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La amargura del sabio, y la alegría del necio.

Tengo mis dudas, y en estos asuntos abandono la claridad de ideas con la que someto a mis lectores semana tras semana con mis comentarios. ¿Son los hombres ignorantes felices? ¿El conocimiento de las cosas conduce a la amargura? ¿Son felices los tontos? ¿El que sabe mucho vive abrumado por la estupidez que se enseñorea a su alrededor? Pensar un poco nunca está de más, aunque eso nos pueda conducir a la infelicidad. ¿Es eso cierto?

Decir que los ignorantes son felices contradice abiertamente a Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad clásica, quizás el más grande de todos. Por eso me siembran las dudas decir que los tontos son felices, y que los gilipollas somos los que hemos estudiado mucho y sabemos y comprendemos (algo mejor y sin venirnos arriba) cómo funciona nuestra sociedad y nuestro mundo; y que por culpa de tanto saber nos molesta sobremanera la estupidez del que gobierna, la idiocia de las chusma cuando se hace demogresca y la memez de los cantamañanas que todos los días y sin descanso nos trituran con sus trinos pestilentes, sin ellos sospechar siquiera que son aborrecibles. El mundo está lleno de portavoces, de gente subvencionada y de ignorantes que repiten las consignas de los suyos. La pregunta es si son felices los sabios que piensan por sí mismos, o lo son ellos.

Aristóteles nos enseñaba que el filósofo es el amante de la sabiduría. Cuando el hombre tomaba la palabra y la razón, daba sentido a su vida. En cambio, el hombre que vive como un animal, o como una planta, se malogra, no contribuye a ser lo que la naturaleza le ha mandado que sea. Vivir como cerdos es muy adecuado para los gorrinos, en buena lógica, pero no es lo más adecuado para los seres humanos. Salvedad: es evidente que a algunos les encanta refocilarse como cochinos en la tele; y esa realidad me obliga a enarcar mis cejas. El impertérrito filósofo que se queda asombrado contemplando, en este caso, el defecar de su compañeros de especie, y eso le conduce a la infelicidad. ¿Qué hacen estos subnormales descerebrados? ¿Qué dice este bobo, portavoz de no sé qué? ¿Soy feliz contemplando eso?

Para el estagirita, es decir, para Aristóteles, el hombre feliz es el que se deja embaucar por la curiosidad y se hace preguntas. Es el que disfruta observando, razonando y admirando la belleza del mundo, su gentil construcción, y si me apuran, su sentido último. Es el que toma la palabra con timidez y pone nombre a las cosas y a los fenómenos. Busca una explicación plausible y se sumerge en esa búsqueda. El hombre que filosofa es feliz porque hace lo que le corresponde, cumple con el sentido de su existencia racional y humana.

Pues bien, llegado a este punto, tengo que decir que Aristóteles tiene parcialmente razón, pues aprender, lo que se dice aprender, siempre me ha sido gozoso, entretenido y placentero. De hecho, cuando llegué a 3º de BUP dudé si decantarme por las ciencias o las letras, pues en todas ellas encontraba belleza y encanto. Y sí, lo digo hoy con cierta pena, me hubiera gustado aprender matemáticas, medicina, astrofísica, biología… como el que más, pues en todas ellas había un placer oculto, no apto para todos los públicos. Confieso que hice letras puras, humanidades, y no me he arrepentido lo más mínimo, al contrario, pues he conocido muchas cosas, y soy consciente de lo que sé y de lo que no sé. Lo que me debe convertir en alguien sabio, con permiso y con modestia, o al menos, en un filósofo.

Pero conocer mucho no siempre nos trae alegría.

El primer mal de los que estudian y aprenden mucho es la soberbia que conduce a la tristeza y a la soledad. Creer que, por saber un poco más eres más, es una especie de vicio en el que me temo caen la inmensa mayoría de los profesores de universidad, y muchos otros. Poca gente hay humilde que reconozca que sabe poco. “Solo sé, que no sé nada” es una frase extraña entre los sabios de nuestro tiempo, aunque fuera vieja y de Sócrates, maestro del maestro de Aristóteles. De hecho, hoy encontramos sabios y expertos en todo que no saben ni de lo suyo. Personalmente me gusta escuchar al que tiene algo que decir, algo nuevo y propio, algo investigado y descubierto. Por desgracia, mucha gente no sabe ni de lo que habla, aunque se crean listísimos y cultísimos. Hay idiotas disfrazados de sabios, supongo.

El segundo mal es la tristeza por confrontar la realidad, que no siempre es bella, lozana y natural. Aprender observando la naturaleza es agradable, pero aprender derecho administrativo, por ejemplo, es comprender de sopetón las mil y una injusticias que se ciernen sobre la humanidad, llamada ahora administrados, contribuyentes, ciudadanos…

Saber Derecho implica refutar de inmediato algo así como el 95% de las declaraciones de casi toda la peña que aparece por el telediario, desde los políticos hasta los espontáneos. Saber Derecho es como descubrir que el mundo está lleno de mentirosos y de filibusteros tratando de engañar al personal con frases rigurosamente falsas. Frases que además calan en la sociedad, incluso en gente que ha estudiado (eso es lo que más me ha sorprendido siempre) y que las repiten hasta la saciedad, como si supieran algo del tema. Saber Derecho es contemplar la irresponsabilidad permanente y constante de los que niegan la separación de poderes diciendo que la protegen; o que mienten sobre lo que es la Democracia, a la par que se ponen medallas de guays y demócratas de toda la vida. Tristeza, claro. Qué si no.

¿Qué añadir? Que esa tristeza enloquece y enerva al sabio cuando el conocimiento profundo es sustituido por el eslogan de la masa. Se hace acerba la vida cuando se escucha el discurso asertivo del que no tiene nada que decir por falta de pulso intelectual, y te repite el eslogan que ha escuchado en otro cursillo semejante al que imparte. Es dramática la vida del sabio que contempla el deterioro del saber en sus semejantes, deterioro que casi siempre va acompañado por la inmoralidad, el vicio y el desprecio por las tradiciones y el saber clásico y sólido.

Para el sabio, alejarse de todo eso es casi una obligación moral, pues hay que evitar el contagio del virus de nuestro tiempo que nos obliga a hablar en frases eslogan porque la peña no quiere escuchar a nadie más de cinco segundos. Casi mejor no decir nada, y así que se estrellen, creo yo.

Mi pregunta, sin embargo, sigue en pie. ¿Son felices los necios y los bobos? Sólo y cuando no sepan que lo son. Por eso, la salida maligna y honrosa de los sabios con la nube sobre la frente  consiste en contarles la verdad y fastidiarlos. Al fin y al cabo, eso es lo que deben hacer los filósofos. ¿No crees, mi querido Aristóteles?

 

 

Incendio cultural en las letras: Víctor Hugo, Blasco Ibáñez y los cuentos infantiles.

Me produce cierta grima la reacción de la gente, sobreemocionada y antinatural ante el incendio de la catedral de París. Se multiplican las imágenes de Quasimodo abrazado, lloriqueando, y se evocan y se despiertan los símbolos de Europa, que nadie sabe quiénes son. En realidad el único gran símbolo europeo es el cristianismo, la base común desde la que hemos edificado desde hace milenios nuestra cultura romano-cristiana, hoy democrática y libre.

A mi me da pena el incendio, claro que sí. Estuve el verano pasado en París, y es una catedral magnífica y asombrosa. Pero también me llena de pena y de tristeza la destrucción de los Budas de Oriente Medio, la que el Estado Islámico se cargó; y también me horroriza el robo sistemático del patrimonio de las pequeñas parroquias de pueblos pequeños en Castilla; por no hablar del saqueo que sufrió el Museo Arqueológico de Bagdad hace unos años. La miseria no es nueva, están en la historia. Me refiero, por ejemplo a la destrucción de cientos de iglesias y de patrimonio por los revolucionarios franceses, que arrasaron con lo que les dio la gana cuando estuvieron por España en 1808. Animales e ignorantes siempre los ha habido en la historia, y no es nada nuevo. Lo malo son los que usan la sensibilidad y la teledirigen para que se llore por unas cosas y no por otras. Eso es.

En fin. El caso es que los que amamos la cultura y el arte, lloramos en silencio desde hace tiempo y casi todos los días por lo que viene sucediendo. Convivir con un sistema educativo que ridiculiza su propio patrimonio, que niega las humanidades en sus planes de estudios, o que convierte el saber en un eslogan, son parte de esa pena acumulada, de esa tristeza y de esas manos a la cabeza. Si no leen el Quijote, ¿cómo van a entenderlo? Les mandamos adaptaciones, de la misma manera que vemos los monumentos en foto. Para que te hagas una idea, niño.

Reconozco que lo primero que me vino a la cabeza, cuando ví las imágenes del incendio en la catedral de Notre Dame de Paris fue la famosa sentencia acuñada por las izquierdas: la mejor iglesia es la que arde. Hoy creo que están más calladitos, y me los imagino agazapados esperando que pasen unas semanas para seguir haciendo frases ingeniosas. Los memes en las redes lo petan, y como siempre, el mundo se entretiene con lo que vemos en la tele. Es el tema de moda, y dentro de unos años, la gente estará a otros asuntos. Ahora toca ositos de peluche con la cara de Quasimodo. Pues vale. Todo estupendo. Mañana será otra cosa.

Sin embargo, no es mi intención hablar del patrimonio perdido, sino del patrimonio olvidado, es decir, del patrimonio literario, el que conservamos y se mantiene en nuestra sociedad gracias a que existen lectores que leen y despiertan mundos escondidos y desconocidos.

Notre Dame de Paris, la catedral, está vinculado a la novela de Víctor Hugo, el libro. Una historia que como ha sido recreada en el cine por películas Disney, que le han dado la fama, pues todo el mundo como que lo conoce sin habérselo leído. Ayer creo que fue la novela más descargada en amazon en Francia, que imagino que era gratis hasta que la hora en la que incendió el monumento, pero tampoco voy a confirmarlo.

Lo paradójico: sin el incendio, mucha gente no habría leído la novela. Es triste, pero es así. Necesitamos que roben un cuadro famoso y salga mucho en la tele, para que nos interese el cuadro en cuestión. Y es que parece que la sociedad contemporánea no puede disfrutar de lo que descubre, sino de lo que le dicen que tiene que descubrir. Esto es arte, y esto no. Y es una pena, porque hay gran parte del patrimonio literario que se perderá por falta de lectores.

También hay un patrimonio cultural que se ha perdido en la albufera de Valencia, la de la cultura del arroz y del agua. La que plasmó bellamente la novela de Blasco Ibáñez, “Cañas y barro”. Me he dado una vuelta estos días por la albufera, hemos navegado en sus barcazas y he hablado con las gentes del lago de agua dulce más grande de España. Todo ha cambiado, y el mundo que reflejó el escritor Vicente, así me lo ha contado Vicent, un pescador, tampoco es el mismo.

La albufera se ha ido perdiendo poco a poco, ha ido cambiando para poderla conservar, pero los lugares de la novela, el entorno y la vida dura y sacrificada de los que vivían en ella. El mundo que Blasco retrató, permanece indeleble en sus novelas. Ese patrimonio está dormido, y conviene despertarlo algún día, porque ya no existe en la realidad. No hay huerta, ni albufera, ni campos, ni mercados, ni sociedades como las de entonces. Basta con leer las páginas de sus libros. Basta leer a Juan Valera, a Miguel Delibes, a muchos otros para comprobar como fueron otros mundos. Para saber quiénes somos y de dónde venimos.

La cultura se destruye, pero el libro, también aquí, permanece. Se quemará Notre Dame, y desaparecerá la forma de vivir de los del Palmar en la albufera, pero quedarán los libros, el patrimonio literario que nos cuenta cómo era, y nos lo cuenta haciendo de las letras y las palabras un arte. Tenemos un patrimonio de romanos, de griegos, de medievales, de renacentistas, de barrocos, de exploradores, de románticos y de realistas. Tenemos letras que son arte, puro arte.

Pero los libros también pueden ser quemados. Me refiero a la censura. Últimamente parece que hay bibliotecas infantiles y colegios que censuran libros infantiles, cuentos tradicionales y clásicos que son excluidos y relegados. La culpa la tiene el nazifeminismo que se va extendiendo por amplias capas de la sociedad con un único objetivo: imponer su visión fragmentada del mundo, y para eso no dudan en recurrir al terror de la censura y de la mordaza.

No me sorprenderían que con el tiempo se quejaran del sexismo de Quasimodo, y lo censuraran; o que dijeran que “cañas y barro” es machista; o “Arroz y tartana”… No hay que olvidar que son los mismos que afirman que “la mejor iglesia es la que arde”. Pues eso. incendio cultural.

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