misterio Pascual de la Navidad.

Navidad significa “natividad”, nacimiento, y es que los cristianos remarcamos en el tiempo litúrgico de la Navidad – tiempo que abarca desde la Víspera de Navidad, Nochebuena, hasta el domingo después de la fiesta de la Epifanía, de los Reyes – el nacimiento del Mesías, de Cristo el Señor, de Jesús de Nazaret. Pero, ¿qué significa que Cristo, el Mesías, haya venido?

Para los cristianos Jesús es el Mesías, y en la tradición bíblica más elemental el Mesías tenía la misma condición que Yahvé. Es decir, para el judaísmo de los siglos proféticos y posteriores, el Mesías era el Hijo de Dios, era el enviado de Dios, y al tener la misma autoridad que Dios, era Dios mismo. Estos rasgos teológicos primeros son elementales, porque la posterior traducción que hicieron los cristianos de los primeros siglos al lenguaje y cultura helénica y romana tendieron a cosificar el lenguaje de la fe, volviéndolo más conceptual, en el fondo más frágil y ambiguo.

No hubo traición del cristianismo a sus dogmas primigéneos, como algunos contemporáneos nos quieren hacer creer. El misterio de la Trinidad no es una elaboración esotérica ni gnóstica, no tiene que ver con los egipcios ni con los mitos griegos que por entonces pululaban por Oriente. La Trinidad Santa está presente en los evangelios desde el siglo I, y forma parte de la experiencia de fe que compartieron con el Señor Jesús los primeros discípulos. Que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo es una fórmula repetida en muchos relatos evangélicos: Pentecostés, Bautismo de Jesús, Transfiguración, etc. El mismo San Pablo habla de ello usando algunas fórmulas de salutación muy antiguas donde se menciona la Trinidad: “La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos vosotros“, dice el final de la II Corintios, por ejemplo.

No es un invento de los cristianos, es una experiencia dada y revelada por Jesús a sus primeros seguidores. No hay que olvidar, que los primeros discípulos eran judíos que habían visto a Jesús y que su gran problema no fue aceptar que Jesús era el Mesías, sino comprender el tipo de mesianismo de Jesús. No era un Mesías político ni militar, sino un Mesías que perdonaba, que amaba y que se dejó matar para que fuéramos conscientes de su AMOR.

En Navidad, los cristianos celebramos un Misterio fundamental de nuestra fe: la Encarnación del Hijo en la persona de Jesús, que es tanto como decir el abajamiento de Dios, que se hace hombre. Lo traducimos popularmente como el nacimiento de Jesús, precisamente porque es la evidencia más visible que tenemos de la Navidad. Dios se hace hombre y nace de una joven Virgen. Dios, que es Trinidad, se encarna en la persona del Hijo, toma, no solo aspecto humano, sino humanidad plena. Desde ese momento, Dios será Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el Hijo es, además de Dios, hombre. Ahora, en este momento, Dios es hombre, desde la eterna resurrección. Y eso es lo que celebramos en Navidad, que Jesús es Dios, que se ha encarnado, y que nació de María Virgen.

Los relatos de San Lucas sobre la infancia de Jesús han tenido más influencia cultural en nosotros que los de San Mateo. Lucas tiene como gran protagonista a una mujer llamada María que dijo “sí” a Dios. Desde ahí la historia de la salvación inicia una nueva etapa. Por eso María no es una santa como los demás santos de la Iglesia. La participación de María en la economía de salvación prevista por Dios es fundamental. Pero el relato de revelación de San José en sueños del misterio de María y de la encarnación es la primera señal, el primer indicio de la confianza en la nueva fe. Creer contra nuestras costumbres y leyes ordinarias es la primera gran prueba de fe de San José.

Luego vino lo demás. La fecha de la Navidad en las antiguas fiestas saturnales, que Cristo naciera cuatro años antes de lo que la historia dice, o la construcción del relato de los Magos y la persecución de los inocentes. Forman parte de aderezos cuya intención principal son engrandecer y hacer más contradictoria y soberbia la nueva fe. Hay una épica detrás de todo esto, Jesús es un David que está huyendo para evitar el daño de los que se han alejado de Dios. Ya hay una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las sombras.

San Pablo dibujó muy bien la reacción y lo que significaba que Jesús fuera el Mesías para la cultura de su tiempo. Para los judíos era un escándalo. ¿Cómo iba el pueblo elegido a matar a su Mesías? Y encima de una manera tan humillante, como si fuera un ladrón. Es como si Moisés hubiera sido matado en el Sinaí por los blasfemos, y Dios no le hubiera protegido. ¿Qué Dios era ese? Un escándalo.

Y para los gentiles, los griegos y helenistas, el nacimiento y muerte de Jesús una necedad, una estupidez y una tontería. ¿Cómo va un Dios que es trascendencia a hacerse inmanencia? ¿Para qué hacerse hombre si es algo inferior? ¿Cómo va un Dios inmortal a morir en una cruz, como si fuera alguien mortal? Ridiculo.

Las afrentas que provoca la fe cristiana siguen siendo las mismas hoy. Jesús es un escándalo y sigue siendo una necedad. Excepto para los que lo hemos visto y oído, para los cristianos Jesús es simplemente el Mesías, el Hijo de Dios. Dios mismo.

Por eso la Navidad nos recuerda a una humanidad hambrienta, necesitada, enferma y doliente. Precisamente porque la redención no se ha plenificado hasta el fin de los tiempos, y ver al hombre pisoteado nos invita a descubrir con más fuerza que a esa humanidad solo le puede salvar un pequeño niño que nació en Belén hace más de 2000 años. ¿Una utopía? Y mucho más, es una nueva esperanza.

Feliz Navidad.

El Belén más bonito del mundo.

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La verdad es que este año estoy hundido. Mis hijas han afirmado que es más bonito el belén de mi madre que el nuestro, o sea el mío, y no levanto cabeza.

He de reconocer que el que pone mi madre tiene su gracia. Son todos tiícos de plástico, de 8 centímetros, y ninguno está fuera de contexto. Además de la familia sagrada, que es lo principal, hay unos reyes que se pueden sentar sin el camello, mozas con cántaros en la cabeza, señores que pescan, patos díscolos y pastorcillos con aire ensimismado. No faltan orantes, palmeras y trozos de corteza de corcho que es lo que asemeja las cuatro montañas de Judea. Hasta el río, papel de aluminio, discurre por entre rocas como si fuera el mismísimo agua del Jordán. Ahí es nada. Todos son del mismo pueblo, y se parecen entre sí. Le falta un caganet, es verdad, pero tampoco se nota demasiado. El suelo es de papel estraza marrón, y no necesita embadurnar la casa con tierra y musgo del monte para asemejar calidez y dar el pego.

Yo un año me mofé que no tenía ni luces ni cielo ni nada, y mi madre pilló una lámpara estupenda y dos cachos de cielo estrellado con un color azul oscuro que es igual que el nuestro, así que no tengo nada que hacer. Ella es una profesional del belén de ochenta y pico años, y yo reconozco que soy un pardillo que acaba de llegar a este mundo, cuarenta y pico y más que menos.

Mi Belén está lleno de promesas y buenos deseos. Cuando lo iniciamos el año que nos casamos nos parecía precioso. Tenía figuritas estupendas, de calidad y de 8 cm. y decidimos que cada año compraríamos alguna pieza más, pero claro, ya parece un batiburrillo de gente incoherente. Asemeja una manifestación de pordioseros heterozigóticos, podemitas sueltos y es un lío. La culpa es porque no nos gusta tirar, y ahí está nuestro mal. Hay gente que parece homo sapiens, pero hay algunas piezas de la época de los gigantes, australopitecus y homo erectus. Luego tenemos dos colecciones de reyes, unos gigantescos y con camellos enormes, como del siglo XVIII, y otros apeados de la burra y en posición reverencial adorando al niño. El puente del río, una edificación hecha para carros y carretas, se ha quedado estrecho para algunas figuras, y da la impresión que es una pasarela hecha en mampostería y obra. Un desastre arquitectónico de proporciones infernales.

Para más inri hemos añadido las figuritas que aparecen en el roscón de reyes, y por ahí andan de montaña en montaña, y navegando en el río de papel de aluminio (de qué si no) dos ranas enormes que parecen lagartos, casi iguanas; un reno microscópico que hace las delicias, y finalmente una gallo acristalado que asemeja extraterrestre junto a los demás pollitos amarillos con gallo de plástico fetén que ya no sabemos donde ponerlo de tanta gente que le quita el sitio. Al menos los futbolistas de playmobil este año no están.

Se parece el de mi madre en el ensimismamiento de los señores, es verdad; y además nosotros tenemos un caganet. Lo hemos ubicado cerca del río, por aquello de que las aguas turbias se lleven las heces del plastificado señor. También hemos metido un abeto gigantesco decorado, a un lado para no molestar a los viandantes, y en la otra punta un pozo enorme, donde cabrían ocho señores por el brocal. Evidentemente el nuestro no tiene proporción ninguna, pero es el nuestro, y a mi me mola, aunque mis hijas sean unas traidoras.

Para evitar traslados innecesarios de figuras, pusimos, desde hace tres años, el belén de playmobil, que es el que tenemos para jugar, y el otro para respetar y rezar de cuando en cuando un Avemaría, que para eso está. Pero la jugada nos va saliendo rana, porque un Belén es por definición una cosa mágica y atractiva, donde los señores quieren cobrar vida propia, y los niños se encargan de insuflarles un aliento vital que los cambia de sitio de cuando en cuando.

Muchos tipos del belén de playmobil se han trasladado sigilosamente por toda la casa, y el otro día me encontré a la Virgen de playmobil en el otro belén, charlando con unos pastorcillos que le sacaban media cabeza. Hieráticos todos. Luego están los innumerables niños que viajan en una especie de autobús de playmobil – que mono – visitando el belén fetén, y que de cuando en cuando, aparecen por el río alumínico bañándose, o paseando por el ya maltrecho puente estrecho. Es como la vida misma. Es verdad que mi belén tiene una densidad demográfica semejante al centro de Beijíng, pero es que cada vez hay más gente en el mundo y casi es ya un reflejo del tinglado humano. También tenemos tierra, serrín, y musgo, filamentos verdes que lo único que hacen es ensuciar los alrededores del salón con el trajín que se traen algunas figurillas.

He pensado en ir al mercadillo de belenes que abren todas las navidades junto al Campo Grande, aquí en Valladolid, y de hecho hace un rato me he dado una vuelta. Pero me da yuyu. Hay figuras de todos los tamaños y con el ojo que tenemos, mis nenas son capaces de meter en el belén mulas viejas gigantes, cientos de vasijas y el palacio de herodes con cincuenta romanos dentro, cuatro tíos en bañador (los playmobiles de nuevo) y un par de polis que tenemos en una fregoneta. O treinta de esas figuras cabezonas aniñadas que nunca me han gustado, pero que están por todos los lados esperando aterrizar en la T5 del aeropuerto de Barajas, que es lo que parece mi belén.

Lo más importante es el Niño Jesús, en eso estamos todos de acuerdo, y al menos tratamos de preservarlo. Prohibimos que se vaya de paseo (el de playmobil es más paseante), y a la Virgen y a San José los dejamos quietos, dejando hueco en el portal, para que no acogote de gente y nos contagien un resfriado al nene. Ya el ángel tiene más dificultades, pero todavía sobrevive con alegría, aunque el año pasado tuve que pegarle las alas con pegamento, porque jugando jugando… perdió una de ellas. Es lo que tiene. Mi Belén es el más bonito del mundo. Después del de mi madre, claro.

Venga, un Padrenuestro por él…

 

Navidades en Familia.

El chiste siempre es recurrente, ¿qué tal has pasado las navidades, bien o en familia? Y uno se queda como con media sonrisa, porque con la familia se está bastante bien, aunque supongo que depende de la familia de cada uno, claro. Es un coñazo, te dicen, pero debe ser que no han visto nunca un partido completo en segunda división, o que no zapinean muy a menudo, porque para tedio tenemos telediarios, programas del tiempo y muchos otros que hacen las delicias de sus enfermizos televidentes. Hay tele de sobra, y a veces uno encuentra hasta algo aceptable.

Pero la familia no es así, no puedes zapinear, aunque algunos lo intenten, te quedas con la que te toca, con la que Dios te ha dado, y tampoco hay para tanto. Realmente no elegimos a nuestros padres, ni elegimos a nuestros hijos. Son los que nos tocan. Lo que realmente elegimos es la pareja, de ahí que salga tantas veces rana. Yo estoy seguro de que si nos casáramos por sorteo habrían menos divorcios y separaciones. Eso sí, con un cursillo prematrimonial de un año completo sobre educación, paciencia, perdón, buenas maneras y conversación. El problema de la familia, por lo que cuenta la gente, lo trae el cuñado gilipollas, la histérica de la prima insoportable, y el descerebrado del sobrino semitarado con la moto. Hay de todo, no nos engañemos, y el mundo no pasa precisamente por un buen momento para la familia. Se habla de crisis en la familia. Y de eso quiero hablar.

 ¿Cuál es realmente el enemigo de la familia? Satanás, por supuesto. Pero para no ponernos místicos, vamos a explicarlo con las dos facetas del viejo ídolo del mal: el dinero y el placer.

El dinero es el primer mal, no solo de la familia sino de este mundo. Por dinero la gente roba, por dinero se humilla, por dinero prostituye ideas, dignidades y verdades. El dinero es el gran sinvergüenza de este mundo, sirve para justificar todo o casi todo, desde la guerra que se disfraza de “intereses en la zona”, hasta el aborto, (causas económicas son las primeras que alegan las mujeres que abortan en un porcentaje escandaloso). Si a la gente se le pagara por no abortar seguro que pondría un precio a la vida de su futuro hijo y no lo mataría. Pero no tenemos dinero.

El dinero es el motor de la economía mundial, la misma que nos va a llevar al despojo del planeta, el dinero es también el destructor de las familias. Es la que impide que el padre vea a sus hijos porque tiene que trabajar ocho horas diarias, en horarios inhumanos, en fines de semana que ya van cayendo. El dinero hace que la madre no tenga más hijos, o que llevemos al abuelo a la residencia, que es más barato que tenerle en casa. ¿Me siguen?

La Navidad del mundo enloquecido en el que vivimos rinde un demoníaco culto al dinero. Comprar y vender se convierte en la actividad más realizada por la gente en Navidad. Supongo que seguido a gran distancia de otras consistentes en zampar y comer a lo bestia, como si no se hubiera comido en años. Es verdad que en España hay mucha gente que no come todos los días, y que se ve privado de determinados alimentos, pero si nos vamos al tercer mundo, al cuarto mundo, alimentarse cotidianamente y en caliente es un sueño irrealizable. Pero eso no se arregla comprando regalos, ni vendiendo en rebajas. Tampoco se arregla comiendo el triple de calorías que el resto de cualquier día ordinario. ¿Por qué lo hacemos? Seguro que nadie le dará una respuesta satisfactoria que no incluya el papanatismo humano.

La familia es sacudida por el dinero, que la deconstruye y la disuelve. Se ha pasado de las familias multiparentales, con padres, abuelos, e incluso tíos conviviendo bajo un mismo techo a familias de diseño. De diseño minimalista, donde lo monoparental y monofilial parece la tendencia a seguir. Por eso cualquier intento y de unir, de hacer comunidad, de reunir a la familia es simplemente un regalo de Dios contra el dinero, contra el instinto de disolución y de individualismo del que todo lo quiere comprar o vender.

Dicen las encuestas que la familia es la institución mejor valorada en España, y en muchísimos países del mundo, y no me extraña. Porque en ellas se puede vivir compartiendo de espaldas a las maléficas leyes del mercado. En la familia se puede compartir gratis, sin esperar nada a cambio, y eso es capaz de disolver hasta el materialismo más liberal del mundo.

El segundo enemigo de la familia es la comodidad, que sobreviene cuando la familia reposa sobre el dinero y la seguridad. Una seguridad frágil, y un dinero volátil, pero no importa.

Esto se ve en las familias cuando en lugar de hablar cada uno se va a su tele, porque hay muchas. En lugar de cenar juntos, cada uno lo hace cuando le apetece y tiene hambre. En lugar de vivir juntos, cada uno hace su vida. No hablo de los adolescentes ni de los jóvenes en los hogares, con esa tendencia tan suya a abusar de sus padres pidiendo propinas, y huyendo porque dificultan su comodidad afectiva. No. Hablo de matrimonios hechos y derechos, de personas que tras mucho tiempo sin decir nada, no saben qué decir, de gente que lleva años haciendo lo que le apetece, sin más miramiento que su propio egoísmo.

A esa gente le molesta la Navidad, porque conversar con el cuñado requiere un esfuerzo de sociabilidad a la que ya no estamos acostumbrados. Algunos forzados por la convivencias descubren que el otro ha dejado de existir para uno, y se separan o se divorcian.

Bendita Navidad que abres los ojos a la gente ciega, y desatas la lengua para que tengamos que hablar con aquel que no tenemos nada en común.

Lo que celebran los cristianos en NAVIDAD

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Se cuenta muy a menudo que la esencia de la Navidad no consiste en comer pavo, turrones, mazapanes ni beber vino espumoso, que no tiene que ver con el consumo ni la venta de gorros rojos, que no es exactamente estar todos juntos en familia comiendo, cenando ni desayunando, que no es todo eso. Y pocas veces se cuenta lo que es la Navidad, quizás porque la teología no es la asignatura más fuerte de nuestros colegios, quizás porque la abdicación contemporánea de la cultura religiosa esté dando los frutos que muchos añoraban, entre ellos la deconstrucción cultural y la ignorancia. Así que aprovechamos para entrar en teologías y espiritualidades, que no viene mal de cuando en cuando.

El término Navidad procede etimológicamente de Natividad, que significa nacimiento. Sin más. Los cristianos celebran en Navidad el nacimiento de Jesús. Lógicamente, su nacimiento no es ni significó lo mismo que otro nacimiento cualquiera, y la singularidad de la celebración está en el personaje, es decir, el que nació fue Jesús de Nazaret, que es para los creyentes el Unigénito de Dios, esto es, el Hijo Único de Dios, que es tanto como decir Dios mismo. Celebramos que nació Dios, el niño Dios. Y este acontecimiento es para la salvación del hombre y del mundo un paso significativo de Dios, propiciado por el Sí de un ser humano (la Virgen en su aceptación de la voluntad de Dios), que inicia una economía de salvación distinta a la gestada hasta ese momento. Dios no envía ya a los profetas, sino a su mismo y único Hijo: Jesucristo.

Decir Hijo Único de Dios es algo molesto para la soberbia de nuestro mundo, demasiado acostumbrado a codearse con lo divino en términos de que todos somos hijos de Dios y todos somos iguales, y con tal título algunos aprovechan para comportarse como si fueran hijos del diablo. La afirmación no es falsa, pues en verdad somos hijos de Dios, y Dios es Padre de todos. Somos hermanos de Jesús, pero nuestra relación con Dios no goza de la misma categoría que la de Jesucristo, cuya filiación es distinta a la nuestra. Esto lo aclara San Pablo utilizando un lenguaje muy juridicista pero muy interesante y preciso: somos hijos de adopción, dice en la carta a los Romanos. Y somos adoptados por Dios Padre precisamente porque Jesús ha extendido su relación filial con el Padre a toda la humanidad. Somos hijos por el bautismo, dirán los padres de la iglesia de los primeros siglos. Pero el Hijo Unigénito, el engendrado por Dios es el Hijo con mayúsculas, el mismo que se encarna en Jesús de Nazaret, y el mismo que hoy está a la derecha del Padre en el cielo con las marcas de la cruz. Porque recordemos, Jesucristo en el cielo no ha dejado de ser hombre. Lo cual equivale a hacer una afirmación prodigiosa: Dios es hombre, es hombre hoy también. ¿No merece esto ser celebrado? De hecho esto lo celebra la iglesia todos los días, aunque incida de manera especial en este misterio en el tiempo litúrgico llamado de Navidad, que se extiende desde el 24 de diciembre por la tarde hasta el primer domingo después de Epifanía (fiesta de los reyes).

Aclarado este principio, conviene centrarse en la natividad misma. El nacimiento de Jesús supone el reconocimiento de la humanidad de Dios. Es decir, el Hijo Unigénito del Padre, se encarna, y lo hace precisamente en las coordenadas de espacio y tiempo que necesita cualquier realidad para poder configurarse con la naturaleza humana: el espacio y el tiempo. Si viniera un viajero extraterrestre a nosotros no podría comunicarse con nosotros salvo que lo hiciera a través del espacio y el tiempo. Es la posibilidad previa de conocer que apuntaba Kant, la estética de la razón pura, pero es también la visión y la perspectiva de Heidegger, central para la antropología filosófica más actual, y más existencial. el hombre está limitado por el tiempo que le toca vivir, su circunstancia diría Ortega. Por eso, la encarnación de Dios es una especie de limitación, de pecado (apunta San Pablo), Dios se hace pecado por nosotros ( no que comete pecado, sino que asume nuestra limitación existencial), se hace mortal y contingente, limitado por la naturaleza humana y sus necesidades: comer, dormir, reposar, tener amigos, sufrir, enfermar o morir.

Si el hombre es el ser que está ahí, y está limitado por el tiempo y el espacio, dice el filósofo, podemos afirmar que para los cristianos solo es posible la encarnación en un tiempo y un espacio concreto y determinado. Dios no se puede hacer uno de nosotros si no adopta la categoría del tiempo y del espacio concreto. Es decir, Palestina siglo I. En un día y un lugar concreto. Pero tras la resurrección, la naturaleza humana de Cristo sigue existiendo de manera trascendida, ya no sometido a las limitaciones contingentes del resto de la humanidad. Es hombre resucitado, y el espacio y el tiempo funcionan de la misma manera que lo hace en Dios, no en la existencia reductora de los hombres. Dios nos salva así del pecado y de la muerte, a través de Cristo que se hace hombre, para que nosotros nos hagamos como Dios, dice San Ireneo en el siglo III.

Afirmar que Dios se hace hombre fue una brecha vírica para la cultura platónica y helénica donde fue dicho por los cristianos de los primeros siglos. Para los helénicos la trascendencia estaba radicalmente separada de la inmanencia, y no podía mantener ningún punto de contacto. El cuerpo y el alma estaban juntos en el hombre, pero no se mezclaban entre sí, permanecían separados, esencialmente separados. Por eso, la afirmación de que Dios se hace hombre sonó en el mundo grecorromano como un absurdo disgregador de la dualidad y del dualismo maniqueo tan sostenedor de una concepción del mundo dividida entre buenos y malos, entre cielos con formas, ideas y esencias, y tierras sembradas de materias, falsedades y groserías aparentes. El cristianismo, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios, y Dios mismo golpeó de lleno en el centro mismo de las religiones;  y de hecho ninguna afirma que sus fundadores o santones sean Dios mismo, excepto el cristianismo. El dualismo cristiano reapareció por un contagio cultural en esos siglos de definición del dogma, pero realmente, el cristianismo rehace los valores grecorromanos desde su raíz. El matrimonio, considerado para el neoplatonismo como un pecado por reproducir la materia, será para los cristianos un sacramento, algo bendecido por Dios. Y así cientos de categorías culturales.

Entramos más adentro, y nos sumergimos de teología bíblica. Si Jesús es el Mesías que había de venir, y ese Mesías le hemos visto resucitar – así razonan los primeros cristianos y teólogos – entonces ha habido un momento primero en el que ese Mesías es engendrado, un lugar donde sucedió. Y  el espacio y el tiempo se convierte para el cristiano en un referente importante para su fe. De hecho, el credo rastrea la historia de la salvación en sus momentos históricos, precisamente porque son momentos salvíficos: fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, fue crucificado, muerto y sepultado… En este sentido, la festividad de la Navidad celebra que Dios se ha hecho hombre, por eso comprobar cuáles son las narraciones que rodean al nacimiento de Jesús son significativas para comprender el proyecto de salvación de Dios para con nosotros. Que nazca rodeado de pobreza, indica la forma en la que Dios se acerca a nosotros: con respeto y humildad. Que sea perseguido y signo de contradicción expresa la contradicción que supone ser profeta, cristiano, santo en el mundo y la sociedad. Que sea reconocido por la estrella, por los magos sabios, manifiesta narrativamente que es un acontecimiento cósmico, universal, bigbánquico. Que nazca de una mujer virgen expresa e indica que para Dios no hay nada imposible cuando el hombre está dispuesto y dice SI a Dios. Que nazca desde niño indica la debilidad del hombre.

Si imaginamos las escenas para contemplarlas a la manera que lo hacía Santa Teresa de Jesús (estamos en el V Centenario de su nacimiento), la invitación más clara sería la de acurrucar al niño, protegerle con nuestros brazos fuertes y consistentes, quizás porque están evocando los brazos de la cruz, que más adelante nos sostendrán a nosotros en la vida. Es la imagen de los sabios que esperaban al Mesías en el principio del evangelio de Lucas, sujetan y cogen al niño, mostrándonos el camino del cristiano para comprender a Dios. De lo contrario, no tendremos parte con Él, nos dijo cuando nos lavó los pies.

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