Archivo del sitio

NOVELA. Presentación oficial de la tercera parte de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. El testamento de la reina Sancha.

portada300-testamento-reina-sancha.jpg.jpg

Será en la librería MAXTOR de Valladolid, en la calle Fray Luis de León.

Día 16 de NOVIEMBRE a las 7 de la tarde.

Me ayudará en la presentación FRANCISCO R. LÓPEZ SERRANO, poeta y profesor en el IES Galileo.

 

ENTRADA LIBRE

 

Entrevista a Antonio J. López Serrano en el programa VAMOS A VER de RTVCYL.

img-20160315-wa0000.jpg

Se emitió para todo Castilla y León, y debo confesar que Cristina Camell y su equipo me trataron estupendamente. Aquí os dejo el enlace por si queréis ver la entrevista.

Por supuesto: hablamos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Primera y segunda parte.

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=gEsmFuWKSnM#t=530

 

 

Los caballeros de Valeolit ya están en papel

CAM00856 (1)

Por fin, por fin, por fin.

Acabo de recibir en papel (doce cajas que tengo que reubicar por casa) de la primera parte de la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Os envío una foto de la portada, la verdad es que ha quedado muy bien.

En los próximos días cambiaré algunas cosas en la página y reorganizaré alguna sección que otra para poder atender la venta de libros en papel. Me esperan unos días de ajetreo pero nada comparado con la satisfacción de tocar y hojear este primer libro. Ya os informaré, hasta entonces Feliz Navidad y
Feliz Año y gracias por vuestro apoyo.

Comercio y comunicaciones en el siglo XI

La novela Los caballeros de Valeolit, que cada día tiene más descargas, muestra a las claras como era el panorama del comercio y los mercados en el siglo XI, pues el relato recorre un buen puñado de ciudades de aquel siglo, con sus comerciantes y mercaderías.

Hay que decir, que el abastecimiento de los mercados tenía mucho que ver con el lugar donde se ubicaba el intercambio, la religión de sus habitantes y el buen hacer y vigilancia de las entradas, salidas, pesos y medidas del mercado. Casi todos los productos que se vendían eran generados en los alrededores, y pocos eran los productos de exportación que llegaban de otras ciudades. Era frecuente, además, el uso de moneda, pero tampoco era inusual que se empleara el trueque, especialmente en los meses más crudos del invierno.

Con esto ya encontraremos motivo suficiente para entender lo distinto que podía llegar a ser el mercado en una ciudad como Toledo o Granada (musulmanas) de ciudades como León o Burgos (cristianas). Hay que notar además que la mayor o menor población y las comunicaciones, buenas, regulares o malas, eran factores decisivos para que un mercado pudiera albergar productos de lugares lejanos, o conformarse con lo que las cercanías producían.

Algunas ciudades crecieron al amparo de su mercado y sus mercaderes, por ejemplo Burgos, que era un castillo fuerte con un mercado abundante extramuros. Esto nos muestra que los lugares donde los mercados se hicieron famosos y prósperos engendraron una riqueza a su alrededor muy deseada por los monarcas y nobles. Burgos acabaría conformándose como capital del reino de Castilla, por ser el núcleo más próspero del primitivo condado. Esto sucedía en el mundo cristiano del norte, pues los musulmanes del mundo hispano-musulmán (al -Andalus) disponían de mercados más prósperos y variados. Eran ciudades regidas por reyezuelos y emires que gobernaban su taifa a modo de ciudades estado, y para todos ellos disponer de un buen mercado donde tasar las entradas y salidas era una forma de conseguir dinero para sus arcas, siempre menguadas por las guerras con los vecinos de otras taifas.

En general, el comercio era escaso, y las comunicaciones casi imposibles entre algunos puntos de la geografía peninsular. Por ejemplo, viajar desde León, cuna del entonces reino cristiano más importante (dinastía asturleonesa), y el de más prestigio en la hispania cristiana, hasta Toledo, que era la capital histórica de los visigodos, capital de la taifa musulmana de Tulaytulah, la más importante en el septentrión musulmán, además de la más extensa y próxima a León, era muy complicado por tener que atravesar las montañas de Gredos, sin caminos ni lugares por donde hacerlo. Al sur del Duero se imponía un desierto helado en invierno, y caliente en verano, sin apenas más población que la que destinaban los reyes cristianos a su repoblación.

En invierno nadie se aventuraba y en meses de calor que se iba más deprisa, era preferido por muchos dirigirse hacia el Este, para llegando a la tierra extrema de Soria, se bordeaban las montañas centrales tomando nuevo rumbo hacia el Sudoeste. El dibujo en el mapa es un zigzagueante baile, nunca una línea recta y fácil.

En la novela, nuestros héroes atraviesan Gredos en varias ocasiones, y de la mejor forma posible, que era subiendo hasta Avila (una aldea solitaria y amurallada al pie de las montañas) y tomaban, y casi lo preferían muchos, las vías naturales como eran los ríos. En este caso la guía que debían encontrar era el río Alberche, que daba con sus aguas al otro lado de Gredos, abriéndose a la fortaleza musulmana de Maqueda. Las abundantes poblaciones y núcleos hasta Toledo daban cuenta de la abundancia y prosperidad de las tierras del otro lado de la Cordillera Central.

La impresión de aquellos que se aventuraban por el mercado de Tulaytulah llegados de las tierras del Duero debió de ser digno de contemplar.

Los productos que se vendían eran también variados, y algunos que hoy se nos antojan corrientes, en aquellas edades eran, no solo infrecuentes, sino exóticos y bizarros. Un ejemplo de esto lo tenemos con las frutas y verduras.

Es sabido que en Valencia, tierra mora y próspera a más no poder en aquel siglo, se cultivaban naranjas, mandarinas, pomelos y limones. Estos no se exportaban, pues cualquier viaje por la península estropearía el género (que no el sexo, amigos de la lengua) con los calores y los fríos. Se trasladaban las semillas, y en otros lugares, como la taifa de Ishbiliya (Sevilla) se plantaban también cítricos. Esto era imposible en las tierras frías cristianas. De hecho, es probable que nadie en León conociera esta fruta, ni tan siquiera de oídas. Ver un naranja era como ver el amanecer terrestre desde la Luna, solo al alcance de los más viajeros y osados.

Los comercios y negocios que más posibilidades tuvieron fueron aquellos  cuyos productos no se malograban: telares, cueros, forjas, ataharres, incluso animales y cabezas de ganado, cuando la distancia no era tanta. Por ejemplo, en León se vendían telas de tierras griegas, mantos de seda y filigrana damascena y oriental. No eran demasiado abundantes, menos que en Valencia o en Toledo, de donde eran proveedores, o quizás fabricantes de sucedáneos para vender en tierras del interior, pero alguna que otra vez se veían, pues llegaban por el camino de Santiago desde el Este peninsular.

Esto hace que sea llamativo que en León no conozcan las naranjas, pero sí saben de gresciscas y ropajes suntuosos teñidos de colores difíciles. No eran habituales ni corrientes, y tampoco eran baratos, pero se veían alguna vez.

Cada grupo religioso y étnico disponía de sus propios comerciantes de confianza, proveedores y compradores. Por ejemplo, en una cuestión tan sencilla como el mercado de la carne, los vendedores judíos trabajaban la carne para que no fuera kosser de una manera distinta a los musulmanes, o por supuesto los cristianos, que mezclan el cerdo en todas sus viandas y embutidos. Cada uno compraba en su establecimiento, a su carnicero.

Un mercadeo que abundaba era el de las armas y aperos de guerra, pero solo cuando habían batallas en las proximidades. De hecho, el botín de guerra de infanzones, y nobles de bajo rango no consistían en tierras, predios o castillos enemigos, cuyos beneficios pasaban a los grandes señores, sino en espadas, caballos, ataharres, ruedas de carro sueltas, telas y lonas, bolsas de cuero o primitivas celadas de moribundos y cadáveres. Lo útil se tomaba y lo sobrante se vendía.

Uno de los mercadeos que fue creciendo, y que tuvo cierto éxito, y así lo cuento en la novela fue la venta de caballos de guerra. Precisamente fue Valladolid  donde tenemos noticias del siglo XII, que indican que criaban estos animales y para venderlos. Este negocio junto con el de los cueros, hicieron que la ciudad prosperara económicamente durante unos decenios.

Las razas autóctonas de caballos en las tierras cristianas eran los caballos leoneses (raza galaico leonesa) y más al Este la raza burgalesa o navarro-burgalesa. Eran animales con características semejantes, pues ambos eran bajos de estatura o con cruz baja. Eran duros para trabajar en el campo, y buenos para subir montañas, pero poco aptos para una carga de caballería enemiga sarracena, con caballos de cruz alta y más veloces (cuanto más alto es un caballo se presupone más velocidad, y más peligro en combate).

Los animales mejores para la guerra eran los caballos de raza árabe, los que hoy llamamos andaluces, y que han intercambiado su potente genética con el resto de razas equinas. Precisamente ese intercambio se inicia en el siglo XI en España. Hoy todos los caballos tienen algo de andaluces.

El caballo árabe era alto y rápido, aunque no resistente al frío. Es un animal nervioso y necesitado de su amo, delicado y leal. Su cruce con el caballo burgalés y leonés, hecho en Valladolid (entre otros lugares suponemos) ofrecía un caballo de guerra más fuerte, alto y resistente. Ideal para los señores feudales que acudían a guerrear buscando una oportunidad para sobrevivir y arrancar un buen botín al enemigo.

Ni que decir tienen que un caballo era un bien carísimo, solo al alcance de los más pudientes. Un magnífico botín para un escudero en una batalla podía ser simplemente un par de buenos caballos sanos y sin heridas, envidia y arrebato de su señor.

De las rutas comerciales más importantes en la época y en el mundo cristiano hay que destacar el Camino de Santiago, en la senda que hoy llamamos camino francés, que es simplemente el camino más fácil para transitarlo. En el siglo XI era recorrido por escasos peregrinos, comerciantes, y judíos, que protegían así sus intereses yendo de aljama en aljama, igual que los monjes lo hacían de monasterio en monasterio. El camino entrelazaba las ciudades más importantes de la cristiandad hispana: Pamplona, Logroño y Nájera, Burgos, Carrión de los Condes, Sahagún (panteón de reyes), León y Santiago mismo. Podemos decir que fue una de las primeras rutas comerciales y culturales terrestres que hubo en Europa, y por supuesto en nuestro país.

Finalmente, los mercados de las ciudades no solo ofrecían productos para comprar o vender, sino también servicios. En tierras moriscas de al-Andalus era corriente la venta de esclavos, (permitida por el islam siempre que no fueran musulmanes los privados de libertad).

Se intercambiaban dineros, pagarés y se hacían préstamos al modo bancario, lo que era habitual en el trato con los judíos. También se ofrecían para leer o escribir, y no era extraño que se dedicaran a la medicina o a la cirugía menor. Siempre por supuesto a cambio de dinero. Los judíos, como es habitual con las minorías étnicas, estaban muy unidos y se protegían entre sí, lo que no fue obstáculo para que engendraran el odio y la envidia de la mayoría cultural dominante. Las revueltas contra estos eran desconocidas en el siglo XI en zonas cristianas. En cambio en ciudades como el Toledo musulmán debieron ser crecientes, no solo contra los judíos sino también contra los cristianos mozárabes. De hecho la entrada de Alfonso VI, vendida como conquista de la ciudad en 1085, fue más bien, una llamada para poner paz a una ciudad enfrentada civilmente.

También abundaban en los mercados grandes los trileros, jugadores, tomadores de pequeñas apuestas, estafadores y gentes de toda ralea y condición. De ahí que fuera habitual una guardia y vigilancia exclusiva en los mercados. Ladrones y bandidos que se deshacían de lo robado en otras plazas no eran infrecuentes. De hecho, en Toledo, el sucesor como emir de Al-mamún fue Al-Qadi, de donde deriva la palabra alcalde, y cuyo significado tenía que ver con el control de pesas y medidas en el mercado de Zocodover en Toledo, quizás el más grande de la península en el siglo XI. Ser jefe de guarida del mercado era una de los trabajos más complicados para un soldado que buscaba ganarse el beneplácito de sus superiores.

Valladolid en la frontera de León y Castilla.

mapavaleolit1090

La novela histórica LOS CABALLEROS DE VALEOLIT describe con detalle el Valladolid del siglo XI, a la par que entretiene, por tratarse de una novela de aventuras. Sin embargo mi pretensión inicial siempre fue hacer, desde las letras, un pequeño homenaje a la ciudad de Valladolid. Una ciudad cuyo pasado pequeño y escondido revela un origen incierto y vulgar, algo paradójico para un lugar que vería pocos siglos más tarde casarse a los Reyes Católicos o nacer al emperador Felipe II. La capital del imperio donde no se ponía el sol, se inició como un villorrio con cuatro casa mal puestas, lo cual nos arroja luz sobre la futilidad y puerilidad del destino de los pueblos, llamados a la grandeza o el olvido, según se trate.

Hoy Valladolid es una ciudad con más de 340.000 habitantes, pero por aquel entonces, apenas era conformado por un pequeño grupo de vecinos que se asentaron, posiblemente en el inicio de siglo XI en la encrucijada del río Pisuerga, o Pisorga como se le menciona en los documentos de la época, y el afluente de la Esgueva o el Esgueva (único río bisexuado del planeta), y que desembocaba por dos canalizaciones de agua en superficie, y una tercera subterránea.

Esto daba una configuración peculiar a la aldea, y que lo acompañaría durante su historia hasta casi el siglo XIX: agua, agua y más agua. Mosquitos, el cantar de las ranas, muchos puentes como en Amsterdam pero con menos agua y más vegetación, y un freno para los incendios, que siempre tienen dificultad para saltar a la otra orilla por un canal de agua.

Nuestros vecinos del siglo XIX se empeñaron en la salubridad de la ciudad y desecaron y desviaron sus cauces, dejando el único que hoy existe hacia el norte de la ciudad. Nuestro querido Valladolid padeció durante muchos años inundaciones y enfermedades endémicas y ocurrente, propias de aguas no demasiado correnderas, y poco reguladas por los pantanos que sí lo hacen hoy en día. Nuestro vecino D. Miguel de Cervantes, entonces con menos fama que hoy, vivía frente al río Esgueva en una zona infecta, que entonces era de rastrillo y ventas, y que hoy llamamos calle Miguel Iscar. Del Esgueva por Miguel Iscar nos queda cada cierto tiempo su peculiar gemido, pues la calle se hunde por el agua subterránea que daña sus cimientos. lo cual es algo como muy de Pucela, bajo las apariencias transitan las aguas disolventes de nuestro glorioso y maloliente pasado. Todo es una en las grandes ciudades.

El Valladolid del siglo XI estaba asentada junto a uno de los ramales, en una zona algo más elevada, aunque no demasiado, en torno a lo que hoy es la plaza de San Miguel; y completaba el vecindario con unas pocas casas con sus traseras, entregados a la agricultura, ganadería y pesca. Un lugar olvidado, como antes he dicho, para los grandes, pues de nuestra querida aldea no tenemos nombre alguno hasta el escrito de la fundación de la ciudad por el Conde Ansúrez, conde de Saldaña y Carrión en el año 1095, (escrito que pone VALEOLIT), sin que se sepa a ciencia cierta de dónde procede tal nombre, inventando los especuladores del siglo XIX y XX múltiples teorías al respecto.

Tenía la aldea, por aquel entonces, dependencia de Cabezón y su tenencía, donde se asentaba un puente importante, que era lugar de paso y control de viajeros.  Tal lugar dependía a su vez del Conde Ansúrez, cuya familia los Banu Gómez emparentó en el pasado con la monarquía leonesa, a los que seguía en lealtad y vasallaje en tiempos de nuestra novela.

El condado se extendía de norte a sur, desde Liébana, Saldaña,  Carrión y Monzón hasta alcanzar Palencia (que era la sede episcopal) para terminar a orillas del río Duero en Tordesillas. Valladolid era un lugar pequeño y sin demasiada importancia. Su vecina Simancas, a diez kilómetros al sur del Pisuerga era bastante más importante, por disponer de un puente fantástico sobre el río, castillo, defensa y prestigio.

El asunto es que las tierras del condado no estaban demasiado pobladas, de ahí el interés del rey Alfonso VI y su petición al Conde Ansúrez para que repoblara toda la zona. Ansúrez fue su mano derecha durante los momentos más dificultosos e iniciales de su reinado en la etapa leonesa. Cuando Alfonso VI se convirtió en rey también de Galicia y Castilla, por la muerte en el cerco de Zamora de su hermano Sancho II, el conde fue apartado del puesto de especial confianza que tuvo hasta entonces. ¿Por qué? Muchas opiniones hay al respecto, desde cierta desconfianza de Alfonso hacia la nobleza leonesa que fue relegando poco a poco en favor de los castellanos (Alvar Fáñez, un castellano llegó a ser lugarteniente de sus ejércitos), hasta la mano influeyente de los borgoñeses en el gobierno de León, pues casó con Constanza de Borgoña.

Todo eso se cuenta en la novela.

La pregunta que nos queda por saber es porqué Valladolid fue la elegida por el Conde.

No lo sabemos con seguridad, pero sin duda su posición estratégica fue importante.

Valladolid era un lugar de frontera. Delimitaba el río Pisuerga, de una manera natural las tierras del condado de Saldaña, Carrión y Monzón, que fueron los títulos que le correspondían a Ansúrez, con las de Castilla. Por eso, en sentido estricto podríamos decir que Valladolid era Castilla. Pero ojo, porque la otra orilla de Valladolid, nuestra actual Huerta del Rey y barrio de la Victoria, Parquesol, etc, pertenecerían a León.

Más adelante la frontera y la guerra entre León y Castilla trajo que Valladolid fuera tierra en disputa, situando la frontera en el río Cea, algo más al Oeste, dejando una tierra neutral hasta la ciudad del Pisuerga por antonomasia, aunque yo diría por costumbre.

¿Se acuerdan de los mapas de la EGB, donde en ocasiones Palencia y Valladolid estaban en el Reino de León, y en otras ocasiones aparecían con Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Avila, es decir Castilla? Pues eso. Valladolid presentaba muchos recursos para ser repoblada, ninguna fortificación, y todo por hacer.

El conde escogió tal lugar como el mejor para su gran proyecto: un monasterio de monjes cluniacenses, llegados y tomados del Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes, una colegiata, y una ampliación. Un puente sólido que cruzara de una orilla a otra del Pisuerga, y un lugar que no tuviera pasado. Era un lugar nuevo, y los lugares nuevos parece que siempre están llamados a nuevas empresas, como así fue.

 

 

Los caballeros de Valeolit gratis.

Acabo de trabajar el texto para que podáis descargarlo con la máxima calidad en vuestros “ebooks”.

Está colgado en el sitio que ya conocéis:

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

y en los formatos: PDF, EPUB y MOBI

Os cuelgo también un mapa de Valladolid en el año 1090, cinco años antes de ser fundada por el Conde Ansúrez. 

La leyenda podría ser la siguiente:

1: Camino de León, al otro lado del Pisuerga.

2. Río Pisuerga, donde desde antiguo había un molino, y cuyos restos todavía podemos contemplar hoy junto al Puente Mayor (que edificó Ansúrez cinco años más tarde).

3. El barrio de la judería, fuera de la empalizada.

4. Camino de Cabezón, cuyo puente era muy importante para los primeros vallisoletanos.

5. Ramal norte del Esgueva, hoy desecado.

6. Ramal sur del Esgueva, también desecado. (Este es el que pasaba por delante de la casa de Cervantes, en la calle Miguel Iscar unos siglos más tarde)

7.Parroquia de San Pelayo (luego se fundirá con San Julian). Hoy extiguida. Estaría más o menos detrás de la actual iglesia de San Benito.

8. Casa de los Quadra, protagonistas de nuestra historia. Junto a la actual plaza del Rosarillo.

9.Afloraban algunas aguas pantanosas en esta zona, donde hoy está la calle de las Angustias en su primer tramo.

10. Alcazaba. Edificada en su base por Fernando Peláez, nuestro protagonista. Quedan algunos restos junto al Monasterio de San Benito.

11. Barrio de las Tenerías y los curtidores. Ahí tiene su taller Pedro Curtidor, cuñado de Fernando y Nuño.

12. Tierras de labor.

13. Antes de la fundación de la Colegiata de Santa María y de la Iglesia de la Antigua, habían unos restos de época romana, de los que desconocemos casi todo. En el año 1090 probablemente las obras del Monasterio y la Colegiata ya estaban iniciados.

14. Casa en la que vivió Fernando cuando recuperó a su esposa. (Supongo que para una segunda parte del libro que aún no he escrito)

15. Plaza San Miguel, en cuyo centro estaba edificada la primera iglesia de San Miguel. Esta parroquia se terminará fusionando con la de San Pelayo, pero tomará el nombre de San Miguel y San Julián, abandonando definitivamente la advocación al santo asturiano-leonés Pelayo.

Imagen

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.